Comunidades en resistencia, martirio y profecía a la luz de Apocalipsis 18,4-8
José Agustín Monroy Palacio
Resumen
En el siguiente artículo el autor presenta la hipótesis de que las comunidades a las que se dirige el libro del Apocalipsis se caracterizan por su activa resistencia ante el proyecto generador de muerte del imperio romano, del cual esperan su ruina y destrucción. Estas comunidades son defensoras de un proyecto alternativo, el Reino de Dios, que entra en conflicto con el proyecto imperial. Estas experiencias comunitarias se convierten en proféticas y testigos, sostenedoras de un estilo de vida fraterno y solidario que postula un nuevo tipo de organización social.
Abstract
In the following article the author presents the hypothesis that the communities to those that are directed the book of the Apocalypse are characterized by his active resistance before the generating project of death of the Roman empire, of which they wait his ruin and destruction. These communities are defenders of an alternative project, the Kingdom of God, that they enter in conflict with the imperial project. These community experiences become in prophetic and witness, supporting of a fraternal and solidarity lifestyle that postulates a new type of social organization.
4Y oí otra voz del cielo, que decía: Sal de ella pueblo mío, para que no participen de sus pecados y para que no reciban de sus plagas; 5porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo y Dios se ha acordado de sus crímenes. 6Denle como también ella dio y páguenle el doble conforme a sus obras; en la copa en que ella mezcló, mézclenle el doble. 7Cuanto ella se glorificó a si misma y vivió lujosamente, así denle tormento y llanto. Pues dice en su corazón: me siento como reina, y no soy viuda y no veré jamás el llanto. 8Por eso, en un solo día llegarán sus plagas: muerte, llanto y hambre, y con fuego será consumida; pues poderoso es el Señor que la ha juzgado. (Ap 18,4-8)
Comunidad, resistencia, martirio y profecía son claves de lectura que recorren todo el libro del Apocalipsis. En el presente artículo voy a tocar los mismos temas pero a partir de Ap 18,4-8. De hecho, el sujeto de la perícopa es plural (pueblo mío) y la invitación a salir, acudiendo a la memoria del éxodo, es todo un camino de “desierto”, donde se alimenta la conciencia y se opta por resistir y combatir los pecados del imperio con la fuerza del testimonio y la profecía.
Una comunidad con mirada de cielo
“Y oí otra voz del cielo, que decía” (Ap 18,4a).
Juan “escucha” la voz de un personaje anónimo, cuya fuerza está expresada a través del imperativo “sal”. En la perícopa anterior (18,1-3), la acción no está expresada en el “oír” sino en el “ver”; el personaje se identifica con un ángel que es calificado como poderoso (“tenía gran poder… Gritó con potente voz…”); su anuncio es expresado con el llamado perfecto profético (cayó, cayó). Ambas escenas (18,1-3 y 18,4-5) se desarrollan en el ámbito de lo celeste, y en los dos casos se mantiene la conexión temática con lo anterior: el juicio de Babilonia.
El cielo, para Juan, es un lugar bastante familiar. Su relación con éste se establece a través de visiones o audiciones. Juan “ve” en el cielo una puerta (4,1), un trono (4,2), ángeles (8,2; 10,1; 14,6; 15,1; 18,1; 20,1), una estrella (9,1), un cielo abierto (19,11), un caballo blanco (19,11), un cielo nuevo y una tierra nueva (21,1), la ciudad santa, la nueva Jerusalén (21,2.10).
La voz que escucha Juan desde el cielo es siempre anónima (10,4; 12,10; 14,2; 14,13; 18,4; 19,1). Escuchar es tan importante en el Apocalipsis que se propone como una bienaventuranza (1,3).
El cielo, en el Apocalipsis, no es el lugar tradicional que está más allá de las estrellas, sino aquí mismo, donde “mora Dios con su pueblo” (Ap 21,3). Cielo y tierra simbolizan dos realidades opuestas dentro de una misma y única historia humana. El cielo representa el proyecto de Dios, abierto a todas las naciones, pueblos y razas, donde se anuncian buenas noticias, donde se defiende la causa de los mártires, donde se juzga con justicia a la bestia y a todos sus secuaces, donde se va construyendo la utopía de los cielos nuevos y la tierra nueva. El cielo es algo así como la tierra prometida o el Reino de Dios anunciado por Jesús. El cielo es el lugar donde todo se conjuga para des-ocultar la ideología y el proyecto del imperio. La tierra por el contrario simboliza el proyecto del mal (dominación, opresión, exclusión, discriminación, persecución, muerte, etc.), que no es otro que el proyecto de Babilonia-Roma. Mirar la realidad con ojos de “tierra” es mirarla superficialmente, dejando la conciencia abierta a las seducciones del imperio. Mirar la realidad con ojos de “cielo” es mirarla en profundidad, des-ocultando las mentiras del imperio, resistiendo a todas sus seducciones y dando testimonio de la Palabra de Jesús.
Lo primero que debe afinar una comunidad cristiana, antes de emprender el largo camino de la conciencia y de la resistencia, es su mirada de cielo, una mirada que abre las puertas para ver el mundo con optimismo y esperanza.
Una comunidad en la ruta del éxodo: tomar conciencia y decidirse por un proyecto.
“Sal de ella” (Ap 18,4).
El mensaje de la voz celeste comienza con el imperativo “sal”. Le siguen otras palabras y expresiones que traen a la memoria el relato del éxodo: “plagas” (18,4), “hasta el cielo” (18,5), “Dios se ha acordado” (18,5). Invitaciones importantes a “salir” están presentes desde las primeras páginas de la Biblia, por ejemplo a Abraham para abandonar su tierra e ir al encuentro de un Dios y un pueblo (Gn 12,1), a Lot para abandonar Sodoma (Gn 19,15). Sin embargo, la invitación a salir no como persona (Abraham, Lot), etc., sino como familias o tribus, será posible sólo a partir de la “salida de Egipto”. Este hecho se convertirá en un acontecimiento vital en la historia de Israel, que literariamente será retomado por los profetas para simbolizar los diferentes “éxodos” que ha de realizar el pueblo de Israel. No hay duda que en Ap 18,4-8 el autor tiene en su mente la experiencia vital del éxodo, aunque literariamente esté modelada en los profetas, especialmente en Jr 50,8; 51,6.44.45; Is 48,20; 52,11.
Por Ap 18,2 sabemos que el pronombre “ella” se refiere a Babilonia. En el Apocalipsis, Babilonia es mencionada varias veces y con diferentes denominaciones: Babilonia (Ap 14,8; 16,19; 17,5; 18,2.10.21); ramera (Ap 17,1.5.15.16;19,2), ciudad (Ap 16,19; 17,18; 18,10.16.19.21), y otras muchas veces con el pronombre de segunda y tercera persona singular.
Desde el A.T. la Babilonia histórica es presentada como símbolo de impiedad e idolatría (Is 21,9; Jr 51,7-8; Dn 4,27), en oposición a Jerusalén la ciudad de Dios . El nombre de Babilonia al igual que Egipto (Ap 11,8), sobrevivieron como memoria permanente de injusticia, opresión y muerte, hasta los tiempos en que fue escrito el Apocalipsis. Babilonia simboliza sin duda a la ciudad de Roma, cuna del imperio dominante (cf. Ap 17,9; 1Pe 5,13; ver 2Bar 10,1-3;11,1-2; 67,7; 4Esd 3,1-2.28-31; Or Sib 5,143.159).
Con la imagen de Babilonia aplicada a Roma, Juan le da continuidad a una realidad que literaria y teológicamente fue reflexionada largamente en el Éxodo, en los profetas (Ezequiel, Isaías, Jeremías) y en la literatura judía y cristiana a él contemporánea.
Salir de “ella” (Roma), implica, como en tiempos del éxodo, emprender el camino del desierto, que es el lugar intermedio entre el proyecto faraónico y el proyecto de Dios. El desierto, en la perspectiva del éxodo (40 años) y de las tentaciones de Jesús (40 días), simboliza la conciencia, ese lugar profundo de toda humanidad, donde se reflexiona, se decide y se toman las grandes decisiones. La conciencia (desierto) es el primer lugar donde el pueblo tiene que decidir entre el proyecto de Dios o el proyecto del imperio, donde tiene que optar por la propuesta del Cordero o por la propuesta de la Bestia. Sin “salir” y emprender el camino del desierto-conciencia no habrá “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Ap 21,1), ni “ríos de agua viva ni árboles que dan frutos y hojas de vida” (Ap 22,1-2).
Todo pueblo oprimido sueña con un orden social alternativo. El Apocalipsis comienza a construirlo en la conciencia. Si el oprimido no trabaja en primer lugar su conciencia, que es el lugar donde renacen las utopías y se consolidan los procesos de resistencia, profecía, testimonio y esperanza, es muy seguro que todos sus esfuerzos no rindan los frutos esperados. Los proyectos sociales que buscan “salir” de situaciones de injusticia, saltándose el desierto-conciencia están marcados por fracaso. Los procesos de concientización se deben concretar, luego, en la realidad de cada pueblo, que es donde se desarrollan las luchas, las estrategias y los planes para construir una sociedad en paz, con vida, justicia y dignidad.
Un ejemplo claro de esta manera de trabajar la conciencia la encontramos en el grito del ángel: “cayó, cayó, la Gran Babilonia” (Ap 18,2, cf. 14,2). Una interpretación literal dejaría al descubierto una información falsa, pues cuando se termina de redactar el Apocalipsis, a finales del siglo primero, Roma, llamada la Gran Babilonia, es todavía un imperio fuerte y sin expectativas a corto plazo de ser derrotado. Entonces, ¿por qué Juan pone en pasado (“cayó, cayó”) una situación que no ha ocurrido realmente? Los gramáticos denominan este fenómeno literario como “perfecto profético”, donde el verbo al pasado (aoristo) indica que el hecho sucederá en el futuro con toda seguridad. En la tradición profética “el anuncio profético del futuro tiene tal certeza, que en muchos casos puede ser descrito como si ya hubiese tenido lugar lo anunciado” . Las comunidades cristianas saben que Roma no ha caído, pero están tan seguros que en el futuro caerá, que en su conciencia efectivamente ya cayó. Los cristianos al mirar al imperio con los ojos del cielo y de la conciencia, lo veían no como el vencedor sino como el que ha sido derrotado en el cielo por Dios (Ap 12,7-12), por el “Cordero degollado pero de pie” (Ap 5,6) y por los mártires (Ap 20,4). El anuncio profético del futuro tiene tal certeza que puede ser descrito como si ya hubiese tenido lugar lo anunciado.
Para Juan, el camino del desierto o de la “conciencia crítica” es imprescindible, porque al hacer el análisis de la realidad que viven las comunidades cristianas, percibe con preocupación que las tentaciones del imperio, van dejando huellas de cansancio, divisiones, infidelidades, abandonos, etc. (Ap 2-3). Por ejemplo:
- La decepción se fue apoderando de las comunidades al ver que el retorno inminente de Jesús, tan predicado y esperado, no sucedía. Para finales del siglo I ya comenzaba a decirse “ya oímos esas historias en tiempos de nuestros padres, pero hemos envejecido y nada de eso ha acontecido” .
- Cristianos de orientación gnóstica, confundían las comunidades tratando de convencerlas de que no había problema en adorar la imagen del emperador, si lo hacían desde el cuerpo (considerado pecado), mientras el alma se mantuviera adorando única y exclusivamente a Dios.
- Las iglesias de tendencia judía y helenista terminan priorizando una mirada hacia “adentro”. Se consolida un rápido proceso de institucionalización (cf. 1 y 2Tm; Tt), que garantice la “sana doctrina” y el mínimo de conflictos con el imperio. Esto fue cambiando paulatinamente los énfasis teológicos, por ejemplo, el cristianismo que anunciaba el Reino de justicia, se fue convirtiendo en un cristianismo orientado a la perfección personal y al crecimiento institucional, sin importar lo que sucede alrededor; del anuncio del evangelio se pasó a la enseñanza de la doctrina, de un cristianismo reinocéntrico y cristocéntrico se pasó a uno fundamentalmente eclesiocéntrico; de una propuesta de salvación comunitaria a una individual, de una animación pluralista a otra de jerarquización del ministerio eclesial que excluye a la mujer; de una Iglesia profética y liberadora a una Iglesia cada vez más acomodada a las políticas del imperio romano. Es notorio que la mayoría de las cartas neotestamentarias guarden silencio sobre la situación social, política y económica que viven las comunidades cristianas. En algunos casos se manda expresamente a someterse a las autoridades del imperio (Tt 3,1; cf. Rm 13,1).
Frente a esta situación, el Apocalipsis por el contrario, pone su énfasis tanto en la mirada exterior, que le permite “des-ocultar” la realidad política, económica, social y religiosa del imperio romano, como en la mirada interior, por cuanto la lucha contra el imperio hay que darla en primer lugar desde la conciencia. Juan está convencido que al monstruo de la injusticia, que parece invisible e invencible, se le puede vencer en la propia conciencia, si ésta no se le entrega. Este tiempo de desierto (conciencia crítica”) le permite al Apocalipsis no optar por el facilismo excluyente de la institucionalización sino por la resistencia, la profecía y el martirio.
“Lo que más le duele a las estructuras injustas es saber que hay conciencias rebeldes que mantienen su independencia, demostrando así que el sistema no es omnipotente. Esta es la razón por la cual todo trabajo que forme conciencias críticas es tan poco querido, más aún, tan perseguido por las estructuras sociales reinantes.”
“Salir de ella” es ante todo una invitación a tomar conciencia crítica para decidirse con convicción y mística por el proyecto de Dios.
Una comunidad pluralista
La expresión “pueblo mío” (Ap 18,4) guarda a primera vista un sentido cariñoso y maternal. Pocos dudan que se trate de una referencia a las comunidades cristianas fieles al proyecto de Dios. Pero en aras de precisar la expresión, preguntémonos ¿a qué pueblo es el que Dios hace suyo? La pregunta es pertinente, porque el posesivo “mío” puede malinterpretarse con un sentido de exclusividad a mi grupo, a mi comunidad, a mi Iglesia, a mi religión, a mi pueblo, a mi proyecto político… con la tentación de excluir a otros que piensan, creen y viven de manera diferente. La expresión siguiente: “para que no participes de sus pecados” (Ap 18,4) aclara que el pueblo que Dios elige no se identifica por un lugar geográfico, por una creencia específica, sino por un estilo de vida marcado por la justicia, la solidaridad, el amor, etc. Lo que quiero decir, es que para hacer parte del pueblo de Dios no importa la cultura, la religión, la nacionalidad, etc., sino la opción por su proyecto. Esto parece obvio, pero no le es tanto para comunidades, iglesias, religiones, naciones, etc., que se creen las únicas y exclusivas poseedoras de Dios y de la verdad. Jesús rechaza esta tendencia fuertemente arraigada en un tipo de judaísmo que se construyó sobre la base de una sola ley, una sola cultura, un solo templo, una sola religión… Esta enfermedad excluyente seguramente también la sufrían algunas de las primeras comunidades cristianas, incluyendo las del ámbito apocalíptico.
El Apocalipsis previene a sus comunidades sobre esta tendencia exclusivista y excluyente. La palabra “pueblo”, la encontramos nueve veces en el Apocalipsis, de las cuales, siete veces va acompañada de “tribu, lengua, nación, reyes, multitudes” (Ap 5,9; 7,9; 10,11; 11,9; 13,7; 14,6; 17,15). Esto indica una visión universal y pluralista, pues expresiones como tribus y lenguas (en plural) quieren enfatizar no sólo lo universal sino también la riqueza de la diversidad étnica, cultural y lingüística, tal como se plantea en Pentecostés cuando afirma que “cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa” (Hch 2,8). Cuando se dice “pueblo mío”, el Apocalipsis no está, por tanto, pensando en una comunidad, una Iglesia o un pueblo específico, está pensando en todos los hombres y mujeres, en todas las comunidades, en todas las iglesias y en todos los pueblos de la etnia, de la cultura, de la lengua que sea, siempre y cuando no se dejen seducir por los proyectos que amenazan la vida humana y ecológica.
Esto es importante tenerlo claro, porque desde el mismo éxodo el pluralismo comenzó a ser suplantado por un exclusivismo ajeno al corazón de Dios.
Las investigaciones bíblicas de los últimos años han demostrado que Israel no se formó de una sola familia o de un solo pueblo, sino de muchos, y cada uno, con etnia, cultura, religión y lengua diferente. La idea original de Dios no era, por tanto, la elección de un pueblo sino la de pueblos que sufrían la opresión, la injusticia y la exclusión, que articulados en torno a una alianza de tribus y a través de un proceso de conciencia crítica (desierto), optaran libremente por el proyecto del Dios de los pobres y de la liberación (tierra prometida). Un proyecto alternativo al opresor y esclavista de Egipto . La idea de un Dios cercano, liberador y que toma partido por los pobres, junto al deseo de no estar más sometidos a faraones, reyes o imperios, son los ejes en torno a los cuales se unen las diferentes tribus que tomarán posesión de la tierra prometida.
La experiencia tribal que duró casi doscientos años, no significó la fusión de las tribus en una sola nación, la estrategia fue constituir una federación o alianza de tribus que permitiera a cada una vivir la experiencia de Dios y de liberación desde su propia realidad. No había un solo templo porque cada tribu organizaba su experiencia religiosa, pero se unían, de vez en cuando, para recordar y celebrar la presencia viva del Dios liberador. No tenían un solo ejército, pero en tiempos de conflicto cada tribu enviaba a sus jóvenes para luchar contra quienes pretendían reimplantar el proyecto faraónico.
Esta unidad en torno al proyecto de Dios y contra el proyecto faraónico, vivido en la riqueza de la pluralidad tribal, se rompe con la llegada de la monarquía (“gobierno de uno solo”). A partir de este momento, la idea de un Israel pluralista étnica y culturalmente (tribus) da paso a una nación que se congrega en torno a una solo cultura, una sola religión, una sola lengua, etc. Razones políticas, económicas, militares y teológicas, se mencionan para justificar el hecho. Dios, muy a su pesar, decide acompañar la nueva nación (1Sam 8,7), sin que por esto deje de ser el Dios de todos los pueblos. Recordemos que los textos donde aparece Dios como exclusivo de Israel y enemigo de otras naciones o pueblos, hay que entenderlo no como lo que piensa y quiere Dios, sino como lo que piensa y quiere el pueblo de Dios (pedagogía divina de la revelación). Dicho de otra manera, no es literalmente la Palabra de Dios sino la palabra del pueblo puesta en boca de Dios. En este contexto se entiende que Israel intente a lo largo del AT apropiarse de la elección divina y expropiársela a otros pueblos. El problema es que la ambición de ser una nación grande, fuerte y poderosa (poder de dominio), la vuelven al mismo tiempo una nación fanática, dogmática, ideologizada, excluyente, etc. Por esto, la monarquía, a pesar de la bondad de muchas personas, termina reproduciendo el modelo faraónico (1Re 12,4). Con Saúl se consolida el poder militar, con David el poder político-administrativo simbolizado en Jerusalén y con Salomón el poder religioso representado en la construcción del templo. Los profetas dejaron constancia, que como en Egipto, el modelo monárquico reprodujo la injusticia, la explotación, la inequidad y por tanto, los pobres y los excluidos. Digamos que la monarquía y por tanto Israel, seguía creyendo en el mismo Dios, pero no en el proyecto de Dios.
El regreso del exilio fue un nuevo éxodo, una nueva oportunidad de consolidarse como nación retomando el proyecto de Dios. Sin embargo, en lugar de reconstruir a Israel desde los pobres, las autoridades políticas y religiosas, decidieron hacerlo desde tres nuevos poderes excluyentes: la ley, la etnia y el templo de Jerusalén. El problema no es que cada pueblo tenga su cultura, su ley y su religión, lo es cuando este pueblo excluye a los demás creyendo que lo único válido es lo propio, reproduciendo un modelo que genera alienación, fanatismo, opresión, pobreza y exclusión. El fracaso de este nuevo éxodo postexílico es evidente en Neh 5,1-13, pero sobre todo en la dura actitud de Jesús frente a la ley, el templo y el etnocentrismo judío.
Las comunidades cristianas deben caracterizarse por una conciencia universal y pluralista de la revelación y de la historia de la salvación.
Una comunidad en resistencia
“Para que no participen de sus pecados y para que no reciban de sus plagas” (Ap 18,4b).
La invitación al “pueblo mío” para “salir de ella y no participar de sus pecados” lo hemos interpretado como un proceso en etapas. La primera, tomar conciencia y optar por el proyecto de Dios. La segunda sería “no participar”, esto es, resistir.
El término “participar en”/“compartir” se encuentra 3 veces en el N.T. (Ef 5,11; Fil 4,14; Ap 18,4). En nuestro texto expresa la idea de co-participación, con el sentido de estar o no estar en comunión con.
Es importante tener en cuenta que “participar” va precedido de una experiencia de conciencia crítica que permite elegir con libertad. Sólo quien es libre de elegir puede co-participar o negarse a participar de un proyecto.
Cuando el pueblo de Dios decide conscientemente “no participar” del proyecto de “ella” está asumiendo una actitud de “resistencia”, que hoy bien podríamos llamar “resistencia civil”. Se habla de resistencia civil “cuando hay oposición a una ley u ordenamiento jurídico que se considera injusto; cuando se ejercen acciones de oposición frente a un gobierno o un estado que es sistemáticamente violador de los derechos humanos y; cuando se resiste una fuerza invasora que atenta contra la soberanía, la independencia y la libre autodeterminación de los pueblos” . La actitud que se refleja en el Apocalipsis es de clara oposición al Estado (imperio), con actitudes firmes de “desobediencia civil”, para rechazar las políticas injustas, corruptas y violadoras de los derechos humanos, sociales, económicos y culturales, y los intentos de seducir a toda la población con el “vino de la prostitución” (Ap 13; 17). “Podemos considerar el Apocalipsis como una especie de ‘manual de resistencia’, redactado para levantar la moral de los cristianos que padecían persecución por parte del imperio romano.”
De otro lado, participar de los pecados de Roma es propio de los que han optado por el proyecto del imperio. El Apocalipsis los llama “reyes , comerciantes , habitantes de la tierra” . Sus pecados están ligados a su poder de dominio y a su codicia.
Para resistir es importante identificar los pecados de “ella”. Son muchos los que se enumeran a lo largo del Apocalipsis. En nuestro caso, se refiere a los pecados que se describen en la perícopa inmediatamente anterior: “Porque del vino de sus prostituciones han bebido todas las naciones. Y los reyes de la tierra han fornicado con ella. Y los mercaderes de la tierra se han enriquecido con su lujo desenfrenado” (Ap 18,1-3). Encontramos tres sujetos: naciones, reyes y mercaderes. A las naciones las embriaga con su prostitución, a los reyes los hace cómplices de su prostitución, y a los comerciantes los enriquece con su lujo.
La prostitución en lenguaje profético, era símbolo de la idolatría. Israel al entregarse al culto idolátrico, abandonaba a su legítimo esposo yéndose con otros (Os 1-2; Ez 16,23). De ahí que la idolatría sea llamada fornicación. En Nahúm 3,4 Nínive es representada como ramera y lo mismo Tiro en Isaías (Is 23,16-17). En Ez 16,15-63, se describe a Israel bajo la forma de una mujer hermosa que se deja llevar del amor de los ídolos y abandona a Dios. En Apocalipsis, esa fornicación será el culto idolátrico a Roma y sus emperadores. Con Roma han fornicado los reyes de la tierra, edificándole templos y celebrando fiestas en su honor. Y con su ejemplo arrastraron a las respectivas naciones a las prácticas idolátricas del culto imperial, embriagándolos con el vino de su fornicación. La idolatría es la máxima expresión de la complicidad entre el imperio y la religión para mantener en estado de alienación y sumisión a toda la población. Foulkes trae un buen ejemplo al respecto, tomando el caso del "Asiarca", una especie de sumo sacerdote del Asia que era responsable del famoso templo de Artemisa en Éfeso, quien terminó dedicando este mismo templo al culto y la adoración del emperador Domiciano. Esta actitud le valió la confianza del emperador y por tanto, el derecho a controlar desde el templo el más importante mercado financiero de la región, el monopolio para acuñar las monedas imperiales. "¿Podemos dudar del nexo íntimo entre la religión y la política en la provincia de Asia?
Los reyes, identificados por su complicidad y corrupción, constituían una minoría, que por defender sus propios intereses, se convierten en aliados incondicionales del imperio. Los reyezuelos garantizaban obediencia y culto al emperador y éste los retribuía con privilegios y riqueza. La corrupción es el lenguaje en el que mejor se entienden los poderes centrales con los poderes locales.
El tercer pecado, que a la postre es uno de los más característicos del capítulo 18, es la riqueza o en general la dimensión socioeconómica del imperio (18,3.11-19.23). La pax romana impuesta por la fuerza creó el ambiente adecuado para un comercio que generaba “prosperidad” y riqueza para unos pocos, pero que para la mayoría significaba más pobreza. En la ciudad de Roma por ejemplo, de un millón de habitantes la mitad eran esclavos. Un texto del Talmud (Quidushim, 49b) afirma que de diez medidas de riqueza concedidas al mundo Roma ha recibido nueve. A propósito dice Arens:
“si tuviéramos que calificar de alguna manera el sistema económico de aquella época, éste correspondería a lo que conocemos como sistema capitalista: política del laisezz faire con libre competencia comercial y productiva, con fines de lucro personal. En este sistema no entraba la más remota consideración humana hacia el trabajador, cuyo único valor era su capacidad productiva... Entre quienes mejor aprovecharon el boom económico de los dos primeros siglos de nuestra era fue Asia Menor. Pero el progreso económico y el bienestar que de ello se derivaba quedaban casi exclusivamente en las esferas aristocráticas, hoy diríamos burguesas.”
Desnudar los pecados de Roma significa para Juan y las comunidades la posibilidad de organizar un mejor plan de resistencia frente a la idolatría, la corrupción y la riqueza. El desafío para las comunidades cristianas es grande, pues cada día pareciera más difícil resistir a la ideología y a los modelos económicos que imponen los poderosos del mundo. Renovar cada día el carnet de la resistencia es un desafío urgente, oportuno y eficaz, es un grito de esperanza que permite soñar con “otro mundo posible”.
El tema de la resistencia planteado como “no participación” puede dar la sensación de una actitud pasiva. En el Apocalipsis la resistencia es tremendamente activa porque ella tiene siempre un carácter martirial y profético. Veamos.
Una comunidad martirial
En el Apocalipsis, “no participar” es un verdadero acto de resistencia, porque implica una opción consciente de oposición al proyecto del imperio, luchando al mismo tiempo por otro proyecto alternativo. Aquí la resistencia es propositiva, porque al mismo tiempo que rechaza un modelo propone otro. Pero también es una resistencia activa, porque enfrenta al imperio (Ap 12,11). Las armas del imperio para imponer su modelo son la fuerza militar, la corrupción y la idolatría, en cambio, las armas de los cristianos son el testimonio de la Palabra de Dios y de Jesús (Ap 1,2.9; 12,17; 19,10; 20,4).
La palabra mártir viene del griego martys (testigo, mártir). En el ámbito cristiano, aunque todos están obligados por el Bautismo a ser en el mundo mártires o testigos de la Palabra de Dios, la palabra mártir terminó identificando sólo a los que dan la vida por la causa del evangelio.
En el NT, se usa con varios sentidos: ser testigo en un proceso jurídico. Ser testigo elegido y enviado para dar testimonio de lo visto, escuchado, aprendido y vivido (Lucas, Hechos, Ap 1,5; 2,13; 3,14; 11,3; 17,6). Ser testigo de “sangre” en cuanto el testigo está dispuesto a dar su vida, asumiendo “la misma suerte de aquel de quien da testimonio” .
Los testigos a los que se refiere el Apocalipsis son, Jesús el “testigo fiel” (1,5; 3,14), los ángeles (19,10; 22,16), el tabernáculo del cielo (15,5) y de manera especial los cristianos, incluido Juan (1,2.9; 6,9;11,7; 11,3; 12,11.17;17,6; 19,10;20,4; 22,18).
Los testigos humanos se definen como testigos de alguien: del Cordero (Ap 1,2.9; 12,17; 19,10; 20,4) y de algo: su proyecto de Reino expresado en la Palabra de Dios (1,9; 3,8.10; 6,9; 12,11; 20,4). La actuación del testigo se da en esta única historia, aunque en dos dimensiones: cielo y tierra. En la tierra, los mártires enfrentan, a través del testimonio de la Palabra, el imperio de injusticia, exclusión y muerte. El cielo, en cambio, se registra como el lugar donde los testigos recobran la dignidad, la justicia y la vida. Esto se percibe en el interior de las comunidades mismas, donde Antipas es el “testigo fiel”, en cambio Jezabel, los nicolaitas, ebionitas representan los antitestigos.
Cuando los testigos dan testimonio de Jesús, inmediatamente se activan las alarmas del imperio, y el testimonio se convierte en piedra de escándalo y motivo de persecución. Las consecuencias no se dejan esperar: Juan, compañero de tribulación se encuentra en la cárcel a causa del “testimonio de Jesús” (1,9); el dragón, ante el fracaso de devorar el Hijo de la mujer, decide hacer la guerra a los que “mantienen el testimonio de Jesús” (Ap 12,17) y la Roma-Ramera se “embriagaba con la sangre de los mártires” (Ap 17,6).
Ser testigo es una misión arriesgada y peligrosa, que fácilmente conduce por el camino del sufrimiento y de la muerte. El punto máximo del testigo cristiano es su disposición, si fuere necesario, a compartir la misma suerte del Cordero “degollado, pero de pie” (Ap 5,6). Esta fue la experiencia de Antipas (Ap 2,13) y de los que ya están “debajo del altar” (Ap 6,9).
El premio del testigo es convertir su muerte por la causa del Reino en victoria que comparte con el Cordero, pues también ellos han enfrentado a la bestia y la han vencido: (12,11).
Una comunidad profética
“Porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo y Dios se ha acordado de sus crímenes” (Ap 18,5).
Decíamos que la “resistencia” en el Apocalipsis es activa, y se reconoce, entre otras, por el doble carácter de martirial (testimonial) y profética.
La profecía es esencial al Apocalipsis, hasta el punto de auto-considerarse un libro profético (1,3; 22,7.10.18.19). Juan se denomina a si mismo profeta (Ap 10,9.10) y como perteneciente a una comunidad de profetas (Ap 22,9). También el imperio designa a su falso profeta (Ap 13,11-18; 16,13; 19,20; 20,10) con el fin de manipular la conciencia del pueblo (Ap 13,12-17).
En el Apocalipsis, como en el AT, la profecía hay que entenderla desde el oráculo, “un género literario que se cualifica como juicio profético a la monarquía dentro del cual un escritor sagrado, discípulo de algún profeta, metió las profecías de su maestro. Los elementos del oráculo profético son: el Juez (Yahvéh), el reo (la monarquía), el delito (injusticias) y la Sentencia (castigo)” . Por ser el Apocalipsis un libro profético se entiende que gran parte de su contenido y de su lenguaje gire en torno al juicio de Roma. De hecho, Ap 18,4-8, se le considera un oráculo profético, donde se anuncia el juicio contra Babilonia .
Es importante resaltar que la profecía hay que ubicarla en un contexto de juicio para no seguirla reduciendo a los dos tópicos con que suele definirse: anuncio y denuncia. El profeta antes que nada, establece un juicio, y dentro de este se incluye el anuncio y la denuncia. Pero otras cosas son fundamentales.
En primer lugar, la profecía no es una vocación aislada o independiente. El profeta debe saber que ésta se recibe de Dios y está al servicio de los pobres y excluidos. Juan y los que permanecen fieles son los auténticos profetas elegidos por Dios (10,7.9.10; 11,10.18; 16,6; 18,20.24; 22,9).
En segundo lugar, la profecía es conciencia crítica, algo así como el “librito” que se debe devorar (Ap 10,9-10, cf. Ez 2,7-3,69). Esto significa que el profeta no se contenta con conocer el libro de la historia (Ap 5,1-6), sino que debe interiorizarlo y volverlo fuente de vida. La conciencia crítica del profeta se alimenta de un análisis minucioso de la realidad, de su cercanía a la cotidianidad del pueblo y de algunas claves cristológicas como la justicia, la verdad, la misericordia, la equidad, la fidelidad, la audacia, la ternura… Con estos insumos, el profeta y la comunidad profética están listas para comenzar el juicio al imperio.
En tercer lugar, el profeta debe ser consciente que el camino de la profecía es de sabor agridulce, como un “librito que amarga las entrañas, pero que en la boca es dulce como la miel” (Ap 10,9b). La profecía es dulce porque viene de Dios y por los momentos de “cielo” que se viven gracias a la organización popular, a las conquistas de los derechos humanos, económicos, sociales y culturales, a las celebraciones religiosas, a las fiestas familiares y barriales, en fin, a todo ese movimiento popular, a veces incipiente, y otras multitudinario, que avanza sin complejos, y que en lenguaje apocalíptico, se asemeja a los “peregrinos que marchan hacia el cielo”. También es amarga porque el imperio, a través de la calumnia, la persecución y hasta la muerte, busca aniquilar a quienes des-ocultan sus oscuros intereses. Los dos testigos-profetas del capítulo 11 del Apocalipsis son una clara muestra del desprecio y de la muerte de que son objeto quienes incomodan al sistema.
El profeta del Apocalipsis sabe que su tarea fundamental es no participar de los pecados del imperio sino en su juicio Y la hora del juicio ha llegado. Los pecados del imperio se han acumulado hasta el punto que tocaron al mismo cielo (Ap 18,5). Una nueva torre de Babel, construida no con ladrillos sino con pecados de idolatría, corrupción y codicia, obligan la intervención y el juicio de Dios. En el éxodo era tanto el dolor de la opresión que el grito de los oprimidos se escuchó en el cielo, en el Apocalipsis era tanta la opresión que los mismos pecados tocaron las puertas del cielo. La comunidad profética está en capacidad de juzgarla porque conoce sus pecados y ha tenido el valor de resistir. Sigamos los pasos del juicio:
- El Juez no es sólo Dios (4,1-11; 6,10; 16,5.7), también están el Cordero (Ap 19,11) y la comunidad constituida por los que permanecen fieles (20,4). Notemos la importancia que se da a la comunidad. Esto sigue la lógica de un Jesús que nos participa de su Reino (Ap 1,6; 20,4; 22,5), de su filiación divina (Ap 21,7) y de su autoridad de juzgar.
- El reo lo integran el imperio romano, el emperador, los reyes de la tierra, los comerciantes, los traficantes y todos los que se dejan seducir.
- El delito es la suma de la idolatría, la corrupción, la riqueza, la codicia, la persecución y la muerte. En la definición del delito, el profeta y la comunidad profética, hacen un minucioso análisis de la realidad que permite tener los elementos necesarios para adelantar el juicio. Los delitos no se inventan ni se suponen, hay que verificarlos. En el Apocalipsis, los delitos están imputados tanto al imperio como a las comunidades mismas (Ap 2-3).
- La Sentencia. Este momento tiene siempre una premisa, la posibilidad de volver al proyecto de Dios que es el proyecto de la vida. Los actores del imperio y también las mismas comunidades tuvieron esta oportunidad. Antes de establecer la sentencia definitiva los septenarios de los sellos, las trompetas y las copas, advertían con toda clase de plagas, que el tiempo de volver a Dios, se estaba terminando.
La ejecución de la sentencia está en manos de Dios pero también de las comunidades. Esto es importante resaltarlo porque muchos acusan el Apocalipsis de dejar todo en manos de Dios, alimentando una actitud pasiva y aislacionista por parte de las comunidades. Además de la autoridad otorgada a las comunidades para juzgar, en Ap 18,6-8, la comunidad recibe las órdenes imperativas de darle a Roma como ella ha dado, de doblarle la medida conforme a sus obras y de preparar en su misma copa el doble de lo que ella preparó (cf. Ap 17,4). Estas acciones de la comunidad contra Roma no pueden entenderse literalmente porque borrarían de un plumazo la propuesta del Reino de amor anunciado por Jesús. Hay que entenderlo desde la conciencia, donde se resiste, se lucha y se vence al imperio. La conciencia es un arma mucho más poderosa y eficaz (el doble) para resistir y vencer política, ética, cultural y espiritualmente.
Una comunidad apocalíptica debe ser como el “lucero del alba” (Ap 2,28), que con su brillo anuncia el final de la noche y la alegría de la luz de un nuevo día.
Jose Agustín Monroy Palacio
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Colombia
agustinmonroy@une.net.co
Pablo Richard, Apocalipsis reconstrucción de la esperanza, Colección Biblia 65. Editorial Tierra Nueva, Vicaría Sur de Quito, Centro Bíblico Verbo Divino. Quito, 1999, p. 38.
“Babilonia fue una de las maravillas del mundo antiguo. El nombre de la ciudad va a convertirse en símbolo de las cosas humanas magníficas pero frágiles y, sobre todo, en símbolo del orgullo humano y demoníaco, la antítesis de la Jerusalén celeste que es la ciudad de Dios. Cf. Ap 14,8; 16,19; 17,5; 18,2.10.21 que recoge el tema de los profetas, Is 21,9, etc. Todo este capítulo quiere mostrar la humillación de este orgullo: Nabucodonosor sólo recupera su estado normal convirtiéndose al verdadero Dios.” (Biblia de Jerusalén., Desclee de Brouwer. 1977. Bilbao)
De Clemente Romano, citado por Eduardo Hoornaert. Cristianos de la tercera Generación, Ed. Dabar, México, D.F. 1999, p 91
Gonzalo de la Torre. Pedagogía de la resistencia a la luz del Apocalipsis. Módulo de estudio. Quibdó. 1999.
En este sentido hay que entender en el Éxodo la expresión “mi pueblo” ( Ex 3,10; 5,1; 7,14.16.26; 8,16.17.18.19; 9,1.3; 10,3.4).
Eugenio Guerrero., El ámbito conceptual de la resistencia. Módulo resistencia y etnias en Colombia. Centro de Estudios étnicos. Medellín. 2006, p 63.
Ricardo Foulkes, El Apocalipsis de San Juan. Una lectura desde América Latina, Nueva Creación, Buenos Aires, 1989, (Grand Rapids, W.B. Eardmans Publishing), p 188
Eduardo Arens, Asia Menor en tiempos de Pablo, Lucas y Juan, aspectos sociales y económicos para la comprensión del Nuevo Testamento. Ed. El Almendro. Córdoba., pp 120-121
Gonzalo de la Torre G. Introducción a la ética a la luz de los profetas de Israel. Módulo de Estudio. Quibdó 1999, p 6
