Biblia y ciudadanía
Reflexiones, sin mayores pretensiones, acerca de un tema candente
Roberto E. Zwetsch
Resumen
En este artículo el autor busca trazar la relación entre el mensaje de la Biblia y el desafío de la ciudadanía como vocación de cada persona cristiana y de la propia comunidad. En un primer punto muestra cómo ciudadanía no es un concepto bíblico stricto sensu, aunque se relacione con la práctica de la justicia. Sitúa el concepto de ciudadanía en la historia de Occidente, principalmente en el contexto de las revoluciones burguesas, perfilándose nítidamente con la Revolución Francesa (1789). Cuestiona la situación brasileña y los impedimentos para la concreción de la ciudadanía en el país y concluye presentando líneas del pensamiento bíblico que fundamentan la lucha por la ciudadanía como concreción de la vida de fe. El testimonio bíblico es un aliado poderoso en el rescate de la dignidad de la vida y de la condición humana en el contexto de la ciudadanía como requisito para la libertad de un pueblo.
Abstract
In this article the author seeks to trace the relation between the message of the Bible and the challenge of citizenship as the vocation of each Christian person and of the community itself. Early on it shows how citizenship is not a Biblical concept in the strict sense but is related to the practice of justice. It then locates the concept of citizenship in the history of the West, especially in the context of the bourgeous revolutions; the concept comes clear with the French Revolution (1789). It questions the Brazilian situation and the impediments to concrete realization of citizenship in this country and ends with a presentation of Biblical lines of thinking which provide a basis for the struggle for citizenship as a concrete realization of the life of faith. The Biblical witness is a strong ally in the recovery of the dignity of life and of the human condition in the context of citizenship as a requisite for the freedom of a people.
“Mi desencanto es la ciudadanía. Ésa está atrasada,_sólo ahora se volvió a hablar sobre ella:
la consciencia del ciudadano, los derechos que el ciudadano tiene
y por los cuales tiene que luchar._Esto es, creo yo, nuestro atraso. La gente todavía_delega demasiados poderes.”1
(Fernanda Montenegro)
1. Introducción
Encontrar la relación entre Biblia y ciudadanía exige algún esfuerzo por parte de la teología, pues no es algo evidente. Ella necesita ser buscada en medio de narraciones y testimonios de otros tiempos, auscultando lo que el “Espíritu dice hoy a las Iglesias”. Considero un desafío oportuno, en vista del tiempo en que vivimos, este final del siglo XX, de tantas conquistas para la humanidad pero al mismo tiempo marcado por tanta violencia y desprecio por el ser humano.
Inicié este artículo citando una actriz de renombre, la pretensión es mostrar que la fama no necesariamente hace de la persona alguien exenta de manifestarse sobre su país, el destino de su pueblo y su propia inserción en la realidad. Fernanda Montenegro no se abstiene de “aguijonear” el poder político actual en el país, así como atiza la argucia de sus lectores, admiradores y conciudadanos. Con mucha perspicacia va al meollo, cuando relaciona la cuestión de la falta de ciudadanía a la delegación exagerada de poderes, que en una democracia —como dicen que tenemos en Brasil— debería estar bajo el control popular y no al revés. Con esto ya en el tema.
2. Ciudadanía y práctica de la justicia
La cuestión de la ciudadanía no está presente en la Biblia pensando en los marcos de la modernidad. Existen numerosas investigaciones que intentan mostrar la ambivalencia, encontrada a lo largo de los dos Testamentos, respecto a la ciudad, el poder político, el gobierno y temas correlativos.2 A simple vista, o encontramos una evaluación muy positiva y alabadora del poder político y su inserción en el medio del pueblo (por ejemplo: David, Salomón y otros gobernantes), o una posición muy crítica y de oposición (Samuel, profetas, ciertos grupos sacerdotales).
Lo importante es discernir el criterio que orienta aquellas posiciones. Si bien comprendo el texto bíblico, la propuesta consistente es siempre mirar para la práctica de la justicia y del derecho como forma de evaluar las cuestiones de gobierno, de la relación entre gobernantes y gobernados, de superiores y subordinados. El Salmo 82 es ejemplar en este sentido:
Dios preside el divino tribunal_para juzgar en medio de los dioses:_“¿Hasta cuándo serán jueces injustos_que sólo favorecen al impío?”_“Denle el favor al huérfano y al débil,_hagan justicia al pobre y al que sufre,_libren al indigente y al humilde,_sálvenlos de las manos del impío”. (v.1-4)
Podría citar un gran número de otros textos que corroborarían este criterio mayor de la justicia y del derecho (1 Sm 8,3; Sal 9,4; Sal 10,18; Sal 33,5; Is 10,1-2; Os 10,12; Am 5,24; Mi 6,8; Mt 6,33; Rm 1,17; 2 P 3,13; 1 Jn 3,10) . En el Nuevo Testamento a este criterio se agrega otro con la misma centralidad: el criterio del amor sobre todas las cosas. Es más: Jesús señala que el verdadero amor es aquél que va en dirección del enemigo (Mt 5,44). Vivir la radicalidad de este amor lleva a un cambio completo en las relaciones humanas marcadas por intereses, contradicciones y la violencia.
Empero es importante destacar una característica más de la práctica de la justicia de acuerdo a la Biblia. Ella no hace la defensa de un criterio in abstracto. El Salmo 82 es muy claro al respecto. La justicia en la perspectiva bíblica parte de la defensa del más débil y necesitado, de la viuda y del huérfano, del extranjero y oprimido. No es una justicia neutral o ciega. Es una comprensión muy concreta, realista y empapada del criterio interno de la misericordia. Justicia sin amor puede ser malévola, sin sentimientos y, finalmente, puede transformarse en su revés. Además, el salmista sabe que la justicia tiene causa y causador: el impío. En contra de éste, o de éstos, es necesario estar permanentemente atento y vigilante. Y, para hacer honor al mandato divino, cuando fuera necesario, sacar de las manos de los impíos al pobre, oprimido y afligido. Es decir, es necesario actuar para que la justicia sea restablecida en las relaciones sociales y humanas. Ella no es un acontecimiento gratuito.
En Brasil, en muchas ocasiones, esta cuestión es extremamente vergonzosa. No es casualidad que nuestro pueblo no crea en la justicia como poder que rescata el derecho de los pobres. Normalmente la justicia está a servicio de los que tienen, o detienen, el poder económico y político. Pero esto no significa que nosotros vamos abstenernos de su aplicación o de luchar por una justicia igualitaria, universal y democrática para atender las demandas de la sociedad civil.
Cuando reflexionamos acerca de la vigencia de la ley y su práctica es importante considerar nuestra realidad histórica. La Constitución de 1988, Constitución Ciudadana, pone como uno de los cimientos de la sociedad brasileña la defensa de la justicia y su aplicación plena a favor del más humilde de los brasileños. El famoso artículo 5to. debería ser ampliamente divulgado y puesto en manos de la sociedad civil. Mucha corrupción, falta de respeto y desfachatez de gobernantes, autoridades, patrones y sus compañeros; sería contenida con el sólo acto de reivindicar la aplicación de muchos párrafos de aquél artículo. En consecuencia la práctica de la ley, en esta perspectiva de construcción de los derechos públicos, continuará siendo un requisito para nuestra lucha por ciudadanía plena. Seguimos adelante.
3. Ciudadanía y modernidad
Históricamente las ciencias políticas atribuyeron el origen del concepto de ciudadanía a los griegos y su pólis, la ciudad. Mucho ya se ha estudiado acerca de aquél período histórico, lo mínimo que se puede decir es que la ciudadanía griega era por demás estricta, quedando fuera de ella todas las personas no libres (esclavos, mujeres, niños).
En la Europa medieval, como resultado de un largo proceso histórico, desde dentro del feudalismo, fueron apareciendo los Burgos, embriones de las ciudades modernas. En estos Burgos la población fue concentrándose y salió de los feudos rurales, dando inicio a una nueva clase social, que a partir del siglo XVI inicia su ascensión al poder: la burguesía, primeramente mercantil y después industrial.
El concepto de ciudadanía, en la modernidad, está vinculado a este proceso histórico y es enmarcado más nítidamente con las revoluciones burguesas, especialmente la Revolución Francesa de 1789 con sus ideales de igualdad, fraternidad y libertad.3 Con estas revoluciones surge la noción de Estado de Derecho que se contrapone al Estado Despótico, aristocrático de responsabilidad exclusiva de la nobleza. En este sentido la aparición de este nuevo estado liberal-burgués contribuyó para un avance en las conquistas de los derechos civiles. Es en este contexto que el trabajo pasa a ser evaluado como un marco para la existencia de la ciudadanía. Lutero, en el siglo XVI, percibió muy bien esto al trabajar con la noción de Beruf (vocación) como propia de la vida cristiana en sociedad. El extendió esta noción de los monasterios a la vida civil y con eso elevó el trabajo a la categoría de servicio prestado al propio Dios. Para Lutero el cristiano verdadero sirve a Dios en su vocación histórica concreta. El eliminó la distinción entre cristianos de primera (el clero) y de segunda clase (el pueblo). En la perspectiva del reino de Dios, un monje, un cura, una pastora, una monja, una catequista, una diácona o un simple miembro de la comunidad tienen la misma importancia. Es lo mismo si la persona es un albañil, una costurera, un obispo o el Papa. Todos tienen la misma dignidad y la misma misión: colocarse al servicio del reino de Dios y su justicia. (Mt 6,33).
Vivimos hoy, en Brasil, una situación histórica marcada por crecientes índices de violencia institucionalizada, mala distribución de la renta y de la tierra, impunidad e incumplimiento de los derechos humanos. Si hubieron algunas mejoras en algunos indicadores sociales, como lo muestra el informe de la ONU sobre el desarrollo humano en el país (los datos se refieren a 1995),4 otras informaciones y el final de los años 90 levantan enormes dudas y preocupaciones. Los datos del IBGE denotan que cerca de 38% de la población económicamente activa recibe de 0 a 1* salario mínimo, mientras en la otra punta solamente 2,2% reciben arriba de 20 salarios. En lo que dice respecto a la cuestión agraria, las disparidades son muy conocidas: mientras 52,9% de los establecimientos agrícolas con menos de 10 Has. ocupan 2,75% del total del área productiva, los latifundios con más de 1000 Has. representan solamente 0,9% de las propiedades, pero abarcan 43,8% del total del área productiva. Según el INCRA (1996) los latifundios improductivos suman cerca de 35 mil propiedades y 153 millones de hectáreas, un área mayor que la suma de los territorios de Francia, Alemania, España, Suiza y Austria.5
Si la conquista de la ciudadanía es una prerrogativa de la modernidad, en Brasil y en América latina la misma es de unos pocos, muy pocos.6 Por esto los movimientos sociales, entidades clasistas, organizaciones no gubernamentales, partidos políticos populares y sectores de iglesias cristianas, ya hace mucho vienen peleando por la ampliación de los derechos sociales, políticos y económicos. Estas luchas son importantes porque en la modernidad brasileña los avances económicos, tecnológicos, sociales, intelectuales y culturales normalmente son privatizados por algunos pocos. Ella está al servicio de una pequeña parcela de la población, generando descontento, violencia, prácticas populistas y clientelistas, elementos estos que configuran un cuadro permanente de injusticia y continuidad de las causas que generan el hambre, la miseria y el alejamiento de las mayorías de los derechos elementales de la ciudadanía.
El prof. Cristóvão Buarque, de la Universidad de Brasília y ex gobernador del Distrito Federal, escribió sobre el colapso de la modernidad brasileña.7 Usa un concepto que busca describir la situación en la cual nos encontramos. Afirma que en Brasil vivimos el fenómeno de la separación social. De la misma forma como en Africa del Sur el pueblo de mayoría negra era separado de sus derechos más elementales (a la vida, al trabajo, a la salud, a la educación), también por acá —aunque por razones distintas— tenemos una situación semejante. Esta situación solamente será revertida cuando nosotros podamos, efectivamente, democratizar la sociedad brasileña, el acceso al trabajo, a las riquezas, a los bienes, a la tecnología, a la educación y a la salud. No tendremos un país de personas ciudadanas mientras no enfrentemos estas cuestiones básicas de la ciudadanía, del ejercicio de la ciudadanía.
Para la comunidad cristiana la comprensión de este desafío es imprescindible. Por un lado es su misión, estar al servicio de los otros, de la misma forma como Dios nos sirve, por el otro, la comunidad participa de la sociedad civil como otra entidad cualquiera. Ella necesita hacer notable su presencia e importancia en cuanto cuerpo constituido por personas responsables y participantes de los derechos y de los deberes inherentes a la ciudadanía.
La eclesiología cristiana es muy clara a este respecto. Teológicamente la Iglesia es una institución divina llamada a la existencia por Dios (ec-clesia), cuerpo de Cristo, pueblo de Dios. 8 En la realidad histórica ella también es una institución humana que se lleva por criterios democráticos y de sentido común para su existencia histórica. Además de anunciar el evangelio y la palabra de Dios, la Iglesia paga impuestos, contribuye con obras sociales y educativas para el bien de las personas, cumple las leyes elaboradas por el poder legislativo, participando de las vicisitudes y compromisos típicos de la vida en sociedad. La Iglesia, por eso, no es algo de afuera del mundo, sino una comunidad presente en el mundo con todas sus glorias y fracasos propios de su encarnación histórica. De allí su permanente ambigüedad histórica. Por eso también se dice que “hay un solo mundo divino y humano, lleno de pecado y de gracia simultáneamente. La Iglesia solamente puede presentarse en este mundo y no en otro”9.
Es esta inserción que instituye el requisito de la participación pública o política. En consecuencia está el hecho de no existir neutralidad cuando se trata de la participación política en sentido lato y amplio. Cada decisión tomada y llevada a efecto corresponde a una cierta realidad concreta, y esta realidad tiene incidencia política. Por esto es importante que las personas de la comunidad, busquen la formación política adecuada a la vida social, elaborando permanentemente su comprensión de la política, de la participación, finalmente, de los derechos democráticos10.
4. Ciudadanía en tiempos neoliberales: Democracia y participación
En este final de siglo, entrando en el nuevo, experimentamos transformaciones radicales en el mundo. La palabra globalización entró en nuestro vocabulario cotidiano, es cantada en verso y en prosa por la prensa mientras sus pretendidos beneficios para el progreso de la humanidad, estarían a disposición de un nuevo ciclo histórico. La retórica esconde lo que la globalización implica para la autonomía y soberanía del país.
La realidad nos choca y nos asusta. En verdad vivimos perplejos delante del presente, de sus crisis constantes y de los trastornos a los cuales llega el mundo, en el camino de un proceso histórico-social sin comparaciones con el pasado reciente o lejano. La globalización configura un proceso que nos afecta a todos, pueblos, países y evidentemente a las iglesias. Los analistas más críticos son unánimes en un punto: pese el extraordinario crecimiento ocurrido en el postguerra (1945 en adelante), de la caída de la inflación en muchos países en las últimas décadas, de la modernización del ambiente productivo con la masiva aplicación de nuevas tecnologías, del avance de las comunicaciones, sobretodo el uso de las ondas de los satélites, del uso intensivo de tecnologías de punta (fibra óptica, ingeniería genética, biotecnología, robótica), todos estos beneficios no se distribuyeron equitativamente. Fueron concentrados en pocos países y pocas grandes empresas, atendiendo primeramente a siempre menores parcelas de la humanidad. Como resultado tenemos la concentración del poder y de la renta, de la riqueza y de la propiedad de la tierra, lo que viene agudizando sensiblemente las causas tradicionales del descontento popular y la miseria de los pueblos. El economista brasileño José Luis Fiori resume esta situación al afirmar que “la globalización no es un proceso libre de contradicciones” y que aquellos regímenes que, en otros momentos del siglo XX, eran tíldados de totalitarios, hoy algunos los llaman de “regímenes globalitarios”11. Estaríamos viviendo una nueva forma del totalitarismo, concepto tan bien estudiado por Hannah Arendt.
Las consecuencias de todo esto podemos observarlas en las ciudades, con la urbanización desenfrenada y caótica, el crecimiento de las “villas miseria”, la precariedad de los servicios públicos, pari passu con los graves desajustes de las economías nacionales: creciente desocupación, pérdida de los derechos sociales, frutos de largas luchas populares, exclusión de vastos sectores empobrecidos y sin preparación para la competición social, a quienes se les atribuye el apodo de improductivos y desechables.
En una investigación sobre la ciudad del Rio de Janeiro, Márcia da Silva Pereira Leite afirma que el imaginario de gran parte de las personas, sean de clases más elevadas o de clases inferiores, esta dominado por la metáfora de la guerra y en estas condiciones los caminos de solución de los graves problemas sociales son siempre más difíciles. Así dice:
“Rota la forma histórica de incorporación de las clases subalternas a la ciudadanía en el Brasil, limitado el potencial de absorción de la fuerza de trabajo por el mercado, ¿cuál es el lugar o rol que les queda? Entiendo que el estrechamiento de la ciudadanía —tanto en relación a los segmentos incorporados como a los derechos institucionalizados— tiende a producir una nueva ‘cuestión social’. Si la desarticulación de los sujetos colectivos (partidos, movimientos sociales y sindicatos) y la naturalización de los conflictos sociales no favorecen la reorganización de movimientos reivindicatorios, en sus formas usuales, conspiran para una irrupción de las carencias en el lenguaje de la necesidad y en el espacio de la vida cotidiana, la ciudad.”12
La autora llama la atención sobre el estrechamiento de la ciudadanía. Otros hablan de limitaciones al ejercicio de la ciudadanía. Me parece que este es el punto que nos interesa discutir a partir de la fe cristiana. Afirmaciones como aquella sirven como alerta y como confesión de pecados. Las comunidades cristianas, normalmente, son demasiado pasivas frente al del proceso histórico. Con eso dan un mal testimonio y terminan por encubrir cuando tendrían que hacer brillar la luz del Evangelio que fermenta a la masa.
En estos días percibimos con agudeza la necesidad de reinventar la democracia como democracia participativa. No solamente para ejercer el derecho al voto y de llevar documentos de identidad, sino para ejercer la conciencia de ser ciudadanos, que conllevan deberes, e indudablemente, derechos. Por esto juzgo muy oportuna aquella declaración de Fernanda Montenegro puesta al principio. Es una convocatoria para que nos hagamos presentes en la escena histórica, exigiendo, reivindicando, organizándonos, defendiendo sobre todo los derechos de los más pobres de esta tierra. Esto tiene que ver con la vocación cristiana. Es el paso que vamos a exponer en el siguiente punto.
5. Ciudadanía en la perspectiva bíblica
En una entrevista sobre la situación brasileña contemporánea, el filósofo Gerd Bornheim, libre docente de la UFRGS y profesor de la Universidade do Estado do Rio de Janeiro, decía que la base de la cultura occidental está inculcada en la violencia y que esta violencia tiene raíces que remontan a la cultura griega. El se preguntaba, también, si el totalitarismo (de izquierda y de derecha) no sería hoy una especie de último régimen político o sistema de violencia organizada.13
Considerando lo que expuse anteriormente me parece que él tiene razón y esto complica todavía más las cosas. ¿Cómo salimos de ésta? Es la gran pregunta que muchos se hacen. Evidentemente hay salidas conservadoras: ajuste fiscal, corte de los gastos públicos, altos intereses, recesión, apertura indiscriminada de la economía, sacrificios de derechos, ajuste salarial, penalización de las personas “inactivas” (jubilados), el vade mecum neoliberal actualmente impuesto al Brasil por el Fondo Monetario Internacional. Los que defienden esta solución dicen que solamente así el país podría pagar su monstruosa deuda externa e interna, dominar la inflación, disminuir el tamaño del Estado para, entonces, iniciar un nuevo ciclo de progreso y desarrollo. Parece que estaríamos delante una nueva versión, más sofisticada, de la vieja y conocida teoría de la torta, de los tiempos de Delfim Neto y de la Dictadura Militar. Sacrificios hoy para un futuro mejor después.
Otros piensan distinto. No hay consenso, existen varias propuestas muy dispares y a veces hasta conflictivas. Pero de una cosa estos sectores están convencidos.“Tenemos que partir de una crítica de la realidad concreta en que vivimos. La antigua idea del socialismo (de Estado, RZ) no va a ningún lado. Lo que es una tragedia. Es realmente una tragedia porque dejó la inteligencia occidental en una especie de vacío ... Pero tenemos que buscar un camino. Y el camino, a mi modo de ver, es criticar el sistema y trabajar el fragmento. Tenemos que inventar nuevos caminos”14.
Me parece que él está acertado en la dirección que indica. Porque creo que la comunidad cristiana tiene una contribución única que ofrecer, de modo especial, partiendo de su convicción más cimentada en el evangelio de la gracia y del amor liberador de Dios, revelado de manera insoslayable en Jesús de Nazaret.
En su trayectoria por los caminos de Palestina Jesús dio origen a un movimiento sui generis. Ni ortodoxo, ni revolucionario a la manera de los zelotes, sicarios y macabeos. Su predicación y práctica apuntaban a otra radicalidad. El decía a las multitudes que lo seguían, como ovejas sin pastor: “El plazo está vencido, el Reino de Dios se ha acercado. Tomen otro camino y crean en la Buena Nueva” (Mc 1,15). Esta buena nueva era la que Dios viene para rescatar (go’el) el pobre, el que estaba perdido y no tenía más esperanzas de salvación. Que Dios ama al pecador y da la vida por él.
Es muy interesante reflexionar sobre algunas narraciones bíblicas en las cuales aparecen las contradicciones entre aquél pueblo desorientado, el grupo de los discípulos y el propio Jesús. En Marcos 6 y Marcos 8 tenemos dos veces los relatos de la multiplicación de los panes. En el primero, Jesús confronta su grupo más cercano – que frente al hambre de la multitud, prefirió mandar que se fueran y compraran su comida – y afirma con fuerza: “Denles ustedes de comer”. Los discípulos no entienden, se ponen molestos y empiezan a calcular cuanto les costaría esta actitud de buena voluntad.
Sin embargo, Jesús piensa de otro modo. Pregunta sobre cuánta comida dispone la multitud. Después de una respuesta dubitativa, “cinco panes y dos peces”, los discípulos escuchan una orden de Jesús, todavía más absurda. Que el pueblo se arrimara en grupos de cien en cien y de cincuenta en cincuenta. Después de que el pueblo se organizara, Jesús toma el alimento disponible, agradece al cielo por el mismo, lo bendice y manda que sea repartido para toda aquella gente. El texto termina así: “Todos comieron hasta hartarse”.
En el capítulo 8 la narrativa se repite solamente con algunos cambios. No se trata solamente de 5 panes sino de 7 y algunos pescaditos. Y como en el caso anterior las personas comen y todavía sobra una gran cantidad. En la primer narración sobran doce canastos y en la segunda siete.
Una buena exégesis percibe en estos números un simbolismo muy fuerte. Siete en el lenguaje bíblico se refiere a plenitud. Se podría interpretar qué dice respecto a lo que es necesario y suficiente para la vida. Es importante darse cuenta que Jesús no acepta simplemente doblarse a las leyes del mercado (comprar y vender). El sugiere otro camino, el camino de la organización, del compartir y de la distribución más equitativa de lo que es necesario para vivir, de tal modo que las personas no desfallezcan por el camino, o sean, pierdan su vida. Para Jesús, la organización, el compartir y la distribución son elementos imprescindibles en la lucha por la vida. Y la vida es de Dios, por lo tanto, enajenable para todos. Y el milagro es la señal de que el Reino de Dios está cerca, ya llega.
La perícopa de Marcos 8 termina con una interrogación: ¿todavía no lo comprendieron? El exégeta Ched Myers dice que Marcos habla para su comunidad y desea orientarla en un contexto muy difícil. Probablemente este texto aparece cerca del 65 d.C., en los tiempos de la Guerra Judaica. La pequeña comunidad cristiana no puede ser confundida ni con judíos que están con el Imperio Romano, ni con los partidarios de la reacción violenta en contra de los romanos. Ella es primeramente desafiada a seguir los pasos de Jesús que hace radical la vivencia del amor y de la solidaridad que va más allá de la comunidad étnica-religiosa. Así dice Ched: “Los discípulos solamente pueden imaginar la falta de mercado en la economía dominante. Contra esta posición, Jesús continua orientándolos para que tengan sus propios recursos, los estimula a crear una economía alternativa. La “abundancia” que aparece en la visión que Marcos tienen del Reino puede realizarse cuando los discípulos aprendan a organizarse y a compartir los recursos válidos. Este es el “milagro” narrado en las distribuciones de alimento en el desierto; por medio de él nadie necesita “desfallecerse en el camino” (8,3)”15.
El autor continúa diciendo que aquel modelo de compartir y de distribución presentado a la comunidad en Mc 10.29-31 está en clara tensión con el orden económico vigente y representada por el latifundio, orden éste causador del empobrecimiento y hambre de los pobres. En síntesis, la comunidad es desafiada a recrear el sistema distributivo: la propiedad privada de tierras y casas es abandonada a favor de una economía que se basa en la cooperación y en el compartir los bienes y recursos.
Hoy no es posible transponer la propuesta de Jesús para la sociedad moderna, altamente compleja y diversificada. Pero la propuesta de distribución de renta y de los recursos continúa siendo el tendón de Aquiles del capitalismo, de modo particularmente dramático, en el actual estadio de la hegemonía del capital financiero, cuya crisis estructural está llevando a la quiebra la mayor parte de las economías de los países pobres (algunos de los cuales, sintomáticamente llamados en los últimos tiempos de “mercados emergentes”).
Pero el testimonio bíblico presenta todavía otro importante argumento, con el cual pretendo cerrar este artículo. Al contrario de Jesús, que actuó generalmente en pueblos chicos y villas en el interior de Palestina, adoptando generalmente una visión bastante rural, provinciana y nacionalista, Pablo es el hombre urbano y en esta condición interpretó el evangelio para la situación de las grandes ciudades16.
Según Pablo, el evangelio se hace decididamente cargo de la vida de las personas que no tienen valor en la sociedad. 1 Cor dice “son pocos de ustedes que pasan por cultos, y son pocas las personas pudientes o que vienen de familias famosas. Pero Dios ha elegido lo que el mundo tiene por necio, con el fin de avergonzar a los sabios; y ha escogido lo que el mundo tiene por débil, para avergonzar a los fuertes. Dios ha elegido a la gente común y despreciada; ha elegido lo que no es nada para rebajar a lo que es” (1,26-28).
Es con estas personas, motivadas por la fe, que la comunidad cristiana anuncia una nueva forma de vivir en el mundo. La koinonia cristiana no es un modelo para toda la sociedad, sino que ella quiere ser luz, levadura, experimento de otra forma de vivir en el mundo. El desafío, siempre renovado con cada nueva coyuntura histórica, es reinterpretar este evangelio, según las necesidades de las personas y conforme las señales del Reino que el Espíritu suscita.
En la carta a los Filipenses, Pablo escribe como, a su modo de ver, una persona cristiana participa en la lucha por la ciudadanía. Así dice: “Solamente procuren ordenar su vida (politeúesthe!) de acuerdo con la Buena Nueva de Cristo”. Pablo, en primer lugar, reafirma su convicción: el pueblo cristiano participa de la ciudad como ciudadano. No está afuera o más allá de la vida en sociedad. Está envuelto en ella y en sus quehaceres. Participa de la gestión de la sociedad civil, de la ciudad y del gobierno. Este reconocimiento del valor de la ciudadanía como vocación cristiana es de vital importancia para la encarnación de la fe en la actualidad. Esto quiere decir, por ejemplo, que si los cristianos participan de las organizaciones que luchan contra el hambre y la miseria o de los consejos municipales que tratan del tema de la niñez y del adolescente o que tratan de la salud, hacen lo que corresponde a la vivencia concreta de la fe en el mundo. No es algo opcional. Es compromiso de acuerdo a la fe. Además de eso, Santiago tiene toda la razón al condenar la fe que no es materializada en hechos (St 2,17).
Así, en segundo lugar, la persona cristiana deberá ejercer su ciudadanía en coherencia con el evangelio, de tal forma que su participación en los destinos de la sociedad civil sea un testimonio del amor de Cristo. Ser digno del evangelio implica asumir posturas éticas de respeto al otro, de la verdad y de la humildad. La persona cristiana sabrá oír y contribuir, estará siempre lista a arremangarse y ensuciar sus pies en el barro de las luchas históricas, aunque esto pueda significar, en algunos casos, pérdida de prestigio, ataque al honor personal, o en casos límite, amenaza a la vida (persecución y muerte). Tal ejercicio de la ciudadanía no es algo apenas individual, como si quedara al criterio de cada uno lo qué hacer; es ante todo un esfuerzo comunitario. En este sentido es que la comunidad está calificada y busca permanentemente calificarse para participar, de forma organizada, de la gestión y de la transformación de la vida en sociedad.
En tercer lugar, tal participación tendrá como criterio el evangelio de Cristo. Esto quiere decir: a partir del evangelio, la ciudadanía es un derecho vital que orienta la acción. Y este criterio está consubstanciado en el mensaje de la libertad cristiana, de la práctica de la justicia, del amor y del perdón17.
Nélio Schneider busca resumir la manera como Pablo entiende la vivencia de esa fe ciudadana y encuentra dos principios complementarios. Primero, “me he hecho todo para todos” (1 Cor 9,22). Segundo, “no sigan la corriente del mundo en que vivimos” (Rm 12,2).18 Así enfatiza la posición crítica asumida por la fe cristiana en la sociedad. La vivencia de la fe no dispensa la razón, pero la utiliza según el evangelio, de acuerdo al espíritu de Cristo. Y este espíritu indica el camino a seguir: la renovación constante de la mente, del corazón y de la propia realidad para que se realice el verdadero culto a Dios (Rm 12,1). Con esto Pablo deja en abierto como, en cada caso, este culto será realizado, aunque reafirme el sentido de él: la gloria de Dios y la salvación del ser humano en Cristo.
De esta forma la vivencia cristiana no podrá ser jamás algo aburrido, tedioso, ultrapasado, conservador. Ella, al contrario, nos colocará constantemente delante de opciones a veces difíciles y exigentes. Este es el precio del evangelio, del seguimiento a Jesús. La gracia, decía Dietrich Bonhoeffer, es cara. Y la libertad no es solamente un pantalón viejo, azul y descolorido. Ante todo, ella cuenta con todo nuestro ser y experiencia de vida. Para rescatar la dignidad de la vida y de la condición humana, como decía el filósofo Gerd Bornheim.
6. Conclusión: ciudadanía a la medida de la estatura de Cristo
En este artículo procuré relacionar el mensaje de la Biblia con el desafío de la ciudadanía, como vocación de cada persona cristiana y de la propia comunidad. Ubiqué el concepto de ciudadanía en la historia del Occidente y presenté las líneas del pensamiento bíblico que fundamentan la lucha por la ciudadanía como concreción de la vida de fe.
Para concluir entiendo que la dignidad de la fe encuentra hoy un examen en el ejercicio digno, responsable y crítico de la ciudadanía. Es lo que el apóstol Pablo afirmó en sus cartas, al sacar las consecuencias del evangelio de Jesús para el contexto urbano de las grandes ciudades. Él mismo no se cansa de presentar los criterios para tal vivencia. En su visión: en Cristo tenemos la medida para articular la práctica de la fe y del amor en cualquier tiempo y lugar. En Rom 12,3 Pablo orienta, una vez más, a la comunidad de Roma, específicamente aquella que vive en la capital del Imperio, cercana al centro del sistema: “La gracia que Dios me ha dado me autoriza para decirles a todos y a cada uno de Ustedes que no se estimen demasiado a sí mismos, sino dentro de lo prudente, y cada cual sea consciente del lugar que Dios le ha señalado.” Y en lo que dice respecto a la comunidad, “que todos nos juntemos en la misma fe y el mismo conocimiento del Hijo de Dios, llegando a ser el hombre perfecto, con esa madurez adulta que hará de nosotros la plenitud de Cristo. (Ef 4,13)
Hace parte de ese discipulado radical, la vivencia de la fe, situación civil, pública, ciudadana. Por esto nos toca ejercer con conciencia renovada, nuestra ciudadanía de modo digno del evangelio de Cristo. Solamente así haremos justicia al nombre de cristianos y a la misión que recibimos de Dios por intermedio de Cristo.
Roberto E. Zwetsch
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Traducido por: Clóvis Eloi
Notas
1 Zero Hora, Donna, Porto Alegre, 14/02/1999, p.5.
2 José COMBLIN. Teologia da cidade. Condens, en español por F. Javier Calvo. Trad. Célia M. Leal. São Paulo: Paulinas, 1991; Luiz Carlos SUSIN. “Cidade: da opressão à utopia. Elementos para uma reflexão bíblica e teológica sobre a cidade”. Cadernos da Estef, nº 6. Porto Alegre, 1991: 30-39; Milton Schwantes. “A cidade e a torre”. Estudos Teológicos. Ano 22, São Leopoldo, 1982(2): 75-106.
3 Cf. Maria de Lourdes Manzini COVRE. O que é cidadania. 6ª reimpressão. São Paulo: Brasiliense, 1998 (Primeiros Passos, 250).
4 Cf. Veja, 16/09/1998, p.114-121.
* N. del T. Un salario mínimo = U$70,00.
5 Para estos últimos datos, cf. Agenda MST 1999, anexos.
6 Cf. Para lo que sigue, mi artículo “Cidadania e modernidade”, en: Estudos Teológicos, ano 34, 1994(1): 20-31.
7 O colapso da modernidade brasileira e uma proposta alternativa, 3ª ed. Rio de Janeiro : Paz e Terra, 1992.
8 Cf. Klaus BERGER. “Volksversammlung und Gemeinde Gottes. Zu den Anfängen der christlichen Verwendung von ‘ekklesia’”. Zeitschrift für Theologie und Kirche. (ano 2), 73. Túbingen, Junho 1976: 167-207. Para uma compreensão evangélico-luterana de igreja, cf. Walter ALTMANN. Lutero e a libertação. Releitura de Lutero em perspectiva latino-americana. São Paulo/São Leopoldo: Ática/Sinodal, 1994 (especialmente cap. 6: A Igreja - povo pobre de Deus).
9 Evaldo L. PAULY. “Modernidade e Pastoral urbana. Um depoimento teórico e pessoal”. Estudos Teológicos, Ano 34, 1994(1): 34.
10 Cf. Evaldo L. PAULY. Cidadania e pastoral urbana. São Leopoldo : Sinodal/IEPG, 1994 (esp. capítulos 1, 3 e 4).
11 Os moedeiros falsos. Petrópolis: Vozes, 1997.
12 “Imagens, escolhas e dilemas de uma cidade em pé de guerra”. Proposta. Nº 66, setembro. Rio de Janeiro : 1995: p.5.
13 Entrevista: “Não abdicar da condição humana: criticar a realidade e inventar novos caminhos”. Proposta. nº 66, setembro. Rio de Janeiro : 1995: 45-50.
14 G. BORNHEIM, op. cit., p.47.
15 O evangelho de São Marcos. Trad. S.F.L. Ferreira. São Paulo: Paulinas, 1992, p.521.
16 Para o que segue, cf. Nélio SCHNEIDER. “‘Exerçam a cidadania de modo digno do evangelho de Cristo’: O evangelho na cidade”, em: Oneide BOBSIN (org.). Desafios urbanos à igreja. Estudos de casos. São Leopoldo: Sinodal, 1995: 13-28.
17 Cf. o clássico livrinho de Martim LUTERO. Da liberdade cristã. 5ª ed. revisada. Trad. Walter Altmann. São Leopoldo: Sinodal, 1998. Interessante notar que o mesmo texto e os prefácios da Bíblia e da carta aos Romanos foram publicados por uma editora universitária no ano de 1998, em edição bilíngüe para conferir com o texto original.. Cf. Martinho LUTERO. Da liberdade do cristão (1520). Prefácio à Bíblia. Edição bilíngüe. Trad. Erlon José Paschoal. São Paulo: Ed. UNESP, 1998.
18 Cf. Op. cit., p.17.
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