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Sofonías, hijo del negro, profeta de los pobres de la tierraSebastiao A. G. SoaresEl redactor que colecciona y nos entrega el material que la tradición atribuye a Sofonías, multiplica, en su genealogía, nombres ya vistas. El propio nombre del profeta se forma con el nombre de Yahveh: Yahveh escondió, guardó secreto. Hay un designio secreto, un mensaje —el apóstol Pablo diría “un misterio”— que el profeta será el encargado de revelar a su pueblo. La situación es grave y será preciso quitar el velo que cubre los ojos de la población y le impide percibir la seriedad del desastre que se está aproximando. Hoy diríamos que es preciso arrancar el velo de la falsa conciencia, desenmascarar la ideología que falsifica lo real en la conciencia de las personas. Es en ese sentido que Sofonías es llamado a revelar el secreto, pues sólo en la verdad se manifiesta el Dios que libera, como tan bien comprendió el evangelista Juan. El designio de salvación será siempre radicalmente desenmascarador de la falsedad de la ideología legitimadora (Cf. Jn 9). Seguidamente se habla de Amarías (Yahveh habló), de Guedalías (Yahveh engrandeció), de Ezequías (Yahveh fortaleció). Todos nombres muy elocuentes para la genealogía de un heraldo de la Palabra, enviado a enfrentar el combate de su Dios. A pesar de que algunos comentadores pretenden insinuarlo, es difícil pensar que Ezequías sea aquél rey contemporáneo de Isaías (Cf. 2 R 18-20). La importancia del nombre parece no estar en su linaje real, sino en su significado ya vista. ¿Cuál habrá sido la razón de enfatizar tanto la presencia de nombres ya vista en la ascendencia de Sofonías? Es que en su familia se registraba una extraña memoria. Era tenido como hijo de Kusí. ¿Sería Kusí el nombre propio de su país? ¿Sería un nombre revelador del color pardo de su piel? ¿Sería la manera de designar el origen africano de su familia? El hecho es que en otros textos del Antiguo Testamento donde aparece, la palabra “Kusí” designa siempre africano, etíope, negro, alguien originario de las tierras de Kus. Ahora bien, esto debía sonar extraño en la ascendencia de un profeta hebreo. El redactor no puede anular esa memoria. Sofonías era tenido como “hijo del negro”, “hijo del etíope”. Ya era un dato de la tradición. Se esfuerza, entonces, por acentuar que, pese a su origen etíope, su familia tiene claros vínculos con el yavismo, lo que se evidencia por los propios nombres teofánicos que adoptó. Tener vínculos familiares con etíopes, parece haber causado cierto sentimiento de extrañeza. Hay un texto del libro de los Números que lo confirma. Se cuenta del casamiento de Moisés con una extranjera, Kusita. María y Aarón, sus hermanos, se extrañan del hecho y son duramente reprendidos y castigados por Dios: “Murmuraron contra Moisés por causa de la mujer Kusita que había tomado por esposa” (Nm 12,1-10). En relación a Kus, los sentimientos de los hebreos eran medio contradictorios. De un lado, los admiraban. En Is 18 se revela la fuerte impresión que los etíopes causaban a Israel: “!Ay, tierra de lo grillos alados, la de allende los ríos de Kus! !La que envía mensajeros veloces, a una nación de gente de alta estatura y de piel brillante, al pueblo temido por toda parte, nación poderosa y amenazadora, cuya tierra surcan ríos (vs. 1-2). Los Kusitas, que los griegos denominaron etíopes (“piel quemada”), correspondían a los habitantes de las regiones sur de Egipto, a partir de la Nubia, actual Sudán. Esa admiración era compartida por otros pueblos, al punto de que el historiador griego Herodoto llegó a afirmar que los etíopes son “los seres más altos y los más bellos de todos los hombres” (III,20; Biblia TOB, nota “p” al v.2 del capítulo 18 de Isaías). Además del genio guerrero, las regiones de Kus eran afamadas por sus riquezas. La Sabiduría era comparada a las piedras preciosas típicas de la tierra de Kus (Cf. Jb 28,18-19). Kus y Seba, son frecuentemente asociadas; son las tierras del sur, lejanas y renombradas por sus riquezas (Cf. Gn 10,7; Is 45,14; Jl 4,8). De allá llegan las especies: piedras preciosas, oro y perfumes (Cf. Ez 27,22-24). Se decía que su reina había visitado al rey Salomón, trayéndole camellos cargados de preciosidades (Cf. 1 R 10,1-10). Es gente famosa por los viajeros y mercaderes, negociantes de cosas finas (Cf. Is 18,1-2; Ez 27,22-24; Jb 6,19; 1 R 10,1-10). Un día Jerusalén se henchirá de las riquezas del sur (Cf. Sal 72,10.11.15; Is 45,14; 60,6; So 3,10). Finalmente, Etiopía era vista como la tierra de la libertad. Había llegado a dominar hasta al propio Egipto, en el paso del siglo VIII al VII (715 al 663 aC ), con la XXV a. dinastía (Cf. 2 R 19,9; Is 37,9), y, posteriormente, no fue integrada en las conquistas romanas, permaneciendo como reino independiente. Pero, de otra parte, el sentimiento de amenaza llevaba a alimentar el temor y la antipatía para con los habitantes de Kus. Frecuentemente, eran aliados de los egipcios en sus devastadoras incursiones en la tierra de Canaán. Así aconteció en el reinado de Roboam (931- 913 aC ), conforme se lee en 1 R 14,25-28; 2Cr. 14,8-12; bajo el gobierno de Asá (911-870) aC), “Zéraj, el Kusita, marcha contra ellos con un ejército” impresionante (Cf. 2Cr. 14,6-14); en la época de Joram (848- 841 aC ), enemigos invaden Judá y consuman el saqueo de Jerusalén, “filisteos y árabes, vecinos de los Kusitas” (Cf. 2Cr. 21,16-17). La anotación final sirve para evocar de qué tipo de enemigos se trataba. En efecto, nos dice el profeta Nahúm, actuante, como Sofonías, en los tiempos del rey Josías (640- 609 aC ), que la fuerza de Tebas (Egipto) “reposaba en Kus” (Na 3,9). También Isaías (Cf. 37,9; 2 R 19,9), Jeremías (46,9) y Ezequiel (38,5), se refieren al valor guerrero de Kus, asociado a la potencia militar egipcia. Los etíopes llegan a ser comparados con uno de los animales más feroces, el leopardo, imagen de la rapidez en el salto, de la agresión y de la guerra (Cf. Jr 13,23; Is 11,6; Jr 5,6; Ct 4,8; Dn 7,6; Os 13,7; Ha 1,8; Ap 13,2). Es claro que, como aliado del tradicional enemigo de Israel, Etiopía sólo podía ser blanco de desconfianza, temor y antipatía. No debería ser nada fácil admitir entre los profetas a alguien con lazos tan estrechos con los Kusitas. ¿Cómo explica la presencia de etíopes en el seno de Israel? No es difícil comprender que tal hecho se pueda explicar por las relaciones comerciales con las tierras del sur (Cf. 1 R 10; Is 18,1-2; 45,14; 60,6; Ez 27,22-24; Jb 6,19), como también por las frecuencias incursiones militares. El segundo libro de Samuel nos cuenta de un esclavo Kusita encargado de llevar al rey David la trágica noticia de la muerte de su hijo y adversario Absalón. Se escoge al esclavo para ser portador de la noticia por la nota de tragedia de ésta (Cf. 2S. 18,21-32). En el conflicto que envuelve a Jeremías y a Baruc contra los ministros del rey favorables a la política filo-egipcia contra Babilonia, es un siervo, llamado Selemías, “hijo del negro”, el encargado de llevar a los profetas la convocatoria para venir delante del ministerio para informarlo de las palabras “subversivas” pronunciadas públicamente, a la puerta del Templo, por Jeremías (Cf. Jr 36,14). Ambos textos nos informan de la presencia de hombres identificados como “hijos del negro” al servicio de la corte de Jerusalén. ¿Se trataba de esclavos de guerra? Cuando Jeremías es apresado y puesto en un pozo lodoso y fétido, salva la vida por la intervención de alguien que es designado con el epíteto de ebed-melec, esto es, siervo- del- rey. Se trata de un hombre de elevada posición, con acceso directo al rey, eunuco del palacio y capaz de obtener del soberano el consentimiento a sus solicitudes. Es claramente una persona de prestigio. El texto resalta enfáticamente que se trata de un Kusita, y lo repite tantas veces, que da la impresión de que el ministro era conocido también por el epíteto de “el etíope” o “el negro”. Esto muestra que estamos delante de algo no habitual. El hecho es que algunos etíopes podían llegar a alcanzar altas posiciones, aún dentro de la corte de Jerusalén (Cf. Jr 38,7-13). Y el eunuco es elogiado y bendecido por tener su confianza puesta en Yahveh, y a él se le promete la salvación y la conservación de la vida (Cf. Jr 39,15-18)(1). ¿La condición de descendientes de africanos habrá influido en la conciencia profética de Sofonías? Es muy difícil responder, pues aún la propia identidad del profeta nos es oscura. ¿Sería él Jerusalén, o un profeta de la diáspora hebrea en las tierras de Kusí? Sería de una familia originalmente hebrea, o descendiente de africanos traídos como esclavos a Jerusalén o venidos como emigrantes? ¿O, quizá, descendiente de una familia africana integrada a la diáspora etíope? ¿Habría una colonia hebrea en las tierras de Kusí, originaria de las relaciones comerciales entre Canaán y Africa, o de relaciones militares? ¿Habrá sido Sofonías un hebreo de la diáspora, libre del yugo asirio, que se rebela contra la dominación imperialista del norte? Lo que se puede constatar es que Sofonías, “hijo de Kusí”, descendiente de inmigrantes africanos, de una familia de origen extranjero o, tal vez, de antiguos esclavos de guerra etíopes, se convierte en heraldo de la nueva conciencia social emergente en los pobres de Judá y, con gran probabilidad, se encuentra inserto en el movimiento de rebelión para reorganizar el país según los intereses del mundo campesino. ¿No sería él alguien cuya propia condición social lo llevaba naturalmente a solidarizarse con el movimiento de los pobres? En verdad, uno de los aspectos centrales de su profecía parece ser la critica a los rumbos que asumiera la rebelión campesina del 640 aC (2). Con las grandes obras posibilitadas por el “milagro económico” del siglo VIII, los pobres son atraídos a la ciudad. Los centros urbanos menores son destruidos por la invasión de los asirios. El éxodo rural hace entonces hincharse a Jerusalén, y la crisis social aviva la conciencia de los “pobres de la tierra”. Además de eso, parece surgir un nuevo sector de poder, los comerciantes y terratenientes, que buscan definirse en confrontación con el sistema tributario. ¿Son los campesinos pobres los que continúan doblegados con el peso de los tributos, entregándolos ahora al Estado y también a los “señores”? ¿Los ricos pretenden negarse al pago del tributo? ¿O desean concentrar para sí el tributo pago por los campesinos, defraudando al Estado? Quien sabe, pero esa nueva situación habría sido una razón más para explicar la “conciencia de los pobres” y su participación en la revuelta del 640 aC (Cf. Pr 28-29). Sofonías es, probablemente, heraldo de ese nuevo momento del movimiento social, cuya expresión más significativa fue la derrota de los asesinos del rey Amón, golpistas de palacio, y la entronización del pequeño Josías, de apenas ocho años de edad. La revuelta había sido llevada adelante, especialmente, por el “pueblo de la tierra”, por los campesinos de Judá. Sus rumbos, no obstante, fueron siendo definidos cada vez más a partir de la corte y del templo (Cf. 2 R 21,23-26; 22-23,30; 2Cr. 33,21-25; 34-35). Las clases dirigentes del país son distantes del pueblo, arrogantes y opresoras (Cf. So 1,12-13; 3,1-3). Y, distantes del pueblo, arrogantes y opresoras (Cf. So 1,12-13; 3,1-3). Y, además, son entreguistas y abiertamente “vendidas” al imperialismo asirio (Cf. So 1,8-9). Sofonías toma posición y se hace intérprete del movimiento campesino de los “pobres de la tierra” (Cf. 2,3b; 2,6; 2,14). Para el profeta y sus seguidores, la tierra no puede ser lugar de felicidad (shalom), mientras esté dominada por gente arrogante (1,12), cuya seguridad se encuentra en la playa y el oro, en la abundancia de casas y tierras (1,13), tomadas al precio de la violencia y del fraude (1,9). Sólo habrá paz y alegría cuando el país esté en las manos de un “resto”, “gente humilde y pobre que hace descansar toda su confianza en el Señor”. Sólo el “poder popular” estará realmente interesado en que no haya iniquidad ni fraude. Ese resto se identifica con el mensaje de Sofonías y lo explicita en la redacción final de su libro. Su felicidad consiste en la realización del gran ideal del pueblo campesino: apacentar los rebaños y sentirse tranquilo, sin miedo de nadie (Cf. 3,12-13). Las grandes metrópolis, símbolo de la explotación, del lujo y de la opresión, volverá a ser campo y lugar seguro de pastoreo para los rebaños del pueblo (Cf. 2,6-7,13-15; Mq 3,12). Alrededor del 630, “en los días del rey Josías”, después de haber vivido la conmoción social del 640 aC y observando la dirección que iba tomando la “reforma”, el profeta tiene puesta toda su atención en los pobres del país (Cf. 2,3; 3,12-13) y anhela intensamente el terrible Día de Yahveh, cuando los colaboracionistas serán destronados (Cf. 1,8-9), los explotadores arrasados (1,12-13. 14-18) y Asiria derrumbada de las alturas de su arrogante poder (Cf. 2,13-15). La pobreza será el nuevo espíritu que anime un nuevo modo de convivencia social, un nuevo sistema de vida, con otra lógica y con otro dinamismo, bien diferente de aquél que dirige la vida de los ricos parásitos que no producen, sino que arrancan violentamente el tributo (Cf. 1,9) y se apelmazan embriagados sobre el asiento del vino (Cf. 1,12), mientras sus entrañas se derramarán por la tierra mostrando aquello que en verdad son: estiércol (Cf. 1,17). El círculo narcisista del oro y de la plata es autodestructivo (Cf. 1,12-13), es el espacio del altar de los ídolos, donde no hay seguridad ni protección (Cf. 1,4-7), el lugar de la ilusión, del fetiche, de la ideología, donde el estiércol brilla como oro. (Recuérdense las historias populares del “gato que caga dinero” y de la “gallina de los huevos de oro”...). Sólo la pobreza es el nuevo espíritu que lleva a la justicia (Cf. Pr 15,33; 18,12; 22,4; Sal 45). ¿Será acaso extraño pensar que un profeta negro se sienta así tan cerca de los “pobres de la tierra”? Sofonías, “hijo del negro” y profeta de los “pobres de la tierra” nos deja, quizá, una lección: no podemos disociar la lucha de las razas oprimidas de la gran caminata de las clases oprimidas. Razas y etnias oprimidas tienen que ser vistos como sectores de la clase oprimida. No podemos separar la lucha por la liberación étnica y cultural de la lucha por la liberación económica, social, política y cultural de los “pobres de la tierra”. Pobres y negros tienen condiciones de invocar el Día de Yahveh y de emprender juntos el mismo combate para que la ira divina se manifieste en el historia y las falsas seguridades sean quebradas (Cf. 1,14-18; 2,1-2). Y todos nosotros somos convocados a solidarizarnos y a hermanarnos en la misma búsqueda de la voluntad del Señor, “búsqueda de la justicia y de la pobreza”, única fuente de bienestar, de protección y de seguridad (Cf. 2,3), para que se haga posible el shalom, !la felicidad del pueblo!
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