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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

“Y AL ENTRAR EN LA CASA,
VIERON AL NIÑO...”


Un acercamiento al evangelio
de Mateo a partir de los niños
 
“El que juega es bueno, porque tiene alma de niño”
(de un campesino colombiano de más de setenta años)

Francisco Reyes Archila

Mateo, como Lucas, elabora un relato con características míticas sobre la infancia de Jesús, con el propósito de mostrar la identidad y la plenitud del mesianismo de Jesús. El Cristo, el salvador, es el Emanuel, Dios niñito con nosotros. El ser un niñito perseguido connota la plenitud de su mesianismo.  Esta característica se torna espejo y modelo pedagógico para la comunidad, es necesario entonces, “volverse y hacerse como niños pequeñitos”, como condición para entrar en el Reino de los Cielos (Mt. 18,3). Sin embargo, esta dimensión propia de la espiritualidad de la comunidad de Mateo, ha estado ausente en la exégesis del evangelio. En este artículo buscamos precisamente rescatarla como un hilo conductor o clave de lectura que nos ayude a revelar los sentidos latentes presentes en el evangelio, profundizando en su sentido sociológico, espiritual y teológico, con el propósito de aportar un granito de arena a la fundamentación de una hermenéutica infantil de la Biblia.

Matthew, like Luke, constructs a tale, with mythic characteristics, about the infancy of Jesus, for the purpose of showing the identy and the plenitude of Jesus’ messianism. Christ, the Saviour, is also Emmanuel, God a tiny baby with us. His being a persecuted tiny baby connotes the plenitude of his messianism. This characteristic becomes a pedagogical mirror and model for the community; it is then necesary to “become like little children” as a condition for entering the Kingdom of Heaven (Mt. 18,3). However, this dimension which is proper to the spirituality of the community of Matthew has been absent from the exegesis of this Gospel. In this article we seek precisely to recover this as a golden thread or key to reading which may help us to reveal the latent meanings wich are present in the Gospel, getting deeper into their sociological, spiritual and theological meanings, with the intent of bringing one tiny grain of sand to the task of establishing a children’s hermeneutic of the Bible.

 

          Jugar, en el sentido más original y pleno de la palabra, innegablemente es una actividad que en los códigos simbólicos de nuestras sociedades y culturas patriarcales corresponde casi que de forma exclusiva a los/las niños/niñas y al espacio de lo infructuoso e improductivo,  queriendo negar esta experiencia a los adultos (que se deben ocupar de las cosas “serias” y “productivas”) y lo que es peor, a muchos niños y niñas que se ven obligados a trabajar desde temprana edad. Por esta razón, como adultos difícilmente nos podemos involucrar en esa dinámica, y cuando lo hacemos nos sentimos mal, ¡infantiles!, haciendo el ridículo. Pero a pesar de esta situación, o a propósito de ella, como adultos siempre buscamos la manera de mantener esta dimensión de nuestras vidas, sólo que preferimos crear nuestros propios juegos. Aparecen entonces los juegos de adultos (en los que por lo normal se refleja nuestra vida: la violencia, la competencia, el lucro, la seriedad, la angustia). Sin embargo, jugar al modo de los/las niños/niñas deja ver que aún hay campo para la bondad, la alegría, la imaginación, los sueños, la utopía y la esperanza, que es posible dejar expresarse ese niño o niña que habita en nosotros. Negar, reprimir o posibilitar esta experiencia del juego se convierte entonces en un acto político y espiritual muy profundo. Tal vez si aprendiéramos a jugar de verdad habría posibilidad de cambiar tantas situaciones de muerte y opresión. Por estas razones, y otras, es que queremos adentrarnos en el evangelio de Mateo llevando con nosotros el anhelo de reencontrarnos con el niño o la niña que todos y todas llevamos dentro.
          Una lectura hecha desde el corazón y el cuerpo de los niños y las niñas no está interesada únicamente en destacar la presencia o ausencia de ellos y ellas en la Biblia, cuestión que es necesaria e importante, ni en rescatar exclusivamente los textos donde ellos y ellas aparecen (que son relativamente pocos), ni en recuperar tan sólo el sentido liberador de los textos que se suelen utilizar para mantener el dominio de los adultos. También podemos leer la Biblia para demostrar la importancia de los niños para comprenderla mejor, o para descubrir una fecundidad liberadora de los textos que ayude a crear nuevas relaciones sociales en donde ellos y ellas desempeñen un papel protagónico, o para rescatar algunas categorías hermenéuticas como la imaginación, los sueños, el juego, etc. No obstante, lo fundamental es hacer una lectura desde sus propias maneras de ver, sentir y valorar el mundo que los rodea. Se trata más bien de colocarnos en su lugar (de empequeñecernos), de sentirlos, verlos y valorarlos, cuando hacemos la lectura de cualquier relato. Sin embargo, el propósito primordial y el ideal es que ellos/ellas lleguen a ser sujetos de su propia lectura de la Biblia.
          Esta perspectiva no nace por casualidad. Hay varias razones que explican este nuevo énfasis que aparece en la interpretación de los textos bíblicos. La primera que me viene al corazón, a partir de mi experiencia personal (seguramente igual a muchos y muchas), es el trabajo pastoral de varios años con niños y niñas de los barrios populares; también ha sido trascendental mi experiencia reciente como padre y como tío. Estas experiencias me han ayudado a sensibilizarme frente a la realidad de la niñez; a comprender toda la riqueza y el significado que encierra esta etapa en nuestras vidas; a ver en los niños/niñas algo que va más allá de su situación y condición social, poderlos ver y sentir (en medio del silencio y sufrimiento a los que una sociedad adulto-céntrica los ha condenado) como personas, como comediantes que distraen nuestras preocupaciones y se burlan de nuestra seriedad, y como verdaderos espejos donde se refleja lo que ya no somos, lo que hemos traspapelado u olvidado. El resultado: leer y sentir la vida y la Biblia con nuevos ojos.
          Surge asimismo como una crítica y, al mismo tiempo, como un esfuerzo por superar el carácter patriarcal (andro-céntrico y adulto-céntrico) de la sociedad y de las culturas donde estamos inmersos. Esto vale igualmente en los casos de la hermenéutica y la exégesis bíblicas, que son herederas de los paradigmas racionalistas propios de nuestra cultura occidental. Estas han sido hasta ahora adulto-céntricas, no sólo por el sujeto que las elabora, sino también por su perspectiva. Se lee la Biblia con criterios racionales, institucionales, y demasiado serios o “científicos”. Esta razón explica el silencio respecto a los niños, el porqué del menosprecio al que han sido sometidos, el porqué no cuentan, o por qué no son considerados como necesarios e importantes tanto para la dinámica social como para la lectura de la Biblia; o por qué se desprecia o ridiculiza los esfuerzos por hacer una lectura bíblica desde esta perspectiva. Tal vez muchos sentirán que es una lectura idealista, ingenua o demasiado inocente, que nada tiene que ver con los urgentes problemas sociales o con las imperiosas transformaciones sociales. Pero nuestro corazón (y no sin razón) nos dice que por acá hay una veta muy rica que puede enriquecer la reflexión y la hermenéutica bíblicas que estamos haciendo en América Latina, y que puede dar muchas respuestas a los callejones sin salida en los que una sociedad capitalista y patriarcal nos ha colocado.
          Estas razones, y otras más (los cursos y talleres de formación bíblica y el mismo esfuerzo por comprender mejor los textos), nos han llevado a buscar nuevos paradigmas hermenéuticos y exegéticos que tomen en serio la presencia o la ausencia de los niños en los textos, que nos ayuden a escuchar su voz y sentir sus afectos, que sean ellos/ellas los sujetos y protagonistas de la lectura de la Biblia. Indudablemente esta intuición le debe mucho a los cuestionamientos y aportes de la hermenéutica feminista de la Biblia y, en este sentido, una hermenéutica infantil responde a las nuevas necesidades y desafíos que han comenzado a brotar en el movimiento bíblico latinoamericano en los últimos años.
          Esta tarea apenas está comenzando, y necesitamos trazar pistas que nos ayuden a abrir el camino para la elaboración de una hermenéutica infantil de la Biblia. Es con este interés que nos queremos acercar al evangelio de Mateo. Nos interesa rescatar y resaltar el sentido que tiene la categoría o la expresión niño/niña/niñez en la misma interpretación de los textos. No se trata de resaltar una perspectiva entre otras tantas y que toca solamente a los niños o a una pastoral infantil, sino de destacar la manera cómo este acercamiento hermenéutico afecta nuestra propia comprensión y estudio de los textos, y a nosotros mismos como personas y cristianos, cuestionando los métodos tradicionales de hacer exégesis y los presupuestos antropológicos, teológicos y políticos que manejamos al acercarnos a la Biblia1.


1. La expresión “pequeños” en el evangelio de Mateo
          Nos encontramos en el evangelio con un conjunto de expresiones simbólicas que de una manera u otra tienen que ver con los/las niños/niñas. La preferida por Mateo, y que engloba otras realidades, es la de pequeños (mikrós: 10,42; 11,11; 13,32; 18,6.10.14). En relación a esta expresión encontramos:
          Siervo/esclavo, joven o niño (pais): 2,16; 8,6.8.13; 12,18: 14,2; 17,12; 21,15 (esto refleja que la condición social de los niños es la misma de los esclavos). Niñitos/niñitas (paidion; diminutivo de pais, expresión que puede indicar un niño menor de dos años, ver 2,16): 2,8.9.11.13.16.20.21; 11,16; 14,21; 15,38; 18,2.3.45; 19,13-14; 21,15. Lactante (thelazonton): 21,16; 24,19. Insignificante, más que pequeño, mínimo, menor (elakistos): 5,19; 2,6; 5,19: 25,40.45. Pobre (ptokoi): 5,3; 11,5;19,21; 26,9.11. Entre los pobres encontramos: leprosos, cojos, ciegos, sordomudos: 11,5; 15,30-31;  paralíticos, lunáticos, afligidos, los que sufren, los endemoniados, los enfermos: 4,24; 8,16; 10,6-8; extranjeros/extranjeras: 2,7ss.; 15,22; las mujeres: 5,27-32; 9,20-22; 15,22-28; 19,1-10; 22,24-32; 18, 25; 26,6-13. Igualmente los esclavos/esclavas. Además, hallamos los verbos: nepiazo, ser como niño pequeñito (nepios): 11,25; 21,16;  y tapeinóo, humillarse (y el sustantivo tapeinós: humilde), abajarse, abajado, empequeñecerse (sustantivo: empequeñecido): 11,19; 5,8; 18,4; 23,12.
          En nuestra experiencia de trabajo con el evangelio de Mateo, estas expresiones que tienen que ver con los pequeños nos han servido como un hilo conductor que atraviesa todo el evangelio, y como una clave de lectura que nos permite comprender muchos de los sentidos latentes en los textos. Desde esta perspectiva trabajamos este artículo.


2. Connotación social de estas expresiones
          La palabra pequeños/pequeñas tiene un carácter incluyente y comprensivo que abarca las diferentes expresiones anotadas con anterioridad. Pero no hay duda de que la de niños/niñas es la que mejor se identifica con la de pequeños, así se deduce de la pregunta de los discípulos a Jesús: “¿Quién, pues, es mayor en el Reino de los cielos?”; como respuesta, Jesús coloca en medio de ellos un niñito (Mt. 18,1-2). Algunas razones para considerar esta identificación:
—Por la común condición de ser cuerpos excluidos y oprimidos por una sociedad patriarcal2 y esclavista.
—Por la común condición de ser personas violentadas (simbólica, jurídica y físicamente).
—Por la común condición de no ser considerados como personas.

          Queremos destacar aquí la violencia simbólica3 que una sociedad patriarcal y esclavista (como la judía y la romana) ejerce especialmente sobre los cuerpos de los niños, las mujeres y los esclavos.
          Comprendemos por violencia simbólica la capacidad que tiene la sociedad (o los grupos que tienen el control económico, político, social y simbólico) de imponer, sin la utilización de una violencia física, un conjunto de principios, normas, leyes, valores, preconceptos u órdenes simbólicos comprendidos como supremos/sagrados, institucionales o no, conscientes o no, como algo natural, legítimo, justo, válido y necesario. Por lo tanto, es indispensable que la validez de esos órdenes simbólicos sea tan efectiva que los grupos sociales se identifiquen plenamente con ellos. Es una violencia que se ejerce, fundamentalmente, con base en el poder coercitivo que tenga cierta interpretación oficial/dominante de la ley (en el caso de las sociedades judía y romana).         
          Se opera, pues, una violencia muy sutil pero efectiva. La finalidad de ésta es reforzar las representaciones autoritarias, verticales (arriba-abajo) y excluyentes (dentro-afuera), acentuando la inferioridad, la sumisión, la subordinación, el desprecio y el rechazo de personas y grupos que por su condición social, étnica, de género o generacional son considerados “débiles”, “menores”, “inútiles”, “miserables”, “ignorantes”, “malditos”, y con otros tantos calificativos que tienen como denominador común el ser despreciados (1Cor. 1,26-29; Jn. 7,49). Esta violencia se materializa en una serie de símbolos (corporales, espaciales, gestuales, expresiones orales, etc.) que afectan y regulan la vida cotidiana (sexual, familiar, religiosa, política, social, etc.) de las personas y los grupos sociales. Estos órdenes simbólicos regulan la totalidad de la vida, y en especial las posibilidades de acceder a los espacios públicos donde se define el control y el manejo de la economía, las leyes, lo político y lo religioso. Aunque no siempre afecta de igual manera los ámbitos estrictamente cultural y educativo, relegados casi siempre al campo doméstico. Podríamos considerar esta situación como una realidad de pecado, institucionalizado e interiorizado a la vez.
          Queremos destacar apenas algunas leyes y normas, sociales y religiosas (testimoniadas en el evangelio de Mateo), creadas por la sociedad patriarcal/esclavista para regular, por un lado, la vida colectiva y para mantener/defender, por otro lado, los intereses económicos y políticos de los grupos que tienen el control del poder en dichas sociedades. El origen y la justificación de estos órdenes tienen un carácter sagrado y mítico, esto les da una sensación de invulnerabilidad e incuestionabilidad. No se debe ni se puede atentar contra ellos, porque es transgredir el propio orden “natural” y “sagrado”. Lo mismo ocurre con algunos prejuicios y prácticas sociales, aceptados en el imaginario colectivo (estructuras simbólicas) de manera inconsciente, considerándolas válidas, justas y necesarias. Estas leyes, normas y preconceptos ejercen una violencia simbólica sobre el inconsciente colectivo, como una forma de poder justificar y mantener las estructuras y órdenes sociales dominantes.
          En la sociedad judía del siglo I d. C., por la ley la mujer es condenada y rechazada por padecer de flujo de sangre (Mt. 9, 20-22); puede ser repudiada por cualquier causa (Mt. 5,31; 19,3ss.; 1,19, ver Dt. 24,1-4); puede ser vendida como una mercancía, dado que es considerada propiedad del varón (Mt. 18,25). Por el solo hecho de ser extranjera, es excluida y rechazada (Mt. 15,22-24; Jn. 4). La ley del levirato y las que tienen que ver con el adulterio, son pensadas de acuerdo a los intereses de la sociedad patriarcal (Mt. 22,24-32; Dt. 25,5ss.). En todas estas situaciones la mujer “no tiene voz ni voto”. Ella es objeto, pero no puede ser sujeto de derecho. No ocurre de igual manera con el varón.
          Con los niños y las niñas se corre la misma suerte. Su condición jurídica es la misma de los esclavos/criados (en griego, la misma expresión, país, puede abarcar criado/esclavo, hijo, muchacho o niño; comparar Mt. 2,16; 17,2; 21,15-16). Los niños y las niñas, junto con las mujeres, no cuentan (Mt. 14,21; 15,38), tienen la condición de humillados (de baja condición social, igual a la de los esclavos, abajada y sin valor, ver  Lc. 1,48). Los niños y las niñas son tratados/tratadas como insignificantes (Mt. 25,40.45), son rechazados/das (Mt. 18,5), menospreciadas/dos (Mt. 18,10), no tienen palabra (21,16), pueden ser vendidos/das (Mt. 18,25), sufren en carne propia la violencia política y económica del Estado (Mt. 2,16). Son considerados menores de edad, sin capacidad de decisión, sin palabra.
          Lo mismo ocurre con los enfermos, considerados como endemoniados (Mt. 8,16; 8,28-34; 12,12; 17,15.18) y pecadores (Mt. 9,22ss.), y con los extranjeros. Por esta condición son igualmente rechazados y excluidos.
          La sociedad patriarcal ejerce, por medio de la ley, una violencia simbólica principalmente contra la mujer y los niños, excluyéndolas/los, separándolas/los, discriminándolas/los o rechazándolas/los, afectando su desarrollo como personas y condicionando sus posibilidades de realización. Cualquier transgresión de la ley y de los órdenes simbólicos, cualquier palabra o gesto contrario a ellos, es comprendido como un atentado y una subversión del orden “natural y sagrado” de la sociedad (contra las instituciones del Estado). Es considerado, por tanto, como una agresión con connotaciones políticas y teológicas. Cuando esos órdenes no se pueden mantener mediante esta violencia simbólica, se recurre entonces a la violencia física.
          La sociedad patriarcal coloca como paradigma (antropológico y social) y principio supremo al varón, padre y adulto (además de libre). Dejar de ser niño para hacerse adulto se convierte, entonces, en el modelo utópico que define el ideal de lo que debe ser el ser humano (único modo de “liberarse” de la violencia simbólica; lógicamente, esto sólo lo pueden realizar los varones). El hacerse como niños/niñas, es una exigencia profética que pone en evidencia la violencia simbólica de los órdenes sociales y antropológicos propios de este tipo de sociedad, denunciándolos y rompiendo de raíz con ellos. Es también la base y concreción más radical de la fraternidad, hacerse hermanos y hermanas, hijos e hijas de un mismo Dios, a partir de los más pequeños. Es la expresión de la solidaridad mayor, el reconocimiento del otro como diferente y, a la vez, como semejante (prójimo, próximo, como alguien que tiene algo de mí...), realidad donde se encarnan unas nuevas relaciones horizontales e incluyentes que relativizan las diferencias de clase, raza, nación, edad o género.
          Hacerse como niñito/niñita es encarar estas diferencias/semejanzas. Significa desmontar la violencia simbólica que una sociedad patriarcal ejerce, en particular contra los niños y las mujeres. Esto requiere una conversión de los pensamientos, los sentimientos, las representaciones de valores, los lenguajes y las acciones. Las bienaventuranzas nos darán el programa de conversión.
          El mandato del evangelio de “si no se vuelven y se hacen como niños pequeñitos, de ninguna manera entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt. 18,3), se comprende como la exigencia, desde el punto de vista sociológico, de asumir la condición social de los abajados, de los empequeñecidos, de los que sufren el mayor peso de una violencia simbólica de una sociedad patriarcal y esclavista, como único modo de comprender y entrar en el Reino de los Cielos. Así que: “cualquiera que se humille a sí mismo como este niño pequeñito, es el mayor en el Reino de los Cielos” (Mt. 18,4.)
          Desde esta perspectiva, esta exigencia evangélica se torna un hecho eminentemente político. Jesús subvierte y rompe de raíz los órdenes simbólicos que justifican y fundamentan el poder político y económico de ciertos grupos. Desvela la raíz de la violencia social. Por eso Jesús se convierte en un enemigo de los grupos de poder y termina siendo asesinado en una cruz, como consecuencia de esa misma violencia.


3. Connotaciones axiológicas y espirituales de estas expresiones

          No cabe duda de que el sentido de estas expresiones y de las exigencias evangélicas no se reduce a una dimensión social, como lo acabamos de presentar. El hacerse pequeño como un niñito significa, positivamente, asumir una espiritualidad nueva, diferente; una nueva forma de pensar, sentir y actuar en el mundo adulto que los rodea, como la única forma de vivir las exigencias radicales del Evangelio y romper con la raíz misma de la violencia. El niño y la niña se vuelven modelos de esta nueva espiritualidad.
          Entre la exigencia de “...hacerse como niño pequeñito” y la vivencia de una nueva ley expresada en las bienaventuranzas, existe una relación muy estrecha que no podemos minimizar. Una lectura intratextual tiene que evidenciar las relaciones mutuas entre los textos. Vivir la espiritualidad de las bienaventuranzas es, al mismo tiempo, “hacerse como niños”. Hacerse como niños es vivir la espiritualidad de las bienaventuranzas. Esto se hace evidente si relacionamos la afirmación de Jesús de que el reino de los cielos es “...de los que son como tales...” (Mt. 19,14), es decir de los que son como niños, con la exigencia planteada en la primera y en la octava bienaventuranzas:
Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos... Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

          Sin duda, no podemos separar estas tres afirmaciones. Ellas se comprenden mutuamente y en relación con el conjunto de las bienaventuranzas.
          Los niños y las niñas se presentan como modelos de bienaventurados/bienaventuradas, porque encarnan mejor ese ideal. Por eso es primordial ver por ahora la relación con la misericordia4, la mansedumbre y la humildad.

3.1. La misericordia.
    “Dichosos los misericordiosos,
    pues ellos hallarán misericordia” (Mt. 5,7)
          Cuando en el Antiguo Testamento (AT) se habla del Espíritu de Dios, podríamos decir que éste personifica/simboliza la voluntad de Dios (ver Gn. 1,2; Jb. 33,4; 38,36; Sl. 51,10ss.; Eclo. 12,7). La voluntad de Dios es crear la vida; mediante la creación se dan las condiciones para que el ser humano pueda vivir solidariamente con el cosmos, con el otro y la otra, y con Dios mismo. Su voluntad creadora está movida por su misericordia, desde esta perspectiva se interpreta la historia (ver Sl. 136; Ne. 9). Dios es quien da el espíritu (soplo, aliento, espíritu) al ser humano, transmite su voluntad (podríamos interpretar en esa línea Gn. 2,7; Sl. 143,10), por eso el ser humano se convierte en co-creador. Así como su Dios, el ser humano debe ser movido por la misericordia.
          En Is. 11,2ss. la voluntad de Dios reposará sobre el retoño,
...espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Yahvéh... Por eso no juzgará según la vista de sus ojos... sino que juzgará con justicia a los pobres... la tierra será llena del conocimiento de Yahvéh. 

          El niño está en la base de la utopía (vv. 6-9). Pero, ¿por qué en la figura de un niño y no en la de un adulto reposará el espíritu de Dios? Nos atrevemos a pensar y a sentir que en el niño/la niña la voluntad/espíritu de misericordia infundido por Dios todavía está potencialmente intacta. El niño/la niña son como un espejo que deja ver mejor la misericordia (amor creador) de Dios de una manera más clara, pura y diáfana.
          Para Mateo, la ley y el culto tienen su sentido en la misericordia, ésta es la que debe mover la práctica de la ley, es la forma de recuperar la motivación originaria de la ley. Por eso... “lo más importante de la ley es la justicia, la misericordia y la fe...” (Mt. 23,23). Por eso... “si hubiesen conocido qué significa: Misericordia quiero y no sacrificio, no habrías condenado a los inocentes” (Mt. 12,7). La memoria de la remisión/ liberación (tradición del año sabático), perdón de las deudas, perdón de los pecados (Mt. 9,27; 15,22; 17,15; 18,25) está motivada también por la misericordia.
          “...aprended qué significa: Misericordia quiero y no sacrificio; porque no vine a llamar a justos sino a pecadores”. Aunque la misericordia de Dios tiene como destinatarios privilegiados a los pecadores, a los que sufren el mayor peso de la violencia simbólica de la ley, son precisamente los niños y las niñas los arquetipos de los misericordiosos. Son ellos y ellas, a imagen del Padre de la parábola del hijo pródigo, quienes tienen una mayor capacidad de ternura, de echarse al cuello del otro, de besar y alegrarse. Hacerse como un niño pequeñito es también la exigencia de vivir la misericordia en su fuente original. La manera más fascinante, alegre y encantadora de aprender a ser misericordiosos es haciéndonos como niños pequeñitos y niñas pequeñitas.

3.2. La mansedumbre
    “Dichosos los apacibles,
     pues ellos heredarán la tierra” (Mt. 5, 5)
          Por apacibles (praeís) se comprende a quienes tienen espíritu (voluntad) o una actitud de no-violencia, libre de malicia y deseo de venganza, a quienes permanecen tranquilos en medio de las situaciones difíciles. Incluye en su significación: bondadoso, amable, gentil.
          En Tt. 3,2, la mansedumbre se comprende en términos de lo que no es: “no blasfemar [no tratar con desprecio] no ser pendencieros, sino indulgentes [tolerantes, gentiles]...”;  en St. 1,19-20, apacible sería aquel que es veloz para oír, lento para hablar y lento para la ira/rabia (pues ésta no produce justicia de Dios); en St. 3,13-18, implica no tener celos amargos, ni rivalidad en el corazón, no jactarse, ni mentir a la verdad  (sabiduría demoniaca); al contrario, debe ser pacífica, comprensiva, complaciente/tolerante, llena de misericordia, de frutos buenos, imparcial, sincera (sabiduría de arriba). Por eso, el fruto de justicia en paz es sembrado por los que hacen la paz.
          Un texto que nos interesa resaltar es 2Tm. 2,24ss. Aquí se nos muestra la dimensión pedagógica de la mansedumbre:
Un esclavo del señor no debe altercar, sino ser amable, apto para enseñar, tolerante, educando con mansedumbre a los que se oponen... (ver Gál. 6,1).

          La mansedumbre supone una pedagogía. A través de los gestos, no siempre de las palabras, pasan de modo inconsciente los procesos pedagógicos. En este sentido, la actitud de no-violencia connota una dimensión pedagógica.
          “...Aprended de mí que soy apacible y humilde de corazón...” (Mt. 11,29).  Jesús se presenta como ejemplo de apacibilidad. Indudablemente, el hacernos como niñitos va en la misma línea. Hacernos como niños es aprender a ser apacibles, no violentos, pues son ellos y ellas los que viven mejor, de una manera más transparente, esta actitud frente a la violencia simbólica y social. Hacernos como niños pequeñitos se presenta como una forma de romper con la espiral de la violencia, en la medida en que aprendemos a ser apacibles como ellos y ellas (proyecto de espiritualidad).

3.3. La humildad
          Por humilde (tapeinós) se comprende la persona de condición social baja, el abajado, sin valor (Lc. 1,48), contrario a altivo y exaltado (Rm. 12,16; St. 1,9); hace referencia a la condición del cuerpo que no tiene descanso, que está atribulado, que ha recibido duro trato (2Cor. 7, 5-6; Col. 2,23; Flp. 3,21, ver Hch. 8,33). Son ellos los que son objeto de la misericordia y el consuelo de Dios (Lc. 1,52; 2Cor. 7,6; St. 4,6; Pv. 3,34), Dios se encargará de exaltarlos. Las mujeres, los niños y los esclavos encarnan mejor esta condición. La violencia simbólica y física los coloca en la condición social de humillados.
          Se puede entender también la humildad como servicio (deber propio de los esclavos). En las primeras comunidades cristianas se convierte en una cualidad que debe identificar el tipo de servicio entre sus miembros: soportarse unos a otros, estimando al otro como superior, perdonarse unos a otros (con misericordia, mansedumbre, benignidad, etc.), servir con lágrimas y pruebas (ver Hch. 20,19; Ef. 4,2; Flp. 2,3; Col. 3,12-13). Por esta razón, el que se humille (el que sirva como un esclavo) será enaltecido (ver: Mt. 23,12; Lc. 14,11; 18,12; St. 4,10; 1Pe. 5,5-6). Humillarse es asumir/cargar, por amor radical al otro/otra, en el propio cuerpo la violencia simbólica y física que las estructuras sociales y religiosas ejercen sobre los cuerpos de las mujeres, los niños, los esclavos y los enfermos.
          La máxima expresión de humillación es la obediencia (asumir, acoger) hasta la muerte y la muerte de cruz (ver Flp. 2,8). Ser humilde de corazón significa asumir la cruz en el corazón, como muestra radical de servicio y del amor a los/las hermanos/hermanas más pobres. En la cruz, signo de ignominia y deshonra (vergüenza), se encuentra un cuerpo humillado; pero se vuelve símbolo del verdadero servicio, entrega y abajamiento.
          Insistimos: creemos que son los niños/las niñas los/las que mejor encarnan el ideal de las bienaventuranzas. Tendríamos que aprender mucho de ellos y ellas. Nos enseñan a vivir mejor los valores del evangelio.


4. Connotaciones teológicas
          Demos un paso más. El significado de hacerse como niño adquiere su dimensión profunda al relacionarse teológicamente con el acontecimiento originario/fundante por excelencia del cristianismo: el nacimiento del Mesías.
          La narración del nacimiento de Jesús, Mt. 1,18-2,235, cumple con las condiciones para considerarla de carácter mítico6, es decir como un relato de un acontecimiento originario (que puede ser el nacimiento de un personaje)7 en el que actúan de manera extraordinaria los dioses. En este caso el acontecimiento es el nacimiento de Jesús (comprendido como el nacimiento del Mesías, salvador o rey de los judíos). En el relato actúa Dios de un modo especial, no solamente en la concepción espiritual de Jesús (engendrado por el Espíritu Santo), sino que es El mismo quien actúa, quien se manifiesta haciéndose carne en un niño pequeñito y perseguido, de ahí la referencia de este recién nacido como el Emanuel (Mt. 1,23; 28,20, una inclusión que demarca el evangelio), figura ligada a Is. 11,1ss. y 7,11ss.8. Jesús sería Dios niño entre nosotros. Por eso, hacerse (crearse) como niño/niña (ver Mt. 18,1ss.) es para una comunidad perseguida y violentada, una exigencia/imperativo que se fundamenta en un acontecimiento original: Dios que se hace carne en un niño perseguido.
          Mt. 1,18-2,23 nos narra un acontecimiento original/fundante para la comunidad, que busca por medio de él darle sentido a su propia práctica y responder a la pregunta de “¿quién es Jesús?”9. Para la comunidad, Jesús es el Mesías. Este mesianismo se evidencia afirmando la presencia de Dios en medio de la comunidad en la figura de un niño perseguido (la expresión niño en estos versículos aparece ocho veces, lo que indica su importancia)10, nacido en la más insignificante (elakistos)  de las aldeas de Judá y de la familia de David. Ya podemos imaginar, tanto desde el punto de vista político como teológico, lo irreverente e incomprensible que pudo haber sido esta propuesta mesiánica para una sociedad patriarcal (simbolizada en el relato en el rey Herodes y en sus actitudes frente al niño).
          Si el mito connota el momento de la plenitud, de lo intacto y lo no gastado11, podríamos decir que el nacimiento de Jesús, Dios que se hace niñito, connota la plenitud (además la esencia y la centralidad) de su mesianismo. Por eso, más que una realidad del pasado o “una historia con significado adulto”12 (comprendida más como una historia folklórica que introduce la vida adulta de Jesús), se refiere a la misma identidad mesiánica del Maestro de Nazaret, alimentando así la utopía de la comunidad.
          “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1,21). El niño está asociado a la salvación del pueblo, no sólo como una expectativa futura, sino como una realidad presente. Para la comunidad de Mateo es en la experiencia misma de la niñez, de Jesús mesías (extensible a la misma experiencia humana de la niñez), donde opera ya la salvación, como perdón de los pecados, institucionalizados e interiorizados, generados por una sociedad esclavista y patriarcal. Es en la ninez donde se viven y se ofrecen los valores/facultades “espirituales” que pueden servir a la comunidad cristiana para dar respuesta a los grandes problemas y al drama histórico que vivía (persecución, violencia, etc.), y como la única manera de comprender, imaginar, soñar, participar y realizar el Reino de los Cielos. La respuesta la vamos a encontrar a lo largo del evangelio, sobre todo a partir de las bienaventuranzas, como lo hemos querido mostrar en este artículo13.
          El mito también sirve como modelo. Así como Dios actúa, piensa y siente, de la misma forma la comunidad debe hacerlo. Por eso la comunidad va a afirmar: “quien no se vuelve y se hace como un niño no podrá entrar en el Reino de los Cielos” (Mt. 18,3). Por su estrecha relación con la cruz (desde el momento del nacimiento Jesús sufre las consecuencias de una sociedad violenta. La cruz está presente en el mismo acontecimiento del nacimiento) este relato nos remite a otra exigencia, tal como la comprende la comunidad: “si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mt. 16,24). Luego, la cruz no puede comprenderse sin referencia a Jesús Mesías/niño, y viceversa. El mesianismo de Jesús caracterizado por la cruz (especialmente en Marcos) es enriquecido por el relato del nacimiento.
          No solamente Dios se ofrece como modelo. En este relato, también las actitudes de los magos con relación al niño mesías sirven como espejos para la comunidad (y para nosotros):
Y al ver la estrella se alegraron con un gozo muy grande. Y al entrar a  la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron... y le ofrecieron... (Mt. 2,10-11).

          Unicamente aquellos que, como los magos de oriente, tengan el valor de alegrarse al ver las señales que anuncian la presencia del mesías y de asombrarse al contemplar al niño recién nacido, que se abajen a su condición y lo reconozcan como el mesías y el verdadero rey de los judíos, sin escandalizarse, podrán comprender el relato de su vida, pasión, muerte y resurrección. Esta es la condición sin la cual no es posible comprender y entrar en el reino de Dios (Mt. 18,1-5).
          Mateo, en 11,29, autopresenta a Jesús con la siguiente expresión:  “...aprended de mí que soy apacible (praus) y humilde (tapeinós) de corazón”. La plenitud de su mesianismo está presente en toda la experiencia de Jesús. Podríamos afirmar que él continúa siendo un niño en su espíritu/voluntad. Jesús se presenta como modelo de un adulto que se hace como niño. Por eso son los niños/niñas, o los que se hacen como ellos, quienes pueden comprender mejor a Jesús, sus valores, sentimientos, pensamientos y acciones. En Mt. 21,5 el Mesías se identifica como apacible, clara referencia a Zc. 9,9-10: “Y de Efraín destruiré los carros, y los caballos de Jerusalén, y los arcos de guerra serán quebrantados; y hablará de paz a las naciones...”. Es un Mesías no-violento, o mejor dicho, un Mesías antimilitarista (destruye los símbolos que representan la violencia) y, al mismo tiempo, proclamador de la paz. Es un Mesías que asume la condición de los violentados, como único modo de romper con la espiral de violencia. Por esta razón es necesario ser apacible y humilde de corazón. Tener una actitud de no-violencia.
          “...y las revelaste (estas cosas) a los que son como niños; sí, Padre porque así te agradó” (Mt. 11, 25b-26). Sólo los que se hacen como niños pueden comprender la plenitud e identidad de Jesús como Mesías (ver 11, 2-6). Esto lo podemos corroborar a partir de Mt. 21,12-16. En este relato Jesús realiza dos gestos simbólicos de carácter mesiánico, que intentan recuperar el verdadero sentido del templo (casa de oración): primero, expulsa a los que venden y compran en el templo, vuelca las mesas y las sillas de los cambistas y comerciantes de palomas. Aprovecha la situación para denunciar cómo han convertido su casa, casa de oración, en cueva de ladrones (ver Zc. 14,21; Jr. 7,11). Segundo, sana a los enfermos que se acercan a él (Is. 35,5ss.; Mt. 11,5). Estos gestos provocan dos reacciones diferentes, opuestas entre sí: por un lado, los niñitos (los que todavía maman, paradójicamente quienes aún no hablan) gritando: “hosanaá al hijo de David”; por otro lado, los principales sacerdotes y escribas, que se enfurecen por causa de todo lo sucedido. Visualicemos el texto:

 

Niños                                      Enfurecen                        Templo/ casa             Comercio (compra
                                                                                             de oración                                        y venta)

 

 

Alabanza                              Sumos sacerdotes          Sanación                    Cueva de ladrones                                                   y escribas        

 

          Estos esquemas nos ayudan a apreciar mejor las oposiciones internas. El sentido del templo como casa de oración, que Jesús busca rescatar por medio de sus gestos, consiste en ser lugar de sanación (y ésta como expresión de la misericordia de Dios con los excluidos) y no en ser lugar de comercio (signo de una economía que es inmisericorde con los pobres). En estos gestos Jesús, además de cuestionar el templo como punto neurálgico del sistema económico tributarista, toca uno de los pilares fundamentales que sostienen y justifican las estructuras patriarcales de la sociedad judía.
          Tal vez por esta razón se entiende que sean precisamente los niñitos, al contrario de los sumos sacerdotes y escribas (los sabios y entendidos de Mt. 11,25), los que comprenden los gestos mesiánicos realizados por Jesús en el templo. Los niños continúan estando presentes como ejes centrales en la compresión del mesianismo de Jesús. Por eso de ellos proviene la alabanza, que contrasta con la actitud de enfurecimiento de los sacerdotes y escribas. De éstos últimos paradójicamente no puede provenir la alabanza, ni del templo convertido en cueva de ladrones puede proceder la sanación y la misericordia.
          El texto subvierte los papeles de los actuantes, colocando a los niños como los verdaderos “sacerdotes”, es de ellos donde brota la auténtica alabanza. Son ellos y ellas los que comprenden mejor la misericordia que mueve a Jesús a realizar sus gestos dentro del templo. En este sentido, ellos están sobre los sumos sacerdotes y escribas. Hay que hacerse, por tanto, como niñitos para poder comprender mejor la plenitud e identidad de Jesús como un Mesías no-violento y restaurador del verdadero sentido del templo.


5. Algunas connotaciones pastorales y hermenéuticas
Una exégesis y una hermenéutica bíblica que pase más por el corazón que por la mente.

          Una exégesis que encare las diferencias (sean sociales, de género, generacionales, étnicas, etc.) y la violencia simbólica que las sociedades ejercen a partir de ellas sobre los más “débiles”. Una exégesis extremadamente racional no da cabida a la heterogeneidad. Cuando la exégesis pasa más por el corazón es posible tener una mayor sensibilidad a las diferencias.
          También es la manera como la lectura de los textos realmente nos toque y nos transforme en profundidad como personas y como cristianos. Es verdaderamente la posibilidad de aprender a ser como niños o como niñas, y a partir de ello recuperar el juego, la bondad, la imaginación, la ternura, el sueño, la utopía, que tanta falta nos hacen en los actuales momentos históricos.

El desafío de volver a leer la Biblia a partir de los valores y la experiencia propia de la infancia, en un contexto social de violencia física, social y simbólica.
          Los valores y la experiencia de la infancia nos proporcionan una perspectiva muy importante en la lectura de los textos, que hay que saber aprovechar mejor. No se trata de una perspectiva más. Al contrario, se trata de una forma nueva de leer e interpretar los textos y poder explorar, todos, esa riqueza de sentidos latentes en los textos.
          Es una opción por “volver a la infancia” y a lo que ello implica. En los valores y en la experiencia de la infancia hallamos en realidad muchas (o algunas, no todas indudablemente) de las respuestas a los grandes problemas de nuestra sociedad, en particular, a la situación de violencia simbólica y física (institucionalizada e interiorizada) que vivimos en carne propia, y que tiene en los/las niños/niñas sus principales víctimas (niños en la calle, sin escuela, expuestos al maltrato físico y social, violentados en el trabajo, despreciados por la sociedad, etc.). Volver a la infancia se torna, por ende, un verdadero acto político de solidaridad y misericordia. Como consecuencia de esta actitud podemos afirmar que hay pues una ruptura política, creemos, mucho más profunda de las que hemos podido hacer hasta ahora.
          Igualmente, volver a la infancia nos puede ayudar a vivir una verdadera y profunda espiritualidad evangélica. Nos ayuda a comprender, imaginar, soñar, crear, participar y realizar de una manera mucho más sencilla y poética la misma propuesta mesiánica de Jesús (el Reino de Dios), en la medida en que nos “abajemos” a la condición de los niños. Ahí también hay una ruptura espiritual y simbólica muy profunda.

Un cuestionamiento a nuestras mediaciones teológicas, políticas y prácticas.
          Nuestra teología, nuestra práctica pastoral y sacramental han sido muy “serias”, demasiado adultas; no han dado cabida a expresiones menos “serias”, más lúdicas, festivas e infantiles. Tal vez por esta razón el mensaje del evangelio no puede llegar con el suficiente vigor y fascinación a las nuevas generaciones de jóvenes y niños. Nuestra teología y nuestra pastoral tendrán que generar un proceso de conversión muy radical en este sentido. De ahí que tengamos que aprender mucho de los niños y de las niñas. Es el único modo de tener una teología y una pastoral más atractivas y alegres, menos formales y frías; más espontáneas y cercanas, menos monótonas e inaccesibles; más sencillas y humildes, menos arrogantes y autosuficientes; más artísticas y simbólicas, menos “técnicas” y racionalistas. Algo semejante ocurre con nuestras prácticas políticas.
          Esto supone también tener a los niños y a las niñas como el centro de nuestra acción pastoral y de nuestro quehacer teológico, especialmente a aquellos que sufren con mayor rigor el peso de una violencia social, física y simbólica, como expresión de la solidaridad y la misericordia evangélica.

Es necesario valorar otras mediaciones epistemológicas. 
          Asimismo es importante e imprescindible buscar otras mediaciones hermenéuticas, exegéticas y prácticas que nos ayuden a descubrir otras dimensiones y sentidos igualmente importantes de los textos. En este esfuerzo es indispensable comenzar a trabajar lo subjetivo, simbólico y afectivo. Destacamos entre estos elementos la imaginación, los sueños, los sentimientos, el lenguaje simbólico y mítico. Esto supone una crítica y superación del adulto-centrismo propio de los órdenes sociales y simbólicos de carácter patriarcal que invaden todos los espacios de nuestra actividad.

 

Francisco Reyes Archila
Apartado Aéreo 077 183
Santafé de Bogotá 2
Colombia

1 En RIBLA No. 24 aparece un primer artículo en esta perspectiva hermenéutica. En él se aborda el tema de “hacernos como niños”  a partir del evangelio de Marcos, en el horizonte de las utopías. Insistimos en el niño como modelo de los “puros de corazón”. Con el presente artículo buscamos profundizar en esas primeras intuiciones, ampliando la reflexión a partir de Mateo. Los dos artículos se complementan mutuamente. Hay algunos ejemplos por comprender los textos desde esta perspectiva, ver Nancy Cardoso, “Piedras, caja y papel: leyendo la Biblia con los niños”, en Revista Bíblica Andina (Quito, Centro Bíblico Verbo Divino) No. 3 (Febrero, 1994), págs. 39-41. De la misma Nancy: “La profecía y lo cotidiano: La mujer y el niño en el ciclo del profeta Eliseo”, en RIBLA (San José, DEI)  No. 14  (1993), págs. 7-21.
2 Comprendemos la sociedad patriarcal como una estructura social y simbólica en la que la figura del padre/varón/adulto sobredetermina las relaciones sociales a la manera de un fundamento —ley y, en general, todos los aspectos que tienen que ver con la cultura—. En este sentido podemos afirmar que una sociedad patriarcal es adulto-céntrica. Sobre el tema, ver José Beriain, “El patriarcado y su simbólica”, en Luis Garagalza, La interpretación de los símbolos, hermenéutica y lenguaje en la filosofía actual. Barcelona, Anthropos, 1990, pág. 169.
3 Sobre el tema ver Harry Pross, La violencia de los símbolos sociales. Barcelona, Antrhopos, 1983.
4 Sobre el tema de las bienaventuranzas y el contexto histórico del evangelio, ver Carlos Bravo G. “Mateo; buenas nuevas para los pobres y perseguidos”, en RIBLA No. 13 (1992), págs. 29-44.
5 Para un estudio más completo de este relato, ver Juan Mateos y Juan  Camacho, O evangelho de Mateus. São Paulo, Paulinas, 1993, págs. 17-30; Santiago Guijarro, “La infancia de Jesús según San Mateo”, en Reseña Bíblica (Estella (España), Verbo Divino) No. 2 (1994), págs. 14-21; X. León- Dufour, Estudios de Evangelio. Madrid, Cristiandad, 1982, págs. 51-82; John Shelby Spong, Jesús, hijo de mujer. Barcelona, Ediciones Martínez Roca, 1993. Nos limitamos a destacar aquellos aspectos que están ausentes (silenciados) en estos comentarios y que nos parecen esenciales para la comprensión del texto en la perspectiva del tema que nos hemos propuesto desarrollar. 
6 Severino Croatto, “El mito como interpretación de la realidad”, en RIBLA (Quito-San José, RECU-DEI) No. 23 (1996), pág. 18; John Shelby, frente al literalismo y al historicismo con que se ha leído este relato plantea también el carácter mítico, aunque lo comprende como una historia que busca explicar el poder adulto de la persona cuyo nacimiento se describe, ver op. cit., págs. 77s.
7 Mateo asume una manera común de contar la infancia de personajes famosos (midrhash). Estos relatos, generalmente de carácter mítico, suelen seguir un esquema más o menos fijo. En el AT encontramos relatos de este estilo: Ex. 1-2;  Jc. 6; Jc. 13; 1Sm. 1-2. Sobre este esquema, ver Santiago Guijarro, op. cit., págs. 17s. Por otro lado, parece que Mateo utiliza tradiciones míticas sobre el nacimiento virginal de los héroes míticos griegos (mitología griega que buscaba explicar el origen divino de las figuras heroicas); para este asunto ver John Shelby, op. cit., págs. 74s. y  55s.
8 En el momento en que terminábamos de revisar este artículo tuvimos conocimiento de un escrito de Nancy Cardoso P., “O messias precisa sempre ser criança”, en RIBLA (Petrópolis, Vozes) No. 24 (1996), págs. 18-26. El texto da pistas muy interesantes que nos pueden ayudar a profundizar en el sentido del mesianismo de/en el niño en Isaías.
9 Los comentarios consultados coinciden en afirmar que el propósito de Mateo al narrar este episodio es el de revelarnos quién es Jesús. En general estamos de acuerdo con la respuesta: Jesús es el Mesías (además de hijo de David, hijo de Abraham, el salvador). Sin embargo queremos dar un paso más, sensibilizados por la perspectiva que nos plantea una lectura desde los niños: la identidad y plenitud mesiánica de Jesús se definen a partir de su ser de niño perseguido.
10 Esta importancia es confirmada por el significado de “nazareno” (en griego, nazoraios). Esta expresión evoca probablemente Is. 11,1, y en concreto la expresión rama o brote (retoño o vástago), en hebreo, neser;  una expresión asociada con la palabra hebrea semah, germen (renuevo que hará justicia en la tierra, ver Jr. 23,5; 33,15; Zc. 3,8; 6,12). Ver Juan Mateos y Fernando Camacho, op. cit., pág. 30; John Shelby, op. cit., pág. 111. Esta expresión mesiánica está asociada a la imagen de un mesías niño (Is. 11,6-9); en este sentido no hace referencia a cualquier mesías. La esperanza mesiánica está puesta ya en la realidad del niño, en lo pequeño, en el nuevo nacimiento, vale esto para el texto que estamos viendo.
11 Severino Croatto, op. cit., pág. 18.
12  No estamos de acuerdo, por tanto, con  el planteamiento que comprende este mito como una “historia con significado adulto” (ver John  Shelby, op. cit., págs. 42.77), para nosotros sería más bien “una historia con significado infantil”. Ahora bien, si se considera “como un intento midrhásico por interpretar el poder y el impacto de Jesús adulto”, habría que comprenderlo a partir de la experiencia de la infancia, esto es, del “Dios niño con nosotros”.
13 Al contemplar este relato como mito podríamos decir que él nos ofrece, arquetípicamente, respuestas o salidas a los grandes problemas y callejones sin salida que las sociedades modernas han colocado a la humanidad, y en especial a los excluidos.

 

 
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