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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

 

Memorias de Obed, esclavo eunuco e incircunciso

Sandro Gallazzi

Resumen
A través de la narración imaginaria de las “memorias” de Obed, buscamos aproximarnos al clima, la realidad y los conflictos que fueron el sustento de varios capítulos del segundo y tercer Isaías. Son realzadas las razones de la esperanza de los más marginados —sobre todo de las mujeres— que, durante el exilio y las sucesivas dificultades del reinicio en Judá, supieron mantener viva la certeza de que nuestro Dios siempre estará al lado del más pobre. Esperamos que el estilo narrativo del texto, que se aproxima a la ficción, no nos haga perder esta riqueza.

Abstract

"Memories" about Obed found in this imaginary narrative story help us get closer to the atmospere, reality and conflicts which were the bed-rock of several chapters from second and tird Isaiah. The memories highlight the reason for maintining hope among the most marginalized members of the society - first and foremost the women - who, during the exile and despite the successive difficulties encountered throughout the period of new beginnings in Judah, knew how to keep the certainty that our God will always stand along side of the poorest of the poor , alive.We hope that the text´s narrative style, which comes very lose to fiction, doesn´t cause us to lose its richness.

 

Nací en Babilonia

Babilonia debería ser mi patria, no obstante me sentía extranjero en ella.
Mi madre contaba que era de Judá, de Jerusalén. Ella fue a vivir en la ciudad grande cuando su familia tuvo que entregar su tierrita a causa de las deudas. En la ciudad ella consiguió un trabajo como esclava en la casa de un oficial del ejército.
Contaba de días terribles, de guerras, de hambre, de destrucción. Contaba de Babilonia, de su ejército, de su furia. En su memoria quedaron grabadas imágenes de una violencia increíble: casas en llamas, muros destruidos, jóvenes mujeres violentadas, viejos apaleados, y hambre, mucha hambre.
No hablaba de mi padre. Nunca supe quien fue.

Eran silencios pesados, medias palabras, entrecortadas por las lágrimas. Mi madre se ponía triste. Con solo hablar de mi padre ella se ponía nerviosa: sentía rabia de Babilonia, una rabia fuerte, sólida, parecía carbón en brasa. Yo mismo la oí gritar:

¡Maldita seas, Babilonia,
y que Dios bendiga a quien te devuelva el mal que me hiciste!
¡Que Dios bendiga a quien agarre a tus pequeños
y reviente su cabeza contra una piedra! (Sal 137,8-9).

No parecía ella de tan trastornada que estaba.
Pero, ni modo. Ella necesitó contarme.
Aún me acuerdo: debía tener unos diez años. Yo no lograba entender por qué nadie quería jugar conmigo. No sabía por qué mi madre no me dejaba ir a la calle junto con la chiquillada. ¿Por qué nadie hablaba conmigo? ¿Por qué cuando salía con ella, las personas nos miraban de reojo disfrazando una risilla irónica?
Y si yo hablaba, ella solamente decía: “¡No hablemos más de eso!”.
Aquella tarde no aguanté. Salí a escondidas de casa y quise jugar en la calle. No hubo manera. Nadie me dejó entrar en la ronda. Todavía siento el dolor de la bofetada y de las pedradas, y más que eso, todavía me hiere la humillación que sufrí: “¡Vete, hijo de una puta!”.
Llegué a casa con los ojos ardiendo en lágrimas y el corazón explotando de rabia. Fue entonces que ella me contó, mientras enjugaba mis lágrimas y cuidaba de mis moretones. Me contó de los soldados de Babilonia, de cómo la tomaron, del mal que hicieron con ella, del dolor, de la vergüenza y de la impotencia que sintió, avasallada, mientras ellos se alternaban, borrachos, riendo y gozando.
Me contó cómo fue llevada por uno de ellos que la quiso para sí y que la compró a un oficial. Y me contó de violencias, de crueldades, de esclavitud, de trabajos pesados y de tanto odio, cuando supo que me estaba cargando en la barriga. Quería morir.
Después el tiempo fue pasando. Hablar con otras mujeres que habían pasado por la misma situación, la ayudó a recuperar la esperanza. Me dijo que cuidar de mí, darme de mamar, enseñarme a caminar, mano a mano, la ayudó a reencontrar un poco de paz.
Ella nunca me había contado de mi padre porque nunca supo cuál de ellos había sido, porque solo de recordar aquel momento se ponía malhumorada, sentía volver toda la rabia y la vergüenza que había sufrido.
Fue entonces que lo entendí todo: entendí por qué nadie me quería junto a sí, por qué todos se reían de mí. No los babilonios, sino los judíos. Yo era inmundo, fruto de una simiente impura. Mamá y yo éramos personas que incluso dábamos mucha pena, pero que nunca tendríamos la oportunidad de ser iguales a los demás. ¡No lo iban a permitir!
Y ellos hacían eso con nosotros en nombre de Dios. Decían que Dios era el Dios de Israel, el Dios del pueblo santo, escogido, pueblo al cual yo nunca pertenecería. Yo era otra raza, otra carne, otra sangre.
Yo no era Israel. Yo era “naciones”. Así llamaban ellos a los de Babilonia, a los incircuncisos, como yo; sí, pues el amo de mi madre nunca dejó que yo fuese circuncidado como judío.

Abraham no nos conoce, Israel no nos reconoce (Isaías 63,16a).

Y los de Babilonia, de igual modo, no me querían: yo no era más que el hijo de una esclava judía, bueno solo para el servicio. Mi nombre, Obed —el siervo—, lo decía todo.
Yo no tenía casa, no tenía pueblo, no tenía nada. Ni tenía Dios.
Ni nunca tendría hijos. Mi patrón me mandó castrar para que pudiese cuidar de los servicios de la casa sin ser una amenaza para sus mujeres. Sin padre y sin hijos. Sin genealogía y sin descendencia. Un árbol seco, sin savia y sin vida.
Llegué a odiar a mi madre. ¿Por qué no me abortó? ¿Por qué dejó que naciera para una vida así?
Y odié al Dios de Israel, al Santo que me hizo nacer para ser despreciado por todos.
No quería oír ninguna palabra más, solamente quería que mi madre me dejase solo, soportando mi rabia y mi dolor.
Ella, sin embargo, incansable pero suavemente repetía:

No diga el extranjero que se entregó a Iahweh:
“Iahweh, me va a excluir de su pueblo”.
Ni diga el eunuco: “No soy más que un árbol seco”...
He de darle un nombre más precioso del que tendría con hijos e hijas,
un nombre eterno, que no será extirpado (Isaías 56,3-5).

Y fue contando, hablando, susurrando, proclamando, cantando que Iahweh era Dios de todos los pueblos, de todas las naciones, no únicamente de Israel. Él era el único, no había otro. Él nos amaba, desde el fondo del corazón.
Desde aquel día de violencia y vergüenza, desde el día en que tú fuiste concebido, contra todas las voluntades y los planes, él te tomó por la mano, él gritó: “¡Tú eres mío! Tú eres precioso a mis ojos, te amo”.
“Padre”, “Esposo”, “Redentor”: así hablaba mamá de Iahweh. Él era nuestra casa, nuestro clan, nuestra tribu, nuestra familia. Él era nuestro pueblo. Aunque nadie nos quisiera ayudar a salir de nuestra situación desesperada, él, Iahweh, iba a “pagar” nuestro rescate. Redentor: ¡bonito nombre que mi madre, junto con las otras mujeres, había inventado para Dios!
Y ella hablaba de servicio, de tareas que él había reservado para mí y para todos los pobres y despreciados, para todos aquellos que eran considerados y se consideraban nada.

Te formé en el vientre de tu madre, te llamo por tu nombre..., tú eres mi siervo..., tú serás luz de las naciones..., tú implantarás el derecho y la justicia hasta los confines de la tierra..., estaré siempre a tu lado..., garantizaré tu derecho.

Y hablaba de sueños de proyectos, de encuentros amorosos, de ciudades abiertas, sin muros, sin templos ni palacios. Hablaba de libertad, de vida, de llenura. Hablaba de vergüenza extinguida, de oprobio olvidado, de limpieza, de perfumes...
Nunca más olvidé estas palabras. La fe de mi madre quedó grabada en mí.

Y, hoy, finalmente, estamos de vuelta. ¡Nuestro cautiverio terminó!

Jerusalén y Judá nos recibieron con desconfianza. Junto con nosotros, en la primera fila, venían los descendientes de los sacerdotes, de los reyes, de los antiguos amos.
Esa gente solo pensaba en rehacer todo como era antes, cuando ellos estaban en el poder:

Habitarán en la tierra en que habitaron sus padres,
ellos y sus hijos, para siempre...
David, mi siervo, será su príncipe, para siempre...
Pondré mi santuario en medio de ellos, para siempre...
 (Ezequiel 37,25-26)

Para siempre... para siempre... alianza eterna.
¿Será que va a volver la misma opresión, la misma explotación de siempre y para siempre? Entonces, ¿qué se ganó con soñar? ¿De qué valió tanto sufrimiento?

Los campesinos de Judá nos miraban desconfiados y cuando Zorobabel, el rey, y Josué, el sacerdote, propusieron reconstruir el templo, ellos se aproximaron y se ofrecieron para ayudar.
Ellos, también, querían un lugar de oración. Pero no iban a aceptar un lugar donde pagar diezmos, ofrendas, primicias, tributos: un poco sin fondo para legitimar la explotación y la expoliación de los campesinos hecha en nombre de Dios y del rey.
No hubo manera. Los sacerdotes, principalmente, y los amos, no quisieron entrar en ningún acuerdo.
Ellos querían el templo, sí. Pero querían igualmente las tierras y los rebaños. Y, además, decían bien claro:

            Los extranjeros estarán ahí para apacentar vuestros rebaños,
            los extranjeros serán vuestros labradores y vuestros viñateros...
            Comeréis de la riqueza de los extranjeros (Isaías 61,5-6).

Extranjeros. Yo, también, era considerado así. Cuando hicieron la lista de las familias, según las genealogías, enmudecí y me ruboricé de vergüenza. No tenía genealogía. Yo era extranjero, al igual que los campesinos de Judá.
Por otra parte, conocí a otro Obed: era hijo de doña Rut, nieto de doña Noemí. Gente muy buena que me acogió con alegría y compartió su pan conmigo; gente que, como mi madre, solo soñaba con una vida sencilla, con una casa, una tierrita y pan para todos. Y ahora todos nosotros, ellos y yo, éramos llamados extranjeros: solamente nos ofrecían trabajo, trabajo y más trabajo.
Es que ellos se sentían más santos que los otros (Is 65,5), habían establecido reglas de separación, hablaban de ayuno, de penitencia, de oraciones, no obstante olvidaban la mayor lección que mi madre me enseñara:

            Yo que habito un lugar alto y santo,
            estoy junto al abatido y al humillado,
            para animar el espíritu de los humillados
            y animar el corazón de los abatidos (Is 57,15).

Ahí entendí lo que mamá quería decir cuando hablaba de que yo iba a ser la luz de las naciones. Fue así que comencé a cantar, a proclamar, a gritar con todas mis fuerzas:

Abraham no nos conoce, Israel no nos reconoce,
pero tú eres nuestro Padre,
tú, Iahweh nuestro padre,
nuestro redentor desde siempre es tu nombre (Isaías 63,16).

Palabra de mamá, palabra de mujer, palabra buena para todos. No era la sangre lo que nos hacía extranjeros y sí el orgullo, la soberbia y la prepotencia de ellos.
Contra todo eso, nosotros dos, yo y el Obed de Rut, levantamos nuestra voz.

            Mi casa es casa de oración para todos los pueblos (Isaías 56,7b).
            Toda carne vendrá a adorarme (Isaías 66,23).

Únicamente porque ellos eran sacerdotes se consideraban más santos y con más derechos que los otros. No se podía aguantar callados:

...tomaré de las naciones algunos para sacerdotes y levitas... (Isaías 66,21);
¡todos vosotros seréis llamados sacerdotes de Iahweh, ministros de nuestro Dios! (Isaías 61,6).

Muchas otras voces se vinieron a juntar a la nuestra, a denunciar a los que, en nombre de la religión, querían oprimir al pueblo: los que proclamaban ayunos y penitencias y se olvidaban de romper las cadenas de la impiedad, de la esclavitud, de quitar todo yugo de sobre las espaldas de los oprimidos. Hablaban de ayunos y oraciones, y olvidaban la repartición del pan, la solidaridad con los más pobres (Isaías 58,5-7).
Ellos se proclamaban santos, sin embargo no eran sino centinelas ciegos, perros mudos, soñadores perezosos, fieras que nunca se hartan, pastores ignorantes (Isaías 56,10-11).
Movidos por su codicia (Isaías 57,17), siempre querían más y más (Isaías 56,12); no les importaba la muerte de un inocente o si un pobre era vendido (Isaías 57,1). Sus manos seguían contaminadas de sangre y su boca profería mentiras (Isaías 59,3).

El derecho se retiró y la justicia se alejó; la verdad anda tropezando en las plazas y la rectitud no puede entrar (Isaías 59,14).

Y pensar que para Iahweh bastaban dos cosas para poder reconstruir todo derechito, en la paz y en la felicidad. Dos cosas solamente: observar el sábado y repartir el pan. ¡Nada más! No oprimir al trabajador y alimentar la solidaridad.
Los campesinos, los pobres, los trabajadores gritaban:

Los que segaren el trigo lo comerán, alabando a Iahweh, los que hicieren la vendimia beberán el vino en mis atrios sagrados (Isaías 62,8-9).

El templo no podía estar al servicio del tributo imperial, sino de la hartura del trabajador.

Edificarán casas y habitarán en ellas, plantarán viñas y comerán su fruto... No trabajarán en vano... (Isaías 65,21-23).

La voz de las mujeres se sumó a la nuestra. Parecía que mi madre había vuelto a vivir. Ellas hablaban de vida, de senos, de úteros, de regazo, de maternidad. Ellas sí sabían hablar derechito de Dios:

Yo que abro el útero no haré nacer, dice Iahweh,
yo que hago nacer voy a cerrar el útero, dice tu Dios (Isaías 66,9).
Para que maméis y os hartéis de los pechos de sus consolaciones; para que chupéis y os deleitéis con la abundancia de su gloria (Isaías 66,11; 60,16).

No tengamos duda: Dios es madre:

...entonces mamaréis, os cargarán en los brazos y sobre las rodillas os calentarán. Como un hombre a quien su madre consuela, así yo os consolaré (Isaías 66,12b-13a).

Incluso en el templo, el rostro de Dios debía ser un rostro de “ternura-uterinidad”:

Observa desde el cielo y mira desde tu santa y gloriosa habitación. ¿Dónde están tu celo y tus obras poderosas? Tu ternura y tu profunda misericordia se han detenido para mí. Tú eres nuestro padre (Isaías 63,15-16a).

Solo tenía un pero. Mis amigos campesinos necesitaban saber que Dios solo tienen uno. Fue lo que mi madre descubrió en medio de su dolor y de su lucha.

Hablé mucho con mi tocayo Obed. Los pobres de la tierra, también, debían aprender a purificar su fe, abandonando los cultos orgiásticos que prostituían a sus mujeres y hasta quitaban la vida de los pequeños (Isaías 57,4-13), porque:

...cuando clamares a tu colección de ídolos, no te van a salvar (Isaías 57,13).

Yo criticaba con severidad el culto de los “jardines” (Isaías 65,3.11; 66,17).
Ni jardines, ni templo tributarista. Los dos cultos eran idolátricos de la misma manera:

...quien inmola un buey es como quien comete un homicidio; el que sacrifica un cordero, como el que quiebra el cuello a un perro; el que ofrece una oblación, como el que ofrece sangre de cerdo; el que quema incienso, como el que bendice a un ídolo (Isaías 66,3).

Lo que Dios quería de nosotros —eso yo lo tenía bien claro— era “ungirnos” por el Espíritu para anunciar la buena nueva de la libertad a los que sufren (Isaías 61,1-3a). Justamente como hizo mi madre, como hicieran las mujeres que fueron arrancadas de sus casas y llevadas al cautiverio, subyugadas por la violencia de los soldados de Babilonia. Personas del Espíritu, gente de la Palabra. Es la profecía que nosotros, los pobres, vamos a transmitir de generación en generación:

Ésta es mi alianza con ellos, dice Iahweh: mi Espíritu, que está sobre ti, y    mis palabras, que puse en tu boca, no se apartarán de ella, ni de la boca de tus hijos, ni de la boca de tus nietos, para siempre, dice Iahweh (Isaías 59,21).

Para reconstruir la casa del pueblo no necesitamos ni del rey, ni del sacerdote. Basta el profeta que continúe recordando a todos los pobres:

Tu ternura y tu profunda misericordia se detienen para mí. Tú eres nuestro padre... tú, Iahweh nuestro padre, nuestro redentor desde siempre es tu nombre (Isaías, 63,15-16).

Son los tres nombres de Dios, fruto de la experiencia de los pequeños, fruto de la memoria de mi madre y tantas mujeres: Iahweh, Padre, Redentor.

¡Esto, sí, para siempre!

Un día la vi. Estaba sola, en un lugar apartado, llena de tristeza. Debía tener unos diez años. Se llamaba Noadias. Era huérfana y venía de lejos. Había sido vendida por sus padres en trueque de una deuda.
Me acordé de mi madre:

Aun cuando una mujer se olvidase del fruto de su vientre,
yo no me olvidaría de ti.
Estás tatuada en la palma de mi mano (Isaías 49,15-16).

Yo precisaba ser el signo de este amor. La pequeña precisaba de este signo.
Comencé a soñar. Hablé con Obed, hablé con unos amigos, juntamos unas monedas y la rescaté, la adopté.
¡Mi hija! Yo, también, voy a tener una descendencia.

Al leer, como de costumbre, este pequeño trabajo, Ana Maria, mi compañera, recordó el testimonio de otra mujer que pasó por la experiencia de la violencia.
Se trata de la carta que una religiosa de Bosnia, violentada por los soldados serbios, escribió a su Madre General.
Nos pareció interesante agregarla aquí. Es una forma de hacer hermenéutica.

Reverenda Madre General:

Soy Lucj Vetrusc, una de las religiosas violentadas por los milicianos serbios. Le escribo después de lo que me aconteció a mí y a mis hermanas Tatiana y Sendria.
Permítame callar los detalles de lo que nos aconteció. Existen experiencias tan brutales en la vida, que no pueden ser compartidas con nadie, a no ser Dios, a cuya voluntad me consagré el año pasado con los tres votos.
Mi drama no está en la humillación que me fue hecha en cuanto mujer, ni en la ofensa impagable hecha a mi opción existencial y vocacional, sino en la dificultad de incluir, en mi fe, un acontecimiento que con certeza hace parte de la misteriosa voluntad de Aquel a quien continuaré considerando mi Esposo divino.
Leí hace pocos días los “Diálogos de las carmelitas” de Bernanos, y espontáneamente pedí a Dios también poder ser mártir. Él me atendió, ¡pero de qué manera! Ahora me encuentro sumergida en las más aterradoras tinieblas interiores. Él destruyó el proyecto de vida que consideraba definitivo y exaltante para mí, y me colocó, de improviso, en otro designio suyo que, por ahora, todavía está por ser descubierto.
En los años de la adolescencia escribí en mi diario: “Nada es mío, no pertenezco a nadie, nadie me pertenece”. Alguien, sin embargo, me tomó, en una noche que quiero olvidar, y me arrancó a mí misma, pensando poseerme.
Era de día cuando desperté y la primera cosa en que pensé fue precisamente en la agonía de Jesús en el jardín. Se desencadenó en mí una lucha terrible: de un lado, me preguntaba por qué Dios permitió que fuese dilacerada y destruida justamente en aquello que consideraba la razón de mi vida, y del otro, pensaba en cuál nueva vocación Él me quería presentar.
Me levanté con esfuerzo y, mientras me recomponía ayudada por la hermana Josephine, escuché, viniendo del monasterio de las agustinas que está próximo al nuestro, el toque de campana de la hora sexta. Me santigüé y, mentalmente, oré el himno de la liturgia: “En esta hora, en el Calvario, verdadero cordero pascual, Cristo paga nuestro rescate para nuestra salvación”.
¿Qué es, Madre, mi sufrimiento y la ofensa recibida, comparada con aquella de Cristo, a quien prometí mil veces entregar la vida?
Repetí, bien despacio: “Sea hecha tu voluntad, sobre todo ahora, que no tengo otro apoyo a no ser la certeza que Tú, Señor, estás cerca de mí”.
Le escribo, Madre, no para ser confortada, sino para pedirle que me ayude a agradecerle a Dios por asociarme a las miles de mujeres de mi país, que fueron ofendidas en su honra y obligadas a una maternidad no deseada. Mi humillación se suma a la de ellas y ya que no tengo nada que ofrecer para expiar los pecados cometidos por los anónimos violentadores y para la reconciliación entre las etnias opuestas, acepto la deshonra impuesta y la entrego a la misericordia de Dios.
No le extrañe que le pida compartir conmigo un agradecimiento que le puede parecer absurdo. En estos meses lloré todas mis lágrimas por mis dos hermanos asesinados por los mismos agresores que están esparciendo el terror en nuestras ciudades y hallaba que no podría sufrir más que eso, ni imaginaba que el dolor pudiera tener otras dimensiones.
Todos los días golpeaban a las puertas de nuestro convento personas hambrientas, con frío, con la angustia en la mirada. Recuerdo que, la semana pasada, una joven de dieciocho años me dijo: “Tienen suerte por haber escogido un lugar donde la maldad no puede entrar”. Asía con las manos el cordón de las Alegrías del Profeta y añadió, en voz baja: “Nunca sabrán qué es la deshonra”.
Estuve pensando en eso y me convencí que había una parte secreta del sufrimiento de mi pueblo que se me escapaba y casi sentía vergüenza por quedar fuera. Ahora, soy una de ellas, una de las muchas mujeres anónimas de mi pueblo con el cuerpo desgarrado y el alma saqueada. Dios me introdujo en el mismo misterio de vergüenza, más aún, permitió que yo, religiosa, comprendiese hasta el fin la fuerza diabólica del mal.
Sé que, de hoy en adelante, las palabras de incentivo y de consuelo que consiga arrancar de mi pobre corazón, tendrán credibilidad, pues mi historia es la historia de ellas, y mi aceptación, alimentada por la fe, podrá ayudar, y hasta ser ejemplo, para las reacciones morales y afectivas de ellas.
Es suficiente un signo, una voz frágil, un alerta fraterno, para desencadenar la esperanza de una multitud de criaturas desconocidas.
Dios me escogió —y que Él me perdone esta presunción— para guiar a las personas más humilladas de mi pueblo rumbo a una alborada de redención y de libertad. No tendrán más dudas en cuanto a la sinceridad de mis propuestas, ya que también estoy llegando, como ellas, de la frontera de la abyección.
Recuerdo que cuando, en Roma, estudiaba en la Facultad Auxilium, para formarme en Letras, una profesora ya anciana me decía estos versos del poeta Alexej Mislovic: “Tú no puedes morir, porque escogiste permanecer del lado del día”. En la noche en que, por largas horas, fui lacerada por los serbios, estuve repitiéndome aquellas palabras que eran como bálsamo para el alma, cuando la desesperación parecía vencerme. Ahora todo pasó y al mirar hacia atrás, me parece estar saliendo de una pesadilla.
Todo pasó, Madre, pero ahora, todo comienza. Por teléfono, después de decirme palabras de consuelo por las cuales siempre le estaré agradecida, usted me planteó una pregunta bien clara: “¿Qué harás con la vida que te impusieron en el vientre?”.
Sentí temblar su voz al hacerme esta pregunta, la cual no quise responder enseguida, no porque ya no hubiese reflexionado sobre la elección a hacer, sino para no perturbar sus posibles proyectos respecto a mí. Ya decidí. Si fuese madre, la criatura será mía y de nadie más. Sé que podría dejarla con otras personas, sin embargo ella tiene derecho, aun sin haber sido deseada por mí, ni buscada, a mi amor de madre.
No se puede arrancar una planta de sus raíces. El grano de trigo que cae en la tierra, requiere crecer allá donde el misterioso, y a veces inicuo, sembrador lo arrojó. Realizaré mi vocación religiosa, aunque de otra forma. Nada pido a mi congregación, que ya me dio todo. Estoy agradecida por la solidaridad de las hermanas que, en estos días, me rodearon de delicadezas y de atenciones, sobre todo por no haberme perturbado con preguntas indiscretas.
Me voy ahora con mi hijo. No sé adónde, pero Dios, que de repente quebró mi mayor felicidad, me sabrá mostrar el camino a recorrer para realizar su Voluntad. Volveré a ser pobre, retomaré el viejo delantal y los zuecos de madera que las mujeres usan para el trabajo e iré, con mi madre, a recoger la resina de los árboles de nuestros grandes bosques...
Alguien debe comenzar a romper la cadena del odio que arruina, desde siempre, nuestros países.
Al hijo que vendrá (si viniera) le enseñaré solamente el amor. Él, nacido de la violencia, testimoniará, a mi lado, que la única grandeza que honra a la persona humana es la del perdón.

Dev.ma Lucj Vetrusc
(Traducción al portugués de Ana Maria Rizzante Gallazzi)

 

Sandro Gallazzi
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