
GRATUIDAD Y FRATERNIDAD
Mateo 18
Gustavo Gutiérrez
El artículo comenta el “discurso comunitario” de Mateo 18, el cual concentra la rica experiencia eclesial de todo el Evangelio. Se demuestra el carácter coherente del texto, cuidadosamente construido y con un sabor a síntesis. El comienzo (vv. 1-5) y el final (vv. 23-35) del capítulo se corresponden y su idea central es la inmensa gratuidad del amor de Dios. Este es el marco en el cual debe desarrollarse la vida de la Iglesia. Fuera de él caemos en reglas puramente formales, abusos de poder y vida según las categorías mundanas que privilegian a los poderosos. En el centro del capítulo (vv. 19-20) está la presencia de Cristo resucitado en la fraternidad de la comunidad. Todos los temas de este discurso eclesial giran en torno a las ideas matrices de la gratuidad y la fraternidad.
The article comments the “communitary speech” of Mt. 18, which condenses the rich eclesial experience of the Gospel. It demonstrates the coherent character of the text, thoroughly built and which a synthetic flavor. The beginning (v. 1-5) and the end (v. 23-35) of the chapter are mutually correspondent, and their central idea is the profound gratuity of God’s love. This is the frame through which Church life has to develop. Outside it we only fall down on merely formal rules, power abuse and life depending on worldly categories which privilege the powerful ones. In the middle of the chapter (v. 19-20) is the presence of Christ arisen within the fraternity of the community. All topics of this ecclesial speech deal with matrix ideas of gratuity and fraternity.
Como es bien conocido, el evangelio de Mateo expresa una rica y compleja experiencia eclesial. Ella está presente en todo el evangelio, pero de alguna manera se concentra en el llamado “discurso comunitario” que se encuentra en el capítulo 18. El texto está compuesto por perícopas que se iluminan mutuamente, al mismo tiempo que reiteran los grandes temas de Mateo. Precisamente uno de ellos, la gratuidad del amor de Dios, es presentado aquí como el fundamento de la vida eclesial y, más allá de ella, del comportamiento del cristiano. Ese tema se halla al inicio y al final del capítulo (cf. vv. 1-5 y 23-35), encuadrando las consideraciones sobre el perdón y sobre otros aspectos de la comunidad cristiana (cf. vv. 6-22).
1. En el principio era la gratuidad
El amor libre y gratuito de Dios, corazón de la revelación bíblica, es el fundamento y el sentido último de la comunidad de discípulos de Jesús, ésta debe ser expresión de ese amor en la historia.
1.1. Desde el amor de Dios
El texto que nos da la clave de este capítulo se halla al final de él. Se trata de una parábola propia a Mateo: la del siervo sin entrañas (cf. 23-35). En ella —para hablarnos del Reino— se usa la metáfora del perdón de las deudas en dinero para significar el perdón de las faltas, expresión del amor libre y gratuito de Dios.
La parábola tiene netamente dos partes y una importante conclusión. La primera trata de una deuda que alcanza la fabulosa suma de diez mil talentos; la cifra busca hacernos comprender que nos encontramos ante algo realmente impagable (más o menos como la deuda externa de los países pobres hoy...).
Cuando el servidor, que no pide la condonación de lo debido y sólo solicita un plazo, promete que lo devolverá todo, es obvio que no podrá hacerlo. El perdón del rey no se basa, en consecuencia, en la factibilidad de la promesa, sino en la compasión (desde las entrañas, dice literalmente el texto) que experimenta ante la angustia del criado y el pedido de no impacientarse con él. Le concede más de lo que pidió. El fundamento de esta iniciativa de perdón parte de su libre voluntad, en la gratuidad de sus sentimientos. Gratuidad subrayada por la imposibilidad objetiva de cancelar la deuda, debido a la enormidad de la suma en cuestión.
Al generoso comportamiento del rey se opone la mezquindad y la dureza del servidor perdonado para con un compañero de trabajo. Esta vez se trata de una cantidad irrisoria comparada con la anterior. El contraste es intencional y aleccionador. En este caso la aplicación de una justicia sin contemplaciones resulta en el encarcelamiento del deudor. En esta ocasión, la devolución era perfectamente posible, pero el pedido de tiempo para poder pagar la deuda no fue escuchado. El que había sido deudor se presenta ahora como un implacable acreedor.
La conclusión es evidente, no obstante el texto la subraya. Recogiendo una enseñanza frecuente en los evangelios se nos dice en ella que el servidor debía haberse conducido como el rey misericordioso. Ser perdonado supone saber perdonar, con la misma gratuidad. Eso es lo que se exige al creyente en un Dios de bondad. De un amor que no se basa, en última instancia, en los méritos de las personas que lo reciben sino en la manera propia de ser de quien lo da. En el caso del servidor intolerante, en un amor que debería haber echado sus raíces en la gracia de que acaba de ser objeto. El último versículo (el 35) nos habla de la fraternidad que debe primar entre miembros de una misma comunidad. Estamos pues no ante la conclusión de la parábola sino en realidad de todo el capítulo, cuyo tema es precisamente la vida comunitaria.
Un verbo capital empleado en el original griego de este pasaje, es significativo para nuestro propósito. Afiemi (y afenai), que aquí es traducido por ‘perdonar’, es susceptible de ser trasladado también por ‘dejar ir’, ‘liberar’ o ‘liberar de una carga’, ‘cancelar una deuda’. Lo mismo sucede con el sustantivo afesis. Relevante es asimismo que éstos sean los términos usados en el contexto del gran tema del Jubileo en, por ejemplo, Lv. 25,10 e Is. 61,1 (también 58,6) para referirse al perdón de las deudas y a la liberación de siervos y cautivos 1. E incluso como sinónimo de Jubileo. Perspectiva y vocablos retomados en Lc. 4,18-19 para decir en qué consiste el “año de gracia del Señor”. El verbo perdonar (afiemi) se halla cuatro veces en el capítulo (tres de ellas en la parábola), pero el tema está presente en otros pasajes de este capítulo.
1.2. La verdadera grandeza
De otro lado, los primeros versículos (1-5) nos hablan también del don del Reino; se completa así el marco de gratuidad que da consistencia y fundamento al capítulo que nos ocupa. El pasaje comienza con la pregunta “¿quién es el mayor en el Reino de los cielos?”. En el tratamiento del punto asoma la constante preocupación de Mateo (que retrabaja Mc. 9,33-36) por la condición del discípulo. El interrogante es respondido por Jesús con un gesto de tipo simbólico y profético. Llama a un niño y exhorta a “hacerse como este niño” (v. 3) para poder entrar en el Reino. En el versículo siguiente dice que hacerse humilde (literalmente humillarse, del verbo tapeinoô) como un niño es un requisito necesario para ser “el más grande” en el Reino de los cielos (v. 4).
Hay que cuidarse de dar a esta condición el sentido de una disposición puramente interior; más que en la eventual calidad moral o la inocencia del niño el asunto está en su inferioridad social, un punto de vista propio del tiempo de Jesús y que no nos es fácil comprender hoy. El niño era, en efecto, considerado un ser incompleto, transitoriamente al menos, poco podía aportar a la sociedad; su condición era la de alguien que debía sujetarse a las órdenes que recibe de quienes se ven a sí mismos como personas importantes y con autoridad. De aquellos que se sienten adultos, diría Saint-Exupéry. El fundamento de la promesa de entrada en el Reino no reside en los méritos de aquellos que deben, en verdad, hacerse como niños para acoger la gracia del Reino. Reside en la predilección de Dios por lo que no es valorado en este mundo, por los últimos de la historia, por aquellos que no tienen signficación social. Esa es la situación de los pobres y también, como lo hemos recordado, la de los niños en tiempos de Jesús2. Hacerse como niños no es regresar cronológica o psicológicamente a la infancia; es, más bien, identificarse con quienes son vistos como seres inferiores. E igualmente hacer nuestra la humildad que muchos de ellos manifiestan.
En efecto, tanto ‘niño’, como ‘humillarse’ tienen en éste y otros pasajes bíblicos una riqueza de significación que no debe perderse de vista. Esos vocablos apuntan en primer lugar a una situación de inferioridad física y social. Lo hemos recordado respecto al niño, pero vale también para el verbo humillarse relacionado con el sustantivo tapeinós, quiere decir débil, insignificante, pobre, humillado. Se trata de condiciones concretas aptas para expresar igualmente realidades de orden interior, disposiciones espirituales y personales como la docilidad del niño o la humildad como virtud.
No todo se reduce, sin embargo, a esta segunda acepción. Lejos de eso.
Estar atento a la complejidad de los sentidos de esos términos hace mayor el desafío que viene del don del Reino. Todo esto implica un giro importante en la vida. Identificación con los tenidos por insignificantes y el cambio de actitud exigido se manifiestan en la acogida al niño como representante de una categoría social de desvalidos y despreciados. En ese gesto se juega lo decisivo para un discípulo de Jesús: “el que recibe a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe” (v. 5). En mi nombre, es decir de acuerdo a mi deseo, a mi voluntad. Además, el Señor mismo se da en el encuentro con el otro. Nos encontramos nuevamente ante el amor gratuito de Dios y de nuevo asimismo ante la pauta cardinal del comportamiento del creyente. Lo que se le hace a un niño se le hace a la persona de Jesús, de ello habrá que rendir cuenta al Señor. Se trata de una intuición capital de Mateo, de honda raigambre bíblica, que se expresa en forma definitiva en la escena del juicio final (25,31-46).
Para este evangelio aceptar el don del amor de Dios implica gestos de acogida y solidaridad para con los hermanos. Esas acciones no son la condición de la presencia del amor salvífico, son su consecuencia. No hay nada más exigente que la gratuidad; Mateo, el evangelio que tanto insiste en las obras, lo proclama repetidas veces.
2. La vida en comunidad
Los seguidores de Jesús deben vivir en comunidad su fe en el Dios de la vida. Mateo es atento a la riqueza, pero también a las dificultades de esa convivencia; al recordarlo reflexiona la experiencia eclesial que sustenta su evangelio. Por ello da normas muy precisas para ese compartir.
2.1. Atención a los pequeños
El v. 5, al que acabamos de referirnos, nos indica ya un primer requisito para la vida en comunidad: dejar de lado toda búsqueda de privilegios y toda preferencia por personas de alto rango social (cf. también la carta de Santiago). El mayor en el Reino es el menor en este mundo, el despreciado. Aquellos que siguen esta norma de conducta no deben preocuparse más por saber quién es ‘el más grande’ en la comunidad cristiana, en la Iglesia. Colocando al niño ante sus discípulos, Jesús le quita el piso a esa inquietud desorientadora.
Pero, además, cuando, contrariamente al pedido de acogida hecho por el Señor, se rechaza a los pequeños escandalizándolos, el resultado para quienes lo provocan será el opuesto al que Jesús promete. Quienes así proceden en lugar de entrar en el Reino serán separados definitivamente de él (cf. v. 6). ‘Pequeños’ (mikroi) es un término muy usado por Mateo; se trata de la gente sencilla que los “sabios e inteligentes” menosprecian y tienen por ignorantes, pero a quienes Dios se revela complaciente (cf. 11,25). Ellos son los personajes dominantes de los vv. 6-14; son creyentes en los que se resalta su pequeñez, su fragilidad en la sociedad; vale decir, la misma realidad a la que apuntaba el término niño.
Escándalo significa tropiezo en un caminar. En esta ocasión estamos ante un tropiezo a la fe, y por consiguiente a la vida en comunidad. No se trata en nuestro texto de un hecho aislado y accidental, de una falla individual; sino de una realidad sistemática presente también en el tiempo de la Iglesia. Señalarlo es una de las preocupaciones, y advertencias, de Mateo. El mal es para él un elemento constitutivo de la historia humana. Es una realidad, pero no debe ser algo fatal (cf. v. 7), hay responsabilidad personal en el escándalo. De allí la dureza de las expresiones de los vv. 8-9.
Escandalizar a los pequeños es un impedimento para entrar en el Reino, llamado aquí significativa y escuetamente, sin añadir ningún adjetivo, “la vida”. La sinonimia (presentada varias veces en los evangelios) es particularmente dicente. El párrafo concluye con una norma clara para la convivencia comunitaria y para más allá de ella: “cuidense de menospreciar a uno de estos pequeños” (v. 10). El término empleado para decir menospreciar tiene el matiz de un desdén notorio e insultante, observable por cualquiera. Mirarlos así, ya lo sabemos, es ofender a Dios. Esta conducta no está dictada necesariamente por los méritos morales de la gente sencilla, sino porque son personas sin mayor significación social; en última instancia porque se debe amar como Dios, gratuitamente.
Lo dicho es ilustrado por la célebre parábola de la oveja perdida. El pequeño animal extraviado, necesitado de ayuda, debe ser la primera preocupación del pastor, que hará bien en ir a buscarlo —el texto subraya su iniciativa— dejando momentáneamente a las noventinueve ovejas. No es una cuestión de números y de mayorías, sino de necesidades y urgencias. Aquella que se encuentra en peligro y distante pasa antes de las noventinueve que están en resguardo. Aquí no se habla de los pequeños en plural, uno solo es suficiente para motivar el comportamiento aludido. Cada persona tiene un valor decisivo. Otra expresión de la gratuidad, que esta vez impulsa, dejando el terreno seguro y conocido, a una búsqueda inquieta.
La parábola recuerda cuál debe ser la prioridad pastoral de la ecclesia: los pequeños. No sólo no escandalizarlos, se debe también ir en busca de ellos. Se cierra así el círculo abierto en el v. 6 acerca de no poner obstáculos en el camino de la fe de la gente sencilla: “no es voluntad de su Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños” (v. 14)3. Pero es posible ir más lejos, la parábola tiene también un sesgo misionero. Si bien la Iglesia debe cuidar de los que están dentro de ella, es imperativo igualmente ir más allá de sus fronteras. La Iglesia es misión, Jesús es pastor universal.
2.2. El amor al hermano
Siguen tres perícopas que nos recuerdan que la Iglesia está formada por justos y pecadores, o más exactamente por personas que son las dos cosas a la vez. El acento ahora está puesto en la vida dentro de la comunidad.
La primera de ellas nos habla de la corrección fraterna. El tratamiento es detallado, sólo puede venir de una experiencia eclesial interna. La vida en comunidad no puede basarse en actitudes fáciles y componedoras. El amor cristiano rechaza el amiguismo que se traduce en una especie de coexistencia pacífica. Nada más lejos de una auténtica comunidad, ésta supone fraternidad pero también exigencia mutua.
Si un hermano, un miembro de la Iglesia comete una falta 4; por ejemplo, la señalada anteriormente como desprecio u olvido de los pequeños, hay que hablarle con franqueza acerca de su alejamiento del Evangelio de Jesús. Para ello es conveniente proceder por etapas que protejan al hermano en dificultad y eviten toda precipitación. Tal vez haya en esto una polémica contra el rigorismo que se vivía en ese entonces en la sinagoga judía. Lo primero es un discreto pero eficaz tú a tú, un diálogo; si se es escuchado, se “ha ganado a un hermano”(v. 15). Eso es lo que debe buscarse. Si esto no da resultado el asunto debe comprometer a otros miembros de la comunidad porque es ella la que está en cuestión. Si la nueva exhortación es desoída será necesario apelar a la comunidad, la ekklesia dice el texto explícitamente (cf. v. 17). Hemos llegado a la última instancia.
Después de ella sólo queda la separación del miembro de la comunidad que se niega a aceptar la Buena Nueva. La alusión a “gentil y publicano” puede chocar, pero como en otros pasajes de los evangelios significa aquellos que no son, salvo cambio posterior, miembros de la comunidad creyente. El v. 18 deja el esquema del procedimiento para el tratamiento de estos casos (que ha seguido una pauta de severidad creciente) y dar el fundamento de estas reglas disciplinarias: lo que se ate o desate en la tierra, lo será igualmente en el cielo. La actitud frente al hermano equivocado no es simplemente una cuestión de oportunidad, ni se limita a una opinión humana; es una exigencia que viene de lejos, ella expresa la vocación y el papel de la Iglesia en la historia humana. Se trata de una autoridad acordada a toda la Iglesia, pero de la que ella no puede hacer uso sino con delicadeza, persuasión y diálogo fraterno.
Plantado a mitad del capítulo se halla un elemento capital de la vida comunitaria: la presencia de Jesús en medio de ella. Esa presencia asegura el valor de la oración en comunidad, ella llegará al Padre. Si nos comportamos como auténticos hermanos, porque de lo contrario las normas de disciplina recordadas pierden sentido. La habitación de Dios en la historia que alcanza su punto más alto en la Encarnación se prolonga en la Iglesia en tanto signo visible del Reino. La oración es siempre una experiencia de gratuidad, de una cierta ‘inutilidad’ por decirlo así; ella debe poner su impronta en el amor por Dios y por los demás. Sin práctica orante no hay vida cristiana. En ella se da la síntesis de la gratuidad, marco y sentido de este capítulo, y dimensión comunitaria, tarea de la Iglesia. Estos versículos (19-20) nos recuerdan que Cristo es el corazón de la asamblea de los creyentes.
La exigencia frente al hermano recordada líneas arriba, no excluye, por el contrario demanda, saber perdonar. A la pregunta, de un matiz cuantitativo del impulsivo Pedro: ¿“cuántas veces tengo que perdonar”? (v. 21), el propio Pedro insinúa una respuesta generosa: “¿hasta siete veces?”; generosa, dado que el número siete simboliza una cierta plenitud. El Señor ahonda este simbolismo y le da aún mayor amplitud a la sugerencia hecha; jugando con el número siete, contesta eliminando todo límite al perdón. No otra cosa significa el “setenta veces siete” (v. 22). Es oportuno observar que el interrogante fue hecho en nombre de la comunidad creyente por boca de aquel que es presentado a menudo como su portavoz. La respuesta es por lo tanto dirigida a toda ella. Hasta nuestros días.
Perdonar es liberar. Se libera el perdonado de su falta y de su angustia, así como se libera el que perdona de su resentimiento o de su rencor.
Perdonar es dar vida, eso debe caracterizar a la asamblea de los seguidores de Jesús. Negarse a hacerlo, ilimitadamente, es negarse a creer en el Dios de la vida, que como lo dice la Biblia repetidamente, perdona y olvida el pecado. La terrible y frecuente frase ‘yo perdono, pero no olvido’, no puede ser mas anticristiana. El breve diálogo sobre el perdón nos abre a la parábola del servidor sin entrañas que ya examinamos. En efecto, el basamento del perdón está en el amor gratuito de Dios que todos estamos llamados a poner en práctica.
El capítulo analizado revela un texto coherente, cuidadosamente construido y con un sabor a síntesis. No se entiende la vida de la comunidad sin la inmensa gratuidad del amor de Dios. Este es lo que le da su sentido y alcance. El acento puesto en ella al final y al inicio del capítulo configuran el marco en el que debe desarrollarse la vida de la Iglesia.
Fuera de ese amor gratuito ésta puede perderse en reglas de conducta puramente formales, distorsionarse en abusos de poder, vivir según las categorías mundanas que privilegian a los poderosos; no saber vivir la liberación del perdón, significa ignorar en la práctica la presencia de Jesús en medio de ella. En otros términos, es negarse a ser signo del Reino, que es ante todo un don, acogerlo es cambiar de perspectiva. La ética del Reino es una respuesta a la iniciativa de amor de Dios. Viendo la historia desde los pequeños de este mundo, recibiéndolos, acogemos a Jesús y lo colocamos en el centro de nuestra oración y de nuestro compromiso. Con él caminamos, como Iglesia peregrina, hacia el Padre, el Dios amor, el Dios de la vida.
Gustavo Gutiérrez
Apartado 3090
Lima 100
Perú
1 En estos textos el término hebreo para designar esas acciones es deror.
2 Cf. sobre estos versículos J. Dupont, Les Beatitudes. Paris, Gabalda, 1969, t. II, págs. 171s. y 180s.
3 El texto paralelo de Lc. 15,7, habla de pecadores. Ese sentido no está excluido en la afirmación de Mateo, pero éste mantiene un término más amplio en coherencia con lo que lleva dicho desde el comienzo del capítulo.
4 Varios manuscritos traen un añadido: Pecar “contra”. Preferimos la versión sin ese agregado, éste la hace menos coherente con el conjunto del capítulo.
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