¿Dios como principio absoluto de la vida? – Apuntes a partir de la Biblia hebrea.
Haroldo Reimer

Resumen
El artículo busca primeramente mostrar que, en términos doctrinarios, la Biblia afirma a Dios como principio absoluto de la vida. En segundo lugar, en una perspectiva más fenomenológica e histórico-social, se busca resaltar los sujetos de los discursos de los textos bíblicos en el contexto del antiguo Israel. Finalmente, se evidencia como el principio absoluto de defensa de la vida, conforme aparece expresado en el mandamiento de no matar (Éxodo 20,13), es manejado de forma instrumental cuando se trata de resolver cuestiones concretas de lo cotidiano (Éxodo 21 – 23).

Abstract
The present article intends. to show that in doctrinaire terms, the Hebrew Bible asserts that God is the absolute principle of life. In second place, in a more phenomenological and historic-social perspective, we try to enhance the subjects of the discourses of the biblical texts in the context of ancient Israel. Finally, we underscore how the absolute principle of the defense of life, as expressed in the commandment not to kill (Ex 20,13), is instrumentally manipulated when the thing is to solve concrete questions which arise in everyday life (Ex 21-23).

 

El tema propuesto es complejo: ¿Dios como principio absoluto de vida? El título es afirmativo y cuestionador. Un análisis exhaustivo pediría tiempo y espacio. Por eso hay que hacer recortes. Aquí serán hechas solamente algunas anotaciones de orden introductorio. El punto de partida serían los textos bíblicos. Vamos a considerar la Biblia hebrea o el Antiguo Testamento cristiano.

El artículo sigue tres pasos: primero, consideraremos los contenidos de los textos sagrados en su relación al tema ’Dios como principio absoluto de la vida’. Se trata de un mirar teológico para percibir elementos doctrinarios. En segundo lugar, buscaremos plantear la pregunta por el lugar y por los sujetos de los discursos de los textos y de los manejos hermenéuticos de los textos; se trata de un mirar más fenomenológico e histórico-religioso. En el tercer paso, buscaremos evidenciar cómo el postulado de Dios como principio de la vida es manejado en algunos textos de la Torá.

Contenidos

Primeramente, el tema propuesto recibe una respuesta positiva de los textos bíblicos: ¡Dios es el principio (absoluto) de la vida! La sencilla indicación para las palabras iniciales de la Biblia, ya expresan una confirmación temática:”en el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gn 1,1). Lo que ahí se dice es dicho en lenguaje de estructura mitológica, que se expresa como confesión de fe. Afirma que en el punto originario más remotamente pensable, la actividad creadora de Dios, o más específicamente, del Dios de Israel, dio causa y origen al conjunto cósmico que posibilita la vida como un todo. En el principio del existir de todas las cosas está, pues, ¡Dios! Esa es confesión de fe fundamental que recorre básicamente todos los textos de la Biblia hebrea.

Lo que se dice en lenguaje mitológico, debe ser y querer ser entendido en clave teológica. Al final, lo que comienza a ser dicho en Génesis 1 es testimonio. Israel, o el pueblo de Israel, o quien por Israel se articula en las palabras de este texto, expresa aquí su confesión de fe. Afirmar que en el inicio del existir del cosmos está Dios y, por lo tanto, un credo; es articulación de la experiencia religiosa y de fe, que afirma básicamente eso: Dios es el principio de todo lo que existe y, por lo tanto, también es ¡el principio de la vida!

Los textos que siguen a Génesis 1, se fueron perfilando y dando forma a partir de este criterio teológico de que el Dios de Israel es el principio de la vida. El contenido que crea el canon bíblico se expresa a lo largo del mismo. La creación de los elementos de la naturaleza, de los animales, de las grandezas celestiales, del ser humano, etc. Son elementos derivados, que necesariamente deben componer el conjunto de la creación afirmada como obra divina.

Esa creación de Dios es un espacio complejo. Hay una variedad de elementos. Si se quiere hablar de armonía en esa creación, se debe necesariamente incluir la conflictividad dentro del concepto de armonía. Por un lado está la conflictividad en el ambiente animal, en que algunas especies necesitan de otras como alimento o combustión para su propia vida. Arrancar la vida es condición para la continuidad de la propia vida y de la especie en el mundo animal. Ahí no hay cómo regular. Basta constatar.

En el ambiente humano, inscrito, es verdad, en el mundo animal, hay un elemento diferenciador. La capacidad reflexiva del ser humano constituye lo diferencial. El ser humano reflexiona sobre su propia condición. El pensamiento, el deseo, la voluntad son elementos que impulsan hacia el conocer, y el conocimiento lleva a la trasgresión y ésta a la libertad. Esto nos enseña, y no por último, el texto de Génesis 3. El ser humano debe necesariamente pasar de la obediencia directa hacia la duda y la escucha, aunque eso constituya una ruptura con Dios, tenido como principio de la vida. Ha sido una pena que esa ruptura haya sido expresada en lenguaje tan androcéntrico, penalizando el elemento femenino y haciendo tabú la pluralidad de otras opciones. El ser humano reflexiona y escoge. Tener que escoger pasó a ser el destino y la condenación de los humanos. El inclinarse sobre sí mismo es condición (humana) para la superación de la simple condición animal.

El ser humano es también depredador de la vida para continuar con su propia vida. Por lo demás, en perspectiva teológica, moral, ética, expresada en los textos bíblicos, esa condición es [debe ser] colocada bajo parámetros. Necesita reglas, normas, leyes, mandamientos. Por eso la Torá es lo que es: una larga historia del surgimiento de la humanidad y del pueblo hebreo, mostrando que el vivir humano necesita ser ladeado siempre por elementos normativos. Así se hace y se podrá hacer el salto cualitativo de aquello que es meramente animal para el humano, en una mezcla interminable de instinto y reflexión. La libertad estará siempre acompañada al lado de la normatividad.

Todo ese colorido de los textos bíblicos se va perfilando y formando géneros literarios e intereses narrativos distintos a la percepción teológica fundamental, que es el credo del conjunto canónico de la Biblia: ¡Dios es el principio de la vida! Cuando la vida humana, por una decisión tempestuosa, es interrumpida, por ejemplo, por el asesinato de Abel por Caín, Dios, el principio de la vida, rehace la secuencia de la vida, creando condiciones de continuidad para la especie humana. (Gn 5, 25-26). La posibilidad de la continuación ¡es atribuida al propio Dios! Cuando por decisión del propio Dios, la vida se respira, debería ser aniquilada (Gn 6,7), con la excepción de una selecta delegación acomodada en una barca de protección ambiental, el principio divino de la vida, gana nuevamente, expresión (Gn 6-9, esp. 8,17). El propio Dios rehace y posibilita un nuevo comienzo. Por detrás de la narración, en su originalidad, hay elementos ideológicos. Sin embargo, sincrónicamente, la vida (re)posibilitada es la vida en su complejidad y conflictividad cotidiana. Existe un terror y un pavor de los animales en relación a los humanos (Gn 9,2-3). Estos se lanzan a matar ¡pero la muerte de sangre debe ser vengada! (Gn 9,5-6). Cuando en la familia de Sara y Abraham, portadores de la promesa ancestral de llegar a ser un gran pueblo, la continuidad de la vida está amenazada, la promesa es ratificada. ¡A pesar de las condiciones humanas limitadas de la procreación, aquella familia recibe el fruto de la bendición y de la vida: hijos (Gn 16,15-16; 21,1-2)! En medio de las disputas familiares y decisiones acaloradas o religiosamente perfiladas, la vida amenazada de los niños es puesta a salvo (Gn 21 y 22). El propio Dios es colocado como sujeto articulador de ¡protección de la vida!. Los textos, vistos en su conjunto, expresan sobretodo la necesidad constante de aquellas agrupaciones humanas de la fertilidad y de la reproducción de la vida para la continuidad de su grupo, y, en fin, de la propia especie. Cuando el grupo se vuelve muy numeroso como en el caso de Abraham y Lot (Génesis 13), se aplica el principio de la división, en contingentes más pequeños. El grupo se subdivide y cada cual ocupa una parte del espacio todavía ocupable. No existe todavía una reflexión sobre la extinción de los espacios y la necesidad de control poblacional.

Lo que se afirma para el ámbito familiar, también puede ser expresado en términos de historia de un pueblo. Cuando la vida y la dignidad de todo un grupo, como en el caso de los hebreos en Egipto, son colocadas bajo la amenaza de la continuidad, son la palabra dialogal y dialogante y el poder de Dios, expresado en la metáfora del brazo extendido de Dios, que posibilitan la continuidad de la vida y el difícil camino para el ejercicio de la libertad y de la dignidad, sobre una tierra prometida y a ser conquistada (Ex 1-15).

La dimensión social de defensa de la vida, se expresa también de manera multiforme en los textos proféticos. El clamor de personas y grupos explotados, oprimidos, violentados, gana eco y amplificación en las denuncias y anuncios de personajes extáticos, indiferentemente llamados ‘profetas’ (Amós 5-6; Miqueas 3; Isaías 1;3;5). La posibilidad de vida, disminuida por mecanismos humanos, será potencialidad, nuevamente, por la intervención de Dios. ¡Esa es la utopía expresada en varios textos proféticos!

En estos textos de la Biblia hebrea, cada cual con su belleza, su género y su intencionalidad, el elemento teológico, doctrinal, moral está puesto: ¡el Dios de Israel es el principio (absoluto) de la vida! Lo que se dice en la apertura recorre las partes de toda la Escritura. ¡Lo que es dicho doctrinalmente, se afirma como principio!

En el Primer Testamento, con todo, ni siquiera todos los ámbitos de la vida, aparecen plenamente referidos, al poderío y a la soberanía de Dios. El Dios Yavé es afirmado como aquel que puede descender al mundo de los muertos, al sheol (Salmo 139,8). Sin embargo el poder de superación o de vuelta de la muerte, todavía no está en el horizonte utópico de la fe de Israel.

Hasta aquí señalamos un conjunto restringido de textos. Análisis más detallados, traerían a la luz muchas riquezas en detalles, tanto en términos literarios, como en términos teológicos. Creo, por lo demás, que lo esencial, ya fue indicado: en términos canónicos, ¡Dios es el principio (absoluto) de la vida! Ése es el credo creyente que recorre todo en las Escrituras. ¡Eso se vuelve un principio!

Continuaremos nuestra reflexión, en una perspectiva general, intentando poner la pregunta por el lugar y los sujetos históricos que están detrás por tras de los testimonios y textos como los arriba mencionados.

Lugar y sujetos históricos por detrás de los textos

Los textos de la Biblia hebrea respiran y transpiran un ambiente y un modo de pensar premoderno. Con eso no se está diciendo que los textos como tales sean superados o incluso anticuados. Estamos sencillamente indicando su condición histórica de nacimiento, allá en el contexto del antiguo Israel, en las tierras de Canaán, Israel o Palestina o en las experiencias de exilios. Los textos expresan modos, pensamientos, cosmovisiones, que fueron características o importantes en aquellos contextos originarios.

Con la expresión ‘pre-moderno’ no hay, pues, desvalorización de estos textos. Simplemente se quiere expresar que el modo de pensar dominante en los textos, es una visión teo-céntrica o incluso cosmocéntrica. Dios es pensado como causa y origen de todos los fenómenos naturales, así como también de los fenómenos sociales y humanos. Esto constituyó su manera de pensar.

El modo de pensar en nuestros tiempos, por lo menos de muchos modernos y contemporáneos, es diferente. Muchos de nosotros estamos acostumbrados a pensar la vida, la naturaleza y el mundo a partir de la autonomía, de la libertad y hasta de la ruptura en relación al principio divino. Desde el alba de la Modernidad, y pasando por ciertos ciclos, dentro de la propia Modernidad, el ser humano pasó a constituirse, cada vez más, en la parte del pensamiento y del conocimiento, relegando, gradualmente, a situaciones secundarias, la idea de dependencia (directa) en relación a Dios o no más utilizando como dominante el recurso a lo divino, como explicación (necesaria) de los fenómenos naturales, sociales y personales.

No es así en los textos de la Biblia hebrea. Allí, Dios es el principio de todo. El sobrepasa todas las esferas de la vida. Este tipo de pensamiento está muy bien expresado en el Salmo 104,27-30, donde se afirma:
“Todos esperan de ti que les des a comer a su tiempo.
Si les das, ellos lo recogen;
Si abres la mano, ellos se hartan de bienes.
Si ocultas el rostro, ellos se anonadan;
Si les cortas la respiración, expiran y retornan a su polvo.
Envías tu Espíritu, ellos serán creados.
Y así renuevas la faz de la tierra.

La dependencia en relación a Dios como principio, causa y origen es elemento notorio de los textos bíblicos. Con esto se proyecta una sacralización de los diversos ámbitos de la vida.. La propia vida, en cuanto principio, pasa a ser afirmada como. sagrada, y de modo consecuente, también las distintas formas de existencia son vistas como atravesadas por la dimensión de la sacralidad.

Este modo de pensar es expresión de sujetos hermenéuticos, dentro del contexto vital del antiguo Israel. Cuando hablamos aquí de ‘sujetos hermenéuticos’ nos referimos a los que en la fenomenología de la religión, por ejemplo en la línea de Rudolf Otto, Mircea Elíade o José Severino Croatto, es llamado de homo religiosus. Este ente abstracto, calificativo de un grupo de personas y grupos que realizan la experiencia de lo Trascendente, es lo que está a la base de los textos sagrados, como aquella persona que percibe, capta, siente, interpreta, simboliza y expresa la(s) experiencia(s) de lo sagrado. De manera muy clara, José Severino Croatto, se refiere a esto con las siguientes palabras:
“De cualquier manera que nombremos a la divinidad – Dios, Dioses, Diosa, Diosas – se trata siempre de seres “totalmente otros”. Lo que califica la experiencia religiosa como tal, es una relación del ser humano con el ámbito de lo numinoso o trascendente. Éste es el núcleo de la referida experiencia y es lo que garantiza la no-oposición fundamental de las religiones entre sí. Habrá tantas maneras de hablar de Dios cuantas culturas hubiere. Aquí se localizan el símbolo, el mito, los ritos y las doctrinas, los cuatro lenguajes típicos de toda experiencia religiosa.”

Se habla de este homo religiosus en singular, pero la perspectiva es siempre de una pluralidad de sujetos, que perciben, simbolizan, expresan y proyectan, así, en forma de frases, cantos, oraciones, en fin de textos, su fe, su reflexión, sus intereses y su teología en los textos. Estos textos, a veces singulares en su estructura, profundos en su poesía, contextuales en su relación a la historia y al ambiente, pasan por procesos de relectura(s), que añaden nuevos sentidos. En cada lectura o relectura se abren también nuevas perspectivas para la construcción de sentido dentro del momento existencial o histórico de la persona que lee, oye e interpreta. Se da una dinamicidad hermenéutica, constantemente en juego y en esa dinamicidad las cuestiones existenciales o históricas del momento de la (re)lectura, fomentan las preguntas que se llevan a los textos y también inciden sobre las propuestas interpretativas de los propios textos.

Pero no se trata solamente del proceso dinámico de la (re)lectura. Se trata también de un acceso diferenciado, al que nosotros llamamos como ‘momento de la revelación’ o momento de percepción de lo Sagrado o de Dios. Existe una historia muy ilustrativa, proveniente de la mística judaica, narrada por el escritor judío Gershon Scholem, que muestra esa dimensión de accesos diferentes a lo Divino:
“Cuando el Baal-Shem tenía que resolver algo medio complicado, iba hacia un determinado lugar en el bosque, encendía un fuego y decía…oraciones… y todo sucedía como él lo había imaginado. Cuando una generación más tarde, el Magid de Meseritz, tenía que hacer algo parecido, él iba hacia aquel lugar en el bosque y decía: ‘El fuego, nosotros no lo podemos hacer, pero las oraciones, nosotros podemos decirlas’ –y todo sucedía conforme a su voluntad. Una generación posterior, el Rabí Moshe Leib de Sassow, tenía que realizar una cosa semejante. También él iba hacia el bosque y decía: ‘Nosotros no podemos encender ya el fuego, y nosotros ya no conocemos más las meditaciones secretas, las cuales vivifican la oración, sin embargo nosotros conocemos aquel ambiente en el bosque, donde todo eso tiene su lugar y eso debe ser suficiente’. Y era suficiente. Cuando otra vez, en una generación posterior el Rabí Israel de Rischín, tenía que realizar aquella tarea, él se sentaba en su caserón, en una silla dorada y decía: “Nosotros no podemos realizar el fuego, no sabemos ya decir las oraciones, nosotros no conocemos ya el lugar, pero nosotros podemos contar historias sobre eso.”

Lo que llamamos ‘revelación’ puede ser afirmado como un complejo proceso de discernimiento y comunicación de la experiencia de lo Trascendente. Esa percepción o ese discernimiento, no se encierran en la simple tesitura del texto en su momento originario. Las ritualizaciones, intentadas o realizadas, como por ejemplo la caminata al lugar de la manifestación primera en esa historia, son también una forma de alcanzar acceso a la manifestación de lo Divino. La expresión a través de la repetición de textos, como oraciones, busca el mismo fin. Igualmente el simple hecho de contar las historias, ya consideradas especiales o sagradas, es momento de discernimiento y de transmisión de lo Sagrado. Eso lo atestigua muy bien el recurso a la homilía o la predicación o el mensaje en los cultos cristianos, sin embargo igualmente la recitación de mitos en culturas llamadas tradicionales.

Hay pues, una dinámica inagotable de lo que sea la voluntad o el propósito de Dios. Existe una búsqueda incesante. En cada búsqueda, nuevos ingredientes culturales y nuevas cuestiones piden nuevas respuestas. También nuevos conocimientos o nuevos avances tecnológicos, constituyen nuevas preguntas y requieren de nuevos discernimientos a la luz del proceso dinámico del discernimiento. Aunque el texto sagrado o en particular el texto bíblico sea un vehículo privilegiado para el discernimiento de la Palabra de Dios, esa Palabra requiere ser discernida constantemente en diálogo con la realidad de la vida, con sus muchas demandas existenciales e históricas, y, especialmente, en diálogo con las demandas de las personas pobres, este contingente humano más sufrido en la faz de la Tierra.

En este resumen buscamos señalar que el hecho de que los textos sagrados son expresiones y simbolizaciones de sujetos hermenéuticos dentro del contexto vital del antiguo Israel. Personas, grupos y comunidades que sienten, perciben e interpretan la presencia de la Divinidad, se expresan en estos textos. Éstos se vuelven ‘especiales’, pasan por procesos de relecturas, que añaden nuevos sentidos. Hay, pues, una dinamicidad ininterrumpida. Lo importante es intentar percibir y dejar claro que los textos son expresiones de experiencias, voluntades e intereses.

Cuando aplicamos este modo de análisis del surgimiento de los textos para el tema en cuestión, es decir, Dios como principio de la vida, se pueden percibir diferentes formas de expresión de ese principio de fe. Vamos a mirar brevemente algunos textos legales de la Torá, en los cuales este principio está relacionado con la vida humana.

Principio y manejo instrumental de defensa de la vida humana en textos de la Torá

Es ampliamente conocida la formulación del quinto mandamiento bíblico, o sexto conforme al conteo del texto hebreo (Éxodo 20,13). “¡No matarás!” La formulación es categórica o apodíctica. Por detrás de la formulación está, en la intención sincrónica de la alocución del texto, la autoridad del propio Dios como causa, origen y principio de la vida. Cabe recordar que dentro de la estructura sincrónica de la Torá o Pentateuco, el bloque de Éxodo 20,17 es presentado como hablar directo del Dios Yahveh a todo el pueblo de Israel en el Sinaí. La formulación de la expresión en el v.13 incluye toda forma de atentado contra la vida del prójimo, o contra la vida humana en general. En sí, todas las formas de matar, pueden estar ahí incluidas, es decir, también las formas de matar ya conocidas en la época, mas también las formas de matar que el invento humano todavía podría llegar a crear o descubrir. Es común, hoy en día, insertarse ahí, por ejemplo, la conflictiva dimensión del aborto y de la eutanasia.

El quinto mandamiento bíblico “¡No matarás!” es afirmación de un principio, que, como tal, debería ser seguido como indicativo para la existencia con dignidad de todas las formas de vida, especialmente de la vida humana. Por lo demás, lo que aquí se afirma de modo tan categórico y contundente como principio, no puede o no consigue ser mantenido y aplicado de la misma manera en la conflictividad existencial, cotidiana e histórica. Eso ya lo evidencia la propia disposición del material literario-legal, dentro de la Torá. Es decir, después de la presentación del principio apodíctico de no—matar (Éxodo 20,13), el próximo conjunto de textos legales, en Éxodo 20,22-23,19, presenta en otra forma otros manejos de la cuestión de la vida humana o de la posibilidad de matar.

En Éxodo 20,22—23,19, encontramos el llamado ‘código de la alianza’. Se trata de un conjunto de leyes, normas y prescripciones surgidas, muy probablemente al final del siglo VIII a.C., coleccionando y agrupando normas más antiguas, dentro de un sistema que coloca la fe monolátrica en el Dios Yahveh como el principio teológico organizador (Ëxodo 22,19). Dentro de este conjunto de leyes, con predominio de las leyes casuísticas, el principio de no matar aparece relativizado, o dicho de otra forma, el principio es manejado de forma instrumental. Tal vez se deba decir que, hasta cierto punto, todo principio solamente puede ser manejado de forma instrumental. Puesto que, el principio por el simple principio no consigue dar cuenta de las peticiones y de las conflictividades de la vida humana en el día-a-día.

Dentro del ‘código de la alianza’ (Éx 20,22—23,19) se encuentran leyes que buscan disciplinar situaciones de lo cotidiano, en que las personas recurren a la violencia o a métodos fraudulentos para alcanzar sus objetivos. Especialmente el bloque de Ex 21,12—36, presenta una serie de situaciones de violaciones de la integridad física de otras personas. Así, por ejemplo, si alguien hiere a otro y éste llega a morir, el agresor será penalizado con la muerte (Ex 21,12). Si alguien atenta contra la vida de otra persona maliciosamente o a traición. Igualmente deberá ser dada la pena de muerte al agresor, aunque éste haya buscado asilo en algún santuario (Ex 21,14). Prácticas de provocar heridas al padre o a la madre, así como imprecación de maldiciones contra ellos, tendrá la pena de muerte como castigo. Idéntica pena deberá sufrir quien practicare el secuestro y la venta de personas.

En las situaciones de éstas acciones moral y legalmente ilícitas, existe el manejo de la pena de muerte. La indicación de la pena capital como reprimenda de los ilícitos, implica en la existencia de personas o de grupos que necesitan ‘flexibilizar’ el principio de la defensa de la vida, para la aplicación de la propia pena. Es claro que como principio ético y teológico, en la base de las leyes, está la defensa de la vida en el contexto del grupo social. Empero los conflictos y el recurso a la violencia, en las infracciones de comportamiento, llevaron a los legisladores a recurrir al mismo veneno de la violencia para buscar sanar un mal social. En la medida en que estas leyes son formuladas y sincrónicamente situadas en la revelación en el Sinaí, el propio recurso a pena de muerte,. Gana legitimización teológica. Con esto, el principio de defensa absoluta de la vida expresada en el mandamiento “no matarás” acaba siendo relativizado. Aquellos a quienes es atribuida la tarea de penalizar al infractor, se tornan, en verdad, reos del mismo crimen que pretenden castigar.

Si miramos con más atención las formulaciones de las leyes del código de la Alianza, se percibe que la aplicación de la pena de muerte sufre un tratamiento distinto de acuerdo con la asimetría social entre el agresor y la víctima. Se aplica más rápidamente la pena capital cuando se trata de acciones entre hebreos del mismo estrato social, de acuerdo a las situaciones indicadas arriba (Ex 21, 12-14). Si, por lo demás, la agresión es descargada a sobre alguien, situado socialmente en situación inferior, como el caso de los esclavos por deudas, la agresión es rebajada por penas sustitutivas como multas e indemnizaciones, (Ex 21,23-27). En situaciones de tal arbitrariedad, asentada en la asimetría del poder en las relaciones, se evoca un principio más rígido y, aparentemente, más bruto, como la llamada “ley de talión” (Ex 21, 23-25). La ley más dura de talión funciona aquí como freno contra la arbitrariedad de los más poderosos. Sea como fuere, en cualquiera de las situaciones, se verifica también un manejo instrumental que relativiza el principio general de la defensa de la integridad humana.

Esa tensión entre principio y manejo instrumental puede ser demostrada en muchos otros pasajes de la Biblia hebrea. Especialmente el Deuteronomio, podría ser un campo fértil para esto; también allí la defensa de la vida está asentada como principio, sin embargo las situaciones sociales piden proposiciones legales distintas. Hasta la complicada presentación de las leyes de exterminio de otros pueblos., en nombre de la fidelidad a Dios, revierte contra el principio absoluto de defensa de la vida. Igualmente las leyes sacerdotales en el libro del Levítico muestran idéntica tensión. El principio de defensa de la integridad de la vida humana es manejado y relativizado de un modo distinto por la clase sacerdotal en su propósito didáctico de imposición de determinadas reglas cultuales en nombre del propio Dios.

Concluyendo

Esa tensión entre el principio general de la defensa de la integridad de la vida y la aplicación de formas de comportamiento, derivadas de decisiones éticas o aporías sociales, tampoco deja de existir en nuestros tiempos. Así, por ejemplo, en el campo de los derechos reproductivos, la práctica de millares y millares de abortos clandestinos en Brasil, clama por un tratamiento más adecuado entre la criminalidad y la canalización, como cuestión de salud pública. Para la realización de la justicia, el valor y la defensa de la vida humana como principio, y las demandas concretas de la vida en sociedad, deben ser colocadas en equilibrio, bajo pena de revertir el propio principio contra la integridad a la autonomía y a la libertad de la vida.

Haroldo Reimer
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José Severino CROATTO, “A sexualidade da divinidade – Reflexões sobre a linguagem acerca de Deus”, en RIBLA, Petrópolis, Vozes, vol.38, 2001, p.15: “De cualquier manera que nombremos a la divinidad –Dios, Diosa, Dioses, Diosas – se trata siempre de seres “totalmente otros” Lo que califica a la experiencia religiosa como tal, es una relación del ser humano con el ámbito de lo numinoso o trascendente. Ése es el núcleo de dicha experiencia, y es lo que garantiza la no-oposición fundamental de las religiones entre sí. Habrá tantas maneras de hablar de Dios, cuantas culturas haya. Es evidente, por otro lado (...) que la experiencia de lo trascendente, surgida de nuestra propia in-trascendencia, se expresa con lenguajes íntimamente ligados a las tradiciones culturales. Aquí se localizan el símbolo, el mito, los ritos y las doctrinas, los cuatro lenguajes típicos de toda experiencia religiosa”..

Gershon SCHOLEM, Die jüdische Mystik in ihren Haupströmmungen (La mística judaica en sus líneas principales) Frankfurt, 1957, p.384. Los términos ‘Baal’, ‘Rabí’ y ‘Magid’ son designaciones de rabinos famosos en los respectivos lugares mencionados junto con estos títulos.

Sobre las leyes apodícticas, todavía es actual la obra del alemán de corazón latino-americano Erhard GESTENBERGER, Wessen und Herkunft des ‘apodiktischen Rechts’, Neunkirchen, 1965. Sobre la interpretación del quinto mandamiento, ver Frank CRÜSEMANN, Preservação da libertade – O decálogo en perspectiva histórico-social, São Leopoldo, Sinodal/Cebi, 2ª edição, 2006.

Ver al respecto,Frank CRÜSEMANN, A Torá – Teologia e história social da lei do Antigo Testamento, traducción de Haroldo Reimer, Petrópolis, Vozes,2002, p.159-282.

Sobre la forma de sentencias de penas de muerte (en hebreo:mot yumat), ver las formulaciones del japonés Yuichi OSUMI, Die Kompositionsgeschichte des Bundesbuches –Exodus 20,22b—23,33, Freiburg/Göttingen, Universitätsverlag/ Vandenhoeck & Rupprecht, 1991, p. 108-122; en términos de historia de las formas, es todavía actual, el estudion de Gerhard LIEDKE, Gestalt und Bezeichnung alestestamentlichern Rrechtsäzle Neunkirchen, Neunkirchener Verlag, 1971.

Algo similar se verifica a lo largo de la historia de la interpretación y de la aplicación de textos bíblicos como legitimadores de procedimientos penales. Michel FOUCAULT, en su libro vigilar y castigar (Petrópolis, Vozes, 32ª edición, 1987) evidencia cómo el cuerpo de los infractores sirvió históricamente como lugar para descargar la ira de la sociedad y del propio Dios, delegada en los mandatarios, para castigar las acciones consideradas ilícitas. Con esto, con todo, el principio de la defensa de la integridad física de las personas es rota en el momento del manejo de las leyes. Cabe señalar también. cuán casuísticamente, haya sido manejada la defensa de la, vida por el cristianísimo a lo largo de su historia.

Ver al respecto, Frank CRÜSEMANN, “Imaginario de la violència como parte da história das origens – A lei do anatema e a orden legal do Deuteronômio”, en Carlos DREHER e outros, Profecia e esperança – Um tributo a Milton Schwantes, Sāo Leopoldo:Oikos, 2006, p.218-238.