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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

 

El Imperialismo: Estructura de Dominación
Ludovico Garmus

 

I. Introducción: imperialismo e imperios

Podemos definir el imperialismo como la “política de un Estado que se propone establecer un control más allá de sus fronteras, sobre un pueblo que se niega aceptar tal control”(1).

El fenómeno del imperialismo es tan antiguo como el de la civilización. Por el año 2500 aC , los sumerios crearon en la Mesopotamia su primer imperio. Hacia el 2350, Sargón de Acad estableció el primer imperio semítico, seguido poco después por el segundo imperio sumerio en los siglos XXII y XXI aC. Contemporáneamente (2500- 2000 aC ), al norte de Siria surgía el imperio de Ebla, recientemente descubierto(2). Surgió después el imperio babilónico de Hamurabi (siglo XVIII aC). Los faraones de Egipto extendieron su imperio sobre Siria y Palestina entre los siglos XVI y XIII aC, conviviendo con otros imperios como el de los hititas en el Asia Menor. Estos fueron heredados por el nuevo y tiránico imperio asirio (siglos IX-VII aC). Le siguieron el imperio neo-babilónico (625- 539 aC ), el persa (539-323), los imperios helénicos (323- 70 aC ) y el imperio romano (después del 70 aC ).

Darcy Ribeiro distingue dos tipos de imperios(3), precedidos por la revolución agrícola ( 8000 aC ) y por la urbana ( 4000 aC ): los imperios teocráticos de regadío y los imperios mercantiles esclavistas. Entre los primeros menciona el imperio acadio ( 2350 aC ) y el babilónico ( 1800 aC ), en la Mesopotamia; en Egipto, el imperio medio( 2070 aC ) y el imperio nuevo ( 1750 aC ). La India conoció imperios del mismo tipo, como los imperios Mauraya ( 327 aC ) y Gupta ( 320 aC ); en China, los imperios de las dinastías Chu ( 1122 aC ), Tsin y Han ( 220 aC ), Tang (618 dC), Ming (1.368 dC) y Tsing (1644 dC). Más tarde, en América surgieron los imperios de los mayas (300 dC), de los incas y aztecas.

Todos estos imperios se basan en la conquista tecnológica de la irrigación, que procuran desarrollar y ampliar. Son teocráticos porque la religión ejerce un papel ideológico decisivo en la producción. El Estadio teocrático se apropia de las tierras cultivables y desarrolla complejos sistemas administrativos para controlar la fuerza de trabajo (nobles, sacerdotes y servidores), y dispone de un ejército profesional para la defensa y las conquistas. Pero la militarización acabó siendo causa de tensiones internas porque el poder, más allá de su tradicional legitimación religiosa, comienza a ser legitimado por la simple fuerza militar. Este militarismo, lo mismo que el cúmulo de regalías y monopolios, provocaron disputas internas por el poder y la feudalización, lo que llevó a los imperios a la ruina, acelerada por los ataques externos(4).

Entre los imperios mercantiles esclavistas, Ribeiro menciona a la civilización asiria (siglos XII-VII aC), la aqueménida (siglos VI-IV aC), la helénica (siglos V-I aC), la cartaginesa (siglos VI-II aC), la romana (siglos I aC-IV dC) y la bizantina (siglos VI-X dC). Decisiva para la formación de estos imperios fue la revolución metalúrgica posibilitada por el descubrimiento de una tecnología económica para la industrialización del hierro. El descubrimiento se debió a los hititas (alrededor del 1400 aC ), que basaron en él la fortaleza de su imperio instalado en el altiplano del Asia Menor. La difusión de esta nueva tecnología se debió a los “pueblos del mar”, que pusieron fin al imperio hitita(5). La difusión del uso de instrumentos de hierro, como hachas y arados, dio por primera vez a los campesinos una participación real en los beneficios de la civilización.

Todos estos imperios son llamados esclavistas porque se apoyan en gran medida en la mano de obra esclava; son mercantiles porque se basan en el fomento del colonialismo mercantil. Características de los imperios mercantiles esclavistas son la institución de la propiedad individual de la tierra, la incentivación de la libertad de comercio y la generalización del apresamiento de prisioneros de guerra para transformarlos en esclavos pertenecientes a particulares. La militarización y las guerras de conquista, tenían precisamente la finalidad de garantizar mercaderías y renovar la mano de obra esclava con los pueblos conquistados. La guerra de conquista será una de las características de estos imperios, como se ve en Teglatfalasar III, máximo exponente de tal política(6). En la civilización asiria y aqueménida, en cambio, el esclavismo era apenas incipiente. La economía dependía de los mercaderes y, en parte, de los saqueos resultantes de la expansión guerrera. Pero aún así, ya comenzaba a predominar la propiedad privada y el uso de fuerza esclava en el trabajo(7).

En la evolución de la sociedad para la formación de imperios mercantiles esclavistas se distinguen, primero, las ciudades-reino con sus áreas de influencia; en un segundo momento comienza las disputas de estas ciudades por áreas de dominación; finalmente, en un tercer momento, una de estas ciudades asume la hegemonía, constituyéndose en un imperio mercantil esclavista mediante guerras de conquista y apresamiento de esclavos para proveer mano de obra(8).

En el presente estudio nos limitamos a un análisis del imperialismo asirio. Este nos interesa más de cerca porque fue el que, en el 722, barrió a Israel del mapa y el reino de Judá le fue tributario por largos años.

II. El imperio asirio.

Se distinguen tres períodos del imperio asirio: el imperio antiguo (2350-2180), del que poco se sabe, inaugurado por Sargón de Acad y al que puso fin el imperio babilónico de Hamurabi (1728-1686); le siguió más tarde el imperio medio (siglo XV-XIII), y finalmente, el nuevo imperio (siglo XII-VII).

La necesidad de la importación de materias primas exigidas por los enriquecidos de la revolución urbana, dio origen al primer imperio creado por Sargón(9). Las crecientes exigencias del consumo no podían ser satisfechas ya por el libre intercambio comercial. De ahí la necesidad del uso de la fuerza militar para regularizar el abastecimiento: “Los ejércitos recorrían las rutas abiertas por las caravanas comerciales”(10).

De este modo, Sargón inició su primera conquista imperialista y su imperio se convirtió en un modelo para todos los imperialismos orientales.

En el período del imperialismo medio, Asiria representa un poder respetado por los vecinos, pero que no está en expansión. Asiria realiza en este tiempo un tratado fronterizo con Babilonia y envía delegaciones a Egipto. La lengua acádica, además de difundir la literatura sumérica por el Asia Menor, Siria y Palestina(11), se toma una especie de lengua diplomática como se ve por las Cartas de Amana (1372-1359), halladas en Egipto.

El fundador del nuevo imperio asirio fue Teglatfalasar I (1117-1077).

Por medio de sucesivas campañas conquista los Estados sirio-hititas de la Alta Mesopotamia , la región del lago Van y llega hasta Babilonia. Somete la costa mediterránea y pasa a recibir tributos de Sidón, Biblos y Arvad.

Asiria salía así de su aislamiento y aspiraba a convertirse en una gran potencia. No obstante, por falta de clara concepción político-militar, las conquistas de Teglatfalasar I no fuera duraderas(12). En las sucesivas campañas contra los arameos hubo un gran desgaste, con pérdidas de hombres y de armas, y los sucesores de Teglatfalasar no lograron mantener las conquistas occidentales. Pero con el rey Assudan II (935-913) se inicia ya una reacción. En sus anales el rey aclara que, hasta entonces las poblaciones asirias “se refugiaban en tierra enemiga” para huir “de la mengua, del hambre y de la miseria”(13). El rey consiguió que los campesinos retomaran sus arados y dotó al ejército de una flota de carros de guerra, iniciando una política y reconquista militar. La larga lucha contra los arameos hizo de Asiria un país de guerreros bien adiestrados. “Se constituía lentamente, de este modo, el temible aparato militar, que, algunos años más tarde, sacudiría el cercano oriente” (14).

El nuevo el gran imperio asirio se inicia, propiamente, con Adad Nirari II (912-891), que no sólo amplió las conquistas territoriales sino que también estableció lazos más estrechos entre éstas y el poder central. Como veremos más adelante, detrás de este centralismo se encontraba una ideología de carácter religioso (15). Una condición previa para una política exterior imperialista era la formación de un gran ejército permanente, con escuadrones de carros de guerra y, por primera vez, también de caballería, que pudiesen se movilizados rápidamente y puestos en combate. La tecnología del hierro, además de los carros de guerra, suministraba armamento más barato y eficiente, como arcos con flechas de puntas de hierro y lanzas. El ejército se convirtió asimismo en una especie de recaudador de impuesto por donde pasaba. En poco tiempo, la finalidad de las expediciones militares sería la de recaudar impuestos (16). Con Adad Nirari II los territorios conquistados no son únicamente sometidos al tributo, sino que son considerados como provincias anexadas al reino central, con gobernantes y guarniciones militares asirias. De este modo, Adad Nirari II echó las bases para el clásico sistema provincial asirio que se desarrollaría en los siglos siguientes.

Asurnazirbal II (884-858) prosigue la expansión asiria hasta el Mediterráneo, constituyendo una verdadera corona de Estados tributarios en torno del territorio central de la metrópolis. Reconstruye ciudades destruidas en territorios distantes transformándolas en bases militares asirias que servían también de tropas auxiliares locales. De esta manera podía sofocar inmediatamente las rebeliones y sustituir los vasallos rebeldes por otro pro-asirios. Pero el sistema no garantizaba total seguridad. De vez en cuando los Estados arameos se revelaban, dejando de pagar tributos. La revelaciones eran sofocadas a la fuerza. Salmanasar III (858-824), por ejemplo, disponiendo de un ejército bien aparejado, aunque todavía no suficientemente fuerte, compensaba esta debilidad sembrando el terror entre los países de la costa norte del Mediterráneo. Creó así el mito de la crueldad asiria: “Para imponerse a los adversarios, acostumbraba pilar pirámides de cabezas delante de las puertas de las ciudades conquistadas o empalar adversarios” (17). Pese a ello, una coalición de doce Estados sirios liderados por Damasco y Elat, de la cual participó también el rey Acab de Israel con doscientos carros de combate y diez mil soldados (18), enfrentó al gran rey asirio en la batalla Carcar , encuentro del que Asiria no salió bien liberada.

Con relación a Babilonia, Asiria tuvo siempre el cuidado de darle un tratamiento especial. Adad Ninari III (811-781), por ejemplo reconoció el reino de Babilonia y le dio una posición especial entre los vasallos, lo que lo convirtió potencialmente en un opositor temido y respetado.

III. Política de Teglatfalasar III

Hacia el final el reinado de Salmanasar III, en el 827 aC , comenzaron una serie de agitaciones internas que duraron hasta la ascensión de Teglatfalasar III en el 745. Se trató, de modo general, de una revuelta de antiguas provincias engendradas por la conquista, o de una revuelta de la pequeña nobleza contra los detentadores de los altos cargos del Estado(19). Estaban en conflicto dos concepciones del imperio: la tradicional, basada en la vieja nobleza asiria, y la nueva, basada en la joven nobleza de mercaderes, surgida con las conquistas. La nueva concepción triunfó con Teglatfalasar III (745-727), se subió al trono después al reinado de tres débiles sucesores de Adad Nirari III, llevando al nuevo imperio asirio al máximo de su poderío. En seguida hizo una reforma administrativa que disminuyó el poder de los jefes de las grandes provincias y dio mayor peso a los pequeños distritos, confiados a administradores con poderes limitados. Esta medida apuntaban asegurar su poder central y a darle mayor eficiencia. Adoptó también una política externa tendiente a aniquilar gradualmente la independencia política de los pequeños Estados(20). Anteriormente, los soberanos asirios enviaban expediciones militares para destruir el poderío material de los adversarios y recolectar impuestos. Sin embargo, los vencidos conservaban la independencia política y, apenas les era posible, procuraban sustraerse al pago de los tributos. Con Teglatfalasar III la guerra pasa a ser una guerra de conquista, ahora por etapas o estadios:

a. Primera etapa . Formación de relación de vasallaje impuestas por el poderío militar asirio. Exigencia, por lo general anual, de tributos y de una eventual cesión de tropas auxiliares.

b. Segunda etapa . En caso de revuelta o de infidelidad, sobrevenía la intervención militar. En consecuencia, el rey infiel era apartado y sustituido por un rey fiel, por lo general de la misma dinastía. Simultáneamente, el territorio podía ser drásticamente disminuido y las regiones desmembradas transformadas en provincias asirias o cedidas a vasallos fieles a Asiria. La creación de provincias era generalmente acompañada de deportaciones de parte de la población. En este estadio las presiones diplomático-militares y tributarias eran mayores, ejerciendo un control permanente de la política exterior del Estado vasallo.

c. Tercera etapa . A la menor señal de actitudes anti-asirias, sobrevenía una nueva y definitiva ocupación militar. El gobernante vasallo era apartado y se ponía fin a la independencia política del Estado, el cual era transformado en una provincia asiria, gobernada por un administrador asirio. En este estadio se construían nuevas fortificaciones militares, se establecía colonias militares y se deportaba a la clase dirigente local, que era sustituida por una extranjera. La deportación de los líderes locales buscaban imposibilitar cualquier reacción política de los campesinos.

Así pues, a partir de Teglatfalasar III en el Medio Oriente ya no se distingue “un territorio nacional y territorios... expoliados por los ejércitos asirios... y si un imperio, mantenido por guarniciones administradas por los gobernadores, que percibían impuestos”(21).

IV. Relaciones de Israel y Judá con Asiria a partir de Teglatfalasar III

Israel había caído ya bajo la influencia del imperio asirio a mediados del siglo IX. En esa ocasión se alió a la coalición de doce Estados arameos que enfrentaron a Salmanasar III en la batalla de Carcar (853), a fin de librarse del tributo. Judá cayó en la misma esfera de influencia, en un siglo más tarde.

Teglatfalasar III no siempre seguía al pie de la letra su política de sumisión de vasallaje por etapas. Así, por ejemplo, al denominar en el 743 una coalición anti-asiria del norte, hizo pasar algunos Estados al segundo estadio de vasallaje y otros al tercero. En cuanto a los antiguos centros comerciales fenicios, conservó algunos en el primer estadio e hizo pasar otros al segundo, esto porque a Asiria la interesaba explotar a su favor el poderío comercial fenicio en el Mediterráneo. Respecto a los Estados del sur, como la unión filistea, como excepción del Asdod, transformada en provincia asiria, Judá, Amón, Moab, Edom fueron mantenidos en la primera etapa de vasallaje, probablemente para que sirvieran de para choques frente a Egipto(22).

En el 738 Israel y Damasco fueron obligados a pagar tributo a Asiria. Según 2 R 15,19ss., Menajem, rey de Israel, pagó un alto tributo que el rey asirio “lo apoyase y consolidase la realeza en sus manos”. No es aquí el lugar para discutir el problema cronológico que plantea este tributo(23). Lo que nos interesa constatar es que Israel y Damasco, desde el 738, se hallaban en el primer estadio de vasallaje. Rasón, rey de Damasco, y Pecaj, rey de Israel, promovieron una coalición contra este vasallaje y querían forzar a entrar a ella a Ajaz, rey de Judá (cf. 2 R 15,29ss. 37; 16,5-9).

Apoyado por Isaías (7,1-7), Ajaz se negó a cooperar. No obstante, contra el consejo de profeta, envió un generoso tributo a Teglatfalasar III para que éste alejase la amenaza sirio-efraimita. Con eso, Judá entró libremente en el primer estadio de vasallaje y, con una breve excepción en el tiempo de Josías, perdió definitivamente su independencia política, transformándose su empresa en grandes potencias que se disputaban la hegemonía en la región(24).

Cuando el en 733 Teglatfalasar III atacó a la coalición sirio-efraimita, Pecaj fue asesinado por Oseas quien tomó su lugar como rey de Israel, sometiéndose a Asiria y pagando el debido tributo. Pero aún así perdió gran parte de su territorio, que fue dividido en tres provincias: Galaad, Meguido —que incluía Galilea— y Dora, en la planicie litoraleña (2 R 15,29). Como era corriente en estos casos, buena parte de la población de los territorios desmembrados fue deportada. De esta forma, Israel pasó del primer al segundo estadio de vasallaje. En el caso de Damasco, la ciudad fue tomada, al rey Rasón fue asesinado, gran parte de la población deportada y el territorio transformado en cuatro provincias asiria. Por lo tanto, pasó del primer estadio de vasallaje al tercero(25). En el 724, Oseas dejó de pagar tributo a Asiria y realizó algunas tentativas diplomáticas con Egipto (2 R 17,4). Salmanasar V destruyó entonces Samaría y transformó el resto del territorio en una provincia asiria llamada Samerina (tercer estado de vasallaje). La clase dominante fue deportada a Mesopotamia y a Media (2 R 17,6), siendo sustituida por una nueva transferida de Babilonia y de la Siria septentrional (2 R 17,24); sólo la población campesina local fue mantenida en el país.

Algunos sacerdotes de Betel, que había sido deportados, fueron llamados más tarde de regreso para enseñar a los colonos asirios a practicar la religión de Yahveh (2 R 17,25-28).

Ezequías (727-698), que sucedió a Ajaz en Judá, fue un fiel vasallo de Asiria durante los primeros años de su reinado. No obstante, cuando en el 705 murió Sargón II y le sucedió Senaquerib (705-681), resolvió rebelarse(26). Lideró una coalición anti-asiria que englobaba Ascalon, Ecron, Arvad, Biblos, Sidón, Amón, Moab y Edom; buscó el apoyo de Egipto y envió embajadores a Babilonia, iniciativas políticas que fueron criticadas por el profeta Isaías (30,1-5; 31,1-3; 2 R 20,12-19). El resultado fue desastroso para todos los miembros de coalición. En el 701 Senaquerib dominó la rebelión: Judá perdió 46 ciudades, además de las fortalezas de Lakis y Lebna, tuvo que someterse a pagar tributo (2 R 18,14-16). Senaquerib dejó Jerusalén a Ezequías, pero dividió buena parte del territorio de Judá entre Asdod, Gaza y Ecrom (cf. Is 1,7-9; Ez 16,27)(27). Con esto, Judá prácticamente dejó de ser un reino, quedando reducido a la Ciudad-Estado de Jerusalén y pasando del primero al segundo estadio de vasallaje, Más tarde, probablemente bajo Manasés, Sanaquerib restituyó los territorios de Judá porque le interesaba tener un Estado-tapón en las fronteras con Egipto.

La lección sirvió para calmar a Judá a sus vecinos hasta la declinación del imperio asirio, en la segunda mitad del siglo VII. Manasés, por ejemplo, permaneció fiel a Asiria durante su largo reinado (698-693) y aparece como tributario de Asarjaddón en una inscripción del 669. A esa sujeción debe haber contribuido la manera de Asarjaddón gobernar el imperio, pues el suyo fue considerado “el mejor y más justo gobierno de todos los tiempos” (28). Por lo demás, la destrucción de Tebas por parte de Asurbanipal causó gran impacto en Judá (Na 3,8-10), desaconsejando cualquier posible revuelta (29).

En su expansión, Asiria deseaba conquista Egipto. Dos veces, en el 720 y el 716, llegó Sargón hasta las fronteras egipcias y consiguió que el faraón le abriese las puertas al comercio asirio. Finalmente, Asarjaddón conquistó Egipto en el 671, llegando a tomar Menfis. Con ocasión de su muerte, Asiria perdió el control de Menfis, sin embargo, su sucesor, Asurbanipal, la reconquistó en el 666 llegó hasta Tebas. No obstante, los conflictos internos con Babilonia debilitaron el imperio y, como consecuencia, Asiria perdió definitivamente Egipto en el 663. A partir de entonces, se aceleró la caída del imperio asirio. Pero antes de hablar de las causas que llevaron al imperio a su ruina, nos vamos a detener un poco más en el análisis de sus estructuras de dominación.

V. Estructuras de dominación del imperio asirio

Hemos visto que Asiria fue adoptando una política económica-militar de vasallaje de los países vecinos en tres etapas. Esta política de dominación tiene raíces económicas, sociales, políticas, militares y religiosos-ideológicas, que repercuten en estas mismas áreas de la vida de los países dominados por el imperialismo asirio.

A. Campo económico

En el origen de los imperios mercantiles esclavistas, como el de Asiria, está la imposición de la fuerza militar de la hegemonía económica de una ciudad sobre otras(30). Como ya vimos, la razón económica originó el primer imperio de Sargón. Probablemente, imperios como el de Sargón destruyeron más riqueza que la que crearon, dado que eran simples máquinas de recoger tributos. Así pues, “el imperialismo significó sobre toda la transferencia de riqueza de las sociedades más pobres para las cortes abarrotadas de superfluidades”(31). Esta transferencia de riquezas se hacía por los saqueos que acompañaban la conquista, por el comercio y por la imposición del tributo. Teglatfalasar III, por ejemplo, codiciaba las tierras del occidente del Eufrates a causa de su madera, sus minerales, así como por la posición geográfica estratégica de esta región: era un corredor para Egipto, el Asia Menor, lo mismo para el comercio del Mediterráneo y del Mar Rojo(32).

El tributo fue siempre impopular pues empobrece al pueblo, especialmente al campesinado (cf. 1 R 12,3-11), y pocas veces representa una inversión oficial que repercuta una mejora de las condiciones de vida del pueblo. Cuando, además, es impuesto por la fuerza militar de un país extranjero empobrece a toda la nación y se torna más odioso todavía. Este fue el caso de faraón egipcio Sosaq, que durante el paso de sus ejércitos por Jerusalén hizo llevar los escudos de oro de Salomón, sustituyéndolos por otros de bronce (1 R 14,25-27).

Los reinos de Israel y Judá mantenían las estructuras de la monarquía gracias a los tributos que cobraban a los campesinos. La situación se deterioraba cuando además de los tributos internos, ya de por sí pesados, sobrevenían los tributos externos impuestos por el imperialismo asirio. Eso aconteció por primera vez en el 841 cuando Jehú tuvo que pagar un pesado tributo a Salmanasar III(33). Más tarde, Manajen (752-741) fue obligado a pagar un tributo de 35 mil kilos de plata a Teglatfalasar III. El rey cobró esta cantidad a los cerca de 70 mil ciudadanos más acomodados del país (2 R 15,19-20). (Estos últimos, ciertamente, deben haber pasado la factura a los campesinos y trabajadores más pobres, como sucede hoy con la deuda externa del Tercer Mundo). El peso extorsivo del tributo pago a Asiria, comenzó a afligir a Judá desde que Ajaz vació las cajas fuertes del templo y del palacio para pedir ayuda a Teglatfalasar III contra Israel y Damasco (2 R 19,8. 17). Pocos años más tarde, en el 701, las cajas fuertes, llenas de nuevo, fueron vaciadas otras vez a fin de pagar el tributo a Senaquerib y librar a la ciudad de Jerusalén de un cerco (2 R 18,14-16). Los pesados tributos pagos por los reyes de Israel y de Judá a Asiria, como deterioraron la situación económica y agravaron la opresión de los ricos sobre los pobres, como se deduce de las denuncias de los profetas Amós (2,6-8; 3,9-10. 15; 4,1-3; 5,10-12; 6,4-6; 8,4-5), Oseas (4,1-2), Isaías (1,15-17. 21-23; 5,8. 23) y Miqueas (1,1-2; 3,1-3; 6,10-12).

Evidentemente, Asiria no vivía sólo de los saqueos resultantes de las conquistas militares o de los tributos, no siempre seguros, de los Estados vasallos. Tenía una economía y una producción internas propias, así como un comercio interno e internacional significativos(34). La economía de Asiria era semejante, a la de Babilonia. Pero , mientras en ésta predominaba la presencia de los ricos en el comercio, en Asiria los ricos detentaban vastas propiedades agrícolas. En ambas se construían canales de irrigación y se plantaba el trigo y el ajonjolí. Asiria producía además aceitunas, uvas, ajo, cebolla, lechuga, berro, remolacha, nabo, rabanillo, pepino y regaliza. La carne de ganado era escasa y constituía un plato presente sólo en la mesa de los ricos. El pueblo se contentaba con el pescado y los vegetales. Las ciudades tenían sus industrias de artesanía —ligadas sobre todo al palacio y al templo(35)—, como la fundición de metales, la fabricación de utensilios de hierro, armas, fabricación del vidrio, de tejidos; conocían la tintorería, fabricaban vasos de cerámica esmaltada, etc. Todos estos artefactos y la producción agrícola movilizaban el comercio. Casas bancarias lo fomentaban, promoviendo el financiamiento de la industria y del comercio con intereses de hasta un 25 por ciento anual. Usaban el plomo, el cobre, la plata y el oro como valores monetarios; hacia el 700, Senaquerib llegó a acuñar en plata monedas de medio siclo, uno de los casos más antiguos de acuñación oficial que se conoce.

El comercio asirio, y después de él el babilónico, acompañaba la expansión geográfica del imperio, la estimulaba y a veces hasta la precedía.

Este comercio de hacía sobre todo en función del lujo de las clases dirigentes(36). Al menos eso es lo que podemos deducir de la crítica dirigida por Sofonías a la clase dirigente de su tiempo: “Visitaré a los jefes, a los hijos del rey y a todos los que se visten con ropas extranjeras” (So 1,6; cf. Is 3,16-23; Ez 23,5-6. 12).

B. Campo social

En la sociedad asiria se pueden distinguir cinco clases: los patricios o nobles; los artífices, organizados en corporaciones profesionales y comerciales; los operarios libres de las ciudades y los campesinos también libres; los siervos de la gleba, como en la Edad Media ; y los esclavos, prisioneros de guerra o deudores insolventes(37). Particularmente importante en la estructura de dominación del imperio mercantil esclavista asirio era la corporación de los comerciantes, los tamkaru , que continuaban sirviendo como intermediarios al servicio del imperio. Ellos compraban y vendían esclavos, materias primas, artesanado de lujo y bienes de consumo; cobraban ciertas tasas en nombre del gobierno, disputaban mercaderías y forzaban así la dilatación del imperio(38).

Como se dijo más arriba, la práctica asiria de transferir sobre todo la clase dirigente de las naciones conquistadas para utilizar como mano de obra esclava en la agricultura de los latifundios y en el artesanado de los templos y palacios, sumada a las transferencias de colonos y soldados asirios para las tierras ocupadas en sustitución de la clase dirigente local, alteró la composición étnica de la nación. La presencia cada vez mayor de extranjeros entre los artesanos, en el comercio (como la figura de Tobit del libro de Tobías) y como esclavos en la agricultura, fue motivo de tensiones sociales y disputas por el poder que causarían la ruina del imperio. De las consecuencias sociales en los países sojuzgados o conquistados, ya se habló en el ítem de la economía.

C. Campo político

Ya hemos analizado la política expansionista y militarista del imperio asirio, y cómo ella tendía a eliminar la independencia de los reinos que resistiesen la obligación de pagar el tributo.

Para conducir bien los negocios del imperio, había en Asiria una administración central y una provincial(39).

La administración central rodeaba la figura del rey con un cuerpo de experimentados administradores. Hasta el reinado de Salmanasar V el orden era el siguiente: el rey, el general, el mensajero del palacio, el copero mayor, el intendente o administrador de palacio y, eventualmente, el administrador de los templos; les seguían los gobernadores de las provincias, precedidos por el gobernador de Asur. Todos los detentadores de títulos de nobleza, además de sus funciones en el palacio, acumulaban la administración de provincias situadas en la periferia del imperio, aunque no permaneciesen en ellas.

La administración provincial era confiada a un gobernador o “jefe de circunscripción”. El gobernador disponía de las tropas para mantener el orden; debían garantizar el cobro de los impuestos, la entrega de materias primas y el reclutamiento para el ejército. Las contribuciones recaían sobre los cereales y la paja, el ganado y los cueros. Se cobraba el peaje sobre el transporte de mercaderías y tasas de depósito. Las provincias debían enviar relatorios a la corte, la que los podía verificar por medio de inspectores enviados de la metrópoli.

Había, por tanto, una administración ordinaria, representada por los responsables locales que dependían del gobierno provincial, la cual debía rendir cuentas al gobierno central. Había también la administración hecha por los inspectores, que controlaban toda la pirámide administrativa y enviaban relatorios al inspector de la capital. La administración estaba bien centrada en las manos del rey. Por conveniencia política él podía conceder franquicias o exenciones de impuestos que favorecían a individuos, a templos o a ciudades.

D. Campo ideológico

En la cumbre de la estructura administrativa del imperio estaba la figura del rey. Si los sumerios consideraban la realeza como una institución descendida del cielo(40), en Asiria el rey se consideraba sacerdote y administrador del dios nacional, Asur. Su deber, recordado en las fiestas de coronación, era el de ampliar el dominio de Asur(41). Las campañas militares eran conducidas en nombre de una ideología de guerra santa. El rey, como comandante supremo y sacerdote, rendía cuentas a la divinidad de las conquistas realizadas. Los pueblos subordinados tenían que reconocer la autoridad de Asur. Por eso ningún tratado de alianza, con excepción del establecido con Babilonia, era hecho en pie de igualdad. Asarjaddón (680-669), por ejemplo, obligó a los medas a prestar juramento tan sólo a los dioses asirios, cuando lo normal sería jurar por los dioses de ambas partes(42). Así pues, “el dominio de Asur se tomaba prácticamente extensible al mundo, y su representante en la tierra se hallaba investido de un poder de dominación universal”(43). Una de las cláusulas de este tratado define la figura del soberano absoluto:

El será vuestro rey y vuestro señor. El puede rebajar al poderoso y elevar al débil, condenar a muerte a quien lo merezca y agraciar a quien pueda serlo. Oiréis todo lo que él diga y haréis lo que él ordene. No induciréis ningún otro rey, ningún otro señor, contra él(44).

La política deseada por la divinidad es resumida así en una inscripción de Senaquerib:

...para mi salvación, la salvación de la descendencia, el aniquilamiento de mis enemigos, la prosperidad de las cosechas de Asiria y la satisfacción del dios Asur(45).

La aparente “piedad” del rey no significa, sin embargo, que la religión fuese una fuerza capaz de atenuar la tendencia a la brutalidad, característica del imperio asirio. Por el contrario, los reyes manipulaban la religión según sus necesidades y caprichos. W. Durand describe así la función ideológica de la religión en Asiria:

La divinidad nacional era un dios solar, belicoso e implacable para con los enemigos; los fieles creían que él se complacía con el espectáculo de la ejecución de los prisioneros delante de su altar. La principal función del credo asirio consistía en adiestrar a los futuros ciudadanos para una patriótica docilidad y enseñarles el arte de obtener favores de los dioses por medio de magias y presagios... Los padres describían el mundo como lleno de demonios, a los cuales las creaturas mantenían alejados con amuletos y encantamientos(46).

La religión era utilizada para mantener la cohesión del imperio. Todos los súbditos, por categorías profesionales, tenían que jurar fidelidad al rey asirio en presencia de las estatuas de los dioses. Tales juramentos apuntaban a atraer la ira y maldición de los dioses en caso de violación (cf. Ez 17,12-21). En estos juramentos los súbditos se obligaban a proporcionar informaciones, montar guardia para el rey asirio, obedecer sus instrucciones, romper con sus enemigos y asistirlo en las expediciones militares. Los gobernantes y generales encargados de pacificar las regiones reveladas, adoptaban los mismos juramentos que, juntos con el argumento de la fuerza militar, eran eficaces en la conducción de los negocios del imperio(47). La religión servía, por lo tanto, como una fuerza coercitiva y centralizadora del imperio.

El rey, mandatario de la divinidad del reino, Asur, estaba en lo alto de la pirámide; le seguían, en un nivel inferior, una multitud de oficiales civiles y militares que le debían rendir cuentas, como él a la divinidad; y, finalmente, los súbditos del imperio(48).

Así se explica que Ajaz, al pedir auxilio al rey asirio contra Israel y Damasco, no sólo le envió un rico tributo sino que introdujo también prácticas culturales de los dioses asirios en el propio templo de Jerusalén (2 R 16,5-18). A partir de entonces comienza a haber un influjo religioso de Asiria sobre Judá, aunque no sea hasta el tiempo de Ezequías que se puede hablar propiamente de una “crisis asiria de la religión israelita”(49).

El flujo cultural asirio se dio sobre todo en el siglo VII en razón de las circunstancias políticas. Bajo Manasés, Asiria restableció el territorio de Judá, disminuido después de la revuelta de Ezequías. Manasés, no sin razón considerado más tarde por los deuteronomistas como el más impío de los reyes de Judá (2R,21,1-16), en un gesto de buena voluntad debe de haber favorecido los cultos asirios en Jerusalén. Impuestas o no por los reyes asirios(50), las prácticas culturales asirias se convirtieron en una expresión de lealtad entre los reyes de Judá. La ruptura de la lealtad política podía ser acompañada por el abandonado de tales prácticas. Así, H. Donner(51) explica que la reforma de Josías (2 R 23,4-20. 24) se dirigió contra los abusos culturales introducidos anteriormente en tiempos de Manasés (2 R 21,5. 7a; 23,4), aunque el relato sobre éste tenga una fuerte carga deuteronomista.

Baal y Aserá (2 R 21,3s.) serían los dioses asirios Asur e Istar, inculturados en Canaán; eran las divinidades que mejor representaban la religión del nuevo imperio asirio. Baal en esta época no representaría ya una divinidad concreta cananea, sino que indicaría genéricamente el culto divino pagano.

De hecho, Asur y todas las grandes divinidades masculinas eran llamadas balu, esto es, Señor o Baal. De la misma manera, en algunos textos Aserá indicaría una divinidad asiria (cf. Mq 5,13; Dt 16,21; 2 R 21,7a); sería Istar, “reina del cielo” (Jr 7,18; 44,17-19); mientras que “ejército celeste” (2 R 23,12; 21,5), serían las divinidades astrales y celestes asirias.

VI. Causas de la ruina del imperio asirio

Según D. Ribeiro, una de las causas de la ruina de los imperios mercantiles esclavistas es la práctica de la deportación en masa de las poblaciones dominadas para tener mano de obra esclava:

Al hacer participar en su sistema de producción esclavos tomados a otros pueblos dominados y concentrarlos en los núcleos metropolitanos, deculturaban y aculturaban esas masas esclavas, pero alteraban también la composición étnica de su propia gente y generaban tensiones sociales que terminaban por inviabilizar el propio sistema(52).

Simultáneamente a la introducción de cautivos de guerra en áreas tradicionales de la metrópoli, poblaciones asirias eran transferidas para formar colonias y guarniciones militares en las regiones ocupadas. Las continuas movilizaciones de campesinos asirios para la guerra, provocaban asimismo tensiones sociales y desórdenes políticos internos(53).

La brutalidad de estas deportaciones que se imponía a las poblaciones y que siempre causaba tensiones, se añadía a la extensión geográfica demasiado grande del imperio y a las dificultades de comunicación, como factores de debilidad intrínseca del sistema de dominación asirio(54). Es verdad que los asirios estaban ya construyendo caminos con fines administrativos y militares(55), pero eran aún insuficientes para dominar fácilmente rebeliones y agilizar la administración. Además de la pérdida de la unidad nacional por la presencia de militares de cautivos, se cita el agotamiento económico causado por el empeño prolongado de las fuerzas productivas de la nación en desgastantes guerras de conquista, la dependencia de la vitalidad económica de los saqueos resultantes de las conquistas, la presencia siempre mayor en el ejército de guerreros de otras naciones y, como causa externa, los ataques de los “bárbaros” en las fronteras(56).

La repentina desaparición del poderoso imperio asirio, pocas décadas después de haber alcanzado con Asurbanipal (668-626) el apogeo de su grandeza, fue considerado como un “enigma”, un verdadero “escándalo histórico”. En resumen, podemos afirmar que el imperio se desmoronó cuando se conjugaron tres factores de presión: una interminable guerra civil generada por la convergencia de las causas antes citadas, una revuelta babilónica y la intervención de los medas(57). El imperio fue víctima de las ambigüedades de la estructura de dominación que montó.

El propio rey Asurbanipal, viejo y enfermo, expresa así su perplejidad ante el inminente fin del imperio en una lamentación que recuerda a Job:

Procedí bien para con los hombres y dioses, muertos y vivos. ¿Por qué la enfermedad y la miseria caerán sobre mí? No puedo dominar la discordia en mi país, ni las divergencias en mi familia; los escándalos me perturban constantemente. La dolencia de la cabeza y del cuerpo me encorvaron; con gritos de dolor veo llegar mi fin; en el día del dios de la ciudad, el día de la fiesta, me siento inválido: la muerte me está agarrando y me mantienen en el suelo. Entre lamentaciones y gemidos velo día y noche, y exclamo: !Oh, Dios, permite al que es impío que vea tu luz!(58).

VII. Conclusión

No pretendemos agotar el tema del imperialismo asirio como estructura de dominación. Habría otros aspectos dignos de mayor profundización. Por ejemplo, sería interesante analizar las diferentes reacciones de los profetas frente a los avances del imperialismo asirio o babilónico, así como las consecuencias que tuvo éste para la revisión de las tradiciones sobre la elección de Israel(59), la nueva manera de usar el tema del Día de Yahveh, el significado de los oráculos contra las naciones en los libros proféticos, etc.

El cuadro arriba presentado, sin embargo, permite sacar algunas conclusiones:

1. El sufrimiento de la clase más pobre en Israel y Judá, especialmente el campesinado, no se explica únicamente por la explotación y la opresión internas de los ricos o por el tributo usurpado por los reyes. Debe ser visto también en el contexto del imperialismo internacional y de los consiguientes saqueos en operaciones militares, o como fruto de la transferencia de riqueza de las naciones dominadas a través de los mecanismos comerciales y, sobre todo, vía tributo. El tributo exigido por Asiria tenía un efecto de cascada: ella cobraba el tributo de los reyes de los Estados vasallos; éstos, como era el caso de los reyes de Israel y de Judá, lo traspasaban a los ricos, que se habían enriquecido por la explotación del campesino, también explotado por el Estado; los ricos, por su parte, para recuperarse del perjuicio, extorsionaban y empobrecían una vez más a los campesinos. El imperialismo asirio significó, pues, un sufrimiento redoblado principalmente para los campesinos, ya explotados por el tributarismo interno de Israel y Judá.

2. Los profetas asumían la defensa de los más pobres, denunciando la opresión de las clases dirigentes del país y amenazándolas con el Día Vengador de Yahveh. Los imperios, como el de Asiria, son vistos por los profetas como instrumentos punitivos en las manos de Yahveh (cf. Is 10,5. 15), para restaurar el proyecto de fraternidad de la sociedad pre-monárquica. Esta punición se haría dentro de los principios de la ley del talión: así como los reyes y la clase dirigente explotaban a los pobres, de la misma forma, por culpa de sus dirigentes, la nación sería explotada y hasta aniquilada (cf. Is 1,21-25; 5,4-13).

3. Las críticas de los profetas de los siglos VIII y VII dirigidas contra la idolatría, tienen como telón de fondo el imperialismo internacional; no deben ser vistas solamente en relaciones a los cultos cananeos, sino sobre todo en relación al culto de los dioses asirios. La ideología del dominador asirio actuaban a través de sus dioses astrales y de la fertilidad, que se revestían de la popularidad de los dioses locales cananeos. Aconteció, pues, lo contrario de lo que sucedió en Brasil y en otros países esclavistas occidentales: aquí, los esclavos negros resistían a la esclavitud y al cristianismo que les eran impuestos por el dominador, encarnando en las prácticas y creencias del cristianismo el culto a los dioses traídos de Africa.

4. Cuando hoy hablamos de la situación de los pobres en América Latina, no podemos limitarnos a denunciar las injusticias internas de cada país, sino que debemos considerarlas a la luz del capitalismo internacional, en el contexto de la explotación de los países ricos sobre los pobres(60) y de las ideologías que los sustentan.

 

 
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