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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

El cuerpo paulino - Un débil fuerte y el poder debilitante

Leif E. Vaage

Resumen
Trabajar el cuerpo paulino es siempre tarea doble. Por un lado, se trata de profundizar en el testimonio literario del conjunto de catorce textos ligados a la figura de Pablo y, por el otro lado, de reencontrarse con la persona histórica que estos textos representarían. En este artículo, se hacen tres propuestas claves para darle relectura a los textos deuteropaulinos dentro del corpus paulinum: i) dejar al lado el libro de los Hechos debido a la tradición de los manuscritos bíblicos; ii) no seguir pensando en el Pablo histórico, en base a los textos auténticos, como “hombre fuerte” desde el comienzo de su andar apostólico sino como alguien mucho más débil y vulnerable socialmente; y iii) criticar los deuteropaulinos como prolongación del mismo debate no resuelto que estos textos representaron originalmente.

Abstract
Reading the corpus paulinum always has two sides. On the one hand, there is the task of describing, both individually and together, the canonical collection of fourteen writings associated with the figure of Paul. On the other hand, there is the social memory these texts enshrine and occasion of the historical person whose vulnerable body once was Paul. In this article, three considerations are deemed crucial for rereading the Deuteropauline writings within the corpus paulinum: i) the exclusion of Acts from the field of interpretation, principally on the basis of the manuscript tradition; ii) a revision of the prevailing image of the apostle Paul as effectively a “strong” man instead of someone socially weak and vulnerable on the basis of the authentic letters; and iii) contemporary critique of the Deuteropauline writings as an extension of the unresolved debate they originally represent.

El cuerpo paulino se refiere, en primer lugar, al conjunto textual que, en la tradición de los manuscritos bíblicos, habrá contenido los catorce escritos que son las cartas a los Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1 y 2 Tesalonicenses, 1 y 2 Timoteo, Tito, Filemón, y Hebreos. El mismo término (corpus paulinum) también podría referirse a todo lo que era el apóstol histórico en su aspecto físico, es decir, el ser humano como tal. El segundo sentido todavía tendrá vigencia como trasfondo utópico de nuestra lectura del texto bíblico, como la voz subalterna que suena dentro del discurso canónico a nombre de Pablo.

Trabajar el cuerpo paulino es siempre tarea doble. Por un lado, se trata de profundizar en el testimonio literario de un conjunto de textos específicos y, por el otro lado, de reencontrarse con la persona histórica que estos textos representarían. Insisto en esta doble tarea. No trabajar la particularidad de cada uno de los textos que integran el cuerpo paulino más la particularidad del conjunto mismo significaría no tomar en serio todo lo que constituye esta tradición cristiana primitiva. Como lectura bíblica no sería una interpretación muy exegética o científica. Asimismo, no trabajar la cuestión de quién es el sujeto histórico que se asoma en cada uno de estos textos, sería no tomar en serio el hecho de que todos son textos muy personales (o, en el caso de Hebreos, un texto personalizado), cuya autoridad o razón de ser depende casi exclusivamente de quién habla aquí. Aunque sean textos canónicos, no dejan de ser explícitamente ligados a la figura de una sola persona llamada “Pablo”.

Insisto en esta tarea doble, porque me parece que la gran mayoría de los estudios sobre los escritos paulinos no se fijan ni en el conjunto canónico, del cual forma parte cada uno de estos textos, ni en el sujeto histórico que sería su horizonte o trasfondo socio-político, sino que típicamente son lecturas demasiado parciales en el peor sentido de la palabra. No confiesan, en otras palabras, el interés ideológico subyacente ni explican el por qué metodológico de sus silencios o sus posturas preferidas. Lo que suele presentarse como lectura crítica del cuerpo paulino selecciona, primero, un número reducido de todos los textos que integran el conjunto canónico como lo más auténtico para, después, unirlos todos en un solo paquete, haciendo de ellos un testimonio demasiado unificado, sin movimiento o indicio alguno de vulnerabilidad verdadera.

A nombre del Pablo verdadero, no se ha leído todo lo que es el cuerpo paulino canónico ni se ha investigado muy profundamente el cuerpo paulino histórico, lo cual implicaría una lectura del texto desde la debilidad de su autor de carne y hueso. No sorprende, pues, que en la lectura más típica o generalizada del cuerpo paulino el resultado ha sido ni chicha ni limonada sino un cóctel idealista: en base a una selección reducida de textos llamados “auténticos” se viene levantando una imagen del apóstol cada vez más coherente, erudito, “limpio” de toda rareza e impertinencia.

Hacia una lectura más responsable y satisfactoria del cuerpo paulino, incluso los textos deuteropaulinos, es imprescindible, desde mi punto de vista, no confundir lo que nos cuenta el libro de los Hechos sobre Pablo con el testimonio del corpus paulinum. Por lo menos, sería muy importante, para permitir otra lectura del cuerpo paulino, no seguir tomando el libro de los Hechos como tipo “suplemento” al corpus paulinum sino más bien como “complemento” o algo agregado al cuerpo paulino. Pues, en la tradición de los manuscritos bíblicos, el libro de los Hechos nunca fue transmitido (hasta una época bastante tardía) junto con los catorce textos que integran el corpus paulinum sino que siempre fue con los llamados escritos católicos que son las cartas de Santiago, 1-2 Pedro, Judas, y 1-3 Juan. A nivel de los manuscritos bíblicos, el libro de los Hechos no forma parte del testimonio hecho a nombre de Pablo sino que pertenece al conjunto relacionado con los llamados “pilares” de la iglesia en Jerusalén (Gál 2,9), que son Santiago, Pedro, y Juan. El cuerpo paulino y el libro de los Hechos no son, pues, del mismo “bloque” tradicional.

Una comparación más detallada entre los dos textos constataría esta afirmación. Por ejemplo, en el cuerpo paulino se insiste en que Pablo fuese un apóstol o se lo toma por evidente. En cambio, a pesar de darle mucha importancia a Pablo en los orígenes del cristianismo, el libro de los Hechos no lo incluye entre los catorce hombres que este texto reconoce como los únicos aptos para ser  “los” verdaderos “apóstoles”. Además, en el cuerpo paulino no hay evidencia alguna del supuesto método misionero que el libro de los Hechos dice que era típico de Pablo, el que es acercarse primero a la sinagoga local en una ciudad nueva para ahí compartir las buenas nuevas de Jesús. Los datos biográficos sobre Pablo que juegan un papel importante en la narrativa de los Hechos – que Pablo antes se llamaba con nombre judío, Saulo; que había nacido en Tarso de Asia Menor; que fue educado en la escuela del fariseo Gamaliel en Jerusalén; que se convirtió en cristiano por una experiencia muy dramática mientras se dirigía a Damasco encargado por las autoridades en Jerusalén de seguir persiguiendo a los “que fueran del Camino” allá; que era ciudadano romano, etcetera – no encuentran eco en el cuerpo paulino (auténtico).

No sería difícil seguir por este camino, notando otros aspectos del libro de los Hechos que no concuerdan con el testimonio del cuerpo paulino. Por eso, pienso que lo mejor será, metodológicamente, no seguir confundiendo estas dos tradiciones, bien distintas, en nuestra lectura de cualquier texto del corpus paulinum. La consecuencia más importante de esta separación metodológica será, para una lectura de los textos auténticos tanto como de los deuteropaulinos, no tomar fuera del cuerpo paulino el marco de interpretación, por lo menos cuando se trata del sentido originario de cualquiera de estos escritos. Lo difícil que es mantener esta separación metodológica se debe al deseo canónico – o, mejor dicho, el esfuerzo de la lectura dogmática del texto canónico – por juntar los dos en un solo discurso, como si no fueran realmente posturas antagónicas. No obstante, desde mi punto de vista vale más entender el espacio canónico como espacio de discrepancia, donde confluyen todas las sangres de los pueblos cristianos originarios. El cuerpo paulino será uno de esos pueblos, dentro del cual tampoco todo iba en una sola línea.

Al tratarse de los textos deuteropaulinos – los que son (en orden de creciente probabilidad) 2 Tesalonicenses, Colosenses, 2 Timoteo, Efesios, Tito, 1 Timoteo, Hebreos – creo que juega un papel determinante la imagen de Pablo que se encuentra en los textos auténticos. Esta imagen, de nuevo, sólo será la de los Hechos, si no cuidamos de la separación metodológica en que he insistido tanto. Porque si el Pablo histórico, cuya voz se escucha en los textos auténticos, y el Pablo de los Hechos son vistos como más o menos el mismo Pablo, ya no quedará remedio para entender el discurso de los deuteropaulinos sino que dentro del mismo marco.

Una relectura de los deuteropaulinos depende, pues, de una relectura de los textos auténticos. Por lo menos, hay que prescindir del modelo de Pablo tradicional como siempre el “hombre fuerte”, erudito y noble, desde el comienzo de su andar apostólico, que es, repito, la imagen de Pablo que promueve el libro de los Hechos y que todavía predomina en la ciencia bíblica. Lo importante de trabajar con otro modelo del Pablo histórico, más débil y vulnerable, para una relectura de los deuteropaulinos sería que los hiciera, en primer lugar, una suerte de respuesta, o recepción, al “débil fuerte” que fuese el testimonio paulino originario. El debate que se retoma en los deuteropaulinos será, pues, ¿qué hacer con este cuerpo paulino – el mensaje y el mensajero, su evangelio y los escritos que llevan este nombre – tan atrevido y socialmente vergonzoso?

Socialmente vergonzoso era el cuerpo paulino histórico, porque no cuadraba, como presencia apostólica, en los esquemas de liderazgo de la normalidad dominante (tanto antigua como moderna). Las cartas auténticas de Pablo no son tratados que brillan por su elocuencia y su erudición. Han sido leídas con frecuencia como si lo fueran, pero esta interpretación se debe, una vez más, a la imagen de su autor tomada de otro lugar.

Puede que las cartas auténticas hayan sido “duras y fuertes” (2Cor 10,10) para su primeros lectores, y que su estilo literario no sea tan bajo como el de los papiros común y corrientes, pero estas cartas fueron escritas, más probablemente, no por Pablo mismo sino por otra persona, tipo secretario o escribano (véase Rm 16,22; también la “firma” del apóstol en 1Cor 16,21; Fl 19; Gl 6,11). En 2Cor 11,6, Pablo admite no tener nada de formación escolar (ei de kai idiôtês tô logô). Esta afirmación no nos debe sorprender, pues trabajaba como obrero artesanal o “mano de obra” (véase 1Cor 4,12; también 1Ts 2,9). Además, había sido maltratado más de una vez, según nos cuenta, en formas humillantes, lo cual simplemente no era posible para un “señor” del mundo mediterráneo antiguo.

Sin hablar de la cárcel, desde la cual se mandaron las cartas a los filipenses y a Filemón, Pablo dice, en 2Cor 11,24, en medio de un largo alistado de dificultades y penas, que “cinco veces los judíos me condenaron a los treinta y nueve azotes.” Quiere decir que no solamente había sufrido cinco veces un castigo generalmente reservado para los esclavos sino que también en su propia carne llevaba las cicatrices que lo harían ante los demás, en su propio cuerpo, equivalente a cualquier otro esclavo desaprobado.

Cuando busca recibir, por medio de su carta a los romanos, la posibilidad de entrada en su comunidad y, al final de la carta, su apoyo por un viaje hasta España, es casi predecible lo que el pobrecito “menor de todos los apóstoles” (1Cor 15,9) tiene que admitir como su estado actual, que “ya no tengo lugar en estas regiones” (Rm 15,23: nyni de mêketi topon ejôn en tois klimasi toutois). De hecho, en ninguna de las cartas auténticas habla Pablo desde una realidad muy estable sino todo lo contrario. En cada una de estas cartas – salvo, quizás, en 1Tesalonicenses, aunque esa carta también tiene un trasfondo de separación forzada e inseguridad apostólica – Pablo intenta interpelarse con la vida de una comunidad cristiana primitiva desde una situación, tanto personal como social, bastante precaria. Lo impresionante de las cartas auténticas es que no se dejara callar a pesar de esta precariedad.

De ahí, de hecho, lo atrevido que es el mismo cuerpo paulino, porque a pesar de todo lo despreciado que puede haber encarnado Pablo como persona, insistía en que, desde tal cuerpo y ubicación social, se diera a conocer algo imprescindible para la vida. Todo lo que dice Pablo en los textos auténticos sobre el poder divino manifestado a través de su debilidad, tiene que ver con esta convicción de que la misma debilidad, es decir, su experiencia de marginalidad, de maltrato, de menosprecio, no haya sido simplemente eso.

En este caso, los deuteropaulinos no fueron textos escritos con base en una tradición paulina ya establecida e imponente sino que, más bien, representarían un intento para darle seguimiento, abriéndole otro espacio social, a un impulso evangelizador que, en su origines, casi no cabía por doquier. Desde los restos literarios de un apóstol marginal, un excluido que se sentía cada vez más desechado, se recibió un llamado, una promesa, un desafío que animaba conocer a Dios y aprender a gozar de la vida de otro modo.

Ahora bien, llegando a otro momento y probablemente a otros lugares, la pregunta se volvía, ¿cómo hacer realidad a esta postura paulina en medio de un diario vivir que ya no era el del Pablo histórico? En medio de un mundo, donde la normalidad de siempre parecía instalarse para siempre. Estoy pensando particularmente en las cartas pastorales a Timoteo y a Tito, pero no solamente en ellas. También en 2Tesalonicenses y en Colosenses se trata de temas del diario vivir – el trabajo, los tiempos, el orden público, o sea, cósmico, el hogar – y cómo entender el discurso paulino sobre el futuro, la vida en Cristo, las relaciones sociales referido a estos temas.

En los deuteropaulinos, a nombre de Pablo se intentó darle prolongación al proyecto que Pablo había lanzado o, mejor dicho, que se había lanzado por medio de Pablo como leitourgon Christou Iêsou eis ta ethnê, hierourgounta to euaggelion tou theou, hina genêtai hê prosfora tôn ethnôn euprosdektos, hêgiasmenê en pneumati hagiô (Rm 15,16).

De ahí, me parece, lo complicado que es la lectura de los deuteropaulinos. Porque el Pablo que habla en los deuteropaulinos, digamos, por honrar a su memoria, termina siendo no un débil fuerte sino un poder debilitante.

Es evidente que los escritos deuteropaulinos con frecuencia decepcionan por la respuesta que dan al desafío que recibieron de la tradición paulina originaria. No hay que callarse ante tal decepción, por supuesto, sino que vale criticarlos. Pero vale más, me parece, criticarlos desde dentro del mismo proyecto que también ellos tuvieron, el de darle seguimiento a la atrevida esperanza del Pablo histórico. Esta esperanza, de nuevo, era la de encontrarnos profundamente revalorados y específicamente a los que actualmente se conocen sin valor alguno en la normalidad dominante, los que no son “ni cultos ni pudientes ni de familia noble” sino “gente común y despreciada” (1Cor. 1,26-28).

Habría que entrar en debate, pues, con los deuteropaulinos, compartiendo con ellos el mismo afán de sacar adelante la herencia paulina, disputando con ellos su propuesta de relectura cuando, en muchos cuerpos, se ha hecho evidente que lo que proponen los deuteropaulinos no nos ha llevado a lo que pretendían procurar.

De hecho, los escritos deuteropaulinos dejan ver que no fueron los únicos que, en aquel entonces, intentaban “actualizar” la tradición paulina originaria. Por ejemplo, en 1Timoteo 5,3-16 se vislumbra un movimiento de mujeres llamadas “viudas,” cuyo actuar y – se supone – también su forma de pensar no le gustaban nada al autor de la epístola. Sin embargo, en base a la descripción que hace de ellas el mismo autor, pero desde una óptica más abierta o menos juzgada parecería que este movimiento no hiciera nada sino tomar muy al pecho los consejos del Pablo histórico, por ejemplo, en 1Corintios 7. Lo que atestigua 1Timoteo 5,3-16 es, en primer lugar, el debate muy fuerte interno de la tradición paulina sobre cómo llevar a la práctica esta “memoria peligrosa”.

En nuestra relectura de los deuteropaulinos habría que retomar este mismo debate fuerte interno de la tradición paulina, para que tanto el texto como nosotros y especialmente nosotras no quedemos ni el uno ni la otra como cuerpos debilitados por formas falsas del poder sino que fuertes porque todavía en disputa.

Leif E. Vaage
75 Queen's Park Crescent E.
Toronto, Ontario M5S 1K7
Canadá
leif.vaage@utoronto.ca


Cf. N. A. Dahl, “The Particularity of the Pauline Epistles as a Problem in the Ancient Church”, en Neotestamentica et Patristica (Festschrift O. Cullmann), Leiden: Brill, 1962, p.261-271.

Véase David Trobisch, Paul’s Letter Collection: Tracing the Origins, Minneapolis: Fortress, 1994, p.10.

Son los 12 hombres llamados por Jesús mismo – 1 que era Judas + (2-1) que son José, llamado Barsaba, por sobrenombre, Justo, y Matías, según Hechos 1,23. Cf. Hechos 14,4.14, donde el autor parece haberse olvidado de su propio criterio en 1,21-22.

Cf. John Knox, Chapters in a Life of Paul: Revised Edition, Douglas R.A. Hare (editor), Macon, Georgia: Mercer University Press, 1987, p.19.

Por eso me parece que ha resultado tan difícil encontrar “salida” ante los conocidos “textos de terror” que con frecuencia se dan en los deuteropaulinos. Sin otro punto de partida, es decir, sin otra imagen de Pablo que no fuese la de los Hechos, pienso que la lectura de los deuteropaulinos tendrá que seguir presa de una visión demasiado acomodada a la realidad dominante, que es, a mi modo de ver, la visión que recibimos, por lo menos a nivel de su redacción final, en el libro de los Hechos y en el evangelio de Lucas. Pablo Richard tiene otro punto de vista sobre estos escritos, pero todavía no me convence. Cf. Pablo Richard, El movimiento de Jesús antes de la iglesia - Una interpretación liberadora de los Hechos de los Apóstoles, San José/Costa Rica: DEI, 1998; idem, “El evangelio de Lucas - Estructura y claves para una interpretación global del evangelio”, en RIBLA, vol.44, 2003, p.7-31.

Véase R.N. Longenecker, “Ancient Amanuenses and the Pauline Epistles”, en New Dimensions in New Testament Studies, R.N. Longenecker y M.C. Tenny (editores), Grand Rapids: Zondervan, 1974, p.281-297; E.R. Richards, The Secretary in the Letters of Paul, Tübingen: Mohr [Siebeck], 1991.

Sobre la “mala imagen” que habrá tenido el trabajo manual en el mundo mediterraneo antiquo, véase Ronald F. Hock, The Social Context of Paul’s Ministry: Tentmaking and Apostleship, Philadelphia: Fortress, 1980, p.35-36.

Véase J. Larson, “Paul’s Masculinity”, en Journal of Biblical Literature, vol.123/1, 2004, p.85-97.

Véase J. Glancey, “Boasting of Beatings: 2 Corinthians 11,23-25”, en Journal of Biblical Literature, vol.123/1, 2004, p.99-135.

Las cartas auténticas, de nuevo, hablan principalmente de eso, aunque también estén repletas de los pleitos y las ansias de su autor histórico. No obstante, su razón de ser no es sino la de seguir abogando por un evangelio a favor de los cuerpos que no contaban en la normalidad dominante de un mundo cuyo esquema “se va descomponiendo” (1Cor 7,31).

En cuanto a Efesios y a Hebreos el interés responsable por su elaboración o inclusión dentro del cuerpo paulino parece mucho más una cuestión ideológica.

Cf. Dennis Ronald Macdonald, The Legend and the Apostle - The Battle for Paul in Story and Canon,Philadelphia: Westminster, 1983.

 

 

 

 
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