
Sin mar, sin templo y sin lágrimas (Apocalipsis 21-22)
Sandro Gallazzi
Resumen
Este pequeño trabajo procura llegar a las raíces de la mística profética que animó a las primeras generaciones cristianas en sus conflictos con el imperialismo y la exclusión: una sólida espiritualidad que asume el conflicto sin esconderse, sin huir, sin escamoteamientos; una “utopía” inegociable capaz de animar sueños y estimular resistencias; un compromiso decidido y lleno de coraje en la construcción de una nueva ciudad.
Abstract
This brief work seeks to arrive at the roots of the prophetic mysticism which animated the first generations of Christians in their conflicts with imperialism and exclusion: a solid spirituality which takes up the conflict openly and without hiding, without running away, without whitewashings or deceptions; a non-negotiable “utopia” capable of encouraging dreams and stimulating resistance; a determined and courageous commitment in the building up of a new city.
La espiritualidad del conflicto
“Su hijo, sin embargo, fue puesta a salvo junto a Dios y su trono” (12,5b).
La “mujer” embarazada, que estaba dando a luz, era amenazada por la voracidad del dragón. En su inmensa fuerza y violencia, el quería “devorar a su hijo cuando naciera” (12,4).
El cielo no lo dejó. El hijo está, ahora, en los brazos de Dios. En el cielo él está protegido: Allá el dragón no tiene poder. Miguel y sus ángeles, después de una gran batalla, derrotaron al dragón. No hay lugar para él en el cielo.
Derrotado y expulsado del cielo, el dragón va a derramar su furor sobre la mujer y sobre sus “descendientes, los que observan los mandamientos de Dios y dan testimonio de Jesús” (12,13.17).
En pocas líneas, el libro del Apocalipsis nos describe las razones y la lógica del conflicto entre las fuerzas del mal y la mujer que está queriendo generar lo “nuevo”. De un lado, la mujer: el pueblo de los pobres; de otro lado, el dragón: “la antigua serpiente, el llamado diablo o satanás, seductor de toda la tierra habitada” (12,9).
No se trata del conflicto de un momento. Él es enfrentado desde los orígenes, desde el día en que Yavé Dios colocó enemistad entre la mujer y la serpiente y entre sus respectivos descendientes (Gn 3,15).
La mujer va a ser perseguida durante “1.260 días” = 3 años y medio (12,6) o por “un tiempo, dos tiempos y mitad de un tiempo = 3 años y medio” (12,14). Durante “cuarenta y dos meses” = 3 años y medio” (13,5), ella tendrá que confrontarse con el poder de la bestia y de las pequeñas bestias, los aliados del dragón que se unirán para destruirla. El enfrentamiento será duro y peligroso, muchos tendrán que derramar su sangre, despreciando su vida hasta la muerte, pero la victoria nunca será del dragón o de sus aliados. Por fuertes y poderosos que nos puedan parecer, por sutil y engañadora que pueda ser su seducción, el tiempo a ellos concedido será siempre y solamente de tres y medio. ¡Siete, el tiempo de la victoria final será siempre y solamente de Dios, solamente le pertenecerá a él la victoria!
Estamos delante de la verdadera “espiritualidad del conflicto”: la espiritualidad que debe alimentar “la perseverancia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe en Jesús” (14,12) y que no se dejan marcar con la marca de la bestia.
Tres deben ser nuestras “certezas”, y vale la pena que nos las repitamos unos a otros, en este tiempo en que todo conspira para hacernos engullir el falso realismo de quien cree que ya no vale la pena soñar o tener utopías.
- El tiempo del conflicto es tiempo de gracia y de vida.
- El poder del imperio, el poder del mal y el poder seductor de la ideología dominante no tendrán fuerza suficiente para destruir al “hijo” que es nuestro y también, hijo de Dios.
- Aquí en la tierra, la gente está luchando contra el dragón y todos sus aliados históricos, nuestro “hijo” estará seguro en el seno de Dios, y devolverá cuando hayan acabado los tres tiempos y medio concedidos a los enemigos que querían devorar a nuestro hijo, nuestros sueños, el proyecto de Dios y nuestro proyecto, por lo cual somos capaces de dar la vida: el reino, aquí, entre nosotros, para siempre.
Nuestra utopía
“Vi bajar del cielo, enviada por Dios, a la ciudad santa, la nueva Jerusalén, engalanada como una novia que se adorna para su hombre” (21,2).
Habrá fiesta, habrá matrimonio
Nunca más habrá traición. Los antiguos lazos de amor serán para siempre establecidos. Los dos se hablarán al corazón, los dos se llamarán “mi mujer” y “mi hombre”, los dos serán una sola carne. El antiguo jardín será reabierto para siempre y el proyecto de Dios será consumado sin la serpiente, ahora lanzada al lago de azufre y de fuego y entregada a la segunda y definitiva muerte.
“Los dos estaban desnudos y no se avergonzaban”. Volverá a ser todo como era antes de la serpiente, antes del dragón. Solamente el amor tendrá lugar.
Será una nueva creación: serán nuevos cielos y nueva tierra. “Es que hago nuevas todas las cosas” (21,1.5).
Sin mar, sin lágrimas, sin templos (21,1.4.22)
Nunca más el mar, lugar de la bestia, memoria permanente de tanta explotación. Nunca más el mar, eje del mercado greco-romano, surcado por los navíos abarrotados de las mercaderías producidas por el latifundio esclavista. Nunca más el mar, orgullosamente llamado por los romanos mare nustrum, o “nuestro mar”, lugar de un imperialismo dominador y aparentemente invencible.
Nunca más el templo, vuelto obsoleto y completamente inútil por la presencia viva de Dios Todopoderoso y del Cordero. El Señor no necesita de mediadores consagrados, que, en nombre de él y pretendiendo ser sus representantes, ejercen el dominio y el poder. El señor no necesita de lugares o de cosas santas, con límites impenetrables con barreras, velos y balaustres que mantienen lejos a los pobres, las mujeres, los impuros, legitimando litúrgicamente todas las pirámides sociales que los poderosos establecieron, muchas veces, en nombre de Dios. El Señor no necesita de altares y de sacrificios que sirven solamente para aplacar y controlar la “ira” de un Dios inhumano y vengador, que se ofende por cualquier impureza y que quiere sangre para poder perdonar nuestros pecados; sangre y muchas cosas más: diezmos, ofrendas, votos, primicias, limosnas, primogénitos, oblación, holocaustos…
Por eso no habrá más lágrimas: sin mar y sin templo no habrá quien nos haga llorar, porque desaparecerán “los cobardes, los infieles, los corruptos, los asesinos, los impúdicos, los magos, los idólatras y todos los mentirosos, cuya porción es el lago ardiente de fuego y azufre y la segunda muerte”. Desaparecerán juntos con el Dragón y las dos bestias (21,8).
Nuestra ciudad
“Ven voy a mostrarte a la esposa, la mujer del Cordero!” (21,9)
Tomando imágenes del tercer Isaías y de Ezequiel, el libro del Apocalipsis nos muestra a la novia, la esposa del Cordero. Belleza y esplendor son sus principales características. Una larga lista de piedras preciosas es poca cosa para describir las joyas que embellecen a la nueva mujer y que, al mismo tiempo, se tornan el fundamento, las bases del nuevo reino.
El oro de la ciudad, el jaspe de las murallas, las enormes perlas de las puertas describen a la realeza de esta brillante presencia.
Mujer, reino y pueblo se mezclan en la simbología de esta descripción. El número 12 se multiplica de todas las formas: es 12, es 144, es 12.000… son ángeles, son tribus, son apóstoles, es pueblo: pueblo de ayer, de hoy y de siempre.
Lo que impresiona, sin embargo, es el tamaño de la Ciudad Santa: un cuadrado y cada lado mide 12.000 estadios (21,16). Tomados por la simbología del número 12, prestamos poca atención a los “estadios”. El estadio, así, como el codo no son medidas que nosotros usamos hoy en día. Los lectores del Apocalipsis, o sin embargo, debían quedar espantados por las proporciones de estas medidas. ¿Quién ha visto una ciudad de doce mil estadios?
Un estadio, informa la Biblia de Jerusalén, mide 185 metros. El cálculo es simple: 12.000 estadios son 2.220 kilómetros o 1.500 millas romanas o 400 leguas! Es una ciudad gigante.
No es solamente el número doce (el número del nuevo Israel) que debe ser llevado en consideración y no solamente el número mil (multitud). Los dos números, 12 y 1.000 y los “estadios” deben andar juntos. Andaban juntos a los oídos y en la imaginación de los primeros lectores del Apocalipsis.
2.220 kilómetros de lado = 4.928.400 kilómetros cuadrados. Más de la mitad del Brasil. Casi el área total de la Amazonía. Prácticamente toda Europa. ¡Una buena porción de tierra!
Creo que el Apocalipsis, al recurrir a una medida aparentemente tan absurda, nos quería decir algo muy importante. Si no fuese esa la simbología no sería sustentable. Lo que es objetivamente absurdo deja de ser simbólico y pasa a ser rápidamente olvidado.
Vamos adelante con las informaciones geográficas. Si construimos este imaginario cuadrado y lo sobreponemos al mapa del imperio Romano, teniendo como centro la isla de Patmos, donde Juan estuvo preso “por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús” (1,9), tendremos un sorprendente resultado. El lado oeste llegaría hasta Roma, el este alcanzaría Jerusalén, el sur sobrepasaría Alejandría de Egipto y el norte llegaría a los confines del imperio, al norte de Dácia.
Es difícil afirmar cual podría ser el nivel de las informaciones geográficas que tenía el grupo que produjo estos capítulos, pero no deja de ser sugestivo imaginar la nueva Jerusalén cubriendo toda la extensión del imperio Romano oriental.
De cualquier manera, es evidente que la Nueva Jerusalén no pueda indicar una nueva “ciudad”, en el sentido de “polis” o aglomerado urbano. La destrucción de este tipo de ciudad y de ciudad por excelencia, Roma, la capital del imperio, la nueva Babilonia, la gran prostituta, es parte del programa y del sueño del Apocalipsis (18,1-24). No hay por qué imaginar la reconstrucción de una nueva ciudad.
Si hubiere ciudad y en cuanto polis, tendremos los “reyes de la tierra” que se prostituirán con ella, tendremos los “mercaderes de la tierra” que a ella venderán sus mercaderías, tendremos los “habitantes del mar” que proclamarán sus maravillas al mundo entero y nunca más podremos oír “la voz del esposo y de la esposa” porque “los mercaderes eran los magnates de la tierra”, porque “todas las naciones serán seducidas por su magia” y porque “en ella encontraremos la sangre de los profetas y santos, de todos los que fueron sacrificados sobre la tierra”. Ciudad que quiere decir mar, que quiere decir templo, que quiere decir lágrimas. Entonces, no puede haber una nueva ciudad. ¡Ciudad nunca más!
Roma y Jerusalén se tornan periferia aportada. El centro de la nueva tierra no será Roma, la ciudad de los “Césares”, de los “señores” del imperio; ni será Jerusalén, la ciudad del “Señor”, la ciudad de los sacerdotes que en esta época, nadie insista obstinadamente en reconstruir , como capital mesiánica del Reino de Dios que vendrá.
El nuevo centro, el lugar del trono de Dios y de su Cordero, no será ni el palacio imperial ni el templo de Jerusalén. El nuevo centro es Patmos: el lugar del conflicto, el lugar de la persecución, el lugar donde están los que son capaces de dar su vida por la palabra de Dios y por el testimonio de Jesús.
El agua y el árbol de la vida
“Nunca más habrá maldiciones” (22,3)
Es el jardín del Edén reabierto y reconstruido para siempre. El lugar de encuentro amoroso del Cordero con su esposa, del nuevo Adán y de la nueva Mujer. Es el jardín que comenzó a ser reconstruido en la mañana de la resurrección, cuando Jesús y María Magdalena se encontraron delante del sepulcro vacío, señal de una muerte que ya tenía perdida su fuerza. El río del agua de la vida, y no el temible mar, atravesará la nueva tierra de un lado al otro, llevando fertilidad y vida a todos. No habrá solamente un árbol de vida. Los árboles de vida serán incontables y producirán frutos con abundancia y sus hojas medicinales curarán a todos los pueblos.
Las antiguas maldiciones de Gn 3,14-19 no existirán más. Sin serpiente, no habrá más la explotación del trabajo, en una tierra siempre maldita para los pobres, ni el dolor del parto ni la dominación marital para condenar a la mujer. La lucha de la mujer garantizó todo eso. La lucha de la mujer y el amparo de Dios.
Este sueño va a quedar en nosotros para orientarnos en nuestra búsqueda por una nueva tierra, será parámetro para servir de evaluación de nuestras acciones de hoy, será fuerza mística para alimentar y sustentar nuestra flaqueza y para darnos coraje en nuestra caminata llena de conflictos.
No se trata de querer ocupar el trono del César, ni de soñar con la implantación de una “cristiandad” o, peor, de una “catolicidad” al rededor de santuarios y basílicas.
Es un mundo definitivamente nuevo. “Ver a Dios cara a cara” no será privilegio de Moisés. “Tener el nombre de él escrito en la frente” no será privilegio de Arón y de los sumos sacerdotes. Todos tendremos la misma dignidad de ser los “siervos” de Dios y del Cordero.
Y para que esto sea realidad, para que todas esas cosas acontezcan en breve, basta solo una cosa. ¡Tendremos que vencer, desde ya, la tentación de postrarnos para adorar a quien quiera que sea!
“Yo, Juan quise postrarme para adorar al ángel que me había mostrado estas cosas. El sin embargo me impidió: “¡No! ¡No lo hagas! Soy siervo como tú y como tus hermanos, los profetas y como aquellos que observan las palabras de este libro. ¡Es a Dios a quien debes adorar!” (22,8-9).
Dejar de postrarse en adoración. Esta es la semilla de la libertad y de la vida. Actitud que esto nos puede llevar a enfrentar conflictos y muerte.
El Reino de Dios no será derrotado ni por el Dragón ni por sus aliados, sean ellos de Roma o de Jerusalén. El reino de Dios no será derrotado por nuestra muerte.
¡Solamente, no no nacerá, si nosotros lo abortamos!
“Felices los que lavan sus ropas para tener poder sobre el árbol de la vida y para entrar en la ciudad por las puertas”. (22,14)
Entonces, que venga la persecución. Su presencia es la señal más auténtica de la llegada del Señor, de la aproximación del reino de Jesús.
¡Ven, Señor Jesús! Amén!
Sandro Gallazzi
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La destrucción de Jerusalén por las legiones de Tito no acabó con el sueño mesiánico de los grupos judaicos. Al final del primer siglo asistiremos a el resurgimiento de movimientos revolucionarios que culminarán con la segunda guerra judio-romana, en 135 y con la derrota definitiva de las esperanzas nacionalistas.
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