El abismo que separa y que rompe la fraternidad (Lc 16,19-31)
Franklyn Pimentel Torres
Resumen
Este artículo hace un análisis de Lc 16,19-31, desde el contexto de la realidad latinoamericana y caribeña. La brecha social entre pobres y ricos que existe en nuestras sociedades se convierte en un desafío para los estudiosos de la Biblia y para la lectura bíblica realizada por las comunidades cristianas.
El texto lucano que comentamos quiere llamar la atención sobre la falsedad de presentarse como creyentes y mostrarse insensibles ante la realidad de los pobres y excluidos.
En el contexto del sistema neoliberal que se nos ha impuesto, esta temática tiene un valor de primer orden, puesto que el testimonio cristiano debe concretizarse en una práctica comprometida; que permita contribuir con la justicia social y colabore en la creación y en el fortaleciendo de redes de comunión y de solidaridad con la causa de las y los pobres.
Abstract
This article is an analysis of Lk 16,19-31, from the context of the Latin American and Caribbean reality. The social breach between the poor and the rich that exists in our societies is a challenge for biblical specialists and for biblical reading carried out by Christian communities.
The lucan text on which we are commenting, calls to attention the falsehood of presenting one’s self as a believer and showing one’s self to be insensitive in the face of the reality of the poor and excluded.
In the context of the neoliberal system that has been imposed on us, this theme is of utmost importance, given that the Christian testimony must realize itself in a committed practice; which contributes to social justice and collaborates in the creation and in the strengthening of network communities and solidarity with the cause of the poor.
Introducción
El abismo que existe en nuestros países caribeños y latinoamericanos entre ricos y pobres se hace cada vez mayor, fruto de un sistema social impuesto que puede definirse como una dictadura del dinero y del mercado. Este sistema social, llamado neoliberalismo capitalista, se hace cada vez más insoportable y excluyente. Aumenta el número de pobres y la concentración de las riquezas en pocas manos. Y nos preguntamos, ¿qué tiene que decir esta situación a las y los estudiosos de la Biblia y a las y los cristianos de base que se dedican asiduamente a leer la Palabra y a relacionarla con la propia vida? ¿Tendremos que habituarnos a seguir mirando la situación con ojos de personas impotentes? ¿Puede el texto bíblico darnos alguna luz para nuestra praxis cristiana de hoy?
Para este estudio he escogido el texto de Lc 16,19-31 dentro del marco de todo el capítulo 16 del evangelio lucano, dedicado a dar algunas orientaciones sobre la postura cristiana ante el tema de la pobreza y de la riqueza. Veremos también el texto en el contexto de toda la obra lucana.
En el capítulo 16 de Lucas tenemos un material que, con excepción de los vv. 16-18, se refieren al tema de la postura creyente ante el tema de la riqueza y la pobreza. La primera parte (vv.1-8) se presenta una parábola que habla de la habilidad de un administrador que va a ser despedido por su patrón por sus actos de corrupción. La parábola sirve como antesala a las enseñanzas de Jesús sobre el buen uso del dinero. La parábola y la enseñanza están dirigidas a los discípulos y discípulas de Jesús (16,1); al final hay una invitación clara de parte de Jesús: “Háganse amigos y amigas con el dinero injusto, para que cuando lleguen a faltar, los reciban en las moradas eternas” (16,9). Y la frase clara y precisa de Jesús: “No pueden servir a Dios y al Dinero” (Lc 16,13).
Si la primera parte del capítulo 16 parecía estar dirigida a los discípulos y discípulas de Jesús (16,1), en la segunda parte entra en juego otro grupo de personas que son llamados fariseos (16,14). Quienes forman parte de este grupo son definidos como “amigos del dinero”. Estos se burlan del discurso de Jesús. Jesús le responde desenmascarando su falsa justicia; situación que Dios conoce muy bien. La parábola de Lc 16,19-31 parece estar dirigida precisamente a este tipo de personas, a los fariseos; pero también como advertencia a los discípulos y discípulas de Jesús.
Comencemos por leer el texto cuidadosamente:
19 “Cierto hombre era rico, se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. 20 Y cierto pobre, llamado Lázaro, había sido arrojado a su puerta, lleno de llagas, 21 y deseaba saciarse con las migajas que caían de la mesa del rico. Aun los perros venían y le lamían las llagas.
22 “Aconteció que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico, y fue sepultado.
23 Y en el Hades, estando en tormentos, alzó sus ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. 24 Entonces Él, dando voces, dijo: ‘Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama.’ 25 “Y Abraham dijo: ‘Hijo, acuérdate que durante tu vida recibiste tus bienes; y de igual manera Lázaro, males. Pero ahora él es consolado aquí, y tú eres atormentado.
26 Además de todo esto, un gran abismo existe entre nosotros y vosotros, para que los que quieran pasar de aquí a vosotros no puedan, ni de allá puedan cruzar para acá.’
27 “Y él dijo: ‘Entonces te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre 28 (pues tengo cinco hermanos), de manera que les advierta a ellos, para que no vengan también a este lugar de tormento.’ 29 Pero Abraham dijo: ‘Tienen a Moisés y a los Profetas. Que les escuchen a ellos.’ 30 Entonces él dijo: ‘No, padre Abraham. Más bien, si alguno va a ellos de entre los muertos, se arrepentirán.’ 31 Pero Abraham le dijo: ‘Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se persuadirán si alguno se levanta de entre los muertos”.
El texto lo podemos dividir en dos partes bien definidas: 1. las diferencias y contrastes entre la vida terrenal y celestial de Lázaro y el rico (vv. 19-26); 2. La petición del rico de que Lázaro fuese enviado a advertir a sus hermanos para que no fueran a parar al lugar del tormento (vv.27-31). La primera parte la podemos subdividir en varias escenas: a) descripción de los diferentes estilos de vida de Lázaro y el rico (vv.19-21); b) la muerte de ambos (v.22); c) cambio de situación en la otra vida (vv. 23-25). d) declaración, por parte de Abraham del abismo existente entre “nosotros” y “ustedes” (v.26). La segunda parte (27-31) tiene una sola escena de diálogo entre Abraham y el rico con relación al envío de Lázaro donde sus hermanos, para que éstos fueran advertidos y llegaran, también ellos, al lugar de los tormentos (27-31).
Fijémonos ahora en la forma como están construidas cada una de las escenas de la parábola. Observemos su composición antitética, propia del género de las parábolas.
PRIMERA PARTE: Las diferencias en la vida terrenal y en la del más allá (19-26)
Escena 1: Diferencia social entre Lázaro y el rico en la vida terrenal (19-22)
A El rico se vestía de púrpura y lino y hacía banquetes diarios
B El pobre Lázaro estaba tirado a la puerta, lleno de llagas, con hambre
y molestado por los perros
B’ El pobre muere y es llevado por los ángeles al seno de Abraham
A’ El rico muere y es sepultado.
Escena 2: Diferencia entre Lázaro y el rico en la vida del más allá (23-25)
A El rico estando en el hades, lleno de tormentos, ve a Abraham y a Lázaro en su seno
B El rico pide misericordia a Abraham
C El rico pide a Abraham que envíe a Lázaro a refrescarle la lengua
B’ Abraham invita a recordar al rico que recibió sus bienes y Lázaro sus males
en la vida terrenal.
A’ El rico es atormentado y Lázaro consolado
Escena 3: Hay un abismo entre nosotros y ustedes (v.26)
A Nosotros
B Ustedes
C Hay un gran abismo
B’ Ustedes no pueden cruzar para acá
A’ Nosotros no podemos cruzar para allá
SEGUNDA PARTE: El rico intercede por sus hermanos (27-31)
A El rico pide que Abraham envíe a Lázaro a casa de su padre, a sus cinco hermanos
B El rico quiere impedir que sus hermanos vayan al lugar del tormento
C Abraham responde: Tienen a Moisés y a los profetas
D Abraham invita a escuchar a Moisés y a los profetas
C’ Abraham muestra escepticismo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas...”
B’ El rico señala que si un muerto los va a ver se arrepentirán
A’. Abraham declara que no se persuadirán aunque un muerto resucitado les visite
La primera escena del relato (vv.19-21) presenta un contraste entre dos personajes que están bien definidos. Dos características definen la condición del rico: se viste con trajes finos, propios de las capas más enriquecidas de la sociedad; además de eso, hace un banquete cada día, lo cual es signo de derroche en medio de una comunidad o ambiente en donde hay personas hambrientas.
Lázaro, en cambio, había sido arrojado en su puerta; es decir, fuera de la casa. El verbo griego utilizado aquí (ballo) significa en primer lugar lanzar, tirar. Probablemente se trata de una persona imposibilitada, tullida. En vez de vestidos lujosos, el texto destaca que estaba lleno de llagas, lo que probablemente contribuiría a alejarlo más de la relación normal con las personas de la sociedad; además el texto parece destacar la dificultad de movimiento que tenía Lázaro, pues los perros venían a lamerle las llagas, atraídos, quizás por el olor pestilente de las mismas. La actitud de esos animales para con el mendigo subraya desgarradoramente la situación de extremo abandono en la que se encuentra Lázaro, y agudiza el contraste con la absoluta despreocupación del rico. Además de la situación de enfermedad y abandono, Lázaro está excluido de la posibilidad de satisfacer unas de sus necesidades más básicas: poder comer. Y además esto ocurre en una sociedad en donde mientras él pasa hambre, otro hace banquetes diarios.
Lázaro desea saciar su hambre con lo que caía de la mesa del rico; es decir con las migajas del pan que eran utilizadas en los banquetes para limpiarse las manos y que después eran tiradas al suelo. Pero Lázaro no tiene acceso ni siquiera a eso. Está fuera de la casa, echado, en una situación en la que parece que ni siquiera puede moverse por sí mismo.
El v.22 introduce abruptamente una realidad que iguala al pobre y al rico: ambos están destinados a la muerte. Sin embargo, el texto destaca un contraste entre las consecuencias que trae la muerte para ambos personajes. El pobre, enfermo, despreciado y hambriento, es llevado por los ángeles al “seno de Abraham”, expresión judaica que responde a una antigua locución bíblica que significa “reunirse con sus padres”, es decir con los patriarcas del pueblo (cf. Gn 15,15; Jc 2,10). La condición, de Lázaro, por tanto, cambia radicalmente; se acabó la enfermedad, el hambre y el desamparo; ahora está, nada menos, que en el seno del padre de la fe, de Abraham.
Los acontecimientos en torno a la muerte del rico son definidos muy concisamente. Simplemente se dice que fue sepultado. Presumiblemente fue un funeral impresionante; la antítesis, con el silencio en torno a Lázaro, es significativa. De ahora en delante de poco le servirá al rico su dinero, sus vestidos de lujos y sus grandes banquetes. Comienza una nueva etapa regida por otros criterios y valores.
La segunda escena (vv.23-25) se sitúa en la otra vida. Se sitúa la descripción en un lugar dividido en dos partes, en dos “barrios”: el Hades en donde está ahora el rico, presentado como lugar de tormentos y lugar de llamas que queman la piel; y la otra parte, que no es definida en el texto, pero que aparece claramente diferenciada del lugar en donde ahora está el rico. Por eso señala el texto claramente que el que fue antes un rico insensible, que, con su conducta, impuso una distancia entre él y el pobre, ahora alza los ojos y ve, de lejos, a Abraham y a Lázaro en su seno.
Lázaro tiene ahora una condición diferente; está en una situación de bienestar; está recibiendo bienes y el mayor de ellos es el ser acogido por el padre Abraham, ser reconocido en la familia de los antepasados.
El rico insensible al ver a Abraham y a Lázaro en su seno, reacciona presentándose como alguien familiar a Abraham y pide un servicio de parte de Lázaro. Es importante destacar al hecho que llama “padre” a Abraham. Probablemente él esperaba poder reunirse con los padres del pueblo en esta otra vida, como era el deseo de la mayor parte de los judíos. Por tanto sigue creyendo que es hijo de Abraham. Y como hijo que se considera pide compasión. Está pidiendo para él lo que no fue capaz de mostrar con Lázaro en su vida: la misericordia, la compasión que hubiera permitido hacer surgir la solidaridad con el hermano enfermo, hambriento y abandonado y le hubiese librado de ir al lugar de tormento.
El rico no sólo pide compasión de parte de Abraham ante sus tormentos, sino que exige que esa compasión se traduzca en el hecho concreto de mandar a Lázaro a mojar la punta de su dedo en agua para así refrescar su lengua. Notemos cómo lo que se quiere refrescar es precisamente la lengua, el órgano del gusto, con la que el rico disfrutaba sus ricos manjares. Notemos, además, que el rico sigue creyendo que el pobre antes ignorado por él, ahora debe estar a su servicio. Por otro lado, el favor que pide es bastante simple y modesto. No pide una cantidad suficiente de agua para aliviar los tormentos; apenas pide un pequeño favor, demostrando, tal vez la conciencia de que no puede exigir mucho más.
Abraham responde llamándole “hijo”, con lo cual no rechaza que se le llame padre, pero declara que efectivamente él está sufriendo porque recibió sus bienes durante su vida terrestre, mientras que Lázaro recibió males. Y aunque el texto no lo señale explícitamente, implícitamente se presupone que el problema no es sólo que recibió bienes fruto de injusticia, sino que no supo utilizar su dinero injusto para hacerse amigos, para que cuando llegase a faltar (eso ocurre necesariamente en el momento de la muerte) les recibieran en las moradas eternas (cf. Lc 16,9). La petición del rico es desatendida, y de alguna manera se le hace ver que la postura de Abraham está directamente relacionada con la conducta que él observó durante su vida terrena.
Lázaro el abandonado, el despreciado, ahora es consolado; mientras que el rico insensible ahora es atormentado. Se han cambiado los papeles. Y se trata de una situación que aparentemente no se puede cambiar. Por eso Abraham toma la iniciativa de hacer caer en la cuenta al rico atormentado de que hay un gran abismo entre “nosotros” y “ustedes” (v.26). El rico insensible forma parte, desde ahora, de otro grupo, que no es del grupo de Abraham y de Lázaro y la distancia entre ambos no es superable; hay una barrera infranqueable, la misma que separó en vida a Lázaro y al rico. Y es que están en polos opuestos: la riqueza y la miseria; la compasión y la insensibilidad.
En la segunda parte de la narración (27-31) el rico no se da por vencido. Se hace consciente de que su situación no se puede cambiar, ni siquiera paliar. Por eso ahora su preocupación se dirige hacia la casa de su padre, hacia sus cinco hermanos. Piensa en algo que él entiende que Lázaro sí puede hacer. Según su presupuesto Lázaro podría ir a la tierra para advertir a sus hermanos para que cambien su conducta de insensibilidad hacia los pobres y abandonados; lo cual impediría que ellos también llegasen a parar al lugar de tormento, en el que se encuentra ahora su hermano, sin riquezas, sin sirvientes, sin banquetes diarios, atormentando por las llamas y separado de la familia de Abraham.
Ante la segunda propuesta del hombre atormentado el padre Abraham se resiste, de nuevo, a reaccionar de la forma esperada por el rico. Y hace una contrapropuesta inesperada. Tanto él cuando estaba en vida, como sus hermanos tienen las enseñanzas de Moisés y de los profetas. A ellos deben escuchar.
El hombre atormentado, sin embargo, sabe por, experiencia propia que los ricos insensibles como él, que viven sin tener en cuenta la situación de los pobres y abandonados, se han alejado del proyecto del Dios liberador, defensor del débil, al cual se consagraron tanto Moisés, como los profetas. Las enseñanzas de estos enviados de Dios les son, en la práctica, indiferentes. Y no se trata de desconocimiento; se trata de una conducta que ha rechazado la alianza con el Dios liberador y que por tanto no ha hecho caso ante las exigencias continuas de los enviados y enviadas de Dios, que son los y las profetas.
El rico llama de nuevo a Abraham como “padre” (v.30), intentando tal vez, tocar las fibras sensibles del patriarca, y afirma que sus hermanos se convertirían si va uno de entre los muertos a llamarles la atención –y él supone que Lázaro sería quien mejor podría hacer esa encomienda y les podría contar de la situación de su hermano en el Hades-. Pero también este último argumento del rico atormentado viene rechazado por Abraham, quien está convencido, según el relato, de que los ricos insensibles, amantes del dinero, no cambian su conducta de lujos, de derroche y de acaparamiento de los bienes que provoca la multiplicación de los Lázaros sobre la tierra, ni siquiera en el caso de que sean advertidos por un muerto que vuelva a la vida, ya sea Moisés, Elías o algunos de los profetas, Lázaro el de Betania (cf. Jn 11,43-54) o Jesús de Nazaret.
Los personajes del relato
Fijémonos ahora, en los personajes presentes en el relato y su función dentro de la trama narrativa.
El rico insensible
El primer personaje a tener en cuenta es el del rico anónimo, definido como una persona que lleva una vida entre lujo, fiestas, comilonas y celebraciones, y como alguien que parece no importarle la situación del pobre. Es este sentido es presentado como una persona insensible ante la situación de hambre y de dolor del pobre Lázaro.
Luego el relato, de una forma rápida, describe el paso del rico de este mundo a la otra vida: murió, fue sepultado, y de momento se encontró en el Hades, lleno de tormentos. La narración expresa la estrategia del rico al llamar “padre” a Abraham. De alguna manera quiere conmover a Abraham. No lo logra, a pesar de su intento. Además llama por su nombre a Lázaro, lo cual demuestra que sí lo conocía, aunque en vida se había hecho indiferente ante su dolor, ante su hambre.
El rico parece estar consciente de que está pagando su culpa en el Hades. Por eso no pide a Abraham ser sacado del mismo. Simplemente pide refrescar su lengua. Ante la respuesta de Abraham parece admitir que efectivamente ya recibió sus bienes en vida, y que la distancia que puso entre él Lázaro en vida, ahora se reproduce en el más allá.
El rico se muestra solidario con su familia. De ahí su preocupación de que Lázaro vaya a advertirles para que no vengan también ellos al lugar de tormento. Ante la respuesta de Abraham, parece admitir la indiferencia que sus hermanos tienen, como lo hizo él en vida, ante las enseñanzas de Moisés y de los profetas. Se muestra, sin embargo, insistente hasta el último momento. Tiene la intuición de que si un muerto les habla se van a convertir. Su último argumento, sin embargo, también es rechazado. No obstante, se ha mostrado activo interlocutor hasta el momento del cierre de la narración.
El personaje Lázaro
El primer dato a destacar es que este personaje tiene nombre propio; se llama Lázaro (traducción del hebreo Eleazar, Dios ayuda). Es un personaje discreto. El no habla, no se expresa en la narración. Simplemente el narrador describe de una forma rápida, pero con suficientes detalles, su situación.
Su paso de esta vida a la otra es descrito por el narrador de una forma significativa. Murió y no fue sepultado –como en el caso del rico- sino que mereció ser llevado por los ángeles de Dios al seno de Abraham, a la otra vida.
Luego la narración nos presenta a Lázaro disfrutando en el seno del padre Abraham; en la vida parecía no tener familia que se preocupase de él; ahora es sujeto de la protección del padre principal del pueblo, Abraham. Lázaro, además, está del lado del abismo en que ya el rico no puede seguir burlándose de él, ni derrochando los recursos que el pobre necesitaría para vivir.
Finalmente Lázaro se presenta como un personaje a quien Abraham defiende de los mandatos de los ricos. De hecho casi siempre los ricos creen que los pobres deben servirles bajo cualquier condición. Sin embargo en la otra vida las cosas son diferentes. Por eso Lázaro ni mojará la lengua del rico condenado, ni tendrá que ir avisar a sus hermanos. Pues de hecho se tratarían de dos acciones que no resolverían el problema de la insensibilidad ante el dolor y el despojo de cada hermano o hermana empobrecida, ni contribuiría a disminuir el abismo entre ricos y pobres, por la testarudez de los ricos.
El personaje Abraham
Abraham se presenta como el anfitrión que recibe a Lázaro, como a un hijo, en el paraíso. Lo mantiene en su “seno”, cerca de él, dándole el cariño y la valoración que no tuvo el mendigo en la tierra.
Ante las peticiones del rico condenado se muestra al mismo tiempo cordial, dialogante y justo; parece tomar la postura, al mismo tiempo, de padre y de juez. Intenta, en primer lugar, hacer entender al rico de que recibió sus bienes en la tierra (v.25), mientras que Lázaro recibió males y que ahora los papeles se han invertido. Luego intenta explicar la existencia del abismo entre “nosotros” y “ustedes”. Ante la propuesta del rico de enviar a Lázaro a sus hermanos para advertirles, declara formalmente: “Tienen a Moisés y a los Profetas. Que los escuchen” (Lc 16,29). Finalmente, ante la insistencia del rico de que probablemente harán caso si les va a visitar un muerto, Abraham se muestra firme en su convicción según la cual los hermanos del rico atormentado no harán caso, aunque les vaya a visitar un muerto resucitado.
¿Dónde está Dios?
Dios no se menciona explícitamente en la narración. Pero ¿está realmente ausente? Creo que no. Más bien se hace presente a través de otros personajes. En primer lugar no debemos olvidar que la narración es una parábola, que según el texto, fue dicha por Jesús, encarnación de Dios en nuestra historia. A través de un análisis más cercano podemos descubrir su actuación y su presencia.
En primer lugar se trata de un Dios que no se hace insensible ante la situación del pobre. Ve su situación, y escucha su clamor (Cf. Ex 3,7), mientras que se hace de oídos sordos ante el rico insensible que pide misericordia y que no es capaz de mostrar esa misma actitud con los más pobres. En segundo lugar es un Dios que manda sus ángeles, sus mensajeros, a llevar a la “tierra prometida” al pobre, que durante su vida fue objeto del hambre, de la desprotección, del desprecio. En tercer lugar, una vez que la narración se sitúa en la otra vida, es Abraham quien encarna la postura de Dios. De hecho el padre de las y los creyentes se presenta como quien acoge al pobre en su seno y quien pronuncia la sentencia definitiva con relación al rico. En cuarto lugar Dios se hace presente a través de los personajes de Moisés y los profetas. En definitiva estas personas se distinguieron por ser enviados de Dios y ponerse al servicio de su proyecto que excluye todo tipo de injusticia y discriminación del pobre.
Finalmente, en la alusión de que los ricos no harán caso aunque resucite un muerto, podemos descubrir una referencia implícita a la persona de Jesús. De hecho los fariseos y los saduceos enriquecidos no han hecho caso a la Palabra de Jesús mientras estaba en esta tierra; más bien se han burlado de él (Lc 16,14) ni le han hecho caso a sus seguidores después de su resurrección. Y aunque se les apareciera a ellos mismos, tampoco le harían caso. Aparentemente no tienen remedio.
2. Sobre la forma y la situación vital del relato
El texto de Lc 16,19-31 es una parábola propia del material de Lucas. No tiene paralelos en otros evangelistas. Esto nos puede ayudar a presuponer que la decisión de incluirlo en el evangelio lucano no debió ser pura casualidad, sino que debió responder a una motivación concreta. Podemos suponer el texto como dicho efectivamente por Jesús, o como una composición de Lucas y su comunidad, para dar respuesta a un problema comunitario concreto: la postura cristiana ante el tema de la pobreza y la riqueza.
El texto, que puede ser considerado como una advertencia general sobre el tema de la pobreza y la riqueza, dirigida a los discípulos y discípulas de Jesús, puede estar reflejando tres posibles situaciones vitales: a) la postura de fariseos y saduceos ante los pobres del pueblo; b) diferentes formas de acercarse y de entender el tema de la pobreza y la riqueza entre los discípulos de Jesús y los fariseos, después de la destrucción del templo de Jerusalén; c) el peligro de que al interior de las comunidades, para las que Lucas escribe, en las que podrían convivir los ricos y los pobres, los más ricos se hiciesen insensibles ante la pobreza de los más pobres de la comunidad.
En el tiempo de Jesús fariseos y saduceos constituían los grupos religiosos más importantes y también los que, sobre todo en el caso de los saduceos, contaban con grupos de personas más enriquecidas. Existía una cierta mentalidad de que la riqueza era una bendición de Dios, mientras que la pobreza y la enfermedad era una especie de maldición de Dios (Cf. Jn 9,2-3). Jesús en esta parábola tomaría posición en contra de esa mentalidad, denuncia a los fariseos como amigos del dinero (16,14); suponemos que lo mismo pudo haber dicho, con mucho más razón, de los saduceos.
Por otro lado, las y los seguidores de Jesús eran, sobre todo, los más pobres, los de las clases populares. Estos y éstas son los predilectos de Dios, y deben poner su corazón no en las riquezas, sino en el proyecto de Dios y su justicia. El texto, por tanto, puede estar denunciando la falsa religión de fariseos y saduceos que dicen ser hijos e hijas de Abraham, pero acumulan los bienes de los pobres, reduciendo a la miseria a muchos hijos e hijas de Abraham, hermanos y hermanas de ellos. De esta manera estos grupos se hacen sordos no sólo al clamor de las y los pobres, sino que verdaderamente se niegan a seguir las enseñanzas dadas por Dios por medio de Moisés y de los profetas.
La otra posibilidad de situar al texto en su contexto vital se puede referir a la situación que se creó en la primitiva iglesia a partir de la destrucción del templo de Jerusalén hacia el año 70 del primer siglo de la era común. Con la destrucción del templo y de la ciudad se desarticularon muchos grupos e instituciones de Israel. El grupo religioso judío que logrará sobrevivir al desastre será el de los fariseos. A partir de entonces sabemos que se agudiza el conflicto entre los fariseos y las y los seguidores de Jesús. En este sentido, nuestro texto podría estar reflejando las diferentes posturas de los fariseos y de los seguidores de Jesús ante el tema de la pobreza y la riqueza.
Los fariseos se creen hijos de Abraham, acumulan riquezas, son amigos del dinero, y con sus actuaciones fortalecen la creación de una brecha social entre pobres y ricos. Se mantienen en esta posición y se hacen sordos al clamor de los pobres y a las enseñanzas de Moisés y de los profetas, enviados del Dios a quienes dicen servir.
Las y los seguidores de Jesús, son, por tanto invitados e invitadas a no seguir la postura de los fariseos, sino a utilizar el dinero injusto para ganarse amigos y amigas en esta vida, para que les reciban luego en las moradas eternas, en el seno de Abraham.
Una tercera posibilidad para situar el texto sería el contexto de diferentes grupos sociales al interior de las comunidades a las que Lucas dirige su evangelio. De hecho la carta de Pablo a la comunidad de Corinto nos habla de divisiones y de personas con diferentes posibilidades económicas, que acuden a la celebración del memorial de la Cena del Señor: “Cuando se reúnen en común, eso ya no es comer la Cena del Señor; porque cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga” (1 Cor 11,21). Esto que sucedía en la celebración de la Cena del Señor podría ser una muestra de lo que sucedía entre los hermanos y hermanas de la congregación. Mientras unos pasaban hambre, otros comían de más y bebían hasta embriagarse.
El texto podría ser, entonces, un intento de llamada urgente a la atención de los cristianos y cristianas, sobre la necesidad de la solidaridad y de utilizar el siempre injusto dinero para compartirlo, para repartirlo, para satisfacer las necesidades de los más pobres de la comunidad.
3. La tradición lucana sobre el tema de la pobreza y la riqueza
Lucas es el evangelista que más advierte sobre el peligro que representan las riquezas para quien quiera ser seguidor o seguidora de Jesús. Es en el cap. 16 del evangelio lucano en donde encontramos las advertencias más explícitas y las sugerencias más concretas para el uso adecuado del dinero. Por esto, podemos afirmar que Lc 16,19-31 presenta una concepción del tema de la pobreza y la riqueza que tiene su particularidad dentro del contexto de los evangelios sinópticos y dentro del Nuevo Testamento.
Es Lucas el que más destaca la cercanía de Dios a los pobres y los humildes, la necesidad de la solidaridad con su causa, mientras que fustiga la actitud de los soberbios y de los ricos insensibles ante el dolor y el hambre de los pobres. Desde el inicio del evangelio, en el canto de María, se nos dice claramente que Dios ha puesto sus ojos en la humildad de María (Lc 1,48); mientras dispersa a los soberbios y derriba a los potentados de sus tronos, exalta a los humildes y a los hambrientos colmó de bienes, mientras despide a los ricos sin nada (Lc 1,53). Eso lo hace acordándose de su misericordia anunciada a Abraham y a su linaje (Lc 1,55).
Lucas pone a Jesús en la sinagoga de Nazaret, asumiendo la profecía del tercer Isaías (Is 61,1-2) y se considera enviado a “anunciar a los pobres la Buena Nueva” y a proclamar el año jubilar que impedía la acumulación para siempre de la tierra en pocas manos (Lc 4,18-19).
El tercer evangelista es quien nos ha transmitido las bienaventuranzas del Reino en su formulación más original (Cf. Lc 6,20-26; Mt 3,1-12). Dirigida a los discípulos y discípulas proclaman la bienaventuranza de las y los pobres que se han convertido en agentes comprometidos en la construcción del proyecto de Dios aunque tienen una situación difícil, pues pasan hambre, sufren y lloran, mientras que fustiga a los ricos, de quienes se dice que “Ya han recibido su consuelo” (Lc 6,24; 16,25); y “tendrán aflicción y llanto” (Lc 6,25; 16,23.25).
En el evangelio lucano Jesús invita a sus discípulos y discípulas a hacer comunidad de mesa con las y los pobres: “Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete, llama a los pobres; a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos” (Lc 14,12-14). Ahí precisamente podemos situar la causa de la condenación del rico insensible: no supo invitar a su mesa al hambriento Lázaro.
En la parábola de los invitados que se excusan de asistir al banquete de bodas del Reino de Dios, el patrón da orden a sus servidores de que hagan entrar a los pobres, a los lisiados, a los ciegos, a los cojos; en otra palabra, a la gente más desvalida (Lc 14,21). Tómese en cuenta que, en el texto paralelo de Mt, a quienes se invitan son “todos los que encontraron, malos y buenos” (Mt 22,10). La perspectiva de Mateo es distinta a la de Lucas.
Lucas, y sólo él, nos presenta el encuentro de Jesús con Zaqueo en el pueblo de Jericó. El evangelista define a este personaje como “jefe de publicanos y rico”. Después del encuentro entre ambos viene la conclusión, fruto de la conversión, de Zaqueo: “Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo” (Lc 19,8-8). Jesús sólo tiene que reconocer que Zaqueo ha decidido cambiar; y que incluso va más allá; se propone devolver cuatro veces lo robado, algo que la ley judía estipulaba sólo en un caso concreto (Cf. Ex 21,37).
El evangelio lucano con frecuencia invita a las y los discípulos de Jesús a desprenderse de las riquezas y a compartirlas con las y los más pobres como una condición necesaria para el seguimiento del Maestro. Lucas comparte con Marcos y Mateo el relato del encuentro de uno de los principales de los judíos con Jesús (Lc 18,18-26; Mt 19,16-25; Mc 10,17-27). Se trata de un personaje que era “muy rico” (Lc 18,23). Quería saber que podía hacer para tener en herencia la vida eterna. Para ello él creía que bastaba con cumplir los mandamientos de la ley mosaica. Pero Jesús declara abiertamente: “Aún te falta una cosa. Todo cuanto tienes véndelo y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos, luego, ven y sígueme” (Lc 18,22). Y el texto señala que se puso triste; no aceptó el reto de Jesús. Y Jesús mirando su reacción señala abiertamente: “¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios” (Lc 18,24).
El seguimiento de Jesús, según Lucas, requiere una postura definida ante el tema de las riquezas. Por ello invita a las y los discípulos de Jesús a vender sus bienes y darlos en limosna para ganarse un tesoro en los cielos (Lc 12,34). A estar alerta para que las seducciones de las riquezas no impidan que la Palabra sembrada en el corazón de el fruto esperado (Lc 8,14). Y en ocasiones la renuncia tendrá que ser radical: “Cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío” (Lc 14,33).
4. La teología de Lc 16,19-31
Detengámonos ahora, a reflexionar, sobre los principales temas teológicos que podemos sacar del pasaje que estamos analizando.
- Dios está presente en la historia y hace justicia
Aunque como señalamos más arriba, Dios parece estar ausente de la narración, realmente él está presente. Es el dueño de la vida; quien se compadece al ver a Lázaro empobrecido, enfermo, lleno de llagas, acompañado sólo por los perros, y decide cambiar su situación. Por eso la condición tormentosa de Lázaro no será eterna; será pasajera. El será llamado para estar en el paraíso, en el seno de Abraham.
Por medio de Abraham, Dios muestra su juicio y da la vuelta a la historia. El rico derrochador, insensible e inhumano, ahora estará en el lugar de los tormentos. El pobre, despreciado, estará en un lugar de descanso y de felicidad.
La seducción de las riquezas y los placeres que ésta proporciona impidieron al rico descubrir el rostro de Dios en el rostro sufriente del mendigo echado a la puerta de su casa. En esto consistió su gran pecado que lo llevó a vivir, eternamente, en el lugar del tormento.
- Dios habla a través de Moisés, y de los profetas
El rico insensible, ni sus 5 hermanos que quedaban en la tierra, pueden decir que no sabían que ser indiferentes ante el dolor de los hermanos y hermanas es algo que los convierte en personas inhumanas destinadas al fracaso y al tormento; de hecho ellos se consideran parte de un pueblo que tiene normas y enseñanzas muy claras, en la Ley y los profetas. Sólo que ellos se hacen los sordos y los ignorantes.
En el libro del Deuteronomio encontramos un conjunto de normas dadas al pueblo por Dios, por medio de Moisés. En el ámbito del año sabático se afirma claramente “que no debería haber ningún pobre junto a ti” (Dt 15,11); pero puesto que existen “no endurecerás tu corazón ni cerrarás tu mano a tu hermano pobre, sino que le abrirás tu mano y le prestarás lo que necesite para remediar su indigencia” (Dt 15,7.11).
En Israel estaba mandado dejar parte de los frutos de la cosecha para los pobres (Lev 19,10; 23,22; Ex 23,11), así como destinar cada tres años el diezmo de la cosecha para los más pobres de la sociedad: el forastero, el huérfano, la viuda y el levita (Dt 14,28).
El jornalero pobre y humilde debe recibir cada día su salario, pues lo necesita para alimentarse y para alimentar a su familia (Dt 24,14.15).
Los profetas se convirtieron en defensores de los pobres en nombre del Dios que es “Fortaleza para el débil, fortaleza para el pobre en su aprieto” (Is 25,4). Amós fue uno de los que más denunció a los ricos que “venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias” (Am 2,6; 8,6) que pisotean sin misericordia al pobre y “quieren suprimir a los humildes de la tierra” (Am 8,4). Mientras tanto sus mujeres viven en medio del lujo, y derroche, oprimen a los débiles y maltratan, también ellas, a los miserables (Am 4,1).
Isaías, hablando en nombre de Yahveh, denuncia con valentía el gran pecado de los poderosos del pueblo: “Machacan a mi pueblo y muelen el rostro de los pobres” (Is 3,15). Este profeta anuncia que Yahveh ha consolado a su pueblo y de sus pobres se ha compadecido (Is 49,13), mientras que el tercer Isaías señala en qué debe consistir la práctica que Dios quiere de parte de los miembros de su pueblo: partir el pan con el hambriento, acoger a los pobres, y vestir al desnudo (Is 58,7).
- La pertenencia a la familia de Dios se define por la solidaridad con el pobre
El rico de la parábola que comentamos se cree formar parte del pueblo de Dios. Por eso no tiene dificultad en llamar “padre” a Abraham. Sin embargo no basta con considerarse parte del pueblo, es necesario demostrarlo por la capacidad de solidaridad con el hermano o hermana que sufren necesidad. Desde ahora la pertenencia o no al pueblo de la alianza no se definirá por acciones exteriores, como cultos litúrgicos o por la circuncisión. Desde ahora se definirá por la capacidad de solidaridad. Por eso el rico insensible, con su conducta, se apartó del grupo de Abraham, y fue a parar al lugar de los tormentos.
La brecha que separa a los ricos de los pobres, sólo se puede quitar en la medida que los bienes no sean acumulados en pocas manos, en la medida que no haya unos pocos que los acumulan, viviendo en el lujo y en el derroche, mientras hay tantos lázaros tirados delante de la puerta de los ricos intentando llenarse el estómago con las migajas que caen de su mesa.
Sólo desde la fraternidad, que sabe compartir de forma igualitaria los bienes, se puede rehacer las relaciones rotas con el Dios defensor de los pobres y de los débiles. No hay otro camino posible.
- Las riquezas pueden impedir el seguimiento de Jesús y la entrada en la vida eterna
La parábola es una llamada urgente para las y los discípulos de Jesús a no imitar la actitud del rico insensible, de los fariseos que se burlan de Jesús y que consideran que es una bendición de Dios el tener mucha riqueza y con ellas alardear de ser personas religiosas bendecidas por Dios.
Quien quiera seguir a Jesús tendrá que utilizar el dinero injusto para ganarse un lugar en las moradas eternas, y tendrá que estar en disposición cotidiana de desprenderse de todo aquello que le impide colocar a Dios y la causa de los más pobres en su justo lugar.
La gran tentación de las y los discípulos de Jesús es creer que están realmente siguiéndole, mientras permanecen ligados a las riquezas y las utilizan, igual que los fariseos, para demostrar su poder, su prestigio personal.
No se puede servir, al mismo tiempo a Dios y al dinero (Lc 16,13) porque el servicio al dinero trae consigo la ruptura de la fraternidad y la imposibilidad de establecer unas relaciones humanas basadas en la justicia. Seguir al Dios verdadero es poner su proyecto en el centro de nuestras preocupaciones, como el tesoro mayor, porque donde esté nuestro tesoro, ahí estará nuestro corazón (Cf. Lc 12,34).
5. Algunas líneas de acción que salen de nuestro análisis
¿Podríamos proponer algunas líneas de acción para la praxis de las comunidades cristianas con relación al tema de la pobreza y la riqueza y la solidaridad con la causa de los más empobrecidos y excluidos? Pienso que cada comunidad cristiana, cada congregación, puede pensar en las propias líneas de acción. Propongo algunas que considero evidentes.
- Primacía de la persona sobre el dinero
El texto analizado nos invita a poner en primer lugar a la persona necesitada, antes que al dinero, y al lujo de unos pocos. El rico de la parábola puso en primer lugar su vida placentera y el derroche que de alguna manera se convirtió en insulto para la situación de Lázaro. Así, hoy también, el lujo de unos pocos se convierte en un insulto para la situación en la que viven tantas personas de nuestras sociedades.
En este mundo neoliberal globalizado las y los cristianos tenemos que seguir defendiendo que es inmoral anteponer el mercado y los intereses de los países enriquecidos, a los intereses de sus multinacionales a las grandes necesidades humanas. Se hace indispensable el testimonio de personas que, aun dentro de la situación en que vivimos, sigan señalando que es necesario dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Lc 20,25; Mt 22,21). Lo que es de Dios es lo que pertenece a las personas hambrientas y excluidas de este mundo neoliberal.
- La compasión que hace posible la solidaridad
En la actual sociedad en que vivimos cada vez más se muestra la insensibilidad ante el dolor ajeno. Podemos caer en la tentación de pasar de largo ante la situación del hermano o hermana que sufre; o considerar como normal la situación de los grupos sociales más empobrecidos y excluidos. En este sentido el alma se nos puede embotar.
Sólo la compasión, el sentir con el hermano o hermana que sufren puede hacer surgir la solidaridad que devuelve la esperanza a quien no tiene las condiciones mínimas para sobrevivir con dignidad. Y la compasión es una actitud que debemos cultivar, pues de otra manera nos deshumanizamos y nos enrolamos en un individualismo que sólo nos conduce a la destrucción y a una sociedad donde reina la ley del “sálvese quien pueda”.
El rico de la parábola pidió a Abraham misericordia, cuando él mismo no supo practicarla. Por eso su petición no es aceptada. Sólo desde la práctica concreta de la solidaridad a todos los niveles: familiar, comunitaria, país, internacional, se puede recrear la esperanza de ir haciendo un mundo más humano, más equitativo.
- La religión al servicio de la vida
En la parábola de Lc 16,19-31 Jesús parece advertir a sus discípulos y discípulas de no seguir la conducta de los fariseos, que se llaman religiosos, mientras tanto utilizan la religión para enriquecerse. Por eso son definidos como amigos del dinero, que están convencidos de que las riquezas son un signo de la bendición de Dios, sin importar como éstas se adquieren.
La religión verdadera es aquella que puede ayudarnos a comprometernos con la defensa de la vida, aquella que se convierte en una fuerza ética en medio de una sociedad en donde el sistema social busca apoyo ideológico para intentar mantener lo que a todas luces es insostenible.
Las y los discípulos de Jesús estamos llamados y llamadas a hacer de nuestra experiencia religiosa un compromiso serio con la causa de la defensa de la vida amenazada; la vida de las personas, de los animales y de la naturaleza.
- Lucha permanente por superar el abismo social
El abismo o brecha de la que nos habla el texto, sigue siendo una realidad que cuestiona y que debe desafiar constantemente a las y los discípulos de Jesús. Es un hecho que el sistema social hace cada vez más grande la distancia entre los más ricos y los más pobres, entre los países del norte y los del Sur, entre los que tienen acceso a la tecnología y los que utilizan medios más primitivos.
Como cristianos y cristianas se nos pide una postura definida y consecuente ante esta realidad que nos cuestiona y nos desafía. En este sentido se hace necesario acompañar y apoyar al movimiento popular organizado, a los grupos y comunidades que siguen luchando para conseguir mejor condiciones de vida y para superar la exclusión a la que están sometidos los grupos marginados de nuestras sociedades.
Para concluir, podemos decir que el texto de Lc 16,19-31 mantiene toda su actualidad en nuestra realidad de hoy. La llamada urgente que Lucas quiso hacer a las y los cristianos de su época, para que no imitaran la conducta de los fariseos amantes del dinero, se convierte en una advertencia muy adecuada para la sociedad en que vivimos.
Como cristianos y cristianas no debemos olvidar de que, tarde o temprano, seremos evaluados por nuestro grado de compromiso y de solidaridad con los últimos de la sociedad: los hambrientos, los excluidos, los sin techo y sin acceso a la parte de los bienes que les toca por su condición de seres humanos (Cf. Mt 25,31-46).
Franklyn Pimentel Torres
Red E. Bíblica Dominicana
C/ Beller 1ª, Ciudad Nueva
Santo Domingo, Rep. Dominicana
ptfranklyn@yahoo.com.mx
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La calidad de los vestidos del hombre rico parece insinuar que llevaba vida de príncipe. La “púrpura” consistía en un manto de lana virgen teñido; es decir, coloreado con un tinte rojo extraído de la secreción de la planta del múrice, que se importaba de Fenicia. El “lino” se empleaba fundamentalmente para las prendas interiores confeccionadas con hilo; el producto era originario de Egipto. Ambos, por tanto, la púrpura y el lino, eran telas importadas que sólo usaban las clases más enriquecidas de la sociedad Palestina.
La terminología “seno de Abraham” puede referirse al puesto de honor en un banquete; es decir, el que se ofrecía a un invitado, a la derecha del anfitrión (cf. Jn 13,23), o puede tener connotaciones de intimidad, de asociación profunda (cf. Jn 1,18)
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