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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

¡Otro imaginario es posible!

Sandro Gallazzi

 

Resumen
En este ensayo no nos preocuparemos de estudiar los conflictos históricos entre Israel y los imperios, cuya memoria se conserva en los libros proféticos. Trabajaremos sobre el choque ideológico, sobre la construcción de una ‘contra-ideología’ de la resistencia que se consolidó, precisamente, cuando el imperio persa y, después, el griego aparecieron con pretensiones de unicidad, de universalidad y, por eso, de divinidad. El imaginario popular profético enfrenta el desafío, ya no más a través de oráculos cargados de denuncias y de invectivas, sino con la novela, con el teatro, con la narrativa alegórica: un lenguaje que, por su propio género, aparentemente sin pretensiones y a-histórico, acaba por convertirse en universal y abarcante de toda la historia, de todas las personas. Es el lenguaje más apropiado para el choque ideológico.

Abstract
In this essay we won't study the historical conflicts among Israel and the empires whose memory is conserved in the prophetic books. We will work on the ideological crash, on the construction of a 'contra-ideology' of the resistance that consolidated, exactly, when the Persian empire and, later, the Greek empire appeared with pretensions of unicity, of universality and, for that reason, of divinity. The popular prophetic imaginary faces the challenge, no longer more through oracles loaded with accusations and of invectives, but with the novel, with the theater, with the allegorical narrative: a language that, for their own gender, supposedly without pretensions and a-historical, ends up to become universal that includes the whole history and all the people. It is the most appropriate language for the ideological crash.

 

El imperio está siempre presente en las páginas bíblicas, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Podríamos decir que toda la memoria bíblica está construida a partir de las relaciones de Israel con los varios imperios que ejercieron su hegemonía, antes, en las tierras del creciente fértil y, después, en la región mediterránea.

Guerras, alianzas, disputas comerciales, choques ideológicos... son conflictos que marcan no sólo la historia, sino también la teología de los pueblos de Israel.

El conflicto con el imperio es el ‘lugar teológico’ que nos hace conocer quién es nuestro Dios: “Así sabréis que yo soy Yahweh vuestro Dios, que os saca del trabajo impuesto por los egipcios” (Ex 6,7).

Fue así que la fe profética identificó el “conocimiento” de Yahweh. El ’El de Abraham, Isaac y Jacob pasa a ser conocido como Yahweh en la confrontación con Egipto y con los reyes de Canaán.

El conflicto con el imperio nos hace conocer quién es nuestro Dios, de qué lado de la historia está él y lo que él quiere y hace con nosotros:
“Yo os tomaré como mi pueblo, y seré vuestro Dios” (Êx 6,7).

Somos el “pueblo de Dios”, el pueblo que no puede tener dos señores, que no puede arrodillarse delante de ningún otro señor, ni en el cielo ni en la tierra.

Yahweh y el imperio no pueden convivir.

Éste es el mensaje final, la profecía definitiva del Apocalipsis que ve descender del cielo la Nueva Jerusalén - de dimensiones impresionantes , con un área de casi 5 millones de km2 - para cubrir todo el imperio romano, de Roma hasta Jerusalén y del  Sudán, hasta la Tracia.

En este ensayo, sin embargo, no nos preocuparemos de estudiar los conflictos históricos entre Israel y los imperios, cuya memoria es conservada en los libros proféticos, sea en las páginas narrativas de los profetas anteriores, como en los oráculos contra las naciones de los profetas posteriores.

Trabajaremos sobre el choque ideológico, sobre la construcción de una “contra-ideología” de la resistencia que se consolidó, justamente, cuando el imperio persa y, después, el griego aparecieron con pretensiones de unicidad, de universalidad y, por eso, de divinidad.

El imaginario popular profético enfrenta el desafío ya no más a través de oráculos cargados de denuncias y de amenazas, sino con la novela, con el teatro, con la narrativa alegórica: un lenguaje que, por su propio género, aparentemente sin pretensiones y a-histórico, acaba por convertirse en universal y abarcante de toda la historia, de todas las personas. Es el lenguaje más apropiado para el choque ideológico.

El libro de Ester

“Aconteció en los días de Asuero", así comienza esta narración. Asuero es rey, un gran rey, llamado "Rey de los Reyes" por los pueblos dominados por él. Rey de un imperio gigantesco.

La palabra "rey" está presente en todos los capítulos y en casi todos los versículos de la narración. Es una historia que se desarrolla casi siempre en el palacio de este rey, en la "ciudadela de Susa”, una de las tres capitales del imperio de los persas. 127 provincias viven bajo el dominio de este rey, le deben garantizar lealtad política y, sobre todo, pagar pesados tributos para pagar los gastos de su casa y de sus guerras.

Asuero está sentado ensu trono real. Nada parece sacudir la firmeza y la seguridad de su dominio.

Así comienza la novela, comienza con un gran banquete.

Además, todo lo que hace este gran emperador es banquetear. No se habla de las guerras que él enfrentó contra  Grecia, ni de sus conquistas y derrotas, cosas éstas mucho más determinantes en la historia de los grandes. Todo lo que el rey hace aquí, es el "banquete". Un banquete, símbolo de su poder triunfante; un banquete que Asuero preside, compitiendo simbólicamente con Dios.

Los convidados son todos los poderosos que, como el rey, controlan el imperio y viabilizan concretamente la dominación.

Ellos son llamados a ver y conocer la riqueza del rey, la gloria de su reino y el esplendor de su grandeza, y eso, durante seis meses.

El banquete tiene su origen, su centro y su fin en la persona del rey y no en su poder.

Son claros los objetivos ideológicos de este banquete. No es un compartir comunitario, sino un mostrar la fuerza invencible del dominador.

Después hay un segundo banquete que dura siete días y que es para todo el pueblo. El palacio está momentáneamente abierto al pueblo. Allí todos van a experimentar la "generosidad" del rey.

En medio de un lujo increíble el pueblo puede beber a voluntad el vino del rey. Este es el “decreto” del emperador.

En la abundancia, en la generosidad y en el "decreto", el rey se procura sustituir a Dios. El rey se hace igual a Dios, para hacer olvidar al pueblo que todo el lujo, el oro, la plata, el marfil, los tejidos finísimos, inclusive  el vino abundante, de que el pueblo va a gozar por una semana, son frutos de la expoliación sistemática, que empobrece y oprime a los pobres durante las demás 51 semanas del año.

La situación es irónica: el rey "decreta" que, por una semana, el pueblo haga su propia voluntad (1,8). En el resto del tiempo el pueblo tendrá que hacer lo que el rey quiere. Siempre.

Esta primera cena se concluye con un tercer banquete: es el banquete de la reina, reservado a las mujeres.

Al contrario del banquete de Dios, único y para todos, aquí tenemos tres banquetes, en la misma casa del rey, para tres grupos diferentes: uno para los grandes, uno para el pueblo, otro para las mujeres.

Es la característica de la dominación: dividir el pueblo, no mezclar las clases. El banquete de la opresión es el símbolo del anti-reino, de la blasfemia contra Dios y su proyecto.

Todo estaba organizado perfectamente. Los banquetes estaban consiguiendo el objetivo: mostrar el poder del rey.

Hasta el séptimo día.

En la memoria del israelita el séptimo día era el día en que el Dios creador, victorioso sobre tinieblas, desiertos y abismos, podía descansar, seguro de su verdadero poder, en la certeza de haber hecho todo bien (Gn 2,1-3).

Ahora, es justamente en el séptimo día, en el último día de la fiesta, que el poder de Asuero va a ser amenazado, cuestionado, ridiculizado.

El rey, bebido, después de mostrar toda su fuerza y riqueza, insiste en mostrar uno más de sus tesoros: la belleza de su mujer. No la mujer, sino la "belleza" de ella.

La mujer, un objeto más que pertenece al rey y que él quiere mostrar a todo el pueblo.

Vasti, la reina, "desobedece", enfrenta al poderoso, destruye el banquete, la fiesta y la imagen que el rey quería proyectar (1,12). Ella no acepta la orden del rey, orden pública y testimoniada por todos: es crimen gravísimo de lesa majestad.

Los 187 días de fiesta y de banquete, el lujo, el oro, el vino, todo se echa a perder, de nada sirven si el "poder" del rey no fuera ostensiblemente claro para todos.

Vasti ridiculiza este poder. Todo el pueblo y los grandes van a saber que el rey no es todo-poderoso. ¡Hay alguien que le desobedece públicamente!

La rabia del rey es grande, su cólera se inflama, él se enfurece. En el fondo eso significa mucho más que una derrota en una guerra; es peor que el perjuicio causado por los defraudadores de impuestos. Es más grave que el atentado contra la vida del rey, de lo cual se hablará más tarde. Todo eso no llega a enfurecer al rey.

Pero una mujer que se rehúsa a participar de un banquete lleva al rey a los extremos de la furia.

Vasti no quiere para ella el poder del rey, nada quiere quitar de él, ni pretende matarlo. Ella simplemente no lo reconoce como rey. No acata su orden, ni acepta su poder. Ella solamente quiere hacer su propia voluntad.

No reconocer al poderoso, su orden, su fuerza, es mucho más peligroso para el rey que agredirlo físicamente. El ridículo es más peligroso que los ejércitos.

Todo el sistema imperial tambalea y se estremece. El rey convoca al Consejo, convoca a todos los representantes del poder para reprimir la desobediencia. La decisión debe ser tomada con seriedad y severidad pues se trata de una grande amenaza, capaz de poner en discusión el propio sistema imperial. Es necesario defender el sistema

El gran Consejo da su parecer.

El problema es grave: el sistema dominador es impactado y ofendido en su totalidad y no solamente la autoridad del rey. La acción de Vasti impacta a todos los jefes, a todo el pueblo en todas las provincias. Puede servir de ejemplo peligroso para todas las mujeres.

Impactando al rey, se impacta a toda la pirámide y a toda a su imagen. Es una ofensa que impacta a toda la estructura, comenzando de su base: la pirámide familiar. Todos los maridos se sienten amenazados.

De una forma irónica la narrativa destaca el pavor de los consejeros de que se desencadene en todo el imperio una revuelta femenina. Una revuelta que provocará en las mujeres el desprecio de los maridos y en los hombres la cólera.

Y todo eso porque se dirá que la reina desobedeció al rey al no ir al banquete.

El orden constituido exige que el marido, el "ba‘al", mande y domine en su casa, así como el rey manda sobre todo el pueblo.

Impactar al rey, impactar a la familia, impactar al sistema montado en la dominación, ésta es la "mala acción" de Vasti, que puede convertirse en ejemplo para todos, llevando a la ruina toda la casa.

Se debe salvar la pirámide, a partir de la familia. Los ba‘ales deben ser honrados por todas las mujeres, sean ellas de la clase alta o baja, eso no importa.

Para salvar el estado, salvar al rey, salvar la familia, se exige un decreto real firme que no pueda ser revocado más tarde y que sea inscrito en la legislación y jurisprudencia para siempre (1,19).

Toda la ley debe estar al servicio del sistema dominador y agradar al rey.

Vasti deberá ser apartada definitivamente y sustituida por una "mejor que ella". El castigo de ella tendrá que ser ejemplar.

Todas estas palabras agradan al rey y a los príncipes (que naturalmente son hombres) y el decreto es firmado. Decreto que los mensajeros del rey llevarán hasta el rincón más lejano del reino, en todas las 127 provincias, a todos los pueblos que forman el imperio persa, en todas las escrituras y en todas las lenguas. Nadie debe desconocer la voluntad del rey. Todos deben ejecutarla.

El poder del rey y la fuerza del sistema imperial deben ser reafirmados. La ley alcanza un ámbito mucho mayor. Vasti dejó de ser el problema central. No basta castigar a la reina desobediente; la ley promulgada exige, ahora, que, en todas las casas, el hombre sea el "dueño", el ba‘al.

El hombre es quien debe gobernar; ¡en la casa sólo se va a hablar el lenguaje del hombre!

Una casa machista es la única manera de garantizar la sobrevivencia imperial.

Toda la narrativa parte de esta premisa indiscutible.

Tomar conciencia de esta premisa es descubrir la fuerza de la casa, la fuerza de la mujer. En la casa de la mujer está la inmensa posibilidad de derrumbar los imperios.

El resto del cuento se encargará de comprobar todo eso.

 

Esta simiente subversiva de resistencia será conservada, por mucho tiempo, en el corazón de las casas campesinas. Dos siglos después, alimentará la mística de la guerra contra el imperio griego. La novela de Ester será recontada, adaptada, reconstruida, traducida, asumirá otras características literarias, pero continuará alimentando la certeza que el imperio no es omnipotente, no es invencible: basta que en las casas del pueblo aprendamos a reírnos de él y a vivenciar relaciones alternativas.

El libro de Daniel

La guerra macabea fue la cuna de muchos otros textos que alimentaron la resistencia y la lucha de los campesinos contra la dominación del imperialismo griego, cuestionando y, de cierta manera, poniendo en ridículo la ideología de los poderosos, alimentando la contra-ideología de los pequeños.

Además de varios textos apócrifos, casi todos apocalípticos, la Biblia conservó para todos nosotros los libros de Daniel y de Judit.

¡Cuánta ironía está presente en estas páginas!

Allá está la estatua erguida y gigantesca, símbolo de todos los imperios, que Nabucodonosor mandó a levantar en medio de la planicie, para que todos los “pueblos, naciones y lenguas” la vean y se arrodillen delante de ella para adorarla. Quien desobedezca sería tirado en el horno ardiente (Dn 3,4-6).

Tres jóvenes judíos no se arrodillaron: “no hicieron caso de la orden”, “no dieron culto” y “no adoraron la estatua de oro” (3,12).

Ellos sabían - además todos sabían, inclusive el rey sabía, desde el episodio anterior - que la gigantesca estatua de oro tenía los pies de barro e que una piedrita insignificante la derrumbaría. ¿Por qué arrodillarse? ¿Qué adorar?

¿Cómo adorar a un rey víctima de alucinaciones, de visiones que acabará por considerarse y vivir como un animal, algo de buey, de águila y de ave?

Ni dentro de su casa el rey tiene control. A la hora del banquete (de nuevo) junto con los aristócratas, sus mujeres y concubinas, el rey ve la mano de la historia que escribe su condena,  que firma su derrota (Dn 5,25-28).

El rey llega a considerarse el único Dios, y establece por decreto, que, por treinta días, toda persona debe dejar de “dirigir una petición a cualquier Dios u hombre, excepto a ti, Majestad”; bajo pena de ser tirado al foso de los leones (Dn 6,8).

Me imagino cuántas risas (gracia) les habrá causado a los niños judíos el oír estos cuentos de la vida de Daniel y el saber que, al final de cada cuento, el rey – fuese él Nabucodonosor, Baltasar o Darío – siempre debía decretar que el único y verdadero rey era el Dios de Daniel y que sólo a él se debía alabanza y adoración.

Sin olvidar el último cuento (Dn 14), en el cual Daniel desenmascara, con mucha astucia, la farsa del culto a Bel, que sólo servía para llenar la barriga de los sacerdotes, mientras el pueblo sencillo pensaba que estaba alimentando al propio Dios. Tirado, por segunda vez, en el foso de los leones, Daniel es liberado por el poder de Dios y el rey, más una vez es obligado a proclamar en alta voz:
“¡Grande eres tú, Señor Dios de Daniel, y no hay otro fuera de ti!” (Dn 14,41)

La “simiente subversiva de la resistencia” está en la sabiduría del joven Daniel, en la sabiduría del pueblo de los pequeños que no se deja impresionar por la magnificencia del aparato imperial, porque sabe que basta una pequeña piedra para derrumbar la estatua majestuosa, pero falsa, de la dominación imperial.

Ayudar a descubrir cuál puede ser esta piedra es nuestra tarea de evangelizadores.

El libro de Judit

La gente puede reírse de los banquetes, de las estatuas, de los altares cargados de donativos. Pero hay una realidad del imperio que asusta, amedrenta, genera muerte y dolor: el poderío militar. Es difícil reírse de los ejércitos. Hoy más que ayer.

El libro de Judit enfrenta este aspecto: el de la violencia militar.

Abre sus páginas hablando de la lucha de reyes, lucha de “ciudades”, de capitales de imperios; lucha por la hegemonía y por el control del universo entero.

No ayuda tanto, creo yo, identificar quién era Arfaxad, o intentar descubrir por qué el tan "babilonio" Nabucodonosor se volvió aquí rey de los asirios.

Lo que se destaca, por un lado, es Nínive la "gran ciudad" y, de otro, Ecbátana, otra gigantesca ciudad. Ciudades que son, esencialmente, poderosísimos cuarteles.

Ciudades construidas con la mano de obra esclava, dura y violentamente explotada. Ciudades que se mantienen a costa de la expoliación de los agricultores, tributarios y sometidos.

La muralla, gigantesca es, al mismo tiempo, símbolo de fuerza y garantía de seguridad. En ella el rey deposita su confianza. En ella y en el "fuerte de los fuertes", su poderoso ejército. El adjetivo, doblemente repetido, en un clásico hebraísmo, basta para identificar la espantosa realidad.

Ciudad de Caín, ciudad de Nabucodonosor, ciudad de Arfaxad, de David, de Salomón, de César. Se puede llamar Nínive, Babilonia, Ecbátana, Jerusalén, Roma o tener cualquier otro nombre. Desde siempre y para siempre, éste es uno de los polos del conflicto que genera violencia y muerte. En cada momento de la historia la "ciudad" irá tomando rostros y características diversas, pero, siempre, será una reproducción de la violencia de Caín.

Aquí también, como en el libro de Daniel, como en el sueño de Nabucodonosor (Dn 2), los reinos se mezclan: asirios, babilonios, medos, persas, finalmente, forman una única grande estatua que debe ser adorada por todos (Dn 3). Nabucodonosor es la figura que resume en sí a todos los poderosos que, como Faraón, como Salomón, como Antíoco, como César, llegaron a ser tan fuertes y poderosos que se consideraron la "manifestación de Dios" y como tales quisieron ser reverenciados y adorados.

Es una guerra "mundial".

Nabucodonosor y Arfaxad no pueden coexistir por mucho tiempo. El imperio es tal cuando es solamente uno. No pueden existir dos imperios juntos, ni dos ciudades de esta grandeza. O Nínive, o Ecbátana.

Por la lógica de los poderosos, en una "grande planicie" puede existir una sola ciudad y sólo uno puede dominar.

Todo el "creciente fértil" es convocado para ponerse del lado de Nabucodonosor.

La "palabra" de Nabucodonosor sale de Persia, pasa por Mesopotamia, sube a Siria y avanza hasta Cilicia y después desciende por el Líbano, por Galilea y Samaria, atraviesa Transjordania y llega hasta Egipto, hasta los confines de Cush, de Etiopía.

Se busca una coalición para aplastar a la "otra" ciudad.

"Todos" los habitantes de estas tierras, o mejor, todos los habitantes de la tierra son convocados a decidir de qué lado se van a poner.

En medio de estas tierras, sin embargo, está otra "grande planicie". Se trata de la planicie de Esdrelón, que, geográficamente no es tan grande, pero que en la memoria del pueblo se agiganta como nunca.

En esta misma planicie Débora derrotó a Sisara (Jc 4-5), Gedeón derrotó a los madianitas (Jc 6-7) y Elías degolló a los profetas de Baal (1Re 18) después de haber hecho llover el fuego de Dios sobre el altar en el Carmelo.

En todos estos casos la derrota del pueblo parecía inevitable. Poco faltó para que el poderoso de turno consiga eliminar la esperanza de los pobres. Una mujer, un joven miedoso, un hombre pobre y hambriento fueron capaces de liderar al pueblo y llevarlo a enfrentar y desbaratar al enemigo.

El desprecio es la primera reacción a la palabra de Nabucodonosor; desprecio que no nace de la crítica radical del poder; ni nace del corazón tranquilo de quien confía en el poder de Dios.

La tierra desprecia a Nabucodonosor sólo porque todavía no conoce el poder que él tiene. Es un error de cálculo político. Ellos creen que él es como un cualquiera y que, por eso, puede ser despreciado y ridiculizado.

La ira de Nabucodonosor explota. Si él no se venga, su trono estará en peligro. Todos se atribuirán el derecho de desobedecerlo. Se no se venga, entonces sí, él será "un cualquiera".

Hay un detalle que merece nuestra atención.

"Hasta los confines de los dos mares." Hasta allá Nabucodonosor quiere extender y manifestar su poder. No nos sirve tanto buscar una correspondencia geográfica. No se trata ni del mar Mediterráneo con relación al mar Muerto, ni del Nilo blanco con relación al Nilo azul, ni del Mediterráneo con relación al golfo Pérsico, o del mar Rojo y el mar Negro.

Los "dos mares" son los confines del imperio universal, del reino mesiánico:

Su dominio irá de mar a mar

y del río a las extremidades de la tierra." (Zc 9,10; Sl 72,8; Mq 7,12)

Los "dos mares" pertenecen a Dios y a su Mesías. Son el espacio de su acción salvadora, anti-imperialista y anti-militarista.

¡Nabucodonosor tiene que saber eso!

Nabucodonosor, entretanto, está ganando. Cinco años después, Arfaxad será derrotado, su ejército será desbaratado, su ciudad subyugada y sus mercados saqueados.

Descanso y banquetes, que duran 120 días, coronan la victoriosa campaña. Ahora Nabucodonosor puede quedarse despreocupado. Su ciudad ganó, su proyecto consiguió imponerse. Sólo él es rey en toda la tierra!

Y ahora, él quiere vengarse de "toda la tierra", de todos los que lo valoraron poco porque lo consideraban un "hombre cualquiera".

Él es el más fuerte de todos.

Él convoca a sus ministros, los nobles, los jefes para manifestarles su voluntad: ¡arrasar la tierra! Finalmente él es el "señor de toda la tierra".

No hay lugar para dos reyes, para dos señores.

Como Dios, también el rey jura:
"¡Por mi vida y por la fuerza de mi reino, yo lo dije y lo realizaré por mi mano!"

La venganza al ultraje recibido es la piedra de toque que provoca las decisiones del rey.
"Cubriré toda la faz de la tierra con los pies de mis soldados."

Holofernes será el "generalísimo" que va a ejecutar las órdenes del rey y que, a veces, llegará a representarlo y sustituirlo. Él va a conducir el poderoso ejército de Nabucodonosor.

120.000 soldados y 12.000 jinetes, con licencia para matar, para pillar, para arrestar, para violentar, para aplastar: "Entrégalos a la carnicería y al pillaje".

Todos los pueblos, que algunos años antes no tenían miedo de Nabucodonosor, pues lo consideraban un hombre cualquiera, ahora están llenos de "temor y temblor".

El "abrazo mortal" se cierra definitivamente alrededor de Israel con la rendición de los pueblos de la costa mediterránea.

El objetivo que Nabucodonosor se había propuesto al iniciar esta expedición militar, está lográndose completamente.

Los pueblos del mar, filisteos y fenicios, aceptan sin ninguna duda la dominación del imperio.

El generalísimo asume el controle de la región toda y recluta más fuerzas para su ejército. La fiesta llega a las ciudades y a los campos: todos celebran las victorias del grande ejército con danzas, músicas y coronas de flores.

Es así que, improvisamente, el texto nos esclarece el verdadero objetivo de la misión de Holofernes. Él no debe sólo vengar al rey que tuvo su orgullo herido, ni sólo imponer el dominio de Nabucodonosor sobre toda la tierra.

Es necesario "destruir todos los dioses de la tierra".

Sólo hay un Dios que debe ser adorado por todas las lenguas y tribus: Nabucodonosor.

El orgullo del poder es inmensurable. Y, lo que es peor, todas las naciones se someten a esta lógica. Ésta es la señal del verdadero éxito imperialista.

Se la cabeza y el corazón no fueran dominados, seríamos siempre capaces de revertir la dominación política, económica y social. Por eso el objetivo final de la dominación es la dominación ideológica.

El poderoso es Dios; el poder es Dios; el poder del mercado es divino e intocable. Así siempre fue, es y siempre será.

Lo que está en juego, entonces, no es solamente nuestra libertad: es la propia esencia de nuestro Dios. El conflicto con el imperio es teológico.

Holofernes se prepara para la confrontación final.

Aumenta su ejército que, como se dirá luego, pasará a tener 170.000 soldados. Para Jerusalén las oportunidades de éxito son prácticamente nulas.

Holofernes va a demorarse un mes en prepararse para la última batalla.

Es difícil ridiculizar un ejército tan poderoso que dominó la tierra entera.

La “simiente subversiva de la resistencia”, ahora, está en “manos de la mujer”.

Nada más antagónico: de un lado el poderío del militarismo imperial y de otro la mano de la mujer, símbolo de la fragilidad del cariño.

Es la mujer que guarda en su corazón, en su casa, la verdadera simiente de la resistencia anti-imperialista:
- Es la certeza que nuestro Dios es el Dios que quebranta las guerras
“He aquí que los asirios: se agigantan en su fuerza,
se enorgullecen de caballos y jinetes, (...)
Sin saber que tú eres, oh Señor, que vence las guerras.” (Jd 9,7)
- Es la certeza que Dios siempre estará al lado de los pequeños
“Tu poder no está en el grande número
ni tu dominio entre los que tienen fuerza.
Eres el Dios de los humillados, el socorro de los oprimidos,
el amparo de los débiles, el protector de los abandonados,
el salvador de los desesperados.” (Jd 9,11)
- Es la certeza de que no hay que esperar en milagros: es necesario asumir, hacer, actuar.
“Oye, tú, mi súplica.
Deposita, en mi mano de viuda, la fuerza que he premeditado. (...)
abate su arrogancia, por las manos de una mujer.” (Jd 9,9-10)

Mientras en una casa del pueblo haya una mujer dispuesta por su mano al servicio del Dios de los pobres, el imperio no podrá quedar tranquilo.

La seducción es de los romanos

Nos sorprende que esta claridad ideológica y política ante  el imperio persa y el imperio griego, sea, improvisamente, oscurecida ante el imperio romano.

Cuando Judas "oye el nombre" de los romanos, él se deja deslumbrar, seducir. Hace de todo para buscar su alianza y su apoyo.

El nombre de los romanos hace eco por todas partes. Es un novel imperio que está en pleno expansionismo. Ninguno puede dejar de oír este nombre. Nombre que mete miedo en todos los que lo escuchan (1 Mac 8, 12).

Lo que nos llama la atención y lo que debía haber llamado la atención de los macabeos es que los romanos eran "poderosos en fuerza" y que favorecían una política de alianzas, sobretodo con los grupos rebeldes que podían hacer estremecer a los reinos que todavía no habían conseguido conquistar y someter. Divide et impera: ¡divide y manda!

Cuánta ironía en este texto: "estar con los romanos", “dirigirse a ellos”, “provocar los favores" y la "amistad" de los poderosos.

La tentación es la misma, la mismísima que, en el primer capítulo, hace caer a los "hijos sin ley" y a muchos otros: "¡Vamos, hagamos alianza con las naciones" (1,11)! ¡Tentación y, sobretodo, ilusión! ¿En que se distingue el imperialismo de Roma de aquél de los griegos que explotó por más de 100 años al pueblo de la tierra?

Las características del imperialismo romano son enunciadas con claridad: sometió; obligó a pagar tributo; aplastó; usurpó; golpeó; destruyó; saqueó; apresó mujeres y niños; esclavizó...

Eso hicieron los romanos en Galia, en España, en Asia, en Grecia, en los demás reinos e islas, próximos o lejanos. Usaron la fuerza y la violencia para tomar tierras, minas de plata y de oro, tributos, mujeres, niños, esclavos...

Como antes los griegos, los romanos también provocaron a su alrededor una "grande plaga".

El imperialismo es éste: los romanos hacen reinar o derriban de los tronos a aquellos que ellos quieren.

El juicio final es el mismo que fue lanzado contra Alejandro Magno, en el primer capítulo: "se enorgulleció mucho" (1Mac 1,3).

¿Cómo entender entonces, la opción de Judas de hacer con ellos un pacto militar? ¿Por qué esta ingenuidad política, que más tarde, menos de 100 años después, llevará al suicidio político entregando Judea en las manos de Roma?

¿Será que Judas sólo vio la necesidad del momento, sin tener un horizonte más amplio? Es difícil, ahora, después de 2.000 años, emitir un juicio histórico.

Nuestro texto, sin embargo, señala una causa que, quién sabe, habría conseguido desviar los ojos del resto.
"Ninguno de ellos ciñó la diadema."

¡No había rey entre los romanos! Por lo menos por entonces, porque luego surgirán los dictadores y los emperadores.

Es muy posible que el pueblo de la tierra, con la memoria de la antigua organización sin reyes ni dominadores, haya visto en el esquema político romano algo más cercano a sus ideales que los absolutismos imperiales y despóticos de Oriente.

Ser fuertes, sin tener rey... como en los tiempos de Josué, de los jueces, cuando el pueblo de la tierra conquistó el poder.

¿No teniendo rey, no habría “señores”? ¿No habría “Dioses”?

Ésta es la imagen de Roma que los macabeos deben haber tomado. Es una hipótesis.

Así mismo, no faltó ingenuidad en el análisis. El sistema romano nada tenía de democrático. El pueblo no gobernaba, no decidía nada. El senado gobernaba a la "multitud" y la mantenia "bien ordenada". Un poder no-monárquico, sí, pero no por eso más democrático: el pueblo continuaba siendo una multitud que debía permanecer en el orden.

Lejos de ser un elogio a los romanos, este texto señala con lucidez, antes de la invasión romana de Palestina, que ¡Roma y su imperialismo en nada difería de los demás imperios! ¿Por qué aliarse con ella?

Puede ser simple coincidencia pero, después de esta página, nunca se va a hablar del “pueblo de Israel”. Va a aparecer la "nación de los judíos”. Judas acaba de implantar, en Judea, la misma estructura política de las "naciones".

No importan las opiniones de los exegetas a favor o en contra de la historicidad de este pacto entre Judas y Roma; lo que interesa a nuestro texto es que la grande asamblea de Masfa, que marcó la primera parte, cuando fue renovada la alianza con Dios, nuestra única ayuda, es, ahora, sustituida por el pacto militar con Roma, con el cual Judas buscaba ayuda y fuerza.

Pero, ¿cuándo el imperio ayudó al pueblo?

Las tablas de la alianza sinaítica son sustituidas por las tablas de bronce del senado romano. Judas, en el poder, comete el mismo error de siempre: intenta amarrar a Yahweh al proyecto imperialista. Y ahora no más con los griegos, como hicieron antes los "impíos", sino con los romanos.

¡Da igual!

E, irónicamente, lo que dicen las tablas no significa propiamente nada, más allá de una carta de intención. Es una obra maestra de la diplomacia romana. El tratado tiene un carácter defensivo de mutua ayuda, pero una ayuda dejada al sabor de las circunstancias. Los judíos están obligados a apoyar no solamente a Roma, sino también a sus aliados; la reciprocidad no existe (v.24). Las ventajas son todas para Roma. Para los judíos, solamente la certeza de no tener a los romanos como enemigos. Sólo eso.

Simbólicamente, después de esta alianza con Roma, Judas será derrotado y muerto. Lo mismo va a suceder con Jonatán y, después, con Simón. Todos los comandantes de la guerra macabea van a encontrar la muerte. ¡La alianza con Roma es siempre recordada en la página anterior!

En esta memoria, los propios combatientes de la libertad sofocaron la “simiente subversiva de la resistencia” que los llevó a la lucha. Habiendo llegado al poder, ellos mismos, dejaron que su corazón “se enorgullezca”.

¡Vencieron a los griegos y comenzaron a vivir como ellos!

Con los romanos va a suceder lo mismo. Octaviano, el primer emperador, se llamará augusto, divino; Calígula colocará su estatua en el templo de Jerusalén; Domiciano obligará al culto imperial cuando será llamado “señor y Dios”.

¡Ayer como hoy!

Sandro Gallazzi
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Macapá/AP
68906-970
Brasil

Cada lado de la nueva Jerusalén mide 12.000 estadios, o sea, 2.200 km (Ap 21,16). Un área de 4.840.000 km cuadrados.

 

 
El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe.