Comunidad que comparte - perspectiva económica y ecológica del evangelio de Marcos

Mercedes Lopes y Carlos Mesters

Resumen

Presentamos en este artículo algunas informaciones sobre el contexto histórico del Evangelio de Marcos y la condición social de las primeras comunidades cristianas, para visualizar con mayor claridad la propuesta de Jesús de Nazaret. A continuación ofrecemos tres claves para la lectura de este Evangelio en una perspectiva económica: a) Compartir incluso las migajas; b) carencia de pan y falta de entendimiento; c) Concentración de bienes que producen la muerte. En este artículo no tratamos la perspectiva ecológica, porque este abordaje explícito está ausente en el Evangelio de Marcos. En la conclusión abordaremos el tema de la ecología y cerraremos con una breve síntesis.

Abstract

In this article we offer some information on the historical context of Mark's Gospel in order to give greater visibility and clarity both to what Jesus of Nazareth proposes and to the social condition of the first Christian communities. We then offer three keys for reading the Gospel of Mark in an economic perspective: a) Share even the crumbs; b) Shortage of bread and the lack of understanding; c) Accumulation that produces death. In the conclusion we touch on the theme of ecology and close with a short synthesis.

 

Introducción

1) No encontramos en el Evangelio de Marcos un análisis crítico de los mecanismos de opresión económica del imperio romano y del sistema religioso del templo de Jerusalén. NI podría ser de otro modo, ya que en aquella época no había una ciencia de economía que ofreciese herramientas para hacer tal análisis. Lo que Marcos nos muestra es un pueblo hambriento (6,36-37; 2,23-27; 8,1b), enfermo (1,32-34), excluido (1,40-45; 5,1-5.33) y abandonado, que camina continuamente en busca de Jesús (6,34), en busca de vida. Esta situación del pueblo deja transparentar la opresión económica de la época. Frente a esta situación, Marcos presenta la Buena Noticia de Jesús, Cristo, Hijo de Dios, que se entrega totalmente a un proyecto de vida y de liberación de los pobres.

2) La economía es una forma de organizar los bienes, de manera que la manutención y reproducción de la vida estén garantizadas. En cada época, la forma de organizar los bienes y de garantizar la supervivencia va cambiando. Cada época tiene sus normas y criterios. En cada época existen conflictos entre los que quieren todo para sí y los que quieren el compartir de los bienes entre todos. En el tiempo de Marcos, las comunidades se inspiraban en la vida y en las enseñanzas de Jesús de Nazaret para iluminar la situación que enfrentaban y así encontrar formas alternativas de organización. Si retomamos la Buena Noticia de Jesús de Nazaret, tal como fue narrada por Marcos en su contexto, podemos iluminar nuestro contexto, buscando responder a los desafíos de la miseria y del hambre de nuestro tiempo.

1. Contexto histórico del evangelio de Marcos

    1. Situar el evangelio de Marcos

El atrayente relato de Marcos fue escrito dentro de un contexto de persecución y de miedo, vivenciado por las comunidades cristianas. En el año 64 d.C. Nerón desencadenó una persecución contra los cristianos de Roma, causando la muerte de muchos discípulos y discípulas de Jesús. El 66 d.C., Tiberio Alejandro, prefecto de Egipto, mandó a masacrar a millares de judíos porque se habían rebelado contra Roma. En el verano de este mismo año, Gesio Floro mandó a crucificar a judíos en Jerusalén, por haberse rebelado contra el saqueo que él había realizado al tesoro del templo. Estalla la guerra de los judíos contra Roma, que sólo terminará con el cerco de Masada, en el 73 d.C. Muchos cristianos eran judíos y entraron en el conflicto, cuestionándose si debían o no embarcarse en esa guerra. La amenaza de persecución se generaliza. Frente a ello, hubo cristianos que negaron o traicionaron su fe, muchos se dispersaron. Esta situación se refleja en la descripción de las actitudes de los discípulos frente a la propuesta de Jesús: Pedro lo negó (Mc 14,71), Judas lo traicionó (Mc 14,10.45), todos fugaron y se dispersaron (Mc 14,27.50). En el tiempo de Marcos, muchas comunidades que vivían en Palestina se fueron a Siria, a la Transjordania e incluso a lugares más distantes como Asia Menor, Grecia y Macedonia. El miedo y la inseguridad económica volvían la vida más difícil en estas nuevas situaciones. La memoria de Jesús, las celebraciones, la vivencia comunitaria de la fe eran la luz que ayudaban a las comunidades a encontrar nuevos caminos. Es en este contexto que la Buena Noticia de Jesucristo, según Marcos, fue escrita. Retomando la centralidad de Jesús para su vida de fe, las comunidades recordaban sus enseñanzas y sus acciones para inspirar un compartir que garantice la vida de todos, dentro de este contexto desafiante.

1.2 Algunos datos de la historia del tiempo de Jesús

En Galilea

Herodes Antipas (4 a.C. al 39 d.C.), hijo de Herodes, el Grande, gobernó Galilea y Perea durante todo el tiempo de la vida de Jesús. Su gobierno se caracterizaba por la prepotencia, la falta de ética y el poder absoluto. Él construyó la nueva capital en Tiberiades, ya que Séforis, la antigua capital, había sido destruida por los romanos en represalia por un levantamiento popular. Esto ocurrió cuando Jesús tenía alrededor de siete años de edad. Tiberiades, la nueva capital, construida toda ella conforme al patrón de las ciudades de la cultura helenista, fue inaugurada trece años más tardes, cuando Jesús tendría unos 20 años. Fue llamada así para agradar a Tiberio, el emperador de Roma. Tiberiades era un quiste extraño en la Galilea. Era allí donde vivía el rey, “los principales, los generales y los grandes de Galilea (Mc 6,21). Allá vivían los dueños de las tierras, los soldados, la policía, los jueces, muchas veces insensibles al sufrimiento del pueblo (Lc 18,1-4). Allá eran llevados los impuestos y el producto del trabajo de las familias. Era allá donde Herodes hacía sus orgías de muerte (Mc 6,21-29). Tiberiades era la ciudad de los palacios del rey, donde vivía el personal de ropa fina (Cf. Mt 11,8). No hay constancia en los evangelios de que Jesús haya entrado en esa ciudad.

Durante el gobierno de Herodes, creció el latifundio, en prejuicio de las propiedades comunitarias. Una de las causas para la concentración de tierras era los impuestos, pues reducían el ingreso de las pequeñas propiedades rurales. Esta situación se refleja en el Primer libro de Henoc (siglo II a.C.- I d.C.), que denuncia a los poderosos dueños de las tierras, y expresa la esperanza de los pequeños: “entonces los poderosos y los grandes ya no serán más los dueños de la tierra” (Henoc 38,4). Este apócrifo rescata el ideal de los tiempos antiguos: “Cada uno debajo de su viña y de su higuera, sin que haya quien les cause miedo” (1Mac 14,12; Miq 4,4; Zac 3,10). Pero la política del gobierno de Herodes volvía imposible la realización de este ideal.

Los privilegiados por el gobierno de Herodes Antipas eran los funcionarios fieles al proyecto del rey: escribas, comerciantes, dueños de la tierra, fiscales del mercado, publicanos o recaudadores de impuestos, militares, policías, jueces, promotores, jueces locales. La mayor parte de este personal habitaba en la capital, gozando de los privilegios que Herodes ofrecía, por ejemplo, la exención de impuestos. Otra parte vivía en las aldeas. En cada aldea o ciudad había un grupo de personas que apoyaban al gobierno. Varios escribas y fariseos estaban ligados al sistema y a la política del gobierno. En el evangelio de Marcos, los fariseos aparecen junto a los herodianos (Mc 3,6; 8,15; 12,13), lo que refleja la alianza que existía entre el poder religioso y el poder civil.

 

En Judea

Arquelao, hijo de Herodes el Grande, gobernó en Judea, Idumea y Samaria, hasta que fue destituido y enviado al exilio en la Galia, después de poco más de 10 años de un gobierno caracterizado por una violenta administración de los conflictos. Desde entonces, los romanos decidieron administrar Judea por medio de un procurador. La inserción de Judea como provincia procuratorial, dentro de la unidad administrativa de la provincia de Siria, le posibilitó cierta autonomía, garantizando la práctica de las costumbres de la cultura judía y la actuación legal del Sanedrín.

El templo de Jerusalén funcionaba como banco central de esa época. Tenía mucha importancia económica, sobre todo para los habitantes de Jerusalén que vivían del comercio de animales para el sacrificio, del cambio de monedas para los judíos que venían de la diáspora, de los hospedajes o de la confección de objetos artesanales. La población de Jerusalén vivía del templo. Muchas personas trabajaban en las reformas, hechas desde Herodes, el Grande, que recuperaron el segundo templo, hecho en un nuevo y amplio estilo, rodeado de pórticos. También fue construida una inmensa muralla. Más tarde (41-44), Agripa comenzó la construcción de la “tercera muralla”, al norte de la ciudad. Al inicio de los años 50, el control del templo de Jerusalén fue entregado por Roma al hijo de Agripa (50-68).

 

La pax romana

La pax romana, garantizada por las tropas militares, ofrecía una base de sustentación ideológica para el comercio internacional y para la concentración económica, evitando los levantamientos rebeldes de los pobres y masacrando a los revoltosos. El poder religioso contribuyó a la formación de una ideología que favorecía el ordenamiento económico, según los intereses del imperio. Para la religión del imperio, eran los dioses los que garantizaban esta paz. Para el sistema que imperaba en el templo, la riqueza y la prosperidad eran señales de la bendición de Dios. Era esta ideología la que mantenía la explotación económica en Palestina, que creció aún más con la administración de Gersio Floro (64-66), quien hizo uso de la violencia para mantener la extorsión económica al pueblo y para masacrar a la resistencia. Sin embargo, sólo cuando Gersio Floro tocó el tesoro del templo, es que estalló la guerra de los judíos (66-73), a pesar de la fuerte ideología imperial.
El censo de los habitantes y sus bienes, realizado por Quirino, cerca del 8-6 a.C., tenia por objetivo principal la concretización de una reforma tributaria, dándole responsabilidad a las administraciones locales para el cobro de los impuestos. Este censo causó muchas protestas entre la población, lideradas por Teudas y por Judas el Galileo (Hch 5,37). La vida del pueblo en las aldeas de Galilea, Samaria y Judea estaba muy controlada, tanto por el gobierno local como por la religión. Un control que incluía las diferentes situaciones de la vida cotidiana y de la economía del pueblo judío.

1.3 La condición social de las primeras comunidades cristianas

El movimiento de Jesús rescata la esperanza de los pobres del interior de la Palestina y, posteriormente, se expande entre las personas pobres de las principales ciudades del imperio romano. En la primera carta a los Corintios, Pablo se refiere a la condición social de los miembros de aquella comunidad: “Vean bien quienes son ustedes: entre ustedes no hay muchos sabios, ni muchos poderosos, ni muchos de la alta sociedad (1Cor 1,26).

En otras palabras, la comunidad de Corinto no estaba formada por gente rica, ni poderosa, ni estudiada. Posiblemente había algunos más ricos o socorridos, en cuyas casas se reunían las comunidades. Pero, la mayoría eran personas de la periferia pobre de Corinto. Los muchos consejos relacionados con esclavos dejan ver que una gran parte de los cristianos eran esclavos (1Cor 12,13; Ef 6,5; Col 3,22; 1Tim 6,1). En la carta a Filemón, Pablo intercede por un esclavo convertido, Enésimo (Fil 10). En la carta de Santiago es clara la alusión a los muchos pobres que había en la comunidad (Sant 2,2-9; 5,1-5). Lo mismo vale para las recomendaciones de Pablo referentes a la Cena del Señor, donde había gente que tenía mucho para comer y otros que no tenían nada y pasaban hambre (1Cor 11,20-22). En la primera carta de Pedro se percibe que gran parte de la comunidad estaba formada por migrantes y extranjeros (1Pe 1,1; 2,11). El mismo contraste aparece en el Apocalipsis: la comunidad de Esmirna es pobre, la de Laodicea es muy rica y prepotente.

 

2. Tres claves de Lectura

1° Clave: Participar del pan

El hambre del pueblo y las dos multiplicaciones de panes

En el evangelio de Marcos, la multiplicación de los panes aparece dos veces (Mc 6,35-44; 8,1-10), pero en diferentes contextos. En la primera multiplicación (Mc 6,35-44). Jesús está en un lugar desierto de Galilea. Los doce canastos de sobras de pan nos remiten al pueblo judío. En la segunda (Mc 8,1-10), Jesús está fuera de la Galilea. Los siete canastos de pedazos de pan que sobran recuerdan a los siete diáconos de las comunidades helénicas. Estos detalles relacionan la multiplicación del pan con la forma de organización de las comunidades cristianas, tanto entre los judíos como entre los gentiles.

En el segundo relato de la multiplicación, una frase inicial llama la atención sobre el contexto humano y social de esas comunidades: “existía una gran multitud y no tenían qué comer” (Mc 8,1b). Ciertamente, esta era la situación de la mayoría de las personas en el siglo I d.C. El pueblo vive una situación de carencia, de abandono y de flaqueza, que preocupan a Jesús: “Si yo los mando rápidamente a sus casas, desfallecerán en el camino” (Mc 8,3b). El evangelio de Marcos recuerda a las comunidades que Jesús se compadeció de la multitud dispersa y abandonada, “como ovejas sin pastor” (Mc 6,34). Una frase que nos remite nuevamente a la ausencia de liderazgos que promuevan la vida junto a los pobres.

El problema del hambre se trasluce en la repetición de palabras como “comer” y “pan”. En el primer relato (Mc 6,35-44), el verbo “comer” aparece seis veces y la palabra “pan” cinco. En el segundo (Mc 8,1-10), el verbo “comer” aparece tres veces y la palabra “pan” tres veces. Sin embargo, hay otra palabra que también se repite bastante. Es la palabra “distribuir”, que aparece tres veces en el segundo relato de la multiplicación de los panes. Estos detalles nos llevan a percibir que hay un contexto de hambre, y también una falta de distribución, una carencia en el compartir del pan. Las comunidades cristianas son convidadas a confrontarse con esta realidad.

La multiplicación de los panes en Galilea

En Mc 6,35-44, Jesús invita a sus discípulos a ir al desierto a descansar y a hacer una revisión. Esta invitación ya despierta la memoria de los oyentes para recordar la caminata de Moisés junto a su pueblo, en el éxodo (Ex 16). En el desierto, la multitud hambrienta conmueve a Jesús (Mc 6,34). Comienza a oscurecer. Los discípulos están preocupados y piden a Jesús despedir al pueblo. Saben que en el desierto no es posible conseguir comida para tanta gente. Jesús les dijo: “¡denle ustedes de comer al pueblo!” Ellos se asustaron: “¿Vamos a comprar 200 denarios de pan para darles de comer?” (¡Esto significaba que necesitaban la suma correspondiente al salario de 200 días!). Ellos buscan una solución fuera del pueblo y para el pueblo. Jesús no busca soluciones fuera, sino dentro del pueblo, y a partir del pueblo, puesto que les pregunta: “¿Cuántos panes tienen? ¡Vayan a verificar!” La respuesta es “¡Cinco panes y dos peces!” ¡Es poco para tanta gente! Pero Jesús manda a los discípulos a organizar al pueblo en grupos y distribuir los panes y los peces. Sentados, ¡todos comen a voluntad!

Es importante notar como Marcos describe el gesto de Jesús. Él dice: “Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, miró al cielo, bendijo los panes y los partió y se los dio a sus discípulos para que los distribuyesen” Esta manera de hablar hace que las comunidades piensen en la Eucaristía. Así, Marcos sugiere que la Eucaristía debe llevar a compartir. Ella es el pan de vida que da coraje y lleva a enfrentar los problemas del pueblo de manera diferente, no desde afuera, sino a partir del mismo pueblo.

La voluntad de Dios es que haya pan para todos. Por orden de Yavé, Moisés dio de comer al pueblo hambriento en el desierto (Ex 16,1-36). La organización del pueblo en grupos de 50 y 100 recuerda el censo realizado en el desierto, después de la salida de Egipto (Cf. Num 1-4). El compartir debe ser organizado. La comida conjunta es señal del Reino de Dios. No se puede separar la celebración de la Cena del Señor de la realidad cotidiana, donde la situación de hambre exige compartir.

 

La multiplicación de los panes fuera de Galilea

En la segunda multiplicación (Mc 8,1-10), Jesús se encuentra nuevamente en el desierto, pero fuera de Galilea. El número siete nos remite al ambiente de las comunidades helenistas. Siete son los panes que los discípulos tenían (v. 5) y siete los canastos con pedazos de pan que fueron recogidos, después de que todos quedaron saciados (v. 8). El gesto de Jesús de “tomar los panes, partirlos, dar gracias y entregárselos a los discípulos para que los distribuyeran al pueblo, recuerda de nuevo a la Eucaristía. Aparece claramente una relación entre la celebración eucarística y el compartir del pan. El texto apunta también a la necesidad de concretizar y organizar la solidaridad, posibilitando la participación de todos, en respuesta al problema del hambre. Una multitud que deambula dispersa, como ovejas sin pastor, no encuentra soluciones a a sus problemas. En el tiempo de Moisés, la comida en el desierto (Ex 16,1-36) fortalece al pueblo para continuar el camino con dirección a su libertad y autonomía. En el tiempo de Jesús, la comida comunitaria es abundante en el desierto, y se vuelve una alternativa pedagógica para enseñarle al pueblo el nuevo camino para la liberación integral. Un camino con Jesús en comunidad de fe y de compartir de la vida.

Entre las dos multiplicaciones de panes (Mc 6,35-44; 8,1-10), Marcos pone el episodio de la mujer siro-fenicia (Mc 7,24-30), antecedida de una controversia entre Jesús y los fariseos (Mc 7,1-23). Éstos critican a Jesús porque sus discípulos comen los panes sin lavarse las manos. La frase “los discípulos comían los panes con las manos impuras”, está literalmente repetida en Mc 7,2 y 5, formando una inclusión para toda la crítica hecha a Jesús por parte de los fariseos que habían venido de Jerusalén (Mc 7,2-5). Varias costumbres de la tradición judía sobre la comida, son exigidas a los discípulos de Jesús por estos fariseos y escribas. En su larga defensa, Jesús concluye que ningún alimento puede volver al ser humano impuro. Para Jesús, las posturas contrarias a las nuevas relaciones del Reino son las que vuelven a la persona impura (Mc 7,21). En este texto, aparece cinco veces repetido el verbo “comer” (Mc 7,2.3.4.5). Por lo tanto, todavía estamos dentro de la preocupación por el alimento, por la comida. Una preocupación que aparece también en el episodio de la mujer siro-fenicia.

Compartir hasta las migajas

Es interesante observar, en el evangelio de Marcos, los detalles del diálogo entre Jesús y la mujer siro-fenicia (Mc 7,26). En Mateo, ella es presentada como “una mujer cananea, de aquella región” (Mt 15,22). Parece importante destacar que ella era una mujer extranjera, pobre, pagana y sola (el texto deja entender que era ella quien se sentía responsable por la hija enferma y que no tenía a un hombre con ella). ¿Cómo una persona con tantas marcas de exclusión tiene el coraje de levantar la cabeza, salir de su mundo de dolor e ir en busca de la liberación de su hija? ¿De dónde viene la fuerza de esta mujer? Ella había oído hablar de Jesús. Oyó decir que de Él salía una fuerza de vida que curaba a todos. El deseo de salud, de liberación para su hija, le da fuerzas (Mc 5,27-28; 6,56).

Pero Jesús le respondió a partir de aquello que aprendió desde pequeño: “deja que primero se alimenten los hijos, porque no es bueno tirar los panes de los hijos y dárselos a los perritos”. Por un lado, Jesús parece estar convencido de que su misión es junto al pueblo judío. Por otro lado, parece que la preocupación por la comida es muy importante para Él. En este momento está conmovido por el hambre y desorientación de aquella multitud de pobres que lo buscaban, pero la mujer abre sus ojos a la inmensa multitud de mujeres pobres, excluidas también por su raza. Su reclamo es colectivo. Ella muestra a Jesús que todas las personas tiene el derecho al don de Dios: ¡Es verdad, Jesús! ¡Pero los perritos comen las migajas que caen de la mesa de los niños!” Lo que ella está diciendo es lo siguiente: “si para el señor soy una perrita, entonces ¡que me dé las migajas a las que tengo derecho!” Y en “la casa de Jesús”, es decir, en la comunidad cristiana, la multiplicación de los panes para los hijos fue tan abundante que sobraron doce canastos de migajas para los “peritos”, esto es ¡para los paganos!

En la respuesta de Jesús aparece una postura nueva. Él se da cuenta de que lo que esa mujer dice es palabra de Dios para Él: “por causa de tu palabra vete, el demonio de tu hija ya salió (Mc 7,29). La actitud de la mujer abrió un nuevo horizonte en la vida de Jesús. A través de ella, Jesús descubrió mejor que el proyecto del Padre era para todos los que buscan la vida y procuran la libertad de las cadenas que aprisionan sus energías. También muestra la importancia del compartir, pues ella genera una abundancia que puede beneficiar a los que no tienen nada. Las “migajas” debajo de la mesa sugieren una salida alternativa a la situación de carencia y hambre. No importa la cantidad cuando se comparte todo, hasta las migajas generan la abundancia necesaria para saciar el hambre del mundo. El evangelio de Marcos nos muestra que, cuando se comparte, se puede saciar el hambre de millares de personas en el desierto. La concentración puede generar el hambre en todas partes.

2° Clave: la carencia del pan y la falta de entendimiento de los discípulos

La forma como los poderosos organizaban la economía generó la carencia de pan, la miseria y el hambre del pueblo. Jesús critica esta situación, causando así un doloroso conflicto no sólo entre Él y las autoridades, sino también entre Él y los discípulos, dado que también los discípulos tuvieron dificultades para entender la propuesta de Jesús.

Cuando recibieron el llamado, ellos dejaron todo y lo siguieron, pensando que Él era el Mesías, en la forma como ellos lo concebían. Pero, fue en la convivencia donde percibieron que Jesús era un Mesías diferente al modelo que ellos tenían en la cabeza. Esta divergencia fue creciendo y los discípulos llegaron a un punto en el que ya no se diferenciaban de los enemigos de Jesús. Anteriormente, Jesús había estado triste con la “dureza de corazón” de los fariseos y de los herodianos (Mc 3,5). Ahora, los propios discípulos tienen el “corazón endurecido” (Mc 8,17). Anteriormente, “los de afuera” (Mc 4,11) no entendían las parábolas, porque “tenían ojos y no veían, oídos y no escuchaban” (Mc 4,12). Ahora, sus propios discípulos ya no entienden nada, porque “tiene ojos y no ven, oídos y no escuchan” (Mc 8,18).

La causa de esto no fue la mala voluntad de ellos. Los discípulos no eran como los adversarios de Jesús. Ellos tampoco entendían la enseñanza del Reino, pero en ellos no había malicia ni mala voluntad. Los adversarios usaban la religión para criticar y condenar a Jesús (Mc 2,7.16.18.24; 3,5.22-30). Los discípulos y las discípulas, sin embargo, no tenían mala voluntad. Aun siendo víctimas del “fermento de los fariseos y de los herodianos”, no estaban interesados en defender el sistema de los fariseos y de los herodianos, en contra de Jesús.

La causa del creciente desencuentro entre Jesús y los discípulos tenía que ver con la esperanza mesiánica. Había entre los judíos una gran variedad de expectativas mesiánicas. De acuerdo con las diferentes interpretaciones de las profecías, había gente que esperaba un Mesías Rey (Cf. 15,9.32). Otros, un Mesías Santo o Sacerdote (Cf. 1,24). Otros, un Mesías Guerrillero, subversivo (Cf. Lc 23,5; Mc 15,6; 13,6-8). Otros, un Mesías Doctor (Cj. Jn 4,25; Mc 1,22.27). Otros, un Mesías Juez (Cf. Lc 3,5-9; Mc 1,8). Otros, un Mesías Profeta (6,4; 14,65). Por lo que parece, ninguno esperaba al Mesías Servidor anunciando por el profeta Isaías (Is 42,1; 49,3; 52,13). Ellos no se acordaban el valorizar la esperanza mesiánica como servicio del pueblo de Dios a la humanidad, concretamente de la comunidad al pueblo del barrio. Cada uno, conforme a sus propios intereses y conforme a su clase social, aguardaba al Mesías, queriendo encajarlo en su propia esperanza. Por eso, el título Mesías, dependiendo de la persona o de la posición social, podía significar cosas bien diferentes. ¡Había mucha confusión de ideas!

Era su actitud como Servidor lo que llevaba a Jesús a donar su vida en rescate de muchos (Mc 10,45). Por eso criticaba la situación que generaba la falta de pan para los pobres y excluidos. Aquí está la causa para entender el conflicto con los discípulos. Un Mesías así era extraño para ellos.

La casi ruptura entre Jesús y los discípulos está descrita en Marcos 8,14-21. Marcos presenta un desentendimiento entre Jesús y los discípulos, que se inicia por el olvido del pan. La irritación de Jesús se trasluce en la cantidad de preguntas que él les hace, sin esperar respuestas. Las preguntas dejan entrever que hay una relación íntima entre comprender quién es Jesús y organizar un compartir en forma diferente a como era hecho en la sociedad de la época. La misión de Jesús y la abundancia de pan para todos eran dos lados de la misma medalla.

3° Clave: La concentración genera la muerte

El templo y la higuera estéril (Mc 11,12.24)
La higuera es símbolo del templo que está muerto, seco, sin producir frutos que sacien el hambre de Dios que tiene el pueblo. Marcos hace una comparación entre la concentración de bienes realizada en el templo y el compartir radical hecho por la viuda.

En la fiesta de Pascua, el pueblo peregrino venía caminando de los lugares más distantes para encontrarse con Dios en el templo. El templo estaba en lo alto de una pequeña colina, en la zona norte y noreste de la ciudad, que era llamado la Colina de Sión o Monte Sión. Cuando hacía sus romerías o devociones en la capital, el pueblo de interior observaba la belleza del templo, la firmeza de las murallas y las grandezas de las montañas de alrededor. Ese conjunto imponente hacía recordar la protección de Dios. Por eso rezaban: “Aquellos que confían en Yavé son como el monte Sión, nunca tiembla, está firme para siempre. Jerusalén está rodeada por montañas; así Yavé circunda a su pueblo, desde ahora y para siempre (Sal 125,1-2).

Pero, en Jerusalén estaba también la sede del Gobierno, el palacio de los jefes y la casa de los sacerdotes y doctores. Todos ellos decían que ejercían el poder en nombre de Yavé. En la práctica, muchos de ellos explotaban al pueblo con tributos e impuestos. Usaban la religión como instrumento para enriquecerse y fortalecer su dominación sobre la conciencia del pueblo (Mc 12,38-40). Ellos transformaron el templo, la casa de Dios, en una “cueva de ladrones” (Jer 7,11; Cf. Mc 11,17). Una contradicción pesaba sobre el templo. Por un lado, era lugar de encuentro y de reabastecimiento de la conciencia y de la fe. Por otro lado, era fuente de alienación y de explotación del pueblo. La expulsión de los vendedores es como una luz que ilumina todo el resto de lo que sigue. Ayuda a comprender el motivo por el cual los hombres de poder decidieron matar a Jesús. El templo, aquella higuera bonita y frondosa, debía dar frutos, pero no los estaba dando, pues una élite de sacerdotes, ancianos y escribas se fueron apoderando de él, hasta transformarlo en una fuerte de lucro y en un instrumento de dominación de las conciencias.

El comercio de los animales, destinados a los sacrificios en el templo, era controlado por las familias de los Sumos Sacerdotes, que los vendían a un precio más alto que el del mercado de la ciudad.¡Sólo en la noche de pascua eran inmolados millares y millares de ovejas! En función de este culto, había gente recorriendo el Templo el día entero, para transportar leña, animales, incienso y agua para los sacrificios. Mucha gente depositaba su dinero en el cofre del templo, por ser más seguro. Allí mismo, los cambistas cambiaban las monedas por aquellas que requería el pueblo para poder pagar el impuesto al Templo. El Templo había creado un mercado que era fuente de explotación. ¡Y con el lucro injusto que ellos hacían, daban caridad a los pobres!

En la construcción y manutención del templo, trabajaban millares de obreros. Hacía pocos años que el rey Herodes había terminado la grandiosa restauración del mismo. Estos obreros, económicamente, dependían de las autoridades. Todo esto daba, a los que controlaban el templo, un poder inmenso sobre todos los aspectos de la vida de la ciudad, concentrando los bienes en manos de unas pocas familias. Esta concentración era una de las causas del empobrecimiento del pueblo.
El Reino anunciado por Jesús pone un punto final a esta explotación, simbolizada por los vendedores, compradores y cambistas del templo: “¡Ninguno, jamás, coma de tu fruto!”. Jesús trae un nuevo tipo de religión, en la que el acceso a Dios se da a través de la fe (Mc 11,22-23), de la oración (Mc 11,24), de la reconciliación (Mc 11,15-26) y del compartir (Mc 12, 41-44). Por eso mismo, a los jefes no les gustó la acción de Jesús y decidieron eliminarlo.

Dios se revela en el compartir (Mc 12,41-44)

Al final del capítulo 12, estamos llegando casi a la conclusión de la larga instrucción de Jesús a los discípulos y a las discípulas. Los discípulos y las discípulas estuvieron presentes en los debates y en la ruptura de Jesús con los comerciantes del templo (Mc 11,14-19), con los sumos sacerdotes, ancianos y escribas (Mc 11,27 al 12,12), con los fariseos y herodianas (Mc 12,13-17), con los saduceos (Mc 12,18-27), con los doctores de la ley (Mc 12,28-40). Ahora, sentados frente al cofre de las ofrendas del Templo, Jesús llama la atención de ellos, por el gesto de una viuda, que nos enseña dónde debemos buscar la manifestación de la voluntad de Dios (Mc 12,41-44).

Jesús y los discípulos, sentados frente al cofre del Templo, observaban como todo el mundo depositaba allí su ofrenda. Los pobres entregaban pocos centavos, los ricos depositaban monedas de gran valor. Los cofres del Templo recibían mucho dinero. Todo el mundo traía alguna cosa para la manutención del culto, para el sustento del clero y para la conservación del predio. Parte de ese dinero era usado para ayudar a los pobres, puesto que en aquel tiempo no había previsión social. Los pobres vivían entregados a la caridad pública. Los pobres que más necesitaban de la ayuda de otros eran los huérfanos y las viudas. Éstos no tenían nada. Dependían en todo de la caridad de los otros. Pero, aun sin tener nada, ellos hacían realidad el compartir. Un ejemplo de ello es una viuda muy pobre que depositó su ofrenda en el cofre del templo. ¡Apenas unos pocos centavos!

¿Qué vale más: los dos centavos de la viuda o los mil denarios de los ricos? Para los discípulos, los mil denarios de los ricos eran mucho más útiles para hacer caridad, que los dos centavos de la viuda. Ellos pensaban que el problema del pueblo sólo podría resolverse con mucho dinero. Con ocasión a la multiplicación de los panes, ellos habían dicho a Jesús: “Señor, ¿quieres que compremos doscientos denarios de pan para dar de comer al pueblo? (Mc 6,37). De hecho, para quien pensaba así, los dos centavos de la viuda no servían para nada. Pero Jesús dijo: “esta viuda que es pobre puso más que todos los que ofrecieron monedas al Tesoro”. Jesús tiene criterios diferentes. Llamando la atención de los discípulos por el gesto de la viuda, Él enseña dónde ellos y nosotros debemos buscar la manifestación de la voluntad de Dios, a saber, en los pobres y en el compartir.

Limosna, compartir, riqueza

La práctica de dar limosnas era muy importante para los judíos. Era considerada una “buena obra”, puesto que decía la ley del Antiguo Testamento: “Nunca dejará de existir pobres en la tierra; por eso, yo te ordeno: abre la mano a favor de tu hermano, del humilde y del pobre de tu tierra” (Dt 15,11). Las limosnas depositadas en el cofre del Templo, sea para el culto o sea para los necesitados, los huérfanos o las viudas, eran consideradas como una acción agradable a Dios. Dar limosnas era una manera de reconocer que todos los bienes y dones pertenecen a Dios y que nosotros somos, apenas, administradores y administradoras de estos dones, para que haya vida en abundancia para todas las personas.

Fue a partir del Éxodo que el pueblo de Israel aprendió la importancia de la limosna, del compartir. La caminata de cuarenta años por el desierto fue necesaria para superar el proyecto de acumulación que venía desde el Faraón, y que estaba en la cabeza del pueblo. Es más fácil salir del pueblo del Faraón que abandonar esa mentalidad. La mentalidad del Faraón era más sutil. Fue necesario experimentar el hambre en el desierto, para aprender que los bienes necesarios para la vida son para todos. Esta es la enseñanza de la historia del Maná: “Ni aquellos que habían recogido más, tenían mayor cantidad; ni aquellos que habían recogido poco, tenían menos” (Ex 16,18)

Pero, la tendencia a la acumulación era, y sigue siendo, fuerte. Es muy difícil para una persona liberarse de ello totalmente. La acumulación renace siempre en el corazón humano. Es con base a esta tendencia que los grandes imperios de la historia de la humanidad, se formaron. Ella está en el corazón de la ideología de estos imperios. Así, cerca de 1200 años después de la salida de Egipto, Jesús va a mostrar la conversión necesaria para entrar en el Reino. Él dice al joven rico: “Anda, vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres” (Mc 10,21). La misma exigencia es repetida en los otros evangelios: “Vendan sus bienes y den limosna. Hagan bolsas que no se hagan viejas, un tesoro inagotable en los cielos, donde el ladrón no llega, no la polilla los carcome (Lc 12,33-34; Mt 6,9-20). Mateo aclara el porqué de esta exigencia: “Pues, donde está tu tesoro, allí también está tu corazón” (Mt 6,21).

La práctica del compartir y de la solidaridad es una de las características que el Espíritu de Jesús, comunicado en el día de Pentecostés (Hch 2,1-13), quiere realizar en las comunidades. El resultado de la efusión del Espíritu es éste: “No habría entre ellos ningún necesitado. De hecho, los que poseían terrenos o casas, los vendían, traían el resultado de la venta y lo ponían a los pies de los apóstoles “ (Hch 4,34-35a; 2,44-45). Estas limosnas recibidas por los apóstoles no eran acumuladas, sino que “se distribuían, entonces, a cada uno, según su necesidad (Hch 4,35b; 2,45).

La entrada de ricos en la comunidad cristiana, por un lado, posibilitó una expansión del cristianismo, dando mejores condiciones para el movimiento misionero. Pero, por otro lado, la acumulación de los bienes, bloqueaba el movimiento de solidaridad y del compartir provocado por la fuerza del Espíritu en Pentecostés. Santiago quiere ayudar a que estas personas perciban el camino equivocado por el que están transitando: “Pues bien, ahora a ustedes ricos, lloren por causa de las desgracias que están por sobrevenir. Su riqueza se pudrirá y sus vestidos serán carcomidos por las polillas” (Sant 5,1-3). Para aprender el camino del Reino, todos deben volverse alumnos de aquella viuda pobre, que compartió todo lo que tenía, lo necesario para vivir (Mc 12,41-44).

3. Conclusión – Perspectiva ecológica

Las tres claves de lectura que acabamos de ofrecer, ayudan a hacer una lectura del Evangelio de Marcos, en perspectiva económica. Sin embargo, no abordamos directamente la perspectiva ecológica, anunciada en el título de este artículo, a pesar de que hay un consenso popular sobre la estrecha relación entre economía y ecología. Una de las grandes contribuciones de la ecología es ayudar a percibir el drama socio-ambiental, la pobreza, la explotación de los seres humanos, como resultado de la desmedida ganancia de los poderosos. La economía está directamente ligada a la perspectiva ecológica, porque ambas se refieren a la vida del planeta, la “casa común” donde habitamos. Sabemos que los sistemas ecológicos poseen un flujo permanente de vida, interconectados entre sí. Cuando uno de estos sistemas es afectado, la supervivencia y salud humanas corren peligro. La extrema explotación de un pueblo efecta directamente la vida de la tierra.

De acuerdo a Oseas 4,1-3, son los grupos que están asentados en el poder, los que están destruyendo la vida de la tierra, con arrogancia e inconciencia. El pueblo queda desorientado. Ya no conoce a Yavé, ni sigue sus caminos. La muerte y la destrucción del medio ambiente son la consecuencia de la falta de conocimiento de Dios. Oseas denuncia la muerte de personas, animales salvajes, aves de los cielos y peces del mar, ampliando, así, las consecuencias de la infidelidad de Israel.

A pesar de que esta denuncia no es tan evidente en el evangelio de Marcos, en el contexto de las comunidades hay opresión y acumulación de bienes, que generan miseria, hambre, dolencias. Frente a este contexto, rescatando la memoria de Jesús, las comunidades cristianas incentivan la organización del pueblo para que comparta y distribuya sus bienes, rescatando de esta manera, la esperanza de los pobres. En la espiritualidad que sustenta a las primeras comunidades cristianas, hay una relación clara entre celebración de la eucaristía y compartir del pan para garantizar la vida. Es a través de la solidaridad cotidiana que las comunidades vencen la ganancia que acumula y que violenta el medio ambiente, colocando la vida en peligro.

Hoy, también, la ambición desmedida y sin principios éticos de una minoría, hace pesar sobre la humanidad una grave amenaza de guerra, de hambre, de miseria, en un planeta enfermo y desequilibrado en sus microsistemas. El desperdicio de agua, de alimentos, de bienes preciosos para la vida de todos, muestra el nivel de inconciencia de la sociedad de consumo. Mirando en el espejo ofrecido por el Evangelio de Marcos, podemos percibir la importancia del compartir, no sólo los medios de supervivencia diaria, sino una propuesta de vida simple, cuidadosa, solidaria, esperanzadora y comprometida. Para incentivar, organizar y articular el compartir de bienes y dones, hoy necesitamos rescatar la mística que llevó a Jesús a entregarse totalmente en u proyecto de vida para todos.

Mercedes Lopes
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Carlos Merters
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Brasil

Bibliografía: BRAVO, Carlos, Galilea año 30 – Historia de un conflicto, Buenos Aires: Centro Bíblico Ecuménico, 3ª edición, 2002, 161 p.; MESTERS, Carlos y LOPES, Mercedes, Caminhando com Jesus – Círculos bíblicos do Evangelho de Marcos, São Leopoldo: CEBI y São Paulo: Paulus, 2003, 273 p.; MÍGUEZ BONINO, José, “Economia e hermenêutica bíblica”, en Revista de Interpretação Bíblica Latino-Americana/RIBLA, Petrópolis: Vozes y São Leopoldo: Sinodal, nº 30, 1998, p. 18-27; Seguir Jesus: os Evangelhos, Rio de Janeiro/São Paulo: Publicações CRB/Edições Loyola, 1994 (Coleção: Tua Palavra é Vida, 5); Reconstruir relações num mundo ferido – Uma leitura de Marcos em perspectiva de relações novas, Rio de Janeiro: Publicações CRB, 2006; BOHN, Ildo Gass, As comunidades cristãs a partir da segunda geração, São Leopoldo/São Paulo:CEBI/Paulus, 2005 (Coleção: Uma Introdução à Bíblia, 8); GUDYNAS, Eduardo, Ecología, economía y ética del desarrollo sostenible en América Latina, San José: DEI, 2002; K. H. RENGSTORF, “Maqhtes”, en Grande Lessico del Nuovo Testamento, vol.6, Brescia, Paidéia, columnas 1121 a 1235.