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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

Lo propio de San Mateo en el relato de la Pasión

 José Cárdenas Pallares

Las aportaciones, cambios y omisiones hechas por San Mateo no sólo nos reflejan su teología, sino también la situación de su comunidad.

The additions, changes and omissions made by St. Matthew reflect not only his theology but also the situation of his community.


1. Desde que se inventaron las excusas
Nunca había publicado ni siquiera en el plan más sencillo algo que pudiera ser, a lo más, un remedo de estudio rudimentario sobre San Mateo. Este lo escribo porque, como en la parábola de la boda del hijo del rey (22,1-14), los primeros invitados sólo respondieron con excusas, y a última hora, de repente y sin el traje de fiesta, me tocó reemplazarlos. Por eso pido perdón a los lectores. Este artículo destaca por sus deficiencias, pero algo es algo, peor es nada.


2. La oración en el huerto  

San Mateo cambia o suprime frases muy fuertes que recalcan la debilidad y la angustia de Jesús. No dice, como San Marcos (15,33), que Jesús sintió horror                           —ecthambsthai— ni que cayó rostro en tierra (15,35), ni que los discípulos no sabían lo que decían a Jesús (15,46).
Pero aun así, San Mateo no deja de presentarnos a un Jesús débil, triste, desolado ante una situación horrible e inevitable.
A pesar de que Jesús ha predicho su muerte violenta, a pesar de haber declarado unos momentos antes que estaba seguro de tomar parte en la fiesta del triunfo definitivo del reinado de Dios (26,29), ahora, en la oscuridad de Getsemaní, de rodillas, pide no pasar por esa muerte aterradora.
La cruz, es decir, el sufrimiento del inocente, el sufrimiento por ser justo, por ser incondicionalmente fiel a Dios, es sumamente duro y crudo.
Para Jesús, este desenlace significa el fracaso de todas sus luchas. Para él esto es el sacrificio de todo, incluso de su persona misma. Esta situación tan dura Jesús la afronta con la oración.
La gran aportación de San Mateo es convertir este episodio en una catequesis para los miembros de su iglesia. Concentra la narración en Jesús y en su relación con sus discípulos: Jesús llega a Getsemaní con ellos (26,36), les pide que vigilen con él (26,38), vuelve donde sus discípulos (26,40), los vuelve a ver (26,45).
Los discípulos asisten al reverso de la Transfiguración (17,1-8). Son testigos no de la gloria sino del abandono de Jesús, pero ni en su gloria ni en su abandono lo entendieron. La perseverancia de Jesús en la oración contrasta con el sueño de sus discípulos. Jesús se abandona a su Padre Dios, sus tres discípulos se abandonan al sueño. Jesús lucha con todas sus fuerzas, sus tres discípulos desisten por completo de luchar.
La oración de Jesús en Getsemaní es el resultado de su relación íntima con el Padre (11,25-26) y de su enseñanza sobre la oración (6,5-15) como búsqueda del Reinado de Dios y de la voluntad de Dios1.

Jesús llama a Dios, Padre (26,39); a El le pide que se haga no lo que Jesús desea, sino su voluntad (26,42). La oración que Jesús hace y pide a sus discípulos es para no caer en la tentación (26,41), o sea para no negar a Dios en la gran prueba, para no vivir sin El en la crisis definitiva.
Jesús está solo; cuando más necesita a sus discípulos, es cuando menos cuenta con ellos. Estos no lo comprenden; tienen los ojos cerrados (26,43). Con sus modificaciones, San Mateo insiste y subraya que con esto podemos aprender que, como Jesús, podemos afrontar con la oración las grandes dificultades.
A pesar de no contar con nadie, a pesar de que a sus discípulos no les afectan la tristeza y la desolación de Jesús, a pesar de que uno de sus más estrechos colaboradores lo va a traicionar, Jesús se aferra tenazmente a su Padre celestial. Jesús no quiere acabar sus días derrotado, ni quiere morir ridiculizado por su fe y por su esperanza. Jesús no quiere ser condenado como el peor criminal (26,39b). Jesús no quiere padecer la crueldad de la cruz, pero mucho menos quiere ser un estorbo en la realización de la voluntad de su Padre celestial (26,39c).
Jesús es sumamente honesto en su oración; en ella expresa toda su tristeza y toda su desolación. Jesús no oculta su renuencia al dolor. No quiere la muerte; quiere la vida. Esto se lo dice a Dios, su Padre, con libertad y confianza de hijo.
Jesús tiene una tristeza de muerte (26,38a), no solamente por el sufrimiento físico que se le avecina, sino “por el gran dolor de ver a Dios menospreciado (Sal. 42,6), ultrajado como un dios falso (Sal. 42,4”)2. Le duele el rechazo rabioso a la voluntad salvadora de Dios.
Jesús se siente desolado, porque avizora su muerte como consecuencia del rechazo empecinado a Dios. Lo que Jesús enseñó sobre la oración, lo lleva a la práctica aun en la peor situación. Esta oración de Jesús tiene marcada semejanza con el “Padre Nuestro”; es la aceptación total de la voluntad del Padre.
Postrado rostro en tierra, en señal de intensa adoración y respeto (Gn. 17,3.17; Nm. 14,5; 2Sm. 9,6), Jesús busca la conformidad total con su Padre celestial. La lucidez y la fortaleza para esto, sólo la oración las da.
Jesús, que pidió a sus discípulos “ante todo buscar el reinado de Dios y su justicia” (6,33), hasta en el umbral de su muerte cruel y deshonrosa está buscando ante y sobre todo el acuerdo total con la voluntad salvadora de su Padre celestial.
Al final de la oración tan intensa —tres veces se habla de ella—, Jesús está dispuesto a beber la copa (26,42), o sea a asumir las consecuencias del rechazo a Dios y a seguir realizando la santa voluntad de su Padre celestial. A Pedro, que regañó severamente a Jesús por no desviarse del camino que lo llevaría a la cruz (16,22), y a los hijos del Zebedeo, para quienes su madre pedía sitios de gloria y de honor (20,21), Jesús los lleva a su agónica oración.
Pedro, quien le dijo a Jesús: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré” (26,33). Y Santiago y Juan, que le contestaron que sí pueden beber la copa que Jesús beberá (20,22), no pueden velar con él ni siquiera una hora. Los que se proclamaron muy fuertes, son en realidad muy débiles.
Para San Mateo, el Jesús de Getsemaní es modelo de oración. A los discípulos de entonces y de ahora, San Mateo nos está diciendo que sin una oración como la de Jesús, no resistiremos ante los embates del mal (26,41). Sin la oración, a la manera y con la intensidad de Jesús, no podremos seguir siendo discípulos de Jesús y nuestra fe se evaporará a la primera dificultad (13,20-21). Unicamente la oración nos mantiene alertas para no desviarnos o alejarnos del camino emprendido por Jesús (26,41).
Jesús, quien anunció que el reinado de Dios ya estaba a la puerta (4,17), anuncia la cercanía del traidor (26,46).
Jesús, aun preso, no caerá en las garras del mal. En cambio, los discípulos, por inconscientes y faltos de oración, lastimosamente fallarán.


3. El arresto    
Hay un crescendo ominoso en estas escenas: Jesús anunció que su hora se acercaba (26,45), que ya se acercaba el que iba a entregarlo (26,46), y por último se dice que llega Judas, uno de los Doce, con la soldadesca encargada de aprehender a Jesús (26,47). “Es la hora que coincide con la noche” 3. Es la hora del abandono y de la negación. Todo indica que la tiniebla ha vencido.
Los que hicieron del Templo una guarida de ladrones (21,13), mandan a agarrar a Jesús como un ladrón, a él que es totalmente libre ante el despotismo del dinero (6,24). Para apoderarse de Jesús los poderosos se protegen con la oscuridad. En el Templo no pudieron pescarlo con argumentos, en la oscuridad lo aprehenden con el atropello y la traición. Judas, uno de los Doce, con un saludo acompañado por una señal de respeto excepcional, entrega a Jesús al enemigo. Al saludo de Judas, Jesús contesta: “Cuate, ho párei”. Hetaîros, al que traduzco con este mexicanismo, en Mt. 20,13 y 22,12 no indica amistad. Es más bien una manera de llamar a alguien de quien uno se siente distanciado. Más aún, en estos dos pasajes con hetaîre se nombra a alguien que no es digno del Reino de Dios.
“La frase ho párei ha provocado una cantidad enorme de discusión, pero poca certeza” 4. Hace más de veinte años que se acuñó esta frase. De entonces a estas fechas la discusión no ha disminuido, sin embargo tal vez haya un poquito más de claridad.
La frase de Jesús es una respuesta al saludo engañoso de Judas. Por lo demás, no hay que perder de vista que San Mateo nos presenta a un Jesús conocedor de lo que le espera (26,25) y dueño de su situación (26,53-54).

El Jesús mateano ya sabe lo que Judas está haciendo, y por lo tanto lo más probable es que tal declaración, más que sorpresa, indique su conocimiento5.

Por consiguiente, esta frase probablemente “muestra con ironía o con sarcasmo que Jesús conoce” 6 lo que Judas se trae entre manos.
Si el saludo de Judas es una burla, la respuesta de Jesús no carece de agudeza; equivale a decirle en lenguaje llano: “Compa, no me engañas. Completa tu sinvergüenzada”.
Uno de los discípulos de Jesús no solamente no lo acompaña en la oración, sino que con violencia quiere detener el remolino provocado por el pecado. Con la espada mocha una oreja al siervo del sumo sacerdote. Esto era una infamia grave. Este discípulo se comporta igual que los enemigos de Jesús. No entiende la actitud de Jesús; que él no es como los letrados y fariseos, que dicen una cosa y hacen otra (22,3). No se percata de que lo que Jesús enseñó, lo vive hasta sus últimas consecuencias. Jesús ha inculcado el no devolver mal por mal (5,38-41), el hacer el bien a los enemigos (5,43-48) y el perdón gratuito e incondicional (18,21-35), porque sólo así se puede tener la integridad del Padre celestial (5,46).
Jesús responde a este discípulo. Estas palabras únicamente se encuentran en San Mateo. Están dirigidas a una Iglesia que sabe de persecución, que la violencia sólo produce violencia, en situaciones como la que está pasando; que el mal no se acaba con otro mal y que a la fuerza no se establece el reinado de Dios.
A la violencia opresora Jesús no contrapone nada parecido, mucho menos una intervención divina que de alguna forma se asemejara a esta prepotencia destructora. Jesús le da a entender con todas sus letras, que él, víctima del rechazo a Dios, no tiene una pizca de verdugo.
No obstante hay una razón más fuerte para esta actitud de Jesús: en las últimas palabras que dirige a un discípulo (26,52-54) y en las últimas palabras que dirige a la muchedumbre (26,55-56), Jesús habla del cumplimiento de las Escrituras, es decir de la realización del designio salvador de su Padre celestial. Esto es lo que sobre todo le interesa a Jesús (26,39.42.44). Y esta clase de ayuda, aun suponiendo que viniera de parte de los ángeles, Jesús no la considera acorde a la voluntad de su Padre celestial.
Ni al principio (4,6-7) ni al final de su ministerio, Jesús va a caer en la tentación de usar una ayuda angelical que lo aleje del dolor de los demás, y de este modo no realice la voluntad de su Padre celestial.
Este discípulo no entiende el proyecto de Dios; su mentalidad es satánica (4,6; 16,23), es igual que los enemigos de Jesús (27,39-43). No quiere entender que el poder de Jesús no es un poder que mata; que con agresividad no se rompe la cadena de violencia, pero principalmente no quiere entender que no es con un desplante de poder, sino con su humilde obediencia como Jesús revela su calidad de Hijo único de Dios.
Con la actitud que toma a lo largo de su Pasión, Jesús da a entender que Dios se manifiesta en los ultrajados, que está hermanado con todas las víctimas del odio que produce el hambre de dinero y de poder.
Jesús no habla apenas a sus discípulos; también se dirige a sus aprehensores. Sin embargo más que a éstos, sus palabras conciernen a los que los mandaron. A Jesús no lo arrestaron cuando enseñaba en el Templo. Ahí no pudieron con su sinceridad ni con su lucidez. Pero sobre todo no pudieron con su percepción de la voluntad de Dios (22,15-46). Por eso recurren a la sinrazón de la violencia, que Jesús rechaza a fondo, porque su autoridad no se basa ni lleva a la muerte (20,24-28).
Todo lo que le está pasando lo ve Jesús no como una fatalidad, sino que lo ve como el cumplimiento de toda la Escritura.
Sus discípulos huyen. Jesús, abandonado por completo, cae finalmente en manos de los detentores del poder. De esta manera Dios se revela a través de Jesús, víctima de la maldad del mundo.


4. Jesús es condenado como enemigo de Dios        
Llevan a Jesús ante Caifás, el sumo sacerdote
...que duró en su cargo unos dieciocho años, mientras que sus predecesores no duraron más de un año. Caifás, el hábil diplomático que conocía bien la manera de manejar tanto al pueblo como al gobernador romano7,

no iba a entusiasmarse con la proclamación de un cambio inminente. Si algo le interesaba, como a buen saduceo, es que todo siguiera igual.
Esta perícopa comienza con una afirmación muy cruda: “los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús, para darle muerte”.
Desde un principio sabemos que se trata de un interrogatorio amañado, aunque tenga todas las apariencias de legalidad (26,60b). Lo único que le interesa a esa gente respetable es acabar con Jesús.
En vista de esto uno sólo puede preguntarse: ¿Qué le pasó a Mateo y a su comunidad, para que tuvieran una visión tan negativa del pueblo del que desciende Jesús “según la carne” y ante todo de sus dirigentes, y por lo tanto así los caracterizaran?8.

A Jesús lo acusan de haber dicho “puedo destruir el Templo de Dios”. Esta afirmación, de poder ilimitado a los oídos de todo buen judío, “podía ser digna de una figura anti-Dios”9. Esto es acusar a Jesús de anunciar el fin del Templo, la casa de Dios (Sal. 122,1), el lugar del encuentro del pueblo con Dios (Sal. 42,2-3), el sitio de la manifestación de la gloria de Dios (1R. 8,10-13.29-30; Is. 6,1; Ez. 1,1-28; etc.), el símbolo de que Israel era el pueblo elegido por Dios, la garantía de la protección divina (Mi. 3,11), y por ende de la estabilidad y de la permanencia del pueblo (Jr. 7,14), el factor más eficaz de la conciencia de identidad judía. Según el parecer de simples y entendidos, “una fuerza divina rodeaba aquel lugar” (2Mc. 3,38).
Hablar o actuar en contra del Templo era considerado un ataque a la presencia de Dios en medio de su pueblo. Anunciar el fin del Templo equivalía a anunciar el fin de lo provisional, la llegada del triunfo definitivo de Dios, y ¿quién era Jesús para anunciar lo que los sumos sacerdotes y los letrados podían interpretar?
Esta acusación era sumamente grave. Además, Jesús calla ante el Sanedrín. El  rehúsa someter su doctrina y su conducta a la autoridad del pueblo de Dios. ¿Quién se cree ser Jesús? ¿Por qué no tiene en cuenta el mandato de que “el que por arrogancia no escuche al sacerdote puesto al servicio del Señor, Dios del pueblo, ni acepte su sentencia, morirá” (Dt. 17,12)?
De aquí surge la pregunta apremiante del sumo sacerdote, que en nombre de Dios vivo conjura a Jesús que aclare quién se cree ser, en concreto, que diga si es el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
Aquí San Mateo, más que todo, parece reflejar la confrontación entre la fe de su comunidad y el judaísmo de esa época. El sumo sacerdote plantea la pregunta en términos netamente cristianos. “Hijo de Dios vivo” le dice Pedro a Jesús cuando éste le pregunta a sus discípulos por la opinión que la gente tiene de él (16,16). Al ver el poder de Jesús sobre las olas encrespadas, los que estaban en la barca se postran diciendo: “de verdad eres el Hijo de Dios” (14,33). Además, “hasta ahora no hay ninguna prueba documental de esta identificación en el judaísmo entre el Mesías y el Hijo de Dios” 10.
Para la comunidad mateana Jesús está dotado del poder de Dios para salvar de la enajenación total (8,29), para quitar el peso del pecado (9,1-8) y rescatar de las fuerzas de la muerte (14,22-33). Para esta comunidad, Jesús habla no sólo en nombre, sino en el lugar de Dios (9,3), y esta fe es la causa fundamental de su conflicto insoluble con el judaísmo.
Del mismo modo que a Judas (26,25) y a Pilato, Jesús le contesta al sumo sacerdote: “tú lo dices”.
La respuesta de Jesús no deja de tener ambigüedad. De lo contrario hubiera dicho egó eimí, y no estaría el plen. Sy eipas es una afirmación con matices. Hay verdad en lo que dijo el sumo sacerdote, no obstante él tiene que asumir la responsabilidad por la forma como lo interpreta y por el uso que pueda hacer de él11.

Con este interrogatorio se da el final de un período y el comienzo de otro. De ahora en adelante se podrá saber que Jesús comparte lo que ninguna creatura puede compartir: el poder único de Dios. A partir de este momento es que Jesús es condenado, choteado y escupido en la cara, la Iglesia podrá recibirlo como Juez y ver la calidad de su gloria. Y en él que fue torturado y humillado, con toda seguridad la Iglesia podrá encontrarse con el poder y la gloria de Dios.
Para el judaísmo esto es blasfemia que merece la pena de muerte. Por eso se opuso tan encarnizadamente a la comunidad de San Mateo.


5. La apostasía de San Pedro  
Esta escena es una advertencia y un consuelo para la comunidad de San Mateo, y por consiguiente para la Iglesia de todos los tiempos.
Mientras a Jesús lo interroga la máxima autoridad de Israel, Pedro es rodeado por gente sin autoridad. Jesús añade a lo que quieren saber acerca de su relación única con Dios. Pedro niega incluso conocer a Jesús (26,72); él no estaba con Jesús, no es de los suyos, ni idea tiene de quién sea Jesús (26,69-72). El contraste entre la declaración valiente de Jesús y la negación cobarde de Pedro no puede ser más notorio.
Pedro había declarado fidelidad absoluta a Jesús (26,33-35). El que más alarde hizo de fidelidad a Jesús es el que lo negó más rotundamente. Nadie había hecho una confesión de fe en Jesús como la hizo Pedro (16,16), sin embargo nadie lo niega ante los hombres (10,33) con la intensidad con que lo hizo Pedro. Se desdice de ser discípulo de Jesús: “no conozco a ese hombre” (26,72). Ni nombre le merece Jesús. Con juramento y maldiciéndolo, Pedro niega así la mínima relación con Jesús.
Jesús no jura ni ante la presión del sumo sacerdote. Pedro jura ante gente sin autoridad. Pedro, el portavoz de los demás discípulos (15,15; 18,21; 19,27), testigo privilegiado del poder salvador y de la grandeza única de Jesús (9,18-26; 17,18), al usar el juramento,

...que para San Mateo es máscara para la mentira (5,33-37), se pone en el mismo plan que Herodes (14,7), que los letrados y fariseos (23,16-22) y que Caifás (26,23)12.

O sea, que reacciona y habla como los que procuraban la muerte de Jesús.
Este relato bien pudo ser escrito “con el fin de reflejar la crisis que el sufrimiento desencadenó en los que seguirían a Jesús”13); “llega la tribulación o la persecución por el mensaje, y fallan” (13,21).
Por eso, al escuchar este pasaje la Iglesia puede darse cuenta de que sin seguir a Jesús no vale nada, y que el arrepentimiento es el único remedio para todo el que haya querido alejarse de Jesús.


6. Detrás de la traición de Judas  
Los dos discípulos que destacan en el relato de la Pasión son Pedro y Judas; el que niega y reniega y el que entrega a Jesús. Los dos no se detuvieron de hacer su fechoría, pese a haber sido advertidos por Jesús (26,25.34).
En el NT hay dos relatos sobre la muerte de Judas: éste y el de Hch. 1,15-20. Por más esfuerzos que se realicen, no es posible hacerlos que concuerden.
Al principio y al final, enmarcando este breve relato, se encuentra la palabra “dinero”, pero asimismo en el centro. Parece un estribillo (ver 27,5.6.7.9). Casi con la misma intensidad ocurre la palabra “sangre” (ver 27,4.6.8). Lo que se narra sobre Judas se reduce a unos cuantos versículos (3-5), y aun aquí su función principal es enfocar la atención sobre el dinero, fruto del crimen.
Es decir, que en este relato, más que la muerte de Judas, lo que importa es la inocencia de Jesús, la perversión de las autoridades judías, y sobre todo el cumplimiento de las Escrituras.
Judas se deshace del dinero que recibió por entregar a Jesús. Según San Mateo (26,14-16), el hambre de dinero hizo que Judas entregara a Jesús, pero por el remordimiento que lo atosiga se queda sin dinero. Los sumos sacerdotes, a su vez, se deshacen del dinero que pagaron por la traición. Tanto Judas como ellos reconocen que es dinero sucio. Judas expresa su remordimiento por su aportación a la muerte de Jesús, no obstante lo hace precisamente ante los que buscaron su muerte. Sobre Judas recae la maldición de Dios: “¡Maldito quien se deja sobornar por matar a un inocente!” (Dt. 27,25).
Judas reconoce la inocencia de Jesús. Esto a los sumos sacerdotes los deja sin cuidado. Rechazan tener algo de culpa; el problema es de Judas, no de ellos. La que ha pasado los deja sin pendiente. No les interesa hacer la voluntad de Dios; les interesa cometer a ciencia y conciencia un crimen. Los sumos sacerdotes reconocen que el dinero que les arroja Judas es dinero malo, sin embargo no cambian su actitud ante Jesús (27,6).
Una vez, pero en grado extremo, se muestra lo repugnante de la hipocresía religiosa; son meticulosos en el cumplimiento de mandatos secundarios, aunque sin la mínima atención a los puntos básicos para vivir de acuerdo a la alianza con Dios (23,23-24).
En este relato destaca la insistencia en ciertos temas muy estimados por San Mateo:
1. Jesús no es presa ciega de fuerzas tenebrosas. El sufre libre y conscientemente para realizar el proyecto salvador de Dios.
2. La perversión de las autoridades judías no tiene nombre. Aquí surge otra vez la pregunta obligada, ¿qué le ha pasado al evangelista y a su comunidad para que tengan esta visión tan tétrica de las autoridades judías?
3. Servir al poder de las tinieblas no es apenas echarse en brazos de la calamidad; también es tratar de sabotear inútilmente el proyecto salvador de Dios.

Finalmente, sobre la muerte de Judas se puede decir que:
1. Los relatos de Hechos y de San Mateo coinciden en que fue una muerte violenta y poco tiempo después de la traición, y que con el dinero de la traición se compró un solar que se llamó campo o cementerio de sangre (a lo mejor, ya se llamaba así antes de la compra).
2. Estos hechos fueron interpretados a la luz de datos bíblicos o no-bíblicos que describen la muerte de impíos o de traidores.
3. “Son relatos populares guiados por la intención de descubrir en los hechos el cumplimiento de las profecías” 14.


7. Condena de Jesús y rechazo definitivo
En la mañana, no en la noche, como parece dar a entender San Marcos, el consejo decide que se dé muerte a Jesús. Con esto insinúa San Mateo que hubo dos sesiones y que sólo hasta la mañana decidieron pedir formalmente la muerte de Jesús. Llevan a éste ante Pilato, el representante del poder imperial. En este episodio podía verse retratada la comunidad de San Mateo; “serán llevados ante los gobernadores” (10,18), les había dicho Jesús.
“Ninguna otra sección de la Pasión ha alterado tanto San Mateo como ésta”15. Todos los miembros del consejo llevan a Jesús. Se recalca el silencio de Jesús ante el gobernador. No se explaya en datos sobre Barrabás. A Jesús no lo llaman rey de los judíos, sino Mesías. Se añade el episodio del sueño de la mujer de Pilato. Los sumos sacerdotes no asuzan, sino que convencen al pueblo que pida que acaben con Jesús. El pueblo exige que se crucifique a Jesús. Pilato hace declaración pública de inocencia en el asunto y arroja toda la responsabilidad al pueblo. Este grita: que caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos. En la tortura burlesca a Jesús, lo envuelven en un manto escarlata, le ponen un carrizo en la mano derecha.
a. El sueño de la mujer de Pilato parece ser un rasgo legendario. Al principio del Evangelio, Dios se comunica por sueños a los magos (2,12), al final del Evangelio de la misma manera a la mujer de Pilato (27,19). Dado que el pueblo que posee las Escrituras no quiere escucharlo, Dios se comunica por otros medios y a otra gente. Dios, que reveló sus planes de salvación a los magos, también tiene medios para hacer ver a los paganos la inocencia de Jesús.
El interrogatorio que las autoridades judías hicieron a Jesús fue amañado, y por lo tanto él es inocente. Judas confiesa que ha entregado a un inocente a la muerte, y la mujer de Pilato declara que Jesús es justo. Esta insistencia en la inocencia de Jesús contrasta con la callosidad de las autoridades judías, a las que ni la confesión de Judas les hace mella. La razón de esta insistencia contrastante puede encontrarse en la situación de la comunidad de San Mateo que ha escuchado muchas acusaciones contra Jesús y contra ella.
b. Jesús calla, al grado de provocar la extrañeza del gobernador. Jesús, ante Pilato, no es cualquier prisionero, es el justo sufriente, es el siervo de Yahvé, que con tal de ser fiel a su misión se expone al sufrimiento (Is. 52,15; 53,7).
A la pregunta de Pilato de si él es el rey de los judíos, Jesús responde con reserva. Una cosa es lo que Pilato entiende por rey de los judíos, y otra es lo que Jesús entiende.
Jesús no actúa, no habla, sufre y en silencio aguanta el rechazo. Así debe quedar claro qué clase de regalidad reclama para sí mismo.
c. Se ha insistido usque ad nauseam en que los evangelistas, principalmente San Mateo y San Juan, han tratado de librar de toda responsabilidad en la muerte de Jesús al representante del Imperio Romano. Tal vez se deba a mi ignorancia, sin embargo no estoy de acuerdo con estos sesudos señores. Si eso pretendieron los evangelistas, lo hicieron francamente mal.
Pilato, antes de juzgar a Jesús, decide que su suerte dependa del gusto del pueblo. Es un juez que no juzga. En San Mateo no es el pueblo el que pide, sino que es Pilato quien ofrece la amnistía. Pilato deja al pueblo únicamente una alternativa: o Jesús o Barrabás.
Pilato sabe que le han entregado a Jesús por odio asesino (27,18), ha sido advertido por su mujer de la rectitud de Jesús (27,19), no lo ha condenado aún, y sin embargo lo trata como a un condenado que necesita amnistía. Pone a Jesús al nivel de Barrabás. Pilato, como Herodes (14,5), es incapaz de matar a un justo. Es la impotencia del poder lo que queda al descubierto.
San Mateo nos pone a Pilato realizando un rito extraño para un romano. Pilato, que detestaba a los judíos, “actúa y habla como si leyera el AT y siguiera las costumbres legales judías”16. Pero aun con esta incongruencia, Pilato no queda bien parado. ¿Por qué se lava las manos? ¿Qué clase de juez es, si no se cansa de declarar inocente a Jesús y no obstante lo entrega a la peor de las muertes?
Los sumos sacerdotes hicieron recaer sobre Judas toda la responsabilidad. Eso mismo hace Pilato con el pueblo judío. Pilato admite la inocencia de Jesús, tiene poder para impedir la muerte de éste. La conducta de Pilato no es mejor que la de los sumos sacerdotes, porque pese a tantas constancias de la inocencia de Jesús, siendo él la suprema autoridad en este asunto, no hace nada por librarlo de la muerte más ignominiosa.
¿Cómo es posible que Pilato no tenga ninguna responsabilidad en la muerte de Jesús, si sólo él podía dictaminar la pena de muerte? En realidad no queda atenuada la culpabilidad de Pilato, juez supremo que se deja presionar, sino la hipocresía de la justicia imperial que permite la muerte del justo, pero que no quiere cargar con culpa alguna.
d. San Mateo recalca como ningún otro evangelista la responsabilidad del pueblo; éste no es asuzado, se deja convencer; con toda libertad pide que acaben con Jesús (27,20). Se le pone a escoger entre Jesús y Barrabás, y prefiere a este último (27,21). Exige que a Jesús se le crucifique (27,22). No le importa saber si Jesús hizo algo malo; lo que le importa es que le den la muerte reservada al peor criminal (27,23). Ven en Jesús mayor peligrosidad que en Barrabás.
El rumor contra Jesús es incesante (27,24). Los sumos sacerdotes, que no querían alborotar durante la Pascua, son los que provocan el alboroto que exige la crucifixión de Jesús.
Así como toda Jerusalén tembló con Herodes ante el anuncio del nacimiento del rey de los judíos, el pueblo se dejó convencer por las autoridades para pedir la crucifixión del Mesías. A estas alturas “Mateo convierte a la multitud amorfa en representante de todo el pueblo de Israel”17. Quien asume por completo la responsabilidad de la muerte de Jesús es pâs ho laós, y laós se usa en San Mateo para designar a todo el pueblo de Israel como tal (2,6; 13,15; 15,18; 26,3.47; 27,1). A este pueblo San Mateo lo presenta más distanciado de la justicia divina, que el mismo juez “sin Dios”. Para San Mateo, la ruptura entre el pueblo de Israel y el Mesías es total.
Al ver que Pilato se exime de toda responsabilidad en la muerte de Jesús, según San Mateo, todo el pueblo de Israel exclama: “nosotros y nuestros hijos cargamos con su muerte” (27,25). Históricamente este episodio no es factible. Razones sobran para hacer esta afirmación. No obstante, el hecho innegable es que San Mateo escribió esta frase, y que sus consecuencias han sido funestas.
Y no solamente San Mateo, sino otras corrientes del cristianismo primitivo hacían recaer sobre todos los judíos la responsabilidad de la muerte de Jesús (Hch. 2,36; 5,28). Es cierto que:
1. En el AT mismo, la ira de Dios sobre el pueblo escogido es una categoría establecida.
2. También los judíos interpretaron la destrucción del Segundo Templo como efecto de la ira de Dios18. 
3. En la visión deuteronomista, el sufrimiento atroz del pueblo es fruto de la pertinaz infidelidad del pueblo a Dios.

Pero el castigo por la muerte de un inocente no solía pedirse para otras generaciones, y sobre todo estas reflexiones se hacen dentro del judaísmo. Al reflexionar acerca de la turbulenta historia de amor entre Yahvé y su pueblo, concretamente en el prolongado rechazo a los profetas, ningún hagiógrafo consideró que Israel hubiera caído bajo la maldición definitiva de Dios. Ningún escritor judío insinuó siquiera que, al acabarse el Templo, se acabara la razón de ser teológica del pueblo de Israel.
Si aislamos estos pasajes de su contexto histórico, podemos hacerles decir atrocidades de consecuencias funestas. Esto no es rebajar a la Biblia, es evitar que se la convierta en ídolo, ya que si no aceptamos su aspecto humano estamos en el fondo negando la Encarnación. En realidad, estos pasajes
...reflejan muy claramente la situación de la comunidad primitiva; los judíos se han cerrado al mensaje de la joven Iglesia, pero los paganos se han abierto a él19.

San Mateo respira por la herida; es un judío piadoso, que está convencido de que ver a Jesús como la sabiduría de Dios entre nosotros es llevar a su cumplimiento la Ley de Moisés, y al constatar que él y su comunidad son expulsados por esta razón de la sinagoga, trata de afirmar de mil maneras que los que han sido infieles al Dios de la Alianza, no son los creyentes en Jesús, sino las autoridades del pueblo judío y el pueblo que las ha secundado. Es la voz de una minoría que se siente mortalmente hostigada (23,34), y que ve —muy a la judía y en sintonía con la teología deuteronomista— en esta hostilidad la causa de las desgracias acaecidas al pueblo de Israel (22,7; 23,35-36).
Esta situación se debe a que
Mateo siente la obligación ineludible de asegurar la identidad de su comunidad ante la impugnación judía, y de legitimar la proclamación de Cristo ante los paganos20.

Esto lo hizo San Mateo desde las estrecheces de su entorno cultural. Baste hacer un listado de casos célebres de “odio teológico” dentro del judaísmo: Juan Hircanoarrasó el santuario del monte Garizim21. Alejandro Janeo masacró a seis mil judíos en la fiesta de los Tabernáculos por cuestionar su aptitud para ser sumo sacerdote22. Fariseos liberados de sus enemigos por la reina Salomé Alejandra, ejecutaron a sus enemigos23.
Baste “tener en cuenta el ambiente general de confrontación religiosa de entonces”24. Como botón de muestra podemos ver Sir. 50,25-26 y Sb. 14,22-30.
Con esta mentalidad, “San Mateo se mantiene lejos del mensaje central del NT y de la visión histórico-salvífica del AT”25. Gracias a Dios, San Mateo mismo nos transmite elementos de sobra para superar esta visión tan estrecha.

8. Los últimos minutos de Jesús     
8.1. El escarnio
En lugar de la flagelación, San Mateo nos relata el choteo despiadado que sufre Jesús. Toda la cohorte, es decir unos seiscientos hombres, se reúnen en la residencia del gobernador para chotear con toda la saña posible al condenado Jesús.
Lo visten con túnica escarlata, manto del soldado romano. Jesús está expuesto a todos los desmanes del poder. A Jesús, que ha rechazado de modo tajante la violencia y la opresión (20,25-26; 5,21-23.38-42), le ponen ropa militar. Jesús le sirve a la soldadesca de burda diversión. Le ponen una corona de espinas, réplica cruel de la corona de los reyes helenistas. Con un carrizo arremedan el cetro real. Jesús ha sido convertido en un rey bufo, al que con golpes y escupitajos rinden homenaje.
Durante toda la bufonada cruel, Jesús no pronuncia una sola palabra; su dolor es verdadero, lo enmudece.
Solamente aquí y en los relatos de la infancia, en donde también es perseguido, es Jesús, y esto por boca de los paganos, llamado rey de los judíos. Este es el rey de la Iglesia, un torturado, un hazmerreír de los esbirros.

8.2. Jesús en la cruz
Simón Cirineo es obligado a cargar con la cruz de Jesús. “Esto también es una burla, así aparece Jesús como un señor acompañado por su siervo” 26.
Jesús, que tanto anduvo anunciando el alborear del reinado de Dios, es llevado de un sitio a otro como enemigo de Dios. Lo llevan ante Caifás (26,57), al pretorio (27,27) y a crucificar (27,31b).
Al principio y al final de esta escena se menciona a los ladrones (27,33.44). Jesús es reducido al nivel de los bandoleros. En realidad son las autoridades quienes están al nivel de los bandidos. “Jesús, que vivió rodeado de descastados (11,19) muere rodeado de malhechores” 27.
No le dan vino con mirra (Mc. 15,32), sino mezclado con hiel (27,34), o sea con veneno. Jesús no es un ajusticiado cualquiera, es el inocente que ha aguantado las afrentas por la causa de Dios; es al que devora el amor apasionado por la casa de Dios (Sal. 69,5.8-9.22). No se nos narra ningún detalle sobre la crucifixión. “Se menciona brevemente, como un hecho que ya conocido. Las burlas son el elemento más desarrollado (ver 27,29.31.39.41.44)” 28.
A Jesús lo despojan hasta de sus ropas. San Mateo arregla la frase de Mc. 15,24 para que se parezca más al Sal. 22,19. El ultraje a Jesús es el ultraje al justo que ha puesto toda su confianza en Dios. La guardia está ahí para cuidar a Jesús, para que nadie lo salve o rescate su cadáver.
La razón de la condena estaba escrita en estos términos: “Este es Jesús, el rey de los judíos”. San Mateo la formula más bien en tono de confesión de fe (3,17; 17,5). Al que por choteo le ponen la inscripción “el rey de los judíos”. Jesús lo es, sólo que no a la manera y por los motivos que sus asesinos imaginan.
Para aumentar la deshonra de Jesús, crucifican a sus lados a dos bandidos.
A Jesús lo insultan los que van pasando, los miembros del Sanedrín y los mismos crucificados; nadie se queda sin burlarse de él. Aun la soldadesca lo despreciará al momento de morir. El motivo principal de la burla es que no puede salvarse a sí mismo (27,40.42), que permanece clavado en la cruz. Cuando baje de ella creerán que tiene algo que ver con Dios. En un crucificado no se puede creer, merece todo el desprecio. Un tal no tiene nada que ver con Dios ni puede llegar algo bueno con él.
En realidad se están burlando de la fe de Jesús. Si él baja de la cruz, hace todo lo contrario de lo que pidió a sus discípulos (16,24). En los insultos se pone en entredicho que Jesús sea el Hijo de Dios. Para los que lo insultan, Jesús es un farsante blasfemo y fracasado. El, que dijo que podía destruir el Templo, no puede destruir ni siquiera la cruz.
Los que no creen en él y han hecho todo lo posible por hundirlo en el peor descrédito y despedazarlo, por lo visto serían los únicos capaces de decirle a Jesús en qué consiste ser Hijo de Dios. Los que se burlan de Jesús citan las Escrituras, y precisamente para burlarse de su fe, de su esperanza y de su entrega al Padre.
Se repite la tentación del comienzo de su ministerio (4,1-11). Es el cuestionamiento diabólico de su calidad de Hijo de Dios, porque no escapa de su condición humana y humilde. Según ellos, Jesús sería Hijo de Dios si no estuviera expuesto al sufrimiento, si usara su pretendida condición especial para provecho propio. Sería Hijo de Dios, si pusiera el poder de Dios a su servicio. Son dos sentidos totalmente opuestos de Dios. Para ellos Dios está identificado con la dominación, Dios se revela en los poderosos. Para Jesús, Dios se identifica con la justicia, con la misericordia (9,13; 12,7), y se revela en los humildes y sufridos (8,17; 12,17-18).
El énfasis de San Mateo en el motivo del Hijo de Dios se debe a que
...probablemente por el tiempo en que Mateo estaba escribiendo, el santuario material de Jerusalén ya había sido destruido, y la incredulidad hostil de los judíos se concentraba ante todo en la cristología, de modo que la discusión de si Jesús era el Hijo de Dios ocupaba el primer plano en los debates Iglesia-Sinagoga29.

Ni los compañeros de suplicio entienden a Jesús; él muere sólo, incomprendido y choteado. Todos lo juzgan abandonado por Dios, porque para ellos Dios se identifica con el poder de los opresores (Sb. 2,18-20). Los que se burlan de Jesús son los impíos, que solamente en la fuerza encuentran la razón (Sb. 2,11). Hacen burla a Jesús porque no aceptan que Dios está con el justo, aunque sea ultrajado. Su maldad los ciega; no conocen los secretos de Dios (Sb. 2,21-22).
Estas burlas son el rechazo a Dios, tal como se nos revela en Jesús. Para Jesús, estos gritos constituyen la forma más brutal y última de la tentación. No son únicamente los humanos los que gritan, es la fuerza misma del mal (4,3.6; 16,22-23). Es tan fuerte el embate del mal, que hasta los crucificados con Jesús se expresan igual que los causantes de su dolor mortal (27,44).
Para San Mateo, los que se burlan de Jesús se oponen a la voz de Dios (3,17; 17,5) y quedarán desmentidos por las señales divinas (27,51-53). Para San Mateo, Jesús, de quien se burlan diciéndole “el que destruye el Templo y en tres días lo reconstruye”, es el que con su muerte de una manera distinta a la que ellos pensaban, acaba con el exclusivismo religioso, con la razón de ser del Templo (27,51).


8.3. La muerte de Jesús    
Abandonado por todos, Jesús no abandona su confianza en su Padre, Dios. En medio de las más densa oscuridad, Jesús se dirige a Dios con palabras crudas y lacerantes: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (27,46). “Es una oración que en la paradoja de la fe, al mismo tiempo lamenta la ausencia de Dios y recurre a su presencia viva”30. Es expresión de una fe como la de Abrahán, que “esperó fiándose contra toda esperanza” (Rm. 4,18). Es el clamor del justo que sufre horriblemente, pero aun en su abandono está seguro de la salvación otorgada por Dios (Sal. 22,2). Como resultado de la expresión de su confianza inquebrantable en Dios, arrecia la burla contra Jesús.
Jesús gritó de nuevo con fuerte voz (27,50). “Esto es inaudito, dado que los crucificados por lo general morían de asfixia lentamente”31. Jesús muere dueño de sí mismo. Pero sobre todo debe quedarnos claro que
...el evangelista quiere, gracias al paralelismo que forma entre el primer y el segundo grito de Jesús, que éste se entienda como oración en el sentido del Salmo de Lamentación32.

Jesús muere confiándose por completo en su Padre Dios.
Al morir Jesús, la cortina del Templo se rasgó en dos de arriba a abajo, la tierra tembló, los sepulcros se abrieron y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron. Después de que él resucitó, éstos entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos (27,51-53). Todo esto se da cuando la tiniebla cubre la tierra entera.
Fuera de la rasgadura de la cortina del Templo, todos los demás acontecimientos aparecen solamente en el primer evangelio. En la muerte de Jesús se da la revelación del poder de Dios. Por la cruz de Jesús sabemos cómo es de Dios y qué clase de poder tiene. Esta es la respuesta a las burlas mordaces ante el abandono de Jesús (27,49). Estos hechos son la respuesta a la fe extrema de Jesús, que aun en la peor desolación se aferra a Dios (27,46).
Al comenzar el ministerio de Jesús, los cielos se abren (3,16). Al morir él, los sepulcros se abren (27,52). La muerte es vencida; se abre un boquete irreparable en el muro impenetrable de la muerte. Tiembla; los sepulcros se abren; el poder de Dios se hace patente (8,24; 21,50; Jc. 5,14; 2Sm. 22,8; Jr. 4,23-24; Jl. 2,10). La fuerza vivificadora de Dios actúa. En Ez. 37,12-14 el Señor promete abrir los sepulcros, sacar al pueblo de ahí y llevarlo a la tierra prometida. Según los LXX, Ez. 37,13: “entonces conocerán que yo soy el Señor, cuando yo haya abierto sus sepulcros”. Esto es, que según San Mateo, con la muerte de Jesús ha llegado la hora de Dios, la revelación de su grandeza salvadora. La muerte de Jesús es victoria sobre la muerte.
Aquí tenemos
...una descripción poética popular deliberadamente vaga. Lo que aquí está en juego es el poder de la acción de Dios. Es la irrupción del poder de Dios, que da a entender que han empezado los últimos tiempos33.

La soldadesca se llena de gran temor, como los tres discípulos que estuvieron en la Transfiguración (17,6); en coro, no sólo el capitán, y no sólo por ver cómo Jesús moría (Mc. 15,39), sino por todos los acontecimientos producidos (27,54), proclaman una profesión de fe idéntica a la de los discípulos (14,33; 16,16). Las palabras de Jesús se cumplen (8,11-13).
De la muerte de Jesús nace la Iglesia. Cuando todo un pueblo consagrado había rechazado la manifestación amorosa de Dios, unos “sin Dios” aceptan a Jesús como el Hijo único de Dios.
Entre las mujeres que de lejos siguieron a Jesús, estaba la madre de los zebedeos. La que había pedido para sus hijos sitios de honor (20,20), ve qué clase de deshonor comporta el seguir a Jesús.


9. El entierro de Jesús  

José de Arimatea no es un miembro del Consejo, como en Mc. 15,43a; no tiene nada que ver con los asesinos de Jesús. Es sencillamente un hombre rico (27,57a). No sólo esperaba el reinado de Dios (Mc. 15,43b); había sido discípulo de Jesús (27,57b). Este dato puede ser indicio de que en la comunidad de San Mateo había gente en buena condición económica. De hecho, menciona mayores cantidades de dinero que los otros sinópticos (compárese Mt. 10,9 con Mc. 6,8 y Mt. 25,14-30 con Lc. 19,11-27). Además, en la parábola del hijo del rey, en lugar de pobres, inválidos, ciegos y rencos (Lc. 14,21), la orden es llevar a “todos los que encuentren” (22,9). Y uno de los estorbos para aceptar el mensaje de Jesús son “las preocupaciones mundanas y la seducción de la riqueza (13,23)” 34.
No es un acto de atrevimiento la ida de José de Arimatea con Pilato; ni éste se admira de que Jesús haya muerto, ni tiene necesidad de informarse sobre la muerte de Jesús ante el capitán, ni lo que Pilato le entrega a José es llamado cadáver (Mc. 15,44-45).
Para un rico el dar honrosa sepultura a alguien rechazado públicamente por las autoridades judías y ejecutado por los romanos era en el mejor de los casos una imprudencia y en el peor de los casos un riesgo peligroso35.

José de Arimatea envuelve el cuerpo de Jesús en una mortaja limpia (27,59) y lo coloca en un sepulcro nuevo (27,60a). Finalmente pone una piedra grande (27,60b), para que nadie profane el cuerpo de Jesús. Lo que hace “es una obra de misericordia estimada en el judaísmo, una reverencia a Jesús” 36.
Las mujeres, y solamente ellas, hacen duelo ante la tumba de Jesús. Las mujeres atestiguan que Jesús de veras murió y fue enterrado (27,61). Este Jesús, y no otro, es el que resucitó.


10. La última infamia (Mt. 27,62-66)
Después del entierro de Jesús las autoridades judías piden a Pilato que ponga guardias ante su tumba, para impedir que se roben el cadáver.
Aquí hay una incongruencia. En los demás evangelios los fariseos no desempeñan ninguna función en la Pasión de Jesús. Además, el reducido poder autónomo estaba en manos de los saduceos. Por otra parte, si se castigaba la violación de las tumbas, ¿por qué no castigaron a los discípulos de Jesús cuando comprobaron que los restos de éste ya no yacían en la tumba?
Estos son dos de los muchos indicios que hablan en contra de la historicidad de esta escena. Aquí más bien se refleja la situación por la que pasaba la comunidad de San Mateo; claramente se formó en una época en la que los cristianos proclamaban la resurrección de Jesús, y el judaísmo oficial los contradecía y tomaba medidas contra ellos.
Por esto, San Mateo ve a los dirigentes religiosos judíos de su tiempo como los auténticos herederos de quienes propiciaron la muerte de Jesús, y una vez más quiere decirle a la comunidad que, así como Dios se burló de las artimañas de Herodes (2,12), así también se burlará de todos los poderes que, incluso con el dinero corruptor, quieren impedir la fe en la resurrección de Jesús y quieren presentarla como una burda estafa.
Pero sobre todo, si todo esto ha sucedido con Jesús y no pudieron con él, la comunidad que cree en Jesús debe estar segura de que Dios no permitirá que la aniquilen (16,18c), en concreto debe apoyarse en la promesa de Jesús, el lleno del poder divino (28,18), de que estará con ella todos los días hasta el fin del mundo (28,20).
En consecuencia, estos cambios y aportaciones de San Mateo se entienden mejor si se ven como el fruto de su esfuerzo por
...explicar cómo la Iglesia, que declara su adhesión ilimitada a las promesas bíblicas y proclama a Jesús como el Mesías de Israel, está formada en su mayoría por gentiles37.

No es Dios el que falló, fue el pueblo escogido el que falló. Por eso El “les quitó su reino y se lo dio a un pueblo que diera los frutos debidos” (21,43).

 

José Cárdenas Pallares
Lázaro Cárdenas 140
Capilla del Rosario
28.869 Salahua, Col.
México

1 Cf. F. J. Matera, Passion narratives and Gospel Theologies. Paulist Press, 1986, pág. 96.
2 J. Mateos-F. Camacho, El Evangelio de San Mateo. Cristiandad, 1981, pág. 259.
3  A. Sand, Das Evangelium nach Matthäus. Pustet, 1986, pág. 534.
4 D. Senior, The Passion Narrative according to Matthew. LUP, 1975, pág. 125.
5 R. E. Brown. The Death of the Messiah. Doubleday. 1994, pág. 1385.
Ibid., pág. 1388.
7 P. Bonnard, Evangelio según San Mateo. Cristiandad, 1983, pág. 579.
8 I. Broer, “Der Prezess Jesu nach Matthäus”, en Der Prozess gegen Jesus. Herder, 1989, pág. 90.
9 Brown, op. cit., pág. 435.
10 Broer, op. cit., pág. 93.
11 Brown, op. cit., pág. 491.
12 Senior, op. cit., pág. 101.
13 Ibid., pág. 102.
14 P. Benoît, Exégèse et Théologie. Cerf, 1961, I, pág. 543.
15 G. Schneider, Die Passion Jesu nach den drei ältesten Evangelien. Kösel, 1973, pág. 99.
16 Brown, op. cit., pág. 833.
17 J. Gnilka, Das Mathäusevangelium. Herder, 1988, II, pág. 458.
18 Flavio Josefo, La guerra judía, 4.6.3.
19 Boer, op. cit., pág. 105.
20 P. Fiedler, “Die Passion des Christus”, en Salz der Erde. Liche der Welt. KBW, 1991, pág. 310.
21 Flavio Josefo, Antigüedades judías, 13.9.1.
22 F. Josefo, La guerra judía, 1.4.3.
23 F. Josefo, Antigüedades judías, 13.16.2.
24 I. Broer, “Antisemitismus im Neuen Testament”, en op. cit., pág. 315.
25  Ibid., pág. 35.
26 Sand, op. cit., pág. 559.
27 Senior, op. cit., pág. 131.
28 Bonnard, op. cit., pág. 599.
29 Brown, op. cit., pág. 998.
30  Senior, op. cit., pág. 138.
31 J. P. Maier, Mattiew. M. Glazier, 1981, pág. 350.
32 R. Pesch-R. Kratz, So liest man synoptisch. J. Knecht, 1980, VII, pág. 135.
33 Brown, op. cit., pág. 1126.
34 Cf. J. D. Kingsbury, Mattew as Story. Fortress Press, 1986, pág. 125.
35 Senior, op. cit., pág. 151.
36 Cf. Sand, op. cit., pág. 569.
37 H. Gollinger, “...und diese Lehre verbreitete sich bei Juden bis heute. Mattäus 28,11-15 -ein Beitrag zum Verhältnis von Israel und Kirche”, en Salz der Erde..., op. cit., pág. 364.

 

 
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