www.clailatino.org

Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

Javé es misericordia – Leyendo a Lucas 1-2 por la hermenéutica del conflicto

Sandro Gallazzi

Resumen
Hermenéutica del conflicto significa comprender el conflicto como lugar teológico (= contribuye al conocimiento de Dios), como lugar interpretativo (=contribuye al correcto entendimiento del texto) y como lugar socio-político (=contribuye para nuestra militancia al servicio del Reino). En este pequeño ensayo vamos a destacar cómo las comunidades de Lucas enfrentaron el conflicto del templo con la casa, el conflicto de la casa con la “genealogía” y el conflicto social en el contexto del imperio romano. Este conflicto produjo y subyace al evangelio de la infancia, anunciando lo “nuevo” que significó la venida de Jesús en medio de nosotros.

Abstract
Conflict hermeneutics understanding conflict as a theological locus (= contributes to the knowledge of God), as an interpretative locus (= contributes to the correct understanding of the text), and as a socio-political locus (= contributes to our militancy in the service of the Kingdom). In this brief essay we will highlight the way the communities of Luke confronted the conflict of the temple with the house, of the house with “genealogy” and social conflict in the context of the Roman empire. This conflict produced the infancy Gospel and underlies it, announcing the “new” which means the coming of Jesus in our midst.

Algunos presupuestos

            Vamos a leer los dos primeros capítulos del Evangelio de Lucas con la hermenéutica del conflicto.
            Se hacen necesarias algunas observaciones metodológicas.
Hermenéutica del conflicto significa comprender el conflicto como lugar teológico (= contribuye al conocimiento de Dios), como lugar interpretativo (= contribuye al correcto conocimiento del texto) y como lugar socio-político (contribuye para nuestra militancia al servicio del Reino).
En esta perspectiva, la historia y sus conflictos constituyen el elemento hermenéutico esencial.
Al hablar la palabra historia, ya estamos mezclando: historia es palabra que acontece, historia es el acontecimiento que se vuelve palabra. Es el hebreo dabar - ¡palabra y acontecimiento al mismo tiempo!
Si palabra e historia se confunden y se mezclan en una interacción permanente, debemos concluir que separar la palabra de la historia, es el mayor despropósito hermenéutico que podamos hacer.
Y la historia es, esencialmente, conflicto tensión, trans-gresión de tiempos, ideas, límites y, por eso, nunca va a haber una palabra unívoca, inequívoca, neutra. Ni tampoco la palabra sagrada.
La historia se construye en la eterna transgresión de estructuras fijas que son consideradas y presentadas como eternas, inmutables y, de una cierta manera, divinas, aunque solo sirvan a quienes sacan de ellas las ventajas económicas, políticas y/o sociales: quien detenta el poder.
Leer las páginas bíblicas desde el conflicto, significa buscar la línea transgresora de los pobres, de las mujeres, de los marginados, de los extranjeros que permitió la historia, porque fue capaz de derrumbar desde el poder patriarcal en las carpas, hasta en los palacios imperiales y los templos sagrados.      
Cuando la transgresión tiene lugar, nace la poesía, nace la historia.
Conocer, entonces, el conflicto que produjo el texto es decisivo para su comprensión. Todo texto está históricamente situado. No cayó del cielo, como por un milagro. Tiene lugar social, tiene grupo que lo produjo, está a favor de alguien. Nunca es neutro.
Será necesario, por eso, tener la osadía de vencer fáciles y cómodos dogmatismos y reduccionismos, para hacernos sentir partícipes del conflicto, tomar posición y descubrir, en las contradicciones de la historia, cómo se mantiene viva, creativa, cada vez más inspirada, la esperanza de los pobres, de los excluidos, de los oprimidos.

La primera preocupación desde y de la hermenéutica no es “¿qué es lo que el texto quiere decir?” y, sí, “¿de qué lado del conflicto voy a quedar yo?”
Hacer hermenéutica es, como nos dice Fray Carlos Mesters, ser radicalmente fieles al Dios de los y de las pobres y fieles a los y a las pobres de Dios. La interpretación más “verdadera” de la palabra, será siempre aquella capaz de ser “buena noticia” para los pobres, proclamar el “año agradable al Señor” para las personas pobres, ciegas, acorraladas, oprimidas, excluidas.
La hermenéutica no se limita a explicar el texto, para conocer mejor la historia de salvación. La hermenéutica debe realizar, que nuestra historia continúe siendo de salvación. El resultado más correcto de la investigación hermenéutica está en saber descubrir que “hoy está aconteciendo la palabra que acabamos de escuchar” (Lc 4,21).
Hermenéutica no es la actividad de los rabinos, de los maestros y doctores, de los y de las exegetas: para ellos y ellas los misterios “están escondidos”.
¡Hermenéutica es profecía!

El conflicto entre el templo y la casa - El sacerdocio viejo, desmemoriado y estéril, queda mudo (Lucas 1, 5-23)

Lucas comienza su narración presentándonos una casa solariega sacerdotal: Zacarías, cuyo nombre significa “IAVE se acuerda” , descendiente de Abías (= Javé es Padre) y su mujer Isabel (Isabel = ‘mi Dios es la plenitud’). Ella posee el mismo nombre que la mujer de Aarón, el hermano de Moisés y el padre de todos los sacerdotes del Antiguo Testamento. Es una rama justa, practicante de la ley, pero vieja y estéril.
En el corazón del templo, frente al altar del incienso, Zacarías, de pie, está oficiando como sacerdote, mientras que el pueblo, afuera, está orando.
Nombres y el local demarcan, desde el inicio, el espacio y la importancia del conflicto. La narración se abre con una liturgia que refleja y simboliza la realidad social: Dios y el pueblo están separados, necesitan del templo, del altar, del sacrificio y del sacerdote para relacionarse.
El Evangelio explicitará este conflicto y culminará en una liturgia completamente diferente, en una casa, alrededor de una mesa, compartiendo el pan (Lc 24,28-32).
Un ángel se aparece a Zacarías trayendo un anuncio: ¡tu mujer va a tener un hijo! Será una alegría grande para ti y para mucha gente, será importante para Dios y estará repleto del Espíritu Santo. Será un profeta, al estilo del gran Elías y mucha gente se convertirá gracias a su palabra.
Zacarías duda. Incluso llamándose “Javé se acuerda”, él se olvida. Olvida que la historia del pueblo antiguo, comenzó, justamente, de la misma manera, con Abraham y Sara, otro hogar viejo y estéril.
Incluso siendo hijo de alguien llamado “Javé es padre”, Zacarías olvida que Dios sabe dar la vida. Hizo así con Sansón, lo hizo así con Samuel…
En medio de las oraciones, de los inciensos, de los sacrificios, el sacerdote “olvidó”. Su vejez y la esterilidad de su mujer, hablaron más alto.
¡Entonces, tendrá que quedar mudo!
El sacerdote y el templo tendrán que quedar callados, a fin de poder contemplar las maravillas de Dios y para poder oír a las mujeres proclamar todo lo que Él sabe y puede realizar.

La casa : lugar de vida y de alabanza (Lucas 1,24-56)

En las casas, dos mujeres: Isabel y María. Isabel, estéril y anciana; María, joven y aún no casada. Improvisadamente, las dos se ven envueltas con la vida.
La casa y la mujer, por lo demás, al contrario que el templo y el sacerdote, saben reconocer la acción de Dios.
Zacarías quedó mudo por haber olvidado aquello que su mujer Isabel, al contrario, proclama:
 “¡El Señor me miró y venció mi vergüenza!” (Lc 1,25)
En la otra casa se halla María. Ella también recibe la visita del ángel, el cual le promete que tendrá un hijo, que será importante; será llamado hijo de Dios y se sentará en el trono que ya fue de David.
No se trata de atender a una súplica, como sucedió en el caso de Isabel y Zacarías. Es más que una esterilidad vencida. Se trata del hijo de Dios, se trata del trono de David.
¿Qué hombre es capaz de hacer esto?
María no duda. Sólo sabe que eso no puede venir de un hombre.
El ángel lo confirma: va a ser del ¡Espíritu Santo!
 “¡Lo que va a nacer de ti, será llamado hijo de Dios!” (1,38)
La vida no procede del templo, ahora ya mudo y obsoleto. La vida sucede en la casa. En la casa de Isabel, en la casa de María, en la casa de las mujeres. La vida brota de donde menos se espera, en el interior de Galilea, o en las montañas de Judea.
Aquí no hay silencio. Al contrario, es en la casa que resuena el cántico de alabanza, de la mujer, del pobre que cree en la vida

¿Cuál es la familia de Isabel? Un conflicto de genealogías – Una nueva “casa”: La casa de las y de los pobres

Acudir donde Isabel, esto es lo que María quiere hacer, después de saber de su gravidez. Isabel pertenece a la tribu de Leví, al grupo sacerdotal, pero, incluso así, es “pariente – sui generis” de María, ya que ella es de la casa de David. La genealogía, tan apreciada en el segundo templo, no tiene importancia alguna. Las dos mujeres son de una misma familia: la familia de las mujeres, la familia de los pobres, una familia que vale más allá de la carne o de la sangre y que pasa por la solidaridad, por la misma fe.
El encuentro de las dos es un momento de fiesta, de júbilo. Dos senos en gravidez, cuando debían estar vacías. La vida irrumpe con fuerza; de la boca de María sale un cántico.
Es la memoria de los pobres, de los que no olvidaron, como los sacerdotes del templo, quién es nuestro Dios, de qué lado está y qué es lo que él quiere.
María, la joven grávida, conoce, recuerda y celebra al verdadero rostro de Dios.
Ella canta a un Dios que es AMOR, que mira hacia los humillados, hacia los oprimidos, hacia los pequeños. Un Dios SANTO, capaz de realizar cosas grandiosas en nosotros y de hacernos felices.
María nos anuncia un Dios cuya misericordia atraviesa todas las generaciones.
Una MISERICORDIA que se revela en el conflicto: una misericordia que se manifiesta, al mismo tiempo, cuando su mano alza al humillado y cuando su brazo derrumba al poderoso; una misericordia que sabe, al mismo tiempo, llenar de bienes al hambriento y vaciar las manos de los ricos. Dispersar a los soberbios, derribar a los poderosos, vaciar las manos de los ricos constituye misericordia, es la única manera de conocer ellos quién es nuestro Dios y de encontrar la vida. Por esto, nuestro Dios es un Dios JUSTO!
María e Isabel proclaman un Dios FIEL que nunca falla en su promesa desde los tiempos de Abraham, hasta el día de hoy.
Zacarías olvidó todo esto y precisó quedar mudo, silenciado.
María e Isabel, unidas, amigas y solidarias, saben, conocen, recuerdan y proclaman. Nuestro Dios es el Dios de la vida, de la misericordia y de la libertad.

El nombre del pequeño es “¡Javé misericordia!” (Lucas 1,57-80)

Era eso lo que las familias sacerdotales tenían olvidado: ¡la misericordia de Dios! El templo proclamaba que las ofrendas, los sacrificios y las oraciones eran suficientes para vencer los pecados y la impureza. Ni siquiera les importaban las injusticias.
Ellos hablaban de un Dios justiciero, castigador, terrible con impuras y pecadoras y habían olvidado que Dios es, antes que todo, misericordia. Por eso, Zacarías, el desmemoriado, ¡quedó mudo!
Cuando nace Juan, inesperado, casi imposible, todos se alegraron, vecinos y parientes de Isabel, porque Dios “la llenó con su misericordia”.
A la hora de dar el nombre al recién nacido, la madre insiste: - su nombre es Juan, que quiere decir: Javé es misericordia. Los parientes cuestionan: - nadie se llama así en tu familia.
Incluso frente a las evidencias, los parientes de Isabel no quieren aceptar lo nuevo. La familia sacerdotal sólo sabe repetirse a sí misma. El nombre debe ser Zacarías.
Es por esto que la familia de los pobres, de los que hacen la voluntad del Padre, debe sustituir a la familia sacerdotal (Lc 8,19-21).
Los ojos de todos se dirigen al padre, el cual, mudo, pide algo para escribir. Su mano trémula confirma:
- ¡Su nombre es Juan! Javé es misericordia.
Ahora Zacarías entendió todo, el sacerdote entendió la cosa más importante. Aprendió en el silencio, oyendo a las mujeres y, finalmente, recordó que Dios es Padre, cuál es la verdadera casa de Dios, cuál su familia, cuáles sus “parientes”.
La boca de él pudo abrirse de nuevo, pudo volver a hablar, a cantar.
Zacarías canta y, lleno del Espíritu Santo, proclama su nueva fe:
 “Bendito sea el Señor, el Dios de Israel porque visitó y liberó a su pueblo!”
 (1,68)
Zacarías, al contemplar el rostro de Juan, volvió a creer en la misma fe de los antiguos, en la fe de siempre:

  1. Dios está al lado de su pueblo, librándonos de nuestros enemigos;
  2. Dios, siempre, realizó misericordia con nuestros padres, sin nunca olvidar su promesa;
  3. Dios nos da la alegría de experimentar la libertad, para que le sirvamos en la justicia;
  4. Dios perdona nuestros pecados, no por causa de nuestros sacrificios, sino más bien, por su misericordia,
  5. Dios nos concede la paz.

Misericordia: esta palabra proclamada en el cántico de María, encuentra su eco en las palabras de Zacarías. Finalmente, las dos casas hablan la misma lengua.
¿Y el pequeñito?
Zacarías ahora sabe acerca de la verdad, Juan no será sacerdote. Será “Profeta del Altísimo”, aquel que abrirá el camino a Jesús. También en la hora de dar la vida.
Mañana, Juan pagará con su vida, su profecía, sin embargo nunca dejará de anunciar la salvación que la misericordia del Señor preparó para nosotros.

¿Quién es el Señor ? Un conflicto de clase y de poder – Un menor pobre: ¡he aquí a nuestro Dios y Señor!

Las comunidades que cuidaba Lucas, eran comunidades de ciudad. Tenía gente de todo tipo: tenía patrón y tenía esclavo; tenía gente rica y gente pobre; tenía gente estudiada y analfabetos, hombres y mujeres. Estaban en la misma comunidad, participaban de la misma reunión, de la misma liturgia. Sucedía, por lo demás, que, en la hora de la cena comunitaria, tenía gente que comía demasiado y gente que no tenía qué comer. ¡Era un problema serio!
Y lo que era peor, era que, al igual que hoy, los patrones, los ricos, los estudiosos, los hombres, se consideraban superiores y mejores que los esclavos, que los pobres, que los analfabetos, que las mujeres. Pensaban que eso era ley de la naturaleza. Así era y no se podía cambiar.
Lucas vio el peligro. Con esta mentalidad el evangelio de Jesús iba a perder su sentido, iba a quedar únicamente sobre el papel. Era necesario dar una sacudida a esta manera de pensar.
Fue así que Lucas se recordó y nos contó cómo fue que Jesús nació. Esto iba a ayudar a los pobres y a los últimos, en primer lugar, como Jesús siempre quiso.
Jesús nace, justamente, en el momento de mayor poderío del imperio romano, cuando el emperador Cesar Augusto (= señor divino), el cual se consideraba el verdadero representante de Dios en la tierra, derrotados todos sus enemigos, en su orgullo, obligó a los habitantes del imperio a censarse de nuevo. Sus objetivos eran claros: él quería reformular el sistema de impuestos y, al mismo tiempo, exigía que cada familia hiciese un juramento de fidelidad al emperador.
José y María, habitaban en el norte, en Nazaret, pero eran emigrantes. Habían salido del sur, de Belén, la tierra natal, a fin de encontrar trabajo y fortuna en las ricas tierras de Galilea.
El viaje de vuelta, para re-empadronarse, era largo y María estaba grávida, ya en vísperas de tener el bebé. Pero el emperador no ligaba en lo más mínimo con los problemas del pueblo.
La hospedería, donde procurar abrigo, estaba llena de mucha gente, venida de varios lugares. Procurándose un poco de intimidad, la joven pareja se abrigó en el fondo, en un establo, el lugar de los animales.
Allí nació Jesús, y recibió los primeros cariños. ¿Su primera cuna? Un pesebre lleno de paja, que debía alimentar a los animales.
Así, por la puerta trasera, llegó hasta nosotros ¡nuestro Señor!
Lejos de los palacios imperiales, lejos del lujo de las casas de los poderosos…en medio de los pobres, pobre entre los pobres.
Jesús, de esta manera, quiso revelarnos quién es nuestro Dios. Un pobre, nacido pobre, en medio de los pobres, de los rechazados, de los y de las que no cuentan para nada.
Nadie lo notó, solamente unos pastores, que estaban en los alrededores de Belén, vigilando los rebaños, de noche, en los campos. Vigía que trabaja de noche, no es dueño, ¡es empleado! A ellos vino el recado desde los cielos:”no tengan miedo. Estoy avisándoles que sucedió un evento nuevo, muy bonito. Allí, en la ciudad, nació un pequeñito”. Era la voz de un ángel, era la voz de Dios. Ellos estaban oyendo lo que el pueblo estaba esperando desde hacía mucho tiempo: “este pequeño traerá mucha alegría a los pobres, él es el Mesías, el Salvador, ¡el Señor!”.
¿Señor? Así era llamado ¡el Dios de los hebreos!
¿Cómo es que un pequeño cualquiera, nacido al abrigo de los animales, podía ser el Señor?
El personal, cuando hablaba de Señor, pensaba en palacios o pensaba en templos. Nunca en un establo. Un trono o un altar, nunca en un pesebre. Reyes o sacerdotes, nunca ¡una pareja de campesinos!
Sin embargo, el cielo había hablado muy claro: el recién nacido está dejado en ¡una pesebrera! Y los ángeles todos, estaban haciendo una fiesta grande, cantando gloria a Dios y paz en la tierra.
“Vamos a Belén” la curiosidad fue mayor que el miedo. Y qué maravilla al ver todo como ya el cielo tenía anunciado. Los pastores no se cansaban de contar, de hablar de los ángeles, de anuncios, de fiesta en el cielo. La gente oía maravillada y hasta un poco desconfiada, creo yo.
Pero estas palabras bajaron hasta el fondo, en el corazón de María.
El personal podía hasta ir a censarse, pero en su corazón, los pobres, ahora, sabían que Señor, era otro. No era el Cesar, ni, tampoco, el sumo sacerdote, sino más bien el hijo de María. El pequeñito del pesebre.
El bebé de ocho días, hijo de gente pobre, recibirá el nombre de Jesús = Javé salva. ¡En el nombre lleva su misión!
El pobre tiene el mirar profundo, conoce de las cosas, sabe ver por detrás de lo que aparece. Simeón, un anciano justo y Ana, una viuda de ochenta y cuatro años , se encuentran con esta gente andrajosa. Las manos secas del viejo cargan a Jesús y proclama con alegría:
“Ahora ya puedo hasta morir, pues ¡he visto la salvación que mi pueblo esperaba hace tanto tiempo! Este pequeño es ¡la luz de las naciones y la gloria de tu pueblo!” (2,29-31)
Después, en voz baja, este anciano lleno de sabiduría alertó a la madre: “Tu vas a sufrir, por causa de este pequeño. Lo que él va a realizar, va a ser bueno para los pobres, pero habrá gente que no va pensar lo mismo”.
María quedó callada, no sabía que pensar, pero recibió la bendición del anciano, junto a José.

La vida pobre del pobre

Después de todo, volvieron hacia Nazaret, al interior, en el norte. Allá se crió Jesús, como todos los niños, creciendo con fuerza y sabiduría.
A veces, la gente se pregunta ¿qué es lo que hizo durante los casi treinta años que quedó en Nazaret? Hubo hasta gente tan incomodada con este silencio, que inventó decenas de historias referentes al niño Jesús y le hicieron hacer milagros desde que era niñito, desde la crianza…Hubo otra gente que dijo que Jesús fue a la India, a aprender la sabiduría con los maestros del Oriente…y tantas otras cosas.
No sé. Creo que Jesús nunca hizo nada de más. Hizo todo aquello que todos los pobres acostumbran a hacer: trabajar, participar del culto semanal, ir a las fiestas del pueblo, cuidar de la casa…Sólo esto: lo que hacemos todos nosotros, como Jesús, desde las criaturas y que ninguno piensa interesante contar.
Treinta años. Para enseñarnos, para dejar claro a todos nosotros, cuál es el lugar de Dios. Dónde podemos encontrarlo. El lugar de Dios es el lugar de los pobres. O lo encontramos allá o no vamos a encontrarlo nunca.
Dios: un pobre, que vive como pobre, en medio de los pobres. Un “Dios-donnadie”, como cualquiera de nosotros.
Eso, el templo no lo tenía entendido: esperaba un Mesías glorioso, un gran rey, un poderoso comandante.
Fue con 12 años, que Jesús se perdió de sus padres y se quedó en el templo, discutiendo de igual a igual con los doctores, con tanta sabiduría que los maestros quedaron admirados.
¿Recuerdan la bronca que dijo cuando María llamó su atención?:
“¡Yo debo obedecer a mi Padre!” habló Jesús.
Pero esto no quería decir que él iba a hacer lo que quisiera. Antes al contrario, Lucas añadió, luego, que Jesús continuó obediente a sus padres.
Discutiendo y confundiendo a los sacerdotes, y obedeciendo al Padre y a sus padres. Así va a ser Jesús, señal de contradicción, piedra de tropiezo, el hombre en conflicto, como ya tenía previsto el sabio Simeón (2,34).
Asumir el conflicto, enfrentarlo sin temor, tomar partido y lugar: ésta, siempre, será la vida de Jesús, hasta la muerte y muerte de cruz.
En casa, en medio de los pobres, se hace la voluntad de Dios.

Sandro Gallazzi
Caixa postal 12
Macapá/AP
68906-970
Brasil
sandro.gallazzi@oi.com.br

En Éxodo 2,24, el Javé que se recuerda, es el inicio del proceso de misericordia y de salvación del pueblo. María proclama esta verdad en su cántico (1,54) y Zacarías, poco después, recuperará la voz para poder repetirlo (1,72).

Ochenta y cuatro = siete veces doce, es un número con mucho significado. Es Dios y el pueblo, mezclado; es el fin mezclado en la historia, es el sueño dentro de la realidad.

 

 

 
El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe.