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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

“Es preciso gloriarse”: La palabra extasiada de Pablo – y de RIBLA

Leif E. Vaage

Resumen

En este breve ensayo se profundizan algunos aspectos de la defensa que Pablo hace de su apostolado en 2Corintios 12,1-10, para también reflexionar sobre el aporte de RIBLA al movimiento bíblico latinoamericano durante los últimos años. Se trata del cuerpo apostólico gastado y dolorido, tanto de Pablo como de los pobres de este continente, y de su conocimiento particular que será el susurro de la esperanza, todavía insistente, aunque sea a veces inefable, es decir, un gloriarse atrevido e imprescindible.

Abstract

In this brief essay I discuss certain aspects of Paul's defence of his apostleship in 2Corinthians 12,1-10, as a way of also considering the contribution of  RIBLA to the Latin American biblical movement thus far. In question is the apostolic body, worn and scarred, both of Paul and of the poor of this continent, and its particular knowledge, which is the lingering, if sometimes ineffable, sigh of hope - a form of boasting both improper and necessary.

 

Es preciso gloriarse. Puede que no convenga. Pues participa del juego por el poder. No obstante, a veces se hace necesario. Vale festejar el número 50 de RIBLA. Es un logro en sí, más un punto de referencia para el futuro. Consta que no sólo es posible sino también una responsabilidad seguir creando, desde los diversos cuerpos maltratados y anhelosos de América Latina, una(s) lectura(s) bíblica(s) propia(s), incluso exegética(s). Como Pablo ante (algunos de) los primeros cristianos en Corinto, también RIBLA tiene ahora por qué jactarse reafirmándo su papel apostólico, aunque parezca tontería descarada.

De hecho, creo que bastante semejanza existe entre el caso Pablo en Corinto y el de RIBLA. Por eso, en este ensayo breve, voy a profundizar algunos aspectos de la defensa que hace Pablo de su apostolado, en 2Co 12,1-10, para también reflexionar sobre el aporte de RIBLA al movimiento bíblico latinoamericano durante los últimos años. En los dos casos, se da a conocer tanto un quehacer como un saber que tiene como contraparte el andar, penoso y resistente, de los pueblos sufridos de este continente.

¿Cuál fue el principal problema, al cual Pablo se veía obligado a responder en Corinto? Personalmente, no creo que haya sido la entrada, repentina y sigilosa, de unos oponentes –  los llamados “superapóstoles” (2Co 11,5; cf. 11,13) –, si solamente porque son los mismos corintios que Pablo dice haberlos engendrado en Cristo Jesús (1Co 4,15), con los cuales se está peleando en sus cartas a esta comunidad. Más bien, el problema principal que Pablo tenía que superar en Corinto fue el fuerte desprecio ocasionado por su propio cuerpo. Simplemente no cabía en los esquemas del cuerpo noble, que era supuestamente el que mandaba. Por eso, a pesar del protagonismo que Pablo había realizado cuando se fundó la primera comunidad cristiana en Corinto, el valor de su liderazco (apostólico) muy pronto quedaba cuestionado, por ser lanzado desde un cuerpo tan obviamente pobre y desgraciado.

El cuerpo de Pablo, además, no era así por mala suerte sino, como colmo, por clara opción. Pablo insistía, en Corinto, en mantener su estado laboral como obrero, “trabajando con nuestras propias manos” (1Co 4,12; cf. 1Tes 4,11). También reconocía su falta de formación escolar (2Co 11,6: ei de kai idiôtês tô logô). Admitía no tener la capacidad de montar un discurso erudito y, ¿quién sabe?, hasta coherente (1Co 2,1.4). Se le temblaba la mano, la voz, lo que fuera, cuando intentaba comunicarse con los demás (1Co 2,3: en tromô pollô). Aceptaba, lamentándolo sin duda y quizás con cierta vergüenza, la calificación despectiva de su presencia corporal como muy “debil” (asthenês) y de su forma de hablar (logos) como simplemente “execrable” o abominable (exouthenêmenos; 2Co 10,11-12). Era, desde arriba, un “incapaz,” sin título alguno. Y, sin embargo, se atrevía a reclamar su estado como apóstol entre los corintios, como si el cuerpo gastado y dolorido, como el suyo, marcado en carne viva por la discriminación social y debilitado por tanta decepción, todavía supiera, como el pueblo latinoamericano, algo imprescendible para la salvación de todos.

En el momento que Pablo empieza a poner sus cartas apostólicas sobre la mesa corintiana, no se olvida de esta realidad. Más bien, vuelve a subrayar el hecho de que su testimonio de fe y de esperanza tanto como su liderazgo particular tengan base en su cuerpo golpeado y humillado. Este cuerpo, además, no era un cuerpo único. Es el cuerpo de todo esclavo, antiguo, posmoderno. Por eso, cuando Pablo, como RIBLA, llega al momento cuando es preciso gloriarse, va contando sus históricas “visiones y revelaciones del Señor” (2Co 12,1: eleusomai de eis optasias kai apokalypseis kyriou) muy conciente de que aquí se trata no del saber de un privilegiado sino del conocimiento que puede tener y compartir un cuerpo menospreciado y desechado por la historia “universal”.

Por eso, en 2Co 11,16-30 (31-33), justo antes de gloriarse en 12,1ss, Pablo repasa primero todo lo que él había sufrido, como apóstol, en su propio cuerpo. No está hablando irónicamente aquí, aunque el concepto de la ironía es el marco más común, dentro del cual este texto ha sido interpretado por los estudiosos. En el presente caso, tal uso del concepto es claramente un desvío: un intento de eludir lo obvio del texto. Pablo lo dice al final con bastante claridad: “si de algo hay que jactarse, me jactaré de las cosas que demuestran mi debilidad” (11,30). En los versículos anteriores (a partir del 11,23) los rasgos más pertinentes de esta debilidad son presentados.

En 2Co 11,24, además, Pablo dice haber sido azotado cinco veces con cuarenta azotes menos uno. Esta confesión no era poca cosa en el contexto mediterraneo antiguo. De nuevo, fue modo de declararse un esclavo. Pablo hace ver el nivel de degradación social que él había experimentado como apóstol – y no sólo una vez, sino repetidas veces –. Más no es un disparate, comentario suelto, resultado de un momento de descuido retórico. Porque también en 2Co 12,7, después de contado la historia de su subida hasta el tercer cielo, Pablo agrega otra experiencia de azotamiento. Esta vez, es un “ángel de Satanás” (aggelos Satana) que a Pablo lo golpea (kolafizê) con un palo tipo espina (skolops) y aparentemente por voluntad divina.

Sea lo que fuera esta aflición concretamente, su propósito es descrito por Pablo como, una vez más, el típico motivo por castigar a los esclavos y a las demás “no-personas” en la antigüedad: “para que no me viera demasiado subido (hina mê hyperairômai)” (2Co 12,7; la traducción es mía) o sea, para ponerlo en su lugar. Tres veces, dice Pablo, le pidió a Dios que no fuera así. ¿A quién le gustaría sufrir lo que sufren los esclavos? Sin embargo, era precisamente en este cuerpo de esclavo, todavía maltratado, donde Pablo dice haber encontrado por excelencia la gracia y el poder que son la promesa de su evangelio (cf. 12,10).

Por eso será que Pablo termina su carta a los gálatas, insistiendo en cargar “en mi [propio] cuerpo las marcas (stigmata) de Jesús” (Gá 6,17; la traducción es mía). Por eso será que, en su carta a los filipenses, Pablo explica la mentalidad cristiana como una opción por el cuerpo esclavizado (véase Fil 2,7-8: alla heauton ekenôsen morfên doulou labôn... etapeinôsen heauton genomenos hypêkoos mejri  thanaton, thanaton de staurou) o, mejor dicho, una opción por la esperanza que se viene construyendo a partir de (véase Fil 2,10: dio) ese cuerpo de esclavo humillado y condenado de antemano a una muerte desgraciada. Por eso será que en su carta a los romanos resulta posible imaginarse la muerte de Jesús como tipo sacrificio predecible (Ro 3,25).

A la hora de gloriarse, como nosotros de RIBLA, Pablo comienza y termina su re-presentación, situándose de nuevo dentro del cuerpo más negado y batido de su tiempo, el cuerpo esclavizado, el cuerpo “no-persona”, el cuerpo azotable por excelencia. Desde ese cuerpo y como parte de su experiencia de vulnerabilidad institucionalizada, Pablo pasa, sin mayor preámbulo, al tema del saber excepcional que acarrea este cuerpo, tipo hermeneútica mística o sea, la exégesis alternativa del mismo cuerpo extasiado.

Lo que relata Pablo, en 2Co 12,2-4, es su conciencia profunda. No es un discurso de todos los días. Sin embargo, se trata del horizonte del diario vivir, del por qué o el para qué seguir aguantando las múltiples penurias cotidianas. Quizás por eso, Pablo habla aquí como si se tratara de otra persona: “conozco a un hombre” (12,2: oida anthrôpon ) ... “y conozco a tal hombre” (12,3: kai oida ton toiouton anthrôpon). Se trata de un caso límite, que da perfil a los demás aspectos de la vida.

Cuando Pablo dice – dos veces – no saber, si esta conciencia le fue dada “en cuerpo o aparte del cuerpo, Dios lo sabe” (12,2-3), es importante recordar que esta incertidumbre epistemológica forma parte de su experiencia de su propio cuerpo (apostólico). Un cuerpo abusado y necesitado que ahora reclama su capacidad de conocer otra realidad distinta, aunque sea sin certeza carnal. “Dios lo sabe”, concluye Pablo, lo cual quiere decir que se trata, al fin y al cabo, de un conocimiento propiamente teológico.

¿Qué es lo que Pablo dice haber conocido en lo más profundo (alto) de su cuerpo de obrero-esclavo? Dice haber sido llevado “hasta el tercer cielo” (2Co 12,2) o sea, “dentro del paraiso” (eis ton paradeison), donde escuchó “palabras no pronunciables” (arrêta rhêmata), las cuales a un ser humano no le es posible decirlas (12,4). En la cosmología antigua “el tercer cielo” tanto como “el paraiso” son imágenes del espacio, en el cual se haría presente, sin necesidad de intermediario, la otra realidad que es Dios. En un lenguaje más moderno o actualizado se trataría del espacio utópico, un lugar todavía descomún, donde puede vislumbrarse otro mundo, respirar otro aire, sentir otro porvenir, escuchar lo que, al final, simplemente no cabe en palabras ya hechas y los esquemas dominantes de “la” realidad, incluso los de la ciencia (bíblica) común y corriente. Lo que se escucha, pues, llegando al tercer cielo, entrando en el paraiso, releyendo el texto bíblico en RIBLA, es el susurro de la esperanza, todavía inefable, el suspiro o gruñido de la creación que sigue anhelando “la revelación de [todos] los hijos e hijas de Dios” (Ro 8,19). Eso es “el rescate de nuestro cuerpo” (Ro 8,23), una exégesis del alma que constituye la otra cara del cuerpo gastado y sufrido.

Será lo que une, para Pablo en su carta a los gálatas, la experiencia de llevar en carne propia “las marcas de Jesús” (6,17), con la convicción de que “ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (2,20) o sea, que Dios ha hecho “revelar a su hijo en mí” (1,16: apokalypsai ton hion en emoi; la traducción es mía). Por eso, Pablo insiste en que el evangelio que ha compartido con los gálatas no lo haya recibido ni lo haya aprendido de persona alguna, sino que ha sido “por revelación de Jesucristo” (1,12: di’ apokalypseôs Iêsou Cristou). Por eso, la primera vez que estuvo con los gálatas, Pablo les hace recordar, “debido a una debilidad de la carne” (4,13), la cual podría haber sido razón de menospreciarlo y de rechazarlo (ouk exouthenêsate oude exeptysate), en cambio “como a un ángel de Dios” lo acogieron, es decir, “como a Cristo Jesús” mismo (4,14: alla hôs aggelon theou edexassthe me, hôs Criston Iêsoun).

Esta identificación tan profunda, tan “personalizada”, por parte de Pablo, con la otra realidad que, en su carta a los gálatas, se llama Cristo, es, pues, otro modo de decir lo que, en 2Co 12,1ss, se describe como el haber conocido el tercer cielo y el haber entrado en el paraíso. Son dos formas de saberse, a pesar del cuerpo pobre y desgraciado, un sujeto autorizado para hablar (evangelizar) y proponer (liderar). Más bien, es precisamente por ser ese cuerpo tan despreciado, como el caso Pablo en el contexto mediterraneo antiguo, que surge, tanto en Pablo como en otros cuerpos supuestamente innobles y desechables, la más profunda conciencia de disponer de otro saber-evangelio. Surge también la insistencia en ser reconocido como sujeto histórico-apostólico. Y la capacidad de gloriarse, aun cuando no convenga, festejando los proyectos de vida y de vía alternativa que estos cuerpos encarnan.

¿Es preciso decir que en sus primeros 50 números y, ojalá que sea así, también en los próximos 50, RIBLA pretende ser un espacio, en que pueda desarrollarse y saborearse precisamente ese otro saber, que será la exégesis de la esperanza y la alegría que brotan de las luchas y los anhelos de los diversos cuerpos latinoamericanos, azotables por excelencia en la historia del continente, y, sin embargo, todavía portadores de visiones alternativas? Es preciso no solamente decirlo sino también gloriarse de este espacio, jactándonos mucho de las nuevas (antiguas) “visiones y revelaciones del Señor” que han venido dándose a conocer en estas páginas, alegrándonos agradecidos y, ¿por qué no?, exstasiados por contar aquí con tanta palabra divina.

Leif E. Vaage
75 Queen’s Park Crescent East
Toronto, ON M5S 1K7
Canadá

Para una interpretación mucho más completa de este texto (2Co 12,1-10) desde el cuerpo (neurológico), véase SHANTZ, Colleen, Paul in Ecstasy (tesis de doctorado, University of St. Michael’s College [Toronto], 2003). Sobre las interpretaciones más antiguas del mismo texto, véase ETCHEVERRÍA, Ramón Trevijano, Estudios paulinos, Salamanca: Universidad Pontificia, 2002, p.486-504.

La palabra idiôtês que Pablo aquí usa quiere decir literalmente “sin instrucción”. Véase JOHNSON, Lee Ann, The Epistolary Apostle: Paul’s Response to the Challenge of the Corinthian Correspondence (tesis de doctorado, University of St. Michael’s College [Toronto], 2002), p.71-75. Como respuesta a esta falta de formación escolar, Pablo contrapone, como signo de su derecho apostólico, la demonstración (cf. 1Co 2,4: en apodeixei) de poderes espirituales. Veáse 1Co 2,4-5; 2Co 12,12; Ro 15,19. En 2Co 11,6 el “conocimiento” (gnosis) que se pone en contraste a la formación escolar (logos) que a Pablo le falta, será también una capacidad espiritual.

Véase JOHNSON, Lee Ann, The Epistolary Apostle, p.215-221.

En 2Co 11,23 no es ironía sino, tal vez, una cierta amargura o simplemente la exasperación que se expresa en la frase, “yo lo soy más que ellos, aunque al decir esto hablo como un loco” (parafronôn lalô hyper egô), y en el uso de los adverbios perissoterôs y hyperballontôs (véase, también, 11,28-29). En 11,24-25 la especifidad de los números pentakis, tris, hapax, tris y de la expresión “una noche y un día” (nyjthêmeron) deja ver que aquí se trata no de algo retórico o inventado sino de experiencias concretas y corporalmente sufridas.

Lo que se resume en estos versículos es efectivamente el curriculum vitae de un marginalizado, el itinerario de vida de todo desplazado o imigrante, el diario vivir de la “polilla” de la tierra, como en Bolivia se suele llamar a los niños y jovenes que viven en la calle sin techo.

Véase, ahora, GLANCY, Jennifer A., “Boasting of Beatings (2Corinthians 11,23-25)”, en Journal of Biblical Literature, vol.123 (2004), p.99-135.

Véase el uso del modo pasivo en 12,7: edothê. Sobre la identificación más precisa del skolops tê sarki ha habido cualquier cantidad de propuestas. No obstante, a mi parecer, el texto mismo lo aclara directamente como un aggelos Satana por poner las dos frases – skolos tê sarki y aggelos Satana – en orden paratáctico en el mismo caso nominativo. De ahí todo depende de cómo se entiende – p.e., literal o metafóricamente – el sustantivo aggelos Satana. De todos modos, el verbo (kolafizê) que Pablo aquí usa habría que tomarlo en serio, lo cual no se ha hecho típicamente. Más bien ha sido común vincular 2Co 12,7 con otra descripción de una “debilidad de la carne” (di’ astheneian tês sarkos) por parte de Pablo en Gá 4,13. Pero no me convence.

La palabra stigma se refiere, en el griego antiguo, primero al tatuaje, con el cual, p.e., un amo marcaba a su esclavo, particularmente como castigo, con frecuencia en la frente u otro lugar bien visible del cuerpo.

Lo cual significaba, en el mundo antiguo, también ser un hombre sin “masculinidad” propia. Cf. LARSON, Jennifer, “Paul’s Masculinity”, en Journal of Biblical Literature, vol.123 (2004), p.85-97; CLINES, David J.A., “Paul, the Invisible Man”, en: MOORE,  Stephen D. e ANDERSON, Janice Capel (editores), New Testament Masculinities, Atlanta: Society of Biblical Literature, 2003, p.181-192 (Semeia Studies, 45).

Pocos estudiosos ahora piensan que se refiere con esta frase a otra persona que no fuese Pablo.

Como el mismo texto bíblico, que a través de la relectura se torna punto de partida para alcanzar otra visión de la realidad, otra forma de actuar, otro modo de vivir.

Los cuerpos maltratados y doloridos sienten la vida de otra manera. Como Pablo en su propia historia de abuso y sufrimiento, han podido discernir y ahora pueden atestar otra verdad, otra lectura bíblica (popular), la presencia de otro(s) mundo(s) y de otros sujetos aquí en la tierra, la esperanza de otro(s) momento(s), cuando se escucharán todas las voces, incluso las todavía no pronunciables.

El participio ouk exon en esta última frase puede traducirse en dos sentidos diferentes: “no es posible” y “no es permitido.” Me parece que el contexto favorece el primero.

 

 
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