
Contigo yo golpearé al caballo
y al caballero, al carro y al conductor
Francisco R. Orofino
Todos acompañamos con interés los acontecimientos políticos de nuestro continente latinoamericano. Las distintas formas de dictadura de Seguridad Nacional están siendo superadas por el avance del movimiento popular. Sin embargo, el tipo de Estado creado por estas dictaduras aún se mantiene fuerte en varios países. Alianzas ambiguas entre agentes de la dictadura y sectores políticos liberales permitieron una cierta práctica democrática. Pero no la destrucción del Estado de Seguridad Nacional.
Los acontecimientos del Paraguay nos llevan a esta reflexión. Un general que se crió en el antiguo régimen, a través de un golpe súbito, surge como el constructor de la democracia. ¿Puede un cuartelazo ser esperanza de democracia? ¿Puede el movimiento popular confiar en quien montó su carrera en medio de una sangrienta dictadura violenta y corrupta?
Las fuerzas armadas de nuestros países están involucradas en una carrera armamentista, gastando en armas ya inutilizadas por otras potencias. Pero como todos forman parte del llamado “bloque occidental”, están imposibilitados de guerrear entre sí. En verdad nuestros ejércitos tienen como misión enfrentar al gran enemigo: su propio pueblo. La guerra sucia es una realidad en muchos de nuestros países. Este artículo busca reflexionar sobre este tema tan actual, ubicando una determinada época de la historia de la Biblia. Alrededor del año 841 aC , un movimiento social constituido por militares y campesinos derribaron al Estado omrida. En un baño de sangre, erradicaron la religión oficial de Baal. Este movimiento muy bien descrito en dos capítulos del segundo libro de los Reyes (2 R 9-10) cuenta con las bendiciones del profeta Eliseo.
Sin embargo, un siglo más tarde, el profeta Oseas denunciará que la masacre no sirvió de nada. La dinastía omrida había sido destruida, pero el Estado montado por Omri y sus sucesores continuaba fuerte bajo la dinastía de Jehú. La revuelta comandada por Jehú reunirá dos sectores sociales antagónicos: los militares de los regimientos de carros y los campesinos expoliados por la política agraria de los omridas. Veremos por qué la falla de la revuelta de Jehú está en el incumplimiento del cántico de Moisés (Ex 15), cuando Jahvé precipitó en el mar el carro y la tripulación. Solo habrá liberación para la aldea campesina cuando suceda lo dicho por Jeremías (Jer 51,21), que da título a este artículo: cuando el campesino, con la ayuda de Jahvé, machacará el carro y el conductor, los caballos y el caballero.
1. El carro de guerra: fuerza que sustenta al Estado
La arqueología muestra en relieves sumerios el uso militar de carros. Sin embargo, eran carros pesados, con ruedas de madera, rígidas, sin rayos. Eran usados más para apoyo, intendencia o transporte de tropas que como armas tácticas. Eran lentos, tirados por asnos domesticados, sin una técnica apropiada de tiro, estaban amarrados al carro como bueyes en un arado. Militarmente no tenían mucha importancia.
La invasión de los pueblos indo-arianos, en el siglo XVII aC provocará una revolución en las técnicas militares, con la introducción del uso de carros como arma táctica. Construyeron carros más livianos, sustentados por un eje central único, y con una vara oblicua, móvil, que permitía gran flexibilidad en las batallas. Pero lo que posibilitó esta renovación táctica fue la gran novedad traída por estos pueblos: el caballo. Los caballos sustituían con ventaja cualquier otro tipo de animal de tiro. Siendo más liviano y tirado por una pareja de caballos el carro alcanza gran velocidad. Y fue justamente la rapidez de los carros lo que revolucionó las tácticas de guerra, superadas solo por la caballería persa en el siglo VI aC.
Inicialmente, el carro era equipado con dos guerreros. Un conductor o guía, que debería ser experto en la manutención del carro y en el trato de los caballos. Y un arquero, con su arco compuesto, arma nueva, introducida por los urritas, y que daba a las flechas fuerza y una mayor velocidad. Posteriormente el equipo fue aumentado con un guardaespaldas para el conductor y el arquero, y que ya en textos ugaríticos era llamado simplemente de “tercero” (shalish).
Teniendo como punto de partida estados indo-arianos de Asia Menor, el carro de guerra rápidamente se convirtió en el arma principal de los ejércitos. De Mitani, Hatti y Hurri, los carros fueron llevados a Egipto por los Hicsos, donde se adaptaron muy bien los caballos. Egipto se convirtió en exportador de caballos y el carro fue la base de sustento del Imperio Nuevo hasta su derrocamiento al fin de la Era del Bronce.
Desde Egipto los carros fueron a Canaán, entre los siglos XIV-XIII aC. En esa época, Canaán era un conjunto de ciudades-estados, dominadas por Egipto y rivales entre sí. Esto hacía que cada ciudad tuviera su escuadra de carros de guerra. Pero el manejo de estos carros exigía una élite militar especializada. Los reyes de las ciudades contrataban entonces una corporación de origen indoariana, llamados mariannu . Esta palabra tiene su origen en los maria , que en la mitología indo-ariana eran los acompañantes del carro del dios indo-ariano de la tempestad, Indra. Siempre se asoció la nube de lluvia con el carro del dios de la tempestad. Así , el dios de la tempestad era patrono del regimiento de carros. Los maria arianos se convierten en los marianu hurritas, acompañantes de Teshub, dios hurrita de la tempestad. En Canaán el dios de la tempestad es Hadad con su título Baal. Los hicsos en Egipto ya buscaban la protección de Baal.
Las ciudades inmediatamente descubrieron el valor del carro para someter y controlar las regiones rurales tributarias. Cada ciudad poseía con los carros un importante instrumento de control de las aldeas campesinas, pero al mismo tiempo, peligrosamente dependientes de las aldeas. Vamos por parte:
—Cada ciudad poseía su escuadra de carros con la guarnición especializada que dependía directamente del rey. Esta guarnición tenía un vínculo con el rey que en algunos autores señalan como vasallaje. Algo parecido al vínculo de David con el rey de Gat (1 Sm 27,5). El rey era el comandante y señor de la guarnición, se encargaba directamente del pago de sus siervos/vasallos. Pero el responsable por el cuidado y mantención de los carros y caballos era el llamado “maestro de los carros” (Akil narkabti, en ciudades como Ugarit), importante figura en el aparato del Estado, solo subordinado al rey. Los carros eran almacenados en un solo lugar, llamado “arsenal de los carros”, funcionando como entidad propia, dependiendo directamente del “maestro de los carros”. Los caballos eran criados primeramente en las aldeas, y posteriormente en caballerizas del Estado.
—Sin embargo, este armamento era tremendamente oneroso para el Estado. Los tributos que eran necesarios para la mantención del arsenal, eran recolectados directamente por el rey. Este tributo era parte del “derecho del rey”.
“Estos son los derechos del rey que los regirá: a sus hijos los llevará para destinarlos en sus destacamentos de carros de guerra y caballería y para que vayan delante de su carroza; los empleará como jefes y oficiales en su ejército, como oradores de sus campos y segadores de su cosecha, como fabricantes de armamentos y de pertrechos para sus carros . A sus hijas se las llevará como perfumistas, cocineras y reposteras. Sus campos, viñas y los mejores olivares se los quitará para dárselos a sus ministros. De su grano y sus viñas les exigirá diezmos, para dárselos a sus funcionarios y ministros, a sus sirvientes y sirvientas, sus mejores burros y bueyes se los llevará para usarlos en su propia hacienda. De sus rebaños les exigirá diezmos. ¡Y ustedes mismos serán sus esclavos!” (1 Sm 8,10-17).
—Así pues, mantener un regimiento de carros y el pago de los oficiales solo podría ser posible en un Estado fuertemente centralizado, que garantice la recaudación de los tributos necesarios para la mantención de las armas, carros y caballos y que también garantice el pago de la tropa especializada que era hecho en lotes de tierra, única cosa de valor aceptada por los oficiales.
—Las aldeas se encontraban en una situación incómoda. Debían manejar nuevas tecnologías como domesticar y criar caballos , que eran un peso muerto para la aldea, ya que solo consumían el “heno del rey” (Am 7,1), y no trabajaban con el arado ni servían para montarlos; la construcción de carros exigía una técnica de trabajo en madera y metal muy avanzada. El bronce podía ser trabajado por metalúrgicos locales y ambulantes; pero el fierro necesitaba de temperaturas elevadas y generalmente era trabajado en las ciudades por esclavos y enviado a los herreros de las aldeas, ya que los carros eran construidos en las aldeas y entregados al Estado como tributo. También debido a la precariedad de las rutas terrestres, los carros necesitaban de constante reparación en las ruedas y en las varas centrales. Eso exigía trabajo continuo de los metalúrgicos campesinos en detrimento de los servicios hacia las sociedades locales.
—Además de esta carga de trabajos, se sumaba aún la requisición por parte del Estado, de mano de obra para construcción de ciudades y establos . Para permitir un rápido movimiento de los carros era necesario construir ciudadelas en lugares estratégicos para guardar los carros. En el mismo lugar construían establos para guardar y defender los caballos. Muchos de estos locales terminaban transformándose en ciudades. Para estas construcciones, el Estado echaba mano al reclutamiento de trabajo forzado .
Concluyendo este análisis, vemos que el Estado estaba obligado a ocupar los tributos para la mantención de los caballos (en pastizales y heno); de los carros (piezas en madera o metal) y garantizar el pago de los artesanos en centros urbanos y de los especialistas militares.
De este modo, la mantención de esta máquina militar agobiaba a las aldeas campesinas. Pero aquí se muestra también el punto vulnerable de estos regimientos. Si la estructura rural entra en colapso, todo el sistema militar podría destruirse. Así, el Estado controlaba con los mismos regimientos de carros la paz interna, reprimiendo revueltas campesinas. Pero si había problemas de orden climático como la sequía (cf. 1 R 18,1-15 donde Ajab teme por sus caballos y mulas) u otras dificultades económicas, el Estado se veía debilitado y cedía para no desestructurar definitivamente la aldea. Un texto hitita nos habla que, ante estas dificultades probablemente una sequía, el Estado dejaría de tributar en una aldea:
— de las cuotas estipuladas en oveja y en lana;
— de la paja y el forraje así como de la cebada destinada a los caballos del rey;
— de los caballos de guerra que eran criados por la aldea;
— de las piezas de metal y madera para la mantención de los carros;
— del reclutamiento de trabajo forzado.
Sin embargo un punto de gran importancia debe ser subrayado. Los carros garantizan al Estado la paz interna, la recaudación del tributo pagado por las aldeas, garantizan el paso y las rutas comerciales y la comercialización de los productos. El Estado se sustentaba en la fuerza de los carros. Sabemos que estos servicios exigían gente especializada, altamente capacitada. Y el pago de estos especialistas se hacía con lo más valioso de estas sociedades aún insuficientemente monetarizadas: la tierra. El Estado se veía entonces obligado a requisar tierras para pagar a sus oficiales. En la medida en que el uso de los carros se estabilizaba, se iniciaba el proceso de concentración de tierras en las manos del Estado, para el pago de los oficiales.
Las aldeas agrícolas se veían obligadas a sustentar el poder que las subyugaba. Para el campesino, el carro y los caballos simbolizaban la opresión de los sectores urbanos sobre el campo. En la ciudad estaba el rey, sus regimientos de carros que exigían el tributo. En la ciudad estaba Hadad/Baal, dios de la tempestad y de la lluvia, garantía de la fertilidad del suelo y garantía de que el tributo salga de la aldea para la ciudad. Los campesinos solamente serían libres cuando el regimiento de carros fuese precipitado al mar.
2. Los recabitas, especialistas en carros en el Reino de Israel
A Israel le costó dominar la tecnología de los carros de guerra. Las guerras tribales muestran a los campesinos con tácticas de guerrillas contra regimientos de carros (Jue 4-5). Después de la victoria, destruían y quemaban los carros y cortaban los tendones de los caballos (Jue 11,6), lo que sucedía hasta la época de David (2 Sam 8,4). Pero con el surgimiento del Estado bajo David y Salomón, el ejército va perdiendo sus prácticas tribales y surgen tropas de élite, mercenarios, que quedan bajo la dependencia directa del rey. Tenían una calificación “siervos” (‘abadim) (cf. 1 Sam 8,5.10).
Estos oficiales estaban exentos del impuesto y del trabajo forzado (1 Sam 17,25). Tenían derecho sobre el tributo recaudado (1 Sam 8,14-15). Con la muerte del rey pasaban al dominio del heredero, garantizando la dinastía (2 Samuel 2,12). Estas tropas mercenarias tienen un importante papel en la transición después de David, sustentando el golpe de Salomón (1 R 1,44).
Sin embargo, el texto bíblico trae pocos datos sobre el regimiento de carros que surgió en el reinado de Salomón (1 R 9,18). Habla solo de las ciudades necesarias para las guarniciones y sus caballerizas. No habla de quienes fueron los contratados para formar los regimientos. El texto solo dice que los contratados pertenecían “a los hijos de Israel” (1 R 9,22). De cualquier manera los carros y el comercio de caballos tuvieron un importante papel en el reinado de Salomón (cf 1 R 10,26-29). Si los números presentados en el relato (1.400 carros y 12.000 tripulantes) es correcto o exagerado, es difícil definirlo. Pero nos da una idea de lo que esto significa en tributo para los campesinos.
Un siglo más tarde en la batalla de Qarqar, una coalición de estados pro-fenicia comandados por Damasco, vence la primera embestida asiria en dirección al Mediterráneo. Los israelitas comandados por Ajab, contribuyeron con una fuerza de 2.000 carros. Nuevamente nos enfrentamos con un dato de difícil comprobación, pero que indica hasta dónde puede haber llegado el Estado omrida en Israel.
Si el Estado, sea con Salomón o con los omridas, consiguió reunir tantos carros, ¿quiénes serían los militares especializados al servicio de aquellos reyes? Creo que aquí entran los recabitas.
Tradicionalmente las investigaciones presentan a los recabitas como una tribu nómade, radicales en su yahvismo. Ante la opresión del Estado, predicaban y vivían el ideal del desierto y del nomadismo. Serían “yahvistas extremos que realizan en la práctica lo que los profetas predicaban” según de Vaux, como él otros autores son unánimes en señalar la unión entre profetas y recabitas. Falta saber cómo fue de hecho esta unión y en qué términos.
Primero tenemos que superar la visión del fenómeno “recabita” dada por un punto de partida erróneo. Este punto de partida es la cita de Jeremías 35. Ahí están los fundamentos doctrinarios de una secta que guarda los preceptos tribales y determinados rituales, especialmente la prohibición de bebidas alcohólicas. Estos preceptos están ligados a la doctrina de un tal Jonadab Ben Recab. Ahora bien, esta manera de ver a los recabitas es de dos siglos después de su surgimiento como fuerza social. Esto sucede en la segunda mitad del siglo IX aC, en la revuelta de Jehú comandados por Jonadab, su papel es importante para el triunfo de la revuelta. A partir de 2 R 10,15-27 buscaremos datos que nos permitan presentar un perfil muy diferente de los recabitas, distanciándose de lo presentado comúnmente por los estudios.
La raíz RKB ya en el acádico significa “dirigir un carro tirado por animales, cabalgar, montar, dirigir /guiar un vehículo o animal”. En las cartas de Hamurabi, la expresión rakbûm destinaba a un emisario real, un oficial de la corte, un mensajero militar del rey. Como en la época no había caballos, podemos suponer que este emisario tenía su carro tirado por mulas o bueyes. El término asirio rakbû ya designaba a un emisario real, montado a caballo y que era enviado a misiones diplomáticas con documentación oficial. La misma misión que el rokeb hassus en 2 R 9,18.19 recibió de su rey, pero que no cumplió por adherir a Jehú. Con la implantación de los carros de guerra en Israel, el conductor era llamado akab (1 R 22,3.4; 2 R 9,17). Podemos concluir que “recabita” es un término militar y designa a los que se relacionan con carros y caballos.
Otro punto importante es el primer “Recab” que aparece en el texto bíblico, es uno de los asesinos de Is-boset, hijo de Saúl, rey de Israel (2 Sam 4,2). Según el texto, eran beerotitas, de la ciudad de Beerot, en la tetrápolis gabaonita y que había sido absorbida por la tribu de Benjamín. Los asesinos Baana y Recab son “jefes de una banda” ( sar gedûdim ). Según Noth son soldados profesionales, cananeos. Asesinato al rey de Israel porque los sectores urbanos-cananeos apoyaron a David contra la casa de Saúl. Podemos concluir que los recabitas originariamente, tienen origen cananeo. No serían yahvistas.
También es importante la figura de Jonadab señalada en 2 R 10,15. Por la raíz de su nombre puede ser de una posición social alta, un noble con una posición administrativa en el aparato estatal monárquico. Su patronímico, ben Recab , en verdad no indicaría su casa o familia, como era corriente entre los semitas, sino que su función. Jonadab sería entonces alguien de la clase dirigente, que ocupa una posición importante dentro del aparato estatal omrida. Su posición en la revuelta de Jehú parece haber sido fundamental para el triunfo de la revuelta. Jehú lo convida para ser “acompañante” en su propio carro. Este gesto indica la importancia de Jonadab ocupando el lugar de privilegio de los que son distinguidos por el rey (cf. 1 R 20,33s). Jonadab representa a los recabitas, los principales soportes de la revuelta y, por las indicaciones del texto, contrarios al baalismo de Samaria.
Pero ¿y el ideal nómade? Primero, algunos autores son claros en afirmar que los preceptos recabitas de Jeremías 35 constituyen códigos de metalúrgicos ambulantes, que recorrían las aldeas haciendo servicios con metales especialmente de bronce. El código preveía el cuidado con bebidas alcohólicas debido a los secretos de la técnica que deberían ser preservados. Para estas corporaciones el trabajo con metales estaba asociado a la magia y el secreto de transformar “piedras en metales” debería ser muy bien guardado. El texto de Jeremías no habla de que los recabitas estuvieran viviendo únicamente en el desierto. Su medio de vida estaba en los trabajos que hacían en las ciudades o aldeas, ya que trabajaban con metales, cosa de poco uso en el desierto. Y si viviesen en el desierto, ante la invasión de los caldeos no buscarían protección en las ciudades, sino que huirían al desierto. Por tanto, el ideal nómade, como sugiere Gottwald, estaría más bien ligado a la protesta, también profética, frente al Estado y sus estructuras urbanas que no reconocen derechos a su práctica metalúrgica ambulante.
Pero ¿qué tiene que ver conductores de carros con metalúrgicos ambulantes? El libro de las Crónicas asocia a los recabitas con los antiguos quenitas: “…estos son los quenitas que descienden de Hamat, padre de Bet-recab” (1 Cr 2,55). el ideal nómade estaría así ligado a los orígenes tribales de los quenitas. Las necesidades de mantención de los carros, hizo que estos metalúrgicos ambulantes fuesen cooptados por el Estado. Este los asoció a otro sector, el de los comerciantes con carros, convertidos todos en “recabitas”. De cualquier manera, su función metalúrgica sobrevivió al exilio. El libro de Nehemías habla de un Malaquías, hijo de Recab (3,14) que construyó la puerta nueva de la ciudad, haciendo los cerrojos y barras.
A pesar de que el texto bíblico hace esta ligazón, que posibilita ver en esta asociación el ideal nómade y el yahvismo de los recabitas, hay señales que apuntan a otra dirección. Los recabitas serían una corporación de mercaderes ambulantes, cananeos suplantados de sus actividades comerciales por los mercaderes fenicios que a partir del siglo X aC dominaban las rutas comerciales entre Damasco y el Mar Rojo.
Los regimientos de carros de guerra derivan de los carros de los comerciantes militares, responsables por la intendencia de las tropas, pero también para transportar el saqueo y comercializarlo. Los comerciantes seguían a las tropas y la guerra siempre fue un buen negocio.
Ya vimos a Recaba que asesina el hijo de Saúl. El texto bíblico es vago en cuanto a la disculpa que los asesinos dan para entrar a la casa de Is-beset. Lo que parece, siguiendo la traducción del texto hebreo, es que ellos entraron en la casa “como quien va a buscar trigo”. Puede ser para la comercialización. Había en Palestina una red de mercaderes cananeos que recogían y comercializaban el cereal de las familias ricas, llevándolo en sus carros a los centros de comercio.
Ahora bien, en el tiempo de los omridas el comercio terrestre estaba bajo el control de los mercaderes fenicios. A partir del centro recaudador que era el templo de Baal-Melqart en Samaria, los fenicios comercializaban todo el excedente agrícola de Israel. Para los comerciantes cananeos, el templo en Samaria era un puesto avanzado de extranjeros en Israel. La disputa por las rutas comerciales llegó a una rivalidad intensa entre estos comerciantes cooptados por el Estado omrida y toda política oficial pro-Fenicia. La frustrada revuelta de Zimri y la revuelta de Jehú prueban esto.
Estos mercaderes cananeos serían baalistas. Por lo tanto, los recabitas originariamente serían también baalistas. Ya vimos la evolución de la casta indo-ariana que permitió el surgimiento de Estados en Anatolia y Siria. La divinidad originaria de estos destacamento era el dios de la tempestad, asociado a las nubes de lluvia, el carro de la divinidad. Para los cananeos esta divinidad era Hadad/Baal.
Ya en Ugarit uno de los títulos de Baal es Recab: el que cabalga en las nubes. Los cánticos ugaríticos hablan de Baal como el dios de la tempestad, del viento, de la lluvia y del rayo. Es el responsable de la fertilidad del suelo y protector de la ciudad y de todo lo que ella comprende; incluso los carros de guerra.
Albright relaciona las evoluciones de Baal dentro de un proceso continuo de urbanización entre el Bronce Reciente y el Hierro, con la introducción de nuevas tecnología guerreras. En regiones bajo influencia fenicia, en el inicio de la era del Hierro, Baal aparece en derivaciones secundarias. En Siria/Palestina él aparece como Baal-Hammon o Señor de los Metalúrgicos; o también Baal-smd o Señor de las armas de guerra. En varios Estados entre el Orontes y Siria êl es el Recab-El, el Señor de los carros de guerra. En el siglo IX aC, Recab-El es la divinidad central de algunos Estados. La estela del rey Kilamû de Sam'al dice que el rey ejerce el gobierno “…por Recab-El, señor de la dinastía…”.
Pero lo importante es lo que dice el rey Bar-Recab, del mismo reino, un siglo más tarde. En una inscripción sincera y que nos ayuda a comprender muchas cosas, êl dice “…fui colocado en el trono de mi padre por mi señor Recab-el y por mi señor Tiglat-Pileser…”. Estos mercaderes cananeos/israelitas buscarán en el emergente poderío asirio la ayuda necesaria para derrotar a sus competidores fenicios. Y la estela de Bar-Recab indica la táctica asiria después de las frustradas invasiones de Salmanassar III. van a promover rebeliones en los Estados anti-asirios comandados por tiro. Así entendemos la rebelión de Hazael en Damasco y la de Jehú en Israel. Es muy conocido el obelisco de Salmanassar III, mostrando a Jehú postrado delante del emperador asirio, ofreciendo tributos. El texto del libro de los reyes al contar la revuelta de Jehú, bien podría mostrar la sinceridad de la estela de Bar-Recab.
3. Conclusión
La revuelta de Jehú según el texto bíblico juntó a dos sectores sociales antagónicos. Por un lado a los campesinos yahvistas, cofradías proféticas, movilizados por la predicación de Elías y comandados por Eliseo. Por el otro, los regimientos de carros de guerra, comandados por Jehú y Jonadab. ¿Qué es lo que habría motivado a los campesinos a aliarse con la fuerza de la opresión?
Creo que Jehú dio su golpe sin mayores preocupaciones por el movimiento profético de Eliseo. Jehú tuvo suerte al sorprender a la reina madre Jezabel junto a su hijo herido, en el palacio de Jezreel. Si Jezabel hubiese estado protegida en Samaria, la historia tranquilamente sería otra. Basta ver con qué facilidad Atalía tomó el gobierno en Jerusalem.
Además, Jehú no tiene fuerzas suficientes para tomar Samaria. Él hace un tratado con los ciudadanos de Samaria. Una de las cláusulas de este tratado fue la destrucción del cuartel fenicio y del templo de Baal. No sabemos exactamente cuánto tiempo corrió entre la muerte de Joram en Jezreel y el tratado entre Jehú y Samaria. Tal vez en medio de este tiempo el movimiento profético haya resuelto apoyar a Jehú, debido a su política contraria a los fenicios y a la dinastía omrida. Eliseo se transforma en un profeta de corte, con gran influencia en el gobierno de Jehú y sus sucesores.
Jehú para legitimar sus posiciones asume la tradición de Elías. Colocará el cuerpo del rey Joram en el campo donde Nabot y sus hijos habían muerto en defensa de sus tierras (2 R 9,26). el profeta también es recordado en la descripción de la muerte de Jezabel (2 R 9,36s). Así la figura de Elías sintetizará a estos dos bloques antagónicos. El texto bíblico muestra a Elías asumiendo atributos de Recab-El, al enviar fuego del cielo sobre los soldados del rey (2 R 1,9s) y al subir al cielo en un carro de fuego, mientras Eliseo gritaba —”!Padre mío, padre mío, carro de Israel y su tripulación!” (2 R 2,12). En la cooptación de la figura de Elías, los campesinos ven sacralizado el instrumento de su opresión. Sin duda, la gran consecuencia de la revuelta de Jehú será la baalización de Yahvé en el santuario real de Betel.
Contra esto se pronunciarán los profetas del siglo VIII aC. Las cofradías proféticas adoptaron la política oficial. Amós nos muestra cuánto había decaído el movimiento profético al presentarse delante de Amasías en Betel: “No soy profeta, ni hijo de profeta” (Am 7,14).
Oseas será más radical. Condenará las masacres hechas por Jehú. Con eso él no se coloca en defensa de la extinta dinastía omrida, pero considera el golpe como una traición. La revuelta no destruyó al Estado opresor (Os 1,3-5). La liberación no será con golpe de Estado: por el arco, por la espada, por el caballo (Os 1,7) ni mucho menos confiar en la fuerza de los carros (Os 10,13b). ¿De qué sirve destruir el templo de Baal en Samaria y mantener el becerro en Betel?
Los profetas del siglo VIII denuncian que da lo mismo estar en un estado baalista bajo los omridas o en Estado yahvista bajo la dinastía de Jehú. Ellos percibieron la imposibilidad de una liberación completa mientras haya fuerza militar que desestructura a las aldeas. El campesino solo será libre cuando el Señor, en su soberbia victoria, lance al mar los carros, los caballos y sus tripulaciones.
Francisco R. Orofino, Av. Mirandela 763 , 26.520 Nilópolis/RJ , Brasil
Bibliografía
He preferido no hacer las tradicionales notas, solo indicaré las obras donde fundamento algunos puntos.
— Sobre los carros de guerra, su significado para la ciudad, su fabricación y lo que significaba para la aldea:
GORDON CHILDE, V., A evolucao cultural do Homen . Río de Janeiro, Zahar Editores, 1978.
DE VAUX, R., Les hurrites de l'Histoire et les horites de la Bible. En : RB 74 (1967) 481-503.
GARELLI, P., O Oriente Próximo Asiático . Sao Paulo, EDUSP-Pioneira, 1982.
— El texto hitita es sacado de GARELLI. Los textos de Sam'al del ANET.
— La asociación entre el dios de la Tempestad y el regimiento de carros es de DE VAUX en Les hurrites… y de GRAY, J., The legacy of Canaan . Supl. Of VT, vol V. Leiden-Brielle, 1965.
— Este enfoque sobre los recabitas tiene como telón de fondo FRICK, F., The rechabites reconsidered. En: JBL 90 (1971) 279-287.
— Sobre la rivalidad comercial entre recabitas y fenicios:
ASTOR, M., Metamorphose de Baal. Les rivalités commerciales au IX siécle. En: Evidences 75 (1959) 35-40; 54-58.
— Sobre las evoluciones de Baal en la Era de Hierro:
ALBRIGHT, W. F., Yahweh and the Gods of Canaan . London, Athlone Press, 1968.
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