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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

EL SEÑOR REINARÁ ETERNAMENTE: UNA CONTESTACIÓN A LA TEOCRACIA SADOQUITA

Templo, sacerdote y poder en los salmos

Sandro Gallazzi

Resumen

Este ensayo surgió de una pregunta intrigante: ¿Está presente la teocracia sadoquita en el libro de los salmos? ¿Cómo aparece ella y es celebrada? ¿Cuáles son los signos de su presencia?
Concluimos que, en la colección final de los Salmos, no tenemos ninguna memoria de la teocracia sacerdotal sadoquita del segundo templo. El libro de los Salmos no incorporó esta experiencia religiosa, ni asumió la propuesta teocrática del poder religioso que dominaba desde Jerusalén.
Los sacerdotes de Jerusalén no pudieron interferir en la redacción final del libro de los Salmos. Los cinco libretos de oración que conforman esta colección no son libros del templo, son libros del pueblo: un pequeño Pentateuco popular, en el cual se conserva o se celebra la memoria del verdadero rostro de Dios, de su acción liberadora, de su pasión por su pueblo, por los pobres, por los últimos, por los justos que aman su ley y la ponen en práctica con todo el corazón.

Abstract
This study emerged from an intriguing question. Is the Sadoquite theocracy present in the Book of Psalms? How does it appear and how is it celebrated? What are the signs of its presence?  We conclude that in the final collection of the Psalms we don’t have any memory of the Sadoquite priestly theocracy of the Second Temple. The Book of Psalms did not incorporate this religious experience nor did it include the theocratic proposal of the religious power that dominated from Jerusalem.
The Jerusalem priests were not able to interfere in the final redaction of the Book of Psalms. The five prayer booklets that make up this collection are not temple books, they are the people’s books: a small popular Pentateuch which conserves and celebrates the memory of the true face of God, his liberating action, his passion for his people, for the poor, for the forgotten, for the just who love his law and put it into practice with all their heart.  
  

 

  1. Una cuestión intrigante

 Muchos biblistas, de muchas formas, estudiaron el tema de la realeza divina en el libro de los Salmos. Una realeza que se manifiesta directamente o a través del poder concedido al rey descendiente de David, celebrado como representante de Dios, o su “ungido”.
La introducción al libro de los Salmos de la Biblia Vozes, sintetiza así este tema:

Los Salmos de la Realeza, glorifican a los monarcas de la dinastía davídica, como representantes de Dios (2, 18, 20, 21, 45, 72, 89, 101, 110, 132 ). Los Salmos de la Realeza de Dios celebran la soberanía universal de Dios, como Rey por excelencia (47, 93, 96-99). Todos esos poemas traen el mensaje de esperanza, de plenitud: la venida del Mesías y del reino definitivo de Dios, y el florecimiento y hegemonía de Israel, con Jerusalén elevada a metrópoli ideal.

¿Qué decir de nuevo respecto a este tema ya tan estudiado?
Casi todos los estudiosos concuerdan en afirmar que los cánticos, himnos y súplicas, contenidos en el Salterio, surgieron, fueron retomados, releídos y hasta re-hechos, a lo largo de un milenio, desde la época de David hasta la época de los Macabeos.
Los salmos reflejan los acontecimientos de la historia, o el progreso de la revelación y de la fe de Israel. Son memoria viva de un diálogo milenario entre Dios y su pueblo: con él, los orantes se regocijan y se entristecen, recuerdan las promesas antiguas y alimentan sus esperanzas.
La historia del pueblo de Israel, con sus contradicciones, éxitos y catástrofes, se torna, así, oración, celebración de la fe, presente en la mirada de los salmistas que siempre buscan introducir las realidades de la vida en la perspectiva divina.
La teocracia forma parte de este mirar.
Teocracia que exalta el poder soberano y universal del Dios de Israel:
 “Yahveh reina, revistióse de majestad
 Revistióse Yahveh, se ciñó de fuerza.
 Fijó la tierra, no vacilará,
 Sí, firme es tu trono desde siempre
 Tú existes desde la eternidad” (Sl 93,1-2)
                 Teocracia que afirma el poder de los representantes de Dios en medio de los pueblos de Israel: el rey, el ungido, descendiente de David:
 “Encontré a David, mi siervo,
 Con mi santo óleo, lo ungí (...)
 Mi fidelidad y mi gracia están con él
 Y en mi nombre se levantará su poder (...)” (Sl 89, 20-30)

En este contexto, surge una pregunta interesante: más allá de la teocracia monárquica davídica, ¿está también presente, en el libro de los Salmos, la teocracia sacerdotal sadoquita? ¿Cómo aparece ella? ¿Cómo es celebrada? ¿Cuáles son los signos de su presencia, toda vez que imperó más de dos siglos, en las tierras de Judá, después del exilio de Babilonia?
La pregunta se hace importante porque, justamente en este período, el libro de los Salmos, tuvo su redacción final.
Los sacerdotes sadoquitas supieron intervenir, con mucha habilidad, en los textos finales del Pentateuco y, allí –de manera especial en la memoria del Sinaí y del desierto- ellos fijaron la legitimación de su proyecto teocrático.
El segundo templo recontó, también, las memorias de los reyes de Judá y, a través de la obra historiográfica del cronista, afirmó, todavía más, las bases ideológicas de la teocracia sacerdotal sobre Judá .
Es por eso que nos preguntamos: el libro de los Salmos, ¿sufrió también, esta “intervención” de parte de los sacerdotes del segundo templo? ¿La teocracia sadoquita está presente y legitimada en estas páginas que expresan la fe orante de los pueblos de Israel?

  1. El templo y el altar

El templo ocupa un lugar central en el libro de los Salmos. No podía ser de otra manera, visto que el templo –quizás sea mejor llamarlo de santuario - es uno de los lugares privilegiados de la peregrinación popular y espacio de encuentro entre Dios e Israel.
Todas las palabras de este campo semántico religioso, son usadas para hablar del templo de Jerusalén: casa, santuario, carpa, templo, habitación, morada del Altísimo...
Los atrios del templo, son celebrados como lugar del encuentro, lleno del deseo y del cariño con el Señor.

            ¡Cómo son amables tus moradas,
 Señor Todopoderoso! (84,2)
 Un día en tus atrios
 vale más que mil;
 Prefiero quedar en el umbral de la casa de mi Dios
 a hospedarme en las carpas de los impíos, (84,11)
 Señor, amo la casa donde resides
            y el lugar donde mora tu gloria. (26,8)

En ningún momento, sin embargo, los Salmos usan palabras típicas del segundo templo. Nunca aparece, por ejemplo, la expresión “santo de los santos” para indicar el centro santísimo de la presencia divina. Así como nunca se habla del intransferible “velo del templo”, tan rico en simbología para la teocracia sadoquita.
El altar, igualmente, tiene una presencia casi insignificante. Únicamente cinco citas mencionan directamente el altar ( 26,6; 43,4; 51,21; 84,4; 118,27 ). Demasiado pocas para una realidad que hacía del altar su centro económico. Esto vale, sobretodo, si tomamos en cuenta que el altar no es visto como lugar del sacrificio. La única vez en que el altar es asociado al sacrificio, es para decir que éste no será acepto:

                        no aceptarás los sacrificios prescritos:
                        holocaustos y ofrendas completas,
                        como tampoco novillos, inmolados sobre tu altar (51,21)

             Dos son los motivos que se repiten en los Salmos, cuando se habla de sacrificio.
             De un lado, se destaca el sacrificio de alegría y de alabanza, hecho en acción de gracias, por haber experimentado la acción liberadora de Dios.

                        Y entonces mi cabeza será exaltada
                        sobre los enemigos que me cercan.
                        En su carpa podré ofrecer
                        sacrificios de regocijo
                        y cantar un salmo al Señor (27,6)

            En este mismo sentido podemos leer, también, 54,8; 107,22; 116,17; 51,21;
            El otro motivo, muy querido para los profetas, reafirma la inutilidad de la celebración de los sacrificios, cuando éstos no son acompañados por la conversión del corazón.

                        Como sacrificio, ¡ofrece a Dios la confesión
                        y cumple tus votos frente al Altísimo! (50,14)
                        Me honra quien ofrece, como sacrificio, la acción de gracias,
                        preparando el camino, para que pueda mostrarle la salvación (50,23)
                        No quieres que te ofrezca un sacrificio,
                        ni aceptarías un holocausto (51,18)
En lugar de sacrificios, ¡oh Dios!, un espíritu contrito,
                        sí, un corazón contrito y humillado (61,19)
                        No quisiste sacrificio ni ofrenda,
                        pero me abriste los oídos;
                        no exigiste holocausto ni sacrificio por el pecado (40,7)

Esta última cita es la única que recuerda el sacrificio por el pecado y nos dice que Dios ¡nunca lo exigió!
El sacrificio por el pecado era un elemento central en la teocracia del segundo templo: era un instrumento privilegiado para garantizar la lógica de la retribución y el poder mediador de la sangre y del sacerdote, únicos elementos capaces de aferrar la ira del Altísimo y garantizar el perdón al pueblo.
Muchas y muchas veces, los salmos hablan de pecado, de arrepentimiento, de errores cometidos, pero nunca el sacrificio por el pecado es presentado como elemento litúrgico del perdón de Dios.
Las “cosas santísimas” –destinadas a la alimentación exclusiva de los sacerdotes sadoquitas del segundo templo- no tienen una presencia significativa en los Salmos. El sacrificio de reparación, ni siquiera es mencionado. El sacrificio por el pecado, como vimos, sólo aparece una vez y en un contexto de contestación. La oblación la encontramos solamente en 20,4 y 96,8. Y no debemos olvidar, una vez más, que la verdadera oblación es:
            ¡Como incienso sea presentada mi oración en tu presencia,
            sean como ofrenda vespertina, mis manos erguidas! (141,2)

Ni incluso el diezmo –destinado a alimentar a los levitas- merece ser recordado en los Salmos. En ningún momento se habla de él.

  1. Pureza y santidad

Esta observación nos lleva a otra, tal vez, más importante todavía.
El libro de los Salmos no conservó ni nos transmitió una religiosidad basada en la lógica discriminante de la pureza y de la impureza.
Es verdad que una de las tareas más importantes de los sacerdotes sadoquitas, según Ez 44,23, era la de
            “Enseñar a mi pueblo a distinguir entre lo sagrado y lo profano
             para que conozcan la diferencia entre impuro y puro”.
Pero, también es verdad que esta preocupación nunca se transparentó en el libro de los Salmos.
Palabras como santificar, ser santo, profano, impuro, impureza, tan centrales en la teología del segundo templo, parecen conceptos extraños a la experiencia religiosa que los Salmos nos comunican. ¡Ni siquiera son usadas!
Santo es siempre el Señor (22,4; 71,22; 78,41; 89,19; 99,3.5.9; 111,9). Son recordadas, también, las moradas santas del Altísimo (46,5); los santos, los consagrados al Señor (34,10; 89,6.8). Una vez se habla, también, de los santos dones del templo (65,5).
Solamente el salmo 106,16 llama a Moisés y a Aarón “santos de Yahveh”. Es éste el único versículo que podría ser usado para justificar un gobierno de santos, una teocracia. Es muy poco.
A su vez, el verbo profanar, sólo es usado para hablar de los que profanaron la alianza (55,21; 89,32.35.40) y el santuario (74,7; 79,1).
Y solamente en 51,9 encontramos el verbo quedar puro, limpio

         ¡Purifícame con el hisopo, y quedaré limpio!
         ¡Lávame, y quedaré más blanco que la nieve!

En lugar de puro , la palabra más antigua, más profética: bueno – tob ¡(54 veces)!
El verbo abominar y sus derivados, pasaron por el mismo proceso. Abominables, abominaciones, no son cosas y sí la persona sanguinaria (5,7); la mentira (119,163); el propio israelita y hasta el pueblo de Israel (88,9; 106,40; 107,18); las opciones de los insensatos (14,1; 53,2).
En los Salmos la pureza y la impureza no son “cosificadas”. Las cosas, los lugares, los animales, las comidas, los líquidos, que salen del cuerpo del hombre y de la mujer, los cadáveres, las dolencias...no son puros o impuros en sí. Ni por sí contaminan o santifican.
La dimensión ética, procedente de los profetas, se sobrepone a la dimensión mecánica de la legislación levítico-sacerdotal.
La conversión del corazón, las manos limpias, el corazón nuevo, son medios suficientes para alcanzar la vida y la santidad que viene de Dios.

  1. La sangre y el sacerdote

Por esto los salmos, no recuerdan, entre los objetos sagrados, el propiciatorio que, según el Pentateuco sacerdotal, debía cubrir y cerrar el arca de la alianza y que era el lugar del encuentro entre Dios y el sumo sacerdote (Ex 25,22).
En los Salmos el sacerdote nunca aparece ejerciendo su papel propiciatorio, de intermediario necesario para expiar los pecados del pueblo. Y la sangre nunca es recordada como elemento de expiación, que le consignó el Levítico:

Y esta sangre yo se la tengo dada para realizar el rito de la expiación sobre el altar, por sus vidas; porque es la sangre que hace expiación por la vida (Lv 17,11).

La sangre estaba en el centro cultual de las celebraciones del segundo templo. Era la sangre del animal, en trueque de nuestra sangre. Satisfecho con la sangre de los animales inmolados, Dios no iba ya a querer nuestra sangre. El sacerdote, al ofrecer la sangre de un carnero, “controlaba” el terrible poder justiciero de Dios.
¡Así funcionaba y era proyectada hacia dentro la teocracia judaica del siglo cuarto antes de Cristo!
Nada de esto está presente en los Salmos. De nuevo: la única vez en que la sangre es asociada a los sacrificios, es para cuestionar su importancia:

         ¿Acaso he de comer carne de toros
         y beber sangre de machos cabríos?
         Como sacrificio, ofrece a Dios la confesión
         y ¡cumple tus votos frente al Altísimo! (50,13-14)

¡Votos en lugar de sacrificios, compromisos en lugar de ritos sangrientos!
La purificación, entonces, no pasa por gestos mágicos o ritualistas. La purificación debe alcanzar el cambio de corazón y se manifestará en la reconstrucción de la vida recuperada en todas sus dimensiones.
             No necesitamos de mediaciones para poder llegar a ser purificados, a ser partícipes de esta santidad.

                        El hombre no puede rescatar a nadie,
                        ni pagar a Dios la propia redención
                        tiene un precio tan alto el rescate de una vida,
                        que se debe desistir de ella para siempre,
                        a fin de que pueda vivir perpetuamente
                        sin ver jamás la fosa (49,8-10)

             El perdón es señal y fruto del amor gratuito de Dios, fiel a su nombre de salvador

                        Tú, sin embargo, perdonas nuestros pecados (65,4)
                        Él, con todo, misericordioso,
                        perdonaba la culpa y no nos destruía;
                        muchas veces contuvo su cólera
                        y no consintió todo su furor (78,38)
                        ¡Ayúdanos, oh Dios nuestro salvador,
por la gloria de tu nombre!
                        ¡Líbranos y perdona nuestros pecados,
                        por la honra de tu nombre! (79,9)

             He aquí por qué en el libro de los Salmos, los sacerdotes tienen, también, un papel reducido. Muy pocas veces son mencionados. Nunca los levitas, tan importantes en la liturgia del segundo templo . Esta constatación es todavía más interesante, después de ver que la autoría de varios salmos fue atribuida a levitas como Asaf, los hijos de Coré, Emâ, Etâ, Idutun.
             La única función litúrgica que es concedida a los sacerdotes, es la de invocar a Yahveh:
           
                        Moisés y Aarón estaban entre sus sacerdotes,
                        y Samuel entre los que invocaban su nombre;
                        invocaban al Señor,
                        y él les respondía (99,6)

             Nada más.
             Es la memoria del papel sacerdotal de los antiguos: Moisés, Aarón y Samuel: los que vinieron antes de la construcción del templo de Jerusalén y del culto estatal en él celebrado. Fineés será mencionado (106,30). Sadoc no tiene lugar en esta casa .
             Ni siquiera es nombrado el sumo sacerdote, detentor supremo del poder en la teocracia sadoquita del segundo templo.
             Ningún recuerdo de las ricas ropas sacerdotales, llenas de simbolismos. No se habla del efod, del pectoral, del turbante, de la tiara, del manto, de la túnica, del cinto de la diadema...Nada. Por el contrario, las vestiduras sacerdotales van a servir como metáfora ética:

                        Tus sacerdotes estén revestidos de justicia,
                        ¡ y tus fieles exulten de júbilo!
                        Revestiré de salvación a sus sacerdotes,
                        y sus fieles exultarán de alegría (132,9.16)
           
             El único versículo que pudiera tener un significado teocrático, lo encontramos en 110,4:

                        El Señor lo juró,
                        y no se arrepentirá:
             “Tu eres sacerdote para siempre,
             como Melquisedec”.

             Siempre que este versículo no esté refiriéndose, como afirman muchos biblistas, al rey mesiánico davídico, visto, también, en su papel sacerdotal .

            e. ¿Libro de religiosidad popular ?

Me parece, pues, decisivo, concluir que en la colección final de los Salmos no tenemos memoria alguna de la teocracia sacerdotal sadoquita. que llegó al poder en Judá, después de las misiones de Esdras y Nehemías.
Los libros de los Salmos –manifestación sublime de la religiosidad de Israel- no incorporó la experiencia religiosa oficial de Judá del segundo templo, ni asumió la propuesta teocrática del poder religioso que dominaba, desde Jerusalén.
Podemos decir que, en cierta manera, la cuestionó, la rechazó y -¿por qué no?.
Los sacerdotes de Jerusalén –que fueron capaces de incorporar largos textos al Pentateuco, que lograron recontar toda la historia de los reyes, para legitimar su propuesta de gobierno teocrático- no pudieron interferir en la redacción final del libro de los Salmos, en las diversas y múltiples celebraciones del encuentro de Dios con su pueblo.
Los cinco libretos de oración que conforman esta colección, no son libros del templo, son libros del pueblo: un pequeño Pentateuco popular, en el cual se conserva y se celebra la memoria del verdadero rostro de Dios, de su acción liberadora, de su pasión por su pueblo, por los pobres, por los últimos, por los justos que aman su ley y la ponen en práctica con todo el corazón.
Justamente, porque el pueblo acostumbraba a cantar, rezar, suplicar con estas palabras, nadie, ni siquiera el sumo sacerdote, tuvo la fuerza de cambiar, de torcer, de intervenir en este pequeño patrimonio, que el pueblo tenía decorado y que guardaba con todo cuidado en su corazón.
Los profetas cantaron estas oraciones, los sabios participaron de esta minga, los reyes dejaron sus huellas, los piadosos marcaron presencia, pero, sobretodo, los pobres, los últimos, los sufrientes, a través de estas páginas, gritaron su fe, en el Dios aliado y solidario con todos los desvalidos de la tierra.
                       
                        Feliz a quien socorre el Dios de Jacob,
                        quien espera en el Señor su Dios,
                        que hizo el cielo y la tierra,
                        el mar y todo cuanto contiene,
                        que guarda fidelidad por siempre,
                        que hace justicia a los oprimidos,
                        ¡que da pan a los hambrientos!
                        El Señor libera a los prisioneros,
                        el Señor abre los ojos a los ciegos,
                        el Señor endereza a los encorvados,
                        el Señor ama a los justos,
                        el Señor protege a los forasteros,
                        ampara al huérfano y a la viuda,
                        pero trastorna el camino de los impíos.
                        El Señor reinará eternamente;
                        tu Dios, Sión, de generación en generación.
                        ¡Aleluya! (146,5-10)
 
La teocracia, el poder de Dios, el reino eterno de Dios, todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, no se manifiesta en la fuerza de los tronos, de los palacios y de los ejércitos, ni en la soberbia ostentación de los templos, sino en su fidelidad a los pequeños.
Es la misma fe, la misma memoria celebradas en los libros de la casa, en el libro de las mujeres: Cantar de los Cantares, Ester, Rut, Cohelet, Lamentaciones, los meguilot, otro pentateuco litúrgico por excelencia, guiones celebrativos de las grandes fiestas de Israel y que, por eso, como los Salmos, se impusieron y ocuparon un espacio incuestionable
en la biblioteca sagrada de las comunidades.
             
             Éste es el reino que Jesús proclamó en la ribera del mar de Galilea, en las tierras de las naciones: reino de los pobres en el espíritu, reino de los perseguidos por causa de la justicia, reino del pequeño rebaño; sin tronos, sin altares, sin sumos sacerdotes.
             Un reino que será más visible, solamente cuando hayamos acabado con todos los tipos de teocracias. Nadie gobierna en el nombre y en el lugar de Dios. ¡Ni siquiera un ángel!
Todos somos siervos.

“He aquí que vengo en breve. Feliz aquel que guarda las palabras de la profecía de este libro”. Yo, Juan, oí y vi estas cosas. Cuando las oí y vi, caí de rodillas para postrarme a los pies del ángel que las mostraba. Pero él me dijo: “No lo hagas, pues soy siervo como tú y tus hermanos, los profetas, y los que guardan las palabras de este libro. Adora sólo a Dios” (Apoc 22,7-9).

 Sandro Gallazzi
Cx.p. 12
68906-970 Macapá (AP)
Brasil


A pesar de esta concordancia general al respecto de la formación del libro, no hay, por lo demás, unanimidad sobre la fecha de cada salmo, tomado separadamente.

Ver GALLAZZI, Sandro. A teocracia sadoquita: sua história e ideologia. Macapá, 2002, 265p.

Es así que los Salmos acostumbran llamarlo (qodesh – 47v.) o, también, simplemente, casa.

Una sola vez aparece la palabra “debir”, pero en el sentido más amplio de templo:
 ¡Escucha mi voz suplicante, cuando te pido auxilio,
 Cuando levanto las manos hacia tu santo tabernáculo! (28,2)

Algunos textos usan la palabra puro más por un derivado del verbo barar que no es de origen sacerdotal (18,21.25; 19,9;24,4; 73,1 etc) ni nunca es usado en textos sacerdotales. Se trata de una pureza que viene de un lavado hecho con fuerza. La misma palabra que significa pureza, significa, también, lejía.

En 135,20 se habla de la “casa de Leví” y en 115,10.12; 118,31; 135,19 se habla de la “casa de Aarón” siempre con el papel de bendecir y alabar y siempre asociados al resto de las “casas” de Israel.

Además de esto, sólo un recuerdo de los sacerdotes de Silo que, castigados por Dios, cayeron bajo la espada dando lugar a la elección de Judá y de Sión (78,64).

No voy a profundizar ahora, pero tengo la sensación de que la teocracia davídica sólo quedó en los salmos, porque el tiempo se encargó de sublimarla en un mesianismo popular.

 

 

 
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