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“BIENAVENTURADO AQUEL QUE PERSEVERA” (Dn 12,12) Una INTRODUCCIÓN AL LIBRO DE DANIEL

José Ademar Kaefer

Resumen

Uno de los periodos más turbulentos y de gran persecución en la historia del pueblo judío fue el reinado de Antioco IV Epifanes /175-164 a. C.). Fue la época en que los líderes de la religión judía, agrupados en el Templo, abandonaron decididamente las tradiciones de sus ancestros y asumieron la religión del imperio. El libro de Daniel nace en este medio, como señal de resistencia popular. La literatura apocalíptica, de la cual Daniel es su mayor expresión dentro del Primer Testamento, tiene esta peculiaridad: fortalecer la resistencia y reavivar la esperanza.

Abstract

The reign of Antiochus Epiphanes IV (175-164 BC) was one of the most turbulent periods and marked by the worst persecution in Jewish history. It was the time when the leaders of Jewish religion, being centered around the Temple, consciously abandoning their ancestral traditions, holding on to the religion of the Grecian Empire. The Book of Daniel was a product of this period to be the sign the popular resistance. As the highest expression of the Apocalyptic literature of the First Testament, the Book of Daniel presents these particularities: strengthening the resistance and rekindling the hope.

 ¡Es tiempo de hablar de esperanza! Cuando el 21 de febrero de 1990 el Frente Sandinista de Liberación Nacional perdió las elecciones en Nicaragua, parecía que llegaba el fin de una utopía. Es difícil describir lo que se sintió aquel día. Recuerdo a una señora del barrio Sócrates Sandino, a quien llamábamos dona Toña, que decía: “me siento como si hubiera perdido un hijo más”. Tantas personas que habían dado su vida por la revolución, tantos mártires… Tantos y tantas que dejaron su país por prestar años de solidaridad, sufriendo persecuciones, calumnias, inseguridad, miedo… para ver que todo se desmorona en un solo día. Desgraciadamente la corrupción interna y, principalmente una década de guerra de baja intensidad, promovida por el imperio de Estados Unidos, se encargaron de minar un sueño que casi se convierte en realidad.

De tiempo en tiempo nuestras esperanzas son podadas. Bastan que ellas crezcan un poco para que uno o varios lleguen y se encarguen de ponerle fin a aquello que parecía ser un rumbo cierto. Es entonces que parece que todo se desmorona. Llega la desesperación, el descrédito, la desesperanza. “No tiene sentido seguir el mismo camino, es mejor cuidar de las cosas”, decimos entonces. El libro de Daniel pretende ser un aliento para esos momentos.

1 - Daniel y los escritos

Los Escritos fueron ordenados en la secuencia actual, alrededor del año 90 d.C. Igual que el tanak , termina con los libros de Crónicas, agregados a Esdras y Nehemías. Posiblemente, dada la situación del pueblo en la diáspora, la conclusión de los libros de las Crónicas convocando al pueblo a volver a la tierra de Judá, sea un elemento que pesa en la balanza . En Esdras/Nehemías encontramos justamente los elementos de la propuesta que prevalecen en el judaísmo después del año 70 d.C.: ¡la vida en la ley! El libro de las Crónicas, a más de esto, describe el inicio el libro del Génesis. Después de todo, Crónicas contiene una historia que incluye incluso los tiempos de Adán (1Cro 1,1-2).

También es interesante la ubicación del libro de Daniel. Su lugar está: antes de Esdras/Nehemías/Crónicas y después del libro de las Lamentaciones, Eclesiastés y Ester. El factor cronológico no parece tener un papel determinante, pues en ese caso, la secuencia debería ser distinta. Si la secuencia canónica del tanak, en tres bloques, se da por la importancia que cada uno de ellos tiene en la liturgia, entonces se puede suponer que el orden interno de cada bloque debería obedecer también a la misma razón. Sin embargo, esto es difícil de aseverar. De tal manera que sólo podemos hacer conjeturas. En este caso, hay que considerar que Ester y Daniel están próximos, en cuanto al tema de la violencia en Ester y el asunto pacifista en Daniel.

Si la defensa del judaísmo puede ser considerada como un aspecto común entre las últimas obras de los Escritos, entonces es posible encontrar allí un hilo conductor. Por ejemplo, en el libro de las Lamentaciones se llora por la Jerusalén destruida, solitaria y abandonada; el libro de las Crónicas muestra la grandeza de la historia del judaísmo, concluyendo con el anuncio de la liberación y convocando al pueblo para el regreso: “Quien de entre ustedes pertenece a su pueblo, sea su Dios con él y suba” (2Cro 36, 23). El libro de Qohélet ridiculiza las grandes novedades comerciales del helenismo y su sabiduría, y rescata los valores de la vida sencilla, desapegada y atraída por lo cotidiano. Esdras y Nehemías, de modo pacífico, a bordan el tema de la reconstrucción de Jerusalén y de la reorganización del judaísmo alrededor de la ley. En el centro quedan Ester y Daniel, dos libros que se asemejan mucho: uno viene inmediatamente después del otro, ambos tienen el ambiente de la corte como escenario para sus narraciones y en ambos se suscita un debate directo con el imperio .

2 – La formación del libro

El libro de Daniel, probablemente no surgió de una sola vez. A pesar de presentar unidades concisas, la composición como un todo es más bien fragmentada, por ejemplo, la obra fue escrita en dos lenguas : en hebreo (1,1-2,4a y 8,1-12,13) y en arameo (2,4b-7,28). Sólo este dato ya nos bastaría para percibir que el texto no es obra de un único autor .

Otra diferencia que llama la atención es la narración que, en las unidades 1,1-7 y 13,1 - 14,42 está en tercera persona, mientras que en la unidad 7,2 – 12,13 lo está en primera persona. A más de estas, existen otras divergencias pequeñas que valen la pena remarcar. En 1,19 el rey ya conoce a Daniel, sin embargo en 2,25, Daniel necesita que se lo presente al rey. Según 1,5 Daniel necesita de tres años de formación para poder prestar su servicio en la corte, mientras que en 2,1.25, en el segundo año de Nabucodonosor, Daniel ya se encuentra sirviendo en la corte del rey. En 6,29 se menciona al gobierno persa, pero en 7,1ss de deja ver que aún se sigue bajo el reinado de Baltasar, rey de Babilonia.

Si tomamos el criterio lingüístico como base, deberíamos dividir la obra en dos partes: 1,1-2,4ª; 8,1-12,13 y 2,4b-7,28. Pero si consideramos el contenido y estilo llegaremos a un resultado distinto. Los capítulos 1-6 se asemejan mucho entre sí, especialmente los capítulos 2-6, que se caracterizan por dar énfasis a los sueños, dentro de un género literario novelístico, de tal manera que en estos capítulos iniciales encontramos una gran unidad. Los capítulos 7-12 se caracterizan por las visiones y por el uso de un género literario auténticamente apocalíptico. La primera parte (1-6) se identifica con la novela de José en Egipto (Gn 37,2-50,26), con la diferencia de que en Daniel no siempre las interpretaciones favorecen al rey. A diferencia de la segunda parte (7-12), en la primera (1-6) el rey tiene una presencia constante y cumple, junto a Daniel y sus compañeros, un papel estelar. Nabucodonosor, por ejemplo, es abordado como el que tiene mucho aprecio por el “Dios de los santos”. Con pocas excepciones, las relaciones de Daniel con el rey en la corte son bastantes cordiales. En la segunda parte, el panorama cambia completamente: desaparece la simpatía por el rey y aparecen las visiones que predicen el fin de los imperios: juzgamiento, condenación y destrucción. En el puesto de los imperios bestiales y temporales surge un reino humano-divino que es definitivo.

Después de todas estas apreciaciones, proponemos la siguiente estructura:

a) 1,1-21: Introducción: Daniel y sus amigos en la corte de Nabucodonosor.

b) 2,1-6,29: Novelas bíblicas: Dios protege a quien le es fiel.

c) 7,1-12,13: Fin de los imperios bestiales y comienzo del reinado humano-divino.

3 – Datos del autor

Las constantes referencias a Antioco IV Epifanes nos llevan a afirmar que –con gran probabilidad, el libro fue compuesto, sino en su totalidad, si en su mayor parte durante los años 175 y 164 a. C. Las menciones respecto a las profanaciones del templo, a la prohibición de los sacrificios diarios, a la construcción de un altar a Júpiter Olímpico (11,31; 12,11), a la guerra macabea y al martirio de los justos (11,33-34) nos ayudan a decidirnos por el año 165 a.C. como la fecha más probable.

Un asunto más complejo radica en la necesidad de identificar a su autor o autores. El nombre Daniel significa “Dios y mi Juez” , ciertamente este es un seudónimo que hace justicia a uno de los temas centrales del libro: el juzgamiento de los imperios por parte de Dios. La primera parte (1-6) tenía como referencia a los jóvenes piadosos de Jerusalén, opuestos al helenismo. La segunda parte (7-12), por su énfasis en la historia y por su proximidad a los libros de los Macabeos, parece pertenecer al mismo grupo que compone la obra macabea. Por lo tanto, los hasidim, los “piadosos” (1Mac 2,42; 7,13; 2Mc 14,6), con sus diferentes perspectivas, son los autores más probables.

4 – El texto

El capítulo 1 introduce todo el libro de Daniel, situándolo vívidamente en el contexto babilónico (598-539). Daniel y sus compañeros serían judíos deportados que, posteriormente fueron educados para trabajar en la corte del rey Nabucodonosor . Aun dentro del palacio, y puestos al servicio del rey, Daniel y sus compañeros siguen siendo fieles a JHVH y a los principios de su pueblo. Es así que el capítulo 1 presenta uno de los temas centrales que atravesará todo el libro: la resistencia de la cultura judía.

A partir del capítulo 2 comienza aquello que preferimos llamar “las novelas bíblicas”, de corte apocalíptico, que va hasta el capítulo 6. Todos siguen un esquema similar. La primera trata sobre el sueño que tiene el rey Nabucodonosor con una inmensa estatua que simbolizaba los cinco grandes imperios: babilónico, medo, persa y griego, este último dividido en dos, el alejandrino y el tolomeo-seléucida. Después del fracaso del los sabios babilónicos, Daniel consigue descifrar, con el auxilio de Dios, el sueño y su enigma. La novela concluye con una alabanza y una recompensa del rey para Daniel y sus compañeros. Vale señalar que ente apartado ya aparece el anuncio escatológico del reino que suscitará Dios (2,35.44), tema este que se volverá recurrente en la segunda parte.

La segunda novela (Dn 3) trata también el tema de una enorme estatua, pero esta vez no es vista en sueños por Nabucodonosor, sino que es construida por él para que sea adorada por todas las personas del imperio. Los compañeros de Daniel se oponen a este culto, siendo por ello lanzados a un horno caliente, de donde son salvados gracias al Ángel de Dios. El final es semejante al anterior: una alabanza del rey al Dios Altísimo y un premio para los tres jóvenes.

La tercera novela (Dn 4) trata sobre el sueño que tiene Nabucodonosor con un inmerso árbol –el imperio babilónico, que alcanzaba los confines de la tierra y cuya destrucción era anunciada por el Ángel de Dios. Tampoco en esta oportunidad, los adivinos de Babilonia consiguen descifrar su significado, teniendo que hacerlo otra vez Daniel. A diferencia del primero, la realización del sueño ocurre en el relato, que recuerda al rey la necesidad de hacer penitencia y de convertirse. Una vez más, en la conclusión, se ofrece una alabanza al Dios Altísimo, por parte del rey.

La cuarta novela (Dn 5,1-6,1) habla sobre un gran banquete ofrecido por el rey a sus más altas dignidades. En esta fiesta el rey usa las copas que habían sido llevadas a Babilonia después del saqueo del templo. El rey ya no es Nabucodonosor, sino Baltasar, probablemente hijo de Nabónides. Durante el banquete aparece una mano que escribe un mensaje extraño en la pared del palacio real. Una vez más sólo Daniel es capaz de descifrar la descripción. Al final, otra vez Daniel recibe aquel premio que había sido rechazado un poco antes (5,18-28), y Baltasar es asesinado. En esta novela, el rey desconoce a Daniel; es la reina quien los presenta mutuamente. En esta parte del libro también nos encontramos con la simpatía por el rey, que ya habíamos visto en relatos anteriores. La mención al uso de los vasos sagrados, probablemente sea una referencia a la profanación del templo por parte de Antíoco Epífanes (cf. 2Mac 5,15ss).

La última novela (Dn 6,2-29) se encuentra en total sintonía con la segunda (Dn 3), a pesar de las diferencias que se pueden encontrar, por ejemplo en Dn 6, la víctima es Daniel quien, por rehusarse a adorar al rey Darío, es lanzado a la fosa de leones. . En Dn 3, las víctimas son los compañeros de Daniel, quienes se rehusaron a adorar la estatua de Nabucodonosor. La conclusión repite el mismo esquema anterior: una alabanza por parte del rey, y la prosperidad para Daniel. El castigo en el horno caliente y en la fosa de los leones es, sin lugar a dudas, una referencia a los mártires que fueron torturados en la guerra contra el imperio seléucida y, al mismo tiempo, es una invitación a mantener la resistencia.
 
A partir del capítulo 7 comienzan las visiones que son más claramente apocalípticas. A partir de ahora desaparecerán los amigos de Daniel. La primera visión retoma el reinado de Baltasar, quien ya había muerto en 6,1; además se habla de los cuatro animales (Dn 7). El objetivo aquí es referirse a los cuatro grandes imperios que oprimirán al pueblo judío, y más directamente al opresor del momento: Antioco IV. Al final, al contrario de las novelas, los imperios serán juzgados y su poder entregado a uno que es como Hijo del Hombre (7,14), entregado al pueblo de los santos del Altísimo (7,27). Irónicamente, los imperios bestiales no subsistirán. Quien reinará en el futuro, y para siempre, será el pueblo que permanece fiel a JHVH. Por otra parte, se percibe una gran aproximación entre la visión de Daniel en el capítulo 7 y el sueño de Nabucodonosor del capítulo 2, lo que garantiza la continuidad con relación a la primera parte. Por lo tanto, Dn 7 puede ser considerado como una especie de puente entre la primera parte (2-6) y la segunda parte (7-12).

La segunda visión de Daniel, en el capítulo 8 es sobre la oveja y el macho cabrío. Ésta retoma la primera visión (cap. 7), describiendo maravillosamente la sucesión del imperio persa, por uno nuevo, el griego. También aquí, la crítica central se dirige al opresor del momento: Antioco IV, el “rey arrogante” (Dn 8,23), el último imperio a ser destruido.
 
La visión de Dn 9 comprende una gran oración de Daniel, cuya preocupación central es el tiempo necesario para la expiación de las maldades y la instauración de la justicia eterna. A pesar de que la situación se ubica durante el reinado de Darío, hijo de Asuero, el texto evoca con claridad la realidad vivida por el pueblo judío durante el reinado de Antioco IV Epifanes, época en que el rey mandó a matar al Sumo Sacerdote Onías III (2Mac 4,30ss) y ha profanar el templo, consagrándolo a Júpiter Olímpico (2Mac 6,1-2; Dn 11,31-32). Aquí el autor hace un paralelo entre la destrucción del templo en el 587 a.C. por parte de Nabucodonosor y la profanación de Antioco IV en el 167 a.C.

Los capítulos 10-12 forman una unidad cohesionada. Comienzan con la visión del hombre revestido de lino (Dn 10) , quien va a anunciar lo que va a suceder en el final de los días. Sigue luego un anuncio (Dn 11) que habla del reinado de los imperios y sus sucesiones. La primera parte hace una referencia muy breve del imperio persa y del imperio griego de Alejandro Magno (11,2-4): La segunda parte aborda ampliamente los eventos que ocurrieron entre los sucesores de Alejandro (11,5-20), deteniéndose, particularmente, en el reinado de Antioco IV Epifanes (11,21-45). Al final (cap. 12) se ofrece la conclusión de la visión: el hombre revestido de lino presenta la durabilidad de las cosas inauditas y la llegada del fin de los tiempos. Allí será “bienaventurado aquel que persevera” (Dn 12,12).

Como podemos percibir, una crítica a toda la obra de Daniel tiene que centrar su atención en el reinado de Antioco IV Epifanes (175-164). Por eso, a pesar del poc espacio que tenemos para introducir el libro de Daniel, nos sentimos obligados a hacer, por lo menos, una breve memoria del contexto histórico de este periodo .

5 - Contexto histórico

Aunque el autor del libro de Daniel remonte sus escritos hábilmente en un pasado distante, durante el exilio en Babilonia (598-539 a.C.) y al inicio del imperio persa (538), él se encontraba viviendo en el imperio seléucida, durante el reinado de Antioco IV. Por ese tiempo, el helenismo estaba en pleno apogeo. En las ciudades más importantes del imperio, principalmente en las ciudades portuarias, el libre comercio daba las reglas de vida. La posibilidad de enriquecerse estimulaba en la clase comercial un afán desmedido por la búsqueda de productos comerciables. Todo se compraba y todo se vendía. El uso de la moneda como medio de intercambio y de acumulación de riquezas se tornaba cada vez más intenso y más eficaz. El modo de producción esclavista ya estaba consolidado. Millones de vidas humanas, por lo menos la mitad de la población del imperio, eran esclavizadas y comercializadas, pues era el combustible que mantenía en funcionamiento la maquinaria comercial. La acumulación del excedente producido por la mano de obra esclava posibilitaba el surgimiento de las mejores universidades, de los mejores centros de estudios, de ocio, de juegos, de competiciones, etc. conocidos hasta entonces. Pero, a más de los grandes propietarios atraídos por el comercio, el helenismo conquistaba principalmente el corazón de los jóvenes de familias adineradas.

Quien más se beneficiaba de este sistema era aquel que estaba en la cima de la estructura. En última instancia el rey, quien se auto-denominaba hijo de su dios, dueño de todas las tierras y de todos los bienes, inclusive de las vidas humanas, era quien más estimulaba el helenismo. Para el monarca, de nada valía ser dueño de un imperio inmenso, si éste no producía riquezas. Por eso, él era el más interesado en la propagación del helenismo.

Jerusalén y las aldeas del interior de Judá sobrevivían en medio de esta situación. Por todos lados se respiraba helenismo. La situación empeoró cuando, en los días de Daniel, Antioco IV Epifanes asumió el trono de Siria (175-164 a.C.). El inicio del reinado de Antioco IV coincidió con una gran tensión interna vivida en Jerusalén; dos grupos están en disputas por el poder: uno representado por el Sumo Sacerdote Onías III, más conservador, que defendía las costumbres y tradiciones religiosas judías, y otro, liderado por un tal Simón –superintendente del templo, y Jasón, hermano del Sumo Sacerdote Onías, quienes querían introducir el helenismo en Jerusalén, con todos sus requisitos. Alrededor del 174 Jasón, después de entregar una fuerte suma de dinero al rey Antioco Epifanes, y en conjuro con Simón, se apodera del cargo de Sumo Sacerdote. Sus primeras acciones fueron la construcción de una plaza de deportes y una efebia al lado del santuario, introduciendo con ello nuevos hábitos, vestuarios, juegos, etc. En fin, convirtió Jerusalén en una polis griega ejemplar, llegando incluso a cambiar el nombre de la ciudad por el de Antioquia. Uno de sus últimos desagravios fue el envío del dinero para el sacrificio en honor a Hércules, en Tiro (2Mac 4,1-20).
Los agravios continuaron. Alrededor del 171 a.C. Jasón envió a Menelao, hermano de Simón, a donde Antioco, para que pagase la deuda que había contraído. Menelao, sin embargo, prometió al rey una cantidad aun mayor y compró para sí mismo el cargo de Sumo Sacerdote. Jasón fue, entonces, expulsado a Amman (2Mac 4,23-26). Con el pasar del tiempo, Menelao no logró pagar el dinero prometido al rey, por lo que se vio obligado a tomar algunos objetos de oro del templo para venderlos y así cancelar la deuda a Antioco IV. Esta actitud provocó el repudio de Onías III, quien se encontraba refugiado en Dafne. Menelao, temiendo que Onías pudierse liderar una revuelta popular, se apresuró a eliminar al viejo Sumo Sacedote (Dn 9,25-26; 11,22). La muerte de Onías III suscitó la indignación del pueblo, creándose así una gran tensión en Jerusalén. Jasón, aprovechando el descontento popular y dando oídos a un rumor de que Antioco IV había muerto, reunió a un gran grupo de hombres y atacó Jerusalén. Antioco IV, que regresaba de su segunda expedición a Egipto, aprovechó la ocasión para invadir Jerusalén y, dado que necesitaba dinero para solventar sus guerras, saquear el templo. A más de ello, para sofocar la rebelión, Antioco IV prohibió el culto, así como todas las prácticas religiosas judías. En su lugar puso la celebración de las fiestas y de de los cultos a los dioses griegos, llegando incluso a construir un altar a Júpiter Olímpico, dentro del templo .

Dentro de este contexto es que se escribe el libro de Daniel. A pesar de que sea muy probable que las novelas de la primera parte (Dn 2-6) ya estuvieran circulando independientemente antes, es por esta época que son reunidas para, junto al conjunto de las visiones de Dn 7-12, hacer parte de un todo. El libro se constituye así en una importante referencia, no sólo para el rescate de los valores y creencias judías, sino también para la resistencia popular contra la dominación imperialista. La derrota de los imperios bestiales y el surgimiento de un reino con semblante humano, cuyo poder será entregado al “pueblo de los santos del Altísimo (Dn 7,27), trae un nuevo aliento y la certeza de que el pueblo, la mayor víctima del imperialismo, al final triunfará. Con bastante probabilidad este libro habrá servido de gran impulso para las luchas de los macabeos.

“¡Cómo es bueno saber que Dios no aprueba la maldad de los poderosos! Señor, ¿qué sería de nosotros?”. Así comentaba un señor del barrio de Grajaú, en la periferia de San Pablo (Brasil), después de hacer un estudio bíblico. La certeza que nos enseña el libro de Daniel es esta: aun cuando el poder de los tiranos y de sus cómplices parece no acabar nunca. Algún día les va a llegar su hora. “A pesar de que hay algunas estrellas cayéndose, la estrella de la esperanza continua brillando siempre” . Lo importante es no dejarse corromper: “Bienaventurado aquel que no deja de perseverar” (Dn 12,12).

José Ademar Kaefer
Rua Verbo Divino 993
São Paulo/SP
04719-001
Brasil
joseademark@yahoo.de

 

Agradecimiento especial al equipo del Centro Bíblico Verbo Divino.

La palabra TaNaK reúne las iniciales de Torá (Lei), Nebi’im (Profetas) e Ketubim (Escritos).

Principalmente si consideramos a situación de alrededor del año 90 d.C., cuando el templo fue destruído y la comunidad judía empezó a vivir dispersa, fuera de Jerusalén.

Percibimos que las preocupaciones de la literatura producida durante el período persa son diferentes con relación a las preocupaciones de la literatura producida durante el dominio griego. La primera se preocupa de problemas de nivel interno, mientras que la segunda se preocupa de neutralizar la influencia externa. El hecho es que, la política de dominio persa, se centrada esencialemente en lo económico. Los griegos, por su parte, lo que querían también era el alma de los pueblos conquistados.

Queremos recordar que estamos abordando el libro de Daniel en la tanak, donde los cc.13 y 14 están ausentes.

En la Septuaginta encontramos algunas agregados en griego: 3,24-90 y 13,1-14,42. Estos agregados y la diferencia entre el texto griego y el arameo de 4,1-6,29 llevan a creer que la Biblia de los LXX se sirivió de un texto base distinto.

Veja Rafael Rodrigues da Silva, “Movimentos entre a imaginária da opressão e o imaginário da esperança – Uma leitura do livro de Daniel”, em RIBLA, Petrópolis/São Leopoldo, Editora Vozes/Sinodal, vol.39, 2001, p.82-100.

Quizá el nombre sea inspirado en Ez 14,14; 28,3.

Dn 1 presenta elementos que nos ayudan a comprender una de las principales tareas de los exiliados: el servicio en la corte. Para ello, los jóvenes necesitaban ser de sangre real o parte de familias nobles, sin defectos, con buena apariencia física e instruidos en las ciencias. Daniel y sus compañeros, por lo tanto, posiblemente fueron parte de la primera deportación (Cf. 2Re 24, 8-17; Jr 52).

No es posible desarrollar aquí este fascinante tema que es “el Hijo del Hombre”. Sugerimos la lectura de Pablo Richard, “O povo de Deus contra o Império – Daniel 7 em seu contexto literário e histórico”, en RIBLA, Petrópolis/São Leopoldo, Editora Vozes/Sinodal, vol. 7, 1990, p. 22-40; Ágabo Borges de Sousa, “A figura de ‘Um como um Filho de um Homem’ em Daniel 7”, en Estudos Bíblicos, Petrópolis/São Leopoldo, Editora Vozes/Sinodal, vol. 52, 1997, p. 72-77.

Un texto sin contexto es un pretexto.

Véase Dn 11; 1Mac 1,10-11; 2Mac 4,21-38; 5,1-23; 6,1-11; Flavio Josefo, História dos hebreus, São Paulo, Editora das Américas, vol. 12, p. 147-153; Pablo Richard, “O povo de Deus contra o império...”, p. 32-33; Ágabo Borges de Sousa, “O fim do mundo no livro de Daniel – A esperança do novo”, en Estudos Bíblicos, Petrópolis/São Leopoldo, Editora Vozes/Sinodal, vol. 59, p. 25-26.

Cita que está en el artículo de lanzamiento de la Agenda Latinoamericana 2006, en el memorial de América Latina, en São Paulo.

 

 

 

 

 
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