Silencios, sueños, prodigios y nominaciones: superando las violencias y construyendo nuevas masculinidades – Una hermenéutica de género a partir de Mateo 1,18-25

Hermes Tonini

Resumen

Enfocándose en José, el esposo de María, en el evangelio de Mateo, se presenta el cuerpo de José que sueña como espacio de interpretación y autoridad epistemológica que genera una nueva mirada sobre el texto desde las masculinidades. Tomando prestadas categorías de género de las teorías feministas, especialmente, la deconstrucción y reconstrucción de los imaginarios de género en la vida del texto, se muestra a José nombrando y generando una masculinidad alternativa a partir de la situación de discriminación y peligro vivida por María, embarazada de Jesús. José, a partir del silencio del sueño, nombra a Jesús, a María en su plena dignidad y así -desde la interpretación de la comunidad mateana, a las personas empobrecidas. Hay un vínculo entre la situación de María, empobrecida y la de José mismo, re-interpretando su masculinidad.

Abstract

Focusing in José, the husband of Mary, in the gospel of Mateo, this article presents the body of Joseph that dreams as a space of interpretation and epistemological authority that generates a new look on the text from the masculinities. Taking gender categories of feminist theories, specially deconstruction and reconstruction of the imaginary in life inside the text, Joseph is showed nominating and generating an alternative masculinity from the situation of discrimination and danger lived by Mary, pregnant with Jesus. Joseph, from the silence his dream, nominate to Jesus and to Mary in her full dignity and then -in the interpretation of Matthew’s community- to impoverished people. There is a link between impoverished Mary’s situation and Joseph itself himself re-interpreting his masculinity.

 

El cuerpo

¡Cómo son bellas estas máscaras!
¡Cómo son feas y brutas estas máscaras!
Soy yo,
Yo que hago,
Me llamo enmascarado.

Hace tiempo, mucho tiempo… tanto tiempo hace que no recuerdo más como fue que comenzó… tal vez fue desde cuando comencé a andar erguido, obligado a disputar la comida con las fieras y arreglándome para proveer de alimentos a la mujer, a las hijas y a los hijos. Desde tiempos inmemoriales, me siento aprisionado en la única máscara de quien posee la fuerza, la única formas de poder, de determinación… la máscara de aquel que necesita tener ventaja en todo, por la fortaleza que acostumbro aparentar.

Hace tiempo, mucho tiempo, que no recuerdo cuando comenzó… llegue a sentir que se hizo parte natural en mí, este tipo de acción, de procedimiento; mi auto-suficiencia la usé con tal desenvoltura y competencia que no necesite pedir ayuda cuando fue necesario. Tal es la fuerza de la máscara que uso, aprisionadora y rígida, que llegué a confundir una máscara con las infinitas posibilidades de máscaras, y con el silencioso deseo hablante de mi propia cara, que es mi propio cuerpo.

Por detrás de la máscara de seguridad, de fortaleza, de violencia y de patriarcado, cargo el miedo y el deseo de fragilidad, de vulnerabilidad, de definiciones y de una limitación sin fronteras. Esos miedos, que al mismo tiempo son deseos, rondan y abrazan mi corazón, circulan y dan respiro a mi alma, que son mis venas.

Quiero sentir hambre. Abrazar el miedo y el deseo de admitir mi fragilidad, de arrojar la máscara de la inmortalidad que uso. Quiero volverme humano… Humanos…

Preguntas revolotean en mi corazón de hombre, que busca relaciones de paz y de no-violencia, preguntas que me hago y que comparto, para que podamos reflexionar juntos y juntas. ¿Por qué los hombres construyen, muchas veces, sus identidades de género, buscándolas en la violencia? ¿Por qué muchos hombres matan a las mujeres? Prometo que sé cómo responder a esta pregunta, pero no sé cómo decirlo, no tengo las palabras para decirlo. Puede parecer una disculpa, pero es una verdad. Siento que lo sé, pero no sé cómo decirlo. Creo que la verdad, la superación de la masculinidad hegemónica, está en ese salto simbólico de decir, de saber decir, de partir de sí mismo. Me parece fundamental salir de un orden dibujado como único y natural y caminar por afuera, salir del orden, andar en lo extraordinario, en un mundo que ya produce sus extras, en muchos aspectos comunitarios y sociales. Fuera del orden hegemónico y preestablecido. Abriendo caminos en la periferia y en las fronteras de Sí. Establecer otras relaciones posibles. Otras historias de amor posibles. Otro objeto que decir, y otro mundo para amar. Que no sea de violencia, de poder sobre las otras y otros, sino con las otras y con los otros.

Canto a la dulce tristeza de la ausencia de mi esperanza. Un día, es el día de hoy, el poder será dado a la ternura y al cuidado.

¡Otras masculinidades son posibles!

Los cuerpos y sus prisiones

En las sociedades pan-occidentales contemporáneas cierto modelo de hombre está en declive. El hombre no es más el todo poderoso, dueño del discurso normativo. La actual y verdadera crisis de lo masculino tiene que ver con el cambio profundo, ocurrido en el último siglo en las sociedades pan-occidentales. Este cambio está relacionado con los nuevos modos de producción y de consumo, de las luchas organizadas por las clases campesinas, obreras y empobrecidas (especialmente en el contexto latinoamericano), de los movimientos feministas y homosexuales y de los movimientos de rescate y reconocimiento de la historia y de la cultura de afro-descendientes e indígenas. Todos ellos representan implícita o explícitamente, una crítica al modelo hegemónico de masculinidad: el hombre blanco, rico, violento, heterosexual y androcéntrico.

Por un lado, las reflexiones sobre masculinidades, especialmente en el campo de las ciencias humanas y de la literatura, ya tienen un significativo camino recorrido. En América Latina este fenómeno comenzó especialmente en la última década y aumentan, cada día más, las reflexiones sobre dicho tema. Pero, como relata Elsa Tamez , falta una mayor correspondencia entre estas reflexiones y los estudios de género. Los puntos de contacto entre estas dos perspectivas son muy raros, y no porque no se tenga conciencia de la existencia de ambas, sino porque se considera el tema del género como algo secundario y “no urgente”

Por otro lado, existe la “ausencia” del tema de la masculinidad, tanto en los espacios eclesiales, como en los espacios populares. Este tema no está siendo asumido explícitamente, ni teóricamente. Lo que no ocurre con el tema del feminismo que, por lo menos en los espacios de la sociedad civil y de los medios populares, ya posee un camino recorrido significativo. Camino rico, donde las reflexiones sobre masculinidades encuentran fuentes para beber.

No se quiere luchar contra las mujeres o contra el feminismo, ya que no se ve a estos movimientos como antagónicos, sino como grupos coincidentes, por lo menos con relación a cuestiones básicas: ampliar el concepto de democracia e igualdad, el respeto para construir una explicación teórica que les permita transformar sus vidas, de forma menos dolorosa, y a partir de las prácticas de lo cotidiano, para construir una nueva identidad que, como hombres, les impide ser opresores.

Nos parece importante resaltar cuatro aspectos, con respecto a nuestra reflexión de género y a partir de la experiencia de los hombres.

1º) En el género, tanto las masculinidades como las feminidades, son, ante todo, una construcción social o cultural, resultado de una acumulación simbólica e histórica que remonta sus orígenes a los inicios de la humanidad. Es importante resaltar que, en dicha construcción, el aspecto teológico jugó un papel decisivo.
2º) Existen, en los estudios de género, múltiples masculinidades definidas por diversas situaciones: la posición social, vivencias y construcciones sexuales, identidad étnica y cultural, experiencias y opciones personales de vida, etc.
3º) Percibimos en los estudios de género, la existencia de una masculinidad hegemónica.
4º) La postura en estos estudios formula la crisis de la masculinidad tradicional.

Percibimos, sin embargo, que existe, entre las múltiples masculinidades, un paradigma androcéntrico y androcrático, dominante, tradicional y hegemónico .

Una de las características de este paradigma es su carácter dualista y jerárquico .

En estas características dualistas y jerárquicas del paradigma de masculinidad androcéntrico y androcrático, dominante, tradicional y hegemónico, se identifica normalmente lo subjetivo, el arte, la naturaleza, el espíritu, lo privado con lo femenino; lo contrario con lo masculino. En esta forma paradigmática, no sólo se separa (dualismo), sino que se valoriza –exclusivamente el “polo” masculino como bueno e importante (jerarquización).

El paradigma androcéntrico, dualista y jerárquico es posible gracias a la asociación que las sociedades patriarcales hacen, entre la masculinidad y la capacidad del hombre de ejercer dominio, es decir, el poder “sobre”.

Hoy, respecto a la masculinidad, se dice que el hombre continúa en transformación; actualmente se habla no sólo de una transición, sino también de una crisis de masculinidad. Descubrimos que, más allá de la construcción social, las masculinidades poseen también una construcción simbólica y es predominantemente aquí donde la masculinidad hegemónica se encuentra en crisis.

En la masculinidad hegemónica, dominante y androcéntrica, existe una construcción simbólica: falocéntrica. Aquí el falo adquiere, indiscutiblemente, un significado y un valor que son superiores. El falo se ve como el elemento que determina la “superioridad” que, de ser simbólico, pasa a ser “natural”, del hombre sobre la mujer. Así se legitima una relación violenta de dominio que se enarbola en la “naturalidad biológica”. A este proceso lo llamamos sexismo : “el sexismo es un esencialismo, igual que el racismo étnico o clasista. Busca atribuir diferencias sociales, históricamente construidas, a una naturaleza biológica, que funciona como una esencia, de donde se deduce, de modo implacable, todos los actos de la existencia”.

Queremos afirmar que son los cuerpos, y en este caso nuestros cuerpos de hombres, los tejidos-textos-territorios, donde los papeles sociales, culturales, de género y sexualidad son significados. Son los cuerpos, y en este caso los cuerpos masculinos, los que resisten o perpetúan un sistema que oprime a los seres humanos. Son los cuerpos, y en este caso los cuerpos masculinos y sus experiencias, nuestro punto de partida hermenéutico y epistemológico.

Si nace de las múltiples experiencias de violencias practicadas por cuerpos de hombres, entonces una primera pregunta que surge de la vida, del cuerpo, de nuestros cuerpos de hombres, para la Biblia es: ¿existen posibilidades y medios para que nuestros cuerpos de hombres, construidos en una masculinidad hegemónica, androcéntrica y sexista puedan construir nuevas relaciones y dar espacio y fronteras a otras masculinidades? Creo en la construcción de nuevas relaciones, donde la diferencia es un don, y es intercambiable. Donde los hombres pueden “imitar” las prácticas de las mujeres. Donde los hombres necesitan restituir al mundo su propia diferencia, sin prepotencia y sin violencia. ¿Será posible hacer esto, sin poner en duda y bajo sospecha aquella orden simbólica que salvaguarda y autoriza esta violencia?

Las necesidades del cuerpo, de los cuerpos –estatutos del alma- no poseen representantes oficiales en los parlamentos y en las iglesias. Las Patrias/Matrias/Tierras de Vida de cuerpos no poseen fronteras seguras, porque se confunden y se mezclan en la “parcialidad” y en la “provisionalidad”, en la “ambigüedad”, en la “diversidad” y en la “simultaneidad” de los abrazos y de las relaciones recreadas, que se sueldan en los silencios y en las ausencias .

Cuántas Patrias/Matrias/Tierras de Vida, tantos géneros y masculinidades, cuántos son los seres humanos que intentan otras masculinidades, no afincadas en el dualismo jerárquico, en el androcentrismo y en la violencia sexista. Tantos cuerpos de hombres, estatutos de almas, tantas alianzas y cooperación, todo lo grande en cada una de las posibilidades de hacer nacer el amor, la amistad, la ternura, el cuidado, la compasión… el silencio… .

El silencio y la palabra

Aristóteles, en su escrito sobre La Política, afirma: “es justo este sujeto que une lo natural y lo político: la superioridad “natural” del macho le impone “gobernar”, o sea, instaurar el orden político (…). Tenemos que admitir que, en cierto sentido, la mujer no puede hablar. O por naturaleza o porque, por la ley de los hombres, no es justo que ella hable para gobernar” .

El mismo filósofo afirma que el hombre es, por naturaleza, un ser social. Constatamos que la actitud para la vida política es dada al hombre a través del uso de la palabra. Presumiendo que la mujer y los hijos son los primeros destinatarios de la ley de quien gobierna, Aristóteles funda la jerarquía familiar sobre una jerarquía natural. Pero, dado que la mujer se encuentra perfectamente en condiciones de hablar, el mismo Aristóteles afirma que el hombre y la mujer son ambos libres, con lo que nace la sospecha de que el silencio de la mujer sea más político que natural .

Más allá del binomio “habla-silencio”, la estructura androcéntrica, falo-céntrica y de esencialismo sexista está siempre asociada a otras binas conceptuales, que a su vez son jerarquizadas, que cualifican y refuerzan la oposición masculino-femenina. Es el caso, por ejemplo, del dualismo “activo-pasivo”, cualquiera que sean los trazos diferenciales asumidos para describir la diferencia sexual, lo masculino es siempre lo activo, mientras que lo “pasivo” califica lo femenino, por lo menos en la tradición pan-occidental. Así, el principio generador masculino es activo, en Aristóteles, y la materia nutritiva es pasiva.

Sería menos pertinente considerar el deseo de los hijos y de la fecundidad femenina como elementos determinantes de la sexualidad y, entonces preguntarse si el hombre no se define también por su incapacidad para parir. Es lo que hace Antoinette Fouque cuando escribe: “nacer hombre, en gran parte, es sentirse excluido de hacer nacer” .

Podríamos también oponer al falo-centrismo, el valor absoluto de la fecundidad femenina, invirtiendo, de esta forma, los subsidios tradicionales. Sería tentador pensar que el sueño griego de una memoria “exclusivamente paterna”, constituya un síntoma de la misión masculina de fecundidad.

Pero, la virgen María y José intervienen para, al mismo tiempo, permitir e impedir esta afiliación. La permite porque la virgen concibe sin relación sexual, es decir sin un padre. Dios Padre que “envía” un hijo a María, se genera a sí mismo, sin necesidad de mujer. La Encarnación ocurre fuera de la relación genital, pero no fuera de la relación recreada de dos géneros y entre dos sexos. De un lado, la relación Dios Padre/Cristo Hijo, sin mujer, pero al mismo tiempo, la relación José/padre en la reinvención de la relación hombre-mujer –hijo-mujer-hombre. Por otro lado, la relación Madre/Cristo Hijo, sin hombre, pero al mismo tiempo, la relación María/Jesús en la reinvención de la relación mujer-hombre-hijo, hombre-mujer. El misterio de la Encarnación, con la maternidad de María, establece así una maravillosa conexión: Cristo nace de un padre y de una madre, José y María, sin que entre ellos haya habido una relación genital, de la forma propuesta por la política androcéntrica.

El misterio de la Encarnación parece señalarnos aquí la relación –o la no relación- o las nuevas relaciones entre los sexos.

En la concepción de hoy, el feminismo sería la construcción social de la libertad de las mujeres, a través de la igualdad con los hombres, igualdad de derechos y oportunidades; así lo afirman los estudios clásicos de la teoría del género. Pero, como lo afirma la filósofa feminista italiana, una de las representantes del pensamiento de la filosofía de la “diferencia”, Luisa Muraro:

 “Lo que acontece con el feminismo es lo contrario: es la generación de un sentido libre de aquello que una mujer es o puede ser por sí mismas, con relación a las otras y a los otros, independientemente de las construcciones sociales de su identidad” .

Es esta afirmación mística de la filosofía feminista de la diferencia que queremos, con humildad, prestar para preguntar por la vida en la Biblia, por la generación de un sentido libre, de aquello que un hombre es o puede ser en sí mismo, con relación a los otros y otras, independientemente de las construcciones sociales, es eso lo que queremos decir cuando hablamos de Vida para la Biblia y de la Biblia para la Vida: “respiro de espiritualidad”.

Porque, primero, si no abrimos las fronteras de nuestro pensar y no los dejamos filtrar en nuestro mismo no-pensar, no hacemos “utopías”, porque es en este “lugar” sin fronteras de cánones lógicos o criterios normativos donde tenemos que vernos con lo que llamamos, tartamudeando, Dios (a) .

La lengua sabe formular frases y palabras dotadas de significado, pero también –y esta es la cosa extraordinaria- privadas de significado, o sea carentes de lo esencial. Las palabras carentes de lo esencial asumen la ausencia de significado, como el significado propio. Lo esencial, que normativamente para las palabras es tener sentido, ocurre en un tiempo mágico de generación, en la ausencia de sentido y en la ausencia de la palabra.

Hablar una lengua viva no es combinar palabras, según reglas pre-establecidas. Es inventar siempre nuevas combinaciones, pudiendo así adivinar lo que somos y lo que acontece. Adivinar lo ausente o lo que no se ha dicho, o se ha silenciado o se ha dicho entre líneas o se ha dicho mal, las estrellas y las grutas… si, adivinar… Es lo que hace la poesía, en su forma más libre y feliz, pero que es también lo que hace la ciencia libre de dogmatismo.

Es lo que hace el silencio, libre de normas jerárquicas, de los códigos pre-establecidos para las palabras. Es por el silencio de José que mi vida, mi cuerpo de hombre quiere preguntarle a la Biblia.

En el silencio sobre la Vida y el Misterio, existe una invención de libertad que aprendí en el arte de la vida cotidiana de mi madre Rosina, cosiendo paños y retazos, tejiendo hijos, desmanchando y tejiendo de nuevo, nuevos puntos, nuevos diseños, nuevas formas…

 “Es una práctica que tiene algo en común con el arte de deshacer mallas. Hoy esa es una práctica en desuso, pero las mujeres de mayor edad aún lo hacen. Deshacer una malla consiste, en pocas palabras, en hacer el trabajo al revés. De su confección final, las manos deshacen la malla habilidosamente, a través de las vicisitudes ordinarias y extraordinarias: manchas de moho, sangre, u otra cosa, huecos, costuras, bordados, remiendos… Este arte posee una buena característica: terminado el trabajo de deshacer por manos del artista que normalmente es mujer, aunque también puede ser un hombre, quedan los estambres de hilo a disposición para nuevas obras o para otros tipos de cambios. En fin, para un nuevo punto de partida” .

Es por estos nuevos puntos de partida hermenéuticos, frutos de la experiencia y de la deconstrucción, que la hermenéutica feminista nos presenta, que quiero preguntar por los cuerpos de los hombres, que son textos, y por los textos de la Biblia que son cuerpos.

El silencio se hace invención de libertad cuando descubre que la misma libertad fue precedida por un don: el de la vida y el de la Palabra. Puede ser que, en este mismo pasaje, se necesite buscar lo esencial de la civilización humana, pasaje donde la libertad no posea, incluso, ese nombre y que se lo llame gratitud. Se lo llame dádiva. Es con ese nombre que ella se despide de la negatividad, literalmente destructora, que impide reencontrar la memoria y, por lo mismo, del deseo de lo que la precede. Cuando no ocurre la gratitud y el perdón, por lo negativo, no se da el proceso de cura a través de la memoria.

Existe siempre algo que no cabe en las formas arrogantes, objetivas y universales, en la lengua de la única masculinidad dogmatizada. Alguna cosa que está fuera, atrás, escondida. Alguna cosa de mucho peso, que no conseguimos pensar que sea poca cosa. Algo que podría ser lo esencial. Algo de lo que podríamos sentir que nos hace mucha falta.

Quiero preguntar, desde mi experiencia de hombre, con sus sombras y luces, por este “algo que no cabe”, por el silencio de lo que se hace escondido en la Vida y en la Biblia, como espacio de hierofanía, de revelación- ocultamiento de los Sagrado y de nueva posibilidad de generación de masculinidad y de relaciones recreadas.

Sueño y realidad

“Era una vez un muchacho...”
Así comenzaban las fábulas.
“Era una vez...”

Son esas fórmulas las que, por siglos, poseyeron el don de desmanchar las palabras, de nosotros y de la igualdad normativa patriarcal y de los sentidos; con capacidad de liberar a los oyentes, del lugar y del tiempo en los cuales estaban obligados a permanecer. Estas fórmulas los llevarán hasta las “u-topías”, a lugares y tiempos que antes no tenían ni lugar, ni tiempo, pero que ahora podrán tener tiempo y lugar, por lo tanto, ahora son de la palabra…

“Era una vez…”

Formulas que autorizan a los corazones, que son las cosas de la mente que deben evadirse, no de la realidad, sino de su monotonía, de su rigidez y de su normatividad, de su sordera.

El don de oír, que pertenece a los niños y a adultos, puede ayudarnos a nosotros hombres, llamados a repetir papeles, que somos forzados por la norma del progreso y de la eficiencia de las relaciones. Las fábulas, en el sentido literal de “fabuloso” –lo que abre los cuerpos a las maravillas, a la gratitud, a la posibilidad – no se cansan de enseñarnos que existe algo más allá de la realidad revelada, y de cómo abrir caminos para llegar hasta ella. Son esos caminos de la “teología fabulosa”, que busco en los cuerpos de la vida y de la Biblia.

Quiero preguntar por los cuerpos de la vida, que son sus sueños, como afirma la psicoterapia, cuando nos relata la relación de los sueños con el cuerpo. Los sueños organizan las maneras cómo estamos en el mundo con nuestros cuerpos, y de cómo habitamos los cuerpos en los que vivimos. El punto es que necesitamos romper el enlace que existe entre el consentimiento estético y psicoanalítico, entre el amor y la guerra. Probablemente tengamos que confundir y cambiar la psique. Para ello necesitamos de otras culturas y de otros lugares interiores.

Necesitamos aprender a amar otro amor. Comenzar a pensar la educación sexual, no sólo en términos de contracepción, sino como una educación para la diferencia. Hacer de la diferencia un sentimiento. Sentirla. No sólo enunciarla. La ética debe aceptar las facturas de un amor que hasta entonces fue piedra de tropiezo. Hasta entonces el amor se omitió, fue peligroso para el Estado. Era mejor la familiaridad y la amistad de quien compartía las cosas, no el compartir de quien pone en común sus propias divisiones.

Es sobre los sueños, pieles del alma, adivinos, re-inventores y constructores, de relaciones y de cuerpos, de lo que quiero preguntarle a la Biblia.

El texto

Entre los estudiosos del evangelio de Mateo es de común acuerdo, hoy, que el campo de donde brota este evangelio son las comunidades judeo-cristianas del norte de Galilea y de Siria. Es también de común acuerdo que su redacción final se dio alrededor del año 85 d.e.c. Es también de común acuerdo entre los estudiosos que su redacción final fue de un redactor, o de un grupo de redactores, de una escuela de rabinos y escribas cristianos de Antioquia.

El evangelio de Mateo pertenece al llamado grupo de la segunda generación cristiana del movimiento de Jesús, o de los llamados escritos del periodo sub-apostólicos. En los años 80, los testigos oculares de la palabra de Jesús ya habían muerto; entonces, se hace necesario y urgente el registro escrito de las varias tradiciones.

De las comunidades del norte de Galilea y de Siria, constituidas por personas pobres y explotadas, surge el evangelio de Mateo. Para enfrentar tantos problemas, las comunidades tuvieron que crear instituciones, organizar roles y funciones para sus miembros, definiendo normas de comportamiento, dentro y fuera del grupo. Estos hechos moldearán las comunidades que están detrás del evangelio de Mateo.

Hoy, a través de la práctica eclesiológica de las CEBs, y de la Lectura Popular de la Biblia, nos podemos aproximar más al sentido original del evangelio. El evangelio de Mateo se nos presenta como el evangelio de la justicia de los pobres.

El hilo rojo que traspasa todo el evangelio de Mateo es que las personas empobrecidas y oprimidas son las portadoras de la novedad evangélica, son las depositarias de la promesa y realización del Reino, de la sabiduría de Jesús y de la nueva práctica de la vida comunitaria, centrada en el cuidado de la vida y en la defensa de la misma (Mt 25; 18,6). Ellas son presentadas como nuevo sujeto histórico “capaz de transformar las estructuras de la historia: su fuerza y su gracia que transforman el sentido de la economía, de la política, de la ideología dominante, transforma hasta el mismo viejo sistema de la ley, construido y estratificado en torno al templo de Jerusalén” , en fin, la práctica y la vivencia de la comunidad de discípulas y discípulos de Jesús es la posibilidad de recrear relaciones que generan una nueva humanidad, un nuevo Hombre y una nueva Mujer.

1. Posible estructura de Mateo 1–2

  1. Genealogía (1,1-17)

Memoria de la salvación
Relectura de la liberación

  1. El sueño de José – nuevo hombre (1,18-25)
  2. Los magos (2,1-12)

“Los otros”
El evangelio de las personas empobrecidas
A’ Fuga a Egipto (2,13-15)
Memoria de la salvación
Relectura de la liberación
B’ Matanza de los niños, Herodes – viejo hombre (2,16-18)
C’ Retorno de Egipto - en Galilea (2,19-23)
“Los otros”
El evangelio de las personas empobrecidas

2 - Posible estructura de Mateo 1,18-25

  1. El origen de Jesús Cristo (v.18a)

 

  1. El contexto de la situación de embarazo de María (v.18b-19)
    1. Introducción respecto al embarazo
    2. José, justo, que quiere repudiar a María
  1. El sueño de José (v.20-23)
    1. La palabra del Ángel en el sueño
    2. El midrash de la Escritura

 

  1. El desenlace de la situación (v.24-25)
    1. José se pone de pie y actúa de acuerdo al sueño
    2. Nace un niño y su nombre es Jesús

El origen de Jesús Cristo (v.18a) - El origen de Jesús Cristo fue así”

El texto presenta un problema de narración: en esta construcción de la introducción narrativa, el texto parece mostrarnos que la “génesis” de Jesús no va a responder a las construcciones clásicas, normativas y hegemónicas propias del “mito de nacimiento de un héroe”.

Me parece que se presenta, en esta introducción narrativa de la perícopa, un primer paso de reflexión de fe de la comunidad de Mateo, que recupera, en la importante teología mesiánica, una subversiva construcción de masculinidad de José, hombre que no responde al sistema hegemónico del patriarcado judaizante. Hombre compañero-partícipe, silencioso, del “otro” nacimiento de Jesús, el Mesías.

El contexto de la situación de embarazo de María (v.18b-19)

María, su madre, comprometida en matrimonio con José, antes de que cohabitasen, se vio embarazada por el Espíritu Santo. José, su esposo, siendo justo y no queriendo denunciarla públicamente, decidió repudiarla en secreto”

María se encuentra embarazada sin haber cohabitado con José.

“Se trata de un matrimonio jurídicamente ratificado, que daba inicio a traspaso de la joven, del poder paterno al poder del marido, dándole a éste los derechos jurídicos sobre ella, y concediéndole a la novia, en muchos aspectos, el estatus de casada… La segunda fase era el casamiento propiamente dicho, la mudanza de la novia a la casa del marido… se presumía que la joven era virgen en la época de noviazgo y, al menos en Galilea, también en el momento en que se completaba el casamiento”.

Luego, en la introducción narrativa, existe una pregunta puesta. El hijo que va a nacer es de María, pero no es de José. Notamos también que en línea narrativa con la perícopa que la antecede, que da inicio al evangelio, José es presentado como el esposo de María (1,16), pero María no es presentada como esposa de José, como mandaba la fórmula normativa patriarcal, que incluso hoy manda que se presenten a las esposas.
“La primera génesis de Jesús es su genealogía desde Abraham hasta José. Son 42 generaciones exactas (seis veces siete generaciones). Con Jesús comienza la última generación (1,17). Así, Mateo sitúa a Jesús en la historia de Israel, desde Abraham hasta José.
El eje, en esta génesis de Jesús, son sólo hombres. Es una génesis totalmente patriarcal. No obstante hay cuatro mujeres que rompen de forma violenta este patriarcalismo: Tamar, Rajab, Rut y Betsabé, la mujer de Urías. Todas son extranjeras (aramea, cananea, moabita e hitita, respectivamente) y todos sus matrimonios no son regulares.
Estas mujeres están anunciando a otra mujer: María, la madre de Jesús, que es la protagonista de la segunda generación (1,18-25). María concibe a Jesús por obra del Espíritu Santo. Con lo que se rompe la línea patriarcal de la génesis de José, su esposo. El Espíritu irrumpe en la historia, a través de María. Es esta mujer la que rompe el patriarcalismo de más de 1800 años, desde Abraham hasta José”.

Sospecho, desconfío, que el Espíritu irrumpe en la historia, n o sólo a través de María, la mujer que rompe con el patriarcalismo, sino que María y José, con su relación recreada y reinventada, fuera de los muros del patriarcalismo hegemónico, reconstruyendo también nuevas masculinidades, rompen con el patriarcalismo de 1800 años, desde Abraham.

Hasta el versículo 19, José no aparece en la narración de esta perícopa. A partir de este versículo, es presentado en su reacción inicial a través, no del uso directo de la palabra, sino a través de una reflexión indirecta: “José, su esposo, siendo justo y no queriendo denunciarla públicamente, resolvió repudiarla en secreto” (Mt 1,19).

Me parece que, este versículo tiene un papel decisivo para la comprensión de esta perícopa. Muchos estudiosos afirman esto, lo que, con todo, no significa que el texto haya sido leído adecuadamente en su proceso interpretativo, por lo menos en forma adecuada a los anhelos de los hombres que quieren generar otros procesos de masculinidades, en la superación de la masculinidad patriarcal y hegemónica.

La intención puesta en José es clara: él, siendo marido, aunque el matrimonio no haya sido aún consumado, decide repudiar a la mujer. El repudio está ligado a un caso de adulterio. Ahora bien, ¿de dónde viene la ley contra el adulterio? Veamos: “Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, será matado el adúltero y la adúltera (Lev 20,10; Dt 22,22). En la Biblia existe un único caso de adulterio por el cual la pena es el apedreamiento: “si hay una joven virgen, desposada y un hombre la encuentra en la ciudad y se acuesta con ella, entonces traerás a ambos a la puerta de aquella ciudad y los apedrearás hasta que mueran; la joven porque no gritó en la ciudad y el hombre porque humilló a la mujer de su prójimo. Así eliminarás el mal de en medio de ti (Dt 22,23-24)”.

Sería impropio, como afirma Carolyn Presseler definir la importancia del consentimiento o no de una mujer para el acto sexual.

“En la ley deuteronómica nunca la ofensa es contra las mujeres. La sexualidad femenina y la capacidad reproductiva de las mujeres son siempre vistas como propiedades masculinas, o del padre o del marido. La violación de la sexualidad de la mujer o su uso fuera del dominio del marido o del padre es una grave ofensa en contra de la honra y los derechos de éstos. Las leyes del Deuteronomio se niegan a considerar el cuerpo y la identidad sexual de la mujer, niegan su voluntad y deseo sexual, su derecho a hablar, escoger, determinar, de abrirse, gozar, consentir o rechazar… elimina el derecho de las mujeres a la integridad sexual.
En el caso de adulterio y de la pena de apedreamiento en Dt 22,23-24, se trata de un caso de relación sexual con el consentimiento (ella no gritó en la puerta de la ciudad, donde podía ser oída) de la mujer virgen, prometida en matrimonio.
El factor importante en la ley es el estatus conyugal de la mujer que define la naturaleza de la ofensa y la severidad de la pena. La relación sexual de una mujer virgen que escoge un hombre diferente al marido que su padre escogió para ella, la relación sexual de una mujer que hace caso a sus deseos, viola gravemente el derecho de su marido a poseer la exclusividad de su sexualidad. El poder patriarcal y machista no ha querido abrirse de este poder, desde los tiempos más remotos”.

Se piensa normalmente, que esta trágica decisión tenía que ser suavizada o matizada, a través de la decisión de actuar a través de un repudio secreto. Y esto porque “José, su esposo, siendo justo…” ¿En qué sentido, entonces, José era justo?

Según Xavier Leon-Dufour , José es justo, no porque observa a ley que autoriza el divorcio en caso de adulterio, ni porque se muestra complaciente, ni en razón de la justicia que debía con una inocente, sino por el hecho de que no quiere pasar como padre del hijo de Dios.

Sin querer menospreciar estas afirmaciones apropiadas, me gustaría abrir la posibilidad de una lectura de José como “hombre justo”, a la luz crepuscular de la frontera periférica interpretativa, la humilde polisemia del texto, el respeto de la forma de repudio… secretamente

José no quiere, según el texto, repudiar a María en una plaza pública o en la puerta de la ciudad. José no quiere “lavar su honra” de hombre prisionero de la masculinidad homogénica, propia de los duros códigos de honra y vergüenza.

José, un hombre que ahora es prisionero, vencido en la prisión de la única masculinidad patriarcal, hace el ensayo de jun primer paso de deconstrucción… secretamente

La defensa de la vida, de los niños y de la mujer, comienza a vengarse en el cuerpo de este hombre, como punto de partida hermenéutico de los duros códigos de ley del Deuteronomio. Códigos que hacían sangrar los cuerpos de mujeres y de otros muchos cuerpos, en verdadera relación con los hombres. Cuerpos que desean “otras masculinidades”. Cuerpos que desean otros puntos de partida, que no sean ni sólo partida, ni sólo llegada… que sean caminos … que sean travesía… ¡Cuerpos que digan no a la violencia de la piedra, de las leyes, y de las lapidaciones!

El sueño de José (v.20-23)

“En cuanto él decidió lo que iba a hacer, es que el ángel del Señor se le manifestó en sueño, diciéndole: José, hijo de David, no temas recibir a María como tu mujer, pues lo que ella ha engendrado viene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, y tú lo llamarás con el nombre de Jesús, pues él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto aconteció para que se cumpliese lo que el Señor había dicho por medio del profeta:
He ahí que la virgen dará a luz un hijo
Y lo llamará por el nombre de Emmanuel
Que traducido quiere decir ‘Dios está con nosotros’”.

Esta forma narrativa desvía el texto, de los acontecimientos de la realidad, hacia el pensamiento y el “alumbramiento de la reflexión”, en los dolores de la gestación de “otras ordenes simbólicas”. El camino narrativo nos lleva al espacio onírico del sueño, del sueño y de la visión, para la reinvención de los cuerpos y de las relaciones.

El cuerpo de José que sueña, se hace un espacio epistemológico. El cuerpo de José que sueña es un sorprendente intérprete de la realidad. Un intérprete silencioso, que interpreta otros silencios. El silencio de María y del niño, cuerpos silenciados y enmudecidos por los señores violentos y patriarcas de las leyes y de los templos. El silencio del propio cuerpo, cuerpo de hombre aprisionado, como si en la ausencia de la palabra hablase la presencia de algo que está más allá de la palabra, en las profundidades de la espiritualidad de un mundo otro que es posible, en las profundidades de la espiritualidad, en las relaciones recreadas. El cuerpo de José que sueña, se hace un espacio de autoridad epistemológica. El silencio de José puede ser pensado como una palabra que reinventa la autoridad.

Los sueños modifican los caminos preestablecidos, sugieren nuevas alternativas e interpretaciones para la vida. A través de los sueños podemos vislumbrar aquello que, convencionalmente, no era percibido. Los sueños nos permiten ver la historia al revés, por atrás de las palabras. Los sueños son textos del alma, que sirven para la recreación entre los hombres empobrecidos y aprisionados en una forma esencialista y sexista de la masculinidad. Los sueños rediseñan, de forma frágil y errante, otros parámetros y referencias.

El texto abre la posibilidad de ruptura del silencio de José, cuando el ángel le anuncia que dará nombre a alguien escogido para una misión muy particular, indicada en su propio nombre: Jesús. Este niño trae el nombre de Yahvé Dios, que es, que está presente y que salva. Este niño salvará a su pueblo de sus pecados (v. 23). Para José, en el sueño le es dicho que él romperá su silencio para “nombrar”.

Pidiendo prestado los pasos metodológicos de una teología feminista y de género, recordaremos que, más allá del punto de partida que es la realidad, en el proceso de deconstrucción, tanto de la vida como del texto, es el ejercicio de nombrar, el que permite generar nuevas construcciones de género y también nuevas masculinidades.

José es llamado en sueño a romper el silencio, dándole nombre a Jesús. Nombrándolo a Jesús, José es llamado a nombrarse a sí mismo y a los hombres subversivos de la masculinidad dominante y hegemónica.

Dándole nombre a Jesús, José nombra, es decir llama de nuevo a reconstruir su vida, la vida de mujeres, niños y otros hombres empobrecidos. Dándole nombre a Jesús, José convoca el nombre de Yahvé, el Dios que libera y salva, porque escucha, conoce, oye y quiere liberarlos (Ex 3,7). Rompiendo el silencio, José nombra al Hombre Nuevo, nombrando así el nuevo rostro de Dios en Jesús. Rompiendo el silencio, José describe el nuevo rostro de Dios en el suyo propio; José es el Nuevo Hombre con relación a María que es la Nueva Mujer.

Este corazón textual nos hace volver a la génesis de la temática inicial de Mateo y de la misma perícopa (Mt 1, 18-25). Es la génesis de una nueva humanidad, sumergida en la Pascua de Cristo, evangelio de justicia para los empobrecidos y empobrecidas, a quienes el evangelio de Mateo está hablando.

La comunidad de Mateo posee plena conciencia, al escribir el texto y al escribir la vida, de que está realizando un trabajo hermenéutico y kerigmático. Tal cosa se evidencia por el acercamiento que hace la comunidad a la cita de Isaías: “lo que traducido quiere decir Dios con nosotros” (v. 23). El nombre dado por José va a ser cambiado.

Parece existir un desencuentro entre el nombre dado en el sueño y el nombre que la comunidad de Mateo va a usar, pero el desencuentro es apenas aparente. José, Hombre Nuevo, subversivo de la masculinidad patriarcal y hegemónica, no está solo. Ningún hombre está solo en esta caminada por conjugar el mundo con el mundo simbólico de las “otras masculinidades”. Existe, en este proceso de gestación, un camino racional y comunitario. El texto nos dice que José no da solo el nombre al niño. Él, a través del silencio y del sueño, gesta una nueva palabra que se hace carne. Dándole nombre a Jesús, se nombra a sí mismo. Dándole nombre a Jesús, nombra a María y su dignidad plena. Dándole nombre a Jesús, nombra la justicia para las personas empobrecidas. Dándole nombre, haciendo del cuerpo una palabra, sabe, el Nuevo Hombre lo que necesita. Conoce, comprende la ontológica esencia humana que necesita de la precisión. Necesita de la comunidad de las mujeres y de los hombres nuevos, cuerpos resucitados que, como él afirma es: ¡Dios con nosotros!

El desenlace de la situación (v.24-25)

“José, al despertar del sueño, actuó conforme el ángel del Señor le había ordenado, y recibió en su casa a su mujer. Pero no la conoció hasta el día en que ella dio a luz un hijo, al que él llamó con el nombre de Jesús.”

Esto versículos cumplen el papel de ofrecer el desenlace del relato.

La noche, por lo menos la noche oscura de la masculinidad dominante, llega a su fin. Con la experiencia de la Pascua, la comunidad de Mateo vivencia una “noche más clara que el día, la noche preñada de todas las albas”.

El sueño de José y de la comunidad, en el seguimiento de Cristo Resucitado, produce frutos de resurrección: El Hombre Nuevo, Jesús Cristo, es el Hombre libre de las ataduras de la ley, libre para amar y construir el Reino, en la construcción de la justicia para las personas empobrecidas.

Esta humanidad, libre y liberada en Cristo resucitado, es José y es la comunidad.

Pero, José y la comunidad no quedan impunes por la capacidad de callarse y soñar. El poder de Herodes, del Templo, de Jamnia, y de Roma nos admite silencio y sueños, territorios fecundos para la gestación de otros poderes posibles, poderes circulares y comunitarios. No más poderes “sobre” las mujeres, los niños, los empobrecidos y la naturaleza, sino poder “con”, “juntos”. Poderes que son cimentados y reforzados por el poder de una nueva espiritualidad: el poder que es “desde adentro”. El poder dominante no admite silencios y sueños, territorios fecundos para cuerpos que reinventan la Historia.

Por otro lado, el relato no termina en sí mismo, sino que se abre a nuevos encuentros. “Otros” encuentros, de “otra” gente extranjera, de otra religión y creencias, gente que consigue adivinar y seguir el sueño frágil de una estrella (Mt 2,1ss).

El relato, que tiene por objetivo hacer soñar a la comunidad y reinventar las relaciones, dentro de la experiencia de Cristo resucitado, no termina simplemente con una conclusión: necesita de más sueños para inventar otro Egipto de escape y de libertad. Existen nuevos faraones que deben ser vencidos, para defender la crianza de los niños y los empobrecidos. Para la defensa de la vida, esta es la primera y la última palabra sagrada (Mt 2, 13-18).

El relato de los cuerpos, texto que produce espíritus, necesita de nuevos sueños (Mt 2,19-23) para encontrar la Nueva Tierra Prometida, tanto para la mujer como para el niño… a Galilea… reconstruyendo la historia y las relaciones, a partir de las personas empobrecidas… ¡Dios con nosotros!

Nuevos cuerpos en nuevos textos

Historia de los siete prodigios

Nunca hubo mujer tan difícil, ni hombre más mago, entre la boca del río Amazonas y la bahía de Todos los Santos.

Siete prodigios tuvo que cumplir José para ganarse los favores de María.

El padre de María dijo:
- Es un muerto de hambre

Entonces, José abrió, en pleno aire, una toalla, no hecha por manos humanas, y ordenó

- Pónganle a la mesa.

Y un banquete de muchas delicias fue servido por nadie sobre la toalla que flotaba en la nada. Y aquello fue una alegría para las bocas de todos.

Pero María no comió ni un grano de arroz.

El rico del lugar, señor de la tierra y de la gente, dijo:
- Es un pobretón de mierda.

Entonces José llamó a su cabra, que llegó saltando de ningún lugar, y ordenó:
- Caga, cabra.

Y la cabra cagó oro. Y hubo oro para todas las manos.

Pero María dio la espalda a todo ese esplendor.

El novio de María, que era pescador, dijo:
- De pesca no entiende nada.

Entonces José, en la orilla del mar sopló. Sopló con pulmones que no eran sus pulmones, y ordenó:
- Que se seque el mar.

Y el mar se retiro, dejando un área toda plateada de peces. Y los peces rebozaban las cestas de todos.

Pero María se tapó la nariz.

El difunto marido de María, que era un fantasma del fuego, dijo:
- Lo voy a volver carbón.

Y las llamas atacaron a José por todos los lados.

Entonces José ordenó con una voz que no era su voz:
- Que el fuego me refresque.

Y se bañó en la hoguera. Y todo el mundo se quedó mirándolo fijamente.

Pero María cerró sus párpados.

El Padre del lugar dijo:
- Merece el infierno

Y declaró a José culpado de brujería y de pacto con el demonio

Entonces José agarró al padre por el cuello y ordenó:
- Que se estire el brazo.

Y el brazo de José, que ya no era más su brazo, llevó al padre a los ardientes abismos del universo. Y todos quedaron con la boca abierta.

Pero María gritó de horror. Y ni el pestañeo de sus ojos o su largísimo brazo trajo de vuelta al padre chamuscado.

El policía dijo:
- Merece cadena.

Y se fue contra José, garrote en mano.

Entonces José ordenó:
- Golpea garrote.

Y el garrote del guardia golpeó al guardia, que salió corriendo, perseguido por su propia arma, y desapareció de la vista. Y todos reían. Y María también.

Y María ofreció a José una pluma de loro y una rosa blanca.

El juez dijo:
- Merece morir.

Y José fue condenado por desacato, violación del derecho a la propiedad del padre sobre la hija y del muerto sobre la viuda, atentado contra el orden, agresión a la autoridad e intento de parricidio.

Y el verdugo levantó el hacha sobre el cuello de José, que estaba con las manos y los pies atados.

Entonces José ordenó:
- Aguanta, pescuezo.

Y el hacha cayó, pero el pescuezo lo destrozó.

Y fue una fiesta para todos. Y todos celebraban la humillación de la ley humana y la derrota de la ley divina.

Y María ofreció a José un pedazo de queso y una rosa roja.

Y José, vencedor desnudo, vencedor vencido, sintió que sus rodillas temblaban .

Recrear relaciones, recrear cuerpos y textos “cotidianos” de hombres se vuelve una tarea permanente y continua, que posibilite construir un nuevo imaginario de las masculinidades, un nuevo orden simbólico, que tenga su coherencia en la práctica cotidiana, justa e incluyente de toda la humanidad. Pero, el verdadero punto de una práctica de violencia en la masculinidad hegemónica posee una raíz simbólica: en los hombres, más allá del amor y el reconocimiento a favor de nuestras madres, existe una dificultad para reconocer la libertad y la autoridad de una mujer. Creo que un gesto significativo para la superación de la masculinidad hegemónica podría comenzar con este reconocimiento.

Traer la cuestión de las masculinidades al debate de la relectura bíblica de género, puede ser una contribución fundamental para un proceso dinámico y envolvente, en la construcción de relaciones más humanas. Recorrer esos caminos y recorrer los caminos de la fábula, de lo “fabuloso”, del sueño… organizando nuestros cuerpos para estar en el mundo. Soñando, organizando la manera, o mejor organizamos nuevas y otras maneras de habitar el cuerpo en el que vivimos.

La relectura bíblica de género, creó un instrumento y un punto de partida para nosotros los hombres, construidos en la masculinidad hegemónica, que debemos interrogarnos cómo estar en el mundo con pleno sentido de nosotros mismos, quien sabe si dejando y abandonando la pretensión de interpretar solos, lo que es “universal” y “objetivo”. Si consiguiéramos hacer eso, quién sabe si disminuiría el horror de tener que poseer la razón con la fuerza y la violencia.

La “crisis” de lo masculino o de la masculinidad hegemónica, se da en el momento en que “otras” masculinidades se manifiestan, cuando los sueños toman forma de cuerpos de “otros” hombres cotidianos, cuando se rompen silencios, teniendo voz y nombrando, construyendo una nueva humanidad masculina.

Es preciso ser mago para ganarse los favores de María, para reconstruir relaciones de vida, de cuerpos enteros, de hombres y mujeres, para que podamos saborear un pedazo de queso muy rico, sentir el perfume de una rosa roja que nos acaricia todos los sentidos con su belleza. Es necesario se mago para ganarse una flor, un pedazo de queso, y el amor de una mujer.

Este no es un proceso fácil de ser asumido, requiere de muchos “prodigios”; siete son los prodigios que serán realizados por José y, parafraseando a Eduardo Galeano, por todos los José desde Galilea hasta Bahía de Todos los Santos. Es preciso ser “mago” frente a ese desafío. Es necesario ser mago para reconstruir masculinidades, para recorrer otros caminos, para poder ver de nuevo la estrella y estar radiantes de alegría.

Es necesario ser mago para poder reconstruir relaciones que por tanto tiempo, tanto tiempo que no me acuerdo más, fueron silenciadas en los cuerpos de las mujeres, impedidas del placer, calladas en sus voces impedidas para recorrer sus propios caminos, de sentirse libres en todos y en cualquier lugar, libres para hacer sus propias escuelas y para participar activamente de todas, y de cualquier decisión.

Necesitamos desarrollar más insistentemente el arte de adivinar al ausente, a lo no-dicho, al silenciado, a lo entredicho, a lo mal-dicho, a las estrellas y a las grutas… Es lo que hace la poesía y al sueño en su forma más simple y feliz; es lo que hace que la ciencia esté libre del dogmatismo. Es lo que hace que el silencio esté libre de las normas jerárquicas, de los códigos preestablecidos para las palabras. Fue por el silencio y la nominación de José, que mi vida y mi cuerpo de hombre quiso preguntarle a la Biblia, quiso volverse al pequeño texto del evangelio de la comunidad de Mateo. Percibí que el hecho de recrear relaciones es un desafío para cada día, es un imperativo para enfrentar el sistema masculino patriarcal, hegemónico y excluyente.

La forma como José ejerce su masculinidad es contraria a la práctica masculina normativa, vigente en su época.

Aquí, me gustaría rescatar y destacar una de las relaciones recreadas en la casa de José, esposo de María; la casa no es más del “padre” – a bet ‘ab –, ni es simplemente la casa de la “madre” – abet’em –, sino la oikoumene, la casa de acogida para todos y todas, casa de las diferencias, donde se puede amar y ser amadas y amados plenamente. Es en esta casa, en la casa de María y de José, donde las relaciones son recreadas, relaciones de hombres y mujeres nuevos. Es en esta casa, donde María y José conciben a Jesús, el Hombre Nuevo, de relaciones nuevas y re-creadas. Es en esta casa/oikoumen donde crece Jesús. Mirando las relaciones de la mujer/María y del hombre/José, es como Jesús va construyendo su masculinidad.

Pienso que el personaje José se presenta como una nueva posibilidad de masculinidad.

José representa también lo “común” de la práctica de un grupo significativo de hombres empobrecidos y marginados por la sociedad de su época. Ejercicio de resistencia, aprendiz. Esa “nueva” masculinidad en José cuestiona y amenaza el poder social y religioso de aquellos hombres que representan la masculinidad dominante. Su práctica de “Hombre Nuevo” transgrede las leyes y las costumbres establecidas y fijadas. Su práctica de “Hombre Nuevo” cuestiona la raíz de las estructuras simbólicas de tipo patriarcal, volviéndolas más humanas, incluyentes y justas.

De la práctica de José, entonces, podemos llegar al campo desde donde surgió el camino que siguió Jesús para vivir su masculinidad. En la vivencia de nuevas relaciones en la “casa” de María y José. En la masculinidad recreada en José, así mismo, encontramos la presencia y posibilidad de otra masculinidad, en la cual fue construida la práctica del “Hombre Nuevo”, en la persona y en el proyecto de Jesús de Nazaret, su hijo.

De igual manera, podemos decir que José y María conciben a Jesús –“hombre Nuevo” – con su camino nuevo de ser hombre y de vivir su masculinidad, con su crítica a la sociedad patriarcal, hegemónica, dominante, adultocéntrico y androcéntrica, propia de su tiempo. Es en la “casa” y en la compañía de José y de María, que Jesús aprende a ser hombre, recreando relaciones, construyendo un cuerpo acogedor y proyectos incluyentes y justos. Proyecto y práctica común, asumidos por las comunidades seguidoras de Jesús.

Específicamente, la vida de Jesús encuentra su raíz en su modo de relacionarse, refutando la lógica del más fuerte y de la masculinidad hegemónica. Jesús, con su vida, pasión y muerte, pone a prueba su propia masculinidad hegemónica y la masculinidad hegemónica de Dios. El mismo Dios, en ese proceso, se hace “Otro”, Dios se despoja de su masculinidad violenta y patriarcal, mostrando nuevas pistas, nuevos caminos de masculinidades. Las primeras comunidades cristianas explicaban esta intuición de la siguiente manera: “tengan los mismos sentimientos que tenía Cristo Jesús: Él, pese a su condición divina, no hizo alarde de su igualdad a Dios, por el contrario, se hizo a sí mismo esclavo, asumiendo la condición de siervo… ¡se humilló a sí mismo, siendo obediente hasta la muerte, y una muerte en cruz!” (Flp 2,5ss).

Podemos decir, sucintamente, que la comunidad cristiana sigue la identidad de Cristo. Como la vid y los sarmientos, la personalidad cristica continúa en nuestras hermanas y hermanos. Cristo, la humanidad liberada, no se confina a la perfección estática de una persona de hace dos mil años. Por el contrario, la humanidad redentora va al frente nuestro, gritándonos las dimensiones aún no completadas de liberación humana, llamándonos a construir nuevas masculinidades no violentas, manifestándonos la kénosis del patriarcado con sus privilegios y exclusiones, apuntando nuevos caminos y nuevas relaciones.

Siete fueron los prodigios de José, para ganarse los favores –un pedazo de queso y una rosa roja – de María. Siete son los prodigios necesarios para recrear relaciones. Para recrear cuerpos… para recrear textos-fabricados de la vida.

Setenta veces siete serán los prodigios necesarios para reconstruir masculinidades, para que los José-hombres encuentren los “favores-amores” de las Marías-mujeres. La vida toda. Cada día… día tras día… para ello es necesario que ocurra algo necesario: vaciamiento, kénosis cotidiana para construir unas nuevas y otras relaciones. Unas nuevas “otras” masculinidades… Mujeres y hombres recreando relaciones, necesitando esa construcción, en esa “inerrancia” espiritual y relacional, en ese perder de tiempo que nos permite preguntas fundantes y fundamentales, el “por qué”.

Que los “favores-amores” de la vida no sean más relacionados a la violencia… ¡Así sea!

 

Hermes Tonini
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Sobre este acercamiento, vale la pena referirse a la obra de REUTHER, Rosemary, Sexismo e religião, São Leopoldo: EST/Sinodal, 1993.

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“Respiros - Entre transpiração e conspiração” este artículo es el resultado colectivo del encuentro de las mujeres biblistas de la revista RIBLA/Revista de Interpretación bíblica Latino-Americana (texto editado el 2005).

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Respecto a las antiguas raíces de la palabra memoria: MI, ver: Maria Soave BUSCEMI, Luas... Contos e en-cantos dos evangelhos, São Leopoldo/São Paulo: CEBI/Paulus, 2000, p. 59.

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La versión usada para este estudio es de la Biblia de Jerusalén.

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20 BUSCEMI, Maria Soave, “De corpos, pavores e utopias”, en Estudios Bíblicos, Petrópolis: Vozes, vol. 75, 2002, p. 90.

21 LEÓN-DUFOUR, Xavier, Estudios del evangelio, Madrid: Cristiandad, 2ª edición 1982, p. 81.

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