
La fe de Abraham y el Edipo occidental
Franz J. Hinkelammert
La sociedad humana se constituye sobre la base de mitos, que fundan la conciencia social y que formulan el espacio dentro del cual todas las relaciones sociales —en especial las relaciones de dominación— se forman.
Este espacio mítico no es necesariamente consciente, aunque el mito fundante lo exprese de alguna manera. El mito fundante crea una continuidad, que es muy difícil romper, y que a través de muchas rupturas aparentes vuelve a imponerse en nueva forma. Siempre el mito fundante trata de vida y muerte, y en su centro está un asesinato y su recuperación o superación.
Lo que cambia, es el significado del asesinato y la manera de superar sus consecuencias y llegar a la recuperación.
Nos interesa aquí la sociedad occidental, como surge en la Edad Media europea, y que todavía hoy se entiende como Occidente Cristiano. La sociedad occidental tiene una historia, en la cual se puede distinguir este desarrollo de un mito fundante a partir de mitos fundantes de sociedad anteriores. Vamos a tratar de entrar en el análisis de ellos, para lanzar una tesis sobre el mito fundante de la sociedad occidental misma. Nos parece necesario y adecuado empezar con el mito fundante de la sociedad judía, que es uno de los antecedentes claves del surgimiento de la sociedad occidental.
I. El mito de Abraham como mito fundante
La sociedad judía, como surge a partir del éxodo, tiene en el mito de Abraham su mito fundante. El sacrificio de Isaac por su padre Abraham es aquella parte de este mito, que posteriormente recibe una importancia clave en la constitución del mito fundante de la sociedad cristiana. Se trata de la historia de un asesinato, pero es, curiosamente, un asesinato que no se lleva a cabo. En cuanto mito fundante, aparece en la ambigüedad, por un lado, de una decisión de no asesinar y, por el otro, de asesinar siendo impedido el asesinato por una fuerza mayor. Aparece la ambigüedad de la consideración de la fe de Abraham, por un lado, como una fe que consiste en la decisión de matarlo, que dando ésta en el mero campo de las intenciones. Por un lado, la fe, que no mata, y por el otro, la fe que muestra su fuerza al mostrar su disposición de matar.
Podemos ver primero la letra del texto, que transmite este mito. Al tratarlo como mito, no le estamos negando su historicidad. Probablemente, se trata de un mito surgido a partir de un hecho histórico.
Tiempo después, Dios quiso probar a Abraham y lo llamó: “Abraham”.
Este respondió: “aquí estoy”, y Dios le dijo: “Toma a tu hijo, al único que tienes y al que amas, Isaac, y anda a la región de Moriah. Allí me lo sacrificarás en un cerro que yo te indicaré”.
Se levantó Abraham de madrugada, ensilló su burro y tomó a dos muchachos para que lo acompañaran y a su hijo Isaac. Partió la leña para el sacrificio y se puso en marcha hacia el lugar que Dios le había indicado. Al tercer día levantó la vista y vio el lugar desde lejos. Entonces dijo a los muchachos: “Quédense aquí con el burro, mientras yo y el niño subimos. Vamos a adorar allá arriba y luego volveremos donde están ustedes”.
Abraham tomó la leña para el sacrificio y la cargó sobre su hijo Isaac.
Tomó en su mano el brasero y el cuchillo y en seguida partieron los dos.
Entonces Isaac dijo a Abraham: “Padre mío. “El respondió: “¿Que hay, hijito?” “Llevamos -dijo Isaac- el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el sacrificio?” Abraham respondió: “Dios pondrá el cordero, hijo mío”. Y continuaron juntos el camino. Llegaron al lugar que Dios le había dicho a Abraham y levantó un altar. Preparó la leña y ató a su hijo Isaac, poniéndolo en el altar, sobre la leña. Estiró la mano y tomó el cuchillo para degollarlo.
Entonces el Angel de Dios lo llamó desde el cielo y le dijo: “Abraham, Abraham”. Y él contestó: “Aquí estoy”. “No toques al niño, ni le hagas nada...”(a).
Abraham levantó los ojos y vio un carneo que tenía los cuernos enredados en el zarzal. Fue a buscarlo y lo sacrificó en lugar de su hijo.
Abraham llamó a aquel lugar “Yahvé Provee”.
Volvió a llamar al Angel de Dios a Abraham desde el cielo y le dijo: “Juro por mí mismo que...(b)...te colmaré de bendiciones y multiplicaré tanto tus descendientes que serán como las estrellas del cielo y como la arena que hay a la orilla del mar. Conquistarán las tierras de sus enemigos.
Porque obedeciste a mi voz, y bendeciré, por medio de tus descendientes, a todos los pueblos de la tierra.
Volvió Abraham al lado de sus muchachos y emprendieron la marcha juntos hacia Bersebá, donde fijó su resistencia (Gn 22,1-19).
Este cuento de Abraham es lo contrario de lo que esperamos escuchar.
Cumpliendo con Dios, Abraham sale a matar a su hijo. Sin embargo, escucha al Angel de Dios, que le ordena no matarlo. Obedece, y eso lleva a su bendición. Es bendecido porque no mató a su hijo, es decir, porque no cumplió con lo que era ley de Dios en su tiempo: sacrificarle a Dios el primogénito. Abraham no lo hace y por tanto es bendecido.
Para llegar a esta forma de la historia, he suprimido dos frases, ambas del Angel de Dios:
(a)...Pues ahora veo, que temes a Dios, ya que no me negaste a tu hijo el único que tienes...
(b)...y no me has negado a tu hijo, el único que tienes...
Estas frases invierten completamente el sentido de la historia. Claro, eso supone que el significado de la frase ‘no me negaste a tu hijo’, es haber estado dispuesto a matarlo. Posiblemente ese es realmente su sentido, aunque no sea necesariamente así. Ponen la obediencia en la voluntad de matar a Isaac, no en el hecho de que Abraham se pone por encima de una ley, que lo obliga a matar a su hijo. Si quitamos estas dos frases, como lo hemos hecho, la obediencia de Abraham está en no haber matado a su hijo.
La pregunta es: ¿incluye la historia auténtica estas dos frases o no?
Podrían ser una inserción posterior con el fin de invertir la historia. Sin embargo, lo más probable es que se trata de inserciones posteriores.
Efectivamente, estas inserciones no corresponden al conjunto de la historia abrahámica.
Según el texto, Abraham sale a sacrificar a su hijo, porque Dios le exige este sacrificio. Se trata de un sacrificio del primogénito, que es ley general del tiempo en el cual vive Abraham. Es ley vigente en toda esta cultura. Por tanto, es considerada ley de Dios. No puede sorprender, por tanto, que según el texto Dios pida de Abraham el sacrificio de su hijo. Lo pide a todos los padres dentro de una ley generalmente aceptada. Tampoco puede sorprender que Abraham esté dispuesto a efectuar el sacrificio. Todos los padres de su cultura lo hacen y todos están dispuestos a ello.
La sorpresa es que ahora aparezca el Angel de Dios, que pide a Abraham no sacrificar a su hijo. Pide violar la ley, pide una transgresión de la ley de Dios. Pide un acto difícil, que va a confrontar a Abraham con toda su cultura y con toda la sociedad en la cual vive. Pide una ruptura con toda la ley vigente de su tiempo, y por tanto una lucha. Además, como consecuencia va a tener que cambiar su lugar de resistencia, que él toma entonces en Bersebá. Probablemente hay persecución de Abraham, por haberse opuesto a la ley.
Lo que pide el Angel, es hacerse libre y ponerse encima de la ley.
Abraham obedece. Por tanto, no obedece a ninguna norma y ninguna ley, sino que al obedecer se hace libre una libertad, que lo pone él por encima de la ley. Al ser libre, Abraham es soberano frente a la ley. El juzga sobre la ley, y el Angel le pide reivindicar esta libertad. A Abraham la obediencia lo hace libre, porque lo que se le pide, es ser libre. Esta libertad la afirma al no matar a su hijo y al enfrentar toda su sociedad, toda su cultura. Esta libertad es su fe. La fe de Abraham, por tanto, está en no haber matado a su hijo. La inversión de la historia del sacrificio, en cambio, ubica la fe de Abraham en su disposición y su buena voluntad de matarlo.
Pero esta afirmación de su libertad, no es la afirmación de ninguna arbitrariedad frente a la ley. Abraham no es aquél que hace lo que le da la gana. Abraham es libre, no arbitrario. El afirma su libertad, afirmando la vida, la vida de los otros y la suya. Por eso no sacrifica a su hijo sino que lo destina a la vida y, por tanto, a su propia libertad. Si Abraham lo hubiera sacrificado “libremente”, no habría sido libre, sino un esclavo de la ley y de la muerte. Por eso, su libertad no es arbitrariedad. Es afirmación de la vida de todos, es derogación de una ley de muerte. Pero tampoco se trata de una simple escapatoria. No se escapa de la ley con algún pretexto para salvar a su hijo: que otros sacrifiquen a su primogénito, yo me invento un pretexto para evitarlo. Si lo hubiera hecho, no sería Abraham, que descubre una nueva libertad, no tendría fe. Abraham con su fe constituye una nueva relación ética, rompe la ley misma para imponerse a ella. Ningún hijo debe ser matado y sacrificado. Dios es un Dios de la vida. No salva solamente a su hijo, sino que destruye el sacrificio mismo del hijo por el padre. La fe de Abraham implica una ruptura con la cultura, la sociedad y la institucionalidad de su tiempo, para someterlas a la libertad del hombre, que es afirmación de la vida.
A esta afirmación corresponde la promesa, que también es promesa de vida:”...te colmaré de bendiciones y multiplicaré tanto tus descendientes que serían como las estrellas del cielo y como la arena que hay a la orilla del mar”. Al ser libre por la afirmación de la vida frente a la ley de muerte, la vida abundará. La vida trae más vida. Pero la ley persigue a aquél que se hace libre por la afirmación de la vida, poniéndose por encima de la ley. Abraham teme eso. Por tanto, se traslada a Bersebá. Cuando Jesús estuvo en esta situación, no había ningún Bersebá para él. Por tanto, la ley lo mató.
La inserciones invierten esta libertad de Abraham. No pueden ser sino posteriores. Presuponen que ya no se sabe que la ley que se consideraba ley de Dios en los tiempos de Abraham, ordenaba precisamente matar al primogénito. Por tanto, no habría habido ningún mérito en la disposición de Abraham a sacrificarlo. La historia ahora aparece fuera de su ambiente. Por tanto, es contada de una manera tal, que Dios pide a Abraham algo completamente excepcional. Abraham cumple y, por tanto, es bendecido. El resultado es: la afirmación de la muerte trae la vida. Ese es precisamente el lenguaje de la ley que lleva a la muerte, pero que esconde eso sosteniendo que esta afirmación de la muerte tiene la promesa de la vida. Ese es también el lenguaje de la institucionalización. La institución tiene como su corazón la administración de la muerte. Por tanto, su ideología es necesariamente la afirmación de la muerte en nombre de la vida. A eso le corresponde una fe, que consiste en la disposición del padre de matar a su hijo.
En el fondo, las dos inserciones coinciden y forman una sola: “no me has negado a tu hijo, el único que tienes”. Pero incluso esta frase es ambigua.
Al no matar a su hijo, Abraham no lo niega a Dios. Lo niega a la muerte. Pero el Dios de Abraham es el Dios de la vida. Entrega a Dios a su hijo precisamente al no matarlo. La inserción, en cambio, insinúa que la disposición a matar a su hijo, es disposición a entregarlo a Dios. Eso es imposible desde el punto de vista de Abraham. El rescata su hijo para Dios, al no matarlo. Eso es su conversión a la libertad, y su revelación de Dios como un Dios de la vida y no de la muerte.
Los que hacen las inserciones, no se atreven decir lo horrendo: tu buena voluntad de matar a tu propio hijo, te salvó para la vida. ¿Quién se atreve a elogiar un crimen así abiertamente? Por tanto, esconden la apología del crimen detrás de un texto ambiguo.
Además, tenían que buscar una expresión ambigua. La tradición oral mantenía el significado auténtico del sacrificio de Isaac. La inversión de la tradición ocurre, muy probablemente, cuando en el tiempo del rey David se escribe esta tradición, conservada oralmente con gran fidelidad. No la podían cambiar abiertamente en su contrario. Por tanto, tenían que usar una fórmula ambigua, dentro de la cual cabría todavía de alguna manera la interpretación tradicional de la historia.
Eso lleva a una sorpresa. Aunque se incluyan estas inserciones, el texto de la historia del sacrificio de Isaac nunca afirma que la fe de Abraham haya estado en su disposición de matar a su hijo. Solamente la socialización del estado en su disposición de matar a su hijo. Solamente la socialización del lector en este sentido lo hace ver este significado. Explícitamente no lo tiene. Se nos ha inculcado que pertenecer a Dios es ser muerto sacrificialmente: el “no me has negado a tu hijo, el único que tienes”, entonces solamente puede haber significado haber estado dispuesto a matarlo. Puede significar igualmente lo contrario: no has estado dispuesto a matarlo, porque al matarlo lo quitas a Dios. Dios, si es Dios de los vivos, lo querría vivo. La prueba de parte de Dios puede haber sido: si es capaz de matar a su hijo, no tiene fe y, por tanto, no tiene promesa. Al negarse a matarlo, muestra su fe y que no niega su hijo a Dios.
Por eso, también es posible que no se trate de una inserción posterior, sino simplemente de un ejercito constante para leer el texto al revés. Hay muchos ejemplos de cambio de textos sin ningún cambio de sus palabras, por la simple reinterpretación del significado de algunas palabras claves.
Veremos después que eso ocurre con la teología paulina de la ley, que es cambiada completamente por el simple cambio del significado de algunas palabras, en especial de las palabras carne y espíritu.
Esta inversión del texto en sentido sacrificial juega la libertad de Abraham en contra de su finalidad. Transforma al hombre, que se ha puesto por encima de la ley, como su cumplidor ciego y hasta criminal. Un padre que hasta mata a su propio hijo - el crimen mayor que existe y cuya otra cara es el asesinato del padre por el hijo - para cumplir la ley.
Si tomamos en cuenta eso, sabemos quién hizo las inserciones para invertir el texto. Son los sacerdotes del templo, que tienen que afirmar la nueva ley del Sinaí. Matar al hijo, en todo mito humano, es la afirmación de la ley. Al vincular esta ley con la historia de Abraham, tienen que reinterpretarla para que Abraham sirva para afirmar la ley. No sirve, sino en la forma ahora creada. Para cumplir con la ley, estaba dispuesto a matar a su propio hijo. La ley, cualquier ley, dice: todos tenemos que estar dispuestos a eso. Abraham es grande porque tenía la buena voluntad de matar a su hijo. Por tener esta voluntad, Dios lo bendijo. Así habla la ley.
Si fuera realmente así Abraham no habría hecho nada nuevo, todo el mundo de su tiempo lo hacía. Sin embargo, Abraham hizo algo completamente nuevo, que subvertía cualquier ley y que tenía que desaparecer para poder legitimar otra ley, que se funda precisamente en esta novedad de Abraham se funda. Se funda en la fe de Abraham, pero, para legitimarse, tiene que negar esta misma fe. La ley Sinaí no es posible sin el acto de libertad de Abraham. Pero no se puede legitimar sin invertir el sentido de este acto. Una simple ambigüedad soluciona esta contradicción. La libertad que está en el origen de la ley, debe ser negada para legitimar esta misma ley. Por eso, el acto grandioso de no matar a su hijo es transformado en voluntad de matarlo, que Dios premia con su intervención para salvarlo: la buena voluntad de matarlo es suficiente. La ley, por tanto, obliga al judío a sacrificar a su primogénito simbólicamente en el templo, sustituyendo al hijo por un animal de sacrificio.
El propio Exodo nos cuenta quién hizo esta inversión del mito del sacrificio de Abraham.
Entonces Moisés se colocó a la entrada del campamento y llamó en voz alta: “¡Vengan a mí los que estén por Yahvé!” Y se le unieron todos los de la tribu de Leví. Moisés les dio esta orden de Yahvé: “Colóquense cada uno su espada al costado y pasen y repasen por el campamento, de una entrada a la otra; y no vacilen en matar a sus hermanos, compañeros y familiares”.
Los de la tribu de Leví cumplieron la orden de Moisés y parecieron, aquel día, unos tres mil hombres del pueblo. Entonces Moisés dijo a los levitas:
“En adelante sus manos estarán consagradas a Yahvé, pues en este día mataron a sus propios hijos y hermanos. Por eso hoy les da la bendición”.
(Ex 32,26-29)
Esta es la inversión del mito de Abraham, quien rechazó matar a su hijo y por eso recibió la promesa y la bendición. Ahora aparece el poder sacerdotal, que es la clase social que efectivamente asume el dominio político de la sociedad constituida por la ley. Son consagrados del poder, porque “en este día mataron a sus propios hijos y hermanos. Por eso hoy les da la bendición.” Es completamente irrelevante si esta masacre es efectivamente histórica. Probablemente no lo es. Es demasiado lógica en su racionalidad mítica. Presupone la disposición de matar a “hijos y hermanos” y de eso espera su bendición. Describe exactamente lo que es el poder en términos míticos en todos los tiempos. Es las disposición de matar al hijo y a todos los hijos. Es interesante que se dice que han matado a “hijos y hermanos”. No mataron a su padre. Es claro por qué no. Ellos son el padre que mata a su hijo, y sobre esta base ejercen el poder.
Es evidente que la historia auténtica de Abraham no es compartible con tal constitución del poder. El poder espera su bendición como respuesta a su disposición de matar hasta al propio hijo, para imponer la ley. Abraham recibió la bendición porque rechazó matar a su hijo en cumplimiento de la ley y se puso encima de ésta. Sin embargo, el grupo sacerdotal que asume el poder de Israel después del éxodo, se siente hijo de Abraham y quiere serlo. Por tanto, tiene que releer la historia del sacrificio de Isaac. la transforma en una historia, en la cual Abraham también recibe su bendición por su disposición de matar a su hijo Isaac.
Pero eso no es todo. La relectura asegura la ambigüedad del texto. Se lo puede leer en sentido sacerdotal y del poder, o en sentido auténtico y de liberación. Eso da origen en Israel a una dialéctica, que nunca ha desaparecido de su historia hasta hoy. En el tiempo que describe la Biblia, se presenta como la dialéctica del sacerdote opuesto al profeta, de templo y opresión, por un lado, de justicia y liberación, por el otro .
Se trata efectivamente de una dialéctica, no de una razón unilateral. La fe de Abraham, con su libertad que rechazan matar a su hijo en cumplimiento de la ley, presenta ya una esperanza más allá de cualquier factibilidad humana. No puede ser institucionalizada. Por eso aparece el poder sacerdotal que la invierte para poder legitimarse. El problema del poder sigue hoy siendo este mismo. Para institucionalizar esta esperanza de libertad, hay que invertirla y volver a reinvertirla. El sacerdote no es necesariamente el lado malo. El poder hay que ejercerlo, y su legitimación en todo el mundo y en todos los tiempos es la disposición de matar incluso al propio hijo. Pero también hay que asegurar la libertad, que es no matar al hijo, frente a este poder. Abraham es el primer predicador de la anarquía como orden sin leyes. Y nunca más ha desaparecido esta gran esperanza de la vida humana y nunca desaparecerá. Es el verdadero móvil de la libertad.
Sin embargo, la existencia de esta dialéctica entre poder y liberación explica que en la tradición judía de este tiempo, la historia del sacrificio de Isaac juegue un papel subordinado. Su posición céntrica la adquiere recién en la tradición cristiana, cuando esta empieza a interpretar la muerte de Jesús en la cruz en analogía con este sacrificio de Isaac.
La historia de Abraham, aunque probablemente es efectivamente histórica, cumple la función de un mito fundante de toda una estructura social. Tiene un sentido moderno, porque sostiene la ambigüedad. Se puede leer desde el punto de vista de la clase dominante, y se puede leer desde el punto de vista de la liberación frente a la opresión. El mito griego no tiene esta ambigüedad. En la tradición griega no hay ningún Abraham que afirme su libertad al no matar a su hijo. Como mito fundante es mito del poder y nada más. El mito de Abraham en cambio sirve a la dominación y a la protesta a la vez, y es constantemente invertido. Posteriormente la declaración de la igualdad de los hombres a partir del siglo XVI, pasa algo muy parecido. Se puede leer también desde los dos lados, y se hace eso.
II. El mito de Abraham y los mitos griegos
El mito del padre que mata a su hijo, y del hijo que mata a su padre, aparece de alguna manera en todos los mitos fundantes de todas las sociedades que constituyen por una ley algún orden social. Sin embargo, aparecen de maneras diferentes. El mito de Abraham es la solución judía del problema. Este problema existe en todas partes.
Dado el hecho de que el cristianismo se forma en la tradición judía y por tanto del mito de Abraham, pero igualmente en un ambiente formado por la mitoligía griega que heleniza el cristianismo, se hace necesario ver cómo esta tradición griega se enfrenta a este mismo problema.
En la tradición griega aparece igualmente el padre que mata a su hijo.
No obstante, siempre le corresponde el hijo que mata a su padre: el Edipo.
Hay un circulo que la tradición abrahámica no conoce. En esta hay un padre que tiene que matar a su hijo, pero descubre su libertad y no lo mata. Por tanto, no aparece el hijo que mata a su padre. Isaac no mata a su padre Abraham, porque éste no mata a aquél. Como el padre se hace libre, el hijo también.
En la tradición griega, en cambio, el padre siempre mata al hijo. El hijo sobrevive solamente porque el padre falla en su intención de matarlo, sin saberlo. Hace todo para matar a su hijo, y cree haberlo matado. Sin embargo, por alguna coincidencia - siempre vinculada con la bondad de alguien - el hijo sobrevive. Pero sobrevive para matar ahora a su padre. Se trata de un círculo trágico que pasa por toda la mitología griega: el padre mata al hijo y el hijo mata al padre.
Así empieza ya con los mitos fundantes del mundo de los dioses.
Uranos, primero de los dioses, expulsa a sus hijos, los cíclopes, al tártaro, donde están encerrados para siempre. Sus otros hijos, los titanes, se levantan en contra de él para vengar a los cíclopes. Kronos, uno de aquellos, mata a su padre Urano, castrándolo. Kronos le sigue, pero le predicen que uno de sus hijos le va a quitar su torno. Devora a todos los hijos que le nacen, para que ninguno siga vivo para cumplir con la profecía. Zeus, uno de estos hijos, se escapa sin que Kronos se dé cuenta. Cree haberlo matado. Zeus, sin embargo, lo mata con su relámpago.
Siempre el círculo se completa. En el mito de Edipo, este círculo es más completo. A Layo, el padre de Edipo, le hacen la profecía según la cual éste matará a su padre. Layo quiere prevenirlo, y mata a su hijo Edipo. Cree que efectivamente lo mató, pero Edipo se escapa con la ayuda de un pastor que tiene lástima con el niño. Ya adulto, Edipo, que no conoce a su padre, lo mata y se casa con su propia madre, sin saber que lo es. Tiene con ella dos hijos, Etéocles y Polinices y una hija, Antígona. Cuando llega a saber que ha matado a su padre y que tiene a su propia madre como esposa, ella se mata y él ciega los ojos. Entre sus hijos, Etéocles y Polinices surge un conflicto a muerte por la sucesión del padre, y en un duelo se matan los dos, uno al otro. Kreon, el nuevo rey, prohibe el entierro de Polinices. Cuando Antígona viola esta prohibición, también ella encuentra la muerte.
Todo el mito está concebido desde el derecho del padre de matar a su hijo. El mito encubre eso, sosteniendo la profecía según la cual el padre mata al hijo porque sabe que el hijo lo matará a él. No hay prueba para eso, es una simple suposición legitimadora . El hijo, en cambio, no tiene derecho de defenderse, aunque al final mata a su padre. Pero no debe hacerlo. El padre tiene el derecho de matar al hijo, sin embargo, éste comete un crimen al matar a su padre. De nuevo, el mito de Edipo encubre esto. El hijo no mataría al padre, si supiera que lo es. No se casaría con su madre, si supiera que es su madre. El hijo, no puede reivindicar ninguna defensa. Hace todo eso, porque no sabe que su padre es su padre y que su madre es su madre. Cuando lo llega a saber, Edipo se autodestruye. Esta misma autodestrucción pasa a sus hijos, que se matan mutuamente.
Existe una ley y una autoridad que se imponen legítimamente matando.
Frente a ella hay respuesta, pero ésta no es legítima. Edipo no reivindica ninguna libertad sino un circulo de violencia sin fin, del cual no hay escape.
La ley es la referencia, y la ley mata y puede matar legítimamente. El hombre reacciona y mata también. Pero no logra más que cumplir con su destino de autodestruirse. No hay salida del circuito, aunque la legitimidad esté del lado del padre que mata a su hijo.
La tradición abrahámica es bien distinta. Allí hay una libertad que la tradición griega ni sueña. La tradición griega no conoce a nadie que tenga la libertad de Abraham. No hay padre que rechace matar a su hijo. No existe este gran acto de libertad humana frente a la ley, esta afirmación infinita de la subjetividad humana que despedaza la ley, si ello es necesario. Toda la tradición griega es curiosamente ciega cuando se trata de esta libertad.
Abraham reivindica su libertad, lo que significa reivindicar su vida. Y su vida, implica la vida de su hijo y la de todos los otros. Abraham no mata, y no está dispuesto a matar. Su fe está en no tener esta buena voluntad de matar a su hijo, que exige la ley. El rechaza hacerlo y el ángel de Dios le pide la obediencia de esta misma fe. En relación a la tradición griega, eso es algo único.
Es interesante comparar aún más estas tradiciones míticas. Isaac no mata a su padre, porque no tiene ninguna razón para hacerlo. Su padre no lo mató a él, ¿por que él va a matarlo? Por eso, la tradición judía no tiene Edipo. Empieza igual que el mito de Edipo con un padre que sale a matar a su hijo. Todas las caras parecen estar echadas. Sin embargo, Abraham se libera. No mata a su hijo. No puede aparecer un Edipo, porque no hay razón para que aparezca. El padre no mata al hijo, y el hijo no mata al padre.
Abraham se libera, e Isaac hace suya esta libertad.
Pero como en el caso de los hijos de Edipo, también entre los hijos de Abraham se da el conflicto por la sucesión. Resulta en este caso entre los hijos de su hijo, entre Jacob y Esaú, hijos de Isaac. Jacob de quita, por un truco fraudulento, los derechos de primogénito a Esaú, quien se siente sumamente afectado. Se trata de una razón tan fuerte para un duelo a muerte, como laque tenían los hijos de Edipo. Sin embargo, en la tradición abrahámica resulta la misma libertad que Abraham tenía. Jacob y Esaú se encuentra después de mucho tiempo, pero se encuentran para darse un gran abrazo en el cual Esaú expresa su perdón a Jacob. El abrazo de Jacob y Esaú es la contrapartida del duelo entre Etéocles y Polinices. Es el acato de los libres. Este mismo abrazo se repite con lo hijos de Jacob. Ellos habían matado a su hermano José. No obstante, José se había escapado vivo sin que ellos lo supieran. En una situación de emergencia lo vuelven a encontrar en Egipto. José reconoce a sus hermanos, pero sus hermanos no lo reconocen a él. José les ayuda y después se les da a reconocer para darles el abrazo del perdón. De nuevo, un abrazo como contrapartida al duelo mortal entre los hijos de Edipo.
Hay todo un contexto de la tradición abrahámica que aparece como contrapartida al mito de Edipo. En los dos casos, el padre sale a matar al hijo.
En el caso de Edipo, efectivamente lo mata, aunque éste se escape. En el caso de Abraham, no lo mata y constituye su libertad por encima de la ley.
En el caso del mito de Edipo, el hijo mata al padre. En el caso de Abraham, el hijo no mata al padre. En el caso del mito griego, los hijos se matan mutuamente en el conflicto por la sucesión. En el caso del Abraham, los hijos resuelven el conflicto de sucesión por el abrazo del perdón. En el caso del mito griego, la violación de la exogamia por Edipo que se casa con su madre, es violación extrema que se castiga por la muerte. En el caso del Abraham, este presenta a su mujer Sarah como su hermana —y posiblemente era—, y eso le salva la vida y Dios mismo actúa en su favor. (Eso ocurre en un tiempo en el cual el estar fuera de la ley se simboliza por estar fuera de la exogamia. Los faraones se casan con su hermana, simbolizando que están fuera de la ley y que la dictan. El que en este tiempo dicta la ley, no está sometido a la ley. Eso es distinto de la ley de hoy. Hoy el que dicta la ley, está sometido a ella. Sin embargo, la libertad del faraón está fuera de la ley, no encima de la ley. No es una libertad de todos, que cuestiona la ley y la relativiza. Ese es el caso de Abraham: una libertad más allá de la ley y en este sentido encima de ella, que no abole la ley, sino que la relativiza universalmente. El faraón no es libre, sino dominador absoluto fuera de la ley. Abraham, al universalizar la libertad, es libre porque juzga sobre la ley desde un más allá de la ley).
Abraham reivindica una libertad más allá de la ley, y por eso su desenlace es feliz y lleva a la promesa de Dios. Edipo no se escapa del circuito de la ley y se enreda en un desenlace trágico, del cual no tiene escape.
Esta comparación confirma por lo menos indirectamente nuestra interpretación de la historia auténtica de Abraham. Si Abraham hubiera matado efectivamente a su hijo Isaac, —o hubiera tenido la buena voluntad de hacerlo—, Isaac habría matado a Abraham, y sus hijos —o los hijos de su hijo— se habrían matado en un duelo a muerte, como los hijos de Edipo.
El contexto habla claro. No es compatible con la presentación del sacrificio de Abraham en el sentido de una disposición de matar a su hijo, al cual la intervención de Dios salva. Abraham salva a su hijo por su fe. Los que hicieron la inserción, que invierte la historia auténtica del sacrificio de Isaac, no se dieron cuenta de este contexto. Considerándolo, se traicionan a sí mismo.
III. Jesús y la tradición abrahámica
Jesús se refiere al sacrificio de Isaac precisamente en el sentido de su formulación auténtica (sin las inserciones que la invierten). En el evangelio de San Juan, Jesús se enfrenta a los que lo persiguen y que lo quieren matar.
Al querer ellos matarlo, Jesús se identifica con Isaac, hijo de Abraham. Les dice:
“Ustedes serán mis verdaderos discípulos, si guardan siempre mi palabra; entonces conocerán la verdad y la verdad los hará libres”.
Respondieron: “Somos hijos de Abraham y nunca hemos sido esclavos
de nadie, ¿por qué dices que llegaremos a ser libres?”
Jesús contestó:”...Yo sé que ustedes son hijos de Abraham. Pero también veo que ustedes quieren matarme, porque mi palabra no halla acogida en ustedes...”
Ellos le contestaron: “Nuestro padre es Abraham”.
Jesús les dijo: “Si ustedes fueran hijos de Abraham, imitarían a Abraham. Pero ustedes quieren matarme por ser hombre que digo la verdad tal como la oí de Dios: ésta no es la manera de Abraham. Ustedes hacen lo mismo que hizo su padre”. Ellos respondieron: “Nosotros no somos hijos ilegítimos, no tenemos más que un solo padre, Dios”.
Jesús les dijo: “Si Dios fuera el padre de ustedes, ustedes me amarían, porque yo salí de él y vengo de parte de él. ¿Por qué no entienden mis palabras? Porque no pueden aceptar mi mensaje.
Ustedes tienen por padre al Diablo, y quieren realizar los malos deseos del diablo: él, desde el comienzo, es asesino de hombres...
Pero les aseguro: El que guarda mis palabras no morirá jamás”.
Los judíos le dijeron: “Ahora sí sabemos que eres víctima de un mal espíritu; Abraham y los profetas murieron, y tú dices: Quien guarda mis palabras jamás verá la muerte. ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Abraham, que murió, al igual que los Profetas? ¿Por quién te tienes?”
Jesús les contestó: “...Referente a Abraham, el antepasado de ustedes, se alegró al pensar que vería mi día. Lo vio y se alegró”.
Los judíos replicaron: “No tienes ni cincuenta años, ¡y dices que has visto a Abraham! “Contestó Jesús: “Les aseguro que antes que Abraham existiera, Soy Yo!”
Entonces tomaron piedras para lanzárselas; pero Jesús se ocultó y salió del templo”. (Jn 8,31-59).
Jesús se identifica con Isaac, hijo de Abraham. Se enfrenta a sus perseguidores que como descendientes de Abraham, sostienen ser hijos de Abraham. Jesús responde, que quien es hijo de Abraham, se tiene que comportar como éste. Sin embargo, ellos quieren matar, aunque Abraham no mató. Por tanto, no son hijos de Abraham: “Si ustedes fueran hijos de Abraham, imitarían a Abraham. Pero ustedes quieren matarme...esta no es la manera de Abraham”. Por tanto, no son hijos de Abraham, sino del diablo: “Ustedes tienen por padre al Diablo, y quieren realizar los malos deseos del diablo: él, desde el comienzo, es asesino de hombres...” El asesino es hijo del diablo.
Estas palabras de Jesús revelan su comprensión de la historia de Abraham y del sacrificio de Isaac. No son comprensibles sino en el caso en el cual Jesús considera como fe de Abraham el no haber matado a su hijo. Si Jesús ubicara la fe de Abraham en su disposición de matar a Isaac, tendría que haber elogiado a sus perseguidores como verdaderos hijos de Abraham. Sus perseguidores pueden interpretar su propia disposición a matar con esta fe invertida de Abraham, y por tanto, considerarse hijos de Abraham. Jesús no puede hacer eso. Por tanto, imputa la disposición a matar a los hijos del diablo, no a la fe: “él, desde el comienzo, es asesinado de hombres...” Al interpretar la fe de Abraham como disposición a matar a su hijo, dejan de ser hijos de Abraham y se transforman en hijos del diablo.
Seguir a Abraham significa no matar, es afirmar la vida de todos. Y la vida crea vida. Por tanto, sigue la promesa de Jesús: “Quien guarda mis palabras jamás verá la muerte”. Complementa y radicaliza la promesa de vida que el Angel de Dios le hizo a Abraham: “te colmaré de bendiciones y multiplicaré tus descendientes que serán como las estrellas del cielo y como la arena que hay a la orilla del mar”. La vida se crea por la afirmación de la vida. La afirmación de la muerte crea muerte, no vida.
Sin embargo, este reproche de Jesús es respondido por el intento de matarlo: “Entonces tomaron piedras para lanzárselas: pero Jesús se ocultó y salió del templo”. Eso recuerda el final de la historia de Abraham e Isaac: “Volvió Abraham al lado de sus muchachos y emprendieron la marcha juntos hacia Bersebá, donde fijó su residencia”. Abraham tiene que escaparse después de haberse negado a matar a su hijo. Abraham con su hijo tienen que refugiarse, y Jesús, identificándose con Isaac, lo tiene que hacer porque los hijos de Abraham no actúan como Abraham. Esta vez Jesús encuentra un Bersebá, así como Abraham lo encontró. Después ya no lo encuentra y efectivamente es muerto.
Pero, ¿quién mata a Jesús? No nos dice mucho si contestamos que fueron los hijos del diablo. Tenemos que saber cómo actúan los hijos del diablo. No matan por gusto. El mismo evangelio de San Juan insiste muchas veces en que Jesús es matado en cumplimiento de la ley, que es considerada ley de Dios. La ley mata, y se mata en nombre de la ley. Es importante recordar que ya Abraham salió para sacrificar a su hijo Isaac en cumplimiento de su ley que era considerada ley de Dios. Si Abraham hubiera matado a Isaac, lo habría matado la ley. Pero Abraham se impuso a la ley y la subordinó a la vida. Por tanto, no mató y merecía la promesa de vida. Cuando Jesús es llevado a ser sacrificado, los que lo sacrifican no tienen la fe de Abraham. Tenían aquella fe que es disposición a matar. En esta fe —una inversión de la fe de Abraham— afirman la ley y lo matan.
Esta afirmación de la ley para matar significa que los que lo mandan a matar, lo hacen aduciendo la ley. La violaciones de la ley de parte de Jesús, según esta misma ley no dan ninguna razón para matarlo. La ley es aprovechada para este propósito, no es su origen. Probablemente, Jesús es matado por haberse identificado con los pobres, es decir, por una razón no confesable. Pero la ley es el pretexto en nombre del cual se procede.
Estrictamente hablando, Jesús es matado por ser un buen judío. Es algo que ocurre también posteriormente con tantos cristianos matados por la sociedad cristiana, y que son matados por ser buenos cristianos. Sin embargo, los que mandan a matar sostienen siempre que están cumpliendo con la voluntad de Dios en nombre de alguna ley. La ley, sin duda, deja estos espacios. Se transforma en el medio para matar, en el medio que lleva a la muerte.
Al no tener ningún Bersebá, Jesús acepta ser matado en nombre de la ley. En su muerte se revela la maldad de la ley —la ley como portadora de muerte— y ésta ahora es visible para sus creyentes. Eso es una renovación y radicalización de la fe de Abraham. La salvación que trae la muerte de Jesús, por tanto, no es sacrificial. Está en esta revelación de la maldad de la ley.
La ley mató al portador de la vida. Surge una nueva libertad en la tradición de Abraham. Ser libre, es ponerse por encima de la ley, la libertad es un más allá de la ley y no su cumplimiento en cuanto norma. Libertad es someter la ley —cualquier ley— a la afirmación de la vida del hombre.
En esta línea surge la teología paulina de la ley.
IV. La teología paulina de la ley y el pecado estructural
La teología paulina de la ley refleja todo el impacto que significa para los primeros judío- cristianos el hecho de que Jesús, autor de la vida, fue muerto en cumplimiento de la ley, que es ley de Dios dada para la vida. Todo el pensamiento de Pablo gira alrededor de este problema. Eso vale para Pablo mucho más que para los otros.
Por tanto, Pablo se enfrenta con que el cumplimiento de la ley lleva a la muerte. No se trata simplemente de la ley mosaica. Se trata de cualquier ley en cualquier circunstancia:
En un tiempo, yo vivía sin ley; pero cuando llegó el mandamiento le dio de nuevo vida al pecado, y a mí, en cambio, me produjo la muerte; y se vio que el mantenimiento, dado por la vida, me había traído la muerte. El pecado aprovechó la ocasión del mandamiento para engañarme y con el mismo mandamiento me dio muerte (Rom 7,9-11)
El texto habla del pecado, pero no se trata de la transgresión de alguna ley. Está en la ley, actúa a través de la ley, usa la ley. Por tanto, actúa a través de la ley, precisamente, cuando se cumple. En la ley cumplida actúa el pecado. Ahora, San Pablo habla de una ley y de mandamientos institucionalizados en estructuras. Es ley vigente, que es la otra cara de una estructura. El pecado opera a través de la estructura y su ley vigente, y no a través de la transgresión de la ley. Este pecado es un ser sustantivado, del cual la ley deriva su propia existencia y que está presente en esta ley. Es un pecado estructural.
San Pablo da el indicador de la acción del pecado a través de la ley: la ley mata (“el mismo mandamiento medio muerte”). Es reino de la muerte, reino con una ética exigente. Pero a esta ética no la salva el hecho de que sea exigente. Es ética de la muerte. La ética de la ley es presencia de la muerte, porque mata. Si este análisis es cierto, entonces hay pecados en el sentido de transgresiones de alguna ley, y hay pecado, un ser que mata por el propio cumplimiento de la ley. Solamente este pecado puede ser pecado estructural.
Es una muerte que se lleva a cabo, afirmado una estructura determinada, y con eso una ética determinada. El indicador de este pecado es precisamente la muerte, a la cual lleva la estructura y su afirmación. Pero se trata de la muerte en su integridad, no de lo que se llama la muerte del alma.
Siempre y cuando la afirmación de una estructura y el cumplimiento de una ley lleva a la muerte, actúa el pecado. Cuando el inquisidor quema al hereje en cumplimiento de su ley, actúa el pecado a través de la ley y produce muerte. El inquisidor cumple la ley, no la transgrede. Pero haciéndolo, comete el pecado que a través de la ley trae muerte. Se identifica con el pecado y lo hace suyo. Es pecador sin ninguna transgresión de la ley. Es pecador al identificarse con el pecado estructural. Por supuesto, es él el pecador, no la estructura. Pero lo es al someterse al pecado que actúa a través de la estructura. Se hace esclavo del pecado. Eso es pecado, pero ninguna transgresión de la ley. Es el pecado al lado del cual las transgresiones son pecados, casi pecaditos. Esa, por lo menos, es la enseñanza de San Pablo.
Este pecado consiste en el cumplimiento de una ética, que puede ser muy exigente. Puede ser muy sacrificado hacer el mal. Los pecados son fáciles, el pecado no lo es. Ir al infierno es difícil, nada fácil. Hay que sacrificarse, hay una ascesis del mal. El pecado estructural exige, tiene normas, condena a aquel que no cumple. Se trata, según San Pablo, de un reino de la muerte. Si se estableciera por transgresiones no sería un reino, sino un caos. El orden afirmado por la ley, él mismo trae muerte. Por eso, el inquisidor suele ser un asceta. Como dice Brecht frente a los dragones del arte chino que representan el mal: su cara revela, qué difícil es hacer el mal.
La conquista de América, su evangelización, la colonización, el cobro actual de la deuda externa, todo eso es cumplimiento de una ley a través de la cual actúa el pecado para dar muerte, y los que realizan estas hazañas, pecan por ser esclavos del pecado y por cumplir la ley. Pecan, al identificarse con el pecado estructural.
Pero este pecado tiene una gran diferencia con los pecados. Los pecados son transgresiones, y quien las comete, tiene conciencia del hecho de que está transgrediendo una norma ética. El pecado es distinto. La ética lo confirma, pide que se lo cometa. Tiene que hacerlo, porque cualquier ética pide cumplimiento y orienta la conciencia del pecado hacia las transgresiones. Para la ética normativa solamente existen pecados, el pecado como pecado estructural no existe. Como se ubica en el interior de la ética y de su cumplimiento, ésta no puede denunciarlo. Exclusivamente puede denunciar transgresiones. Por eso, el pecado consistente en la identificación con el pecado estructural, se comete necesariamente sin conciencia del pecado. Su propio carácter lleva a la eliminación de la conciencia del pecado. Este pecado se comete con buena conciencia; es decir, con la conciencia de cumplir con las exigencias éticas. ¿Y él que cumple, hasta con sacrificios personales, puede ser pecador? La tesis del pecado estructural tiene que declarar posible esto. Pero entonces, hay pecado sin conciencia de culpa, sin conciencia de pecado. El pecado no puede ser personal, porque el pecado personal presupone conciencia de culpa.
Sin duda, a este mismo pecado se refiere Jesús cuando perdona a sus asesinos porque no saben lo que hacen. Lo que cometen es el pecado que consiste en la identificación con el pecado estructural que mata a través de la ley. Matan a Jesús cumpliendo la ley, no transgrediéndola. Matan sin conciencia del pecado. Es la ley que apaga la conciencia de aquel pecado, que mata precisamente a través del cumplimiento de la ley. La esencia de la ley es llevar al cometimiento de este pecado, y lo hace por el cumplimiento mismo de la ley. La ley, al provocar la conciencia de los pecados en sentido de transgresiones, elimina precisamente la conciencia del pecado que se comete por identificación con el pecado estructural. La ley destruye por presentar sus valores como valores absolutos.
A este reino de la muerte, que es el orden de la ley, Pablo contrapone el reino de la vida, que es un más allá de la ley y del orden institucionalizados. El cumplimiento de la ley no lleva al reino de la vida, sino que solamente lo hace el sometimiento de la ley a la afirmación de la vida. Este es el criterio del discernimiento de la ley. La ley prohibe matar. Pero, cumpliéndose esta prohibición, mata. Implícitamente este análisis lleva a la opción preferencial por los pobres como criterio del discernimiento de la ley y del orden. La ley cumplida mata al pobre; éste, por tanto, tiene que ser su criterio de discernimiento y aquél quien efectúa el discernimiento. Aparece una nueva subjetividad que parte del pobre, y una nueva libertad, que está en la afirmación de la vida de todos. Pero la afirmación de la vida de todos necesariamente es una opción preferencial por algunos: los pobres. Esa es la lógica de la crítica paulina de la ley, que posteriormente se hace explícita.
Desemboca en un mesianismo del pobre, aunque muy pocas veces hable de él.
V. La recuperación de lo sacrificial
La crítica paulina de la ley no es sacrificial. Es la toma de conciencia de un hecho que resulta de una catástrofe: el cumplimiento de la ley, dada para la vida, mata al autor de la vida. Eso lleva a reconstruir completamente la relación con la ley y la legalidad: la ley mata. Para no matar, hay que ir más allá de la ley. Pero la fe vence a la muerte. Por tanto, la fe está más allá de la ley y juzga sobre ella. La fe no puede estar en el cumplimiento de la ley.
No obstante, esta posición de Pablo, que se encuentra en continuidad con la visión de la fe de Abraham de parte de Jesús en Juan 8, no es compartida por todos los autores del mensaje cristiano. Mucho más directa es la afirmación de que la fe de Abraham consiste en su disposición a matar a su hijo. La Carta a los Hebreos dice:
Por la fe, Abraham fue a sacrificar a Isaac cuando Dios lo sometió a prueba. Ofreció a su hijo, el que era precisamente la garantía de las promesas de Dios, pues Dios le había dicho: ‘De Isaac nacerán los que llevarán tu nombre’. Abraham pensaba: Dios es capaz hasta de resucitar a los muertos; por eso recobró a su hijo, lo que tiene valor de ejemplo (Hb 11,17-19).
La Carta de Santiago dice:
Hombre tonto, ¿quieres convencerte de que la fe que no actúa no sirve?
Acuérdate de Abraham, nuestro padre. ¿No fue reconocido justo por sus obras ‘sacrificando a su hijo Isaac en el altar’? Y ya ves: la fe inspiraba sus obras, y por las obras su fe llegó a ser perfecta. De ese modo se cumplió la palabra de la Escritura: ‘Abraham le creyó a Dios, y por eso fue reconocido justo’; y fue llamado amigo de Dios (St 2,20-23).
En ambas citas la fe de Abraham está en su disposición a matar a su hijo. Por estar dispuesto a matarlo, es llamado justo. Matar al hijo es obra de la fe. Quien lo hace, es amigo de Dios. Matar al hijo, ya no es ahora obra de una ley que está en pugna con la fe, negándose la fe al asesinato. Al contrario. El asesinato es la prueba de la fe.
Esto es lo contrario de la tradición paulina, en la cual la fe está en pugna con la muerte y por tanto con la ley . Pero de esta otra interpretación de la fe de Abraham, surge ahora toda una comprensión sacrificial de la muerte de Jesús. Eso pasa, por un lado, por la inversión de la crítica paulina de la ley, y por el otro, por la interpretación de la muerte de Jesús según la interpretación sacrificial del sacrificio de Isaac por Abraham.
VI. La inversión de la crítica paulina de la ley
por la ideología de la muerte
El criterio de Pablo frente a la ley está precisamente en el hecho de que ella lleva a la muerte. El pecado está precisamente en esta identificación con el pecado sustantivado, que usa la ley y por tanto la estructura para traer muerte. Este pecado ocurre necesariamente sin conciencia del pecado. Sin embargo, la muerte que el pecado trae, se ve. Por lo menos, se ven los muertos. Se ven los herejes quemados y las brujas quemadas. Se ven las poblaciones exterminadas por la evangelización de América. Se ven los continentes destruidos por la ley de la propiedad privada llevada por las colonizaciones. Se ven los pueblos destruidos por el cobro de la deuda externa. Se ven los muertos de Nicaragua matados en nombre de la ley del mercado total de los Reaganomics y de la ley de la democracia. Todo eso se ve.
Pero el pecado estructural proyecta la vida en la imagen de estos muertos. Es bueno hasta para ellos, que mueran. La muerte es servicio a la vida verdadera. Con eso se elimina el criterio sobre el pecado. Ya en la muerte de Jesús ocurre esto: es mejor que muera uno, en vez de todo un pueblo. La muerte es transformada en un servicio a la vida. Así lo hicieron los inquisidores. Separaron la vida del alma de la vida del cuerpo, y declararon la vida del alma la vida verdadera. Quemaron a los hereje. Pero lo que quemaron, fue el cuerpo, mientras la vida de las almas se salvaba.
Quemar los herejes resultaban un servicio a la vida. La exterminación de las poblaciones de América, la esclavización de los continentes de Africa y América, la colonización del mundo entero con la destrucción de sus culturas, el cobro de la deuda externa hoy, el terrorismo de la contra dirigido por el gobierno de EEUU y financiado por su ayuda humanitaria, todo ello es puro servicio a la vida. Hay muertos, pero no hay muerte. Bien visto, los muertos son signos de la vida. San Pablo puede estar contento.
Pero no lo es. La corporeidad paulina no permite la división del sujeto en cuerpo y alma separados. La vida es vida del cuerpo, y la vida del alma es visible exclusivamente por la vida del cuerpo. Matar el cuerpo es destruir el alma. Ambos resucitarán juntos pero jamás San Pablo concibe un alma que viva sin cuerpo. Sin embargo, el pecado estructural impone esta separación, para poder interpretar la muerte que produce como vida verdadera. Por tanto, la ley y la estructura, al matar, producen vida. Detrás de esta ideologización se esconde el pecado estructural.
Voy a analizar algunos ejemplos de esta ideologización del pecado estructural. El primero será el caso de Bernardo de Claraval, al interpretar la muerte que los cruzados traen consigo al llevar la ley y la estructura del cristianismo medieval a la Tierra Santa:
Mas los soldados de Cristo combaten confiados en las batallas del Señor, sin temor alguno a pecar por ponerse en peligro de muerte y por matar al enemigo. Para ellos, morir o matar por Cristo no implica criminalidad alguna y reporta una gran gloria. Además, consiguen dos cosas: muriendo sirven a Cristo, y matando, Cristo mismo se les entrega como premio. El acepta gustosamente como una venganza la muerte del enemigo y más gustosamente aún se da como consuelo al soldado que muere por su causa. Es decir, el soldado de Cristo mata con seguridad de conciencia y muere con mayor seguridad aún.
Si sucumbe, él sale ganador; y si vence, Cristo. Por algo lleva la espada: es el agente de Dios, el ejecutor de su reprobación contra el delincuente.
No peca como homicida, sino - diría yo - como malicida, el que mata al pecador para defender a los buenos. Es considerado como defensor de los cristianos y vengador de Cristo en los malhechores. Y cuando le matan, sabemos que no ha perecido, sino que ha llegado a su meta. La muerte que él causa es un beneficio para Cristo. Y cuando se la infieren a él, lo es para sí mismo. La muerte del pagano es una gloria para el cristiano, pues por ella es glorificado Cristo”. (Obras Completas, BAC, Madrid 1983,2 tomos. Tomo I, p. 503, subrayado nuestro)
La muerte resultante del pecado estructural no es tomada como indicador de este pecado, sino es celebrada. “El soldado de Cristo mata con seguridad de conciencia”, así Bernardo proclama la ausencia de cualquier conciencia de pecado. El soldado de Cristo no puede pecar, matar es la gloria. Comete malicidio, erradica el mal. Para él matar es una obra buena. La muerte del pagano glorifica a Cristo. Cristo tiene en su soldado a su vengador. Muerte es vida, gloria de Cristo. Tiene que haber un cambio sustancial si Bernardo, sin reacción contraria, puede presentar a Jesús, este suave Jesús, alegrándose por la venganza que recibe por los dolores de su crucifixión.
Esta falta de conciencia del pecado, que el propio cristianismo ha promovido, posteriormente se secularizó. Hoy se ha transformado en la violencia institucionalizada y en la violación sistemática de los derechos humanos la cual de parte de un terrorismo estatal que actúa frente al “crimen ideológico” con los mismos argumentos que Bernardo usó. Por tanto, el problema no puede radicar en la secularización, la cual introduce secularmente algo que antes se ha producido religiosamente. Tampoco una vuelta a la religión y menos todavía a la ortodoxia cristiana solucionará el problema, estando esta ortodoxia precisamente en su origen. Hace falta superar estas posiciones, pero hay que ver bien los caminos de superación que puede haber. La tal llamada “pérdida de religiosidad” no explica nada.
Eso es pecado estructural, y toda la fe cristiana ha sido transformada en su función.
Otro ejemplo lo da la teología de la contra en Nicaragua. El obispo Pablo Vega, como presidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, dijo:
“Hay agresión militar, pero hay también agresión ideológica, y obviamente, es peor matar el alma, que matar el cuerpo” (Amanecer, Managua, No. 36-37, p. 39). También dice: “...el hombre sin alma no vale nada y sin cuerpo vive (El Nuevo Diario,13. 3. 86)”.
El habla del terrorismo de la contra, que solamente mata el cuerpo, pero no el alma, frente a los sandinistas, que matan el alma, pero no el cuerpo.
El dualismo cuerpo-alma es transformado en simple ideologización del terrorismo, que se transforma en arma de esta vida verdadera del alma. Al no matar el cuerpo, los sandinistas son muchos peor que lo contras, que solamente matan el cuerpo. El obispo presenta el terrorismo como el medio para salvar la vida de las almas, que es vida verdadera, y en relación a la cual la muerte del cuerpo es irrelevante. Se trata de un hecho lamentable de apoyo de la iglesia al terrorismo. Tenemos otra vez el hecho de que un pecado estructural se esconde, transformando la muerte que produce en servicio a la vida verdadera.
El último ejemplo se refiere a una argumentación del Fondo Monetario Internacional (FMI). Dice lo siguiente:
El efecto de las medidas en la base tributaria, por ejemplo, las medidas relativas al impuesto a la renta que aumentan las deducciones tributarias para los grupos de bajo ingreso pero las reducen para los grupos de ingreso más alto, beneficiarían a los sectores pobres. (Estudio de Fondo: “Adjustment Programs for Poverty: Experiences in Selected Countries”. Nr. 58, Occasional Papers. Boletín del FMI, 6.6. 1988, p. 164).
Esta vez se trata de la ley del mercado, su ética y la estructura del mercado. En nombre de la ley que se cumple, se quita al pobre una parte de los ingresos que tiene para pasarlos a los ricos. Se hace eso, aumentando los impuestos para bajos ingresos y bajando los impuestos para altos ingresos.
La ley mata.
Sin embargo, el FMI concluye que esta maldad ocurre en servicio de los pobres. El pecado estructural es encubierto, declarando la destrucción humana que se lleva a cabo un servicio para la vida de los pobres, que son destruidos. Así el FMI se ha transformado en servidor de los pobres. Les quita los subsidios de sus alimentos, los subsidios del desempleo, la salud pública, la educación; les quita todo lo que puede. Pero lo hace para que les vaya mejor. Todo eso es un servicio para la vida del pobre. Y cuando empuja el cobro de la deuda externa, tan destructor para la vida de los pueblos afectados, también lo hace porque eso sirve mejor a ellos mismos. La ideología transforma el genocidio en un acto del amor al prójimo. Pero detrás de la ideología se esconde el pecado estructural, que usa la ley para matar.
De esta manera, ya no se puede percibir ningún pecado estructural. Hay una ley institucionalizada en una estructura. La muerte que produce es puramente aparente, la esencia detrás es servicio a la vida. No es el pecado que, usando la ley, produce esta muerte. La ley ya no mata, sino que produce vida. San Pablo con su teología del pecado es refutado. No hay pecado, solamente existen pecados. Todo se disuelve en transgresiones de la ley, lo que permite tratar todo pecado en términos de una ética simplemente personal e individualista.
Pero con ello la falta de conciencia del pecado se transforma de algo dramático en una farsa. Se habla mucho de la falta de conciencia del pecado.
No obstante, en estos términos de una ética individualista se refiere a puras mediocridades completamente irrelevantes, como por ejemplo la falta de conciencia de pecado de parte de aquellos que usan anticonceptivos sin sentir después remordimientos de conciencia. Eso es todo lo que queda.
Pero eso esconde el otro hecho, que la falta de conciencia del pecado es realmente un drama de la humanidad, algo que amenaza la propia existencia humana.
La teología de la liberación contrapone al pecado estructural la opción preferencial por los pobres. Es una opción por la vida de todos los seres humanos, porque la vida de todos solamente se puede elegir optando preferencialmente por la vida del pobre. No se trata de otro valor que vuelve a institucionalizarse en estructuras, sino de un criterio sobre todos los valores y las estructuras correspondientes. Orienta al cambio de valores y estructuras en el grado en el cual estos producen la destrucción y la muerte.
Como en el poder se hace visible esta destrucción y muerte, implica la opción preferencial por los pobres.
Pero este criterio es unívoco, solamente si se afirma efectivamente la vida del pobre a partir de su vida corporal y, por tanto, de los elementos materiales para la satisfacción de las necesidades. En el momento en el cual se diluye este punto, la misma opción por los pobres se transforma en una opción por los ricos y en otra ideología más del propio pecado estructural.
Esta inversión de la crítica paulina de la ley abre el paso a la propia interpretación sacrificial de la muerte de Jesús.
VII. La interpretación sacrificial de la muerte de Jesús:
el Edipo occidental
La inversión de la crítica paulina de la ley se opera principalmente por la reinterpretación de dos palabras claves de Pablo: carne y espíritu. Son identificados con el dualismo cuerpo y alma y materia y espíritu. Con eso, la teología de Pablo cambia completamente su sentido. Pasa lo que pasó con la historia de Abraham e Isaac. Se lee ahora al revés.
La crítica paulina de la ley deja de ser una crítica de la ley como forma, sea la ley que sea. Se transforma en la crítica de determinadas leyes, es decir, de aquellas que se inscriben en el reino de la muerte, que ya no tiene el sentido que tenía en Pablo. Se le contrapone el reino de la vida, que deja de ser un más allá de la ley, para ser ahora la verdadera ley que se presenta como ley de la vida. Es ley total, de vigencia absoluta, ley de la libertad. En este sentido, Pablo no conoce una ley de la libertad. Cuando usa esta palabra, designa con ella precisamente una posición por encima de cualquier ley institucionalizada.
Con esto puede aparecer ahora la ley burguesa como la finalmente encontrada ley de la libertad, frente a todas las otras legalidades alternativas como ley de muerte. Cuando Reagan habla del reino del mal en Moscú, está solamente repitiendo eso. Efectivamente, la inversión de la crítica paulina de la ley está en la base del propio surgimiento de la sociedad burguesa.
Teológica e ideológicamente esta inversión se completa ya en los siglos XI y XII.
Sin embargo, ahora el cristianismo tiene que legitimar una ley institucionalizada. Pero una ley se legitima por el padre que mata a su hijo y que debe matarlo. Porque la ley mata. Eso obliga a una reinterpretación total de la muerte de Jesús. En la tradición de los evangelios y de Pablo, Jesús muere porque se cumple la ley, no por su transgresión. Este criterio se refiere a cualquier ley y sus institucionalizaciones. Contrapone la fe a la ley para ponerla por encima de ésta.
Dentro de esta visión de Pablo, no se puede legitimar una ley. La ley no es legítima. Al contrario, es un peligro, del cual hay que cuidarse. La ley no da vida, sino que la amenaza.
Cuanto más se legitima una ley en nombre del cristianismo, más hay que cambiar la interpretación de la muerte de Jesús. No puede y no debe haber sido la ley la que lo mató. La ley es legítima —por lo menos la ley de la sociedad cristiana, que considerará todas las otras leyes como leyes de muerte. Entonces, ¿por qué murió Jesús?
La razón que ahora aparece sigue vinculada con la ley. Si embargo, resulta de una ley legítima, que rige incluso las relaciones internas de la Trinidad Divina. Es la ley del pago de las deudas. Los hombres han pecado, y por tanto, tienen un deuda con Dios. Dios quiere su pago porque es un Dios justo, y la justicia divina es pagar y cobrar todas las deudas. Pero solamente la sangre de su hijo la puede pagar. Por tanto, con su infinito amor, manda a matar a su hijo. Así puede cobrar su deuda. La ley sigue matando, pero se trata de una ley justa, que debe matar. Para que se cumpla, Dios mismo mata a su hijo. La ley mata, pero no hay ninguna fe más allá de la ley que entre en conflicto con ésta. El amor divino es hacer cumplir la ley.
El hijo no tiene ningún escape. Si quiere salvar a los hombres tiene que pagar la deuda, cobrada en una moneda que se llama a sangre. No hay ninguna madre que lo proteja ni ningún pastor misericorde que lo esconda, como ocurre con Edipo cuando su padre La lo manda a matar. Jesús no tiene eso, ni ningún Bersebá. Pero no lo quiere tampoco. El quiere ser matado, para pagar la deuda. El padre lo manda a matar, y él reconoce este gran acto de amor que es matarlo. Jesús es infinitamente obediente. Ninguna reacción de resistencia, ninguna rabia. Se entrega al padre que lo mata. Es obediente hasta la muerte. La voluntad del padre, de matarlo, la hace suya. Ambos tienen la misma voluntad. Cumple la ley, que es justa, y la cumple con ganas.
Este Jesús es un Edipo perfecto, infinitamente más perfecto que el Edipo griego. Por eso es un Edipo que no mata a su padre. Y ¿por qué lo va a matar? En entiende la razón, que es el cumplimiento de la ley, que es absolutamente justa. La ley justa da el derecho de matar, y exige del asesinado, aceptar su muerte. Aceptarla, es aceptar la justicia. Y Jesús, en su gran perfección, acepta la justicia. Edipo se rebela contra el padre que lo mata. Edipo es un ser débil. El Edipo occidental, de extracción cristiana, no se rebela sino que acepta, dando las gracias al padre. Es fuerte. Por tanto, no hay asesinado del padre.
Además, le va mejor así. Hasta lleva a su madre como esposa con acuerdo del padre. Su madre es madre de todos nosotros. También la Iglesia es madre de todo nosotros. Sin embargo, Jesús toma la Iglesia como su esposa; hay un gran matrimonio en el cielo y su padre asiste. Es mucho más inteligente que Edipo, que accedió a su madre matando a su padre. El Edipo occidental no. Accede a su madre, –que es nuestra, la Iglesia–, aceptando ser matado por su padre y en esta unión total con él.
El Edipo griego es trágico. El tiene que matar a su padre, porque el padre lo mató a él. Pero no debe hacerlo, porque su padre es autoridad legitima que merece respeto. Por tanto, cae en una culpa que es su destino trágico, que no puede evitar. El mito lo disculpa hasta cierto grado, aunque toma posición en favor del padre. Por tanto, dice que Edipo no sabía que se trataba de su padre. Indirectamente dice inclusive que ni era su padre. Por otro lado, se percibe la tragedia del padre. No puede sino imponer una ley, la que lo obliga a matar a su hijo. Pero se trata de tragedias, no de procedimientos legítimos . El Edipo occidental no asesina a su padre, sino que acepta ser matado por él. Pero por eso, no deja de asesinar. Asesinar al padre de la mentira, al demonio. Lo busca por todas partes, para matarlo. Como lo busca, también en todas partes lo encuentra. Lo encuentra en los otros y en sí mismo. Aunque quiera aceptara ser matado, algo se resiste en él y en los otros. En esta resistencia descubre al padre de la mentira, al cual hay que asesinar para poder ser obediente al Dios Padre, que lo mata a él. De Jesús se supone que es el Edipo occidental perfecto, sin resistencia. Se identifica con él, pero no es perfecto. Se resiste. Lucha en contra de esta resistencia, pero pierde la lucha. Por lo tanto, lleva la lucha a un campo en el cual puede ganar. Esto lleva a la lucha con aquellos otros que no aceptan ser matados por el padre, que cumple la ley. Al aceptar ser matado por el padre, se lanza —en vez de lanzarse en contra del padre que lo mata— en contra de aquellos que no aceptan la ley en nombre de la cual el padre los mata. Al no resistir al padre, mata a los hermanos. El Edipo occidental es absolutamente agresivo frente a aquellos que no aceptan la obediencia al padre, hasta la muerte infligida por este mismo padre. A esta sumisión absoluta la llama libertad, y la quiere imponer en todas partes.
La ley en cuyo cumplimiento el padre mata al hijo, aceptando el hijo ser matado por el padre, es la ley burguesa, la ley del valor. El Edipo occidental supone que rige incluso en el interior de la Trinidad Divina. Es la ley según la cual Dios cobra una deuda a la humanidad, la cual paga su hijo con su propia sangre. Es la ley más despiadada que jamás haya existido en la historia de la humanidad. Esta ley impone la interpretación sacrificial de la muerte de Jesús, la que es completada en el siglo XI. Allí aparece la sociedad burguesa, aunque demore todavía varios siglos para imponerse.
Este Edipo occidental arrasa con el mundo. Convierte su sometimiento absoluto a la ley en agresividad absoluta contra la resistencia a la ley. Ha imprimido completamente la estructura del sujeto de la sociedad occidental, que hoy se lanza a destruir la humanidad entera junto con la naturaleza.
No es de ninguna manera un fenómeno restringido a los cristianos. Es la estructura misma del sujeto la que está en juego, independientemente de la ideología específica que se adhiere. Para conocerlo, se puede ir a Popper y su Sociedad abierta y sus enemigos. Allí el Edipo occidental se ha puesto una chaqueta secularizada, pero sobrevive en estado puro. La secularización no lo afecta. Es ahora, en lenguaje de Reagan, luchador por la libertad. Pero sigue completamente sumiso, y no sueña siquiera con lo que es libertad. No obstante, se trata del tabú mejor protegido de nuestra sociedad. Nos preocupamos mucho del Edipo griego, como si fuera el nuestro. La discusión de nuestro Edipo, sin embargo, se evita precisamente por la insistencia en el griego. Además, cualquier discusión de nuestro Edipo tiene que ser teológica. El tabú se protege al insistir en que la teología no es ciencia, y por tanto, sus discusiones no tienen seriedad. Pero el Edipo occidental no es más teológico que el Edipo griego. Nos parece más teológico solamente porque es el nuestro. En el Edipo griego, lo religioso nos parece pura envoltura. En el Edipo occidental, en cambio, no. Eso demuestra solamente, que estamos inmersos en él, y que el Edipo griego no nos afecta. Ya no tenemos mucho que ver con él, por tanto, lo podemos discutir sin mayores problemas. Que no le concedamos seriedad al Edipo occidental demuestra, precisamente, que se trata de un tabú central de nuestra sociedad. Considerando como teológico en el sentido de falta de seriedad, permite seguirlo protegiendo. Pero es un tabú que nos destruye.
VIII. La interpretación freudiana
Freud trata el problema del Edipo occidental en el último capítulo de su libro: Moisés y la religión monoteísta . La interpretación que Freud da del complejo edipal, determina completamente su interpretación del Edipo occidental. Freud no descubre el hecho, de que el complejo edipal es circular con dos correspondencias: el asesinato del hijo por el padre y del padre por el hijo. La correspondencia es posible porque el hijo, al ser matado por el padre, se escapa sin conocimientos del padre. Se escapa siempre por la ayuda de su madre, o de una diosa o alguna mujer, que asegura su salvación. Pero directa o indirectamente, es su madre, quién lo salva de la ira del padre, sin que éste lo sepa. La madre lo hace por medio de un hombre, que por sus características no representa la autoridad masculina del patriarcado. Por lo tanto, es preferencialmente un hombre sencillo, por ejemplo, un pastor. En la relación del hijo con la madre se simboliza, por tanto, la libertad por encima de la autoridad de la ley del padre que mata el hijo. Este hace presente esta libertad en su matrimonio con la madre, que es un más allá de la autoridad.
Para Freud, en cambio, existe solamente el asesinato del padre por el hijo. Por tanto, la relación entre hijo y madre es reducida a un deseo sexual completamente privatizado. No aparece una libertad más allá de la ley. Ya el Edipo griego da muy poca importancia al asesinato del hijo por el padre, lo mismo que la referencia a la madre como salvación frente al padre asesino. Con eso revela su toma de posición por el padre en relación al hijo, y en general, su raíz patriarcal. Pero lo menciona. Para Freud, pareciera ni existir.
Cuando Freud analiza el caso de Moisés, busca, por tanto, el asesinato del padre. Pero no lo encuentra, porque realmente ese no es el problema judío. Por tanto, lo construye bastante artificialmente suponiendo un asesinato de Moisés de parte del pueblo, el cual ha sido encubierto pero que en la historia judía vuelve por el retorno de lo reprimido.
Sin embargo, la problemática edipal de la tradición judía es precisamente el asesinato del hijo por el padre, que produce el asesinato de éste por el hijo. Por tanto, al analizar a Moisés, Freud no analiza a Abraham. Para Freud, el sacrificio de Isaac no tiene nada que ver con el complejo edipal.
Pero al dejarlo de lado, no puede entender lo que es el problema tanto de la tradición judía como el de la tradición cristiano - occidental. Transforma el Edipo griego en figura universal y en el centro de éste el odio parricida. De esta manera evita toda discusión de la relación padre-hijo con la otra, autoridad- súbdito. La autoridad —la ley institucionalizada— es precisamente el padre, que mata legítimamente a sus hijos.
Al no hacerlo tiene que buscar un asesinato del padre, que no existe, y no logra ver el problema del asesinato del hijo, que sí existe. Cuando busca la razón de la culpabilidad, cuya sensación aparece tan profundamente en la tradición judía, tiene que buscarla en este asesinato del padre, que no existe, y la encuentra en la culpa por un asesinato, que no ocurrió. Por tanto, la construye por el retorno de lo reprimido.
Parece más bien que en el interior de la culpabilidad del pueblo judío, está precisamente el asesinato del hijo. No desde Moisés, sino desde Abraham. Cuando eligen a los de la tribu de Leví como sacerdotes, lo que en Israel significa clase política dominante, por estar dispuestos y matar a hijos y hermanos, se les crea un problema. Tienen un padre, Abraham, que no mató a su hijo y por eso recibió su promesa de vida. Los sacerdotes, en cambio, son padre-autoridad, que mata al hijo. Las dos posiciones no son digeribles a la vez, pero no pueden borrar ninguna de las dos. Necesitan una autoridad, pero no la pueden legitimar en términos absolutos. Siempre está el padre Abraham que molesta y mantiene la sospecha de que no se debe matar al hijo. Aunque lo inviertan, persiste la ambigüedad. En términos míticos el problema de conciencia es obvio. Han transformado a Abraham, que no mató a su hijo, en un asesino, y a su Dios-padre, cuya voluntad era que Abraham no mate a su hijo, en un Dios que pide matarlo. Han transformado al padre, que no mata su hijo, en una autoridad- padre que lo mata. Pero han dejado las huellas, y la conciencia las revive.
Surge así una autoridad que tiene problemas de conciencia al ejercer su dominación. Afirman como sacerdotes una autoridad que debe matar hijos y hermanos. Pero a la vez, al seguir siendo hijos de Abraham, no lo pueden hacer absolutamente. Surge una autoridad que tiene en su interior el cuestionamiento de su propia dominación. Eso es algo único. Ni en Grecia, ni en Roma, ocurre algo así. Ellos sí tienen una autoridad absoluta, sin dudas de sí misma y sin problemas de conciencia.
Solamente porque la autoridad judía tiene esta espina en su propia conciencia es posible la gran tradición profética. De allí nace un concepto de justicia, que también es único: justicia como derecho del pueblo y no, como en la tradición aristotélica, como preocupación del dominador por no matar la gallina que pone los huevos de oro. Israel conoce un movimiento popular constante ininterrumpido a través de casi un milenio, cuando todo el mundo piensa la autoridad en términos absolutos del padre que mata a sus hijos. Es la única sociedad que tiene historia, que incluye a los dominados.
Sabemos lo que han pensado los dominados frente a la dominación, solamente en Israel. De ninguna otra sociedad tenemos alguna información sistemática sobre los dominados. Ni de Grecia, ni de Roma, ni de la era cristiana. Todos destruyeron la historia de los dominados y hoy seguirían haciéndolo, si no se hubiera inventado la imprenta.
Por eso los judíos son malos dominadores. Pocos reyes les resultan.
Casi siempre están dominados. Cuando un hijo de David, Absalom, intenta el parricidio, aquel no lo mata. No comete el asesinato del hijo, y retorna Abraham. Eso tiene el mismo significado mítico que tiene el sacrificio de Isaac. Esto no es un dominador de la clase que tienen griegos y romanos.
Nunca logran solucionar el problema y desarrollan una culpabilidad que refleja esta incapacidad. Frente a ella, reaccionan con su extremo ascetismo ético que solamente puede profundizar más la culpabilidad. Se trata de una situación admirablemente infeliz.
Cuando a Samuel le piden un rey, contesta:
Miren lo que les va a exigir su rey: les tomará sus hijos y los destinará a sus carros de guerra o a sus caballos, o bien los hará correr delante de su propio carro... (1 Sm 8,11).
Samuel, quien dice eso, es miembro de la propia clase dominante. Eso revela una reflexión en el interior de la dominación, que ayuda poco para una sociedad que se quiere imponer a otras o a su propio pueblo. Una sociedad así necesita paz, no guerra. Y siempre aparece la reflexión sobre la autoridad como un padre que mata a su hijo, y siempre la situación abrahámica: eso no se debe. Cuando Samuel dice: “les tomará sus hijos y los destinará a sus carros de guerra...”, está refiriéndose al asesinato del hijo.
Cuando Cicerón está en una situación parecida frente a las tendencias de Roma de pasar a un régimen de Emperadores y Césares, no habla así. Habla en nombre de valores abstractos de la República. Habla como los defensores de la democracia de hoy.
Si la autoridad a los judíos no los mata, o solamente lo hace con límites, el odio parricida también tiene límites y no será absoluto. Por tanto, el asesinato del padre no es algo dominante de la tradición judía. No lo es porque se preocupa por lo que le precede, que es el asesinato del hijo.
La conciencia de culpa acompañada este proceso de formación de una autoridad con conciencia. Hay una dominación que invierte la afirmación de la vida en sentido de una administración de la muerte. Pero la afirmación de la vida es precisamente el fundamento de la misma inversión. Existe de nuevo un círculo. La afirmación inmediata de la vida, como se sigue de la historia auténtica de Abraham, tiene que mediatizarse por una ley institucionalizada. La ley del Sinaí hace eso. Pero la ley institucionalizada es administración de la muerte, como lo es toda ley. Pero afirma la muerte es lo contrario de lo que era la fe de Abraham, en cuyo nombre se partió. Sin embargo, para afirmar la vida eficazmente tienen que hacerlo. Es un dilema sin salida que tiene que crear sentido de culpabilidad, si se lo toma en serio.
La sociedad judía no encuentra solución para el dilema. Para afirmar la vida se amarra siempre más en la ley, de la cual se supone que es una ley dada para la vida. Dios la dio con este propósito. Surge una ley siempre más artificial, siempre más sofisticada. Se espera la liberación del cumplimiento de esta ley, pero cuanto más rigor tiene, menos se puede cumplir. En vez de apaciguar la culpabilidad, la aumenta. Pero la culpabilidad en aumento, empuja a hacer más estricto el cumplimiento de la ley. Pero todo este proceso remite a la dominación misma, que contiene una contradicción en sí que no puede resolver. Al no poder resolverla, empuja hacia el cumplimiento artificial de la ley. Pero este cumplimiento hace siempre más infeliz al hombre.
La crítica paulina de la ley enfoca este proceso, del cual deriva su resultado: la ley mata. El cumplimiento de la ley no redime de la culpa, sino que la profundiza más. Y cuanto más se sigue esta carrera del cumplimiento de la ley, más se transforma a Dios en un padre-autoridad que manda matar.
Más aumenta la culpa de haberse alejado del Dios de Abraham, que manda no matar a Isaac. Además, la culpabilidad que produce la carrera del cumplimiento de la ley, es la otra cara de la culpabilidad que produce el hecho de haber invertido al Dios de Abraham y al padre Abraham, al imputarle una fe que consiste en la disposición de matar al hijo.
Esto mismo se traduce en una visión de su historia, que transforma cada desgracia que este pueblo vive en castigo por esta culpa. Dios los castiga a cada paso. Pero estas desgracias de nuevo tienen que ver con el hecho de que la dominación, que la propia sociedad judía ejerce, es una dominación quebrada en su interior por la espina de la mala conciencia, lo que le quita eficacia en relación a todos los otros. Ellos funcionan mejor en la paz que en la guerra. Pero viven en guerra.
Lo que al pueblo judío le da su rasgo especial y le permite su identidad durante toda una historia, es a la vez lo que le produce esta culpabilidad de la cual no encuentra cómo redimirse.
Freud describe este proceso en los siguientes términos:
No merecía nada mejor que ser castigados por El, porque no observaban sus mandamientos; la necesidad de satisfacer este sentimiento de culpabilidad —un sentimiento insaciable, alimentado por fuerzas mucho más profundas— obligaba a hacer esos mandamientos cada vez más estrictos, más rigurosos y también más mezquinos. En un nuevo rapto de ascetismo moral, los judíos se impusieron renuncias instintuales constantemente renovadas, alcanzando así, por lo menos en sus doctrinas y en sus preceptos, alturas éticas que habían quedado vedadas a todos los demás pueblos de la antigüedad… Pero dicha ética no logra ocultar su origen de un sentimiento de culpabilidad por la hostilidad contenida contra Dios (Op. cit., p. 3322)
Freud basa su análisis en eso: un sentimiento de culpabilidad por la hostilidad contenida contra Dios. Creo que no corresponde. Para sostener eso tiene que buscar asesinato inicial del padre, que no puede demostrar nunca. No existe este problema. Lo que existe es la hostilidad del hombre con el hombre, del padre con el hijo. Para la tradición judía es imposible contrarrestar el hombre y Dios. Dios es ofendido cuando se ofende al hombre. Toda la ley se basa en eso. Es para la vida porque asegura la vida terrenal. Y Dios da vida en cuanto da vida terrenal. Toda la ley, y puede ser tan caprichosa como se quiera, tiene su sentido en asegurar la vida terrenal.
Violarla no es nunca una ofensa a secas a Dios, sino a los hombres y su vida, y por eso a Dios. Pero vida implica la justicia, que se funda sobre el derecho del otro. Este aspecto pertenece más la tradición profética. Pero ella puede hacer tradición porque es parte del todo, también de lo sacerdotal, aunque ésta se fije sobre todo en la ley y su cumplimiento.
En la interpretación que Freud da del cristianismo, este problema es más evidente aún:
...fue en la mente de un judío, de Saulo de Tarso —llamado Pablo como ciudadano romano—, en la que por vez primera surgió el reconocimiento: “Nosotros somos tan desgraciados porque hemos matado a Dios Padre”. Es plenamente comprensible que no atinara a captar esta parte de la verdad, sino bajo el disfraz delirante del alborozado mensaje: “Estamos redimidos de toda culpa desde que uno de los nuestros rindió su vida para expiar nuestros pecados”. En esta formulación, naturalmente, no se mencionaba el asesinato de Dios; pero un crimen que debía ser expiado por una muerte sacrificial, sólo podría haber sido un asesinato.
Además la conexión entre el delirio y la verdad histórica quedaba establecida por la aseveración de que la víctima propiciatoria no había sido el propio hijo de Dios (Op. cit., p. 3323).
Si Freud dice: “un crimen que debía ser expiado por una muerte sacrificial, sólo podía haber sido un asesinato”, no se sigue que debe haber sido un asesinato del padre. En Pablo, como en toda las tradición judía, no hay ninguna razón para tal conclusión. Pablo dice expresamente que hay un asesinato. Pero no es de Dios, sino de nosotros mismo como hijos. La ley mata a su hijos al ser cumplida. Cumplimiento la ley, el hombre se mata. Eso es un asesinato. Se lo comete a través de la ley. Pero la ley es el padre.
Nosotros, en cuanto autoridad-padre de la ley, nos matamos a nosotros mismos, en cuanto hijos frente a la ley. El problema de Pablo es entonces: si Dios da la ley, ¿es Dios el que nos mata? Y dirá: no es Dios, es el pecado que se aprovecha de la ley, de una ley dada para la vida. No es la voluntad de Dios que nos matemos por la ley. Se trata de un asesinato que ofende a Dios, aunque Dios haya dado la ley. Pero no es un asesinato de Dios, ni del padre, sino del hijo.
Eso sería lo paulino. Claro, hay que interpretar ahora, lo que es el pecado según Pablo. Es la fuerza que hace que la ley mate. En este pecado está actuando el propio pecado original. Tiendo a interpretar éste precisamente por la inversión de la fe abrahámica. Pero no por un acto voluntario, sino como necesidad. Hace falta efectuar esta inversión. Y eso es el pecado original, insertado en la propia naturaleza humana. Es una ruptura interna de esta naturaleza. Si hubiera una asesinato de Dios sería de este Dios abrahámico, en cuanto es sustituido por un Dios identificado con la muerte que da la ley. Se sustituye el Dios, cuya voluntad es que el padre no mate al hijo, por un Dios cuya voluntad es matarlo. Pero no es un asesinato de Dios, sino del hijo.
Freud no puede hacer análisis. El conoce solamente al protopadre, que es el padre que mata al hijo y al cual asesina. Pero en la tradición judaica, a la cual pertenece la cristiana, la imagen del padre es doble y contiene los dos padres contradictorios. El segundo aparece para destruir al primero. Pero no lo puede destruir porque lo intenta en nombre del primero.
Destruyéndolo lo confirma. Como resultado, muere el segundo, lo que parece un asesinato de Dios. Pero no lo es. No cabe ningún asesinato de Dios. Muerto, regresa. Pero lo hace como el Dios abrahámico, cuya voluntad es que no se mate al hijo. Eso ocurre precisamente hoy nuevamente con la teología de la liberación.
Al cristianismo como religión del hijo, Freud se refiere después:
Es notable la manera en que la nueva religión enfrentó la vieja ambivalencia contenida en la relación paterno- filial. Si bien es cierto que su contenido esencial era la reconciliación con Dios Padre, la expiación del crimen que en él se había cometido, no es menos cierto que la otra faz de la relación efectiva se manifestó en que el Hijo, el que había asumido la expiación, convirtióse a su vez en Dios junto al Padre, y, en realidad, en lugar del padre. Surgió como una religión del Padre, el cristianismo se convirtió en una religión del Hijo. No pudo eludir, pues, el aciago destino de tener que eliminar al Padre. (Op. cit., p. 3323).
Vuelve el problema. El cristianismo no se convirtió en religión del hijo sino que nació como tal. Pero ya el judaísmo es religión del hijo, si Abraham es su padre. Pero volvamos al sacrificio de Isaac. Cuando Abraham bajó con su hijo Isaac del cerro, después de haber rechazado matarlo, ¿es todavía su padre? Ha renunciado a la autoridad. De hecho, ya no es padre. Lo es solamente en su sentido procreativo, biológico. En cualquier otro sentido son ahora hermanos. El padre desapareció, pero no hay ningún asesinato del padre. Surge una figura especial: el padre- hermano.
Si los dos son hermanos, ambos son hijos. Hijos de Dios. Podrían descubrir ahora que Dios tampoco es autoridad. El quiere que no haya autoridad, tampoco autoridad de Dios. Si Dios renuncia a su autoridad, ¿sigue siendo padre? En sentido del creador, sí. Pero también él se transforma en padre-hermano.
Efectivamente, el cristianismo hace eso, pero ya en sus orígenes. Si Jesús es hijo de Dios, el hombre es hermano del hijo de Dios, por tanto de Dios. El Dios-padre, por tanto, es Dios-hermano también. El Apocalipsis termina diciendo que Dios al final es “todo en todos”, lo que puede significar solamente Dios-hermano. El mismo Jesús llama a Dios Abba.
Abba es un nombre cariñoso de padre, algo así como papá. Es un padre que no es autoridad, sino solamente cariño es el padre que es Abraham, cuando baja del cerro con su hijo Isaac. Es el padre que quiere a su hijo, y por quererlo no le pega. En cierto sentido, el cristianismo elimina al padre, por lo menos aquel padre al cual Freud se refiere. Pero no la asesina. La eliminación del padre-autoridad no implica ningún asesinato. Es el descubrimiento del padre que hace desaparecer su autoridad. Si Dios se hizo hombre, el hombre se hizo Dios. No cabe relación de autoridad entre ellos.
Son iguales con diferencias secundarias.
De nuevo hay un asesinato. Tampoco es un asesinato del padre. Es asesinato del hermano, que es hombre-Dios. ¿Quién lo asesino? Pablo contesta que es el pecado que aprovecha la ley. Por la ley es asesinato. Pero, ¿qué es la ley? El padre-autoridad, o todos los hombres en cuanto padres-autoridad. Es el propio pecado original quien lo mata. Con eso es superado el padre-autoridad porque se revela lo que es: padre de mentira. Por eso Pablo puede decir que la muerte de Jesús libera de la ley. Libera del padre-autoridad, que queda en nada y aparece el padre cariñoso, el Abba- Padre, el padre-papá, papito. Este es el padre de Jesús.
Evidentemente, este cristianismo no puede legitimar la autoridad. Es la ilegitimación total de cualquier autoridad. Es subversión pura, anarquismo.
Descubre una libertad más allá de la ley, y que en adelante subvierte a todas las autoridades. Se trata de una esperanza más allá de la ley y más allá de la muerte. Es lo que espera como nueva tierra. Esta es esta tierra, pero sin la muerte.
Con el cristianismo ocurre algo análogo a lo que ocurrió en la historia judía con el padre Abraham. De hecho es el mismo mensaje, solamente que radicalizado en su sentido universalista y de un más allá de la muerte. Es el mensaje de la libertad que rompe con la autoridad.
Pero cuando la sociedad de cristianiza, este mensaje se invierte para ser institucionalizado. Hay que mediatizarlo por la ley que este mismo mensaje había subvertido. Pero con la ley vuelve el padre-autoridad que mata a su hijo. Eso ocurre desde Constantino en adelante y llega a tener su formulación completa con Anselmo de Canterbury en el siglo XI. Pero se trata de una huella que ya desde el comienzo está en el propio mensaje cristiano.
Todas las preguntas se contestan ahora de otra manera. ¿Quién mató a Jesús? Dios padre mismo, quien querría satisfacción por los pecados cometidos por los hombres y solamente la muerte de su hijo se la podía dar.
Del Abraham, cuya fe está en su disposición a matar a su propio hijo en la buena voluntad de cometer este crimen, pasamos ahora a Dios que mata a su propio hijo y cuyo amor está en haberlo matado. Este Dios no es un hombre imperfecto como Abraham, al cual le bastaba la buena intención, sino que es un ser perfecto que lleva efectivamente a cabo el asesinato, y lo hace por amor y exigido por su infinita justicia. Es muy superior a Abraham.
La autoridad aparece como nunca en la historia humana. Pero, ¿quién efectivamente cometió el asesinato? Los hombres, al ser soberbios y querer imponer su propia voluntad, al querer vivir en esta tierra por ansia del poder, por maldad, por misterio de iniquidad. Lo que lleva a los hombres a asesinar a Jesús, es todo lo que los hace pecar contra la autoridad, según el punto de vista de la autoridad. Levantarse en contra de la autoridad es su pecado y su razón de matar a Jesús. Matar a Jesús ha sido una rebelión en contra de la ley.
En toda la tradición judía hasta Pablo inclusive, la obediencia a Dios no está en la ley sino en la aceptación de ser libre. Abraham fue obediente al no matar. No en sentido de la ley. La ley lo mandó a matar. Era obediente en sentido de la libertad. No mató y destruyó la ley. Era obediente. Se hizo libre, y eso esperaba Dios de él. Jesús también era obediente a su padre al hacerse libre. Esta obediencia cambia ahora en su sentido. Jesús se hizo obediente al aceptar que su padre lo mataba. Aceptó la ley que mandaba matarlo.
Los hombres lo mataron, precisamente, por no ser obedientes a la ley que era la voluntad del padre de que acepten a su hijo. No se sometieron a la ley a la cual Jesús se sometió obedientemente hasta su muerte, y muerte en cruz. Jesús es un Edipo que no asesina a su padre, sino que acepta ser matado por él sin escaparse. Los hombres que se rebelan contra la ley, lo matan porque no aguantan la aceptación de ésta. Es la maldad humana que lo mata, y maldad es transgresión de la ley, no cumplimiento de ella. Todos los hombres lo matan porque nadie está exento de esta culpa de transgredir la ley. Hasta nuestros niños, si roban un confite, pegan clavos en el cuerpo de Jesús crucificado.
Para redimir la culpa, hay que confesarla. Pero no solamente confesarla.
Hay que hacerse tan obediente a la ley como lo fue Jesús: obediente hasta la muerte. Pero a la ley de Jesús, no a cualquier ley. Y la ley de Jesús es la ley según la cual se paga lo que se debe, así como Jesús pagó a Dios-padre la deuda que la humanidad le debía. Es la ley burguesa, la ley del valor.
El pecado está ahora en la transgresión de la ley, no, como en Pablo, en su cumplimiento. Por tanto, los transgresores de la ley mataron a Jesús. No lo hizo la autoridad que impone la ley. Los que mataron a Jesús se levantaron en contra de la autoridad, de la ley, de la obediencia. Son los soberbios que se quieren poner encima de la ley. En última instancia, sin decirlo, se acusa a la fe de Abraham de haber matado a Jesús; a aquellos que prohiben al padre matar al hijo. El asesinato de Jesús se imputa a la fe de Abraham, que es la misma fe de Jesús. Esta es la inversión.
Por lo tanto, ¿quién mató a Jesús? Los judíos. Pero detrás hay un drama mucho mayor. Los judíos allí son los representantes de la fe de Abraham, el cristianismo se rebela contra sus fuentes, en contra de sí mismo. Los judíos ya habían invertido la fe de Abraham; pero no la eliminaron. La transformaron en ambigüedad, y con eso la hicieron entrar en el corazón de la dominación, sin destruirla. Este cristianismo la transforma en enemigo mortal, en asesino de Jesús, en lo demoníaco. Y lo hace sumamente transparente al dar al demonio el nombre de Lucifer, nombre antiguo de Jesús. Lucifer es la fe de Abraham transformada en demonio, quien mató a Jesús. La fe es expulsada del cristianismo, y éste resulta entonces capaz de legitimar sin límites a la autoridad, algo que la tradición judía no podía.
Jesús, visto ahora como el hombre que se somete con obediencia infinita a la ley, es identificado con el padre-autoridad que dicta la ley. Pero es más todavía. La relación de los dos en la Trinidad Divina, es la ley. La ley es, existe, no es norma voluntaria o artificial o ritual. Está ya en la existencia de esta Trinidad. El Espíritu de esta ley. Es la ley del cumplimiento de contratos, del pago de la deuda, en su cumplimiento sin falla alguna, perfecto. Ciertamente ahora es muy difícil distinguir entre padre e hijo, y el asesinato del hijo por el padre es un asesinato del padre mismo. Ambos se abrazan en la muerte, y el Espíritu es el fuego que los consume. Lo que, por un lado, es el asesinato del hijo de parte del Dios padre-autoridad, por otro lado, es asesinato del padre de parte de los hombres que matan a Jesús. Un solo acto los une.
El cristianismo no es el desarrollo de una religión del padre hacia una religión del hijo. Es el desarrollo de una religión del hijo a una religión del padre, que sin embargo, nunca puede negar su procedencia de una religión del hijo. El asesinato del padre es a la vez asesinato del hijo. Es asesinato del hijo que implica el asesinato del padre, porque el padre es visto en identidad absoluta con el hijo, que es obediente hasta la muerte a la ley del padre.
Pero el asesinato del padre lo cometieron los que mataron a Jesús. Son todos los que transgreden la ley, y todos la transgreden. Pero el asesinato del hijo de parte del padre es un sacrificio que redime la culpa de aquellos que confiesan haber matado a Jesús, que representa padre e hijo a la vez. Los que no hacen esta confesión son los verdaderos asesinos. Por supuesto, los primeros serán los judíos, por no haber aceptado la voluntad de Dios-padre, de que Jesús sea reconocido como Cristo, después los herejes, las brujas, los árabes, todos los pueblos no cristianizados o mal cristianizados.
Esta inversión del cristianismo va acompañada por un sentido de culpabilidad que arrasa desde la Edad Media hasta hoy la a humanidad.
Parece una crisis de culpabilidad mayor de lo que fue la crisis del primer siglo, de la cual habla Freud.
Me parece que tampoco esta vez su origen está en la culpa por algún asesinato del padre. El asesinato del padre, cometido en la persona del hijo, se reprocha a los otros y se les lanza encima para deshacerse de la culpabilidad propia de asesinar a su hijo. Por supuesto, este elemento del asesinato del padre a aparece hora. Pero, creo que detrás de él existe la otra culpabilidad que es mucho peor. Es la culpabilidad por haber transformado la fe de Abraham, que es la fe de Jesús, en el dominio. Pero esta es la culpabilidad por haber matado al hijo, al matar a Jesús, y de haber declarado legítimo el asesinato del hijo. Es la culpabilidad por haber declarado infinitamente legítima a la ley.
Todo es preparado para echar esta culpabilidad sobre los otros, y redimir de esta manera la propia. Si los judíos hubieran sido obedientes a la voluntad de Dios, todos estaríamos ya en el paraíso. Por haber sido desobediente ellos, estamos en esta valle de lágrimas. Los judíos tienen la culpa de todo, y con ellos los otros que no se han hecho cristianos. Pero el origen es judío. Origen de cualquier hambre, cualquier enfermedad, cualquier guerra, cualquier catástrofe natural. Si hubieran sido obedientes ellos, nada de eso habría ocurrido porque ya estaríamos en el paraíso en el cual estas cosas no ocurren. Incluso cualquier pecado que los cristianos cometen, la culpa la tienen los judíos. Si ellos hubieran sido obedientes, ya no seríamos pecadores.
Pero siendo las cosas como son hay que someter el mundo a la obediencia del padre, que es la obediencia a la ley que es cada vez más la ley burguesa. Si todo está sometido, viene la salvación que los judíos perdieron o nos hicieron perder.
Aparece una agresividad hacia afuera y hacia adentro nunca antes vista, que transforma el universalismo ético del cristianismo en imperialismo universal. También la culpabilidad judía había llevado a una agresividad.
Pero la culpabilidad judía era de los judíos, y no la podían imputar a otros.
Por tanto, se dirigía en contra de sí mismos por los artificios de su ascetismo moral. Aparecía la ley que mata. Pero no mata simplemente a los otros, sino que es dirigida en contra de aquél que está sometido a la ley, no en contra de los otros. La culpabilidad cristiana, en cambio, se transforma en agresividad en contra de los otros, de todo el mundo. Aunque se secularice con el advenimiento de la sociedad burguesa, sigue funcionando de la misma manera. Sigue siendo la raíz de la propia sociedad secularizada en cuyo interior sigue operando, aunque ni recuerde estas raíces cristianas. Pero sigue siendo siempre la culpabilidad por haber matado al hijo y eliminado al buen padre, que no quiere que se mate al hijo, en favor de un padre que lo mata.
Freud comente así:
Sólo una parte del pueblo judío aceptó la nueva doctrina. Quiénes la rechazaron siguen llamándose, todavía hoy, judíos, y por esa decisión se han separado del resto de la humanidad aún más agudamente que antes.
Tuvieron que sufrir de la nueva comunidad religiosa —que además de los judíos incorporó a los egipcios, griegos, sirios, romanos, y, finamente, también a los germanos— el reproche de haber asesinado a Dios. En su versión completa, este reproche se expresaría así: “No quieren admitir que han matado a Dios, mientras que nosotros lo admitimos, y hemos sido redimidos de esta culpa” (Op. cit., p. 3324).
Freud no descubre esta vorágine que resulta del reproche. Esta persecución generalizada que es culpabilidad transformada en agresividad y que se realimenta por los éxitos de la persecución, que nuevamente se transforman en fundamento de la culpabilidad. Lo que resulta es una gran máquina de matar. Se persigue a los que se cree que han matado a Dios. Pero se hace eso para redimir la culpa. Sin la persecución la culpa no es redimida.
Persiguiendo se la redime, pero no se logra la redención. Hay que perseguir cada vez más y siempre se incluye a nuevos que hay que perseguir. No se puede descansar. La redención es una ilusión y la actividad de la persecución aumenta la culpabilidad, a pesar de que está destinada a redimirla. Se entra en un proceso sin fin que tiene que ser siempre renovado. Es un Sísifo que no deja tranquilo a nadie, y tampoco a sí mismo. Lo que aparece como redención es el camino a la perdición. Persigue una culpa que no es culpa, y se escapa de lo que es su culpa. Se pierde toda humanidad, pero siempre en nombre de la humanidad. Hoy llega ya a amenazar la existencia de la humanidad y de la naturaleza, pero tiene que seguir insaciablemente. Tiene una culpa que consiste en haber traicionado la libertad, y en búsqueda de esa libertad destruye cualquier posibilidad de reencontrarla. Tiene la culpa de haber matado al hijo, y para redimirse, sigue matándolo.
Ese es el Edipo occidental, que se ha transformado en amenaza del mundo. Freud no ve esta vorágine porque está inserto en ella. Y eso lo lleva a la catástrofe de todo su pensamiento, una catástrofe trágica:
Adviértase entonces cuánta verdad se oculta tras este reproche. Por qué a los judíos les fue imposible participar en el progreso implícito en dicha confesión del asesinato de Dios, a pesar de todas las distorsiones, es un problema que bien podría constituir el tema de un estudio especial. Con ello, en cierto modo, los judíos han tomado sobre sus hombros una culpa trágica que se les ha hecho expiar con la mayor severidad (Op. cit. p. 3324).
El asesinato tiene la culpa, el asesino no. Freud, escribiendo esto después de haber encontrado refugio en Londres frente a la amenaza de muerte de parte de los nazis que en 1938 ocuparon Viena, les da la razón a ellos. El pueblo judío tiene que expiar una culpa, ese es su resultado. Es un resultado catastrófico, tanto para el pueblo judío como para Freud mismo.
Pero también para toda una civilización que se basa en esta persecución insaciable de la culpa propia en los otros. Esta es la civilización occidental, cuya cúspide se llama Auschwitz. Pero incluso la culpabilidad por Auschwitz, esta civilización la proyecta de nuevo en otros para perseguirlos. Reprime su propia culpabilidad para perseguirla en otros y redimirse, persiguiendo a sus enemigos. Ya la sociedad occidental que no tiene nada que ver con Auschwitz. Este es producto del totalitarismo, y el mundo occidental es democrático. Hay que perseguir, por tanto, al mundo no democrático, porque en esta mística occidental este mundo es responsable, igual como a los judíos míticamente se les ha declarado responsables de la muerte de Jesús. Hasta a los sandinistas hay que perseguirlos porque están detrás de Auschwitz. Son crucificadores y totalitarios. Hay que exterminarlos para que no haya más Auschwitz . Pero la culpa permanece, y no se redime con esta persecución. Sin embargo, hay que seguir persiguiendo. Cualquiera que se oponga a esta sociedad occidental, será responsable. Hay que eliminarlo, extirpar un cáncer para que no haya Auschwitz, para que no haya totalitarismo . Y con cualquier paso que dé retorno la culpa. Y cuanto más lo hace, más la recrea y más tiene que perseguir a otros. Y con cualquier paso que dé retorno la culpa. Y cuanto más lo hace, más la recrea y más tiene que perseguir a otros. Y por eso precisamente existe el peligro de un nuevo Auschwitz: para que nunca más haya un Auschwitz. Pero incluso después seguirá el Edipo occidental. Esto destruye a la civilización occidental desde adentro, sin ninguna capacidad de tomar conciencia. Así, la legitimación cristiana de la dominación lleva a la perdición.
FRANZ HINKELMAMERT
Este artículo corresponde al Capítulo 1 del libro La fe de Abraham y el edipo occidental de Franz J. Hinkelammert, publicado recientemente por el DEI, San José, Costa Rica, 1989.
Este tipo de inversión es una técnica del poder, a través de la cual éste recupera movimientos de liberación para sus propios fines y para quitarles su empuje. En este momento ocurre esto en América Latina con la teología de la liberación. El Vaticano la quiere recuperar y de esta manera destruir. Funda por tanto una teología verdadera de la liberación, que tiene muy poco que ver con la teología de la liberación verdadera se contrapone a la liberación. Cuando en Perú se eligió presidente de la Conferencia Episcopal al obispo monseñor Ricardo Durand, se dijo de parte del CELAM: “Mons. Ricardo Durand es conocido también en el Perú por ser uno de los principales promotores de una Teología de la Liberación en la línea del Magisterio Pontificio y el más enérgico crítico de las vertientes marxistas de dicha corriente.” (SELAT, Servicios Latinoamericanos, Nr. 13, Julio, 1988).
Parece que Ratzinger en persona pretende ser el verdadero teólogo de liberación. Sin embargo, para que esta maniobra sea eficaz, hace falta introducir ambigüedades en esta propia teología verdadera de la liberación para confundir a los otros. Estos siempre probarán que ella es una inversión de la otra.
La liberación ‘verdadera’ de Ratzinger, se basa en la fe que está en la disposición del padre de matar a su hijo. La ordinaria, de la cual dicen que es marxista, se basa en la fe que el padre no mata al hijo. No se sabe por qué eso es marxista. ¿Marx acaso no aceptó una fe basada en la disposición del padre de matar a su hijo? ¿Será malo eso? ¿En qué consiste esta maldad?
Esto vuelve en toda la historia. Pinochet llamaba a los “subversivos”, asesinos de su padre.
El padre, por supuesto, era él mismo. Cuando Pinochet hizo su golpe militar decía: O ellos nos mataban a nosotros, o nosotros los matábamos a ellos. Matándolos, anticipaba un asesinato del padre. En el asesinato del hijo se suele declarar la prevención del asesinato del padre. En la antigüedad, eso es encubierto por una profecía. Sin embargo, nadie querría matar a Pinochet. Hoy, como resultado del asesinato del hijo, eso es diferente.
El texto de la Biblia que estoy usando (Ediciones Paulinas, 1972, p. 413) da el siguiente comentario: “Parece que Santiago y Pablo sacan enseñanzas opuestas de los mismos ejemplos. Pablo dice: Abraham fue justo por la fe y no por practicar la ley. Mientras que Santiago dice que fueron salvados al poner la fe en práctica. En realidad, al hablar de prácticas, Pablo piensa en los ritos y observancias religiosas de los judíos, que no sirven para salvarse, y afirma que la fe es el principio de toda la vida cristiana. Por el contrario, Santiago, al hablar de prácticas, piensa en las obras que inspira el amor. Y Pablo decía lo mismo cuando escribía en Gál: ‘La fe se hace eficaz por el amor’ (Gál 5,6)”.
Pero Pablo, cuando habla de la eficacia del amor, no incluye en las obras del amor la de matar a su hijo. Al contrario, incluye en no matarlo. Santiago, en cambio, puede considerar una obra del amor matar a su hijo. ¿Y eso no hace diferencia acaso? Santiago piensa en términos del amor por cumplimiento de la ley, mientras que Pablo en términos de la superación de la ley.
Por eso llegan a resultados opuestos.
Ciertamente es falso que Pablo, cuando habla de las obras de la ley, piensa solamente en los ritos y observancias religiosas de los judíos, que no sirven para salvarse. Pablo piensa en toda la ley, que pide cumplimiento legal. Además, la ley judía no es simplemente rito religioso.
Es la institucionalidad de toda una sociedad concentrada en el templo. Pablo desarrolla su teología de la ley sobre todo en su Carta a los Romanos. Esta se dirige a personas que viven en Roma, entre las cuales debe haber pocos judíos y posiblemente ninguno. Ellos estaban frente a otra ley institucionalizada, que es la ley romana. Sin duda, la crítica paulina de la ley incluye la propia ley romana, que, además, es el fundamento de toda la legalidad moderna burguesa. Hay un miedo evidente de enfrentarse a la crítica paulina de la ley, porque ella implica a nuestra propia legalidad de hoy: es ley que mata.
Que Layo no puede haber sido el padre de Edipo, se deriva del análisis de las dos familias de las cuales generalmente se derivan los héroes arcaicos. Normalmente, la primera familia ----en el caso de Edipo, la de Layo----es una familia inventada por el mito. La familia de la cual realmente ha nacido es la segunda. En el caso de Edipo, sería la del rey Polybos de Corinto.
Por tanto, Layo no puede haber sido su padre, pero el mito se lo imputa. Hay que saber, por tanto, quién cuenta el mito. En el caso del mito de Edipo, es probablemente Kreon, el hermano de Yocasta, esposa de Edipo. Parece que él es el usurpador que expulsa al legítimo rey Edipo e inventa la historia para justificarse. Habiendo tenido éxito, él escribe la historia y, por tanto, decide lo que es la verdad.
Freud usa este criterio en su análisis de la historia de Moisés en: Moisés y la religión monoteísta. Se basa en: Otto Rank, Der Mythos von der Geburt des Helden. (El mito del nacimiento del héroe) Lo lleva a sostener que Moisés debe haber sido un egipcio. En el caso de Moisés, la primera familia es judía, y la segunda es egipcia. Por tanto, concluye Freud, Moisés debe ser egipcio. Sin embargo, olvida aplicar el mismo método a la interpretación del mito de Edipo. Entonces resulta que Edipo ha sido el hijo del rey de Corinto, y no de Layo, rey de Tebas. Por tanto, no mató a su padre al matar a Layo.
Sigmund Freud, Obras Completas, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, Tomo III, pp. 3241-3324. El título exacto sería: El hombre Moisés y la religión monoteísta. En alemán: Der Mann Moses und die monotheistische Religion.
Ver: Franz J. Hinkelammert: “Del mercado total al imperio totalitario”, en: Democracia y Totalitarismo, DEI, San José, 1987, p.2000-206, especialmente.
Ver: Franz J. Hinkelammert: “La política del mercado total, su teologización y nuestra respuesta”, en: Ibid., p. 172-180, especialmente.
Este artículo corresponde al Capítulo 1 del libro La fe de Abraham y el edipo occidental de Franz J. Hinkelammert, publicado recientemente por el DEI, San José, Costa Rica, 1989.
Este tipo de inversión es una técnica del poder, a través de la cual éste recupera movimientos de liberación para sus propios fines y para quitarles su empuje. En este momento ocurre esto en América Latina con la teología de la liberación. El Vaticano la quiere recuperar y de esta manera destruir. Funda por tanto una teología verdadera de la liberación, que tiene muy poco que ver con la teología de la liberación verdadera se contrapone a la liberación. Cuando en Perú se eligió presidente de la Conferencia Episcopal al obispo monseñor Ricardo Durand, se dijo de parte del CELAM: “Mons. Ricardo Durand es conocido también en el Perú por ser uno de los principales promotores de una Teología de la Liberación en la línea del Magisterio Pontificio y el más enérgico crítico de las vertientes marxistas de dicha corriente.” (SELAT, Servicios Latinoamericanos, Nr. 13, Julio, 1988).
Parece que Ratzinger en persona pretende ser el verdadero teólogo de liberación. Sin embargo, para que esta maniobra sea eficaz, hace falta introducir ambigüedades en esta propia teología verdadera de la liberación para confundir a los otros. Estos siempre probarán que ella es una inversión de la otra.
La liberación ‘verdadera’ de Ratzinger, se basa en la fe que está en la disposición del padre de matar a su hijo. La ordinaria, de la cual dicen que es marxista, se basa en la fe que el padre no mata al hijo. No se sabe por qué eso es marxista. ¿Marx acaso no aceptó una fe basada en la disposición del padre de matar a su hijo? ¿Será malo eso? ¿En qué consiste esta maldad?
Esto vuelve en toda la historia. Pinochet llamaba a los “subversivos”, asesinos de su padre.
El padre, por supuesto, era él mismo. Cuando Pinochet hizo su golpe militar decía: O ellos nos mataban a nosotros, o nosotros los matábamos a ellos. Matándolos, anticipaba un asesinato del padre. En el asesinato del hijo se suele declarar la prevención del asesinato del padre. En la antigüedad, eso es encubierto por una profecía. Sin embargo, nadie querría matar a Pinochet. Hoy, como resultado del asesinato del hijo, eso es diferente.
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