Palabras en "alrededor de" la fuente.
Lindas palabras en lugares escondidos
Anotaciones sobre Génesis 16,1-16
Milton Schwantes
Resumen
Alrededor de la fuente se tejen historias, caminos de libertad. En medio de las tareas cotidianas de asegurar el agua se desdoblan historias como las de Hagar. Génesis 16 narra un camino de resistencia y de esperanza de una esclava. Ilumina nuestras vidas para que en las luchas y en los deseos de cada día nazcan nuevos espacios.
Abstract
Around the well, histories become intertwined, as well as roads to liberty. While pursuing the daily churns to make sure about the water, histories like the one about Hagar unfold. Genesis 16 recounts the way of resistance and hope of a slave. It illuminates our own lives in order to open up new spaces in the struggles and desires of our everyday life.
¡Huéspedes! ¿Y piratas?
Estamos hospedándonos en la casa del vecino. Y ahí todo cuidado es poco.
El libro del Génesis es el Berexit de la sinagoga. Al leer su capítulo 16 nos hospedamos en la casa de la sinagoga, en estos “templos de Dios” (véase Salmo 73,17).
Cuando se está de visita, conviene tener mucho cariño por la casa de quien nos hospeda. Cada casa tiene sus reglas, su manera, sus horarios, sus fiestas, su tono de voz, su cultura.
No solo es necesario respetar esta casa que nos acoge. También nos viene bien dejarnos acoger. Ahí la gente percibe diferencias en relación a nuestra propia casa. Ahí la gente aprende otro modo de otros.
¿Qué podría yo contar en mi casa si no estuviese atento a la casa de quien visito, percibiéndola, respetándola, siendo acogido en sus diferencias? En verdad me empobrezco culturalmente si voy por encima de la otra con mis grandes patas.
Berexit es casa vecina y casa diferente, bella y querida. Agar e Ismael, Sara y Abraham la habitan. Son sus bellezas. Si mi visita los vuelve feos, mutilados, sería mejor que me quedase en mi propia casa, si la tuviese.
En verdad, ni la tengo. Sin estos “templos de Dios”, las sinagogas, la casa, que sería mía, se cae a pedazos. Se torna casa sin estructuras. El primer viento la derriba (véase Mateo 7,24-27). Si no puedo ser huésped, quedo en la calle, sin casa, ni abrigo, ni nadie.
Por eso, por amor a mí mismo, digo inclusive: ¡déjenme ser huésped en este Berexit y en las gentes que me prestan este libro tan bello!
Necesito de posada, si bien no la merezco. Si me cerraran la puerta, lo harían con toda razón. Ya que las hijas y los hijos de la sinagoga ya saben que solamente les causamos dolores y masacres, podrían sospechar que cuanto más nos refugiamos en sus casas, más los echamos, los desahuciamos.
Los negros e indios conocen la misma tragedia.
Es como una piedra que una vez que comienza a rodar monte abajo, todo se lo lleva consigo. Cuando empezamos a rodar la piedra contra nuestros primeros vecinos, los de la sinagoga, damos inicio a un despeñadero, un abismo, algo así como el xeol/infierno.
Las mujeres y los niños cuentan lo mismo.
A las Saras se les prohibirá reír (véase Génesis 18,12 y 21,6) y a los niños se les impedirá ser cual un mesías (véase Isaías 9,5 y Marcos 10,13-16). No solo rodamos sobre casas vecinas, sino imponemos un silencio de terror a nuestra propia casa.
Las hijas y los hijos de Agar fueron alejados. Vistos con desconfianza atroz. Combatámoslos por siglos sin fin. Aun aquí, en tierras caribeñas y latinoamericanas, los primeros en devastarlas se figuraban estar luchando contra moros, gente que había que destrozar, costara lo que costara.
¡Quien sufrió “nuestras” cruzadas que lo diga!
Tenemos, de hecho, modos de bandido. Tenemos un extraño modo de hacernos huéspedes. Al final, acabamos con toda vecindad. Las conquistas se volvieron nuestra compañía.
Lo hicimos con judíos y judías. Y lo que ahí fue ejercitado, se llevó a todas las tierras. Negras y negros, indias e indios, moros y musulmanes y millones de otros más nos recibieron bien en sus tierras que “plantándolas dan”. Pero pocos quedaron, en gentes y plantas.
Es que aunque huéspedes, permanecimos aliados a gentes con cara de pirata.
Por eso, todo cuidado es poco.
Es que ya ni sé ser huésped. Acabo no viendo los estragos que dejo atrás, al salir.
Pero, no únicamente eso: también acabo no oyendo las bellas historias de resistencia y vida restaurada que, a pesar de mí, reverdecen en los “templos de Dios”.
Ayúdame a ser huésped de Tu Espíritu de Vida. El valle es de huesos. No obstante, en Tus valles hasta los huesos viven, hasta las cenizas se levantan.
Visitemos, entonces, el Berexit en su capítulo 16.
Un eje de rueda
Estamos tomando el ómnibus en un punto, en una parada. Sin embargo, la línea no comienza aquí, ni tiene ahí su punto final.
El capítulo 16 es un punto en un trayecto mayor. Es uno, si bien es muy especial. En él —por así decirlo— muchas personas se apresuran a descender. Y muchas suben en él; se apiñan para entrar. Son pueblos enteros.
En otra figura: el capítulo 16 es cual eje de una rueda.
Los capítulos 15 y 17 circulan a su alrededor. Hay semejanzas entre estos dos capítulos: en ambos Dios y Abram son los únicos ‘personajes’. Estos capítulos son cual piezas teológicas, o como dicen los especialistas: los capítulos 15 y 17 son “narraciones teológicas”. En ambos se ‘simulan’ cuentos para transmitir mensajes.
Se quiere transmitir mensajes de promesa: de Abram saldrá un pueblo (capítulo 15), saldrán pueblos (capítulo 17). (Dicho sea de paso, en estos capítulos Sara casi desaparece). Y este pueblo, salido de Abram, tendrá tierra (15,7-21 y 17,8). Promesas de pueblo y de tierra circundan nuestro capítulo 16.
Más allá de este primer círculo, compuesto por los capítulos 15+17, un segundo circunda el capítulo 16, que funciona para ellos como una especie de eje.
Pienso en los capítulos 13-14+18-19. Estos conforman un conjunto; son, como se dice, un ciclo de narraciones. Y ellos igualmente están imbuidos del tema de la tierra. Es que el suelo es poco. No alcanza para alimentar los grupos de Lot y de Abram.
Se separan para poder sobrevivir. Unos, con Abram, se quedan en las montañas. Otros, con Lot, van a la planicie, aproximándose a las ciudades de Sodoma y Gomorra. Y ahí sucumben.
Por lo tanto, la tierra de planicie es tierra de peligros. La tierra de promesas es tierra de montaña. Ahí, en las alturas de Judá, están los justos cual Abram.
Siendo así, los capítulos 13-14+18-19 tienen de igual forma en la tierra su tema más notable. Con este tema circulan alrededor de nuestro capítulo 16.
En verdad, no solamente lo circundan. Llegan hasta a forzar contenidos de nuestro capítulo 16.
Sí, fuerzan. Pues, no hay dudas de que este nuestro capítulo 16 fue moldeado para ocupar el lugar que ahora ocupa. Eje que es eje pasa por el torno. Y el nuestro, este capítulo 16, fue torneado —al menos en parte— para cumplir la función que desempeña, la de hacer girar a su alrededor, primero, los capítulos 15+17, y, en seguida, los capítulos 13-14+18-19.
Ya la primera frase, que hace de título para todo el capítulo 16, expresa la ligazón del eje con sus dos ruedas: “y Saray, la mujer de Abram, no le daba hijos” (v. 1a). Tal hijo sería no únicamente para que hubiese descendencia, para perpetuar la especie. Aún más candente era el destino de la herencia, en especial la de la tierra (véase 15,3: ‘un hijo de esclavo será mi heredero’).
La tierra exige un hijo. ¡Trae consigo un mundo patrilineal!
Pero no es apenas este primer versículo el que presiona nuestro capítulo 16 en una determinada dirección. Hay otros momentos del capítulo que también están en esta onda.
Me refiero a una pequeña nota en medio del v. 3: “después de haber él [= Abraham] morado diez años en la tierra de Canaán”. Ahora, Abraham estaba tomando posesión de la tierra de Canaán justamente en favor de sus hijos. Solo que, el no tenerlos, echaba por tierra esta posesión. ¿Por que posesionarse entonces de tierra si no había un heredero?
Me refiero asimismo al final. Los vv. 15-16 registran de manera conclusiva que, ahora, con Ismael —¡nombre dado aquí al niño por el propio Abraham!— fue dado a luz un hijo a Abraham, aquél que durante diez años había estado ahí, en la tierra de Canaán, ocupándola.
Por último, me refiero al v. 9, a la orden supuestamente angelical: “vuelve a tu señora”. También él tiene sus raíces en estos capítulos colocados alrededor de nuestro capítulo. ¿De qué serviría la promesa de tierra si el hijo por nacer de Agar no fuese posesión del señor?
Está claro: en el comienzo (v. 1a), en el medio (vv. 3+9), y en el final (vv. 15-16), nuestro eje está conectado a las ruedas que circulan a su alrededor. Los capítulos que lo circundan presionan el capítulo 16 para que éste sea leído en la perspectiva de la promesa de la tierra.
Lo que acabo de concluir es fundamental para la lectura de este nuestro capítulo 16. Por eso, llamo especialmente la atención hacia este aspecto. Tiene gran implicación para la propuesta de lectura que seguirá.
Empecemos por la traducción, bastante literal para tomar el gusto al hebreo.
La saga de Agar: una traducción literal
1Y Saray, mujer de Abram, no le daba a luz. Y ella tenía una esclava egipcia de nombre Agar. 2Saray le dijo a Abram: “He aquí que Yahveh me cerró de dar a luz. Llégate a mi esclava, tal vez me edificaré a partir de ella”. Y Abram oyó la voz de Saray. 3Y Saray, la mujer de Abram, tomó a Agar, la egipcia, su esclava —después de haber morado Abram diez años en la tierra de Canaán— y la dio a Abram, su marido, a él por mujer. 4Y él fue a Agar. Ella quedó embarazada. Y vio que estaba embarazada. Y su señora quedó disminuida ante sus ojos. 5Y dijo Saray a Abram: “¡Mi injusticia sobre ti! Yo misma puse mi esclava en tus brazos. Y ella vio que estaba embarazada y quedé disminuida ante sus ojos. Juzgue Adonai entre mí y ti!”. 6Y dijo Abram a Saray: “¡Tienes a tu esclava en tus manos! ¡Haz con ella lo que fuere bueno a tus ojos!”. Y Saray la golpeó. Y ella huyó de delante de sus ojos. 7Y el mensajero de Adonai la encontró junto a una fuente de agua en el desierto, junto a la fuente en el camino de Sur. 8Y dijo: “Agar, esclava de Saray, ¿de dónde vienes? ¿Y a dónde vas?”. Y dijo ella: “De la presencia de Saray, mi señora, estoy huyendo”.
9Y le dijo el mensajero de Yahveh:
“Vuelve a tu señora
y doblégate debajo de sus manos”.
10Y le dijo el mensajero de Yahveh:
“Multiplicaré y multiplicaré tu descendencia
y no se contará tu multitud”.
11Y le dijo el mensajero de Yahveh:
“He aquí que tú estás embarazada,
y darás a luz un hijo,
y proclamarás su nombre: Ismael,
pues Yahveh oyó tus opresiones.
12Y él será un hombre como un asno salvaje:
su mano contra todos,
y la mano de todos contra él.
Y enfrente de todos sus hermanos morará”.
13Y ella proclamó el nombre de Adonai, que le estaba hablando: "Tú eres el Dios que me ve". Pues dijo: “De hecho, ¿no vi aquí después que él me ve?”. 14Por eso llamó aquel pozo: “Pozo del viviente que me ve”. He aquí que está entre Cadés y Béred. 15Y Agar dio a luz un hijo a Abram. Y Abram proclamó el nombre de su hijo, que Agar le diera a luz, Ismael. 16Y Abram tenía ochenta y seis años, cuando Agar dio a luz a Ismael para Abram .
Muchos aspectos deben ser examinados ligados a este capítulo 16. Aquí solamente me ocupo de algunos. Me interesan en particular las experiencias de Dios expresadas en este conflicto tan agudo, en medio de tan grandes dolores como los vividos por Agar, y también por Sara y Abraham.
En los cantos de vida que a Agar le cupo vivir, experimentó el Dios de la vida, a pesar de todo, en medio de la esclavitud, empujada al desierto, embarazada y despreciada.
Huyó
Ella, Agar, “huyó”; he aquí la cuestión, he aquí el momento en el cual nuestra atención se vuelve hacia ella: “y ella huyó de su presencia”.
He aquí la rebelión de la esclava: huyó. Es ‘poco’, y es todo. Éste es el pasaje del ser esclavo para dejar de serlo. La huida es liberación (también en Éxodo 14,5). La huida es el camino de la libertad. Es cuando “nosotros nos vemos libres”, como lo expresa un salmo de esclavos fugitivos (Salmo 124).
Esta huida tiene su historia anterior y su camino posterior.
Precede una actitud que prepara la huida. Nosotros la llamaríamos quizá liberación interna. El hebreo lo expresa a su modo: “ella [= Agar] disminuyó a su señora a sus ojos” (v. 4). Agar, en rigor, no “despreció” (Almeida) a quien la poseía. Ella, sí, descubrió que sus verdugos eran pequeños. No tenían el poder que parecían tener. Mientras que ella, embarazada, aunque esclava, era gente fuerte.
Cuando ella los percibió pequeños, sus pies para la huida comenzaron a hacerse rápidos, sus horizontes se tornaron ágiles.
A la huida siguen las palabras del “mensajero de Yahveh”. Ellas son dichas a quien huye, se rebela.
Hasta entonces nadie le había dicho nada a la esclava. Ella era una pieza. Ahora hay quien le hable.
El mensajero, aun cuando sea divino, de Yahveh, no hace preguntas celestiales o últimas. Pregunta por lo inmediato: “de dónde vienes? ¿A dónde vas?”. Y la respuesta es igualmente simple y directa: “estoy huyendo...” (v. 8).
Ahí no está ocurriendo nada de epifánico y sensacional. El encuentro es corriente. Es una conversación de pozo en que desconocidas(os) se identifican, se explican.
Este encuentro sencillo, inicialmente nada especial, es el que, poco a poco, hace manar el agua viva. El desarrollo del encuentro lo hace especial.
El encuentro en el pozo se convierte en la explicación de la huida. Lo que los pies ágiles de la fugitiva hicieron hasta alcanzar la fuente, los ojos poéticos lo crean al mirar hacia el futuro. La huida rebelde se transforma en el pozo en utopía y proyecto, en poesía. ¡Sí, los versículos que siguen a la huida (vv. 8-12) tornan poesía la realidad!
En otras palabras: en nuestro cuento la frasecita “y ella huyó de su presencia” funciona como bisagra. Hasta ese momento se vengará la opresión, la violencia contra la esclava. Hasta ahí el lenguaje es la narrativa. A partir de entonces crecen las esperanzas y los sueños. Las palabras pasan a la poesía. Sin huida, no hay perspectivas, ni poesías.
Pueblo de rebeldes
Las perspectivas son mediadas por el hijo al nacer. El hijo es el punto en el horizonte.
Y este punto, este hijo, está lleno de significados. Identifico tres contenidos principales ligados al hijo que nacerá de la que está en fuga, en libertad.
Cada uno de los versículos 10.11.12 expresa uno de los aspectos. La secuencia de estos versículos no ha de ser accidental.
El v. 10 y el v. 12 se asemejan, puesto que vinculan a este pequeñito fuerza y poder.
El v. 10 celebra su cantidad. En hebreo la raíz rb /rbb aparece tres veces. Esta raíz expresa, simultáneamente, cantidad y totalidad. La descendencia de Agar, de Ismael, serán “muchos”, “todos”. Ésta es una promesa estupenda. La gente que huye de la esclavitud será incontable, plena. Multitudes incontables son quienes vencen a mezquinas élites-minorías.
El v. 12 se asemeja a este v. 10, pero agrega otro aspecto: el de la rebeldía, la autonomía, la insumisión. Madre e hijo jamás serán domados por la señorial esclavitud. Su existencia es un memorial a la rebeldía, a la insumisión.
Se percibe que las promesas de los versículos 10 y 12 son complementarias entre sí. Expresan la fuerza de este pueblo salido de la esclavitud.
El tercer aspecto —el cual se sitúa entre los versículos 10 y 12— vincula este pueblo de fuertes y rebeldes a Dios (v. 11). La gente insumisa está en los deseos de Dios. Es lo que dice el nombre Ismael. Significa “Dios oye”. (yixma’-’el está constituido por el verbo xm’ (oír) y el sustantivo ‘el (Dios)). Dios oye a la esclava en sus “opresiones”. En nuestro contexto, esta “opresión” remite claramente a la violencia sufrida por la esclava. La raíz verbal de esta palabra “opresión” (‘oni) es la misma usada en el v. 6 para expresar la violencia, los golpes contra Agar (‘nh: golpear). El niñito es, por tanto, lo opuesto a la esclavitud. ¡Dios no oye a quien esclaviza, él oye a las esclavas! El pequeño es como un memorial junto a los caminos de Dios, de Adonai Yahveh, con esclavas y esclavos. ¡Dios desea la rebeldía!
El futuro de Agar y de su gente está, en consecuencia, bien articulado. El texto se esmera en expresarlo en estas tres perspectivas destacadas arriba: un pueblo incontable (v. 10), un pueblo con rebelde autonomía (v. 12), un memorial del Dios que no soporta opresiones (v. 11).
¡Este mensajero de este pozo en el desierto es en verdad un ángel!
Dios que me ve
Destacábamos arriba los vv. 10-12. Ellos son discurso de mensajero. Su contrapunto son los vv. 13-14, donde prevalecen la voz (v. 13) y la óptica (v. 14) de Agar.
En estos versículos, Agar explicita la experiencia con el mensajero junto al pozo en el desierto. Da nombre a Dios, así como antes (v. 11) diera nombre a su hijo. En rigor, ella no solo ‘da’ nombre, sino que lo “proclama”, lo propaga públicamente. Dos veces se utiliza este verbo qr’ (proclamar) para expresarlo. Eso casi equivale a decir que Agar asume tareas proféticas. Ella dice en público, ‘proclama’ el “nombre”, la presencia de Dios.
Para “proclamar” este “nombre”, ella se vale del verbo r’h (ver). Los vv. 13-14 utilizan nada menos que cuatro veces este verbo. Él es, por consiguiente, decisivo para entender la presencia divina. Ella es presencia que “ve”.
Arriba, en los vv. 7-12, no aparecerá este verbo “ver”. Allí Dios actuaba al “encontrar” (v. 7), al “decir”, preguntando y afirmando (v. 8), y al “oír” (v. 11). Estos verbos todos tienen que ver con aquella situación concreta, específica, en la fuente. Captan el episodio de la presencia divina. Ya el verbo “ver” expresa una cierta continuidad. “Ver” las personas es como la continua acción de Dios. Él está continuamente viéndonos, atento por nosotros, velando por la gente.
No obstante, este “ver” no implica un estar fuera, arriba, en los cielos, como diríamos. ¡Dios “ve” desde el pozo! No ve tanto de arriba, sino de abajo, a partir del pozo, de la fuente.
Es que de dentro del pozo, de la fuente, sale vida, sale a la ‘vista’. La fuente, el ‘ojo de agua’ es como si fuese el ojo de Dios, de donde él ve. Las aguas son como su gesto de vernos, su modo de cuidarnos.
Recordemos que Palestina, en general, y su sur, en especial, son tierras muy áridas y secas. No es, pues, casualidad que ahí el Dios que ve no vea desde los cielos, sino vea a partir de las fuentes de agua, de lo que brota de las profundidades.
La fuente es el espacio de la libertad, de la vida. Muchos pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento lo indican (por ejemplo, Génesis 24; Éxodo 2,15-22 y Juan 4). De la fuente brota vida.
En el Antiguo Oriente, la fuente era un espacio religioso privilegiado. Éste era el espacio de las diosas y de los dioses.
De igual forma, también la fuente de nuestro capítulo 16 es de ‘el, de “dios”. En este lugar, ‘el “ve” (v. 13) y “oye” (v. 11a: Isma-’el). Por cierto, esta fuente es asimismo de Yahveh, el Dios de Israel. A final de cuentas, el mensajero es de Yahveh (v. 7); Yahveh es quien “oye” (v. 11b), el nombre proclamado por Agar es el de Yahveh (v. 13).
Pero este Yahveh convive con ‘el, el Dios de la fuente. Para Agar e Isma-el, él es ‘el; para el redactor, Saray y Abraham, es Yahveh.
En nuestro capítulo 16 se hermanan pueblos (el de Agar y el de Sara) y en los pozos se hermanan dioses. La profecía de Agar conoce las diferencias de uno y de otro pueblo, de uno y de otro Dios, sin embargo no hay exclusiones. Y los redactores de la Torá asumen esta posibilidad. ¡No la rechazan!
No la rechazan... ¿Será cierto?
¿¡Vuelta!?
Hasta aquí he prescindido del v. 9. Arriba ya había aludido a este versículo. Allí asumí que este v. 9, junto con otros (vv. 1a+3+15-16), son parte de la redacción que incorporó nuestra historia al contexto de los capítulos 13-19.
Ahora tenemos que retomar este v. 9, puesto que él realmente da otra perspectiva al capítulo en el caso que lo mantengamos como parte de la antigua historia.
Pienso que es apropiado aislar este v. 9. Su sentido no es inherente a la historia como tal. Más bien, es típico de quien coleccionó el conjunto y le dio la versión final. Por eso, no conviene entender el v. 9 a partir de la historia sino a partir de quien, en calidad de redactor, editó el conjunto de los capítulos 12-25.
Eso de que el v. 9 es un añadido es una hipótesis antigua de la crítica literaria, esto es, de aquellos investigadores bíblicos que escudriñan el origen literario de los textos bíblicos. Es importante consignarlo, ya que eso me libera de la sospecha de que la interpretación que expuse arriba sea la motivación que exige la ‘exclusión’ del v. 9.
Ahora bien, ¿por qué este versículo fue incluido posteriormente por editores?
Se podría decir que ello se debe al capítulo 21. Después de todo, este capítulo presupone que Agar está con Sara y Abraham. Luego, no podría haber seguido a Egipto, porque eso haría inviable la mención y recepción de la historia del capítulo 21.
Esto, sin embargo, hay que verificarlo. En vista de que los capítulos 16 y 21 cuentan historias similares, de algún modo paralelas, una de ellas tendría que hablar del regreso de la esclava a la casa de sus señores. No obstante, eso todavía no explica el v. 9. Pues, normalmente, las esclavas fugitivas regresaban por recaptura. Es lo que también el capítulo 16 podría haber narrado.
Pienso que el v. 9 tiene su origen en un nivel más profundo, más preocupante. No es apenas fruto de un ‘accidente’ literario. El comienzo y el final de nuestro capítulo lo afirman con mucha claridad. El hijo por nacer estaba destinado a Abraham, conforme insisten en asegurar los editores finales. Esta apropiación del hijo por parte de Abraham, del hombre, es la que ‘obliga’ a la vuelta. Al darle nombre (v. 15) —¡en el v. 11 el nombre es dado por Agar!— queda establecida la posesión del pequeño. Para los editores de nuestros capítulos, esta posesión es la que establece los vínculos de Ismael y su gente con Abraham y los suyos (¡capítulo 25!).
Considero que una de las cuestiones decisivas por detrás de ese v. 9, es la de la posesión de la tierra: la patriliniaridad de la tierra fuerza a la patriliniaridad de la familia. Los editores, posiblemente postexílicos, transpiran este interés por la posesión de la tierra como siendo lo que constituye a los pueblos de Abraham. En este sentido, no es casual que alrededor de la historia de Agar de nuestro capítulo 16, se sitúen los capítulos 15 y 17, ambos reflexiones teológicas a la luz de la cuestión de la tierra.
Por eso, el nombre de Ismael ‘tendría que’ ser dado por Abraham. Sin el posesionamiento del hijo y el re-posesionamiento de la esclava-madre, la posesión de la tierra tendría que ser distinta de la que era. Es que la exclusión de la mujer pasaba por la apropiación patrilineal de la tierra.
¿Será éste el motivo por el cual el Pentateuco, en su versión final, es una secuencia de genealogías patrilineales?
Un cuento de las fuentes
Pretendemos conocer el origen de la edición del capítulo —obviamente en un nivel de hipótesis—. Los editores pertenecerían al postexilio, a la cosmovisión de aquellos tiempos (posesión de la tierra) y de aquel patriarcado.
Sin embargo, la historia ahí editada tiene raíces diferentes, localizadas en otros tiempos y circunstancias.
Si por un momento no tenemos en consideración las adecuaciones que fueron insertas a nuestro capítulo para que él hiciera las veces de eje de los capítulos 13-19, entonces me parece muy claro a qué espacio debemos esta memoria.
Ésta es una historia contada junto a fuentes, como es el caso de otros pasajes bíblicos (véase por ejemplo Jueces 5). La fuente aquí citada es la de Beer-Lahai-Roi (“Pozo para el Viviente que Ve”). Estaría situada entre Cadés y Béred (v. 14), en pleno desierto.
Esta fuente debe haber existido. Pero ella igualmente es algo así como un espacio utópico: una fuente que está en un lugar desconocido para que esté en todo lugar. Cada fuente es parte de esta fuente. Además de que, para Israel, el desierto (v. 7) es espacio de utopía, de esperanzas, de lo inusitado, de los milagros. El desierto para Israel no es muerte, es vida. Fuente con desierto, entonces, es vida plena.
Este pozo, estas fuentes mil son el espacio, el tiempo de ésta nuestra historia.
Las fuentes y los pozos eran, quizá, el espacio público privilegiado de la mujer en aquellos mundos. Buscar agua era una tarea femenina, por lo que se sabe del mundo de la época (Génesis 24,16). La puerta era el mundo del hombre (Rut 4). El pozo era el mundo de la mujer, de su cultura pública (Jueces 5 y Juan 4). Ahí se contaban las historias de Agar, la del capítulo 16 y la del capítulo 21.
Quien contaba era quien cargaba agua: las mujeres jóvenes, las hijas, las esclavas. Quien contaba de Agar, fueron aquellas que eran como Agar, semejantes a la esclava. Las historias de Agar en los capítulos 16 y 21 son, en su origen, cuentos de esclavas, de niñas que vivían como esclavas (¡véase Cantares 1,5-6!).
Creo que esto explica asimismo la manera como nuestra saga ve a Saray . Tengo la impresión que las esclavas que crearon la saga, junto a las fuentes, ven en Saray, antes que todo, a la señora unida a Abraham, sometida a él, sometida a los intereses patriarcales. Este tejido social que envuelve a Sara, también la aprisiona. A los ojos de las esclavas, la señora no escapa de él.
Por prevalecer esta óptica desde la esclava, la saga no considera la proximidad entre Saray y Agar, ambas sometidas al mismo destino: para el patriarca, sus posesiones, sus herencias, su tierra, tiene que haber un hijo.
De cierta forma, Saray podría haber continuado a los “ojos” de Agar. Cuando ésta ‘vio que su señora era pequeña’ (v. 4), entonces estos ojos, que no eran de desprecio sino de identificación de la condición y de la situación de la señora, podrían haber provocado cambios en la señora.
Será tarea de una hermenéutica actualizante rescatar las oportunidades que encierra este mirar de la pequeña Agar, que reconoce cuán pequeña es su aparentemente gran señora.
Ahí, junto a las fuentes, en este mundo propio y libre de las esclavas, hijas, cargadoras de agua, el mundo de la casa patriarcal no es portador de esperanza. La esperanza es la huida fuera, al desierto (véase Cantares 8,13-14).
Milton Schwantes
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Correo electrónico: mschwantes@bol.com.br
O sea: “¡la injusticia que me aconteció recaiga sobre ti!”.
Otros traducen: “se proclamó”.
El comentario ya clásico de Claus Westermann, Gênesis 2. Teilband Gênesis 12-26. Neukirchen, Neukirchener Verlag, 1989 (2a. ed.), 719 págs. [hay traducción al inglés], contiene mucha bibliografía sobre Génesis 16. La bibliografía latinoamericana y caribeña se encuentra en la disertación de Mercedes Brancher, citada en la próxima nota. Leí con interés el ensayo de Savina J. Teubal, “Sara y Agar. Matriarcas e visionárias”, em Gênesis a partir de uma leitura de gênero, editado por Athalya Brenner. São Paulo, Paulinas, 2000, págs. 259-275.
Sobre este aspecto véase en especial la disertación de maestría de Mercedes Brancher, Dos olhos de Agar aos olhos de Deus. São Bernardo do Campo, Instituto Metodista de Ensino Superior, 1995, 152 págs.; Sandra Duarte de Souza, Hermenêutica do mito. Religião e relações de gênero entre os Nhandéva e Mbya da aldeia Rio Silveira, disertación de maestría. São Bernardo do Campo, Instituto Metodista de Ensino Superior, 1995, 158 págs. [véanse principalmente pp. 69-70].
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