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Los pobres como sujeto de la historiaJosé ComblinCuando acepté la propuesta de redactar este estudio sobre los pobres como sujeto de la historia, todavía no había sido publicado el artículo de George M. Soares-Prabhu, “Clase en la Biblia: ¿los pobres una clase social?” ( Revista Latinoamericana de Teología , El Salvador , n. 12, 1987, págs. 217-239). En cierto modo, este artículo torna el mío superflujo. No obstante, para no faltar a un compromiso, tomaré como punto de partida las conclusiones del artículo de Soares-Prabhu, que me parecen excelentes, tratando tan sólo de agregar algunos complementos que me parecen oportunos. Georger Soares-Prabhu muestra precisamente que los pobres de la Biblia son un sujeto histórico. Hace una comparación entre los pobres de la Biblia y la clase social en el sistema marxista. Concluye evidenciando ciertas deferencias importantes entre el sujeto histórico bíblico y el sujeto histórico marxista, aunque resalta la fecundidad de la aproximación entre las dos concepciones. Ninguna religión enfatiza el papel de los pobres como el cristianismo. Entre las sociologías modernas, ninguna destaca tanto el papel de los pobres como el marxismo. Por lo tanto, la comparación es inevitable y solamente puede ser provechosa, tanto para los cristianos como para los marxistas. El pensamiento antiguo exaltó el papel de los imperios, esto es, de las monarquías creadoras de Estado que supieron concebir y aplicar grandiosos proyectos políticos. Durante milenios, los reyes fueron propuestos como los sujetos por excelencia de la historia. La modernidad exalta el papel de la burguesía, esto es, de la clase que sabe crear y aplicar la racionalidad económica, transformando la riqueza en capital, y hacer de la economía el motor de la historia. Ni en la antigüedad, ni en la modernidad, los pobres desempeñan un papel relevante: ellos son objeto o instrumento de la historia, suministrándole los soldados o la mano de obra, pero no intervienen en la creación de ella. Tanto en la antigüedad como en la modernidad, el mensaje de la Biblia sobre la historia es eminentemente paradójico. Desconcierta y escandaliza. Se explica por qué tantos cristianos, antiguos o modernos, la abandonaran y procuraran interpretar los textos bíblicos de una manera que coincidiese mejor con las concepciones de las clases dominantes. Hubo en el pasado, teorías y prácticas eclesiales que quisieron hacer del rey y del Estado el motor principal de la historia de Dios en el mundo. Hoy en día, existen teorías y movimientos que quieren atribuir ese papel a la burguesía. La teología latinoamericana atribuye a los pobres el papel principal en la historia vista desde el punto de vista de Dios. Tal posición entra lógicamente en conflicto, tanto con los representantes de las teologías antiguas como con los defensores de una “teología burguesa”. En un primera parte resumiré el estudio de Soares-Prabhu sobre los pobres como sujeto de la historia, estableciendo que la Biblia los coloca verdaderamente como sujeto. En una segunda parte, procuraré extender las conclusiones del autor tratando de determinar más exactamente el modo de actuar de los pobres como sujeto de la historia. En una tercera parte, agregaré algunas consideraciones sobre la comparación entre el pueblo de lo pobres y la clase social marxista. I. Los pobres son sujetos de la historia según la Biblia George M. Soares-Prabhu hace una demostración en tres etapas, estableciendo sucesivamente tres proposiciones: los pobres son un grupo sociológico; los pobres son un grupo dialéctico, es decir, definido por el contraste con sus dominadores y explotadores; y los pobres son un grupo dinámico. A. Los pobres son un grupo sociológico El autor se apoya en los estudios clásicos en América Latina de Milton Schwantes, Das Recht der Armen (Lang, Frankfurt, 1977); Jacques Dupont, Les Béatitudes (Gabalda, Prís, 1969-1973, 3 t.); A. George, diversos artículos, entre ellos el artículo “Pauvre” (en el Suppl. au Dict. de la Bible, t. VII col. 387-406). Ya Dupont había mostrado cómo los exégetas europeos de todas las denominaciones, que se contradicen casi en todo, llegan milagrosamente a un acuerdo sobre los pobres: todos los espiritualizan y hacen de ellos una categoría que se distingue por sentimientos religiosos y humildad y dependencia para con Dios. Se muestra así que la situación social influye poderosamente en la interpretación de la Biblia. Los exégetas reflejan los intereses inconscientes de las clases sociales en medio de las cuales están inmersos. Los exégetas latinoamericanos no esconden su pertenencia social, ni pretenden una pura objetividad. Proclaman que quieren pertenecer al mundo de los pobres y afirman que esa pertenencia es la única situación que permite entender la Biblia en el sentido de los autores que la escribieron y del Espíritu que la inspiró. Es verdad que algunos textos sapienciales expresan la corta sabiduría de los mediocres de siempre: que los pobres se tornan tales por su pereza. Pero la mayoría de los textos expresa otra visión, aquella que valoriza a los pobres a los ojos de Dios. El estudio del vocabulario hebreo y griego sobre la pobreza, lo mismo que el estudio de los textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, muestran que los pobres son principalmente una categoría definida por su condición material y social concreta. Los pobres no son simplemente los que no tienen, sino los que son imposibilitados de tener y de ser. Los pobres son los que no tienen posibilidades de realización como seres humanos, los humillados, los reducidos a la impotencia, los condenados a mendigar. Los pobres son los arrojados fuera de la condición humana, los “condenados de la tierra”, los rechazados de la sociedad, los marginados. En ciertos textos, esos pobres son también los que se colocan delante de Dios en una situación de humildad y de dependencia. Ahora bien, esos pobres espirituales son también pobres materiales, y es justamente su pobreza material la que les permite tomar una actitud de pobreza espiritual; los pobres materiales subliman su pobreza dándole un sentido espiritual. Valorizan su condición de impotencia orientándola hacia Dios. Pues la pobreza espiritual, no es de ningún modo un cierto despojamiento interior o sentimental, supuestamente vivido por los ricos. La pobreza espiritual consiste en transformar desde adentro una condición de impotencia y de miseria material, haciendo de ella una actitud de receptividad y de acogida delante de la providencia divina. La buena noticia anunciada a los pobres se refiere a su condición material. No se trata de bienes inmateriales prometidos a los pobres materiales, como hicieran tantas veces los predicadores y las élites sociales cristianas en el pasado. Las promesas hechas a los pobres incluyen un cambio en su situación social y material. Ellas no se reducen a eso, pero lo incluyen con toda certeza. B. Los pobres son los oprimidos, opuestos a los opresores Sobre todo en el Antiguo Testamento, lo contrario de los pobres no son simplemente los ricos, sino los “malos”, los “orgullosos”, los “poderosos”. Estos explotan, engañan, devoran, oprimen, aplastan, roban, persiguen, venden como esclavos, inclusive matan a los pobres. La pobreza bíblica no es, de modo alguno, una situación de hecho resultantes de una ley de la naturaleza o de la voluntad del Creador. Una sabiduría popular muy corta dice: Dios hizo los ricos para que ellos pudiesen dar trabajo a los pobres. Tal no es la concepción bíblica. La pobreza no es la consecuencia de un fenómeno natural, sino el resultado de la violencia y de la injusticia. En Israel la pobreza es sentida como un escándalo intolerable, porque Yahveh había dado a su pueblo una “tierra buena” (Dt 1,15. 35; 3,25; 6,18...). Dotada de muchas riquezas (Dt 8,7-10), para que no hubiese pobres entre ellos (Dt 8,7-10). La actitud de Yahveh para con los pobres muestra que El toma partido en un conflicto. Dios toma partido por los pobres, reivindica sus derechos, defiende la causa de ellos, exige justicia de parte de su pueblo, de parte del rey y, por medio de los profetas, protesta contra todas las formas de opresión. La preocupación de Dios por los pobres es tan fuerte que El no solamente asume su causa, sino que se identifica con ellos. “Oprimir al pobre es ultrajar a su Creador, honrarlo es tener piedad del indigente” (Pr 14,31). Esta preocupación de Yahveh por los pobres desemboca en la ley del talión por la cual, dice Soares-Prabhu, los que oprimen a los pobres son a su vez empobrecidos (Pr 22,16); los que permanecen sordos delante del clamor de los pobres, no encuentran respuestas a sus propios clamores (Pr 21,13), mientras que los que tienen piedad de los pobres, prosperan y se tornan felices (Pr 14,21; 28,8,27). El Nuevo Testamento insiste más en la avaricia de los ricos que en la opresión que ejercen, pero la relación antagónica permanece subyacente, particularmente porque los textos del Antiguo Testamento están siempre presente en el trasfondo de los textos del Nuevo. La inversión anunciada en el evangelio de Lucas entre los ricos y los pobres, no se explicaría si no fuese la justa retribución del mal que los ricos hicieron a los pobres. la pobreza es un mal. Está ligada al pecado. La intervención de Dios tiene por finalidad eliminarla. C. Los pobres son un grupo dinámico que hace la historia El dios de la Biblia es un Dios de la historia, un Dios que hace historia, un Dios que se manifiesta por una historia. Esta historia de Dios en el mundo se realiza en acontecimientos reales y concretos que entran en la historia humana experimentada por los pueblos, en primer lugar por el pueblo de Israel y por el pueblo cristiano, la Iglesia, que en su continuación. Ahora bien, la historia de Israel está centrada en el Exodo, que es la liberación de los oprimidos. Toda la historia del Antiguo y del Nuevo Testamento está construida a partir del modelo del Exodo. Tanto el pueblo de Israel como su Dios, tienen en el Exodo su referencia permanente. Son innumerables los textos que muestran en el Exodo el sentido fundamental de la historia y la clave de interpretación de todos los acontecimientos (ver, por ejemplo, Ex 6,6-7). Israel existe como liberación de los pobres. La ley de Moisés representa una tentativa (hay varias) de encarnar en la duración de la historia el ideal de la liberación de los pobres y de una sociedad sin explotación. Tanto los profetas como los sabios recuerdan repetidamente al pueblo, que la vocación que le es propia es la de la superación de la explotación y de la dominación: una sociedad sin pobres. Pues la ley de Israel es ésta: “en medio de ti no habrá ningún pobre”(Dt 15,4), y “ninguno de entre vosotros oprima a su prójimo” (Lv 25,17). Los profetas denuncian las infidelidades a esa ley y anuncian los acontecimientos nuevos que nuevamente llevarán, por lo menos al resto fiel del pueblo, al ideal que es el plan de Dios para este mundo. Las profecías de Sofonías son las más claras en ese sentido, y fueron justamente destacadas por la teología de la liberación. “Dejaré en tu seno un pueblo pobre y humilde... el resto de Israel” (So. 3,12). En el Nuevo Testamento, la renovación de Israel comienza también por una nueva liberación de los pobres. Jesús reúne en torno suyo al pueblo de los marginados, de los rechazados, de los oprimidos. Nuevamente los marginados se convierten en los autores de la historia de la salvación. Todos los libros del Nuevo Testamento presentan a su manera ese resto de Israel, hecho de los pequeños, a partir del cual Dios construye su reino en esta tierra. En la Biblia, el autor de la historia es Dios. El, sin embargo, no actúa solo por medio de puros milagros. Los pobres no son instrumentos inertes en las manos de Dios. Es verdad que la Biblia destaca sobre todo el papel de Dios en la historia. Frecuentemente , ella parece silenciar el papel de los hombres. Pero una lectura crítica y atenta de los textos, permite reconstituir hasta cierto punto la fase humana y concreta de los acontecimientos. Autores como N. Gottwald para el Antiguo Testamento, o G. Theissen para el Nuevo, intentaron una reconstitución histórica que resaltó la importancia de la acción de los pobres en la historia del pueblo de Israel. El milagro no fue, ciertamente, el medio principal usado por Dios en la historia de la liberación de los pobres. Estos estuvieron presentes y activos. Su modo de actuar es bien diferente del de los reyes y fundadores de imperios, o del modo de actuar de la burguesía, no obstante él merece, indudablemente, los calificativos de “activo” y “dinámico”. II. Cómo los pobres obran en la historia según la Biblia Los reyes y los Estados actúan por medio de sus fuerzas armadas, en primer lugar. Las burguesías lo hacen por medio de técnicas sofisticadas, que les permiten dar a sus capitales la posibilidad de ejercer presiones sobre la sociedad. Se convierten en intermediarios inevitables para el desempeño de las economías de los pueblos. Evidentemente, los pobres nunca disponen de tales medios. No están, sin embargo, totalmente desprovistos de medios para actuar sobre la sociedad y hacer historia. La Biblia no solamente conoce, sino que sublima la diferencia radical entre el modo de obrar de los pobres y el de los poderosos. ¿Cuál es ese modo de obrar de los pobres? A. Los pobres actualizan el modelo del pueblo de Dios, esto es, el verdadero pueblo según Dios En determinadas situaciones, el pueblo y los pobres se confunden. En Egipto, el pueblo entero de Israel es un pueblo de pobres, oprimidos, marginados. El pueblo que conquistó la tierra de Canaán, destruyó las ciudades-Estados que ahí predominaban y creó una nueva sociedad, era un pueblo de pobres. Existen varias teorías para explicar cómo Israel tomó posesión de Canaán. Pero, aún los autores que no aceptan la teoría de Gottwald, deben reconocer una acción histórica de grupos más débiles que consiguieron destruir poderes políticos mayores. Hubo una victoria del pueblo de los pobres sobre una estructura más poderosa. Hubo una verdadera “revolución social”. En el exilio los pobres son también todo el pueblo: éste está reducido a la condición de los pobres (Is 41,17-20; 49,13; 51,21s; 54,11-14). En las épocas en que la dominación y la explotación corrompen al pueblo de Israel, los pobres constituyen el “resto” del verdadero Israel, el Israel cualificado (Is 4,3; So 3,13). En el Nuevo Testamento, Jesús y los apóstoles manifiestan de diversas maneras que por su mediación Dios está recogiendo los restos de su pueblo, y con ese resto está reconstituyendo su verdadero Israel. Los Doce apóstoles son los nuevos patriarcas de las Doce tribus de Israel, encargados de recoger a las ovejas perdidas. Estas ovejas perdidas son los pobres (Mt 10,16). Ahora bien, el pueblo tiene su propio modo de actuar. Los pueblos no permanecen inertes ni se dejan simplemente manipular por los dominadores. El pueblo resiste, selecciona los impulsos recibidos, reacciona o no reacciona, asimila o rechaza. Como pueblo, los pobres no son pasivos, sino que reciben activamente las provocaciones que les vienen de los poderosos. Estos planifican como si los pueblos fuesen siempre a responder de acuerdo con las previsiones. La historia, no obstante, desmiente las previsiones de los poderosos. Los imperios caen cuando los pobres dejan de sustentarlos. B. Los pobres son portadores de un proyecto histórico Los pobres no son pura negatividad. No son una pura nada. Ni siempre fueron pobres. Son pobres porque fueron despojados por los poderosos. Formaban una sociedad más humana, y guardan el recuerdo de un pasado mejor. Su miseria presente se debe a ciertos acontecimientos de opresión. Se debe a los pecados de otros hombres. Justamente porque la pobreza se debe a una injusticia los pobres guardan la imagen de la justicia que fue destruida en caso. Por eso mismo, los pobres guardan un proyecto histórico que es opuesto al modelo instituido y defendido por los dominadores. Los esclavos en Egipto, los exiliados en Babilonia, los campesinos explotados en el tiempo de los reyes de Judá o de Israel, recuerdan su pasado. Saben que su condición no responde a una necesidad física, sino a un designio perverso de sus dominadores. Por eso mismo conservan el proyecto de liberación. Los dominadores saben que su poder solamente se podrá mantener si consiguen destruir el proyecto de liberación en la conciencia de los vencidos. El papel de la Palabra de Dios consistió justamente en preservar al proyecto de liberación contra las tentativas de destrucción por parte de los vencedores. La liberación incluye un proyecto de sociedad sin dominación. Pablo enuncia los componentes de ese proyecto de sociedad: se trata de la “koinonía” (2 Cor 8,4; 9,13), de la “isotes” (2 Cor 8,13-14), de la “autarkeira” (2 Cor 9,8). Cada uno tendrá lo suficiente, y así se restaurará la igualdad primitiva en una verdadera comunidad. C. El valor del proyecto de los pobres A los ojos de los dominadores, el proyecto de los pobres es al mismo tiempo arcaico y utópico. El proyecto es efectivamente arcaico porque se inspira en realizaciones anteriores a la fase realizada por los dominadores. Los israelitas que conquistan la tierra de Canaán, tienen un proyecto arcaico si se lo compara con las ciudades-Estados que prevalecían ahí en aquel tiempo. Samuel tiene un proyecto arcaico si se lo compara con el de Saúl y el de David. Amós, Jeremías, Sofonías, son todos arcaicos. El proyecto de los rekabitas (Jr 35), era arcaico y retrógrado. El proyecto de Jesús y de las comunidades cristianas primitivas, era prodigiosamente arcaico si se lo compara con la sociedad romana de su tiempo. En una competición inmediata, el proyecto de Jesús no tenía ninguna oportunidad de cara a la sociedad romana. Movilizaba, no obstante, energías latentes y perdidas de los pueblos oprimidos, y éstas podrían un día desafiar al sistema. Los pueblos vencidos solamente pueden tener proyectos arcaicos, ya que no tuvieron la ocasión de desarrollar sus proyectos en confrontación con la historia. O su desarrollo fue cortado por los dominadores. Pero el retorno al arcaísmo es una primera etapa en una involución de la evolución que se quiere corregir. Los pobres no pueden avanzar en continuidad con el proyecto de sus dominadores. El proyecto de los pobres es también utópicas fueron las promesas de los profetas y los anuncios mesiánicos nunca pasarán de utopías. Los profetas se sitúan fuera y lejos de las clases dominantes. Están lejos de los instrumentos de medición de la realidad. Solamente pueden hacer previsiones utópicas. Aunque también aquí el irrealismo de la utopía no es total, por cuanto la utopía libera energías ocultas que los pobres no quisieron entregar a sus dominadores. El sueño de los dominadores consistió siempre en poner al servicio de su expansión todas las energías de los vencidos. Estos, por su parte, emplean su astucia para esconder la mayor parte posible de sus posibilidades. Su inteligencia encuentra refugio y apoyo en la utopía para no dejarse conquistar por el dominador. La utopía no se realizará tal cual, pero gracias a ella los pobres salvan una parte de su fuerza de humanidad, lo que les permite trabajar para derrumbar el reino de sus dominadores y suscitar un proyecto alternativo que les parece superior al desorden establecido. D. Los medios de acción de los pobres La fuerza de los pobres es su fe. La Biblia evidencia los lazos estrechos entre la fe en Yahveh y la fuerza de los pobres. Yahveh es el defensor y el liberador de los oprimidos. La fe en Yahveh es el principal obstáculo que impide la asimilación de los pobres por sus opresores. Pues, adoptar la religión de los vencedores es entregarles los últimos reductos de resistencia. Para los pobres, la fe en Yahveh es el último punto de apoyo de los vencidos, es el último punto de partida de cualquier reconquista. La fe es la confianza en sí mismo, en su propio porvenir. Sin Yahveh, los pobres de Israel no pueden creer que tienen un porvenir. De la fe procede la capacidad de resistir. Los pobres pueden oponer a sus opresores su negación de colaborar, todas las formas de no-colaboración (con el tributo, con el servicio personal, con el trabajo dependiente). De ese modo, pueden debilitar el sistema de dominación, preparar su caída, impedir por lo menos su consolidación. Los pobres pueden también condicionar su colaboración y obtener concesiones de parte de los dominadores. Estos saben que ninguna dominación se mantiene por la pura fuerza, sin un mínimo de consenso del conjunto de la sociedad. En la medida en que forman frentes unidos, los pobres pueden conseguir concesiones de los faraones, de los reyes de Israel, de los persas o griegos, o del sistema romano. Los pobres son herederos de formas antiguas de asociación. De sus raíces clánicas y tribales, de los antiguos lazos familiares, preservan la capacidad de formar redes semi-clandestinas de una sociedad paralela, alimentada por una cultura paralela, una subcultura de los pobres y oprimidos. Si permanecen fieles a su pasado, los pobres de Israel preparan la restauración. La fuerza de la asociación los ayuda a sobrevivir en la espera de situaciones más favorables. Lo que importa es sobrevivir hasta que las relaciones de fuerza hayan cambiado. La fe en Yahveh mantiene a los pobres de Israel unidos en Canaán, frente a los reyes, en el exilio y en la diáspora, frente a los persas, a los griegos y a los romanos. Cuando caen los imperios, los lazos comunitarios arcaicos de los pobres los ayudan a existir como pueblo que reconquista una mayor independencia. ¿Cómo es que los cristianos pudieron resistir la extraordinaria fuerza de asimilación del eclecticismo greco-romano durante varios siglos, sin contar con ningún elemento de poder social o cultural? Consiguieron asumir la fuerza comunitaria que había entre los pobres de Israel, asumir la herencia de los fieles de Yahveh y mantener un nuevo Israel que resistió a todas las seducciones de la cultura griega. La fuerza comunitaria de los pobres constituyó una subcultura paralela, la cual fue más fuerte que el conjunto de todas las fuerzas de una sociedad inmensamente más desarrollada desde todo punto de vista. La solidaridad de los pobres fue capaz de mantener una sociedad paralela irreductible. Los poderes no pueden hacer revoluciones por sí solos. Aprovechan las debilidades de los dominadores. Aprovechan las luchas y rivalidades entre los imperios: Ciro fue el instrumento de Yahveh para destruir el imperio babilonio y llevar a los israelitas de vuelta a Jerusalén. Aprovechan las divisiones internas en los sistemas de dominación: ¿el rey Amón no fue depuesto por sus ministros? ¿Los pobres de Israel no supieron aprovechar la flaqueza del reino de Josías? Los propios apóstoles aprovecharon las divisiones en el Sanedrín (Hch 5,34-42). Los pobres no dirigen el carro de la historia. Pero suben en el carro cuando los conductores precisan de ellos, pues todas las revoluciones necesitan de la colaboración de los pobres para triunfar. Y cuando los pobres son organizados y forman un pueblo, saben poner sus condiciones. E. La eficiencia de los pobres en la historia según la Biblia La Biblia da testimonio de la eficacia de los pobres. Ella conservó el recuerdo de las victorias de los pobres sobre las fuerzas de la dominación y de la explotación. Una primera victoria fue la conquista de la tierra de Canaán, cualquier que sea la interpretación que los historiadores escojan de esa conquista. Los israelitas que fundaron la nueva nación pueden haber sido nómadas o seminómadas del desierto, o los habitantes más pobres de las colinas, o campesinos dominados por los reyes de las ciudades: en todo caso, eran más pobres que los reyes de las ciudades-Estados que ahí predominaban. Otra victoria fue la salida de Egipto, cualquiera que fuese la importancia numérica de los grupos que realmente salieron y comunicaron sus tradiciones a los otros grupos marginados. Otra victoria fue el retorno del exilio, celebrado por toda la literatura contemporánea como una nueva salida de Egipto y una nueva conquista de Canaán, y como la gran esperanza del pueblo de los pobres. No podemos dejar de considerar como victoria, por lo menos parciales, de los pobres, las sucesivas redacciones de la “Ley ” de Moisés. Es verdad que los profetas denunciaron la no aplicación de las leyes de justicia en Israel, y protestaron contra el escándalo de la opresión y de la pobreza (Am 2,6-8; 4,1-3; 5,7-12; 8,4-6; Mi 2,1-3; 3,1-4; 6,9-16; Is 1,16-18; 3,13-15; 5,1-7; 10,1-4). No obstante las leyes no se redujeron a puros ejercicios teóricos. En determinados momentos de su historia, el pueblo de Israel se dio códigos de leyes que querían manifestar su deseo de formar lo que N. Lohfik llamó “comunidad de contraste”. Por sus leyes Israel quería dar más atención a los pobres que los pueblos vecinos. Los códigos de Israel preservan más elementos de la comunidad tradicional que los de otros pueblos, y defienden a los pobres contra los excesos de las clases dirigentes. En varias circunstancias los jefes de Israel prescindieron de la ley, pero, también, en otras situaciones el pueblo fue capaz de resucitar las leyes despreciadas por los dirigentes. El código de la alianza (Ex 20,22-23 y 33), el código deuteronomista (Dt 17-26), el código sacerdotal (Lv 2-15), el código de santidad (Lv 17-26), dan testimonio de los esfuerzos de Israel para preservar una sociedad original y excepcional en medio de la opresión de los pobres que era común en el mundo de entonces. La revolución que se produjo después del terrible reinado de Manasés, que derribó al rey Amón y colocó en el trono al pequeño Josías, fue una victoria de los pobres de Israel. No consiguió implantar en su totalidad la sociedad que los pobres querían, sin embargo, realizó innegables progresos. Del mismo modo, bajo Esdras y Nehemías los exiliados que regresaron al país no consiguieron establecer una ciudad fundada enteramente en la ley de Moisés, pero consiguieron una aproximación más satisfactoria de aquélla de la que había en el tiempo de los reyes. En cuando a la eficiencia histórica del cristianismo, se discute interminablemente. Durante los primeros siglos, los cristianos formaron una sociedad paralela que consiguió sobrevivir y constituir una casi alternativa, cuando los emperadores romanos sintieron la necesidad de dar un marco más firme a un imperio amenazado de dispersión. Lo que hay en el Nuevo Testamento fue suficiente para animar y alimentar una sociedad paralela tan diferente de las estructuras y de los modos de vivir de la sociedad dominante. No fue suficiente para revolucionar el imperio romano, pero fue suficiente para despertar más tarde muchas revoluciones políticas y sociales. En estos casos, no obstante, no podemos afirmar que la Biblia haya sido el factor único. La inspiración bíblica no habría tenido la posibilidad de producir efectos tan radicales por sí sola, si no hubiese encontrado la coincidencia de otras fuerzas históricas. Esta situación es justamente la que hace difícil, y probablemente imposible, un juicio objetivo sobre el alcance real de la eficiencia histórica del Nuevo Testamento. III. Los pobres y las clases sociales El concepto de clases sociales ha sido analizado sobre todo por las escuelas del pensamiento marxista. Estas se encuentran lejos de la definición de un concepto homogéneo, ni siquiera de un concepto claro. A ese respecto las consideraciones de Marx fueron muy parciales, y lo mismo se puede decir de sus sucesores. No existe una teoría marxista oficial sobre la clase social y, consecuentemente, no existe una teoría oficial, clara y homogénea, sobre la llamada lucha de clase. Lo que torna difícil la comparación, es justamente la imprecisión del término de comparación. De todos modos, podemos sugerir algunas comparaciones hipotéticas. Podemos, por ejemplo, sugerir que si la clase social significa esto o aquello, ella merece o no una comparación con los pobres de la Biblia. 1. Hay ciertos elementos en los pobres de la Biblia que sugieren una comparación. Por ejemplo, en la Biblia los pobres son presentados en contraste, en oposición o inclusive en conflicto con los opresores, los poderosos, los ricos. La inmensa mayoría de los textos que hablan de los pobres, los colocan en una oposición. Los textos más famosos son naturalmente el del Magníficat, las bienaventuranzas de Lucas, la parábola del rico y del pobre Lázaro, pero estos textos no son excepcionales: evidencian lo que es común en los dos Testamentos. Desde un punto de vista sociológico, muchos historiadores objetarán esa visión bíblica y dirán que la sociedad bíblica debía ser más compleja y no podía constar apenas de dos clases. La Biblia, sin embargo, no pretende hacer un análisis sociológico, sino presentar el punto de vista de Dios: mostrar cómo percibe Dios la sociedad humana. El hecho que interesa a Dios es la existencia de una estructura fundamental que atraviesa a la sociedad humana entera: cada uno será juzgado por Dios por la posición que tome frente al hecho de la opresión. Puede ser que la categoría de opresor y de oprimido no sea adecuada para expresar sociológicamente toda la realidad de los grupos sociales en Israel, pero existe la opresión, y ésta es la que irrita a Dios y servirá de criterio para su juicio. La Biblia está interesada en una visión dualista y antagónica de la historia humana y de la sociedad, porque esta visión dualista permite resaltar la manera divina de juzgar. Marx y los marxistas están lejos de enseñar que hay solamente dos clases en contradicción en la historia humana. Saben que la historia es más compleja. Los marxistas de dividen sobre el papel de la clase de los campesinos, de la clase media, de la clase de los intelectuales, etc. No obstante, existe en muchos textos, justamente en los que ejercerán más influencia, una insistencia fuerte en una cuasi polarización de la sociedad en dos clases antagónicas: los propietarios de los medios de producción y los que solamente pueden vender su fuerza de trabajo. Estas dos clases se definen por su oposición dialéctica, mismo modo que los oprimidos y los opresores en la Biblia. En la medida en que el marxismo aparece como siendo el protagonista de tal visión dualista y dialéctica de la sociedad, podemos decir que se justifica una comparación con la Biblia, aunque tal marxismo se exponga a una severa crítica desde el punto de vista sociológico. Se trata en cierta forma de un marxismo teológico antes que científico. Nace inclusive la sospecha de una indirecta, de una inconsciente influencia bíblica, lo que no puede ser excluido a priori en un autor que era judío de origen y fue discípulo del teólogo Hegel. 2. En ciertos textos marxistas, el proletariado aparece como una clase universal que representa a todos los oprimidos del mundo. Sería como la vanguardia, o el portador de todos los oprimidos, y su lucha contra la burguesía sería como la lucha de liberación de todos los pueblos. Si se entiende la clase de ese modo, podemos de nuevo ver en ella un fenómeno semejante a los pobres bíblicos. Si la clase del proletariado es en cierto modo la portadora del proyecto de liberación de los pueblos oprimidos, una vez más ella se aproxima al concepto bíblico de pobres. Los pobres bíblicos son una realidad más amplia, más envolvente, pero una realidad que contiene un proyecto de liberación temporal. Si el proletariado es en cierto modo el pueblo en acción, él tiende a confundirse con los pobres de la Biblia. Por lo menos se impone una comparación. Ocurre que solamente el marxismo usa nociones tan semejantes a las nociones bíblicas. Unicamente el marxismo se distancia tanto del empirismo y de las observaciones directas para captar debajo de los fenómenos la manifestación de realidades más envolventes, más completas, que abarquen la totalidad de las relaciones humanas. Las otras sociologías permanecen mucho más apegadas a la observación de los fenómenos complejos y múltiples de las sociedades. 3. Por otro lado, debemos distinguir claramente entre los pobres y una clase social en los siguientes casos. Si una clase social como el proletariado se define como la clase de los trabajadores de la industria moderna, no hay mucha comparación que se pueda con los pobres de la Biblia. Estos serían más parecidos a los subproletarios. Los pobres de la Biblia son en gran parte los marginados, los excluidos del mundo del trabajo. Los pobres de la Biblia tienen ciertamente más parecido con las masas de subempleados o de desempleados del Tercer Mundo, que con los obreros industriales del mundo contemporáneo. Podrían compararse sí con los trabajadores de la industria del siglo XIX. Si el proletariado como clase se define por su ideología, por la pertenencia al partido, él se reduce una minoría activa, más elitista y selectiva. Tal proletariado se define por su peso político o su fuerza revolucionaria. Los pobres, en cambio, no se definen por su fuerza política; aunque la tengan, ésta no puede ser fijada en términos sociológicos. No se trata de un factor que se pueda contabilizar en una programación política. Se puede definir también el proletariado dentro de una concepción dialéctica de la historia de la economía. Se puede postular que la existencia de aquél tornará imposible la continuación indefinida del sistema capitalista. Se puede postular que la fuerza del proletariado proviene de la contradicción que introduce dentro del capitalismo. Todo lo que hace del proletariado, o de cualquier clase social, un elemento en el juego de los factores históricos antagónicos, nos aleja de los pobres de la Biblia. En la medida en que se insiste en ciertas ideas de salvación inmanente, de liberación como consecuencia de juegos inmanentes de la historia, estamos más lejos de las concepciones bíblicas. Ahí no hay un optimismo fundamental en cuanto a la historia humana. No existe la creencia ni la esperanza de que la evolución, sea ella dialéctica o no, lleve necesariamente a la superación de la opresión. En la Biblia, opresión no está ligada a una fase de la evolución de la humanidad y la superación de la opresión no está ligada al advenimiento de una nueva fase de la historia. Ella , la opresión, y también su superación, es un problema de responsabilidad humana, está ligada al hombre como hombre y constituye en desafío permanente. El pueblo que se liberó, siempre puede caer de nuevo en la opresión y puede engendrar él mismo la opresión. No podemos tener la esperanza de que a partir de cierto nivel de desarrollo del capitalismo, el proletariado vendrá ciertamente a engendrar una sociedad nueva, justa y solidaria. 4. Por otro lado, el concepto de clase social se refiere únicamente al comportamiento social visible de los hombres. En general, los sistemas marxista consideran los comportamientos económicos y políticos. Dan también alguna consideración a los elementos que llaman “ideológicos”. Estos, sin embargo, permanecen estrechamente subordinados a los primeros. Ahora bien, los pobres bíblicos poseen una realidad más amplia. Su experiencia de la opresión está ligada a una frustración vital más abarcante. La aspiración de los pueblos no se limita a una transformación económico-social, aunque la contenga necesariamente. La aspiración podría ser representada por el concepto bíblica de paz, que es reconciliación total en todas las dimensiones de la vida. La paz bíblica incluye la reconciliación de la persona consigno misma, superando los complejos de inferioridad, de abandono, de angustia frente al futuro. Una pura transformación social no hace que la persona se acepte a sí mismo como ella es. La paz bíblica incluye también la reconciliación con los otros: la armonía en el marco de la familia, de las relaciones conyugales y entre las generaciones; incluye la reconciliación entre las personas en todos los niveles en que se encuentran, lo que supone la reconstitución de una vida comunitaria múltiple. Un simple cambio en el régimen de la propiedad de los medios de producción, tampoco produce espontáneamente una vida comunitaria. La paz bíblica incluye asimismo una reconciliación con Dios, gracias a la cual la persona se siente aceptada, reconocida y acogida en la vida y en el mundo. Solamente Dios puede darle un status de dignidad en el mundo de la creación. Para estar en paz, una persona precisa estar perdonada. Precisa del perdón de sus pecados para poder inaugurar una vida de justicia. Precisa vivir una vida moral, con la conciencia de vivir según la justicia y en la solidaridad con los otros. Todas estas son formas de liberación que cambios puramente económicos, no consiguen realizar. Si una clase social se define solamente por sus proyectos de transformación económica, no basta para representar al pueblo de los pobres de la Biblia. 5. Deficiente sería igualmente el concepto de clase si se tomase en un sentido “operacional”: la clase del proletariado sería la que sirve para hacer la revolución; su realidad estaría en el hecho de hacer la revolución, y ella no merecería consideración a no ser en la medida en que sirve como instrumento de revolución social. Desde un punto de vista “operacional”, una lucha de clase únicamente vale por el resultado. La lucha en sí misma no tiene valor y debe regirse por principios puramente pragmáticos. Ahora bien, para los pobres la lucha vale tanto cuanto el resultado. No solamente el resultado tiene valor. La vida vale en toda su amplitud. Generaciones de pobres lucharán toda la vida sin ningún resultado. Por eso mismo, lo que vale en primer lugar es la vida presente, la vivencia de cada día. Por ello, la lucha no puede ser cualquier lucha ni puede ser dominada por razones pragmáticas. Una lucha puede perder todo su significado si en sí misma ella se opone a sus objetivos, si destruye los valores humanos que quiere promover. Además de eso, lo que vale en la lucha es también la fraternidad de la resistencia, la solidaridad en las derrotas y en las pruebas, la fe en Dio, la confianza en el futuro, la vivencia de cada día. Lo que vale es esa victoria permanente sobre la cobardía, la paciencia en los sufrimientos, el heroísmo de los mártires, la fidelidad de los sobrevivientes, toda la continuidad de la historia. Los pobres son el pueblo que vive la plenitud de la historia día tras día. No pueden ser reducidos a cantidades en un juego de fuerzas como en un plano estratégico. Para los militares, los pueblos son números susceptibles de ser opuestos a otros números de signo contrario. Solamente valen en la hora en que son introducidos en el campo de batalla. Para ciertos ingenieros sociales o jefes revolucionarios, puede acontecer lo mismo. La historia de las revoluciones del siglo XX deja lecciones sangrientas para los siguientes siglos. 6. Los pobres de la Biblia son seres vivos y activos, viven la historia y no son simples piezas que intervienen en ciertos acontecimientos. El Exodo no fue tan solo una victoria conseguida un día por un grupo de héroes. El Exodo es vivido durante siglos por innumerables generaciones que insertan en él sus luchas de cada día. El Exodo es un modo de vivir constante y permanente. De la misma manera, el regreso del exilio es un modo de vivir. Se vive todos los días y da volumen y densidad a la existencia de cada día. La vida de cada día de los pobres de Israel es vivida como historia de liberación. Los pobres no son sujetos de la historia apenas en algunos momentos con ocasión de determinados acontecimientos. Los pobres de Israel viven su historia, caminan en su historia todos los días. Los pobres de Israel sufren pacientemente una historia que los poderosos escriben encima de ellos. Pero están persuadidos de que Dios escribe con ellos una historia de mucho mayor alcance que la historia de los imperios. Ellos encuentran que construyen esa historia todos los días. El modelo bíblico les proporciona la estructura o el diseño de esa historia. Esta, sin embargo, es siempre presente, de tal modo que el más humilde de los judíos puede sentirse partícipe de los grandes acontecimientos salvíficos de su nación. De la misma manera, el cristiano participa de toda la historia antes, con y después de Cristo. En estas condiciones, toda la vida se transforma en una historia en que cada israelita o cada cristianismo se siente construyendo la historia. No se trata de una ilusión. Pues la historia no se construye solamente en los acontecimientos excepcionales que de vez en cuando cambian los rumbos de las sociedades. Tales acontecimientos son el punto final en que desembocan millones de acciones particulares de millones de personas diferentes. Aunque la participación de muchos pueda parecer ínfima, ella no es nula y la vivencia de la Biblia permite a millones de pobres percibir lo que realmente valen. La Biblia les confiere el sentimiento de desempeñar un papel importante en la historia de este mundo. Aunque apenas sean sujeto de la historia, hace que tengan conciencia de serlo.
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