
Una práctica no violenta - Negociación de Abigail con David (1 Samuel 25)
Graciela Dibo
Resumen
La vida cotidiana nos ofrece diversas situaciones de conflicto que exigen prácticas de resolución en clave de no violencia y solidaridad. La negociación establece la posibilidad de una práctica de resolución de conflictos en clave solidaria y no violenta dentro de un horizonte de búsqueda de la justicia. El presente comentario pretende ofrecer una reflexión hermenéutica de la narrativa de Abigail de 1 Samuel 25 a la luz de la categoría de análisis de la negociación.
Abstract
The daily life offers us different situations of conflict which require methods of solution in accordance with non-violence and solidarity. Negotiation establishes the possibility of a praxis of conflict resolution in the context of non-violence and solidarity and within a horizon in the search for justice. The present commentary tries to offer a hermeneutic reflection of the narrative of Abigail in 1 Samuel 25 in the light of the category of analysis of negotiation.
Una práctica de no violencia desde el paradigma de la negociación
Nos hallamos ante un relato que recoge una historia de negociación por mano de mujer en un contexto patriarcal. La figura de Abigail, que luego será esposa de David (1 Sa 25,40) aparece aquí como hábil negociadora comprometida con la continuidad de su casa. Apelamos la práctica de la negociación como una estrategia alternativa para la construcción de la justicia en contraste con los juegos del poder y de violencia del paradigma patriarcal.
La presente reflexión surge como fruto de una experiencia muy significativa para la reconstrucción de nuestra identidad como mujeres en medio de los diversos conflictos que acontecen en la vida cotidiana. Esta experiencia se desarrolló en el marco del VII Encuentro Nacional de Lectura Popular de la Biblia desde las Mujeres 2001 en Haedo (Argentina), y que tuvo como tema: Mujer, negociación y Biblia . En esta oportunidad, y con el interés de seguir estableciendo puentes y diálogos entre nuestra cotidianidad, las ciencias sociales y el mundo bíblico que alimenta nuestras prácticas de transformación, hemos contado con la presencia de la Lic. Clara Coria. Ella es psicóloga dedicada desde hace buen tiempo a investigar y publicar sus conclusiones acerca de la problemática de las mujeres sobre diversos aspectos de la vida cotidiana. En este caso ha sido la dificultad de las mujeres para negociar en las mil y una situaciones de la vida cotidiana lo que motivó su trabajo de investigación y lo que nos movió a interactuar con este saber para continuar construyendo nuestra identidad como mujeres en torno a este eje transversal de nuestra vida de relación como es el poder.
“Abordar las negociaciones nuestras de cada día es poner el énfasis en todas aquellas tratativas que exceden el ámbito exclusivo de lo económico, de lo comercial y de lo político pues las negociaciones no se limitan a dicho ámbito. Las circunstancias de la vida cotidiana nos ponen en situación de tener que negociar de la mañana a la noche, con la familia, con nuestras amistades, con nuestros compañeros sexuales y con nosotras/os mismas/os. Sin embargo, por algún motivo -que iremos dilucidando- no todas las personas tienen conciencia de ello. Algunas niegan que dichas negociaciones existan, pero lo mismo negocian sin conciencia de que lo están haciendo. Otras se avergüenzan por asumirlo explícitamente. Hay también quienes evitan cuidadosamente negociar y se convierten en co-responsables pasivos de lo que va sucediendo a su alrededor. Sin embargo el hecho de negarlas o eludirlas no las hace desaparecer ni les quita peso. Por el contrario agrega no pocas perturbaciones personales y obstáculos en las relaciones” (Clara Coria).
¿Qué es negociar y para qué hacerlo?
Negociamos cuando necesitamos resolver los conflicto ineludibles que se plantean ante las diversas necesidades y expectativas de quienes formamos parte de nuestras tramas vitales. Para asumir entonces que estamos inmersas en complejas y cotidianas dinámicas de relación donde se juega nuestra capacidad para negociar fue necesario comenzar comprendiendo lo que no es negociar. Negociar no es ni ceder desplegando conductas aplacatorias o evitativas ni tampoco imponer. Negociar es establecer un acuerdo de partes y es por esto una práctica de no violencia que implica un profundo respeto por el otro /a.
“Si tuviéramos que definir qué es lo que entendernos por negociaciones podríamos decir que las negociaciones no son ni más ni menos que todas aquellas tratativas con las que intentamos lograr acuerdos cuando se producen divergencias de intereses y disparidad de deseos.”
Sin embargo fue aún más necesario hacernos conscientes de las connotaciones negativas que, en general, tiene el término para las mujeres a fin de apropiarnos de esta dinámica. Con respecto a este punto, señala Clara:
“Todo esto contribuye a que no resulte fácil revertir la mala fama que tiene la palabra negociación. Para algunas personas negociar es "hacer trampas y enredos". Para otros es sinónimo de corrupción debido a prácticas muy actuales y tristemente frecuentes como son por ejemplo los "negociados", palabra derivada de negociación que hace referencia a los acuerdos venales. No faltan tampoco, aquellas para quienes negociar es lanzarse a una lucha leonina donde se juega la vida. Ante tal variedad de significados que se le atribuyen a la negociación resulta imprescindible destacar que la misma no es necesariamente como la plantean muchas personas -y ciertas corrientes políticas, económicas y filosóficas- una lucha a muerte donde el beneficio del ganador es a expensas de la destrucción del perdedor. Ganar -a mi juicio- no es obtener el máximo de beneficio específico en aquello que se disputa sino que incluye cuidar la relación con quien se negocia y contribuir, de alguna manera, a su preservación, tanto de la persona como de la relación.
Esto nos conecta directamente con el tema de la ética y de su relación con la negociación. Es importante tener presente que la negociación como alternativa para resolver diferendos no es mala o buena en sí misma. Igual que el dinero o el poder depende de cómo se la utiliza y con qué objetivos. La negociación adopta signos positivos o negativos según el contexto ético dentro del cual se la pone en práctica. En un contexto de corrupción, las negociaciones son corruptas. En un contexto de competencia extrema, las negociaciones son leoninas. En un contexto de solidaridad, las negociaciones son alternativas que buscan soluciones que contemplen las necesidades de las partes. Es el contexto ético en que se inserta cada negociación el que le confiere los atributos. En otras palabras: el peligro que muchas mujeres atribuyen a la negociación no reside en negociar sino en la ética que se esgrime al hacerlo.”
La negociación como una práctica de solidaridad cotidiana
La comprensión de la negociación como una práctica ética no violenta de solidaridad que apela a cuidar y enriquecer nuestro mundo relacional desde el ámbito de la casa hasta los espacios de construcción política nos permitió y significó una experiencia profundamente liberadora. Nuestro esfuerzo se concentró, entonces, en deconstruir las dificultades personales y los estereotipos sociales de género que pesan sobre cada una de nosotras a la hora de entablar relaciones de paridad capaces de habilitar procesos de resolución de los conflictos en clave de ética solidaria de modo que todas las partes implicadas se puedan beneficiar.
Para poder establecer negociaciones que respondan a nuestros intereses y necesidades vitales son necesarias determinadas condiciones esenciales. En este sentido nuestra autora señala seis requisitos significativos, que surgieron de sus investigaciones, para abordar negociaciones :
Primero: conectarse con los deseos propios y reconocer los intereses personales.
Segundo: legitimar en la propia subjetividad el derecho a defender esos deseos e intereses personales.
Tercero: establecer alguna situación de paridad (económica, afectiva legal y/o política), sin la cual la negociación es inviable.
Cuarto: disponer de recursos genuinos.
Quinto: proponerse un objetivo y sostenerlo.
Sexto: ser capaz de emitir un “no” y tolerar recibirlo.
Cada uno de estos requisitos implica, a su vez, para cada mujer una serie de movimientos de transformación para no quedar exiliadas de nosotras mismas, de nuestra memoria e identidad, de nuestros sueños. La práctica de la negociación se asienta sobre la base de la propia vida e identidad personal reconocida como valiosa, y por tanto capaz de vivirse, como no negociable. De esta identidad personal, sentida como tierra sagrada a la que en primer lugar cada persona está llamada a honrar, se desprenden a su vez aquellos valores solidarios no negociables sin los cuales dejaríamos ser quienes somos. Esto implica a su vez involucrarnos en un discernimiento constante y con espíritu crítico sobre aquellas imposiciones sociales que se legitiman bajo pretexto de ser no negociables cuando en realidad son construcciones culturales encubridoras de juegos de poder desde intereses parciales sean de género, étnicos, religiosos, económicos. Reconocer su carácter de constructor social nos permite descubrir su contingencia y por tanto su posibilidad de cambio y transformación. Este es un punto ineludible para la construcción de las identidades y las diferencias, sobre todo la de las mujeres, en un contexto cultural que sigue tendiendo a homogeneizar e invisibilizar las diversidades.
La práctica de la negociación nos permite recuperar, transformar y compartir la tierra sagrada de nuestra vida sin permitir que sea violentada, arrasada, expropiada, vendida, intercambiada, regalada o invisibilizada. Solo viviendo la tierra sagrada de nuestra vida e identidad personal y la de aquellos/as a quienes amamos, desde una actitud de tranquila posesión y valoración, podremos abrir espacios de diálogo y no violencia capaces de hacer más habitable el mundo que vivimos. La práctica de la negociación es un compromiso ético que asegura el bien de todos sin resignar los pequeños bienes personales que lo hacen posible. Es un compromiso ético y social que arraiga en la capacidad de solidaridad con la propia subjetividad, personal o colectiva en primera instancia, para abrirse a una solidaridad mayor que tiene como horizonte la justicia del Reino. Es por esto un movimiento de transformación desde el amor a sí mismo/a para amar desde aquí a quienes llevamos en el corazón.
Recuperar la tradición sapiencial que surge de nuestras prácticas de negociación
Nuestros encuentros buscan continuar abriendo un tiempo y un espacio compartido para la “toma de conciencia y palabra por parte de una mujer en presencia de una mujer y en relación de intercambio con otras, porque esta práctica, de hecho, fue la que hizo saltar la chispa” (Luisa Muraro). Para reencender la llama y provocar nuevas chispas, nos dimos un tiempo y un espacio para compartir y celebrar la memoria de las que nos precedieron en la historia familiar y social con la confianza de que estas memorias entrelazadas unas con otras crean la conciencia de ser parte de una tradición sapiencial que viene tejiéndose desde muy antiguo.
A modo de nuevas tejedoras fuimos recuperando nuestra sabiduría ancestral heredada a través de la cadena ininterrumpida de mujeres que nos precedieron y que alimentaron nuestras búsquedas, luchas y esperanzas. Pudimos reconocer las mil y una negociaciones en las que estuvieron y estamos hoy implicadas, a veces, sin darnos cuenta acabadamente. Por esta toma de conciencia, enraizada en el tesoro de la memoria compartida, fuimos recuperando la sabiduría escondida en nuestras genealogías de mujeres. Una sabiduría todavía no suficientemente recuperada y necesitada, por tanto, de muchas otras chispas encendidas con la palabra de cada mujer, en presencia de otra mujer, para ser legitimada y convertida en saber común. Desde aquí nos asomamos a las prácticas de la negociación en clave solidaria que había en las historias de nuestras abuelas, madres, hermanas y compañeras para hacernos cargo de nuestros saberes como mujeres que son al mismo tiempo sabidurías para muchos.
Con este bagaje experiencial quisimos buscar en la memoria de algunas narrativas bíblicas tratando de descubrir sabidurías escondidas en las prácticas de esas mujeres. En este artículo compartiremos la reflexión en torno a una de las narrativas analizadas, la historia de Abigail en el primer libro de Samuel. Tomaremos el texto tal como ha llegado a nuestros días y con algunas claves de análisis narrativo trataremos de escuchar la memoria que este relato nos transmite. Dejamos pendientes muchas conclusiones que podrían sacarse a partir de aplicar aquellos seis requisitos y tantos otros posibles para una buena negociación. Serán fruto de las sucesivas relecturas del texto que invitamos a continuar haciendo a la luz de la clave que aporta la práctica de la negociación.
Conflicto de poder desde el paradigma de la guerra
El texto ubicado en 1 Sa 25, contado por la historia deuteronomista, pertenece a las narrativas sobre David en su subida al trono. Ha adquirido popularidad desde que demostrara su habilidad para vencer a los filisteos, mientras que Saúl ha ido decreciendo y Samuel muere.
La situación inicial (v.1-3) ubica a los personajes de una familia de campesinos del desierto de Maón dedicados a la cría de ganado en el monte Carmelo por donde se desplazaba David como jefe de una banda en su campaña por conquistar el trono de Israel. El jefe de la casa patriarcal es Nabal, campesino rico que está en tiempos de esquileo, caracterizado como duro y de mala conducta (v.3). Su esposa Abigail, caracterizada como prudente y bella. El esquileo de las ovejas era ocasión de hacer fiesta y de ofrecer un banquete como signo de generosidad (2 Sa 13,23ss).
La secuencia del v.9-13 describe tres movimientos encontrados. El primero narra la pretensión de David de exigir en tiempos de abundancia el derecho de “fraternidad o de hospitalidad” por el cual los nómadas exigían una tasa a cambio de la protección a los pastores de los saqueadores; David, informado de la situación de esquileo (v.4-8), envía a diez de sus muchachos para que Labán sea generoso con ellos como signo del buen trato que David había dado a sus pastores mientras ellos estuvieron en los montes del Carmelo. Su gestión no es en son de guerra, atestiguado por el triple saludo y deseo de paz de sus enviados a Labán, a su casa y a todo lo suyo (v.6). Más aún se hace llamar hijo y siervo de Labán. Como consecuencia una reacción no esperada: Labán despliega un movimiento de rechazo y mezquindad a los enviados de David no solo desconociéndolos sino cambiando el signo de su presentación: lo llama hijo de Jesé (una condición inferior) y siervo huido de su señor (v.10), los cuales regresan a donde estaba David avisándole lo sucedido (v.9-12). El tercer movimiento es una rápida decisión de guerra: con una triple mención de tomar la espada el narrador no deja dudas de que el contexto ha cambiado. David se arma él y sus hombres para subir y atacar a Labán y para matar a toda su casa (v.13).
Complicidades dentro de la casa ponen en marcha un poder en relación
En la secuencia que sigue (14-17) encontramos también rápidos movimientos en contraste con los desplegados por Labán y David. Mientras Labán toma decisiones que ponen en riesgo la vida de toda su casa, familia, siervos, animales..., de manera unilateral, inconsulta y motivada para ostentar un poder que pretende desconocer otros poderes y mostrarse como único y David declara la guerra, en la propia casa de Labán se desata un movimiento de complicidad que pone en marcha otro tipo de poder: un poder en relación.
Aparece aquí la figura de un personaje ausente hasta el momento pero que será decisivo para el desarrollo de la trama. Un servidor de Labán advierte a Abigail acerca del conflicto desatado y los riesgos que se avecinan (v.14-16). La versión del siervo contiene no sólo la información de los hechos sino su interpretación al respecto: la reacción de Labán, propia de un necio a quien no se le puede confrontar, llevará a toda su casa a la ruina. ¿Cómo ha construido este saber?. Mientras acontecía todo lo precedente, él ha estado viendo sin ser visto (como aquella niña de los relatos del Éxodo que sigue de cerca la suerte de su hermano arrojado al río en una canastilla 2,4) construyendo una visión, un saber que le permitirá entrar en acción en el momento oportuno.
El siervo posee una conciencia crítica que lo posiciona ante el conflicto de manera activa. En él podemos observar un movimiento desde la pasividad, en que podría haberlo colocado su condición de subalterno, hacia una actitud de acción creativa y transformadora. El saber que ha construido a cerca de la organización de la casa patriarcal le advierte de los graves riesgos que ésta corre cuando el poder queda solo en manos del amo (1 Sa 26,17). Es necesario un nuevo poder en relación, con otros, en complicidad con ellos para asegurar la vida de todos. Esa conciencia coloca en el centro la virtualidad del poder de la mujer. Apela a este poder en la confianza de encontrar respuesta y efectividad. Mientras Labán desconfía de los enviados por David y esta desconfianza lo lleva a cortar, para él y toda su casa, la posibilidad de una trama de relación con David, el siervo anónimo despliega un movimiento de confianza hacia Abigail que desencadena a su vez una nueva oportunidad para restablecer la trama y asegurar la sobrevivencia. El siervo se mueve con rapidez y con la inteligencia de saber qué otro poder ha de ponerse en juego. Es interesante notar que es un varón quien hace girar la circulación del poder. Su función mediadora pone en marcha un nuevo movimiento para la negociación del conflicto. A partir de esta movida la suerte de todos queda en manos de la mujer.
Toma de conciencia y decisión
Date cuenta y mira lo que debes hacer (v.17). Advertida de la situación expuesta por el siervo, Abigail que también posee su propio saber acerca de la política de la casa patriarcal, no necesita saber ya nada más. Su darse cuenta, motivado por la intervención del siervo es un movimiento casi inmediato de toma de decisiones para resolver el conflicto (v.18-19): ordena los preparativos de las ofrendas enviadas a David a escondidas de su marido. Esta estrategia nos recuerda la de otra mujer como la sunamita que parte para ver a Eliseo cuando no está previsto por las costumbres enviando a su criado Guejazí para que adelantara su presencia. Estas mujeres encuentran vías de solución sin la mediación del marido y transgrediendo las reglas que fueran necesarias; algunas con su conocimiento como la sunamita; otras a sus espaldas como Abigail. Ambas con la urgencia de salvar la vida de la casa que está en riesgo.
Con estos preparativos y rápidos movimientos de complicidad, comienzan las estrategias para la negociación: circular información, disponer de todos los recursos para negociar es recurrir a los espacios de poder que se posee: el acceso a los bienes de la casa, la comida que ha sido negada por su marido, la organización de los siervos que llevarán las ofrendas por adelantado (lo que nos recuerda el gesto de Jacob con su hermano Esaú en Gn 32-33) y la acompañarán por el camino; y actuar a espaldas de su marido.
Cruce de caminos y encuentro
En la secuencia que va del v.20 al v.22, el narrador describe el cruce de los movimientos desplegados en el camino implicando dos modos diversos de resolver el conflicto. El narrador describe por un lado el desplazamiento de Abigail hacia el lugar donde se encuentra David habiendo enviado las ofrendas, pero se reserva la información de la intención secreta que lleva y que solo conoceremos más adelante. Mientras tanto para que los tiempos narrativos concuerden y permitan el encuentro, nos informa del desplazamiento que hacen David y sus hombres, en dirección contraria; con esta ampliación de la información podemos asistir a sus sentimientos íntimos a través de una explicación de la decisión ya tomada por él (v.13), por medio de una fórmula de maldición, de dar muerte a todos los varones de la casa de Labán (v.22).
Una vez más queda explicitado el conflicto y el dinamismo de resolución que propone el paradigma patriarcal de la guerra, donde los diálogos casi no existen. El lenguaje es contundente, ante el conflicto tan solo un golpe violento es capaz de poner en claro quién es quién. En nuestro texto, como en tantos otros, el golpe o mejor dicho el contragolpe será enorme: el exterminio de todo varón que compita en ese poder. David piensa que para continuar construyendo el poder que viene alcanzando con sus batallas, es necesario sumar triunfos, cadáveres, para que quede bien en claro quién pueden más. Lo que parece desconocer es que puede existir otras maneras de resolver las cosas.
La encargada de revelarlo será la hermosa y prudente Abigail. Con estas cualidades el narrador ha preparado al lector desde el comienzo del relato (v.3) para recibir la figura de esta mujer en contraste con la figura del héroe que comienza a perfilarse y de quien el lector ya conoce la envergadura. Abigail será una contrafigura que lo confronta y lleva a cambiar de parecer. Demasiado atrevimiento para una cultura que pone al varón como centro y medida de valoración. Hermosa y prudente anticipan la complicidad y simpatía de los lectores para acoger la historia. De lo bello no puede venir nada malo, aunque sea una mujer. La prudencia, por otra parte y como ya sabemos, era una virtud muy preciada por la tradición sapiencial. Esta mujer sabia y hermosa será la encargada de ampliar el horizonte y dignificar el liderazgo del futuro rey de Israel.
La negociación
Con la secuencia narrativa de los versículos 23 al 31, el narrador coloca en estilo directo la gestión de Abigail ante David. Ella debe revertir dos errores cometidos por su marido: los agravios verbales a David y la negativa de hospitalidad. Para esto desplegará diversas estrategias gestuales y verbales. Habiendo enviado los regalos, anticipadamente a su llegada, ahora abre este diálogo con un segundo gesto inequívoco de reconocimiento del señorío de David a penas lo vio (v.23) así como una permanente autoreferencia como servidora suya (v.24.27.28). La mujer dispone de unos códigos culturales que sabe aprovechar para abrir la posibilidad del diálogo. No se da hasta aquí la condición de paridad necesaria para una auténtica negociación. Pero a lo largo del diálogo ella irá llevándolo hasta un terreno donde su confrontación concluye en la transformación del corazón de David y sus decisiones cambian totalmente.
A continuación desarrolla un largo discurso sobre lo ocurrido, con una súplica de perdón, y una argumentación para disuadirlo de desatar la matanza. Es notable la habilidad de la mujer para pasar de la autoinculpación (v.24 ) a la acusación de la necedad de su marido y las consecuencias que acarrea (v.25). Abigail pide ser escuchada al tiempo que menciona la primera autoinculpación. Seguidamente encontramos (v.25b) una segunda autoinculpación de Abigail: miente diciendo que había sido un error de ella no haber visto a los siervos que David había enviado. Con esta estrategia deja al descubierto la injusticia que cometería David si quisiera juzgarla ya que ella se presenta a sí misma como una víctima inocente. Abigail recurre a (v.26) una argumentación teológica para disuadir a David de derramar sangre y tomar la justicia por mano propia y al análisis político en imágenes sobre los enemigos de David que buscan su ruina en quienes él debería verse reflejado en caso de acometer con su venganza; ellos serán como Nabal. Ella explicita la dedicatoria de los presentes (v.27) que han de ser entregados a los muchachos de David.
Abigail retoma el diálogo con (v.28) una tercera autoinculpación y un pedido explícito a David para que perdone la falta de su sierva. Se remonta la fundamentación teológica: Yahveh hará una casa permanente a David porque él combate por Yahveh. Esta generosidad de Dios ha de motivar la de David. Su futuro como caudillo de Israel le exige un corazón misericordioso, generoso y no envuelto en venganzas personales. Abigail recurre ahora como estrategia argumentativa a una apelación a la memoria de los orígenes de David (v.29): él ya no está en el hueco de una honda como están sus enemigos comenzando por aquel gigante filisteo con quien luchara. El pertenece a Dios, está a salvo en la bolsa de la vida que mientras que sus enemigos están en el hueco de una honda. Su habilidad argumentativa, recurre a imágenes conocidas de alto contraste para convencer al caudillo acerca de las seguridades que posee y de la necedad de la decisión que acaba de tomar. Finalmente Abigail invita a David a una imaginación anticipada del futuro que le espera si persiste en derramar sangre inocente tomando la justicia por mano propia. Su memoria quedaría atormentada con este recuerdo en el cual estaría grabada su servidora. El cuadro no podría estar más completo. Abigail ha hecho una relectura crítica del presente de David, sus decisiones en el contexto del proceso de convertirse en caudillo del pueblo; para esto ha mirado en su pasado para visualizar las consecuencias futuras de su proyecto si persiste en quedarse con sus actuales dinámicas. Una reflexión envolvente que no ha dejado cabos sueltos, al servicio de mover el corazón de un guerrero.
Abigail le ofrece a David no tan solo unos dones previstos por el derecho de fraternidad. Ellos simbolizan el don más profundo que los motiva: un corazón que desea la vida con justicia y con paz. Lo que ella le ofrece para negociar una acción de no violencia es la posibilidad misma de transformar la sed de venganza en una magnanimidad y misericordia dignas del futuro líder de Israel en quien pretende convertirse David. Con la oferta de Abigail, David queda a salvo de esta trampa que significa la espiral de violencia que desata el manejo del poder desde el paradigma de la guerra en el que se encuentra ensanchando su horizonte.
Las bendiciones de la negociación
En la secuencia de los versículos 32 al 34, David bendice a Abigail. Con esta bendición responde en realidad al primer movimiento de bendición de Abigail que detiene la trama de la guerra y genera una nueva lógica. David agradece una y otra vez la iniciativa de Abigail reconociendo en este acontecimiento una experiencia de Dios, del Dios de Israel. David toma de las manos de Abigail los dones traídos y la envía a su casa con una triple confirmación: regresar en paz, habiendo sido escuchada y habiendo accedido a su pedido.
Abigail ha negociado con David la continuidad de la vida de su casa. Ha evitado una matanza innecesaria y además ha involucrado el corazón del futuro rey de Israel en una dimensión ética que dignifica su figura y su gestión. Abigail, aun cuando pretende evitar una matanza, la de su propia casa, no deja de estar cautiva dentro del paradigma de la guerra, justificando las batallas de David por ser batallas de Yahveh, pero batallas al fin (v.28). Sin embargo, y al mismo tiempo es el mismo Yahveh quien impide derramar sangre y tomar la justicia por mano propia (v.26). En medio de las contradicciones de este paradigma Abigail refleja y construye un horizonte ético y solidario que la lleva a reaccionar con creatividad para evitar las exclusiones que supone ese paradigma.
Hacia una nueva semántica para las prácticas no violentas por construir
A pesar de la esperanza obstinada que sentimos ante el futuro por venir, queda sin embargo el sabor amargo del enorme peso social que tenemos las mujeres ante el desafío de construir un paradigma de relaciones igualitarias, en el marco de una ética solidaria para establecer la justicia. Un paradigma alternativo al paradigma de la guerra que desconfía del diálogo y establece distancias, delimitación de territorios y juegos de conquista y de poder donde todo vale con tal de poseer lo deseado. Un paradigma de relaciones de ternura y solidaridad sobre la base de un diálogo siempre posible y enraizado en torno a cercanías, contactos, territorios compartidos, dones compartidos y juegos para entramar las diversidades. Un horizonte de sentidos que mire las diferencias como oportunidad para abrazar las verdades, que ya son patrimonio de las búsquedas compartidas, y para dar la bienvenida a aquellas por venir. Un paradigma de partos y alumbramientos en lugar de batallas y exterminios, donde la sangre derramada sea signo de vida nueva y no de muertes colectivas.
Para esta demanda de partos y alumbramientos de una humanidad que gime hasta encontrar la vida, y la urgencia de construir nuevos vínculos, las relaciones del siervo anónimo y de Abigail se presentan como una posibilidad al alcance de nuestra cotidianidad. En ellos las diferencias paradojalmente se neutralizan y se potencian para una trama nueva. El varón, anónimo, siervo y la mujer, con nombre, esposa del jefe de la casa se entrecruzan solidariamente para una negociación de vida y de paz. La imagen de una trama de poder en relación encuentran en el ícono de tejedoras y tejedores una nueva semántica para imaginar y construir un paradigma alternativo al de los guerreros aliados para el combate.
Una nueva semántica para la urgencia de militancia que continúa pendiente en medio de la noche oscura que atravesamos. Hace tiempo que viene asomándose en nuestras prácticas esta nueva imaginación. El paradigma de tejedores y tejedoras permite recuperar la dimensión de la subjetividad que queda ahogada en la dinámica de un ejército adiestrado para el combate donde el éxito queda asegurado en la medida de una obediencia rigurosa e inflexible de todos a un mando común. Los tejedores y tejedoras, en respuesta a una lógica de obediencia al proyecto común de justicia pueden, así mismo, desplegar su creatividad en los diseños recogiendo en sus tramas las de otros y otras. Mientras el guerrero debe atender a su objetivo sin distraerse ni gozar, los que tejen, pueden hacerlo sin perder de vista lo que acontece a su alrededor, conversar, alegrarse y soñar mientras trabajan; bastaría observar a estos artesanos y artesanas para comprobar los simultáneos dinamismos que son capaces de desplegar. Nuestro siervo y Abigail tal vez puedan ser imagen de estas lógicas. Tal vez podamos hacer hermenéutica de lo oculto en el texto y suponer que, mientras tejían su cotidianidad, cada uno desde su propia identidad, fueron capaces de entretejer unos vínculos y un poder que seguramente no se improvisó ante el conflicto emergente con David. Seguramente esta trama de convergencias para la negociación tuvo antecedentes que desconocemos pero que podemos conjeturar sin temor a equivocarnos.
Frente al desequilibrio en el reparto de las responsabilidades para la urgencia de construcción de un paradigma de igualdad en la diversidad, de no violencia desde nuevos vínculos, de un poder en relación, celebramos las vidas de las abigaíles hermosas y prudentes, y también la de aquellos y aquellas anónimos, como el siervo de nuestro relato, con quienes podemos entretejer nuevas complicidades en nuestras búsquedas de negociaciones y nuevas sabidurías.
Graciela Dibo
Avenida Rosales 2312
(1706 Haedo)
Buenos Aires
Argentina
Estos encuentros están organizados desde el equipo Género y Biblia del IDEAS asesorado por las biblistas Sandra Mansilla y Graciela Dibo.
Coria Clara, Las negociaciones nuestras de cada día, Piados, 2da reimpresión, 1998.
Grey Mary, “Pasión por la vida y la justicia: género y experiencia de Dios”, en Concilium 289 (2001).
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