
Un nuevo éxodo en dirección a la tierra que mana la gloria de Dios – Apocalipsis 15
Valtair Miranda
Resumo
Este artículo analiza el capítulo 15 del Apocalipsis, verificando como él rescata un tema del Antiguo Testamento judaita y lo actualiza en su comunidad. Se retomaron algunas imágenes del éxodo para conseguir una nueva narrativa de liberación, un nuevo éxodo en dirección de la tierra que mana la propia gloria de Dios.
Abstract
This article analyses the 15th chapter of Revelation, verifying how it reclaims an Old Testament topic and updates it in its community. Many pictures of the exodus were retaken, resulting in a new narrative of deliverance, a new exodus towards the land that would flow God’s own glory.
Pocos eventos fueron tan significativos para el pueblo de Israel como el éxodo, la salida maravillosa de Egipto, la tierra de la esclavitud. Durante siglos se usó este texto para alimentar la esperanza y la confianza en la acción poderosa de Dios, especialmente cuando se avecinaba una situación de opresión.
Cuando comenzaron a formarse las primeras comunidades cristianas, una y otra vez, sus predicadores carismáticos recurrieron a la experiencia del éxodo para recordar que Dios es el Señor de la liberación. Esto sucedía cuando se vivía una situación de opresión concreta (1Pedro), o simplemente se la percibía.
No es ninguna sorpresa que el autor del Apocalipsis de Juan viese en el tema del éxodo un poderoso instrumento querigmático. El objetivo de este texto, en este caso, es el de analizar el capítulo 15 del Apocalipsis, constatando como el rescata el tema del Antiguo Testamento judaita y lo actualiza en su comunidad, con el uso de las imágenes y de los símbolos reconocidos en la tradición literaria apocalíptica. Se retomaron varias imágenes del éxodo, como las plagas, el mar, el cántico de Moisés, la tienda del tabernáculo y la destrucción de los agentes de la opresión. El resultado de una nueva narrativa de liberación, un nuevo éxodo, no apunta solo a una tierra que mana leche y miel, sino a aquella que manaría la propia gloria de Dios.
Las tres señales del cielo
Los capítulos 12-16 del Apocalipsis son muy importantes en la estructura del libro. Su núcleo está formado por una serie de tres señales que se ven en el cielo. La primera de ellas (12,1) —una gran señal en el cielo— es una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y doce estrellas en la cabeza. La segunda (12,3) —otra señal en el cielo— es un gran dragón rojo. La tercera señal solo va a aparecer en 15,1 —otra señal en el cielo— grande y maravilloso. A pesar de las desproporciones en espacio que ocupan en el libro, las tres señales están directamente interligadas.
Esta desproporción desparecerá si vemos la primera señal extendida a los hijos de la mujer, el dragón a sus dos animales, y los siete ángeles a sus siete copas de juicio.
En el núcleo de las tres señales, la mujer ocupa el lugar central, ya que es ella la que da origen a esta serie. Es ella la que genera el hijo, que destruirá al dragón y a las bestias. Es ella la que enfrentará al dragón, por medio de sus descendientes, que a pesar de ser perseguidos por los agentes del dragón, lo vencen por medio del testimonio, para terminar cantando el cántico de Moisés y del cordero (15,3-4).
La segunda señal, el dragón, encarnado en las bestias, representa a los enemigos del pueblo de Dios, en la figura de estructuras político-religiosas opresoras. La tercera señal, los ángeles con las copas, representan el juicio de Dios sobre los enemigos del pueblo de Dios. Por el lenguaje de las copas, los seguidores del cordero participan del nuevo éxodo. Así como sacó a Israel de Egipto, Dios liberará a los cristianos y cristianas de las bestias.
Los capítulos 12-16 del Apocalipsis, son una especie de dramatización histórico-simbólica de la crisis que Juan percibía en su sociedad. Era una crisis percibida apenas por él y tal vez por un círculo de compañeros de tribulación.
La tercera señal en el cielo
La tercera señal está definida con los siete ángeles. El número siete aparece en varios lugares del libro (siete iglesias, siete sellos, siete trompetas, siete antorchas), y ahora aparece como parte del juicio. Reforzado por el verbo “consumar”, el esquema sugiere que estas son las últimas plagas de Dios, o sus plagas definitivas. El evento de la liberación provocado por las plagas, tipificado por el éxodo de Israel, ya no sería necesario. Esas son las últimas plagas porque este será el último éxodo del pueblo de Dios. Después de él, se habrá alcanzado un lugar definitivo de descanso en la nueva Jerusalén.
Las dos primera señales revelan el motivo de la crisis entre las estructuras político-sociales del contexto joánico y los cristianos. La tercer anuncia el juicio de Dios sobre esa misma estructura. Por eso, más que pretender explicar la situación contemporánea, estas narrativas deberían provocar esperanza en una liberación de Dios, tal como sucedió en el éxodo del Antiguo Testamento. Lo que Dios haría con ellos sería un nuevo éxodo, en esta ocasión hacia la ciudad que desciende del cielo, la tierra que mana la gloria del propio Dios.
Hay algunos indicios que caracterizan a esta señal vista en el cielo. El es otro (allos), pero no es otro diferente (heteros), sino que es de esencia similar. Con eso él está unido a otras dos señales (la mujer y el dragón) y carga toda la naturaleza simbólica de las otras dos señales. Si la mujer representa al pueblo de Dios, y el dragón a los agentes de la opresión, los siete ángeles representan el juicio de Dios sobre esos agentes de violencia. Con eso, se cierra el ciclo dramático que Juan creía que iba a sobrevenir sobre las comunidades cristianas de su tiempo. La serie de las tres señales identificó el origen de la persecución (la derrota del dragón), y apuntó hacia el fin de la misma (cuando sus agentes serían definitivamente castigados).
Esta tercera señal también está en el cielo, lo cual indica la naturaleza visionaria del texto. Pero también es señal del dualismo cosmológico del autor. Las acciones que suceden en el cielo tienen sus consecuencias reales en la tierra. Es una vía de doble dirección. Esas mismas copas ya aparecieron antes (7,1) repletas con las oraciones de los santos. En este caso, fueron las oraciones de los santos que llenaron las copas, posiblemente con su grito por la justicia, generando la acción, a punto de suceder que va a cambiar la situación.
Himno de justificación
La segunda indicación de transición del texto (kai eidon) aparece para introducir el cántico de Moisés y del Cordero, un cántico que tiene la función de justificar los juicios terribles que van a caer sobre los impíos. Este es el mejor cántico estructurado del Apocalipsis. Se puede percibir fácilmente sus estrofas poéticas, y se puede imaginar su recitación en el contexto del culto de las comunidades cristianas.
El ambiente del cántico en los cielos es como el de un mar de vidrio mezclado con fuego. Ese mar de vidrio ya había aparecido previamente (4,1-2) y era el lugar del trono de Dios. Juan ve a los vencedores alrededor de ese trono. Son aquellos que vencieron a través del testimonio y de la sangre del cordero, caracterizados por tres marcas visibles.
Los vencedores vencieron al animal. En este caso en cuestión, el derrotado es el animal sacado del mar por el dragón. Es la primera bestia. El segundo animal no se lo menciona explícitamente en este contexto, tampoco es necesario, ya que él apenas era el representante profético de la primera bestia. Si esta cayera, su profeta seguiría la misma suerte. Además de eso, a él se lo puede ver en su derrotada imagen. La victoria sobre el animal se configura en la victoria sobre su imagen (su representante, y todas sus marcas visibles de poder y opresión) y sobre el número de su nombre. Ese número parece ser una referencia al número 666 mencionado en el capítulo 13. En aquel contexto, su mención era un código que apuntaba hacia una personaje político de la época de Juan. Sin poder nombrar explícitamente el agente de la opresión, se usa un código mientras tanto. Pero, si él yace derrotado, ya no es necesaria esta estrategia. No tiene sentido seguir usando un número que lo defina, ya que él perdió su identidad.
Los vencedores están sobre el mar de vidrio. La referencia sobre el mal de vidrio solo aparece dos veces en el Nuevo Testamento y ambas en el Apocalipsis. Una en 4,6, describiendo el espacio alrededor del trono de Dios. Con ello, se localiza el ambiente en torno al cual se está entonando este cántico, pero no se agota su expresión. Si el cántico es de Moisés, la referencia al mar frente al cual se canta es substancial. La referencia es casi inmediata al cántico entonado frente al Mar Rojo después de la derrota del Faraón y de su ejército (Ex 15,1-4.11.17-18).
Allí, frente al Mar, Moisés cantó un cántico de liberación, antes de iniciar con la comunidad de los recién liberados su caminar en dirección a la Tierra Prometida. En Ap 15, la comunidad de vencedores cantará sobre el Mar de Vidrio, que la separa definitivamente del alcance de sus opresores. En el Éxodo, Miriam cantó con un tambor. Aquí, los vencedores cantarán con sus arpas recibidas de Dios. Ellos cantarán para iniciar su caminar definitivo en dirección a la ciudad prometida, la Nueva Jerusalén, que en breve bajará del cielo. Ellos no necesitan caminar por el desierto para llegar allá, ellos ya vinieron de allá (Ap 12,14). La mujer necesitó huir al desierto para huir de la presencia del dragón, allí dio a luz a sus hijos, los que vencieron al animal y a su profeta.
Los vencedores tienen las arpas de Dios en sus manos. Frente a una crisis que se percibe aunque no se concreta, se podría esperar que Juan viese espadas en las manos de los vencedores, a causa del contexto bélico de estas visiones. Por lo menos así lo ve la imaginación popular para que sus héroes salgan victoriosos. Ellos dejarían que todos viesen que las armas que necesitaron empuñar para que con maestría, vencer a sus enemigos. Esos vencedores del mar de vidrio, por el contrario, extrañamente, no portan espadas o escudos, sino harpas (kítaras, como parecido a las guitarras). Ellos no vencieron con armas humanas, sino con sus alabanzas a Dios. Más adelante, la referencia a las copas remitirá a los oyentes a las oraciones de los santos, instrumentos que efectivamente generarán las trompetas sobre los opresores del pueblo de Dios (8,1-4), y ahora causarán las últimas plagas sobre sus cabezas. Esa era el arma que debería usar la comunidad de Juan: alabanzas. Juan no recomendó la espada, porque con ella sus adversarios llevarían la mejor parte. Con las arpas en las manos, el pueblo vencería al animal.
Rápidamente la memoria de los oyentes de este texto podría recordar una escena donde el arma también se colocó de lado, cuando Jesús pidió a Pedro bajar la espada (Lc 22,50-51). No es con ella que Pedro vencería la batalla. La violencia produciría más violencia. Era necesario terminar con aquello. Y eso sucedió cuando él, como oveja llevada al matadero, se entregó (Hch 8,32s). Pablo argumentará que las armas cristianas no son humanas, pero son poderosas para destruir fortalezas (2 Cor 10,4). Son harpas sí, pero son como cañones cuando son acompañadas por el testimonio del cordero. Por la visión de Juan, los adversarios de los santos experimentaron en la piel el poder de las poderosas arpas de Dios y de las alabanzas de quienes las empuñaban.
Cuando el cántico comienza, se nota su arreglo (arranjo) preciso. Eso hace que rápidamente sospechemos que ese era un cántico cantado por las comunidades cristianas, tal vez adaptado del mismo Antiguo Testamento. O, por lo menos, fácilmente comenzó a ser cantado a partir de entonces. Él está compuesto por una doxología (formada por dos estrofas estructuradas en paralelismo sinonímico), una sección retórica (formada por dos preguntas retóricas), y el responsorio (formado por tres expresiones de alabanza).
La doxología sigue un patrón fijo. Una expresión de adoración (“grandes y admirables son tus obras, y justos y verdaderos tus caminos”), seguida de una invocación (“Señor, Dios Todopoderoso, y Rey de las naciones”). Estas expresiones, a pesar de que son cantadas en el cielo, representan una expresión de fe en la tierra. Recordamos, nuevamente, que las acciones del cielo se manifiestan en la tierra, y viceversa. En este caso, cuando una comunidad cristiana, frente a un contexto opresor, rechaza aceptar la autoridad de ese gobierno, entregándola a Dios, se está envolviendo en un acto político. Dios es todopoderoso y rey de las naciones. El gobierno terreno, no. Era una expresión de fe que iba más allá de las circunstancias. Para que pudieran cantar eso, deberían apartar sus ojos de la mano que los oprimía, y subir al cielo, junto con Juan, para proclamar que Dios era rey y emperador de hecho. Cualquier gobierno humano apenas era un animal vencido que esperaba su castigo que vendría en breve anunciado por las siete copas.
Ceremonia de investidura
Finalmente, después del himno, se abre la tercera parte preparatoria de la siete copas. Es una especie de ceremonia de investidura, con toda la fuerza dramática que pueden tener escenas como esa. Los ángeles serán investidos por el ser viviente (otro personaje de la liturgia celestial de Ap 4,1-2). Se anuncia la perícopa con la expresión “y vi después cosas”. ¿Qué es lo que Juan vio? El vio tres acciones en el cielo, seguidas de dos resultados inmediatos, y un tercero manifestado en siete copas.
Juan vio, primeramente, abrirse el santuario del tabernáculo del testimonio. Esa tienda del testimonio es otra referencia a Moisés y a los peregrinos en el desierto. La tradición judía creía que el tabernáculo, que sirvió de modelo para el templo de Salomón, fue construido según el modelo celestial contemplado por Moisés (Ex 25,40). Este tabernáculo poseía un santuario, donde se veía el arca de la alianza, o del testimonio. Se creía que era en ese lugar, el santo de los santos, donde Dios habitaba. Es de ese lugar del santuario de donde saldrán los siete ángeles que derramarán las siete plagas del éxodo final. Es otra manera de decir que las últimas plagas saldrán de la morada de Dios, o, simplemente, de su presencia.
Como se puede percibir por la estructura del texto, cada una de las acciones está anunciada por la partícula “y” (kai abrió, kai salieron), y como sujeto de la segunda acción encontramos un conjunto de siete ángeles. Ellos salen directamente del santuario, de la presencia de Dios, de su arca y de su testimonio. Son ángeles diferentes no solo por el lugar de donde salen sino por su apariencia. Las vestiduras recuerdan la ropa sacerdotal usada para ejercer el ministerio en el santuario (Ex 39,1-2), lo cual apunta hacia ángeles ministros.
La tercera acción se realiza por uno de los seres vivientes (cap. 4). El entrega a los ángeles estas copas repletas de la ira de Dios. Al comparar esa ceremonia celestial con otra que está presente en el libro (8,3), percibimos que son las oraciones de los santos las que llenan las copas de la ira. Los hijos y las hijas de Dios, con sus gritos de venganza, apresuran la llegada del juicio sobre sus adversarios. De la misma forma las arpas aparecen en lugar de la espada, las oraciones ocupan el lugar de los escudos. La mejor arma de la comunidad cristiana, según Juan, no era la resistencia activa a los agentes de la opresión, sino la oración intensiva, que apresuraría su fin. Con esa referencia, nuevamente, el texto se reporta a la experiencia del éxodo de Israel. En aquella oportunidad, fue el clamor de los hijos de Israel que llegó hasta Dios, provocando la respuesta divina (Ex 3,9). El clamor de Israel lleva a Dios a llamar a Moisés de su peregrinación por Madián y hacerlo agente de las plagas destructoras sobre Egipto. En Ap 15, es la oración de los cristianos y cristianas que llena la copa, que será entregada a los ángeles para ser arrojada sobre los opresores. Las plagas son, entonces, las respuestas de Dios a los clamores de sus hijos por la justicia.
Finalmente, como resultado de esas tres acciones, el santuario se llenó de humo y se cerró. El había sido abierto en 11,19 para revelar otra temática del éxodo: el arca de la alianza. El humo de su poder y de su gloria impide que alguien se aproxime, de la misma forma como el Antiguo Testamento narró la ceremonia de inauguración del tabernáculo (Ex 40,34-35). Nada adelantaría clamar por misericordia. El reloj de las copas estaba finalmente activado. Una a una, ellas serían arrojadas sobre la humanidad impenitente.
El resultado de la acción de las copas no está presente en este capítulo, pero se lo puede anticipar por el cántico de liberación. Una vez más, las copas serían arrojadas contra los opresores para liberar al pueblo de Dios. El no dejará presos a sus hijos e hijas. Su lugar no es el desierto, Egipto, Asia o cualquier otro lugar. Su destino es la Nueva Jerusalén, que finalmente, en lugar de manar leche y miel, los trasladaría a la presencia y a la gloria de Dios. Cuando eso sucede, el santuario será abierto definitivamente para no cerrarse jamás.
Valtair Miranda
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En este artículo estamos presuponiendo un contexto social de crisis preconcebida alrededor del Apocalipsis, no necesariamente de persecución objetivo. Es posible también que Juan estuviese preveyendo una persecución en lugar de describirla. La oposición que aparece en su libro estaría despuntando en breve tiempo. Su propósito sería justamente el de producir crisis en los lectores para sacarlos del estado de conformismo social en el que se encontraban. Cf. Richard B. Vinson, “The social world of the Book of Revelation”, em Review and Expositor, Louisville: Southern Baptist Theological Seminary, vol.98/1, 2001, p.12.15.22.
Elisabeth Schüssler Fiorenza argumenta que el tema teológico del éxodo de Israel en Egipto aparece implícitamente en las narrativas anteriores, pero surgirá explícitamente en la serie de las siete copas (Apocalipsis - Visión de un mundo justo, Estella: Editorial Verbo Divino, 1997, p.129).
Adela Collins denomina este bloque literario como “primera serie innumerable”, que va desde 12,1 hasta 15,4. Cf. Adela Yarbro Clollins, The combat myth in the book of Revelation,Eugene: Wipf and Stock Publishers, 2ª edição, 2001, p.28.
Pablo Richard, “As pragas na Bíblia - Êxodo e Apocalipse”, en Concilium, Petrópolis, Vozes, vol.273, 1997, p.57-66. Un cuadro ampliado de relaciones entre desierto y proyecto de liberación se puede encontrar en este mismo autor en Pablo Richard, Apocalipsis, reconstrucción de la esperanza, Petrópolis, Vozes, 1996, p.181-182. (La edición española está publicada en el DEI y en Editorial Tierra Nueva, Quito).
Pablo Richard, “As pragas na Bíblia”,p.60.
Joel Antônio Ferreira, “É possível rezar em tempos de perseguição? A liturgia da vida no Apocalipse”, em Estudos Bíblicos, Petrópolis, Vozes, vol.35, 1996, p.64.
Para Carlos Mesters, la bestia es el imperio, la imagen es su propaganda ideológica, y su número es una referencia al culto imperial. Cf. Carlos Mester e Francisco Orofino, Apocalipse de São João: a teimosia da fé dos pequenos, Petrópolis, Vozes, 2002, p.284. (En español: Cielos Nuevos Tierra Nueva, Editorial Tierra Nueva, Quito)
Joel Antônio Ferreira, “É possível rezar em tempos de perseguição?”, p.55.
Elisabeth Schüssler Fiorenza, Apocalipsis - Visión de un mundo justo, p.130; Carlos Mesters e Francisco Orofino, Apocalipse de São João, p.284.
Morris Ashcraft, Comentário bíblico Broadman - Novo Testamento, editado por Clifton J. Allen, Rio de Janeiro, JUERP, vol.12, 1985, p.377.
Joel Antônio Ferreira, “É possível rezar em tempos de perseguição?”,p.61-62.
Elisabeth Schüssler Fiorenza, Apocalipsis - Visión de un mundo justo,p.132.
Elisabeth Schüssler Fiorenza, Apocalipsis: visión de un mundo justo,p.133.
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