Resistencia popular en los inicios de la monarquía israelita
Carlos A. Dreher
Resumen
El presente artículo pretende verificar la resistencia popular presente en los inicios de la monarquía israelita. Para esto, parte de la constatación de la existencia de una relación contractual entre el pueblo y su rey, que atentaba contra los derechos y deberes que corresponden a cada una de las partes contratantes. A partir de ahí, busca comprender las razones de los conflictos surgidos entre las dos partes, especialmente durante el reinado de David y, después de la muerte de Salomón. Se constata que las crisis surgen desde el momento en que el rey ya no cumple personalmente su obligación contractual, pasando enseguida a usufructuar de los beneficios del poder. La insatisfacción popular y su exigencia de que la relación contractual con el rey retome las bases contractuales, toman cuerpo en algunas expresiones literarias, pero principalmente en las revueltas de Absalón y de Seba, así como en el rompimiento entre norte y sur, ocurrido en ocasión de la ascensión de Roboán al trono de Jerusalén. Las causas y el desarrollo de tales crisis son analizados en lo que sigue.
Abstract
The present article aims to verify the popular resistance that was present in the earliest times of the Israelite monarchy. In order to do so much, the article takes its point of departure from the existence of a contractual relation between the people and its king, with attention to the rights and duties which pertain to each of the contracting parties. From there, the article seeks to understand the reasons for the conflicts that arose between the two parties, especially during the reign of David and right after the death of Solomon. One perceives that crises start to appear at the moment when the king is no longer personally fulfilling his contractual obligation and just getting the benefits of power. The popular dissatisfaction and its insistence that the contractual relation to the king get back to its contractual basis become substantial in several literary expressions, but especially in the revolts of Absalom and of Sheba, as well as the rupture between the North and the South which takes place on the occasion of the ascension of Rehoboam to the throne of Jerusalem. The cause and course of these crises are analyzed in what follows.
1. Debajo de la zarza
“Fueron, cierta vez, los árboles a ungir un rey para ellos y dijeron al olivo: ‘Reina sobre nosotros’. Sin embargo, el olivo les respondió: ‘¿Dejaría yo mi aceite, que los dioses y los hombres aprecian en mí, para ir a hamacarme sobre los árboles? Entonces dijeron los árboles a la higuera: ‘Ven tú y reina sobre nosotros’. Pero la higuera les respondió: ‘¿Dejaría yo mi dulzura y mi buen fruto, para ir a hamacarme sobre los árboles?’. Entonces dijeron los árboles a la vid: ‘Ven tú a reinar sobre nosotros’. Pero la vid les respondió: ‘¿Dejaría yo mi vino, que agrada a los dioses y a los seres humanos, para ir a hamacarme sobre los árboles? Entonces todos los árboles dijeron a la zarza: ’Ven tú a reinar sobre nosotros. Respondió la zarza: ‘Si, de hecho, me ungís rey sobre vosotros, venid a refugiaros debajo de mi sombra” ( Jc 9,8-15a).
El fábula de Jotán, tenida como la pieza más antimonárquica de la literatura universal (Martín Buber), no estaría en el texto bíblico si no representase la experiencia de los campesinos israelitas respecto de la monarquía. Así como la zarza, una planta improductiva, que nada tiene fuera de espinas que por cierto hieren a quienes se cobijan bajo su supuesta sombra, de la misma manera es el rey. No trabaja, no produce, ni siquiera tiene utilidad, pero es el único interesado constantemente en el poder. Para alcanzarlo, promete cosas que no puede dar. Basta imaginar cómo quedaría el olivo, la higuera y la vid cobijadas bajo la sombra de aquel arbusto. Ciertamente que se ahogarían y dejarían de producir, como aquella semilla que cayó entre los espinos (Mc 4,7). De hecho, un rey, además de inútil, también aplasta a sus súbditos, bajo el pretexto de estar ofreciéndoles protección!
A pesar de que todavía me parece posible que el texto se haya originado en la experiencia campesina del Israel premonárquico, frente a los reyes de las ciudades-estado cananeas, hoy existe prácticamente un consenso en la investigación acerca de que debió surgir, de hecho, ya en tiempos de la monarquía israelita, en una época entre la consolidación del Estado bajo David y Salomón, y el siglo VIII a.C.1 Dentro de estas coordenadas cronológicas pretendo comprenderlo en lo que sigue.
Esa historia de los árboles representa en sí misma una forma de resistencia popular. El ambiente agrario que retrata, y la ironía aguda que presenta en su final, demuestran claramente que su lugar de origen, su matriz social, sólo puede ser el medio popular campesino. De ninguna manera un texto como éste podría haber surgido en la corte, toda vez que se dirige contra ella.
Sus autores son, pues, campesinos. A juzgar por el tipo de producción que mencionan -el olivo, la higuera y la vid-, se puede suponer que son campesinos todavía bien situados. Con todo, también campesinos empobrecidos guardarían el recuerdo de una producción otrora abundante. En ambos casos, sin embargo, el apólogo deja suficientemente clara la idea de que permanecer bajo la sombra de la zarza significaría el fin del aceite, de los higos y del vino para quien los produce.
Aunque no haya una alusión específica a ello, la sombra de la zarza parece referirse a la plaga introducida por la monarquía: la tributación del campesinado.
2. El surgir de la monarquía
Sin tener en cuenta las causas económicas, entre ellas ciertamente la introducción del buey como fuerza de tracción del arado en la agricultura israelita, que llevaron a que las contradicciones internas de la sociedad tribal se transformasen lentamente en una estructura de clases, el motivo fundamental para el surgimiento de la monarquía en Israel fue la amenaza de los filisteos. Todo indica que en torno del 1000 a.C. estos “pueblos del mar” hasta entonces localizados territorialmente en el sudoeste de Palestina, pretendían suceder a los egipcios en el control de la región, habitada ahora por las tribus de Israel. La amenaza militar, ahora constante, ya no podía ser enfrentada sólo con las fuerzas populares, provenientes de las aldeas. Era necesario crear un nuevo mecanismo de defensa, basado en un ejército permanente, más eficaz que las lentas tropas de campesinos transformados en guerreros para cada nueva situación de conflicto armado.
Hasta entonces, pueblo y fuerzas armadas se confundían. Ante una amenza de los enemigos externos, un liderazgo de emergencia, como el de Débora, Gedeón o Jefté, convocaba a los guerreros de las tribus. Éstos provenían de las aldeas. Cada aldea disponía de una pequeña unidad de defensa, compuesta de cerca de ocho a diez hombres aptos para la lucha. El término hebreo ´élef, que designa tal unidad de defensa, puede también indicar el número 1000, por el hecho de que, en las traducciones, las unidades de defensa son presentadas erróneamente como “millares”2. Así, en Jc 5,8b, por ejemplo, no se habla de 40.000 guerreros de Israel que, ante la guerra, se encontraban sin escudo ni lanza, sino, de hecho, de 40 unidades de defensa, lo que representa cerca de 320 a 400 guerreros disponibles para enfrentar a los reyes cananeos.
Hasta el momento de la convocación, tales guerreros eran campesinos. Trabajaban la tierra con sus arados, de cuyas rejas hacían espadas. De sus pequeñas hoces de podar vides, hacían lanzas, fijándolas en hastas de madera (cf. Is 2,4; Mq 4,3; Jl 4,10). Después de la guerra, volvían a su trabajo normal.
Es evidente que un tal ejército, lento en reunirse, mal armado y poco entrenado, no podía hacer frente a un enemigo que dispusiese de una tropa permanente, fuertemente armada, ejercitada constantemente, como era el caso de los filisteos. La descripción del armamento llevado por Goliat, en 1 Sm 17,4-7, hace de él un gigante más bien que un hombre de estatura real. ¿Qué podía hacer una simple honda en la mano de un pastor de ovejas que se disponía a enfrentarlo?
2.1. “Él nos juzgará, saldrá delante de nosotros y hará nuestras guerras”
“Nuestro rey nos gobernará/ juzgará, saldrá delante de nosotros y hará nuestras guerras (1 Sm 8,20), tal es el pedido dirigido por el pueblo (¿habrá sido él?) a Samuel. En el pasaje, dos funciones son atribuidas al rey: gobernar/ juzgar; hacer la guerra.
El verbo usado para la primera función significa, de por sí, “juzgar” (shafat). De él deriva el sustantivo “juez” (shofet) con el cual son designados los “jueces” del período pre-estatal. El verbo, sin embargo, puede significar también “gobernar”. En todo caso, el rey tenía, tarde o temprano, también la función de juez, especialmente de las causas que sobrepasaban la jurisdicción de la aldea (cf. por ejemplo 2 Sm 15,1-6; 1 R 3,16-28). La única duda se refiere a si dicha función había sido atribuida al rey de Israel ya desde el inicio.
La segunda función es la de hacer la guerra. En el pasaje, esa función es descrita de dos formas: a) saldrá a nuestro frente; b) hará nuestras guerras.
La primera forma dice claramente respecto a la conducción de las fuerzas populares, provenientes de las tribus. El rey será el comandante el jefe, el mariscal de campo de las fuerzas tribales. Tiene lugar allí una alteración fundamental en el concepto de conducción de la guerra, en relación con el período tribal. Ahora no es más un líder de emergencia, carismático, -como lo denominará Max Weber-, quien comanda a los guerreros. Aquel líder volvía al trabajo en el campo después del fin de la guerra. El rey ya no vuelve. Permanece siempre listo, hasta el fin de su vida. Pasa a ser comandante vitalicio de las fuerzas armadas, con derecho a convocar las unidades de defensa, según lo juzgue necesario.
La segunda forma -“él hará nuestras guerras”- podría ser una mera repetición de la primera. Con todo, podría también representar una alusión a una responsabilidad del rey de hacer las guerras en lugar de las fuerzas populares. En este caso, el surgimiento de la monarquía equivaldría claramente a una división del trabajo: los campesinos quedarían con la agriculura; el rey se ocuparía de las guerras.
Si bien esta hipótesis puede ser equivocada, en lo que se refiere al texto, corresponde sin embargo a lo que de hecho acoteció en términos históricos. Saúl ya se había dado cuenta de que las fuerzas populares eran poco eficientes para hacer frente a un enemigo del rango de los filisteos. Siguió contanto con ellas pero, poco a poco, fue agregando “todos los hombres fuertes y valientes que veía” (1 Sm 14,52). Se formaba de esta manera una tropa de elite, oriunda ciertamente en su mayor parte de los contingentes tribales, pero ahora desvinculada de la aldea. Surgían los soldados profesionales, constantemente dispuestos para la lucha. Y, en vista de ello, ya no disponían de tiempo para trabajar en sus tierras, necesitando conseguir de otra forma su sustento.
Con esa tropa regular, el rey podía ahora hacer, si no todas, al menos muchas de las guerras del pueblo. Es evidente que, en confrontaciones mayores con el enemigo, necesitaba todavía convocar las unidades de defensa de las tribus. Pequeñas escaramuzas de frontera, los primeros movimientos de defensa y rápidos contraataques, podían ser realizados sólo con la tropa de elite, más ágil, por su condición de ejército permanente aunque pequeño, que las lentas fuerzas populares.
2.2. Un contrato entre el rey y el pueblo
Visto de esta manera, todo lleva a creer que, desde su inicio, la monarquía fue el resultado de un contrato3 entre rey y pueblo, según los moldes del modo de producción tributario. El rey se disponía a organizar la defensa, a cambio de lo cual recibía un tributo. Dicho tributo consistían de una parte de la producción del campo, dentro de una lógica de cambio de servicios. Los soldados permanentes, lo mismo que el rey, ya no podían cultivar sus campos. Nada más justo, que recibiesen de los campesinos, a quienes defendían, su sustento.
El texto de 1 Sm 8, a pesar de no emplear el vocablo “contrato”,o algún equivalente del mismo, parece presuponer tal relación contractual. Es evidente que el texto refleja un punto de vista negativo respecto de la monarquía. Tiene un carácter panfletario, presentándose como un instrumento de resistencia. Ciertamente habrá surgido un poco más tarde que en el momento que supuestamente retrata, cuando la monarquía ya está consolidada y la experiencia con ella ya deja percibir sus reflejos negativos. No obstante, revela derechos y deberes de las partes implicadas en el contrato.
Si el v.20 nos habla de los deberes del rey, de las funciones que le competen, los vv.11b-17 permiten percibir sus derechos, o, contemplando la otra parte contratante, las obligaciones que caben al pueblo. En resumen, allí se nos dice que, en contrapartida por las tareas de juzgar/gobernar, de ejercer el mando del ejército y, eventualmente, de hacer guerras sólo con sus tropas de élite, el rey podrá disponer de personas para los servicios necesarios y de la producción del campo para su manutención
Con relaión a las personas, el texto hace algunas diferenciaciones interesantes, distribuyéndolas en tres grupos: los hijos, las hijas, los esclavos de ambos sexos y los jóvenes. Estos jóvenes, en la realidad, también son hijos. Se diferencian de los anteriores por el hecho de que todavían no están casados y, por eso, están bajo la dependencia de la casa paterna, como los esclavos4.
A los hijos les competen tres tipos de servicios: a) funciones de comando de tropas; b) el trabajo agrícola en los campos pertenecientes al rey; c) la confección de armas de guerra, incluído allí el armado de carros de guerra.
A las hijas caben los servicios de manutención y provisión diaria de la corte, dispuestos nuevamente en tres partes: a) la mezcla de aceite con plantas aromáticas; b) el cocimiento de alimentos; c) el trabajo de panadería.
A los esclavos, a las esclavas y a los jóvenes les competen servicios no especificados, entre los cuales deben contarse los trabajos en las construcciones promovidas por la corona.
Además de disponer sobre las personas, el rey puede también tomar tierras y productos. El v.14 indica el derecho de apropiarse de campos, viñas y olivares pertenecientes a los campesinos para darlos, ciertamente en pago de servicios prestados, a los funcionarios de la corte. El v.15 nos habla de la tributación sobre las cosechas de campos y viñas. El v.17 añade además la tributación sobre los rebaños. Es dudoso si tal tributación, en estos dos últimos casos, incidía siempre sobre el 10% de la producción5.
En la estructura formal del texto, el v.15 desentona del conjunto. En consecuencia de ello, propónese que es un agregado al panfleto original, aunque su adición haya ocurrido bastante temprano. Aunque no tanto como consecuencia de esa cuestión formal, algunos investigadores ponen en duda la existencia de una tributación regular en productos en los tiempos de la monarquía israelita6.
Me parece, no obstante, que esta forma de tributación debe haber sido, de hecho, la más antigua. La razón para no ser mencionada con insistencia en los textos reside, a mi modo de ver, en el hecho de haber sido considerada la más normal. Al final, quien está en guerra no puede plantar ni recoger. Es justo, por tanto, que se entregue parte del excedente de la producción de los campos a los que prestan el servicio de defensa. Tal tributo representa una relación de intercambio de servicios y, en cuanto, no debe ser criticado, ¡a no ser en el caso en que la parte que lo recibe -o exige- ya no esté prestando el servicio que se espera de ella!
Un pequeño ejemplo de este tipo de tributo en especie, con clara connotación de cambio de servicios, se puede verificar en el pasaje de 1 Sm17,17-22. Tres de los hermanos de David están en la guerra contra los filisteos. A pedido del padre, David debe llevarles un ´efá (cerca de 45 litros) de trigo tostado y diez panes. Debe llevar además diez quesos y entregarlos al comandante de la unidad de defensa a la que pertenecen los hermanos (vv.17-18). Cuando llega allá, entrega todo lo que trae al custodio del equipaje de la tropa (v.22). Resulta claro que el trigo tostado y los diez panes pueden significar un refuerzo alimenticio enviado por el padre a los hijos guerrerros. No obstante, representan el cambio de servicios dentro de la sociedad tribal. Los muchachos no están en la labranza, porque están luchando, pero es evidente que necesitan comer. Los quesos para el comandante es lo que se escapa a la regla de la preocupación del padre por los hijos.Aunque aceptemos la hipótesis bastante probable que este comandante encabezaba la unidad de defensa proveniente de la aldea de Jesé, y que, por eso, se trate de un vecino conocido, no deja de ser notable el hecho de que reciba tantos quesos.
Ciertamente que no son sólo para él sino para todo el grupo que encabeza. Esto paréceme corroborado también por el hecho de que David entrega todo, trigo, panes y queso, al custodio del equipaje.
No se trata, evidentemente, de un tributo para el rey. Es evidente que se trata de un trueque de servicios, que serán cada vez más asumidos por el monarca y sus soldados de élite, quienes recibirán, los productos otrora llevados a los familiares en el campo de batalla.
Si bien el texto de 1 Sm 8 presenta una connotación negativa respecto de la realeza, podemos concluir que refleja los elementos constantes en la relación contractual tributaria de la monarquía. El rey juzga y hace la guerra; los campesinos le proporcionan servicio militar, servicio de manutención de la corte y trabajo en las construcciones, además de un porcentaje de su producción agro-pastoril. Hasta allí todo está dentro de lo normal. Cuando empieza a tomar tierras y a exagerar en lo que exige en términos de trabajo y de productos, la reacción popular tiende a manifestarse en menor o mayor grado.
Por fin, si 1 Sm 8 no permite verificar la clara existencia de un contrato para esta relación de intercambio de servicios, otro pasaje testimonia a ese respecto. Se trata de 2 Sm 5,1-3.
Después de la muerte de Isbaal, hijo de Saúl y segundo rey de Israel, las tribus del norte buscan a David, en Hebrón, para hacerlo rey sobre ellas. La razón política para eso está claramente presentada: “Ya de antes, cuando Saúl era nuestro rey, eras tú el que dirigías nuestras salidas y entradas (militares) de Israel” (v.2). Es por conocerlo como hábil guerrero que las tribus lo quieren como rey. Su función de rey será, por tanto, también militar.
A continuación (v.3), el texto nos dice que David hizo con ellas un pacto, después de lo cual lo ungieron como rey. Nada nos es señalado sobre el contenido del pacto. Se puede suponer, no obstante, que haya sido la base contractual para esta relación entre rey y pueblo. La función del rey ya había sido anticipada: hacer las guerras. ¿Y la contrapartida del pueblo? Será, ciertamente, la que ya conocemos de 1 Sm 8: servicio militar, manutención, trabajo en las construcciones – por lo tanto, trabajo forzado - y la entrega de tributos en especie. En suma, a cambio de las guerras hechas por el rey, el pueblo lo mantendrá, con todo lo que le sea necesario.
No puede haber duda sobre la contrapartida del pueblo. Al final, la tradición ya conocía al David bandolero, que ofrecía protección a campesinos acomodados, lo mismo que a su gente, a cambio de algún tipo de compensación económica. La historia de Nabal (2 Sm 25) lo demostraba muy bien, ¡y con todos sus peligros!
Con certeza que el pueblo, en este contrato, también sabía que sostener al David exitoso sería mucho más oneroso de lo que había sido con Saúl e Isbaal. Saúl tenía una pequeña tropa de élite a su alrededor. David ya contaba con un contingente de 600 hombres (1 Sm 25,13), y aumentaría el de soldados profesionales con los “kereteos y peleteos” (2 Sm 8,18; 15,18; 20,7.23), los 600 guititas (2 Sm 15,18) y sus valientes (2 Sm 23,8-39), todos ellos desligados del trabajo de campo, la mayoría de ellos mercenarios extranjeros, que ciertamente no convendrían en luchar por apenas algunos quesos y panes y un poco de trigo tostado.
3. Los primeros tiempos de la monarquía
El reinado de Saúl fue de corta duración. Tuvo algunos éxitos iniciales contra los amonitas (1 Sm 11) y los amalecitas (1 Sm 15), así como pequeñas victorias frente a los filisteos (1 Sm 13-14). Con todo, no consiguió alcanzar el objetivo principal, que había sido su razón de ser. Fue derrotado en la confrontación decisiva contra los filisteos, en los montes Gelboé (1 Sm 31), batalla en la que perdió también su vida. Parece que hubo algunos conflictos de orden religioso en su afán de agilizar la movilización del ejército (1 Sm 13,8ss) y al no seguir prescripciones de cómo tratar al enemigo vencido (1 Sm 15). No parece, con todo, que haya habido resistencia mayor contra su reinado por parte de la población. Sus fracasos, sin embargo, lo dejaron caer en el desprestigio.
David tuvo mucho más suerte. De escudero y comandante de tropa de Saúl, pasó a la condición de bandolero y fugitivo. Su habilidad guerrera, no obstante, lo llevó a caer en gracia con los filisteos, a cuyo servicio se colocó con su banda, como mercenario. Con el fruto de varios saqueos, se enriqueció. Ganó prestigio entre la población de Judá, al entregar a los filisteos parte de los saqueos, como presente (1 Sm 27). Por sus servicios a los filisteos, recibió la ciudad de Siquelag como propiedad (1 Sm 27,5s). En suma, se volvió célebre y poderoso, con la ayuda de sus bandoleros.
A partir de esta historia, David llegó a ser rey de Judá, en Hebrón (2 Sm 2,1-4), si bien el lenguaje del pasaje permite imaginar que había conquistado la ciudad y había sido hecho rey más por la presión y miedo ejercidos sobre la población del sur, que por la voluntad real de ésta.
En relación con el reino del norte, que continuaba existiendo independientemente bajo Isbaal, David supo arreglarse hábilmente en términos políticos, mostrándose simpático en cada nuevo fracaso que ocurría allí: la muerte de Saúl y de Jonatán, el asesinato de Abner y, después, de Isbaal. Por otro lado, buscó garantizar sus relaciones de parentesco con la familia real del norte, al exigir que la hija de Saúl, Mical, le fuera dada como esposa y después tomada, le fuese restituida (2 Sm 3,12-16).
Todo eso, poder, prestigio, habilidad política y militar, lo elevó a una condición cuasi natural de candidato único a la sucesión.
Rey sobre Judá y sobre Israel, tomó Jerusalén a los jebuseos, para hacer de ella su ciudad particular y capital neutra para los dos reinos, ahora unidos bajo su persona. Llegó a ser rey sobre Jerusalén. A partir de allí, con sus tropas profesionales, desvinculadas de las tribus y deudoras de fidelidad solamente a él, pasó a hacer las guerras, las suyas y las de las tribus.
Probablemente con el uso todavía de las fuerzas populares tribales pero, sin duda, con la ayuda fundamental de sus tropas de élite, David derrotó a los filisteos (2 Sm 5,17-25; 8,1). Conocía bien al enemigo, a cuyo servicio estuvo por un buen tiempo, asimilando sus tácticas y estrategias, así como su armamento más eficiente. Con ese conocimiento, se equiparaba a él.
Con la derrota de los filisteos, David alcanzaba el objetivo que llevara al surgimiento de la monarquía. Teóricamente, la monarquía podría terminar por ahí. Su razón de ser, en sí, dejaba de existir, a no ser que se contase con la posibilidad de que el enemigo se rearticulase y volviese a amenazar la tranquilidad campesina de Palestina. En otros tiempos, hubiera sido la hora en que David y sus hombres volviesen al trabajo en el campo. Además, acabada la necesidad de la existencia de una tropa permanente, se acababa también la necesidad de entregarle como tributo una parte del excedente de la producción.
Con todo, la monarquía no acabó allí. Las tropas permanentes no fueron disueltas. Al contrario, fueron aumentadas considerablemente. Acostumbrado a la guerra, David continuó practicándola, descubriendo nuevos enemigos en diferentes vecinos de Israel y de Judá. De esa manera subyugó, además de los filisteos, a los moabitas y a los amonitas en el este, a los edomitas en el sudeste, a los arameos en el norte, y posiblemente a los amalecitas en el sur. Sometió a todos a la condición de vasallos suyos. En Amón, asumió la corona, haciéndose rey por cuarta vez.
Por un lado, a través de estos emprendimientos bélicos expansionistas, David consolidaba las fronteras de sus dos reinos originales, Judá e Israel, haciendo de ambos no sólo estados nacionales sino también territoriales. Por el otro, se volvía señor de un imperio, nunca antes visto en la Palestina, compuesto de estados sometidos personalmente a él. Los gobernaba a todos a partir de su ciudad particular, Jerusalén. Eso, sin embargo, no significaba que tales estados vecinos estuviesen sometidos a Israel o a Judá. Más bien, estos dos estados se colocaban, bajo David, prácticamente en la misma condición que los demás, ¡sometidos al rey de Jerusalén! Para garantizar su poder, David necesitaba todavía de las fuerzas populares de cualquiera de esos estados. Sus fuerzas mercenarias, siempre prontas y bien armadas, fieles exclusivamente a la persona del rey, aumentaban considerablemente su poderío bélico, mas todavía no le parecían suficientes para prescindir de las unidades de defensa de las tribus.
Hay que contar también con el hecho de que todo este expansionismo territorial permitió con certeza un ablandamiento de la tributación interna, toda vez que las tropas en acción podían mantenerse, al menos en parte, con el saqueo de las áreas conquistadas. En la medida en que había guerras exitosas contra los pueblos vecinos, la cuenta que debían pagar Israel y Judá sería mucho menor, aunque no inexistente. Mientras pinchaba más a los vecinos, la zarza hacía más sombra para los de adentro. Terminadas las guerras, sin embargo, y mantenido el Estado, la historia sería otra. La sombra torturante de la zarza pasaba a estar sobre todos.
4. Comienzan las crisis
A pesar de todos los éxitos de David, fue bajo su gobierno cuando comenzaron a surgir manifestaciones de insatisfacción popular con la monarquía. La redacción de los textos sobre su reinado es claramente favorable a él. En consecuencia, minimiza muchas veces los hechos negativos. A pesar de eso, no consigue esconderlos del todo, y permite recomponer, muchas veces a través de hipótesis, la resistencia popular a un reinado que se absolutizaba cada vez más.
Es un hecho que David tuvo que enfrentar dos rebeliones: la de Absalón ( 2 Sm 15-19) y la de Seba (2 Sm 20). Además de éstas, los textos presentan también dos momentos fuertes en los cuales se puede verificar la insatisfacción popular con el gran rey. El primero es apenas una pequeña nota, casi marginal e ingenua, en 2 Sm 11,1, colocada en el inicio del relato sobre el adulterio de David con la mujer de Urías. El segundo se presenta en un texto bastante complicado, 2 Sm 24,1-17, que nos habla del censo de Israel y de Judá levantado por David y duramente reprobado por Yavé. En el análisis de estos cuatro momentos, acompaño la secuencia de los textos bíblicos que me parecee corresponder también al desarrollo histórico.
4.1. David, sin embargo, se quedó en Jerusalén
Independientemente de la discusión sobre la extensión de las así llamadas “Historia de la ascensión de David” (1 Sm 16 - 2 Sm 5 [7-8] ) e “Historia de la sucesión al trono de David” (2 Sm [6] 9-20; 2 Rs 1-2)7, es verdad que los textos allí comprendidos son claramente favorables a David hasta 2 Sm 10. A partir de 2 Sm 11, los relatos sobre David, su familia y su gobierno, están repletos de críticas y de puntos de vista desfavorables a él.
Es interesante que, exactamente al iniciarse los relatos negativos sobre el gran rey, comenzando por el adulterio con la mujer de Urías, los autores bíblicos colocan una pequeña nota casi marginal que podría representar, aunque tal vez no intencionalmente, una especie de título, lo que sigue: “A la vuelta del año, al tiempo en que los reyes salen a campaña, envió David a Joab con sus veteranos y todo Israel. Derrotaron a los amonitas y pusieron sitio a Rabbá; David, sin embargo, se quedó en Jerusalén” (2 Sm 11,1).
Los reyes no hacen la guerra todo el tiempo. Hay épocas en el año en que no es posible, por causa de las lluvias. Con el retorno del tiempo del verano, no obstante, las guerras interrumpidas son retomadas. David está, pues, en la hora de volver a hacer la guerra. Es lo que hacen Joab, las tropas regulares y las fuerzas populares. Él, sin embargo, se queda en Jerusalén.
Sería perfectamente posible considerar la actitud de David con toda naturalidad. En fin de cuentas, los jefes de Estado normalmente no se exponen en los campos de batalla. Eso es tarea para los generales y soldados. Con todo, si tomamos en serio el hecho de que la monarquía surgió como fruto de un contrato entre el rey y el pueblo, según el cual el rey debería hacer las guerras, David, al quedarse en casa, se está escapando de su responsabilidad. Una de las cláusulas del contrato ya no está siendo cumplida.
No nos interesa discutir aquí si esta pequeña nota es intencional o meramente casual y hasta ingenua. El hecho es que encabeza la narración sobre aquello que es visto como la gran mancha sobre David. La reprensión de Natán, en el capítulo siguiente, deja muy en claro que David es culpado de dos crímenes: robo y asesinato (2 Sm 12,9). Y todo eso acontece porque el rey ya no cumple la función para la cual fue elegido, ya no hace la guerra. Otros la hacen en su lugar, el rey permanece en casa, durmiendo mucho, a punto de levantarse sólo de tarde (v.2), espiando a las mujeres de los soldados bañándose, mandando a buscarlas para divertirse sexualmente con ellas. Después, cuando la mujer del soldado aparece grávida, el gran rey intenta encubrir el caso. Cuando su estratagema no funciona, apela simplemente a la solución fácil: planea la muerte “accidental” del soldado (v.15).
El éxito y el poder subieron a la cabeza del rey. Ya no cumple su función. Se queda en casa, usufructuando de los beneficios del poder. Es el primero en quebrar el contrato. Ya no es él quien hace sombra. Sus espinas empiezan a lastimar.
4.2. La revuelta de Absalón
La revuelta de Absalón es vista normalmente sólo bajo el prisma de la historia de la sucesión de David. ¿Quién será el rey después de él? Esa pregunta, de hecho, está presente en los textos de 2 Sm 6 - 2 Re 2. Las intrigas de la corte entre Amnón y Absalón , Adonías y Salomón, ciertamente son muestras de una preocupación también con la sucesión.
Con todo, no me parece que sea correcto ver en Absalón apenas a un hijo del rey interesado en anticipar su ascensión al trono. Herbert Donner, por ejemplo, parece afirmarlo con todas las letras, cuando dice: “paulatinamente, una insana impaciencia se apoderó de Absalón; se empecinó en abreviar su tiempo de espera. En las condiciones dadas, eso no era posible, a no ser por sobre el cadáver de su padre. Pero los escrúpulos del príncipe en relación con eso no deben de haber sido muy grandes; la indecisión no formaba parte de sus defectos. Así, al final, dio un paso en dirección al levantamiento contra su padre, del golpe de Estado (2 Sm 15-19)8.
Con certeza, en el caso de la revuelta de Absalón, no se trata sólo de un golpe de Estado, ni sólo de un cisma personalista de padre contra hijo. Hasta es posible que, en la figura de Absalón en cuanto tal, tales trazos estén presentes. El hecho, sin embargo, de que las fuerzas populares del sur y del norte, de Judá y de Israel, lo siguiesen, demuestra que había ahí en juego algo mucho mayor que una intriga palaciega9.
De acuerdo con los relatos bíblicos, en términos militares sólo las tropas regulares de élite y las fuerzas mercenarias permanecieron fieles a David. Esto significa que la base popular de Israel y de Judá se colocó contra el rey, del lado de Absalón, toda vez que las unidades de defensa que componen las fuerzas populares están directamente ligadas a los clanes y a las aldeas, y no entran en acción, disvinculadas de sus reductos de origen. El acontecimiento tuvo, por tanto, la dimensión de una revuelta popular, y no solo de un mero golpe de Estado.
No obstante, no se puede concluir, sobre la base de que Absalón había sido proclamado rey y reconocido como tal (2 Sm 15,10; 16,16-19; 19,11), que se tratase de un levantamiento revolucionario. No se busca el fin de la monarquía, sino solo la destitución de un monarca, y su sustitución por otro. El movimiento debe,entonces, pretender una reforma de la monarquía. ¿Qué buscan los revoltosos?
Las informaciones textuales son escasas. Pero no se puede dudar, sin embargo, de lo que nos es relatado en 2 Sm 15,2-6. Absalón intenta ejercer influencia sobre las tribus del sur y del norte, criticando la actuación jurídica de la corte. Parado delante de la puerta, se anticipa a la corte, dirigiendo la palabra a las personas que vienen al rey para resolver cuestiones jurídicas. Les da la razón en su causa, critica la administración real y promete un régimen mejor que el actual (v.2-4).
Las cuestiones jurídicas normales continuaron siendo juzgadas y resueltas en las propias aldeas, en los tiempos de la monarquía. Aún así, si los asuntos llevados a Jerusalén hubiesen sido de un tal tipo, difícilmente Absalón habría alcanzado prestigio entre las tribus porque, al final, estaría sólo tomando partido por una persona contra otra, o usando de simple demagogia, lo que luego se volvería sospechoso. Es más probable, entonces, que las cuestiones llevadas al palacio fuesen de otro orden, tales como controversias entre ciudadanos comunes por un lado, y el propio rey y su administración, por el otro.
Si se tiene en cuenta que Absalón, con base en sus promesas, consiguió reunir en torno de sí las fuerzas populares del norte y del sur, además de importantes funcionarios de la corte, aquellas cuestiones jurídicas no pudieron ser solo cosa de algunos individuos sino, eso sí, la expresión de una amplia manifestación de insatisfacción popular con la situación reinante.
La pregunta que queda es de dónde provenía esta insatisfacción. Frente al silencio de los textos, sólo es posible suscitar algunas hipótesis. La más viable parece ser la de que, de una forma o de otra, la política externa expansionista, practicada por David, tuvo consecuencias de orden interno, sentidas como negativas por la población de Israel y de Judá.
También estas consecuencias negativas solo pueden ser imaginadas, toda vez que no hay informaciones al respecto en los relatos. No es difícil, sin embargo, suponer que, con tantas guerras, las fuerzas populares hubiesen estado bastante exigidas. Cada guerrero quedaba largo tiempo alejado de su trabajo en el campo, año tras año. A los que permanecían, tampoco les era fácil mantener el cultivo de la tierra con menos mano de obra, con la cual tenían que garantizar el sustento de los que luchaban, en tanto en cuanto el saqueo no los eximiese de esa obligación.
Con certeza las dimensiones que el imperio asumía aumentaban la necesidad de funcionarios en la corte. Fuese cual fuese su procedencia, también para su sustento se necesitaban tributos. Aparte de eso, también aumentaba la necesidad personal para los servicios de la corte. Y allá iban hijos e hijas, lejos de casa, a trabajar en la ciudad del rey,
A pesar de la falta de informaciones en los textos, la hipótesis se sostiene por el hecho de que solamente una profunda insatisfacción generalizada, basada en experiencias negativas bien concretas con el reinado de David, habrían llevado a las fuerzas populares de ambos reinos a unirse en torno de Abasalón. El más hábil lisonjeador no sería capaz de engañar a toda la población por tanto tiempo. Las propias fuerzas populares acabarían divididas entre partidarios de David, por un lado, y seguidores de Absalón, por el otro. Los relatos bíblicos, sin embargo, afirman enfáticamente que David vio que su apoyo quedaba limitado a sus tropas de élite y al personal de la corte. Y esto confirma una vez más la hipótesis, ya que las personas que permanecieron fieles a David eran las que usufructuaban de los tributos y del trabajo popular.
Con todo, la revuelta popular liderada por Absalón, quien proponía reformas, fracasó. Las tropas de élite de David se mostraron suficientes para batir a las fuerzas populares de Judá y de Israel. Absalón fue muerto por Joab y sus hombres. Las esperanzas de reforma acabaron allí.
4.3. La revuelta de Seba10
Si para la revuelta de Absalón los datos son pocos, para la de Seba son menos todavía. El breve relato (2 Sm 20,1-22) nos cuenta que “entonces” un hombre llamado Seba, hijo de Bikri, benjaminita, visto por los autores del relato como un “hombre de Belial”, expresión normalmente utilizada para indicar a los enemigos del rey (cf. 1 Sm 10,27; 25,17.25; 2 Cr 13,7), tocó la trompeta y dijo: “no hacemos parte con David, ni tenemos herencia con el hijo de Jesé; cada uno a sus tiendas, ¡oh Israel!” La consecuencia de su aclamación fue que todos los hombres de Israel se separaron de David y siguieron a Seba. Los hombres de Judá permanecieron con el rey.
David ordena la persecución de Seba, mandando convocar, entre tanto, las fuerzas populares de Judá. Mientras aguarda la ejecución de la orden, afirma: “Más mal, ahora, nos hará Seba, el hijo de Bikri, que Absalón”. Ordena, entonces, a Abisai que persiga a Seba, a fin de que no encuentre para sí ciudades fortificadas y escape.
Seba, sin embargo, ya ha encontrado una ciudad, Abel-Bêt-Maaká. Los hombres de David la cercan. Después de un acuerdo, los habitantes de la ciudad lanzan la cabeza de Seba por sobre el muro. La revuelta está terminada.
La única posibilidad para comprender las razones de la revuelta de Seba es considerar el relato del cap. 20 en conección inmediata con el final de la revuelta de Absalón, y como una consecuencia de las tratativas hechas por David luego de ser controlada la rebelión.
En 2 Sm 18,17, nos es contado que, después de la derrota de las fuerzas populares y de la muerte de Absalón, todo Israel huyó “cada uno a su tienda”. Esta expresión es común para indicar la disolución de las fuerzas populares (cf. Jc 7,8; 1 Sm 4,10; 13,2; 2 Re 8,21; 14,12; ver también 1 Re 22,36; comparar Dt 16,7; Jos 22,4.6-8; l Re 8,66). La expresión se repite en 19,9, después del relato de cómo David recibiera la noticia de la muerte del hijo, como para retomar las informaciones de lo que aconteciera con las fuerzas populares. Eso es lo que describen los versículos siguientes, 10-11. De regreso a sus tiendas, el pueblo, tanto en Israel como en Judá, discutía sobre qué hacer ahora. La cuestión en juego era apoyar o no nuevamente a David, que se disponía a volver a Jerusalén. Las razones para el apoyo son dadas por el recuerdo de que David derrotara a los enemigos del pueblo, entre ellos los filisteos. Aparte de eso, Absalón, que había sido ungido rey en su lugar, estaba muerto. ¿Por qué, entonces, no hacer regresar al antiguo rey?
Tal discusión sólo tiene sentido, si el retorno de David al trono no es visto como obvio. Él mismo tendrá que negociar esa posibilidad, como está descrito en la secuencia (2 Sm 19:11-15). Estamos, pues, según los relatos bíblicos, frente a una negociación del contrato entre el rey y el pueblo. Si bien vencidas, las fuerzas populares no reconducen automáticamente a David a Jerusalén.
Por un lado, esa situación confirma la hipótesis de que el levantamiento de Absalón no fue solamente una cuestión personalista del hijo buscando sustituir al padre. Fue, de hecho, una cuestión más abarcadora, en la cual las tribus pretendían una nueva relación contractual con el rey. A pesar de la derrota, la reivindicación continúa valiendo. Por otro lado, indica también que, después de la derrota, el pueblo queda dividido. Si unos quieren el retorno de David, otros dudan en reconducirlo al trono.
Es frente a tal indecisión, resultante de la discusión entre partidarios del rey y sus opositores, como David parte hacia un estratagema político arriesgado. Conocedor de la discusión popular (v.12b), opta por reconquistar el apoyo del grupo que le está más contiguo: los ancianos de Judá (v.12a). Les envía los dos principales sacerdotes, Sadoc y Abiatar, para que les recuerden su parentesco con David. Son sus huesos y su carne. A partir de allí intenta cooptarlos: “Por qué seríais los últimos en traer al rey a su casa?”. Al mismo tiempo, intenta lisonjear a Amasá, que había sido hecho comandante de las fuerzas populares de Judá por Absalón (2 Sm 17,25), ofreciéndole el comando de su ejército en lugar de Joab. El resultado de la propuesta de David es que Judá se dejó convencer y se dispuso a hacer volver al rey al trono.
Ahora bien, si la discusión popular anterior se daba tanto en Israel como en Judá, ¿por qué David hace tal propuesta solo a Judá? La respuesta solo puede ser una: está dispuesto a hacer concesiones, en relación con las reivindicaciones populares, apenas para uno de los dos reinos, el que le está más próximo. Y, teniendo a Judá, a su población y a sus fuerzas populares de su lado, quiebra la unidad de la resistencia surgida bajo Absalón. La referencia al parentesco debe indicar la disposición de parte de David para atender las reivindicaciones judaítas, tanto como para suspender cualquier tipo de castigo contra los revoltosos derrotados de aquel territorio. La invitación a Amasá para que asuma el comando supremo del ejército de David, apunta a la posibilidad de que Judá pase a ocupar un papel preponderante en la política que será conducida por el rey a partir de ahora. Por fin, la sutil pregunta “¿por qué seríais los últimos en traer al rey de regreso”, sugiere que podría haber otros dispuestos a hacerlo. En este caso, la pregunta contiene una oferta – el que viene primero podrá contar con prerrogativas - , y una amenaza velada: quien viene último pagará la cuenta.
Frente a la decisión tomada por Judá, siguen otras manifestaciones de apoyo por parte de grupos opositores ligados al poder, como las de Simeí, pariente de Saúl (cf. 2 Sm 16,5ss), comandando un contingente de tropas de Benjamín (19,17s), de Sibá, servidor de la casa de Saúl, con 15 hijos y siervos (19,18), de Meribbaal, hijo de Saúl (19,25ss)11, que había permanecido en Jerusalén en ocasión de la revuelta de Absalón, con la expectativa de asumir el reino otrora de su padre (2 Sm 16,3), y también de Barzil-lay, de Galaad, que apoyara a David durante la revuelta (19,32ss). Con este apoyo, David se considera nuevamente rey sobre Israel. Sus propias palabras son: “hoy vuelvo a ser rey sobre Israel” (19,23). Y es este apoyo el que es presentado por los redactores como “todo el pueblo de Judá y la mitad del pueblo de Israel” (19,41). A decir verdad, en lo que respecta a Israel, se trata apenas de un pequeño grupo de benjaminitas, aumentado con algunos simpatizantes de Galaad.
2 Sm 19,42 nos dice que no es exactamente así, al afirmar que “todos los hombres de Israel fueron al rey”. Esto ocurre todavía en Gilgal, antes de que David llegue a Jerusalén. Es allí, en medio del camino, donde las fuerzas populares de Israel se dirigen al rey, peguntando: “¿Por qué te secuestraron nuestros hermanos, los hombres de Judá, y han hecho pasar el Jordán al rey, a su casa, y a todos los hombres de David con ellos?”.
La fuerza de la expresión “nuestros hermanos te secuestraron” es doble. Por un lado, acentúa la igualdad de condiciones entre Judá e Israel. En la relación con el rey, son hermanos y, por tanto, tienen los mismos derechos. Por el otro, al calificar a los hermanos de ladrones o secuestradores, parecen indicar que Judá procuró atraer al rey para sus intereses, en detrimento de los de Israel. El hecho de que “los hombres de David”, en sí, sus tropas de élite, sean mencionados al lado de los “hombres de Judá”, como los que conducen al rey de regreso al trono, lo subraya más aún. En fin de cuentas, la pregunta por el papel de Israel, el tercer actor en esta escena, queda abierta. Por detrás de estas palabras está, sin duda, la reivindicación de parte de Israel por recibir el mismo tratamiento que Judá.
Es interesante que David no se manifiesta. Son los hombres de Judá los que responden. Y en la disputa que sigue, en la cual cada grupo quiere demostrar que tiene mayor derecho al rey, la unidad anterior de las fuerzas populares queda definitivamente quebrada.
Del silencio de David se puede desprender que no está interesado en atender de igual modo las reivindicaciones populares consecuentes de la revuelta de Absalón. Hace concesiones a Judá, y eso por razones, políticas. Precisa todavía de algún apoyo de las fuerzas populares. Sus tropas de elite tal vez no le parezcan todavía suficientes para garantizar la estabilidad de su trono. No contemporizar con Judá, sería contar con la posibilidad de una nueva revuelta futura, surgida en la inmediaciones de Jerusalén. Pero, de hecho, no necesita hacer lo mismo con Israel. Las fuerzas populares de Judá sumadas a sus tropas de élite le bastan para controlar el imperio.
Si este raciocinio es correcto, el silencio del rey significa que, luego de la victoria sobre el este, David opta por hacer de Judá su reino por excelencia. Mantiene en su poder a Israel, ¡mas reduce a aquel estado a la condición de vasallo! La administración de Salomón, que tuvo como consecuencia la separación definitiva del reino del norte de aquella unión personal, después de su muerte, no hace más que corroborar este hecho.
No es casualidad que, casi 50 años más tarde, las tribus del norte denunciarán el contrato con los davídidas con las mismas palabras de Seba : “No tenemos parte con David, ni tenemos herencia con el hijo de Jesé; ¡cada uno a sus tiendas, Israel!”.
Las palabras de Seba, acatadas por todo Israel, que lo sigue, no proponen siquiera una reforma, como se pretendía bajo Absalón. Ahora la cuestión es mucho más seria. ¡Se trata de decir no a la monarquía! Se trata de recomponer el sistema tribal, de modo autónomo, sin rey y sin Estado, definitivamente lejos de la pretendida sombra de la zarza.
Como vimos arriba, la convocación a la vuelta a las tiendas corresponde a la disolución de las fuerzas populares. No se trata aquí, por tanto, de una revuelta armada contra el rey. Se trata, a decir verdad, de una cesación en el seguimiento al monarca. Según el pensamiento tribal, típico en las guerras pre-estatales, cuando el pueblo vuelve a casa, el liderazgo de su comandante se termina. Un comandante sin ejército no es más nada. Está ridículamente solo. Como bien lo señala Crüsemann12, parafraseando el apólogo de Jotán, cuando los árboles van a la casa, la zarza queda sola, con su ridículo propósito de ofrecerles sombra.
Es con alguna razón que David percibe que la propuesta de Seba es más peligrosa que la de Absalón (2 Sm 20,6). Si Israel se niega a servirlo como rey, ya no está en juego sólo algunas concesiones reformistas en relación con la monarquía. Es más: si para Israel la monarquía ni siquiera existe, toda vez que ya no hay rey, o, en las palabras de Seba, toda vez que solo queda todavía, en el cual Israel no tiene parte, no hay por qué pagar tributo alguno y prestar servicio alguno.
Desde el punto de vista de David se debe, por tanto, acabar con este anarquista llamado Seba. Y rápidamente, antes que “encuentre ciudades fortificadas”. Si las ciudades localizadas en el territorio de Israel se adhieren al movimiento de Seba, quedarán cerradas al rey. La posibilidad de reconquistar el reino perdido sólo se realizaría a través de muchas operaciones de sitio. Eso significaria que David tendría que destruir su propio reino, para tenerlo otra vez.
De pronto David acciona sus tropas con Seba. Es interesante que, en el primer momento, ordena a Amasá que convoque a los hombres de Judá (v.4). Con eso, las fuerzas populares del sur pasan a la condición de enemigas de las tropas populares del norte, hasta hace poco sus aliadas en la revuelta de Absalón. ¿Será acaso la demora de Amasá en ejecutar la orden? En todo caso, para evitar dudas, Joab, que reasume el comando, acaba con Amasá (v.8-13), con lo que queda alejada qualquier posibilidad de que Judá tenga una recaída.
Seba es alcanzado en el extremo norte, en Abel-Bet-Maaká, localizada cerca de Dan. Esto significa que Seba consiguió pasar por todo el territorio de Israel, en su viaje de agitación, coincidente con su fuga. La ciudad es sitiada por Joab y sus hombres. Permanece cerrada, como David temía. No obstante, para librarse del asedio, los habitantes de la ciudad entregaron la cabeza de Seba a Joab, por sobre el muro. Aún con este trágico final de la revuelta, la ciudad no abre sus puertas.
Joab retornó victorioso. Con la muerte de Seba, David retomaba el poder sobre el norte. Con certeza, sin embargo, como resalta Herbert Donner13, “a partir de entonces David ya no gobernaba a Israel como rey, sino como tirano”. Desde el punto de vista de Israel, hay que contar con una resistencia pasiva y silenciosa en relación con los davídidas. Algún día habría de llegar la oportunidad de sacudir lejos de sí la sombra angustiante de aquella zarza.
5. El censo de David
2 Sm 24,1-9 nos relata sobre el censo realizado por David. En su forma actual, el relato del censo está relacionado con la etiología del lugar del templo construido por Salomón. Ambos relatos se hilvanan en una extraña historia de culpa y castigo, bastante difícil de entender en su conjunto, en términos históricos y teológicos. No parece, sin embargo, haber dudas de que el relato del censo haya existido originalmente por separado de la etiología del templo, para la cual sirvió posteriorente como motivación.
Hay consenso en la investigación sobre que los capítulos 21-24 de 2 Sm representan un agregado, probablemente insertado tardíamente en medio de la Historia de la Sucesión de David (2 Sm [6] 9-20; 1 Re 1-2). Resulta interesante, sin embargo, que representan un bloque redaccional que obedece a un esquema de clara correspondencia entre sus partes. Así, 21,1-14, que relata la muerte de los hijos de Saúl, corresponde a 24,1-25, el censo y la etiología del templo. La correspondencia se da ahí por el hecho de que ambos relatos se refieren a la “ira de Yavé” (21,1; 24,1), que es apaciguada ; de manera que Dios/Yavé se vuelve otra vez favorable a la tierra (21,14b; 24,25b). En el primer relato, hay un hambre de tres años (21,1), en el segundo, una peste de tres días (24,13.15). Entre los dos relatos, son colocadas listas sobre los “valientes de David” y sobre algunos de sus hechos (21,15-22; 23,8-39). En el centro del conjunto, aparecen dos textos poéticos: las “acciones de gracias de David” (22,1-51) y “las últimas palabras de David” (23,1-7). Interesante es el hecho de que el primero de los textos poéticos menciona las “contiendas de mi pueblo” (22,44), y el segundo, a los “hijos de Belial” (23,6), dos posibles referencias a las revueltas de Absalón y de Seba.
No es posible discutir aquí en detalle estas correspondencias en el bloque de los agregados. Llama la atención, no obstante, que el marco externo (21,1-14; 24,1-9[10-25]) tenga, de alguna manera, como tema la consolidación de la monarquía de David. La primera parte habla del alejamiento definitivo de descendientes de Saúl, que podrían aspirar al trono, al menos sobre Israel. La segunda, como veremos de inmediato, presenta el censo como una tentativa de controlar las fuerzas populares. El hecho de que entre ellas estén colocadas las listas de los “valientes de David”, indica que tal consolidación del poder davídida se debe a las tropas de élite que él constituyó. El agradecimiento a Yavé por librar al rey de las contiendas de su pueblo, ligado a la execración de los hijos de Belial —los enemigos del rey— completan el cuadro.
Si tales hipótesis, que evidentemente deberían ser controladas en un artículo separado, fueran correctas, indicarían que el bloque de añadidos está colocado en el lugar adecuado, después de las revueltas de Absalón y Seba. Aparte de eso, presenta una cierta forma de resistencia a David y a los davídidas. Denuncia, por un lado, el alejamiento definitivo de los saúlidas. Meribbaal había soñado con reconquistar el trono de su padre Saúl, en ocasión de la revuelta de Absalón (2 Sm 16,3). En caso de nuevas revueltas, no habría más riesgos de que la antigua familia real volviera al poder. Por otro lado, denuncia la tentativa de control de las fuerzas populares a través del censo, con lo que la participación popular en las decisiones del reino desaparecería. La referencia a las tropas de élite apuntaría al hecho de que el poder del rey no estaba basado en otra cosa que en sus fuerzas mercenarias, leales solo a él.
Pero volvamos al censo, descrito en 2 Sm 24,1-9. El propio texto nos revela que el objetivo de tal censo es militar. El v.9 nos da los números de los “hombres de guerra, capaces de manejar la espada”, tanto de Israel cuanto de Judá. Además, el rey convoca a Joab, “comandante de su ejército”, para levantar el censo (v.2).
El censo es hecho “desde Dan hasta Berseba” y comprende “todas las tribus de Israel” (v.2). Se trata, pues, de un registro de las fuerzas populares disponibles en Israel y Judá, como bien lo demuestran los límites propuestos en los vv.5-7. Ninguno de los territorios conquistados o sometidos por David está contemplado en este recuento. Al rey le interesa, en efecto, un registro de la capacidad militar de las fuerzas populares en sus dos reinos originales.
Todo indica que la intención de este censo militar es la de establecer un control efectivo sobre tales tropas tribales. George Mendenhall14 señala, con razón, el hecho de que el censo forma parte de una transición de las milicias populares a un ejército monárquico. La intención sería la de incorporar al ejército del rey las unidades tribales, comandadas por oficiales indicados por el rey, sobre cuya competencia y lealtad no hubiese ninguna duda. Por contraste, la antigua milicia popular no era confiable, toda vez que podría no responder a la convocación de un rey impopular, o para una guerra que las tribus juzgasen innecesaria. Aún más, principalmente la revuelta de Absalón había demostrado los riesgos de una fuerza popular autónoma, fuera del control del rey. En este sentido, no es casual que los “valientes de David” nos sean presentados con tanta insistencia en los textos anteriores al relato sobre el censo. Habían sido estas tropas regulares, sumadas a algunas otras del mismo tipo, las únicas en permanecer fieles a David. Y, aún con la disposición de parte de Judá a seguir al rey, después de la revuelta de Absalón, la demora de Amasá en convocarlas dejaba ciertamente algunas dudas sobre su lealtad. Sólo después de que Joab iniciara la persecución de Seba, comandando a los kereteos y peleteos y a todos los valientes (2 Sm 20,7), y de haber eliminado a Amasá, las fuerzas populares de Judá lo siguieron de hecho (2 Sm 20,13).
A pesar de que aparentemente había sido realizado (v.9), el censo desembocó en violenta crítica, a juzgar por su relato. Es fruto de la “ira de Yavé” contra Israel, que incita a David “contra” el pueblo (v.1). El Cronista afirmará que “Satanás se levantó contra Israel, e incitó a David a hacer el censo” (1 Cr 21,1). El propio Joab protesta contra tal iniciativa (v.3). En la secuencia narrativa, el propio David asume el censo como un pecado de su parte (v.10). El profeta Gad, en nombre de Dios, le propone tres alternativas de penitencia (v.13), sufrida infelizmente por el pueblo (v.15).
No se puede dudar, por lo tanto, de que el relato acerca del censo representa un aspecto más de la confrontación entre dos tipos de modelo militar. El rey quiere el control de las fuerzas militares, el pueblo se resiste a acatar la idea. El rey pretende una estructura militar de arriba hacia abajo, el pueblo la quiere de abajo hacia arriba, al menos en relación con sus propias fuerzas. No obstante, a juzgar por la historia subsecuente de los hechos, vence el modelo del rey.
6. Los años duros
Sofocadas las revueltas, alejados los opositores —los reales y los posibles—, y controladas las fuerzas populares, David puede reinar tranquilo hasta su muerte. Su mano de hierro se hizo sentir hasta el fin. Algunas medidas administrativas contribuían ciertamente a eso. Entre ellas, parece haber existido una reforma ministerial.
Comparadas las dos listas de sus oficiales, 2 Sm 8,15-18 y 20,23-26, se percibe que Benaias, el comandante de la guardia real, compuesta por los kereteos y peleteos, tiene que haber subido de posición. En la primera lista, encabezada por Joab, Benaias constaba prácticamente al final de la información, teniendo detrás de él solo los hijos de David. En la segunda lista, ya aparece después de Joab.
No veo razones convincentes para no aceptar que la secuencia de las dos listas sea cronológica y que éstas estén colocadas correctamente en el conjunto redaccional. A partir de allí, me parece tanto más importante el hecho de que la segunda lista sea presentada inmediatamente después del relato sobre la revuelta de Seba. La lealtad de las tropas mercenarias o regulares en las dos revueltas, significó también su prestigio en la administración. Joab no perdió su puesto de comandante del ejército. No obstante, pasó a repartir más claramente con Benaias su responsabilidad militar.
De la primera a la segunda lista, tiene lugar otra alteración importante. El tercer lugar en la escala del gobierno está ocupado ahora por un ministerio hasta entonces inexistente: el ministerio de los trabajos forzados. Su jefe, Adorán, o Adonirán, aparece detrás de los ministros militares.
Todo lleva a creer que los trabajos forzados en las construcciones de la monarquía habían sido establecidos en el reino del norte, si no ya antes, al menos inmediatamente después del levantamiento de Seba. No habría otra razón para que el nombre de Adorán, así como la descripción de sus función ministerial, constara en la segunda lista de oficiales de David, colocada redaccionalmente justo donde está. Probablemente, después de la tentativa de volver a una sociedad tribal autónoma, desvinculada de la monarquía davídica, expresada en la convocación de Seba y seguida por cierto por los clanes de Israel, David, al conseguir sofocar el levantamiento, sometió al norte a la condición de vasallo. Nada mejor que el trabajo forzado para mantener ocupados a los revoltosos en potencia
Esa situación perduró durante el reinado de Salomón, como se puede ver principalmente a partir del relato sobre la separación definitiva de las tribus del norte de la casa de David en 1 Re 12. Aún en aquella ocasión, Adorán ocupa la misma función, hasta el momento en que es apedreado por los revoltosos15
Una ocasión posible para la articulación de una resistencia, todavía en los días de David, parece haber surgido en la disputa entre sus dos hijos por la sucesión. Adonías, comparado en 1 Re 1,5-6 a Absalón16, intenta asumir el trono, por cuanto David todavía vive mas ya no tiene condiciones de gobernar (1 Re 1.1-4). Por derecho, Adonías es el sucesor. Es mayor que Salomón. Es bien aceptado en los círculos más antiguos de la corte. Joab, el comandante del ejército, y Abiatar, el sacerdote originario de Nob (1 Sm 22,20), lo apoyan (1 Re 1,7). Pero otro grupo se le opone y apoya a Salomón. Allí están Sadoq, probablemente el sacerdote de Jerusalén desde antes de la toma de la ciudad por David, Benaias, el comandante de la guardia real, Natán, el profeta y tutor de Salomón (2 Sm 12,25), y los “valientes” de David (1 Re 1,8)17. Betsabé, la madre de Salomón, pasará luego a integrar este grupo. Ambos lados asumen facciones de partidos opuestos en la corte.
Los partidos, sin embargo, tienen “programas”, intereses que representan. A pesar del silencio de los textos, es posible imaginar, por la constitución de ambos grupos, el proyecto de monarquía que defienden. Del lado de Adonías está el comandante del ejército, que tiene también la responsabilidad por las fuerzas populares. Hay que recordar que Joab también había sido crítico respecto del censo de David, que buscaba el control de las tropas tribales. Con Adonías está también Abiatar, el sacerdote que tiene la mayor conexión con el campesinado, a juzgar por su origen en Nob, donde estaba ubicado un santuario del interior. Del lado de Salomón, aparecen Benaias y Sadoq, el jefe de las tropas mercenarias y el sacerdote de la ciudad. El apoyo de Natán y de Betsabé no tiene un significado mayor por tratarse de personas íntimamente relacionadas con Salomón. No obstante, su papel junto a David fue decisivo en la solución favorable a su pupilo.
Con solo contraponer los generales y los sacerdotes, crecen las sospechas de que los partidarios de Adonías tenían un proyecto más cercano a las bases populares, mientras que los de Salomón defenderían una propuesta mucho más ciudadana y desvinculada de los clanes tribales. ¿Habría la monarquía bajo Adonías representando una especie de reforma, más favorable a las tribus, comparable al propósito defendido en la revuelta de Absalón? No lo sabemos.
Salomón venció en la disputa. A la orden de David, fue ungido rey por Sadoq y Natán, en presencia de Benaias y de los siervos de David, probablemente sus tropas de élite (1 Re 1,32-40). ¡Por primera vez se coronaba un rey sin ningún respaldo popular, únicamente por indicación del soberano anterior!
Para no correr riesgos, Salomón liquidó a sus posibles opositores apenas tuvo oportunidad. Adonías y Joab fueron muertos, ambos por Benaias, por orden de Salomón (1 Re 2,25; 29ss). Abiatar fue exilado en Anatot (2 Re 2,26), y no hubo más noticias de él. Aparte de ellos, el nuevo rey también consiguió eliminar al último pariente todavía vivo de Saúl, a Semeí (1 Re 2,36-46).
Ni de la corte, ni de las bases tribales podía ahora surgir resistencia alguna. Salomón era rey sin oposición, dueño absoluto del poder. Es interesante observar, en este contexto, que a partir de Salomón pasaba a existir un solo comandante militar, Benaias, el jefe de las tropas mercenarias (1 Re 4,4). Añádase a ello el hecho de que Salomón había introducido los carros de guerra como nueva arma en su ejército (1 Re 5,6). Por la dificultad de mantener tales carros, como también por la necesidad de personal especializado para manejarlos y tripularlos, es totalmente imposible que las fuerzas tribales tuviesen allí participación alguna. Eso significa que el contingente de soldados profesionales fue aumentado considerablemente y que las fuerzas populares fueron totalmente relegadas a un segundo plano, si no totalmente olvidadas.
Hasta la muerte de Salomón no hubo, por tanto, ninguna posibilidad de articular una resistencia. La zarza vencerá. Su “sombra” se extenderá angustiosamente sobre la tierra, a lo largo de 40 años.
7. La memoria silenciosa
Bajo la sombra de la zarza, sin embargo, el silencio no fue absoluto. La memoria de otros tiempos continuaba viva en medio de las aldeas. Los tiempos de Absalón y de Seba no habían sido olvidados. Algún día, aquella convocación de Seba volvería a ser oída. Sus palabras estaban bien guardadas, prontas para explotar, en cuanto apareciese una buena oportunidad. A esas memorias se agregaban otras.
Según los investigadores, fue en esta época silenciosa cuando fueron compuestos algunos de los relatos del éxodo, especialmente aquellos que hablan de los trabajos forzados en Egipto (cf. esp. Ex 5). Se recordaba también que el padre Abrahán había recibido la promesa de ser una bendición para las familias del suelo (Gn 12,3), aunque ahora solo hubiese maldición para los campesinos. Tal vez ya se contaba también que Dios había creado al ser humano como campesino, y lo había colocado en un jardín, para cultivarlo. Un día, no obstante, las familias campesinas habían hecho una elección errada, contra la voluntad de Dios. A partir de aquel día, el jardín les había sido quitado, y era sólo con mucho sudor como la tierra daba su sustento —a decir verdad, daba mucho más, pero la tributación se llevaba la mayor parte-, y las mujeres habían comenzado a sufrir mucho, cuando sus hijos nacían —a decir verdad, sufrían también cuando sus hijos eran llevados por los funcionarios del rey para los trabajos forzados—. Las familias campesinas querrían volver al jardín, pero su entrada estaba trancada por querubines y una espada fulgurante (Gn 2-3)18.
Es probable que también textos como Jc 9, especialmente la historia de la zarza, y 1 Sm 8,11-17, el “derecho del rey”, que termina con la frase “vosotros mismos seréis sus esclavos”, sean fruto de esa época. Tal vez también Dt 17,14-17, sobre los deberes del rey y la limitación de su poder, haya comenzado a esbozarse en aquel período.
La resistencia popular no está, por lo tanto, totalmente ausente bajo el reinado de Salomón. Es, sin embargo, una resistencia pacífica, creadora de reflexiones, ideas e historias, contadas de boca en boca, alimentando el sueño sobre días mejores. Mientras no llega el día para derrumbar la tiranía, hay que contar historias, a fin de mantener viva la esperanza y la voluntad de cambiar.
8. El día del cambio
El día del cambio llega después de la muerte de Salomón. La sucesión monárquica y las cuestiones como ella relacionadas se presentan siempre como momentos de crisis y de inestabilidad. Ya habían sido así en la vejez de David. Ahora, aunque no haya disputa por el trono, hay crisis nuevamente.
Según 1 Re 12, las tribus del reino del norte se reúnen en Siquén para “hacer rey” a Roboán, hijo de Salomón, que ciertamente ya había asumido el trono de Judá. A juzgar por la secuencia del relato, “hacer rey’’ significa aquí discutir las bases contractuales de ese nuevo reinado.
Al revés de lo que se esperaría, no son los representantes de las tribus del norte los que van a Jerusalén, capital de los davídidas. Es Roboán quien tiene que ir a Siquén. Las tribus lo esperan. No acaban simplemente la sucesión dinástica. Quieren discutir.
En un cierto sentido, el acontecimiento repite, en la secuencia, las revueltas de Absalón y Seba. Como cuando siguieron a Absalón, las tribus del norte no piensan en acabar con la monarquía. Quieren solamente una reforma. Quieren rever y renegociar algunas cláusulas del contrato entre el rey y el pueblo.
El pueblo está dispuesto a “servir” a Roboán, lo que ciertamente significa su disposición a pagar tributos y a prestar servicios, tanto en el ejército cuanto en las construcciones reales. Quiere, sin embargo, una modificación en la manera de hacerlo. “Tu padre hizo pesado nuestro yugo; ahora, pues, alivia tú la dura servidumbre de tu padre y el yugo pesado de tu padre y el pesado yugo que nos impuso sobre nosotros, y te serviremos”. La reivindicación es clara. Si Roboán quiere ser rey también sobre Israel, tendrá que ablandar la tributación y los trabajos forzados.
Tal vez por inhabilidad política, tal vez por prepotencia, Roboán decide no hacer ninguna concesión. Antes de eso toma consejo, con los antiguos consejeros de su padre y también con los jóvenes con los que había crecido. Los más viejos le proponen contemporizar: un pequeño ablandamiento de las cargas, hoy, garantizará la servidumbre para siempre. Es mejor prevenir que remediar. Pero los jóvenes piensan de forma diferente. El poder está fuertemente sustentado en las manos del rey. Por lo tanto, no hay que hacer concesiones. Hasta es mejor apretar todavía más. “¡Si mi padre os castigó con azotes, yo os castigaré con escorpiones!” (12,11).
Roboán despreció las bases contractuales, en las cuales la monarquía se había apoyado en su inicio, probablemente porque, ya desde el final del gobierno de David y durante todo el reinado de Salomón, tales bases habían sido pisoteadas. La fuerza de las tropas regulares, aumentada ahora con los carros de guerra, era suficiente para mantener a Israel bajo control.
¡Se engañó rotundamente! A partir de su respuesta, la posición de los representantes tribales del norte pasó de Absalón a Seba. No más reformas, toda vez que ellas no eran negociables. Ruptura del contrato, en los mismos términos de Seba: “¿Qué parte tenemos nosotros con David? No tenemos herencia en el hijo de Jesé! ¡A tus tiendas, Israel!”.
El contrato estaba arruinado. Y eso no era ahora, con Roboán. Fue así con Salomón. Fue también así con David. Desde el comienzo los davídidas no habían respetado el contrato con Israel. Por eso, ¡afuera, davídidas! ¡Afuera, zarzas inútiles y sofocantes! ¡Abajo la monarquía! ¡De nuevo al sistema tribal, sin rey, sin Estado, pero con libertad y con hartura!
Sí, la asamblea de Siquén termina con la total negación del Estado. Como en tiempos de Seba, Israel prefiere la anarquía. Y termina también con un rechazo total a los davídidas: “¡Cuida, ahora, de tu casa, David!”. Es lo mismo que decir: “¡Vete a trabajar , vagabundo! Si quieres comer, planta, recoge, trabaja la tierra. ¡Se acabó el tiempo de comer a costa de otros! ¡Deja de ser zarza, y trata de hacerte productivo!”.
Es interesante el hecho de que la prepotencia de Roboán es tan grande, que ni siquiera parece tomar conocimiento de la gravedad del momento. Envía simplemente al ministro de los trabajos forzados al norte, probablemente con la mera intención de continuar las obras interrumpidas durante la sucesión. Continúa viendo a los campesinos del norte como sus esclavos. El linchamiento de Adorán lo llama de vuelta a la realidad. ¡Se acabó! Definitivamente, ¡se acabó el dominio davídida sobre el norte.
9. Y, no obstante...
Con toda certeza, la revuelta de Siquén, caracterizada ahora no ya sólo como una reivindicación reformista sino como un retorno al sistema tribal, como “regreso a las tiendas”, no pretendía recrear la monarquía. En analogía con la revuelta de Seba, se puede percibir que no se pretendía, en Siquén, substituir la monarquía davídida por alguna otra, autóctona. Se pretendía realmente una sociedad sin Estado.
Sin embargo, así como otrora la amenaza filistea había exigido la formación de un ejército permanente para la defensa y, con ella, la elección de un rey, así también ahora, frente al riesgo de que Roboán intentara recuperar sus dominios por medio de la fuerza, con base en su fuerte aparato militar heredado de Salomón, Israel se veía forzado a transitar el mismo camino. El enemigo davídida estaba en las puertas. Era preciso hacerle frente. La amenaza no sería solo temporaria. Los davídidas no desistirían tan fácilmente. Sería imposible, para Israel, defenderse sólo con las unidades de defensa tribal. El trabajo en el campo quedaría comprometido.
Era, por tanto, necesario elegir un rey, capaz de organizar una fuerza permanente y de garantizar las fronteras. Y así, porque ya no quería el Estado, se vio obligado a recrearlo.
Ciertamente lo recreó sobre otras bases contractuales. Escogió un hombre que hubiese sido enemigo de los davídidas. Jeroboán había participado en la administración salomónica, como responsable de los trabajos forzados de la casa de José - Efraín y Manasés (1 Re 11,28). Como tal, “había levantado la mano contra el rey” (vv.26-27), lo que quiere decir que había practicado o participado en un atentado, infelizmente frustrado, contra Salomón. Perseguido, había huido a Egipto. Es poco probable que haya estado en Siquén, en ocasión de las tratativas con Roboán. 1 Re 12,26 da a entender que había vuelto de Egipto sólo después de la revuelta. El pasaje debe ser más confiable que 1 Re 12,2-3, que lo presenta prácticamente como líder del movimiento en Siquén.
Sea como fuere, por la necesidad de organizar la defensa y también de crear santuarios capaces de competir con el templo de Jerusalén, edificado por Salomón, Jeroboán fue hecho rey sobre Israel. Tal vez que hasta se había podido imaginar que, vencido el enemigo y organizado el culto, volvería él a ser un campesino convencional, como cualquier otro. Así había funcionado el sistema en el tiempo de los jueces. Con todo, por las noticias de 1 Re 15,6.16, la guerra de frontera fue más larga de lo que se podía imaginar. Tres reyes de cada lado estuvieron en el poder, mientras duró aquella disputa: Roboán, Abiyyam y Asá, del lado de Judá, Jeroboán, Nadab y Basá, del de Israel. La paz solo fue establecida en tiempo de los omridas, con el casamiento de Atalía, hija de Omrí o de Ajab, con Jorán, hijo de Josafat. Con esto ya habían pasado casi 80 años.
A esta altura, la nueva zarza ya había crecido, y ya no podía ser arrancada tan fácilmente.
Con todo, los relatos sobre la resistencia popular quedaron registrados en la literatura de Israel. Con ellos, quedó la memoria, para Israel y también para nosotros hoy, de que cualquier Estado, cualquier gobierno, solo tiene legitimidad, cuando cumple con su parte en la relación contractual establecida con el pueblo. Si los gobernantes no sirven al pueblo, que los sustenta con sus tributos o impuestos, ya no sirven para gobernar. Se han convertido en zarzas, improductivos y opresores de las personas que se frustran, pensando refugiarse bajo su pretendida sombra.
Bibliografía
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Carlos A. Dreher
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Traduccido por: José Severino Croatto
Notas
1 Cf. Frank Crüsemann, Der Widerstand gegen das Königtum, p.31.
2 Cf. Georde Mendenhall, “The Census Lists of Numbers 1 and 26”.
3 Aunque todavía no utilice las categorías de “modo de producción” es interesante, para la discusión sobre la existencia de un contrato entre rey y pueblo, el artículo de Georg Fohrer, “Der Vertrag zwischen König und Volk in Israel”.
4 Cf. Frank Crüsemann, Widerstand, p.66-73, también para lo que sigue.
5 Cf. Frank Crüsemann, “Der Zehnte in der israelitischen Königszeit”, especialmente p.34ss.
6 Cf. por ejemplo Udo Rüterswörden, Die Beamten der israelitischen Königszeit, p.127ss.
7 Cf. Werner Hans Schmidt, Introdução ao Antigo Testamento, p.148ss.
8 Herbert Donner, História de Israel e dos povos vizinhos, v.1, p.245.
9 Cf. Frank Crüsemann, Der Widerstand gegen das Königtum, p.95-98, para un análisis convincente sobre quién es el “Israel” que sigue a Absalón. Ver también las pp.94-104 para el conjunto de la revuelta.
10 Cf. Frank Crüsemann, Der Widerstand gegen das Königtum, p.104-111.
11 Timo Veijola, “David und Meribaal”, es totalmente convincente al demostrar que Meribbaal es, de hecho, hijo de Saúl, y no de Jonatán.
12 Der Widerstand gegen das Königtum, p.107
13 História de Israel e dos povos vizinhos, v.1, p.247.
14 “The Census Lists of Numbers 1 and 26”, p.58s.
15 Para los trabajos forzados bajo Salomón, cf. mi artículo “Salomón y los trabajadores”, especialmente p. 25.
16 Comparar 2 Sm 14,25; 15,1. La identificación se da por la hermosura de ambos y por el hecho de usar ambos un carro, acompañado de 50 corredores.
17 En 1 Re 1,8 aparecen además otros dos nombres entre los partidarios de Salomón, Semeí y Reí. Es poco probable que el Semeí aquí mencionado sea el hijo de Gerá de la casa de Saúl, que será muerto por Benaias, al mando de Salomón, en 1 Re 2,46. Hay otro Semeí, hijo de Elá, mencionado en 1 Re 4,18, intendente de Salomón sobre Benjamín, al cual podría referirse el pasaje. Entretanto, como el personaje partidario de Salomón es mencionado sin la referencia al padre, es difícil definir quién sea. En cuanto a Reí, no se encuentra ninguna otra alusión a él. Podría tratarse, en el caso de ambos nombres, de una incorrección textual. No hay, sin embargo, solución alguna de crítica textual que satisfaga. Para la cuestión, cf. Martín Noth, Könige, p.16-17.
18 Los relatos arriba citados son normalmente atribuidos al así llamado Yavista, quien habría elaborado su versión del Pentateuco en los tiempos de Salomón. Cf. Werner Hans Schmidt, Introdução ao Antigo Testamento, p.75-83. Independientemente de concordar o no con la teoría de las fuentes, los textos revelan una oposición al gobierno de Salomón, lo que lleva a presumir que habían surgido en las aldeas, como elemento de resistencia. Para Gn 2-3, cf. también Milton Schwantes, Projetos de esperança, p.73-84, quien propone una datación de tales textos en el sigloVIII.
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