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DENUNCIA, SOLUCIÓN Y ESPERANZA EN LOS PROFETASJacir de Freitas Faria Resumen:
1. Introducción A través del tríptico de análisis – denuncia, solución y esperanza – queremos recorrer el camino hecho por los profetas bíblicos. Los límites de espacio de este artículo nos impide presentar aquí a cada uno de ellos. Por eso, seleccionamos algunos de ellos como paradigmas, aunque tengamos ya hecho, en esta misma perspectiva, el estudio de todos, lo que tendremos en cuenta en la conclusión, hecha de forma global y comparativa.
2. La comprensión de la realidad Comprender un profeta significa conocerlo a partir de su realidad. Ver cómo actuó en ella, cómo construyó su personalidad, denunció, presentó propuestas de solución para los problemas encontrados y, finalmente, cómo esperó un nuevo tiempo, lo que le sirvió de sostén en su caminata.
A partir de los datos arriba presentados , nos queda por tejer algunas consideracicones sobre el co junto de las afirmaciones. 1. La enumeración en orden decreciente de las cosas que los profetas denunciaron son: injusticia 2. Joel es el único profeta que no condena los pecados del pueblo. Solamente insiste en la penitencia ritual. El Déutero-Isaías, por su parte, alude a los pecados, pero tal actitud tiene el objetivo pedagógico de mostrar que la iniquidad de Israel está expiada (40,2). Más que amenazar al pueblo, como lo hizo Isaías, el Déutero-Isaías muestra a un Dios consolador: “¡consolad, consolad a mi pueblo! - dice vuestro Dios” (40,1). 3. Las acciones milagrosas de Elías y Eliseo (1 R 17,8-24; 2 R 4,1-8,15), y de Jesús en el Nuevo Testamento, muestran que la acción del profeta no es sólo la de hablar en nombre de Dios, sino también la de devolver la vida al pueblo, lo que le restituye, por consiguiente, la esperanza de una vida mejor. 4. La cuestión de la apropiación indebida de las tierras, con la creación consecuente de latifundios, debería tener un papel importante en el Israel agrario. Ocurre lo contrario, sin embargo. Solamente Isaías y Miqueas tratan más claramente la cuestión . Profetas como Amós y Malaquías, en los cuales sería lógico esperar, dada la evidencia de la problemática, una palabra al respecto, nada dicen. Como vimos, el osado Miqueas llega a proponer una reforma agraria. 5. La monarquía en Israel, que desde su creación recibiera duras críticas de Samuel (1Sm 8), profeta y último de los jueces, continuó a lo largo de los siglos siendo criticada por los profetas. Tienen lugar, con todo, divergencias en las soluciones ofrecidas. Unos creen que debe desaparecer (Amós, Oseas, Miqueas, Sofonías), otros piensan que debiera ser mantenida y reformada por dentro con nuevas autoridades (Eliseo, Proto-Isaías, Jeremías, Ezequiel, 2-Zacarías). ¿Podrían algunos profetas ser llamados “revolucionarios”, y otros, “oportunistas”? El término parece fuerte y anacrónico. Por otro lado, la monarquía dejó cosas buenas en la cabeza del pueblo. No fue del todo negativa. Israel tuvo que adecuarse a las exigencias de su tiempo. El sistema tribal fue importante. Respondió a los desafíos de una determinada época. Infelizmente, perdió su vigor. 6. Todavía sobre la monarquía, podemos constatar un dato interesante. En el período que va desde su surgimiento hasta el siglo VIII, cuando Amós inicia su actividad profética, encontramos una profecía relacionada con la corte. Sicre , refiriéndose a ese período, habla de três etapas: a) Proximidad física y distanciamiento crítico en relación con el monarca; b) Distanciamiento físico entre el profeta y el rey; c) Distanciamiento progresivo de la corte con la aproximación cada vez mayor al pueblo. Gad y Natán viven en la corte y representan al primer grupo. Ajías de Silo y Miqueas ben Yimla, por el contrario, muestran que su compromisos es con lo que “Dios les mandó decir”. No viven en los palacios. Apoyan a los reyes y llegan a anunciarles la destrucción de sus dinastías. Elías representa al tercer grupo. El rey, si precisa al profeta, debe buscarlo (1 R 18,10-11). Y con no poca dificultad lo va a encontrar. Elías no va al palacio de Ajab. A partir de Elías, el profeta habla al rey por ser autoridad política y religiosa, pero su atuación está sobretodo junto al pueblo (1 R 17, 9-24; 1 R 18). Eliseo, llega a ser, siguiendo los pasos de su maestro Elías, uno de los profetas más populares del Antiguo Testamento . 7. En relación con los imperios, de los cuales el pueblo elegido sufrió duras persecuciones y hasta un edicto de liberación , podemos percibir dos actitudes proféticas básicas: a) Conciliación entre la existencia de los imperios con la voluntad de Dios (1-Isaías; Ezequiel; Jeremías y 2-Isaías); b) Condenación de los imperios, por ser incompatibles con la voluntad divina (Nahún, Ageo, Zacarías, Profetas anónimos de Jerusalén (Jr 50-51; Is 13; 14,4-21; 21,1-10; 47) y Daniel. Respecto de a), podemos decir que la aceptación del imperio tiene lugar, en realidad, solamente en los primeros tiempos de éste. La segunda actitud es la que va a predominar en la historia de Israel, sobre todo en sus últimos siglos. Por otro lado, al aceptar el imperio, el profeta muestra al pueblo una conducta posible frente a ellos, a partir, evidentemente, de la voluntad de Dios. 8. Las capitales de Israel y de Judá, Samaria y Jerusalén, respectivamente, recibieron especial distinción en la crítica profética. Tanto como la monarquía, ellas, Jerusalén de modo especial, tuvieron soluciones diferenciadas, desde su destrucción total hasta su reconstrucción, a partir de una intervención divina. Entre los profetas que defienden la primera posición destaca Miqueas. Y los defensores de la segunda posición son: Abdías, 1-Isaías, 2-Isaías, Ageo, 1-Zacarias, 3-Isaías, 2-Zacarias. Amós dirigió duras críticas a Samaria. 9. La conversión del pueblo fue propuesta por muchos profetas (Amós, Baruc, Proto-Isaías, Sofonías, Jeremías, Ezequiel, 1-Zacarias), no obstante muchos no creían que el pueblo fuera capaz de realizar tal propuesta. Solamente una intervención divina, que concediese el perdón, es la que podría cambiar la realidad. 10. La expresión “día de Yavé”, bien conocida entre los israelitas, recibió un énfasis especial diferenciado por los profetas. Amós dice que ese día no será de bendición y de felicidad, como esperaba el pueblo elegido, sino de tinieblas. Sofonías y Ezequiel hablan de “día de ira”. El Proto-Isaías, Jeremías, Sofonías, y Joel hablan de día de tinieblas, lágrimas, masacre y terror. Une ese día a la invasión del opresor. Durante el exilio, el “día de Yavé” adquiere la connotación de día de esperanza. La ira de Dios se vuelve contra los opresores y, por consiguiente, Israel será liberado (Abdías, Proto-Isaías, Jeremías, Ezequiel y Joel). Después del exilio de Babilonia, el “día de Yavé” tiende a ser un “día de juicio” que garantizará el triunfo de los justos y la ruina de los pecadores (Malaquías). Podemos decir, concluyendo, que “día de Yavé” fue interpretado como siendo día de esperanza, bendición, paz, lágrimas, terror, y juicio. 11. En la cabeza del profeta está una orden: Dios es justo y el pueblo se alejó de él. Rompió la alianza con Dios. De tal modo la estructura de la sociedad se debilitó, tornándose presa fácil para los dominadores. Por eso el pueblo de Dios vivió el drama de varios exilios, siendo el mayor y el más conocido el de Babilonia (587 a 538). Los reyes de la monarquía de Israel y de Judá que debían celar por el pueblo, no lo hacían. No tomaron las debidas providencias. Faltó coherencia entre la vida y el culto. El culto dejó de ser expresión de honestidad. El templo se convirtió en una cueva de ladrones (Jr 7,1-15; Mt 21,12-13). En ese sentido, vea la belleza literaria de la denuncia hecha por Amós 2, 6-16. Una peregrinación al santuario es totalmente desvirtuada por los ricos que venden el pobre por un par de sandalias... En ese cuadro el profeta apela al “día de Yavé”. La pedagogía era hacer que el pueblo se enderezara a través del miedo. No es por nada que otros textos como Is 33, 14-16; Sal 15 y 16, describiendo una verdadera liturgia de acceso al templo, afirman que quien podrá aproximarse a Dios es solamente el justo, aquel que habla lo que es recto, desprecia la ganancia explotadora, rehúsa aceptar el soborno. 12. La denuncia profética parte de la convicción de que el Dios Yavé, que liberó a Israel de Egipto, que hizo una alianza en el Sinaí, que acompañó al pueblo por el desierto, que hizo entrar en la tierra prometida, es un Dios justo, que no tolera el sufrimiento del pobre, del huérfano y de la viuda, que creó al ser humano para vivir y practicar la justicia. Yavé es tan justo que llega a perdonar al opresor arrepentido (Jonas). 13 La esperanza, anunciada por los profetas de otrora, se concretó en el profeta Jesús, el “ungido del Señor”, el descendiente de David, para aquellos que creyeron en él. Al contrario de lo que pensaban sus compatriotas respecto del papel del profeta – adivino que denuncia las fallas de los otros – Jesús mostró que su esperanza profética se basaba en la conversión del otro, por más pecador que fuese. Varios hechos de su vida aclaran lo que afirmamos. Basta ver, por ejemplo, el caso de la mujer de mala reputación que entra en la casa del fariseo, donde Jesús estaba comiendo (Lc 7,36-50). Del mismo modo, el texto clásico de Lc 4,16-30 (Jesús en la sinagoga de Nazaret) revela el programa profético de Jesús . Los primeros cristianos entendieron que Jesús era el profeta prometido, aquel que el Señor prometiera y que Israel esperaba. 14. Decir que todos los profetas expresaron una viva esperanza en la transformación de la sociedad de entonces, no nos parece claro. Por otro lado, reducirlos a un pesimismo fatalista, tampoco es justo. Un análisis atento del cuadro arriba presentado nos revela que la esperanza de cada profeta es muy diferente en cuanto al análisis de la realidad hecho por cada uno de ellos. Para algunos, la esperanza de un nuevo tiempo para su pueblo estaba condicionada a cambios como: conversión, justicia en los tribunales, intervención divina, etapa previa de purificación, reforma agraria, compromiso con la justicia y el derecho. Delante de tamañas exigencias se podría concluir que los profetas no tenían esperanza. Primero, porque las exigencias son grandes y segundo, porque el pueblo, de modo general, no estaba a fin de cambiar de vida. Tal vez tengamos que concordar en que unos profetas son extremamente pesimistas (o realistas), como Jeremías, y otros, como Joel, son los heraldos de la esperanza. Por otro lado, sería mejor creer que cada profeta, a su modo y por ser un profeta, tiene esperanza. Caso contrario dejaría de serlo. En otras palabras, la esperanza en los profetas se delinea en varios puntos: reconstrucción de Jerusalén, como centro religioso y lugar de paz; vuelta del exilio babilónico; nuevos líderes; perdón de Dios para con el pueblo, etc. 15. Decir que la preocupación por la justicia aparece en Israel sólo con el surgimiento de los “grandes profetas” nos parece demasiado y desleal para con aquellos que les antecedieron. Nuestro estudio, hecho a partir de personajes relevantes, nos trajo pocos datos referentes al período tribal y el Código de la Alianza (Ex 21,22—23, 19), el cual podría ser datado en esa época. La renovación del Código de la Alianza se hizo necesaria en tiempos posteriores y se transformó en el núcleo central del actual Deuteronomio (Dt 12-26). Podríamos enumerar varios de los textos de Ex y Dt que exigen la defensa de los más débiles: huérfanos, viudas, esclavos, emigrantes y levitas (Dt 23,25-26; Ex 22,21; Ex 21,1-10.26-27; Ex 23,12; Dt 15,13-15; Dt 23,16-17; Ex 22,20; Dt 24,19-21). De la misma forma, textos que insisten en el ejercicio de la justicia en los tribunales (Ex 23, 1-9; Dt 16,18-20). En la cuestión de préstamos y fianzas, los textos dejan claro que no hay que cobrar interés del pobre (Ex 22,24; Dt 23,20-21); si se toma una prenda del prójimo, deberá ser devuelta antes de ponerse el sol (Ex 22,25s). La ropa de la viuda no debe ser tomada como prenda (Dt 24,17). Remisión de deudas cada siete años y generosidad, son las novedades del texto de Dt 15,1-11). El salario del pobre deberá ser justo. A cada día su paga (Dt 24,14). El comerciante deberá obrar con justeza. Nada de dos pesas y dos medidas (Dt 25,13-15). 16. Aunque Jesús haya reivindicado para sí sólo de forma indirecta el título de profeta (Lc 13,13), fue el profeta por excelencia, la síntesis de toda acción profética. En su condición de Hijo de Dios, sucede a los profetas como el último de los mensajeros de Dios. Llamado por el pueblo “Juan el Bautista, Elías u otro profeta que resucitó” (Lc 9,19) , Jesús, en la sinagoga de Nazaret, donde fuera criado, leyó el texto de Is 61,1-2, con el cual confirma su acción profética: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió para proclamar la remisión a los presos y a los ciegos la recuperación de la vista, para restituir la libertad a los oprimidos y para proclamar un año de gracia del Señor (Lc 4,18-19). Denunciando toda y cualquier forma de injusticia de su tiempo, Jesús anunció un Reino de justicia, paz y libertad. Y por él murió crucificado y resucitó. La esperanza de un “nuevo tiempo”, realizada en él mismo, se eternizó en todos aquellos que creen en él. 17. Cada profeta, una denuncia, una solución y una esperanza. No es posible encuadrarlos en un mismo esquema. Cada profeta, atento a los problemas da su sociedad, a lo que le era peculiar, sabía presentar una solución, sobre la base de las propuestas de la alianza ahecha con Yavé. Algunos profetas, sin la pretensión de hacer un análisis científico, fueron más detallistas. Otros se detuvieron en problemas cruciales. Cada profeta vive un momento histórico diferenciado. Por eso, divergen en la lectura de la realidad y de las soluciones ofrecidas. La historia incorpora dicha realidad. Todo proyecto por ellos presentado analiza la realidad, la critica y proyecta una esperanza. Al negar la esperanza, el profeta, paradojalmente, crea esperanza. Ésta nace de una realidad de muerte y de injusticia. El pueblo toma conciencia de la situación y crea algo de nuevo. La esperanza es, por tanto, realista y está condicionada al Dios que libera. Donde no hay justicia, tampoco hay paz. Fr. Jacir de Freitas Faria Traducción: J. Severino Croatto Cf. M. Schwantes - C. Mesters, La fuerza de Yahvé actúa en la historia. Breve historia de Israel. Cidade do México, Dabar, 1992. Joel concuerda con Amós y Jeremías en que el “día de Yavé” será terrible. Por otro lado, para él Dios es compasivo y se arrepiente de las amenazas (2,13). “La catástrofe presente no es señal de un castigo aún mayor” (Cf. L. Alonso Schökel - J. L. Sicre Díaz, Profetas, II, São Paulo 1991) p.958. Pentecostés fue para los cristianos del Nuevo Testamento la realización de esta profecía (Hch 2,16-21). Bem como de outros dados coletados do estudo que fizemos de todos aqueles que recebem o título de profeta ou profetisa na Bíblia - desde Abraão até Jesus, os quais, por limitação do espaço disponível nessa revista, nos impediu de apresentá-los. Una profundización de la cuestión en Miqueas se encuentra en el libro de J. P. Tavares Zabatiero, Miquéias: a voz dos sem-terra. Petrópolis, Vozes, 1996. Veja, por ex., o caso de Ciro, rei da Pérsia, que no ano de 538 a. C. concedeu ao judeus o retorno à pátria, depois de longos anos de exílio na Babilônia. Desses profetas anônimos de Jerusalém encontramos, pois, textos de Jeremias e Isaías. Jr 50-51, segundo Smelik, foram acrescentados ao livro de Jeremias com intenção de amenizar a atitude favorável do profeta em relação à Babilônia e, com isso, evitar-lhe a acusação de traidor da pátria. Cf. K. A. D. Smelik, “De functie van jeremia 50 en 51 bennen het boek jeremia” NTT (1987) 265-78, citado por J. L. Sicre, Profetismo em Israel , 440, nota 21. Sobre os oráculos de Isaías, confira a nota 22 do livro citado de Sicre. Israel, nos seu 209 anos de existência, teve três capitais, a saber: Siquém, Tersa e Samaria, a que mais se destacou dentre elas. Para una profundización sobre la relación entre Jesús, Elías, Juan Bautista y Jeremías, ver: G. Joachim, Il vangelo di Matteo, I e II. Brescia, Paideia, 1998, 92-93. El pueblo creía que el espíritu de profecía, extinta desde Malaquías, deberia volver en la era mesiánica con la vuelta de Elías o en la efusión general del Espírito (Hch 2,17-18.33). Los primeros cristianos reconocieron en Jesús al “profeta” (Hch 13,22-26; Jn 6,14; 7,40) que Moisés había anunciado (Dt 18,15). Con la llegada del carisma de la profecía en Pentecostés, el título de profeta dejó de ser aplicado a Jesús, dando lugar a otros títulos cristológicos.
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