
MARIA: LA MUJER, LA HORA Y LA GLORIA
SANDRO GALLAZZI
Resumen
El Evangelio de Juan es fruto del conflicto entre dos proyectos antagónicos de Iglesia, presentes en las comunidades a finales del siglo primero. En este contexto polémico es posible trabajar las memorias que la comunidad de Juan guardó de la madre de Jesús, como personaje colectivo, representante de una iglesia de servicio.
Abstract
The Gospel of John is the fruit of conflict between two opposed church projects which are present in the communities at the end of the First Century. In this polemical context it is possible to work with the memories which the community of John kept regarding Jesus’ mother as a collective personality which represents the church of service.
Mucho se ha hablado respecto a las razones que llevaron a la redacción del evangelio de Juan: ¿Cuáles son los conflictos a los que el texto responde? ¿Cuáles son los problemas presentes en la comunidad? ¿Cómo es esta comunidad?
Se habla de agnósticos, bautistas, fariseos, del judaísmo oficial de Jamnia by de varias otras cuestiones que, con certeza, estaban presentes a la comunidad joánica.
Me gustaría destacar una perspectiva: El evangelio de Juan es fruto del conflicto entre dos proyectos antagónicos de Iglesia, presentes en las comunidades de finales del siglo primero. Respecto a este tema ya escribí antes .
Por un lado, una iglesia claramente jerárquica y no igualitaria: obispos, presbíteros y diáconos son ya tareas constituidas dentro de la comunidad y su función principal es la de “gobierno”. Por otro lado, una iglesia de servicio, que lava los pies, la iglesia del pastor que preside y da su vida y no la del pastor que gobierna y manda.
La una es la iglesia cuya primera preocupación es la “defensa de la doctrina” contra los abusos y eventuales herejías que podían surgir. La otra es la iglesia en la que la verdad debe ser construida, vivida y realizada.
La una es la Iglesia en la que el espacio de las mujeres queda fijado: la mujer está marcada por la subordinación al hombre y por estar destinada a la procreación; una iglesia donde nuevos señores van a ocupar el lugar de representantes del Señor: autoridades civiles y religiosas, ¡patrones y maridos¡ La otra es la iglesia donde la mujer es colocada frente a la comunidad como ejemplo de profecía, de discipulado, de apostolado.
En el evangelio de Juan, siete veces se hace memoria de una mujer: su madre María hace avenir la “hora” del inicio y fin de la misión de Jesús; en las bodas de Caná y a sus pies en la cruz; la samaritana profetiza y anuncia al Mesías por primera vez; la adúltera nos enseña que la casa de Dios es para los pecadores y no para los justos; Marta –y no Pedro– proclama la fe en Cristo, hijo de Dios vivo; María de Betania unge la cabeza de Jesús; y la Magdalena recibe la misión de anunciar lo central de la fe joánica: “El Dios de Jesús es nuestro Dios, el Padre de Jesús es nuestro Padre”.
La “mujer” y la “hora”
En este contexto polémico que es que pretendo trabajar las memorias que la comunidad de Juan guardó de la madre de Jesús.
Es bueno recordar que, por lo que respecta al evangelio de Juan, no conocemos el nombre de la madre de Jesús. En los dos episodios que hablan de ella, es llamada “madre” por el redactor del evangelio, y “mujer por el propio Jesús.
Esto ya nos dice el espacio que va a ocupar María en el evangelio: ella no es una persona que vaya a ser identificada, definida y delimitada por un nombre propio; De cierta manera, ella es una persona colectiva, es la madre, es la mujer en sus relaciones con Jesús y con la comunidad del discípulo amado.
Hay otro detalle que va a servir de clave de lectura: los dos episodios que hablan de María están marcados por el uso de la palabra “hora” que en Juan tiene un significado teológico y simbólico específico. La “hora” es el momento propicio, el momento final, el momento esperado, el momento en que se consolida el proceso de salvación. Es el momento definido por la presencia y, sobre todo, por la muerte de Jesús, cuando su destrucción aparente es leída por Juan como una señal de glorificación del Padre al Hijo, la hora de la institución definitiva de su Reino.
Jesús, elevando los ojos al cielo, dijo: “Padre, llegó la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique (Jn 17,11).
Y es justamente cuando celebra la memoria de María que Juan usa la palabra “hora”, al inicio y al final, como para anunciar el inicio y la definitiva consolidación. María es, de esta manera, la mujer de la “hora”. La “mujer” que hace que la “hora” para Jesús se haga realidad, es la “mujer” que vivencia y genera el acontecimiento clave para el discípulo amado, cuando ella lo “recibe” como don del amor de Dios y como fruto de la entrega del Hijo Jesús.
La señal de las bodas
Jesús hizo esta primera señal en Caná de Galilea y así manifestó su gloria y los discípulos creyeron en Él (Jn 2,11).
La primera de las señales, el inicio de la manifestación de la gloria se da en Caná, pequeña aldea de Galilea, a menos de 10 kilómetros de Nazaret, durante una fiesta de bodas en la cual se encontraba la madre de Jesús.
Probablemente ella llegó primera para ayudar en la organización de la fiesta; Jesús llegó después: Él está entre los invitados, junto a sus discípulos. Él viene a sentarse a la mesa, la madre ya había llegado antes, para servir y colaborar.
Algunos pequeños detalles nos ayudan a colocar el episodio en su contexto simbólico. La señal acontece en el “tercer día”; es al tercer cuando acontece lo nuevo. Sin embargo y al mismo tiempo podemos darnos cuenta que este día es el séptimo, el último de una semana que Juan inicia en Betania, a la orilla del Jordán, donde Juan bautizaba (Jn 1,28). La semana que va a llevar a la primera de las señales se encuentra marcada rítmicamente: “al día siguiente...” (Jn 1,29.35.43).
El séptimo día, memorial de la victoria definitiva de Dios Creador, es la génesis, el origen, el principio de la manifestación gloriosa de Jesús. Es interesante notar que el radical hebreo y arameo qanah (de donde puede derivar el nombre de la aldea) puede significar comprar, rescatar (Lv 25,50), pero también puede significar crear (Gn 14,19.22). Me quedo con este último significado, porque me parece más sugestivo. Lo nuevo va a ocurrir.
Otro detalle es el vino. El versículo tres gira alrededor del vino, como si el vino fuera el elemento central de la fiesta. Los ojos de la madre exageran la falta de éste. La boda con vino tiene una dimensión simbólica de banquete mesiánico:
Yavé Todopoderoso prepara
una montaña para los pobres,
un banquete de vinos buenos;
alimentos jugosos y suculentos
vinos buenos y depurados (Is 25,6).
La falta de vino presagia destrucción, tristeza, abandono:
Se grita por vinos en los caminos,
toda alegría desaparece,
el júbilo es barrido de la tierra (Is 24,11).
El contexto salvífico en el que debemos leer este pasaje es evidente.
¡No es evidente sólo para Jesús! “¿Y qué con eso, mujer? ¡Mi hora aún no ha llegado!”
Es fácil decir que Jesús estaba poniendo a prueba la fe de su propia madre. Fácil y, sobre todo, inofensivo para Jesús, que saldría así bien parado. Pero es más honesto decir que Jesús no estaba muy preocupado con el éxito de la fiesta. La preocupación, sí, estaba relacionada con la llegada de “mi hora”. Él y su misión eran el centro de su interés.
¿Qué era lo que Jesús esperaba?
A lo largo de aquella semana, Juan “vio” al Espíritu descender y permanecer en Jesús (1,32); “vio” que Jesús era el elegido de Dios (1,34); “vio” al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (1,29.36). Los discípulos “vieron” el lugar donde Jesús vivía (1,39); Andrés “vio” al Mesías; Felipe “vio” a aquel que fue anunciado por Moisés y los profetas (1,45). Por su parte, Jesús “vio” a Simón y lo llamó Cefas (1,42); “vio” al desconfiado Natanael de Caná debajo de una higuera y lo reconoció como verdadero israelita (1,47-49); Natanael sabe que Jesús es el Maestro, el Hijo de Dios y el Rey de Israel (1,49). Todos, por fin, “verán” los ángeles de Dios, bajando y subiendo sobre el Hijo del hombre (1,51).
En pocos gestos y momentos, todos “vieron” lo que debía ser visto y conocieron lo que debía ser conocido de Jesús. Y todo esto, incluso antes de que hubiera hecho alguna señal.
En pocos versículos Juan nos da un curso completo de su cristología. Esto vale, sobre todo, cuando lo juntamos con los magníficos versículos del prólogo (Jn 1,1-19) .
¡Sólo María, sin embargo, “ve” que está haciendo falta el vino!
Son dos iglesias: una que mira a Jesús y otra que se preocupa por lo que falta en la cocina y en la mesa de los demás.
El Mesías, el Hijo del Hombre, el maestro, el hijo de Dios, el rey de Israel, el anunciado por Moisés y por los profetas, el cordero de Dios, el elegido de Dios, sobre quien descendió ya el Espíritu Santo, sin embargo, ¡todavía está esperando la llegada de la hora¡ ¡En pleno séptimo día!
La mujer provoca, llama a la “excentricidad”, convida para que el otro sea el centro de las atenciones de Jesús. El centro no es “mí” hora, sino la hora concreta actual, de quien necesita del vino para alegrar a los invitados.
Lo que determina la llegada de la hora es la necesidad del otro. No es necesario esperar ningún mesianismo escatológico o apocalíptico. Como mujer, ella sabe que “hoy”, “ahora”, “yo” debo hacer algo .
Hagan todo lo que Él les diga (2,5)
Las mismas palabras que el faraón dijo al pueblo egipcio con respecto a José (Gn 41,55), sólo que allá, el faraón se aprovechó del hambre del pueblo para aumentar sus palacios y concentrar tierra y poder. Aquí, se trata de la preocupación por el vino en la mesa de los convidados.
Concentrar o repartir: esa es la alternativa.
Autoridad de madre, autoridad de mujer que ve que el vino hace falta y sabe que Jesús no va a dejar de hacer algo. Es así como las tinajas se llenan de agua y el agua en vino nuevo, el mejor.
Purificación para la fiesta, alegría para todos. Se sustituye el sentido de los objetos rituales. Ocurre, de cierta manera, lo que había ocurrido con Juan: el bautismo en el agua es transformado en bautismo por el Espíritu Santo (1,33). El gesto de purificación es sustituido por la vida nueva en el Espíritu. Así mismo, las tinajas de purificación contienen ahora un vino mejor.
Los elogios fijan todo hacia lo nuevo. Ni Jesús, ni su madre van a recoger los agradecimientos y reconocimientos. Nadie puede explicarse lo que ocurrió. Sólo los empleados son conocedores de dicha transformación (2,9).
Jesús y la mujer, su madre, quedan satisfechos con la alegría de la fiesta, de los novios y de los invitados. Fueron cerca de 600 litros: ¡Una gran fiesta!
La mujer engendró el principio, el origen de las señales y de la gloria. Es sólo el principio, por cuanto el grupo que cree que la “hora” ya comenzó es un grupo pequeño: Jesús, su madre, sus hermanos y sus discípulos. Ellos, por algunos días, están juntos en Cafarnaún.
La señal de la cruz
La “hora” esperada llegó. El Hijo va a glorificar al Padre y el Padre va a glorificar al Hijo (12,23; 17,11): es la hora de la entrega consciente (12,27), la hora de la nueva Pascua, la hora de la señal del amor mayor.
Antes de la fiesta de Pascua, Jesús, sabiendo que había llegado para el la hora de pasar de este mundo para ir al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin (13,1).
Esta es la hora en que Juan va a volver a hablar de la madre-mujer, que sólo ha sido recordada en 6,42 por parte de los judíos que, conociendo al padre y a la madre de Jesús, no entendían cómo podía Él decir que había descendido de los cielos.
El rey está en su trono, no un trono de poder y de magnificencia, sino una cruz sufrida y humillante, pero que es el lugar del rey de los judíos, proclamado así por el poder romano, en todas las lenguas que había en la tierra: hebreo, latín y griego (19,19-22).
A los pies de la cruz, la madre, y con ella otras dos Marías.
Con la llegada de la “hora” de Jesús va a aparecer más de un testigo: se trata de del “discípulo a quien Jesús más amaba”. Él aparece por primera vez en la mesa, durante la última cena (13,22) y ahora lo encontramos al pie de la cruz. Lo encontramos como testigo del sepulcro vacío del resucitado (20,2-8) y en el mar de Galilea, anunciando a Simón que es el Señor (21,7).
El discípulo amado es el testigo atento de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Nunca es identificado por su nombre, es una persona colectiva, así como lo es la madre-mujer. El discípulo que Jesús amaba es la comunidad que testimonia y celebra los momentos más importantes de la “hora de la glorificación” de Jesús, ahora. Jesús ve a la mujer y al discípulo. Ellos necesitan unirse y recibirse uno al otro.
“Este es tu hijo”... “esta es tu madre”.
Más tarde, después de la resurrección, Jesús va a pedirle a la Magdalena que anuncie a los “hermanos” lo central del evangelio:
Anda donde mis hermanos y diles: “Subo donde mi Padre que es vuestro Padre, donde mi Dios que es vuestro Dios” (20,17).
El Padre de Jesús es el Padre de los hermanos, el Dios de Jesús es el Dios de los hermanos. La resurrección hizo posible la concretización de lo que fue proclamado desde el primer capítulo del Evangelio:
A todos los que lo reciban, a los que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios; éstos no nacerán de la sangre, ni de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios (1,12-13).
Sin embargo, antes de que sepamos que el Padre de Jesús es el Padre de los hermanos, el crucificado nos ha anunciado que la madre de Jesús es la madre de los hermanos, de los discípulos amados. Esta es la buena noticia anunciada en la cruz, proclamada como fruto y señal de donación total, de amor infinito de quien da la vida por la persona que ama. La vida y la madre-mujer, la generadora de vida.
Y después de aquella hora, el discípulo se la llevó a su casa (19,27).
La hora de Jesús va a generar la “hora” del discípulo amado: una nueva casa se ha constituido. La madre-mujer que estuvo al inicio de la hora de Jesús, va a estar también en la hora del discípulo; va a hacer posible la hora del discípulo como antes hizo posible la hora de Jesús.
Después de Caná, Jesús, la madre, los hermanos y los discípulos se encontrarán unidos en Cafarnaún. Ahora, a los pies de la cruz, queda sellado un pacto, firmado con la sangre del Hijo. La casa del discípulo será, para siempre, la casa de la madre-mujer. La última voluntad del crucificado es que la Iglesia permanezca unida alrededor de una misma madre, así como lo va a estar de un mismo Padre.
Hermanos no sólo porque tenemos el mismo Padre, sino también hermanos porque tenemos la misma madre.
Hermanos porque tenemos el mismo Espíritu.
Ahora que su hora –aquella que se inició en Caná– se está completando, quien tiene sed es Jesús (19,28). No tiene sed de vino, ni de agua; en lugar de un vino mejor, a Él se le ofrece vinagre.
Cuando recibió el vinagre, Jesús dijo: ‘se acabó’, e inclinando la cabeza entregó su espíritu (19,30).
Ninguna señal se va a realizar ahora. El vinagre queda como vinagre mismo. A cambio Jesús nos entrega su espíritu, o mejor, nos entrega el Espíritu.
A partir de esta hora será conocido. Nosotros debemos continuar siendo testigos de Jesús, glorificando al Padre en nuestras vidas, sabiendo, junto a la madre-mujer, que nuestra hora acaba de empezar.
No hay que adelantarse a creer en falsos mesianismos, ni adelantarse a alimentar utopías vanas; tampoco sirve esperar por horas que nunca llegan.
Quien sabe la hora, no espera acontecimientos (Geraldo Vandré).
Se trata sólo de mirar con cariño las mesas de los hermanos, ver que es lo que falta sobre ellas y hacer todo lo que Él nos dice para que todos sean saciados en su hambre y sed de justicia.
Desde ya y para siempre, hasta que nuestra propia hora se haga una realidad. Y entonces no será necesaria nunca más una cruz. ¡Nunca más!.
María, la madre-mujer, nuestra madre-mujer, todas las madres-mujeres siempre estarán allá, conocidas, antes que nosotros.
Sandro Gallazzi
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Sandro Gallazzi, “Da autoridade para a hierarquia”, RIBLA 42/43 (2002) 12-14.
Es interesante notar que Juan no dice directamente que Jesús fue bautizado por Juan bautista, más aún, sorprende que hable de Jesús como un bautizador (3,22).
Esta es una afirmación que estamos haciendo desde hace tiempo. Cuando hablamos de los diferentes mesianismos decimos, que tal vez nunca antes una mujer se pudo encuadrar en los esquemas mesiánicos existentes, ligados siempre a figuras masculinas –el rey, sacerdote o profeta que fuera el mesías soñado–. Las mujeres afirmarán su protagonismo directo como “restauradoras de shalom”. El grito y la fe en la acción de las mujeres, desde aquel momento antiguo de lucha contra Sísara, cuando Débora, la madre de Israel, tomó su decisión: “yo iré contigo” (Jue 4,9). La mujer no esperó que otro salve hoy o mañana. Ella asume, en primera persona, la causa de la liberación. Como Débora, también Rut dice: “donde tú vayas, también iré yo...” (Rut 1,16). Como Rut, también Ester afirma: “Yo iré también con el rey, a pesar de la ley, y si es preciso morir, moriré” (Est 4,16). Como Ester, Judit también dice: “voy a hacer algo que será recordado de generación en generación... ¡El Señor por mi mano visitará a Israel! (Jud 8,32). Como Judit, también María: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).
La esperanza de shalom de la mujer no está depositada en unos sacrificios reparadores en el Templo, realizados por un sacerdote ungido (mesías), ni en los sueños de otro ungido (mesías), perfecto, que vendrá mañana a traernos la salvación. Ni en otro, ni en el mañana. Hoy, yo voy a hacer algo.
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