La relación maestro-discípulo en las tradiciones judía y cristiana
Jacil Rodrigues de Brito
Resumen
El estudio sobre la relación maestro-discípulos y las tradiciones judía y cristiana es una tentativa de dilucidar el modo como la comunidad de Israel comprendió las enseñanzas recibidas de Dios en el Sinaí (ToRáH), y también para ver el modo como esas enseñanzas fueron asimiladas y transmitidas de generación en generación llegando a la comunidad de los cristianos de origen judío y, consecuentemente, hasta nuestros días.
Abstract
The essay on the master-disciple relationship and the Jewish and Christian traditions is an attempt to clarify the way the people of Israel understood the teachings given by God in Sinai (Torah), and also to see how these teachings were assimilated and transmitted from generation to generation, until arriving at the Christian Communities with a Jewish background and consequently up to the present day.
Introducción
En los evangelios encontramos a Jesús siempre rodeado de discípulos/as y enseñando a través de parábolas. Ese hecho refleja el cuadro cultural de su tiempo y la pedagogía que le es propia. Sus enseñanzas son entregadas en forma oral y por eso la asimilación requiere la memorización de lo que fue oído. Para ello es necesario repetir siempre las enseñanzas del maestro. Sus palabras continúan cantando en el corazón del discípulo por la fuerza de la repetición, aunque él se ocupe de otras cosas.
Ese modo de pensar está presente en la liturgia. En ella, aunque se experimente la ausencia (física) del maestro, sus enseñanzas continúan orientándonos. En ese momento, él se hace presente: “Donde dos o tres estuvieran reunidos en mi nombre yo estaré allí presente”.
En la cultura latino-americana, especialmente en la brasileña, que, por influencia de las culturas indígenas y africanas, valoriza la oralidad, se hace presente en forma muy destacada la relación maestro-discípulo.
Lo que mantiene viva una cultura es la capacidad de contar y recordar historias. En esto está la fuerza para luchar contra todo lo que se opone a la vida: opresión, injusticia, etc. La memoria es lo que mantienen vivas la fe, la esperanza y, consecuentemente, la resistencia de un pueblo. Esta es la razón del esfuerzo de tantos grupos, en su mayoría pequeños, los cuales resaltan los valores de la pedagogía popular, haciendo la lectura de los textos de las Escrituras (Primero y Segundo Testamento) dentro de sus propias culturas. Esa forma de actuar está muy cercana al modo de enseñar y de aprender en el tiempo de Jesús.
La fuerza de la enseñanza oral reside en el hecho de que, lo que se escribe en material perecible puede desaparecer, pero lo que se guarda en la memoria y se transmite jamás desaparecerá, en cuanto exista el ser humano como punto de resonancia. Solo los mensajes escritos en las piedras o guardados en los corazones atravesarán tiempos inmemorables. La piedra se conserva por su estado estático y el corazón por el hecho de que siempre deposita en otro corazón el tesoro que se le confió.
1. La relación maestro-discípulo en la tradición judía
“El Señor me dio una lengua de discípulo para que yo supiese llevar al cansado una palabra de aliento. Él me despierta de mañana, sí, despierta mi oído para que yo escuche como discípulo” (Isaías 50,4).
La figura del Maestro en la Tradición Judía está estrictamente ligada a la ToRáH. No existe Maestro sin la ToRáH. Ella es el corazón de su existencia, de su función de Maestro. Es interesante notar también que el maestro, en lo que respecta a la enseñanza de la ToRáH, hace un trabajo provisorio, porque la verdadera enseñanza se dará por medio del Rey Mesías cuando este llegue. Es también por esta razón que pueden existir divergencia de ideas entre los maestros respecto a la interpretación de la ToRáH. Pero esas diferencias de ideas no afectan la unidad de donde ellas vienen y para donde ellas van. Estas son legítimas, como la legitimidad del Dios “Uno” viene de las diferencias.
Tampoco se puede concebir un maestro sin discípulos. Él se considera maestro en relación a sus discípulos. El maestro debe transmitir las enseñanzas de la ToRáH a sus discípulos con su propia vida. En cuanto a los discípulos, ellos se deben adaptar a su maestro en casi todo. Un discípulo debe ser completamente sumiso a su maestro y vivir en la misma ciudad. Debe respetarlo, comportarse atentamente con él hasta en la manera de saludarlo. Debe escucharlo. Un discípulo jamás debe contradecir su estilo, y aquel que dé una opinión sobre cualquier asunto, que sea contraria a la opinión de su maestro, puede hacer que la SheKHiNáH (presencia de Dios) se aparte de Israel. De esta manera, el maestro, por la posición que él adquiere como transmisor de la ToRáH, se vuelve, a los ojos de la comunidad como un representante del propio Dios. Entonces, aquel que contradice a su maestro, que se enfrenta con él, que lo rebaja, es como si contradijese a la SheKHiNáH y la rebajase. Siendo así, el que busca a un maestro y se une a él es como si buscase y se uniese a Dios.
Así, maestro y discípulo están en armonía y no se deben separar. Un discípulo no se debe aislar, porque el estudio de la ToRáH es, por excelencia, comunitario. En este sentido, se encuentra en el tratado MaKoT una interpretación de Jr 50,36 “la espada contra los mentirosos: ellos se volverán locos”. Ahora “la espada contra los mentirosos” se interpreta como ‘guerra a los discípulos de los sabios que se aíslan para estudiar la ToRáH”, y “ellos se volverán locos (NOALU)” como ‘ellos pierden el espíritu’. Esta última parte se lee en relación con Nm 12,11 “…nos volvemos locos (NOALNU) [y cometemos pecado]”, para decir que aquel que se aísla para estudiar la ToRáH, comete pecado. Por lo tanto, dice Rabina: “Aquel que le gusta estudiar en compañía numerosa, recogerá el fruto [de su estudio]” y Rabbi dice en el mismo sentido: “Yo aprendí mucho con mis maestros, pero todavía más con mis compañeros, pero fue con mis discípulos con quienes aprendí más” .
Un discípulo debe visitar a su maestro el día de fiesta , obedecer sus órdenes, aún cuando no esté de acuerdo con ellas. Él debe ganar la simpatía de su maestro por medio de la buena conducta y también un elogio dicho a un discípulo en presencia de su maestro depende de su apreciación sobre él. Él debe tomar decisiones legales que se fundamenten en la razón y no solamente en su conocimiento de la MiSHNáH. Y si, por un acaso, hubiera un desacuerdo con su maestro, en lo que concierne a la ToRáH y se volvieran enemigos, que ellos no dejen el lugar sin restablecer de nuevo la amistad. El maestro debe amonestar a su discípulo y ser amonestado por él.
La relación que se establece entre maestro y discípulo no está solo ligada al estudio dentro del tiempo de la preparación, sino a un contacto personal y a una verdadera participación de uno en la vida del otro, lo cual constituye un servicio. Por eso es que el discípulo pasa a vivir en la ciudad del maestro, para seguirlo. Él participa de las actividades del maestro, por ejemplo, manteniéndose junto a él durante un proceso. Él debe estar completamente a disposición de su maestro y observar siempre sus comportamientos y hábitos para adquirirlos para sí.
Se puede decir que, aunque el maestro y el discípulo se encuentren en una atmósfera común de reciprocidades, la postura del discípulo frente al maestro es de escucha y de asimilación. Escucha de sus palabras, que son las de la ToRáH e imitación de sus acciones, que son un reflejo de las acciones de Dios. En este sentido, es interesante recordar las palabras de Isaías citadas al inicio: “El Señor me dio una lengua de discípulo (…) y oído…”, esto es, para hablar, repetir las palabras oídas de la boca del maestro (Dios).
La relación entre el maestro y el discípulo se ve siempre de una manera análoga a la relación padre-hijo. Lo cual es comprensible y justificable ya que los dos tanto el padre como el maestro generan un nuevo ser para la vida.
El padre creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26), genera un hijo con las mismas características que le son propias (Gn 5,3). De esta manera, la ‘imagen’ y ‘semejanza’ de Dios se perpetúan en cada ser humano.
El maestro, por sus enseñanzas y ejemplos, transmite (genera) la vida de la ToRáH a sus discípulos, que a su vez, van a generarla y transmitirla a otros, como una fuerza vital. Como una realidad que sobrevive y atraviesa el paso del tiempo, pasando de boca en boca, de corazón a corazón, soportando las destrucciones, exilios, diásporas, guerras y holocaustos (ShoáH), siempre manteniendo vivas las esperanzas de un pueblo. Aquí reside el valor de la imitación del maestro por parte del discípulo, de repetir sus enseñanzas sin modificarlas según las aptitudes de cada uno. Es el valor de la tradición, porque en ella se transmiten y nutren los valores. Es el valor de la ToRáH Oral que hace, de cada miembro de la comunidad de los hijos de Israel que toma ese camino, una ToRáH Viva.
Así, la analogía entre padre y maestro se establece fácilmente, porque donde la vida biológica (relación padre-hijo) se transmite en un cuadro familiar y cultural definido, se encuentra un terreno fértil para la transferencia de las enseñanzas (relación maestro-discípulo).
La comparación del maestro con el padre y del discípulo con el hijo es muy común en la Tradición Judía. Y, a veces, es difícil distinguir una de otra. Así, los sabios del Talmud, al comentar un mismo pasaje bíblico, unos dicen: se trata de padre e hijo; otros: se trata de maestro y discípulo. Tomemos como ejemplo un pasaje del Tratado Baba Bathra sobre Nm 27,8 “[Si un hombre muere sin dejar hijos], transmitirán (HaaVaRTeM) su herencia…” y Sf 1,15 “Ese día será un día de ira” (HeVRáH). Aquí tenemos dos opiniones diferentes: R. Iohanan dice en nombre de R. Shimon b. Iohai que el Santo, bendito Él, se encolerizará contra aquellos que no dejan descendencia. Por lo tanto se trata de un hombre que no deja hijos.
En la secuencia del mismo texto, R. Iohanan y R. Josué interpretan en forma diferente Sl 55,20 “Para ellos no existe enmienda: ellos no temen a Dios”. Para éste, se trata de no dejar hijos, para aquel, de no dejar discípulos. La segunda opinión se aplica a R. Iohanan, el cual traía siempre consigo un hueso de uno de sus hijos y decía: “He aquí el hueso de mi décimo hijo”. De donde se concluye que R. Iohanan interpreta ese versículo como ‘aquel que no deja discípulos’. Y en cuanto a su interpretación de Nm 27,8 y Sf 1,15 él habla en nombre de su maestro. Por lo tanto R. Josué interpreta ese versículo (SI 55,20) como un hombre que no deja hijos, porque iba a un velorio solamente cuando el muerto no tenía hijos, ya que está escrito: “Lloren a aquel que partió”, pasaje que, según R. Judá, habla de alguien que partió sin dejar hijo varón.
La relación que se establece entre un maestro y su discípulo es pura, como aquella que existe entre un padre y su hijo. Así como el padre se llena de contento al ver al hijo crecer y no siente celos, sino al contrario se enorgullece de él, también el maestro se comporta de igual modo con relación a su discípulo. R. Yossi b. Huni dice que un hombre siente celos de todo el mundo con relación a su hijo y a su discípulo. Sabemos que un padre no siente celos de su hijo, por el ejemplo David que no tenía celos de Salomón, su hijo. Sabemos que un maestro no siente jamás celos de su discípulo; Eliseo se dirige a Elías con el pedido: “Que se me dé una doble porción de tu espíritu” (2 Rs 2,9); o también Josué como sucesor de Moisés: “le impone las manos y le transmitió sus órdenes” (Nm 27,23).
Es importante notar esta analogía existente entre el discípulo que imita a su maestro, y el hijo que imita a su padre y a toda la comunidad de los hijos de Israel que busca poner en práctica las enseñanzas de su Señor y de su Dios, imitándolo. Esos tres aspectos están unidos y forman una especie de corriente de doctrina de “imitación de Dios”. Ya vimos algunos textos referentes al reconocimiento del sabio como un representante de Dios, por así decirlo, y lo que se le hace a él es como si se le hiciera a la SheKHiNáH.
Como conclusión de esta parte se puede decir que el maestro se considera como un padre, porque educar a alguien en las enseñanzas de la ToRáH es hacerlo nacer de nuevo , es como generarlo. Aún más, la relación existente entre maestro y discípulo es la prolongación de la relación con el propio Dios. Vemos en Sifre sobre Dt 11,22 que señala un camino de adhesión a Dios: adherirse a los sabios y a sus discípulos y estudiar la HaGaDáH; así nos muestra el pasaje siguiente:
“(En efecto, si observases, de hecho todos esos mandamientos…) y adhiriéndote a Él”. ¿Es posible entonces al hombre subir a lo alto y adherirse al fuego? Esto no ha sido dicho, entonces (Dt 4,24): “Pues el Señor su Dios es un fuego devorador”, y la Escritura dice (Dn 7,9): “¿Su trono era llama de fuego?” Pero en realidad, únete a los sabios y a sus discípulos y yo te daré eso a ti, como si tú hubieras subido a lo alto y lo hubieras conseguido. Y no solamente como si tú lo hubieras conseguido en la paz sino como si tú hubieras hecho una guerra y lo hubieras conseguido. Y de hecho la Escritura dice (Ps 68,19): “Tú subiste a lo alto, capturaste cautivos”. Los procuradores de trazos dicen: ¿Tú quieres conocer a aquel que dice que el mundo existió? Estudie la HaGaDáH, porque a partir de ella tú conocerás a aquel que dice que el mundo existió y tú te unirás a sus caminos.
2. Tradición cristiana: Clemente de Alejandría y Orígenes
En la Tradición Cristiana la relación maestro-discípulo y padre-hijo, como en la Tradición Judía, ocupa un espacio de gran importancia. La comunidad cristiana nace de la relación de Jesús como Maestro y de sus discípulos, en el contexto de la cultura judía. Esa primera experiencia va a marcar a la Iglesia paso a paso en la historia.
Es en este mismo contexto que Clemente de Alejandría en su obra “El Pedagogo”, sitúa la encarnación del Verbo de Dios. El Pedagogo es el propio Cristo y la comunidad de los cristianos forma el cuerpo de sus discípulos. La relación padre-hijo se hace presente en el hecho de que Dios como Padre a enviado ha su Hijo como salvador y redentor del mundo. Ambas son claras en los escritos de Clemente, pero precisamente por el hecho de que el propone, a partir de Mt 18,4, el “niño” como modelo de comportamiento para el cristiano. Ahora, la figura del niño está unida directamente a la figura del padre y maestro, teniendo en cuenta que el niño, mucho más que el adulto, es alguien favorable a las enseñanzas y a la imitación. Estas son ideas claves para la comprensión de “El Pedagogo”, porque es Dios como padre el que nos envía a su hijo como maestro para educarnos en sus caminos. El Pedagogo nos educa con los ejemplos de su vida, con su Evangelio y a través de los Sacramentos de su Iglesia.
En Orígenes encontramos prácticamente el mismo procedimiento. Dios tiene una actitud pedagógica para con su mundo y para sus criaturas. En este sentido él lee la Biblia a la luz de la encarnación del Verbo. La relación maestro-discípulo y padre-hijo está implícita en la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios. Dios crea al mundo y al hombre a su imagen y semejanza por amor. Siendo así, es por el mismo amor que, viendo su imagen deformada en el hombre por el pecado, envía a su Hijo como modelo a ser imitado. Jesús, como hijo, imita al Padre y los cristianos como discípulos deben, en primer lugar, oír sus enseñanzas y ponerlas en práctica. El hecho de que Jesús imite al Padre y de que se haga modelo de imitación para los hombres se manifiesta explícitamente a los ojos del mundo en la encarnación. Es por ella que la humanidad reconoce en Jesús al Hijo de Dios, y toma conciencia del propio Dios, que le envía a un modelo, de naturaleza humana y divina, según su comprensión para ser imitado.
La Iglesia, según Orígenes, es la gran imitadora de Jesús porque se mantiene fiel a la práctica y a la transmisión de sus enseñanzas . Ella se mantiene en una posición de discípulo y de maestro al mismo tiempo.
Podemos concluir esta parte diciendo que la relación maestro-discípulo y padre-hijo se hace presente y esencial tanto en la Tradición Judía como en la Cristiana. Es parte integrante de la cultura bíblica que las enseñanzas de la ToRáH pasen de forma viva de padre a hijo y de maestro a discípulo. Este paso se hace en el contexto de la imitación, porque es propio del discípulo imitar al maestro, como es propio del hijo imitar al padre.
2.1. Principales atributos de Dios a ser imitados: santidad, misericordia y justicia
2.1.1. Santidad
Uno de los aspectos centrales de la Teología Rabínica es la santidad de Dios. Él, el Eterno, es, ante todo, Santo . Así, el resto de los atributos: misericordioso, justo, etc, son vistos en relación a la santidad. Recorriendo la literatura rabínica nos encontramos con un gran número de variados nombres, títulos y expresiones para designar la santidad de Dios, siendo el más frecuente: “el santo, bendito Él”. Como consecuencia de esa manera de ver a Dios, Israel, por la fuerza de su elección y relación de alianza con Dios, no está solo llamado a ser santo, sino del santo . Este dato nos permite constatar que la santidad de Israel no le viene de sí mismo, sino de su conformidad con la voluntad de Dios, porque está escrito: “Sean santos, porque yo el Señor, su Dios soy santo” (Lv 19,2).
Esas palabras del Levítico fueron interpretadas en la Teología Rabínica como luz para los pasos de la comunidad de los hijos de Israel, los cuales deben vivir con los ojos fijos en las enseñanzas de su Señor Dios y concretizarlos en la vida diaria. En opinión de S. Schechter el ideal de la santidad implica el aspecto práctico de la vida, lo cual lleva a desarrollar en el seno de la comunidad la idea del Reino y la conciencia de la relación con Dios, el Rey, que debe ser imitado por los demás miembros del mismo Reino .
Esa reflexión es muy importante, debido al gran número de textos rabínicos que contienen parábolas, en las cuales Dios es designado como rey. Consecuentemente como su corte (PaMiLiaH=familia) , lo cual desarrolla un lenguaje característico que marca la diferencia entre Dios y su reino celeste y el “rey de carne y de sangre” (BaSSaR VaDaM) para designar al rey de la tierra.
2.1.2. Justicia y misericodia
“El Señor pasó delante de él y él exclamó: ¡Señor! Señor… Dios de ternura y de piedad, lento a la cólera, rico en gracia y en fidelidad; que guarda la gracia a millares, tolera la falta, la transgresión y el pecado, pero a nadie deja impune y castiga la falta de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación “ (Ex 34,6-7). Rashi comenta: “YHVVH, YHVVH (Señor, Señor). Es el atributo de la misericordia divina. Repite dos veces. La primera vez antes que haya pecado el hombre, la segunda después que él pecó y se arrepintió. DIOS (…) es también el atributo de la misericordia divina. Por eso se dice: ‘¿Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado?’ (Sl 22,2). No es que se refiera al atributo de rigor divino lo que se dice: ‘¿Por qué me abandonaste?’ ‘Eso es lo que encontré en la Mekhilta . LENTO A LA CÓLERA. Él alarga (el retarda) su cólera y no se apresura en castigar, tal vez él hará penitencia. RICO EN GRACIA. Para aquellos que necesitan de gracia, porque no tienen tantos méritos. Y FIDELIDAD. Para recompensar a los que cumplen su voluntad. QUE GUARDA LA GRACIA. Los hechos de gracia que un hombre practica delante de él. A MILLARES. Por dos mil generaciones”.
Según Rashi, lo que está en juego aquí es la posición del hombre frente a Dios, como criatura que es y consciente de lo que eso significa. Dios se muestra misericordioso para con el hombre, que no siempre corresponde a sus designios, pero a pesar de todas las dificultades está siempre en relación con él. En ese sentido, la misericordia de Dios para con el hombre se ve en un contexto histórico que lo coloca, junto con todo lo que le rodea, en relación con sus semejantes. Eso se puede concluir del comentario: “Los hechos de gracia que un hombre practica delante de él”.
Entre los atributos de Dios, el de la misericordia es uno de los más frecuentes en la Biblia y en la Literatura Rabínica. Él contrasta con el atributo de la justicia. Lo que ocurre es que Dios es justo y misericordioso al mismo tiempo, como se puede ver a través de varios textos bíblicos pero sus criaturas solo pueden subsistir a causa de su misericordia. También la comunidad de los hijos de Israel se mantiene de pie por causa del amor, de la bondad y de la gracia de Dios. Dios crea el mundo por amor y es por el mismo amor que él continúa existiendo . Israel puede decir, en su relación de alianza con Dios, lo que sería de nosotros si Él usase para con nosotros solamente la justicia. Este aspecto de la creación de Dios y de su alianza con su pueblo sobrepasa toda la Biblia y los comentarios. Encontramos una enorme cantidad de textos bíblicos y rabínicos que ven la comprensión y la expresión de Dios a partir de sus intervenciones. Se implora la misericordia de Dios recordando siempre sus intervenciones en el pasado, principalmente los méritos de los Patriarcas, Abraham, Isaac y Jacob .
Aquí surge la cuestión: ¿Cómo es posible conciliar los atributos de justicia y misericordia en Dios? En este sentido podemos citar una HaGaDáH de Bereshit Rabba que expresa perfectamente esa conciliación:
“YHVVH Elohim hizo la tierra y los cielos. Eso es como un rey que poseía dos tazas delicadas. Si yo pongo en ellas algo hirviendo, ellas se quebrarán, y si yo pongo algo helado también. ¿Qué hizo el rey? Él mezcló lo caliente con el frío y lo derramó en las dos tazas, y ellas resistieron. Es lo que dice el Santo, bendito Él: Si creó el mundo solamente bajo el dominio de la bondad los crímenes serán innumerables, pero, por otro lado, ¿cómo podría subsistir él bajo el dominio del puro rigor? Yo voy entonces a crearlo bajo el dominio de la bondad y del rigor y, así, él podrá subsistir” .
Dios es justo y rico en misericordia. Él equilibra el uso de esos dos atributos en su relación con el mundo. De igual manera se deben comportar los hombres para con sus semejantes y, sobre todo, el maestro para con su discípulo, o el padre para con su hijo. “Quien evita el castigo odia a su hijo, en cambio el que lo ama aplica la corrección” .
Así los atributos de Dios lo designan, como veremos en el pasaje siguiente, proveniente de r. Abba bar Memel, que pertenece a la primera generación de los Amoraim palestinenses .
“El Santo, bendito Él, dijo a Moisés: ¿Qué quieres saber tú? Nómbrame por mis actos. Algunas veces yo soy llamado ‘El Shadai’ [Dios todo poderoso] o ‘Tsevaot’ [Dios de los ejércitos] o Elohim [Dios] o YHVVH [un tetragrama que no se pronuncia]. Cuando yo juzgo a la humanidad yo me llamo Elohim, cuando yo hago la guerra a los impíos, yo me llamo “Tsevaot”, cuando yo suspendo los pecados del hombre, yo me llamo El Shadai, cuando yo soy compasivo con mi mundo, yo me llamo YHVVH” .
El tetragrama (YHVVH) se interpreta aquí como designación de Dios misericordia, como ya vimos en Ex 34,6: YHVVH, YHVVH, Dios de ternura y piedad. Y a continuación sobre este pasaje de Éxodo leemos en Rabba: Ehieh asher ehieh [Yo soy Aquel que soy] (Ex 3,14) = Yo soy nombrado de acuerdo con mis actos, es decir, si Dios es llamado de misericordioso es porque Él usa la misericordia para con sus criaturas.
Lo que ocurre es que encontramos textos bíblicos y rabínicos, donde el atributo de la misericordia de Dios está más acentuado que el de la justicia, como lo vemos en el pasaje siguiente:
“El atributo de la bondad es quinientas veces más abundante del de la sanción. Sobre el atributo de la sanción se dice en la Escritura: ‘Castiga la falta de los padres en los hijos…’ y sobre el atributo de la benevolencia se dice: ‘y manifiesta su gracia a mil generaciones…’ ‘Esto prueba que el atributo de la benevolencia suplanta en abundancia a aquel de la sanción” .
No solamente eso, sino que los hechos de bondad y de misericordia de los hombres pueden entre sí transformar los hechos de justicia de Dios, lo mismo su cólera, en hechos de misericordia. Como también la injusticia practicada a los otros despierta la cólera de Dios, que hace uso del atributo de justicia en favor del oprimido que clama y cuyo clamor será escuchado.
En este sentido, encontramos un comentario de “El Señor es bueno para todos, compasivo con todas sus obras” (Sl 145,9), donde, entre otros R. Iohoshua de Sikhnin dice en nombre de R. Levi ‘el Señor es bueno para todos y pone su compasión en el corazón de sus criaturas’ . Y R. Tanhuma, R. Abba bar Avin en nombre de R. Aha dicen: ‘Si mañana sobreviniera un año de sequía y las criaturas manifestaran compasión mutua, el Santo, bendito Él también (manifestara su compasión y hará llover) (…) R. Tanhumah, viendo a un hombre dar dinero a su mujer divorciada porque tuvo compasión de ella en su necesidad, volvió su rostro hacia el cielo y rezó: ‘Señor de todos los mundos, si este hombre que no tenía razón de alimentar a esta mujer, se vio lleno de compasión por ella al ver su estado, más todavía deberías Tu, Tú que eres calificado como ‘clemente y compasivo’ (Sl 145,8), sentirte lleno de compasión para con nosotros que somos los hijos de tus amados, los hijos de Abraham, de Isaac y de Jacob’. Luego de estas palabras la lluvia se comenzó a caer y todo el mundo se sació.
Se puede decir que, según los textos de la Literatura Rabínica que vimos, que son, a su vez, comentarios de los textos bíblicos, Dios se muestra lleno de amor y ternura para con sus criaturas. El mismo amor manifestado en la creación se extiende a cada ser creado . Este amor y ternura de Dios son recordados en la vida del pueblo, sobretodo en la liturgia de RoSH HaSHaNáH (Año Nuevo), donde a Él se lo ve como a un rey, justo y misericordioso, que juzga al mundo en el día de la expiación (YoM KiPuR), cuando se celebra sus intervenciones en la creación y en la historia, y los méritos de los Patriarcas, y se implora su misericordia.
El oficio de Selihot (pedido de perdón) comienza con el salmo 145, que canta la clemencia y la misericordia de Dios para con toda su creación y termina con esta oración: ‘Oh Dios clemente, ten piedad de nosotros, redímenos y libéranos. Ten compasión de nosotros, ahora y en los próximos momentos’. Y en la liturgia del RoSH HaSHaNáH, después del toque del Shofar, se hace esta oración: ‘Que sea de tu agrado, oh Dios nuestro y de nuestros padres, los sonidos emitidos por el Shofar, lleguen hasta el trono de tu gloria e intercedan delante de Ti y nos concedas la absolución de nuestros pecados. Bendito seas, Tú, oh Señor de misericordia’.
También la liturgia del YoM KiPuR, que está más centrada en la misericordia de Dios, inicia con el Sl 145. Después, en la oración que se hace en silencio, se retoman las palabras del Sl 145: ‘Bendito eres Tú Señor, Dios de nuestros Padres y de nuestros Patriarcas, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. Dios grande, terrible y altísimo, que hace misericordia a todos (…) Tu misericordia sostiene a los vivientes y lleva a los muertos a la vida eterna…’
Concluyendo esta parte, cabe mencionar que en los textos del Nuevo Testamento encontramos el mismo procedimiento: justicia y misericordia andan juntas, aunque el acento, también se pone más sobre la misericordia. Jesús, el gran juez que recibió del Padre todo poder para juzgar al mundo. Ese juicio, que será, según los actos de cada uno , medida por medida , como nos advierte Lucas. Dios es infinitamente rico en amor y misericordia y Él mismo da el ejemplo que se debe seguir . El hace el bien a todos sin distinguir entre malos y buenos ; lo mismo deben hacer las personas .
3. La relación maestro-discípulo en el periodo de los romanos
Los Romanos ocuparon Palestina en el año 63 a.e.c. En esta época, los fariseos ya están estructurados en lo que concierne al estudio e interpretación de la ToRáH y a la sociedad organizada en torno de la relación maestro-discípulo, la cual tiene más o menos la jerarquía siguiente: Dios, ToRáH, Maestro, Discípulo, sociedad.
En primer lugar, DIOS, que todo lo crea, elige y hace alianza con un pueblo. Ese mismo Dios da la ToRáH como orientación, instrucción, camino a ser seguido. Para que esa ToRáH sea entendida y practicada se hace necesaria la presencia de alguien para estudiarla y transmitirla. Ese alguien es el maestro que estará rodeado de discípulos. Es el cuadro de transmisión que poco a poco se va a ir formando. No existe maestro sin ToRáH y discípulos. Por último viene la sociedad en general que, como un todo, está formada de personas, cada una con sus ocupaciones y preocupaciones cotidianas sin tener, el tiempo debido para ocuparse, de modo satisfactorio, de un estudio que requiere mucha dedicación, pero que se enriquece de lo que el maestro con sus discípulos sacan de los textos.
Importa comprender, en esa jerarquía de valores, que lo que verdaderamente educa y conduce al pueblo es el propio Dios, que lo hace en forma indirecta. Quien está en contacto con el discípulo está con el maestro, con la ToRáH y con Dios. Ese cuadro es el inicio de nuestra era. En los evangelios siempre encontramos a Jesús, como maestro, rodeado de sus discípulos y enseñando. Trasmitiendo lo que ellos, a su vez, como maestros, van a transmitir después. Esa es la cadena de transmisión: quién es discípulo hoy será maestro mañana y la enseñanza nunca dejará de transmitirse y vivirse.
4. Conclusión
El camino recorrido hasta aquí nos lleva a comprender que el estudio de las Escrituras no debe ser conducido de manera que cree barreras. Dios es libertad y, como consecuencia, su palabra también lo es. Si sabio es aquel que se coloca frente a un texto en una postura de libertad, sabiendo que todo lo que él puede sacar del texto será provisorio incluso para él mismo. Volviendo a leer el mismo texto en otra oportunidad sacará otros frutos porque él ya será otro, así como el tiempo y sus necesidades. Es en esa perspectiva que debemos comprender que el texto que no es leído e interpretado es texto muerto. Lo que da el movimiento, no solamente del texto sino que cualquier realidad que podamos leer, es nuestro ojo interpretativo. Es esa lectura abierta la que nos abre a la vida que el texto contiene y que puede, y pasa a nosotros cuando así lo leemos.
Ese camino de lectura de los sabios fariseos es una gran búsqueda de crear una forma de una manera de revestirnos de los mandamientos de la ToRáH y, consecuentemente, de Dios. Ese camino comienza con la comprensión de que la ToRáH es oral y escrita al mismo tiempo. Antes de que se nos diera por escrito en el Sinaí ella era oral. Es por eso que cuando la leemos e interpretamos le estamos devolviendo a ella su aspecto de oralidad. Las dimensiones oral y escrita siempre están juntas, con las manos atadas. Una depende de la otra, como el cuerpo y el espíritu, como la vocal y la consonante y así sucesivamente.
Así, para que todos los aspectos de nuestra existencia estén iluminados por la luz de las Escrituras es necesario desarrollar todos esos métodos. Ellos son como la extensión natural del propio texto. Es el texto el que exige una prolongación interpretativa. Nos toca a nosotros desarrollarlo y aplicarlo. Dios no terminó de revelarse a nosotros. Él continúa su itinerario de revelación a través de las Escrituras y los comentarios que, con la iluminación de su espíritu, continuamos construyendo.
El esquema completo sigue la dirección siguiente: en primer lugar viene la ToRáH, después la MISHNáH, que es todo lo que se repite y se conserva en la memoria. En esta secuencia, están sus comentarios, el TaLMuD de Jerusalén (desarrollado por la comunidad judía de Jerusalén) y el TaLMuD de Babilonia (desarrollado por la comunidad judía de Babilonia). Este último se volvió el más significativo y más estudiado.
La literatura talmúdica está formada de midrashim de HaLaCKáH y HaGaDáH. El primero se ocupa de cuestiones jurídicas y el segundo de cuestiones homiléticas, narraciones de cuño moral y espiritual. También estos dos aspectos van juntos al igual que lo oral y lo escrito. Uno no existe sin el otro.
Frente a ello, debe quedarnos la impresión de que apenas hicimos menciones aquí y allí de aspectos de la vida judía y de la forma que los sabios tienen para leer las Escrituras. Por más que pudiéramos escribir y hablar, no conseguiríamos expresar de forma satisfactoria lo que realmente es. Lo más importante es andar sin querer la perfección en el camino. Nuestra vocación es hacer caminos, llegar es apenas la consecuencia.
Jacil Rodrigues de Brito
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Urbach habla de ese papel del Mesías en los antiguos Midrashim y cita un comentario de Gn 49,11: “Cuando vendrá aquel del cual está escrito: humilde y montado en un burrito (Zc 9,9), él lavará en vino sus vestiduras —quiere decir que él clarificará para ellos las enseñanzas de la Torah; y en la sangre de la uva su manto— significa que él corregirá todos sus errores (URBACH, E.E., Les Sages d'Israel. Paris: VERDIER, 1996, p.323).
También según la tradición cristiana, Jesús, como Mesías, recapitulará todo.
Encontramos semejante reflexión en Sifré Dt 11,22: “(En efecto, sí, observases, de hecho todos esos mandamientos…) y adheriéndote a Él” (...) adhiérete a los sabios y a sus discípulos y yo te atribuiré eso a ti, como si tú hubieras subido a lo alto y lo hubieras conseguido” Cf. Sifre Dt 11,22 pisqa 49 p.l14-115.
Aquí hay un juego de palabras con el vocablo “bad” que significa ‘mentiroso’ y, al mismo tiempo, ‘aislado’.
Rabban Gamaliel, reconociendo que R. Josué tenía razón en cuanto a la posición de la luna, le dijo al verlo viniendo en su direción: “¡Bienvenido mi maestro y mi discípulo! Porque tú eres mi maestro por tu sabiduría y mi discípulo porque respetaste mis órdenes” (T.B. Rosh Hashanah 25a).
T-B- Baba Metsia 3 la, el discípulo amonesta a su maestro por la insistencia.
Cf. H. L. STRACK G.STEMBERGER, Introduction au Talmud et au Midrash. Paris: CERF, 1986, p.35.
Aquí es necesario comprender de dónde R. Iohanan saca esa idea de que Dios se encoleriza contra el hombre que no deja posteridad. Él lee el verbo ‘transmitir’ (HaaVaRTeM) Nm 27,8 en relación con ‘ira’ (HeVRáH) Sf 1,15. Su comentario está fundado sobre la analogía existente sobre las dos palabras.
Sifre sobre Dt 1 1,22 pisqa 49, p.l 14-1 15.
Comm. Jean, VI, IV, 17.18.
Tanhumah Buber, 3,37b; Pesiqta de R. Kahana fila; T.B. Shabat 86a.
Schechter, S., m Black, 1909, p.199.
Dios es llamado (melech malchei hamelachim = rey de los reyes de los reyes) o (melach haolam = rey del universo). Cf. Sidur Shir Hahadasha p.201.
Atributo de Dios que debe inspirar al hombre en general y a los judíos en particular. La palabra hebrea para ‘misericordia’ o ‘compasión’ (rahamim) proviene de la misma raíz de la palabra rehem, la ‘matriz’, ‘útero’ y la misericordia debe expresar el mismo sentimiento que una madre tiene por su hijo” (Dictionnaire Encyclopedique du Judaisme. Paris: CERF, 1993, p.758).
Mekhilta shirah, Ed. Horowitz, pisqa 3.
Ex 33,19; 34,6-7; Jr 32,17-19; Dt 5,9-10; Os 1,21.
Sl 100,5; 78,38; Ex 32,14.
“…Que lo diga Israel: eterno es su amor” Sl 117,2.
T.B. Berakhot 7a, donde la benevolencia de Dios para con sus hijos va más allá de su justicia.
Bereshit Rabba, par. 12, § 16; Ver también la benevolencia de Dios para con Noé y los animales en Bereshit Rabba 33, § 1.3.
Cf. URBACH, E.E., Les sages d'Israél. París: VERDIER, 1996, p.43.
Shemot Rabba, par. 3, § 6.
Sl 103,7-14: “…El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y lleno de amor… —nunca nos trata conforme a nuestros errores… …como un padre es compasivo con sus hijos el señor es compasivo para los que le temen; porque él conoce nuestra estructura, él se recuerda de lo poco que somos nosotros” (Jn 3,9; 4,2).
Así, los hombres pueden actuar con compasión unos para con otros porque recibirán ese don del creador.
Lv 22,28; cf. T.B. Berakhot 33b. Rabba viendo un cierto hombre que rezaba en su presencia diciendo: ‘Tú que tuviste piedad del nido del pájaro, ten piedad y compasión de nosotros; Tú que tuviste piedad del pájaro y de su pichón, ten piedad y compasión de nosotros’. Entonces Rabba dijo; ‘¡Como este sabio sabe agradar a su maestro con alabanzas!’
Sidur Mahzor para Rosh Hashanah y Iom Hakipurim.
En Lc 15 tenemos las tres parábolas llamadas de la misericordia: la oveja perdida, la dracma perdida y el hijo pródigo. Esta última retoma la imagen del padre que es misericordioso para con su hijo, para expresar la misericordia de Dios con sus criaturas.
Mt 10,28; 25,31-40; Jn 5,22; Hch 10,42; 2Cor 5, l0.
Mt 12,36-37; 25,14-30; 1Cor 3,8; Stgo. 5,9; 2,3, donde el juicio será sin misericordia para aquel que no uso de la misericordia. Mt 5,7; 6,14-15; 18,35.
Lc 6,36-38 “Con la medida con que midieren, serán medidos también”.
La misericordia debe ultrapasar lo que está escrito (cf. Mt 5,38s).
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