Líbranos de nuestra humillación (Isaías 4,1) – Mujeres y reproducción en el Primer Testamento*

Shigeyuki Nakanose

 

Resumen

En la sociedad israelita patriarcal, el hecho de parir y criar hijos es un deber natural e importante para las mujeres. En ese contexto, una mujer sin hijo y no casada era discriminada. En ese mismo sentido, en determinados momentos de la historia de Israel, el Estado, con el objetivo de atender a sus intereses, desarrolló políticas de intervención en la vida reproductiva, con un control, codificación y sacralización del cuerpo. Recorrer algunas memorias del Primero y del Segundo Testamento que se refieren a la procreación, nos hacen percibir que aún subsisten algunas imposiciones sobre el cuerpo de la mujer, hechos que nos desafían a construir una sociedad igualitaria y solidaria, donde exista reciprocidad en las relaciones entre la mujer y el hombre.

Abstract

In the Israelite patriarch society, the act of giving birth and raising children is a natural and important duty of women. In this context, a woman without children and not married is discriminated against. Besides, in determined moments in the history of Israel, the state, with the objective of attending to its own interests develops policies of intervention in the reproductive life, which control, codify and ritualize the body. To visit a few memories of the First and Second Testament in reference to procreation makes us perceive that a few impositions on the woman’s body still continue and throw out to us the challenge to build an equal and mutual society, in which there will be reciprocity of relations between women and men.

 

“¡Esta buena lluvia! Para nosotros, en el noreste, la lluvia es siempre señal de esperanza, de bendición. Estamos como la tierra del interior, ¡pidiendo lluvia! En la sequía, la vida se nos vuelve más dura. Es duro en esta sociedad ser mujer, pobre, negra, ¡con más de cuarenta años! ¡Son cuatro motivos para ser maldecida y excluida en esta sociedad¡ Pero, mi primera experiencia de sentirme maldecida por la sociedad viene desde mucho antes. Soy de noreste. Me casé a los 19 años. Sólo después de cuatro años de casada conseguí quedar embarazada. ¡Imaginen lo que eso significa! Todo el mundo me decía: “mujer que no tiene un hijo es maldita”. Como yo no tenía hijo, en aquella tranquila vida del interior, yo no tenía nada que hacer. Entonces leí la Biblia de punta a punta. Lo que me llamaba la atención era el tema de la mujer estéril. Leí la historia de Sara, de Ana y no sé de quien más… Yo leía, pero no conseguía entender. Y así seguía con mi amargura, con mi tristeza de no poder ser madre. Yo pensaba que nunca llegaría a tener un hijo. Soñaba con un hijo varón. Incluso llegue a soñar con mi hijo. Principalmente, porque mi hermana sufría represión, por parte de su marido, por el hecho de no tener un hijo varón. Ella tiene tres hijas. Cada niña que nacía, el marido juraba que no volvía a buscar otra maternidad. Ella no conseguía tener un hijo varón. Aquello se volvió una tortura para mí, que veía que mis amigas, vecinas y compañeras del tiempo de la escuela tenían dos hijos, ¡y hasta más! ¿En verdad es maldición no tener hijos? ¿Maldición de quién?” (Tereza, São Paulo)

Sin hijos no hay alegría, ni esperanza, ni bendición. No hay vida. “¿En verdad es maldición no tener hijos? ¿Maldición de quién?”, cuestiona Tereza. En la historia de Israel, las mismas inquietudes se repetían en medio de los tormentos y desesperaciones de las mujeres que no tenían un hijo varón. Para las hijas de Jerusalén, diezmadas por la guerra contra Babilonia, las cosas no eran diferentes:

“Tus hombres caerán a espada, tus héroes serán tumbados en la guerra
Sus puertas se llenarán de lamentación y de luto;
Ella, despojada, se sentará en la tierra.
En aquel día, siete mujeres asirán la mano de un hombre y le dirán: “comeremos de nuestro pan y nos vestiremos con nuestras túnicas, con tal que nos sean permitido usar tu nombre. Líbranos de nuestra humillación” (Is 3,25-4,1)

Este oráculo profético de lamentación describe, de modo doloroso, la destrucción de Jerusalén y la situación de sus mujeres: matanzas, saqueos y escasez de hombres. Sin hombres no hay semen, ni hijos, ni nombre, ni casa. No hay vida. Siete mujeres agarran a un solo hombre para sobrevivir. La ley de la supervivencia está presente, pues una mujer sin hombre (no casada), sin hijo, sin nombre y sin familia, no tiene acceso o derecho a la posesión y a la protección, no tiene derecho a la honra y a la felicidad en un mundo patriarcal y androcéntrico (Ex 21,10).

En el Primer Testamento hay varios textos en los cuales se transparenta el sufrimiento y el dolor de las mujeres durante el proceso de reproducción . Sin hijo no hay continuidad de la casa, ni herencia, ni bendición de Yahvé. El papel de la mujer y la reproducción están totalmente condicionados por la economía, por las normas, por los conceptos y por la religión de la sociedad vigente . Para entender el sufrimiento de la mujer en el contexto de la reproducción es necesario considerar los mecanismos socio-económicos, culturales y religiosos que controlan y oprimen el cuerpo de la mujer, a lo largo de la historia de Israel.


“Sed fecundos, multiplíquense” (Génesis 1,28)

Historiadores y arqueólogos bíblicos afirman que los israelitas, en el periodo de los jueces (1250-1030 a.C.) enfrentaron desafíos para sobrevivir en las regiones montañosas de Canáan . Desde el punto de vista ecológico, estás son regiones pobres, con topografía, clima, suelo y recursos naturales desfavorables para la actividad productiva. Las tierras están constituidas por áreas semidesérticas o cubiertas de bosques cerrados que dificultaban la producción agrícola y pastoral. Unas pocas nuevas técnicas agrarias, como el descubrimiento del hierro y de la cal son introducidas, posibilitando a los israelitas la ampliación de su área de cultivo, por medio de una rápida deforestación de la tierra y del retiro de las piedras, para construir terrenos que solucionen las dificultades asociadas a la erosión y al suelo irregular. El agua almacenada en las cisternas, revestidas de cal, permitió a los campesinos mantener a sus rebaños de ganado menor: ovejas y cabras, en las montañas .

La desafiante situación de supervivencia, también exigió a los israelitas un mejor aprovechamiento de la mano de obra. En la sociedad agraria del Israel primitivo, la unidad básica era la familia ampliada, conformada por dos o más familias con varias generaciones: abuelos, padres, hijos, nietos, siervos y hasta extranjeros, llegando a tener hasta cincuenta personas . Esta familia habitaba en casas construidas en un campo común, donde cultivaban cereales, verduras y frutas, se criaba animales y se producía lo necesario para la subsistencia de sus miembros. Nadie se quedaba fuera, en la lucha por la supervivencia: todos los miembros asumían los diferentes trabajos, sean ancianos, hombres, mujeres o niños. El Primer Testamento atestigua varios trabajos asumidos por las mujeres .

  • Cuidar de los rebaños. “Jacob aún estaba conversando con ellos, cuando llegó Raquel con el rebaño de su padre, pues era pastora” (Gen 29,9; Cf. Ex 2,16).
  • Buscar agua en el pozo. “La joven era muy bella: era virgen y ningún hombre se le había acercado. Ella descendió a la fuente, echó su cántaro y subió” (Gen 24,16).
  • Hacer pan y cocinar. “Abrahán se apresuró y fue a la tienda, donde estaba Sara, y le dijo: “De prisa, toma tres medidas de harina, de harina de sémola, amásala y cocina unos panes” (Gen 18,6): “(Rebeca dijo a su hijo Jacob): 'Ve al rebaño y tráeme dos cabritos hermosos, yo prepararé para tu padre un buen plato, como a él le gusta” (Gen 27,9).
  • Tejer. “Él (Sansón) le (Dalila) respondió: ‘Sí tejes las siete trenzas de mi cabellera con la urdimbre de un tejido y lo clavaras con una clavija, perdería mi fuerza y me volvería un hombre cualquiera’. Ella lo hizo dormir, después tejió las siete trenzas de su cabellera con la urdimbre, clavadas con una clavija…" (Jue 16,13-14).
  • Ayudar y animar a las mujeres en los partos. “Faltaba una pequeña distancia para llegar a Éfrata, cuando Raquel dio a luz. Su parto fue doloroso y como dio a luz con dificultad, le dijo la partera: ‘No temas, ¡es un hijo el que tendrás!’” (Gen 35,16-17).
  • Trabajar en la prostitución. “Entonces Tamar dejó sus ropas de viuda, se cubrió con un velo y se sentó a la entrada de Enáyim, que está en el camino de Timná… Judá la vio y la tomó por una prostituta, pues ella cubría su rostro” (Gen 38,14-15).
  • Dialogar con los dioses y con el mundo de los muertos. “Saúl dijo entonces a sus siervos: 'Búsquenme una nigromante, para que yo le hable y le consulte’. Y los siervos le respondieron: 'Hay una en en Emdor’ (1Sam 28,7. Cf. Jer 9,16; Ez 32,16).

 

Los trabajos de las mujeres, en su mayoría, están ligados a la casa, a sus miembros y a los movimientos de vida y de muerte: nacimiento, alimentación, vestido, placeres, muerte, cultos domésticos, etc. El papel de las mujeres en la administración de la casa puede ser comprobado en los dichos populares. Ellas son elogiadas como perlas que asumen sus deberes de manutención de la casa y cumplen su responsabilidad en el destino de las familias:

“Adquiere la lana y el lino y los trabaja con sus ágiles manos.
Es como los barcos del mercante, que de lejos traen el alimento.
Se levanta cuando aún es de noche, da de comer a sus criados y reparte las tareas entre sus criadas.
Examina un campo y lo compra, con su propio trabajo planta una viña.
Ciñe su cintura con firmeza y emplea la fuerza de sus brazos.
Ella sabe que su trabajo prospera, y que de noche su lámpara no se apaga.
Echa mano a la rueca y sus dedos hacen girar el huso.
Tiende su mano al desamparado y ayuda al pobre (Prov 31,13-20)

Las mujeres eran verdaderas administradoras de la casa. Trabajaban hasta la madrugada, alimentando y vistiendo a los miembros de la casa, fabricando y negociando tejidos y otros objetos. Aun en su casa, uno de sus papeles sociales era ser buenas madres: “sus hijos se levantarán para saludarla” (Prov 31,28); “Ana se quedó y crió al niño hasta que lo destetó” (1Sam 1,23).

No hay menciones claras y abundantes de la reproducción como trabajo. Posiblemente, en la sociedad patriarcal israelita, el acto de parir y criar los hijos pertenece al deber natural e importante de las mujeres. Cada hijo debía ser parido y criado con intensidad y cuidado, puesto que las enfermedades, guerras y otras calamidades, reducían el número de sus miembros, dificultando la supervivencia y la manutención de la familia ampliada. La arqueología, a través de las excavaciones, en los cementerios, registra un alto índice de mortalidad en el periodo de los jueces.

“El índice de mortalidad fue, evidentemente, muy alto entre la población no adulta. En los cementerios, el 35% de los individuos murió antes de cumplir cinco años, y casi la mitad de los individuos no pasó la edad de dieciocho años. Para aquellos que conseguían sobrevivir hasta la edad adulta, hay un dato evidente: el índice de mortalidad de las mujeres con edad para procrear, era excesivamente menor que el de los hombres. En una población donde la expectativa de vida para los hombres podía ser de cuarenta años, las mujeres podían tener la expectativa de vida de cerca de treinta” .

El alto índice de mortalidad infantil hacía que la sociedad exija de las mujeres mayor número de hijos, en vista de la supervivencia. Más allá del trabajo pesado que ellas ejercían en el campo y en la casa, las mujeres eran obligadas a asumir el “trabajo penoso, sufrido y peligroso” de parir y criar los hijos (Cf. Gen 35,16-20; Num 12,12; 1Sam 4,19-20; Is 26,17). Esta es una situación que explica el alto índice de mortalidad de las mujeres con relación a los hombres. El hecho de la reproducción es una orden para sobrevivir. Uno de los grupos de Israel preserva la memoria de la importancia de la reproducción, como medio de supervivencia y de resistencia: “pero, cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaba y crecían: y los egipcios se inquietaban por causa de los hijos de Israel (Ex 1,12). En esta misma perspectiva, los benjaminitas raptan, desesperadamente, a las hijas de Silo, para suprimir su necesidad de procreación (Jue 21). En el periodo posterior, el papel de las mujeres como reproductoras se intensifica, debido a la explotación y a la violencia practicas por el Estado.

En Israel, la consolidación del Estado se da con David (1010-970 a.C.) y el reinado de Salomón, cuando se estabiliza y se da seguridad nacional (970-931 a.C.). Este nuevo sistema de gobierno asume características semejantes a la organización de los pueblos vecinos, especialmente del imperio egipcio. El rey era un ungido, o sea una persona escogida por el mismo Yahvé (2Sam 2,4; 1Re 1,39). En la unción, él recibe el espíritu de Dios para gobernar al pueblo; pero el rey no gobernaba para el pueblo, sino para las élites dominantes. Con el tiempo, el rey y su élite pasaron a dominar y a explotar al pueblo. Ellos, para garantizar sus intereses y mantenerse en el poder, fortalecieron cada vez más al ejército y a la religión oficial. Estas dos instituciones son usadas para legitimar las imposiciones del Estado: sumisión del pueblo y cobro de tributos. La corte, el ejército y los sacerdotes viven en la ciudad y son sostenidos por la población del campo: “y yo digo: ¡oigan, pues, jefes de Jacob y dirigentes de la casa de Israel! ¿No es cosa de ustedes conocer el derecho, ustedes que odian el bien y aman el mal, que le arrancan la piel de encima y la carne de sus huesos?” (Miq 3,1-2).

A lo largo de la historia del Estado, el rey fortaleció y aumentó sus derechos sobre la producción y sobre el trabajo de sus súbditos, tanto para el servicio de las obras públicas como para el ejército. El trabajo forzado era realizado por los campesinos y campesinas libres, así como por sus hijos e hijas, al servicio del Estado, por un tiempo determinado: “Él (rey) convocará a vuestros hijos y los responsabilizará de sus carros de guerra y de su caballería y los hará labrar su tierra y cosechar su campo de trigo, fabricar las armas de guerra y las piezas de sus carros. Él tomará vuestras hijas como perfumistas, cocineras y panaderas” (1Sam 8,11-13).

El Estado explota al máximo a los hombres del campo y a su producción. Las constantes guerras exigen el reclutamiento de hombres para el ejército. La ausencia de hombres obliga a las mujeres a redoblar sus trabajos en la casa y en los cultivos. A más de ello, ellas son obligadas a asumir trabajos domésticos en la corte y en los santuarios. A unos pocos, la desapropiación de las tierras, por parte del Estado, les destruyó la Casa (Os 4,1-3). La violencia institucionalizada, las guerras, y sus brutalidades hicieron parte de la vida del pueblo, llegando a ser algo cotidiano, especialmente para las mujeres –el útero y la reproducción – y de los hijos:

  •  “Porque sé el mal que harás a los israelitas: incendiarás sus fortalezas, pasarás a filo de espada sus jóvenes, aplastarás a sus hijos, rasgarás el vientre de las mujeres embarazadas” (2Re 8,12; Cf. 15,16; Os 14,1).

 

  • “A Efraín como un pájaro se le vuela la gloria: no hay más nacimientos, no hay más gravidez, no hay más concepción. Y aunque ellos críen a sus hijos, yo los privaré de ellos antes de que sean adultos. Sí, ¡ay de ellos cuando yo los abandone! (Os 9,11-12).
  • “Efraín ha sido herido, su raíz está seca, ya no darán fruto. Aunque den a luz hijos, yo haré morir el fruto querido de su seno” (Os 9,16) .

 

Para empeorar la vida del pueblo, Nabucodonosor, rey de Babilonia, invade y destruye Judá y su capital Jerusalén, asesinando a millares de personas el 587 a.C. Una catástrofe nacional: fuga, saqueos, hambre, deportación y matanzas (Cf. el libro de las Lamentaciones). “Fueron sometidos al saqueo y no hay quien los libere; fueron llevados como deportados, y no hay quien reclame su devolución”, dice el Segundo Isaías respecto a la deportación a Babilonia (Is 42,22). Judá pierde, en este periodo, casi la mitad de su población. Sin hijos no pueden sobrevivir, no hay esperanza. La orden del día es reconstruir, repoblar, reproducir: “sean fecundos, multiplíquense” (Gen 1,28).

El año 538 a.C. marca el fin del exilio de Babilonia. El decreto de Ciro, emperador de Persia, posibilita la reconstrucción del pueblo judío. Parece ser el fin del sufrimiento. Sin embargo, lo peor está por venir. Las personas, para dominar mejor, favorecen el proyecto de la élite: teocracia, templo, ley de lo puro e impuro, teología de la retribución, sacrificios de reparación, tributos religiosos… La historia se repite… Nuevamente los descendientes de la antigua élite de Judá, aliados a Persia, implantan el viejo sistema de explotación y exclusión. El templo y la Ley se vuelven instrumentos eficaces en el cobro de tributos, llegando a todas las dimensiones de la vida humana, principalmente a la procreación:

“Si da a luz una niña. Estará impura durante dos semanas, como en el tiempo de sus reglas y permanecerá sesenta y seis días más purificándose de su sangre. Cuando haya cumplido el periodo de su purificación, sea por un niño o una niña, llevará al sacerdote, a la entrada de la Tienda del Encuentro, un cordero de un año para el holocausto, y un pichón o una tórtola como sacrificio por el pecado” (Lev 12,5-6).

La mayoría de la población, especialmente la campesina sin tierra, experimentaba la explotación, el desempleo, el hambre, la miseria, la esclavitud y la muerte prematura. “Los impíos cambian los límites, roban el rebaño del pastor. El huérfano es arrancado del seno materno y la niña es empeñada. De la ciudad suben los gemidos de los moribundos” (Job 24,2.9.12). El cuerpo es transformado en la principal fuente de impurezas, especialmente el cuerpo de las mujeres, ¡eso es aún más rentable! ¿Y el vientre de las mujeres? Debe parir…

 

Yo establezco mi alianza entre nosotros dos, y te multiplicaré sobremanera (Génesis 17,2)

“Cuando Abrahán cumplió noventa y nueve años, Yahvé se le apareció y le dijo: ‘Yo soy El Shaddai, anda a mi presencia y sé perfecto. Yo instituyo mi alianza entre nosotros dos, y te multiplicaré sobremanera’” (Gen 17,1-2)

“Multiplicaré sobremanera”. A través de los términos de Alianza entre Yahvé –la divinidad masculina – y Abrahán, percibimos que la reproducción es uno de los más importantes pilares de la sociedad patriarcal. A lo largo de la historia de Israel, esta es una cuestión de supervivencia, ligada a las condiciones de existencia del grupo, de la tierra, de la casa, de la herencia, etc., y atiende a los intereses del Estado. Por lo tanto, el vientre de la mujer debe ser controlado, codificado sacralizado… Costumbres, tabúes y reglas justifican el uso del útero para parir y criar los hijos para las familias, aldeas y Estado. El control sobre el cuerpo de las mujeres aumenta aún más en la sociedad patriarcal, toda vez que, más allá de la cuestión de la reproducción, está en juego la afirmación de lo masculino. Y en este contexto, la masculinidad es la medida de los criterios: la fuerza en la guerra y en la gravidez . Aquel que detenta el poder, debe dictar los intereses y normas que deberán ser respetados y cumplidos. La mujer es propiedad del hombre. Esa es una ley:

“Un hombre no tomará la mujer de su padre, no retirará el borde del manto de su padre” (Deut 23,1)

“¿Quién se ha desposado con una mujer y no se ha casado aún con ella? Que se retire y vuelva a su casa, no sea que muera en el combate y se case con ella otro hombre” (Deut 20,7).

“Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos: el hombre que se acostó con la mujer y la mujer misma. De este modo harás desaparecer el mal de Israel” (Deut 22,22).

Son leyes que nacen de las necesidades y de los intereses concretos de las familias, de las aldeas y del Estado. Los derechos de los hombres no deben ser violados, puesto que la seguridad y los procedimientos de la vida social y comunitaria se verían comprometidos. La mujer pertenece al hombre. El útero y su fruto son patrimonio del varón. Para evitar que el hombre sea abusado, las leyes buscan protegerlo delante de la violencia practicada contra su propiedad.

 “Si unos hombres, en el curso de una riña, dan un golpe a una mujer encinta, y provocan el parto sin más daño, el culpable será multado conforme a lo que imponga el marido de la mujer y mediante arbitrio. Pero si resultare daño, darás vida por vida: ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe” (Ex 21,22-25).

“Si un hombre encuentra a una mujer virgen no prometida, la agarra y se acuesta con ella, y son sorprendidos, el hombre que se acostó con ella dará al padre de la joven cincuenta monedas de plata ; ella será su mujer, porque la ha violado, y no podrá repudiarla en toda su vida” (Deut 22,28-29; Cf. Ex 22,15-16).

Las leyes protegen, primeramente, a los hombres, previendo la indemnización en caso de daños a su propiedad. Ellas también, a primera vista, procuran ablandar la situación de las mujeres, dándoles oportunidades de ser protegidas por la sociedad. Pero, al mismo tiempo, buscan asegurar y confinar a las mujeres como reproductoras y trabajadoras, tanto en la casa como para la familia. Así se muestra que el espacio de una mujer está en el ámbito de la casa y de la familia . La honra es debida, en primer lugar, a los padres y a los maridos, que son los dueños de la casa. En otras palabras, el cuerpo de la mujer se debe, en primer lugar, a los intereses de la familia, de la casa, de la aldea y del Estado, moldeados y ritualizados por costumbres y por la cultura de la honra y de la vergüenza. Existen diversas historias de mujeres, cuyos cuerpos son violentados, victimados, olvidados en nombre de la honra de los hombres y de los intereses de la sociedad:

  • La violencia contra Dina (Gen 34): Siquem, joven noble, la viola. Los hermanos de la joven matan a Siquem con el pretexto de defender la honra de la familia, delante de los incircuncisos. Es notable la ausencia de la voz de Dina en el desarrollo de toda la historia.

 

  • La muerte de la concubina del levita de Efraín (Jue 19): Ella es violada y devorada por los hombres benjaminitas, para salvar a vida de su propietario y salvaguardar la ley del a hospitalidad. Se destaca la honra de los hombres, aunque para eso sea necesario despedazar el cuerpo de la concubina.
  • La violencia contra Tamar, hermana de Absalón (2Sam 13): Ella es violentada y ultrajada por su medio hermano, Amnón. Bajo el pretexto de vengar la honra de su hermana, Absalón mata a Amnón, su más fuerte adversario en la sucesión del Estado. Pero, en lugar de consolar a su hermana, Absalón la calla y la confina a su casa. “Ahora, hermana mía, cállate, es tu hermano. No te angusties de esa manera. Y Tamar quedó sola en la casa de su hermano Absalón” (2Sam 13,20).

 

El análisis literario explica, en estos relatos, la existencia de varias redacciones. Probablemente, los textos reflejen acontecimientos, costumbres, reglas y tabúes de varias etapas de la historia de Israel. Pero los procedimientos con las mujeres reflejan la misma realidad: el cuerpo de las mujeres es cosificado, violentado, abusado, controlado y aprovechado. Las mujeres son prisioneras en los “ropajes” construidos por los hombres: Estado, templo, tribu, familia, casa, leyes, etc. Hay varias leyes que subyugan y hacen que las mujeres dediquen sus cuerpos, sus energías, y sus sentimientos a esos “ropajes”:

“Cuando dos hermanos viven juntos, y uno de los muere sin dejar hijos, la mujer del muerto no se podrá casar con un extraño a la familia: su cuñado irá hasta ella y la tomará, cumpliendo su deber de cuñado. El primogénito que ella dé a luz, tomará el nombre del hermano muerto, para que el nombre de éste no se apague en Israel. Con todo, si el cuñado rehúsa desposar a la cuñada, ésta irá a los ancianos, en la puerta, y dirá: ‘¡mi cuñado rehúsa darle un nombre a su hermano en Israel! ¡No quiere cumplir conmigo su deber de cuñado! Los ancianos de la ciudad lo convocarán y conversarán con él. Si él insiste, diciendo: ‘¡No quiero desposarla!’, entonces la cuñada se acercará en presencia de los ancianos, le tirará la sandalia del pie, escupirá su rostro y hará esta declaración: ‘Esto es lo que hay que hacerle a un hombre que no quiere edificar la casa de su hermano’; Y en todo Israel lo llamarán con el apellido de la casa del descalzo” (Deut 25,5-10).

Este es el texto de la ley llamada del levirato (levar = cuñado): el hombre debe unirse a la viuda de su hermano, muerto sin dejar hijo. El hijo que nazca de esa unión llevará el nombre del difunto y conservará la familia. De hecho, en una sociedad patriarcal, donde la jerarquía se transmite por medio del linaje masculino (Deut 21,15-17), la viuda es incorporada a la familia, solamente por el fruto de su vientre. En la ley del levirato, es notable el desespero y el escarnio de la viuda frente a la declinación de su cuñado: “le tirará la sandalia del pie, escupirá su rostro”. Sin hijo no hay futuro para las mujeres.

Y, más notable en esta ley, es la sorprendente intervención de los ancianos de la ciudad, frente a la actitud desesperada de la viuda: en un mundo masculino, marcado por la cultura de la honra y de la vergüenza, una mujer repudia y difama a un hombre en público . La intervención de las autoridades debe ser comprendida sólo por el hecho de que hay una fuerte preocupación y empeño, de la sociedad patriarcal, por proteger y conservar la familia y su herencia. Al mismo tiempo, hay otra necesidad: defender e incorporar a la viuda en la familia, para enclaustrarla y controlar su cuerpo de mujer, para que así, el procedimiento de reproducción esté entrelazado al interés de quien organiza y controla la sociedad. En este sentido, el dominio sobre el cuerpo de la mujer llega hasta el examen y control de la menstruación y del embarazo:

“Cuando salgas a guerrear contra tus enemigos, y Yahvé tu Dios te los entregue en tu mano y los hubieras hecho prisioneros, en caso de que veas entre ellos a una mujer hermosa y te enamores de ella, la podrás tomar como mujer y llevártela para tu casa. Ella, entonces, se rapará la cabeza, se cortará las uñas, se quitará el vestido de prisionera y permanecerá en tu casa. Durante un mes ella llorará a su padre y su madre. Después de eso, irás por ella, la desposarás y será tu mujer” (Deut 21,10-13).

Esta ley es una especie de recomendación al procedimiento de introducir en la casa a prisioneras de guerra, como mujeres legítimas. Ellas deben ser respetadas como seres humanos: la mujer tiene el derecho de celebrar un largo rito fúnebre –de un mes, viviendo sus propios sentimientos y sus dolores por la pérdida de la casa paterna. Una ley que parece muy humanitaria. Sin embargo, los últimos estudios apuntan a que en esa ley hay unos intereses del marido por averiguar la gravidez de la mujer prisionera, por eso es que ella debe ser confinada en la casa durante un mes . Por atrás del casamiento, podemos vislumbrar los intereses y preocupaciones de los hombres concernientes al vientre de la mujer. La reproducción debe ser controlada. Ella es uno de los pilares de la supervivencia de la casa. Y la legitimidad del fruto del vientre implica la sucesión de la herencia . Es en este contexto de control que debemos dar una mirada crítica sobre la religión de Israel: sus dioses, ritos, y tabúes con respecto al cuerpo de la mujer.

 

Yahvé tiene cerrado su útero (1Samuel 1,5)

“Después ella dijo a su padre (Jefté): Concédeme apenas esto: déjame sola durante dos meses. Iré errante por los montes y, con mis amigas, lamentaré mi virginidad” (Jue 11,37).

El texto es trágico y describe el lamento de la hija de Jefté, por el hecho de tener que morir sin tener hijos . Ella será ejecutada como víctima sacrificial dedicada al Señor Yahvé, para cumplir el voto del padre. No ser esposa ni madre era considerado una deshonra y una maldición para la hija de Jefté, para sus amigas y para la mayoría de las mujeres, de generación en generación. La vergüenza y la desgracia de no tener descendencia acompañan la vida de varias mujeres en el Primer Testamento:

  • “Abrahán poseyó a Agar, que quedó esperando. Cuando ella se vio embarazada, comenzó a mirar a su señora con desprecio. Entonces Sara dijo a Abrahán: ‘¡Tú eres responsable por la injuria que se me está haciendo! Coloque a mi sierva entre tus brazos y, desde que ella se vio embarazada, comenzó a mirarme con desprecio. ¡Qué Yahvé juzgue entre tú y yo!’” (Gen 16,4-5).

 

  • “Raquel, viendo que no daba hijos a Jacob, se puso envidiosa de su hermana y le dijo a Jacob: ‘Hazme tener hijos también, o me muero’. Jacob se enojó con Raquel y le dijo: ‘¿Acaso estoy yo en lugar de Dios que no permite que tu pecho cargue su fruto?’” (Gen 30,1-2).
  •  “En el día que se ofrecía sacrificios, Elcana tenía la costumbre de dar porciones a su esposa Fenena y a todos sus hijos e hijas, sin embargo, a Ana, a pesar de que amasaba más, le daba apenas una porción escogida, pues Yahvé tenía cerrado su seno. Y su rival también la irritaba, humillándola porque Yahvé tenía cerrado su seno. Y así hacia Elcana todos los años, siempre que ellos subían al templo de Yahvé; Fenena la ofendía. Y Ana lloraba y no se alimentaba” (1Sam 1,4-7).

 

Tenemos aquí el drama y el sufrimiento de las mujeres por no tener hijos. Se torna evidente el preconcepto y la presión impuestos a la mujer estéril y no casada. Al mismo tiempo, los textos, pese a los problemas de redacción, proporcionan la clave para comprender la relación de Yahvé con las mujeres. Aquel Dios, a quien Jafté ofrece su hija es el Señor de la vida y de la muerte. Él tiene el poder absoluto sobre los cuerpos de las mujeres: fecundidad y esterilidad. Abre y cierra el útero (Cf. Gen 20,17-18). Tener hijos es gracia de Dios; el castigo es no tenerlos. ¿Quién es ese Yahvé? A pesar de que no se puede identificar con seguridad su origen y su relación con otras divinidades, parece que se trata de un dios masculino y centralizador, encerrado en los intereses y en las costumbres de la sociedad patriarcal y androcéntrica .

Es interesante constatar, especialmente en la historia de la dinastía davídica, el fortalecimiento del dios centralizador: la monarquía crea y fortalece un Yahvé oficial, distante, poderoso y militar, adorado en el templo de Jerusalén . El pueblo de las aldeas es obligado a ir al templo, haciendo peregrinaciones, participando de las fiestas, prestando culto, haciendo votos, como en el caso de la historia de Ana que pide la bendición de la fertilidad:

“En la amargura de su alma, ella (Ana) oró a Yahvé y lloró mucho. E hizo un voto diciendo: Yahvé de los ejércitos, si quisieras atender la humillación de tu sierva y te acordaras de mí, no te olvides de tu sierva y dale un hijo varón, entonces yo lo consagraré a Yahvé por todos los días de su vida, y la navaja no pasará sobre su cabeza” (1Sam 1,10-11).

El primer libro de Samuel hace parte de la obra histórica deuteronomista. Es probable que la redacción de la historia de Ana (1Sam 1) sea del tiempo del rey Josías (640-609 a.C.), en el contexto de la reforma político-religiosa que busca unificar a Judá e Israel, a través de la centralización en el templo de Jerusalén . Según la perspectiva teológica de la reforma de Josías, Yahvé es el único Dios, patrono de la dinastía davídica: el rey es el hijo de Dios, en intermediario entre Dios y el pueblo. La alianza entre Yahvé y el pueblo se transforma en alianza entre Yahvé y David y sus descendientes. Por lo tanto, el templo de Jerusalén, en la ciudad de David, es el único lugar donde habita Yahvé, el Dios que controla la fertilidad de la tierra y de las mujeres. El pueblo ofrece tributos en forma de productos y de hijos para el ejército. A cambio, Yahvé bendecía con fecundidad y vida.

Como recompensa por el voto, Ana recibe la bendición de Yahvé, el Señor del útero de las mujeres; embarazada se libra de la humillación y de la opresión impuestas por la sociedad patriarcal. Y ofrece a Yahvé “un novillo de tres años, una medida de harina y otra de vino” (1Sam 1,24). De esta forma, el control de Yahvé sobre la reproducción rinde al cofre del templo una cantidad significativa de excedentes.

Con la consolidación de la sociedad teocrática, después del exilio, aumenta el control de Yahvé sobre el cuerpo de la mujer. Al insertar la ley de lo puro y lo impuro, en el control del útero de las mujeres, los teócratas sienten la necesidad de legislar, sacralizar y legitimar el procedimiento de purificación del cuerpo de la mujer, como en el caso concreto de la menstruación.

“Cuando una mujer tiene un flujo de sangre, y que sea un flujo de sangre de su cuerpo, permanecerá durante siete días en la impureza de sus reglas… cuando esté curada de su flujo, contará siete días y entonces estará pura. En el octavo día tomará dos pichones o dos tórtolas y se los llevará al sacerdote, a la entrada de la tienda de Encuentro. El sacerdote ofrecerá una de ellas en sacrificio por el pecado y el otro como holocausto. Así hará el sacerdote sobre ella, delante de Yahvé, el rito de expiación por su flujo, que la volvió impura” (Lev 15,19.28-30).

Tenemos aquí la intervención ritual del sacerdote para purificar el cuerpo de la mujer después de su periodo menstrual. Diversas culturas conocen tabúes respecto de la menstruación. Sin embargo, en el texto del Levítico se condena la menstruación como pecado y se establece la necesidad de la intervención de Yahvé en la purificación. Mensualmente, las mujeres se volvían impuras y “deudoras regulares” de Yahvé y de su templo . Lo peor de todo es que esta teología aleja, y hasta excluye a las mujeres del campo sagrado de Yahvé y las somete a la dominación y explotación de los hombres teócratas..

Los cuerpos, la menstruación, la sangre, el útero y la reproducción contienen una fuerza de la vida y de la sociedad. La religión y las leyes nacen y se alimentan en esa dinámica de vida. En el Primer Testamento, sin embargo, ellas son muchas veces reducidas a instrumentos de control, sumisión y exclusión, creados y consolidados por los tenedores de poder. Así, se afirma que el pecado no está en ser mujer. Ser mujer, con menstruación y procreación de hijos, es considerado malo en sí, o por lo menos, es una impureza. “La sangre femenina es sucia, impura, peligrosa. Y así continúa en la tradición cristiana” .

 

La mujer es salvada por su maternidad (1Timoteo 2,15)

“Durante la instrucción, la mujer conserve el silencio, con toda sumisión. No permito que la mujer enseñe ni domine al hombre. Que conserve, pues, silencio, porque primero fue formado Adán, después Eva. Y no fue Adán quien fue seducido, sino la mujer que, seducida, cayó en la trasgresión. Por lo tanto, ella será salvada por su maternidad, siempre que, con modestia, permanezca en la fe y en la santidad” (1Tim 2,11-15).

En el tiempo de las primeras comunidades cristianas, la mayoría de las mujeres seguían sometidas a conceptos, costumbres, tabúes, reglas, teologías y procedimientos de vida familiar, eclesial y social. Es sólo por la maternidad que las mujeres eran bendecidas y rescatadas por Dios. Para ellas, el camino de la salvación era determinada por una divinidad masculina y por los varones, a quienes debía subordinación. El útero, el cuerpo y la sexualidad debían ser canalizados conforme los intereses y satisfacciones de los hombres. En el matrimonio bendecido por Dios, los cuerpos de las mujeres debían servir solamente para la maternidad. “Sean fecundos, multiplíquense”. Esta teología perdura por mucho tiempo en nuestras iglesias.

Hoy, en una sociedad neoliberal y materialista, de mucha tecnología, el control del útero de la mujer se da al revés. La tendencia del neoliberalismo es preocuparse por el bienestar de las elites. Para este grupo, la felicidad consiste en no sufrir y en no ser incomodado por nadie. Las elites tienen miedo del aumento de los oprimidos. Ellas tienen miedo de socializar la riqueza. La existencia de una multitud de pobres, en si, ya denuncia la existencia de una sociedad injusta. Es necesario impedir la proliferación de los pobres. De ahí la política del control demográfico, Por eso, la industria de la guerra, del hambre, de la enfermedad, de la distribución indiscriminada de anticonceptivos y de la proliferación de abortos clandestinos… son las causas que explican la muerte de millares de mujeres pobres . Esta es la dura realidad social en que vivimos. ¿Cuál será el sentimiento de una madre que pierde a su hija en un aborto clandestino y mal realizado? ¡Desafío! ¿Es nuestra resistencia?

En el primer Testamento hay varias mujeres y hombres que luchan por la vida, por ejemplo Tamar (Gen 38) y las hijas de Lot (Gen 19,30-38). Son historias de mujeres que luchan por los hijos. Probablemente, estas historias reflejan preocupaciones de la sociedad patriarcal: la continuidad de la herencia, de la cada y del nombre de los hombres. Pero… Tamar y las hijas de Lot son dueñas de su cuerpo, de su útero y de su sexualidad. En una sociedad patriarcal como la de Israel, ellas toman iniciativas y hacen triunfar la vida sobre la muerte.

Ayer como hoy, permanecen algunos desafíos: respetar nuestro cuerpo y el cuerpo de otros; establecer una convivencia igualitaria y solidaria entre los seres humanos, sin prejuicios de género, de etnia, etc.; respirar y convivir en y con nuestro planeta. Para todo ello, el primer paso es, como Tereza, despertar nuestra sensibilidad y nuestra indignación frente a las situaciones inhumanas. Es necesario rescatar la capacidad de emocionarse y sentir, en carne propia, el dolor de otras personas, especialmente de aquellas que se encuentran en situaciones de extremo sufrimiento, marcadas aún por un mundo patriarcal y androcéntrico. Pero también es necesario organizarse para cambiar leyes y estructuras que insisten en mantener la exclusión… “¿Es una maldición tener un hijo? ¿Maldición de quién?

 

Shigeyuki Nakanose
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Brasil
cbiblico@uol.com.br; shigenakanose@ig.com.br

* Este artículo es fruto de las conversaciones mantenidas con los asesores y asesoras del Centro Bíblico Verbo, especialmente con Cecília Toseli, Maria Antônia Marques y Maristela Tezza. Quiero agradecer especialmente a Cecília Toseli por la revisión de este texto.

Entrevista citada en la disertación de maestría de Enilda de Paula Pedro, YHWH lhe fechou o útero - Uma leitura de 1Samuel 1,1-28, São Paulo: Pontificia Facultad de Teología Nossa Senhora da Assunção, 2000, p. 9.

La mayoría de los textos bíblicos fueron tomados de la Biblia de Jerusalén, nueva edición revisada y ampliada, São Paulo: Paulus, 2002. Cuando es necesario utilizamos otras traducciones.

Sobre la reproducción como el acto de parir y de criar, véase Phyllis A. Bird, Missing Persons and Mistaken Identities,Minneapolis: Fortress, 1997, p. 55.

Hay un buen resumen de este tema en Carol Meyers, Households and Holiness - The Religious Culture of Israelite Women, Minneapolis: Fortress, 2005.

Frank S. Frick, The Formation of the State in Ancient Israel, Sheffield: Amond, 1985 (The Social Word of Biblical Antiquity Series, 4); Israel Finkelstein, “The Emergence of Early Israel - Anthropology, Enviroment and Archaeology”, JAOS vol. 110, p. 677-686; Amihai Mazar, Archaeology of the Land of the Bible, New York: Doubleday, 1990.

Shigeyuki Nakanose, Uma história para contar - A páscoa de Josias, São Paulo: Paulinas, 2000, p. 134-135.

Karel van der Troorn, Family Religion in Babylonia, Syria and Israel, Leiden: E. J. Brill, 1996, p. 197.

Sobre los trabajos de las mujeres en el Primer Testamento, véase Phyllis A. Bird, 1997, p. 13-66; Fuziko Kohata, “Diferença e preconceito em gênero no Antigo Testamento”, en Keniti Kida y Sasagu Arai (ed.), A ideologia da Bíblia e tempo de hoje, Tokyo: Nihonkiristokyodan, 1996, p. 119-148.

Carol L. Meyers, “The Roots of Restriction - Women in Early Israel”, en Norman K. Gottwald (editor), The Bible and Liberation - Political and Social Hermeneutics, Maryknoll, Orbis Books, 1984, p. 295.

Sobre el origen de Yahvé, véase Karel van der Toorn, 1996, p. 281-286; Mark S. Smith, The Early History of God - Yahweh and the Other Deities in Ancient Israel, Michigan: Dove Booksellers, 2002.

Os 9,11-16 es interpretado como un texto de resistencia de las mujeres. Cf. Tânia Mara Viera Sampaio, “O corpo excluído de sua dignidade – uma proposta de leitura feminista da profecia”, en Mandrágora, São Bernardo do Campo: Universidad Metodista de São Paulo, año 1, n. 1, 1994, p. 40-46. Sobre el tema de la esterilidad, véase Ann Marmesh, “Anti-Covenant”, en Mieke Bal (ed.), “Anti-Covenant: Counter-Reading Women’s Lives in the Hebrew Bible”, en JSOTSup, vol. 81, Bible and Literature Series 22, Sheffield: Sheffied Academic, 1989, p. 43-60.

Harold C. Washington, “‘Lest He Die in the Battle and Another Man Take Her’ - Violence and the Construction of Gender in the Laws of Deuteronomy 20-22”, en David J. A. Clines y Philip R. Davies (editores), “Gender and Law in the Hebrew Bible and the Ancient Near East”, en JSOTsup, vol. 262, Sheffield: Sheffield Academic, 1998, p. 185-213.

Karel van der Toorn, 1996, p.198.

Sobre la honra y la vergüenza como control social, véase Victor H. Mattews, “Honor and Shame in Gender-Related Legar Situations in the Hebrew Bible”, en David J. A. Clines y Philip R. Davies (editores), “Gender and Law in the Hebrew Bible and the Ancient Near East”, en JSOTSup, vol. 262, Sheffield: Sheffield Academic, 1998, p. 97-112.

Harold C. Washington, 1998, p. 202-207.

Ann Marmesh, 1989, p. 57.

Sobre la historia de la hija de Jefté, véase Peggy L. Day, “From the Child Is Born the Woman - The Story of Jephthah’s Daughter”, en Peggy L. Day (editora), Gender and Difference, Minneapolis: Fortress, p. 58-74.

Carol Delaney, “The Legacy Abraham”, en Mieke Bal (editora), “Anti-Covenant: Counter-Reading Women’s Lives in the Hebrew Bible”, en JSOTSup, vol. 81, Bible and Literatur Series 22, Sheffield: Sheffield Academic, 1989, p. 27-41.

La mayoría de los israelitas primitivos eran cananeos con sus diversas divinidades masculinas y femeninas, incluyendo el culto a los padres muertos, como divinidades. Yahvé fue introducido por Saúl, en la religión del Estado, y se consolidó a lo largo de la historia como Dios único y masculino. Para informaciones más precisas sobre la religión de Israel, léase el libro de Elizabeth Bloch-Smith, “Judahite Burial Practices and Beliefs about the Dead”, en JSOTSup, vol. 123, American Schools of Oriental Research Monograph Series 7, Sheffield: Sheffield Academic; Karel van der Toorn, 1996, p. 181-379; Mark S. Smith, O memorial de Deus - História, memória e a experiência do divino no Antigo Israel, São Paulo: Paulus, 2006; Rainer Albertz, A History of Israelite Religion in the Old Testament Period, vol. 1-2, Louisville: Westminster/John Knox Press, 1994.

Shigeyuki Nakanose. “Javé fechou o útero - Uma leitura de 1Samuel 1,1-28”, en Estudos Bíblicos, Petrópolis: Vozes, vol. 54, 1997, p. 34-43.

Nancy Cardoso Pereira, “Comida, sexo e saúde – Lendo o Levítico na América Latina”, en Revista de Interpretación Bíblica Latino-Americana, Petrópolis: Vozes, vol. 23, 1996, p. 133-160.

Ivone Gebara, Rompendo o silêncio, Petrópolis: Vozes, 2000, p. 34.

Según el Ministerio de Salud, ocurren 1.433.350 abortos por año en Brasil. La media de ingreso anual de mujeres para tratarse por complicaciones de abortos clandestinos es de 238.000, Cf. www.ipas.org.br, página consultada el 30 de noviembre de 2006.