Para que la doctrina no sea blasfemada (1 Timoteo 6,1)
Sandro Gallazzi
Resumen
¿Cuál es la relación de la iglesia con el imperio? A finales del siglo primero, las cartas pastorales propusieron un modelo de iglesia que pudo ser aceptado por el imperio y volverse una religión lícita, dejando de ser considerada una superstición. Para eso fueron necesarias tres condiciones: una única doctrina, una organización sólida y una práctica de “piedad”, expresión máxima de la religiosidad greco-romana. Es de esto que tratan las cartas de Timoteo y la carta de Tito: la didaskalia, la doctrina, la instrucción; el proistemi, el gobierno, presidir; la eusebeia, la piedad, la religiosidad. Son palabras casi exclusivas de las cartas pastorales y constituyen los asuntos centrales de las mismas. En este ensayo nos vamos a aproximar críticamente a estos valores y a este modelo de iglesia.
Abstract
What is the relationship of the church to the empire? The pastoral letters at the end of the first century put forth a model of church that could be acceptable to the empire and make the religion legal, that is, no longer considered a superstition. For this three qualities were necessary: one common doctrine, a sold organization, and the practice of piety. These were the highest expression of Greco-roman religiosity. The letters to Timothy and to Titus treat of these themes: a didaskalia, a doctrine, an instruction; a proistemi, a governor, a leader; a eusebeia, piety, religiosity. These are words used almost exclusively in the pastoral letters and are the central themes of these letters. In this article we critically approach these values and this model of church.
Alrededor del año 50, y dada la fuerte influencia de Pablo, el movimiento de Jesús se constituyó en decenas de pequeñas comunidades de hermanos y hermanas que se reunían para celebrar la memoria de Jesús, por ellos conocido y proclamado como el Señor y el Ungido, y para vivenciar una hermandad construida con base a la igualdad y a la solidaridad.
La imagen central que visualiza esta propuesta es la imagen del único cuerpo del cual Jesús es cabeza.
Esta alegoría se ofrece para destacar tres dimensiones comunes a todas las comunidades:
- Son comunidades donde las relaciones son de igualdad y no jerárquicas: todos los miembros tiene la misma importancia y el mismo valor, ninguno debe considerarse más importante que los demás: “los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios (1Cor 12,22).
- Son comunidades donde las relaciones son ministeriales y no autoritarias: cada uno de los miembros está al servicio del bien de los demás, cada uno según su función: “que no haya división en el cuerpo; por el contrario, cooperen los miembros, con igual cuidado, a favor de los otros” (1Cor 12,25). Los servicios ministeriales son carismas (dones) del Espíritu, y no motivo de supremacía y de dominación: es una iglesia carismática y no institucionalizada.
- Son comunidades donde las relaciones son laicales y no ministeriales: abiertas a todos , sin ningún tipo de distinción; abiertas, sobre todo, a los que no pertenecen a la demos: las mujeres, los esclavos, los pobres, los últimos, los iletrados: “hermanos, reparen, pues, en vuestra llamada (iglesia): no fueron llamados muchos sabios, según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos en noble nacimiento. Por el contrario, Dios escogió las cosas locas del mundo para avergonzar a los sabios, y escogió las cosas débiles del mundo para avergonzar a los fuertes, y Dios escogió las cosas humildes del mundo, y las despreciadas y aquellas que no son, para reducir a la nada a las que son, a fin de que ninguno se vanaglorie en la presencia de Dios (1Cor 1,26-29).
Vivir el ágape quiere decir aceptar y construir estas nuevas relaciones que constituyen un desafío para las comunidades El himno a la caridad de 1Cor 13 resume este concepto.
Para ser iglesia, para vivir en ágape, no basta hablar en lenguas (13,1), no es suficiente profetizar y conocer los misterios; ni basta con tener una fe capaz de mover montañas (13,2). Podemos dar todo lo que tenemos a los pobres y hasta morir en la persecución: ¡no basta! (13,3). Es necesario vivenciar las nuevas relaciones de igualdad y de servicio entre todos nosotros.
Esta es la obra del Espíritu, esta es la vida del Reino que debe ser ensayada por nosotros. Esta vida es lo único que quedará cuando desaparezcan la profecía, las lenguas, la ciencia, y hasta desaparezca la fe y la esperanza. Lo que va a subsistir es solamente el ágape, el amor de Dios en nuestro corazón (Rom 5,5).
La iglesia es mucho más que un “movimiento en el Espíritu” o una institución. El Espíritu es la vida del cuerpo de Cristo: es el que derrama el amor de Dios en nuestro corazón (Rom 5,5).
Después vino la persecución de Nerón… Después vino la destrucción de Jerusalén… Después vinieron los rabinos de Jamnia… Después comenzó a alargarse el tiempo de espera de la segunda y definitiva venida de Jesús… Después mucha gente entró en las comunidades sin el mismo entusiasmo de los primeros… Después…
Muchas cosas cambiaron, muchos factores interfirieron en la vida de las comunidades. Al poco tiempo empezaron a aparecer diferencias que acabaron convirtiéndose en verdaderas divergencias que provocaron fuertes tensiones y conflictos.
Fueron tensiones con la sociedad envolvente: ¿Cuál debe ser la relación con el imperio romano? Y tensiones internas: ¿Quién es el verdadero discípulo de Jesús al que tenemos que seguir?
A finales del siglo primero, estos debates producirán textos divergentes y, podemos decir, antagónicos.
Por un lado, alimentando la fidelidad al proyecto inicial de las comunidades laicas, igualitarias y ministeriales, encontramos los textos de Juan, en los cuales, la palabra ágape es central para determinar las relaciones entre los creyentes .
En las cartas seudo-paulinas (1 y 2 de Timoteo y Tito), por otro lado, se esboza un nuevo camino de iglesia, con características bien diferentes.
Podemos decir que, a partir de estas cartas, la iglesia –y aquí ya estamos en la hora de usar el singular – está pasando del movimiento del Espíritu a una “religión” constituida regularmente, con las dimensiones propias de todas las religiones: una doctrina, una estructura, un rito, una ley.
La comunidad se está formando en iglesia.
Esta iglesia pretende convivir con una sociedad imperial contemporánea, en paz con las autoridades y evitando provocar reacciones adversas.
Lo que es bueno y agradable delante de Dios, nuestro Señor, es orar “por los reyes y por todos los que tiene autoridad, para que tengamos una vida quieta y sosegada, en toda piedad y dignidad (1Tim 2,2-3).
Sólo había una manera de no provocar reacciones adversas: dejar de vivir de forma “diferente”, evitando, sobre todo, subvertir las “normales” relaciones de gobierno que sustentaban la sociedad greco-romana.
Por eso, los ciudadanos debían “ser sumisos a los magistrados y a las autoridades, ser obedientes y estar siempre dispuesto para cualquier buen trabajo” (Tit 3,1).
Por eso, las mujeres debían ser “moderadas, castas, buenas amas de casa, sumisas a sus maridos, a fin de que la palabra de Dios no se blasfemada” (Tit 2,5).
Por eso, “todos los siervos que están bajo el yugo, consideren a sus patrones dignos de toda honra, para que el nombre de Dios y la doctrina no sean blasfemadas” (1Tim 6,1).
Es necesario vivir de manera que no se provoque reacciones de los adversarios (1Tim 5,14; Tit 2,8) y tener, así, una vida sosegada.
La violenta y cruel persecución de Nerón dejó traumas profundos en las comunidades de Roma. Los cristianos fueron perseguidos por ser considerados adeptos a una “superstición”, una expresión religiosa prohibida y combatida por el imperio. Este clima de rechazo está presente en le Primera carta de Pedro: “los que ultrajan vuestro buen comportamiento en Cristo” (1Pe 3,17); “quien sufre como cristiano no se avergüence” (1Pe 4,15).
Estos hechos hicieron que algunos cristianos, sobre todo de Roma, sintieran la necesidad de ser considerados practicantes de una religión lícita, una religión permitida por el imperio romano, lo que le daba derecho al culto público y a otros privilegios, como la autorización a hacer coletas y a estar exentos del servicio militar.
Esta necesidad se volvió aun más apremiante, después de que Tiberio, en el 35 d.C., consultó al senado romano, con la pretensión de declarar ilícita también a la religión judía y, sobre todo, después de la guerra judía que culminó con la destrucción de Jerusalén en el 70 d.C. Después de esta fecha, los cristianos hicieron de todo para no ser identificados más como un movimiento al interior del judaísmo y así no sufrir ulteriores retaliaciones.
Sólo en el siglo IV, el cristianismo será oficialmente reconocido por Constantino, como religión lícita, pero la semilla empezó a ser plantada desde finales del siglo primero.
Para ser considerada religión lícita, sin embargo, eran necesarios tres elementos esenciales: doctrina, organización y piedad.
Y de ello es que tratan las cartas de Timoteo y la carta de Tito: la didaskalia, la doctrina, la instrucción; el proistemi, el gobernar, presidir; la eusebeia, la piedad, la religiosidad. Son palabras casi exclusivas de las cartas pastorales y constituyen los asuntos centrales de las mismas.
La doctrina
La didaskalia es acto de enseñar y, al mismo tiempo, el conjunto de lo que es enseñado: la doctrina. Las cartas pastorales afirman que esta es una de las funciones más importantes de quien preside la comunidad (1Tim 4,13.16): es la tarea de los presbíteros (1Tim 5,17). Se trata de la doctrina apostólica que es caracterizada como “sana” (1Tim 1,10; 2Tim 4,3; Tit 1,9; 2,1), “buena” (1Tim 4.6) o como una “doctrina conforme a la piedad” (1Tim 6,3).
La preocupación por la sana doctrina emerge de la confrontación con las “doctrinas” (el plural en 1Tim 4,1) de los demonios o, simplemente, con la “otra doctrina” (eterodidaskalia 1Tim 1,3; 6,3).
Para que la religión sea considerada lícita es necesario que su doctrina sea única y no defienda ideas y prácticas contrarias a las costumbres del imperio.
Es así que las cartas pastorales critican a los que “se entregan a disputas vanas; queriendo ser maestros de la ley, sin entender ni lo que dicen, ni lo que afirman” (1Tim 1,6-7); “los que prohíben el matrimonio y exigen la abstinencia de ciertos alimentos” (1Tim 4,3): los que corren atrás de “mitos profanos de bellas mujeres” (1Tim 4,7).
Es necesario oponerse a quien es “soberbio y no sabe nada, sino que delira acerca de controversias y confrontaciones de palabras” (1Tim 6,4); son estos los que provocan “alteraciones interminables entre hombres de espíritu corrupto y desprovistos de verdad, suponiendo que la piedad es fuente de lucro” (1Tim 6,5).
Es necesario “guardar el depósito, evitando la palabrería vana e impía, las contradicciones de una seudo-gnosis (1Tim 6,20) y “evitando las discusiones de palabras que no sirven para nada, a no ser para la perdición de los que oyen” (2Tim 2,14). La “palabra de ellos es una gangrena que corroe” (2Tim 2,17). Ellos “se introducen en las casas y consiguen engatusar a mujeres infelices, llenas de pecados, movidas por toda clase de pasiones, que siempre están aprendiendo y nunca llegan al conocimiento de la verdad (2Tim 3,6-7). Son ellos, “hombres malos e impostores que progresaron en el mal, engañando y siendo engañados” (2Tim 3,13), “según sus deseos, que sintiendo comezón en los oídos, se rodearon de maestros; desviaron sus oídos de la verdad, orientándose a los mitos” (2Tim 4,3-4).
Pero, ¿por qué toda esta preocupación? ¿Cuál es la razón de toda esta animosidad? ¿De cuáles mitos, contiendas y controversias nos están hablando estas cartas? ¿Cuáles son los maestros de la ley, corruptos, que sólo enseñan para su lucro? ¿O que la sana doctrina necesitaba combatir?
Tenemos una indicación explícita en la carta a Tito:
“Porque hay muchos espíritus rebeldes, charlatanes y engañadores, sobre todo entre los de la circuncisión, a los que conviene taparles la boca, pues enseñan en forma muy interesada cosas que no conviene y desconciertan a familias enteras (...). Repréndalos severamente, para que sean santos en la fe, no dando oídos a mitos judíos o mandamientos de hombres que se desvían de la verdad (…). Afirman conocer a Dios, pero lo niegan con las obras, pues son abominables y desobedientes y reprobados en toda buena obra” (Tit 1,10-12.14.16).
Y luego, en seguida, insiste:
”Evita, en cambio, las controversias tontas, las genealogías y las discusiones y polémicas a propósito de la ley; porque son cosas inútiles y vanas” (Tit 3,9).
Creo que se trata de una confrontación con el judaísmo formativo que se estaba estableciendo, a partir de la escuela rabínica de Jamnia, después de la destrucción de Jerusalén . Este judaísmo, de claro origen fariseo-rabínico, va a construir su identidad a partir de la distinción entre judíos y goim/naciones, y reforzará las reglas de “pureza” que incluyen todas las dimensiones de la vida, desde la raza (genealogías) hasta la comida cotidiana. Justamente, lo que las cartas pastorales no quieren:
“Todas las cosas son puras para los puros, pero nada es puro para los contaminados e incrédulos; por el contrario, su entendimiento y conciencia están contaminados” (Tit 1,15).
La Iglesia de las cartas pastorales quiere distanciarse de este judaísmo que, después de la destrucción de Jerusalén, continuaba en ebullición y que, el 135 d.C. provocaría la represión del emperador Adriano. Él, más de una vez, derrotó a los revoltosos, destruyó Jerusalén y acabó con toda veleidad nacionalista.
La iglesia de las cartas pastorales no quiere la confrontación, sino una convivencia con el imperio; no quiere tomar un camino que podría llevarla a la separación, al ghetto y a la persecución.
Las cartas pastorales testimonian, de esta forma, el momento en que el judaísmo y el cristianismo se dividen definitivamente y se vuelven dos “religiones” diferentes, antagónicas, objetote recíproca excomunión.
La “instrucción” de las cartas pastorales tiene varios elementos de contenido paulino: la misericordia divina que se manifiesta en Jesús, quien vino para salvar a los pecadores (1Tim 1,12-17); la salvación por la gracia (Tit 3,7) y por medio de la fe (1Tim 1,16; 2Tim 3,15); la negación de la justificación por las obras (2Tim 1,9; Tit 3,5); la salvación de la humanidad, que se realiza según el plan eterno del Padre, el misterio revelado (1Tim 3,16) .
Todo eso, sin embargo, es vivenciado como una adhesión dogmática a una doctrina fija y establecida: un catecismo que debe ser defendido apologéticamente, más que como un evangelio subversivo y transformador que deba ser proclamado.
El gobierno
Es el segundo elemento de toda religión lícita. Para distinguirse y separarse del judaísmo, la iglesia de las cartas pastorales necesita dejar de ser carismática e igualitaria, basada en el servicio espontáneo de cada uno y de todos los que, animados por el Espíritu santo, ponen sus dones al servicio de la edificación de la comunidad.
Los servicios necesitan ser identificados, oficializados e institucionalizados. Los ministerios proféticos y carismáticos pierden espacio y pasan a ocupar lugares secundarios. En las cartas pastorales, el Espíritu Santo también pierde su protagonismo y es recordado en forma accidental (1Tim 3,16; 4,1; 2Tim 1,14; Tit 3,5).
Las relaciones pasan a ser, por lo mismo, relaciones de “gobierno”, como en la sociedad imperial greco-romana .
El verbo usado en las cartas pastorales es proistemi que significa presidir, conducir, dirigir. Es la tarea de los “ancianos2 y de los “supervisores” (1Tim 5,17; 3,5). Para poder cuidar de la iglesia, los supervisores deben –más allá de ser actitudes éticas experimentadas – ser capaces de gobernar sus casas, “manteniendo a los hijos en la sumisión” (1Tim 3,4). La misma cualidad es exigida de los diáconos: ellos deben saber “gobernar bien a sus hijos y a su casa” (1Tim 3,12).
Este gobierno es ejercitado de dos maneras: el servicio de la palabra y de la doctrina, y la imposición de las manos. Se trata del cuidado con la verdad y del ejercicio del reconocimiento de las funciones oficiales.
Se multiplican los verbos que expresan el ejercicio del gobierno con relación a la doctrina: instruir, combatir, desechar, explicar, exponer, prescribir, enseñar, exhortar, vigilar, amonestar, recomendar, repeler, educar, mover…
“Te ruego, delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, por su manifestación, y por su reino: predica la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, rebatiendo, reprendiendo aconsejando, siempre con toda paciencia y doctrina (2Tim 4,1-2).
Los ancianos constituyen una instancia organizativa: forman el “presbiterio”. La de supervisar, a su vez, es tarea de una persona. La relación entre el supervisor y el presbítero, sin embargo, no está definida: en Hch 20,28, los ancianos de Éfeso eran llamados supervisores, dejando entender que la función era la misma; en 1Tim 4,14 se habla del presbítero que “impone las manos” a Timoteo. Tit 1,5, sin embargo, habla de Tito, dejado en Creta para “establecer presbíteros en cada ciudad”.
Sea como fuere, es evidente que las cartas pastorales, a finales del siglo primero, nos hablan de una organización constituida, que debe “regular” la vida de la comunidad (Tit 1,5).
Regular el funcionamiento de las asambleas (1Tim 2,11-13); presidir las oraciones comunitarias (1Tim 2,1-2); establecer las condiciones necesarias para que alguien pueda ejercer funciones de autoridad (1Tim 3,1-13); determinar quién puede ser inscrita con relación a las viudas (1Tim 5,9-10); supervisar el servicio de los ancianos (1Tim 5,17-22).
Se trata de un “buen ejercicio de la presidencia” que, inclusive debe ser remunerado por la comunidad; ¡doblemente remunerado! (1Tim 5,17).
La misma relación de gobierno en que se basaba, atravesaba y explicaba el funcionamiento de la sociedad greco-romana como un todo, traspasaba la vida de la comunidad, así como la vida privada, individual y cotidiana, regulando:
- Las relaciones políticas, por las cuales, los ciudadanos deben estar sometidos a las autoridades (Tit 3,1).
- Las relaciones intra-eclesiales, por las cuales el supervisor es el “ecónomo” de las cosas de Dios y debe usar de todo su mandato (Tit 1,7; 2,15);
- Las relaciones familiares, por las cuales los hijos deben ser sumisos a los padres, así como las mujeres a los maridos (Tit 2,5);
- Y las relaciones de producción, por las cuales los esclavos deben permanecer sumisos a sus patrones (Tit 2,9).
Era todo lo que la sociedad greco-romana consideraba “normal”. Evidentemente, estas actitudes no iban a provocar reacciones negativas, puesto que no iban a incomodar a nadie, a no ser, eventualmente, a aquellos que debían continuar “sumisos”. Al final, como siempre en la historia, la religión lícita era la religión al servicio del poder.
La piedad
Eusebeia = piedad, temor reverencial, religión (religiosidad). Esta es una palabra, completamente ausente del diccionario paulino. Creo que aquí está una de las principales razones que nos hacen afirmar que las cartas pastorales, en su redacción final, no pueden ser paulinas.
En las cartas pastorales, eusebeia ocupa el lugar central que ágape tenía en las cartas de Pablo, y que tendrá en los escritos de Juan. Podemos decir que, de cierta manera, eusebeia substituye a ágape.
Eusebeia es la pietas (piedad) de los romanos.
Es famosa la afirmación de Cicerón: la pietas es la fundamental de todas las virtudes .
Esa es la misericordia de las cartas pastorales. Ella nada tiene que ver los sentimientos de compasión.
Es la síntesis de la misión del apóstol.
“ Pablo, servidor de Dios, apóstol de Cristo Jesús para comunicar la fe a los elegidos de Dios la fe y el pleno conocimiento de la verdad aquella que está conforme a toda piedad”(Tit 1,1).
Toda la doctrina se resume en el “misterio de la piedad”:
“Sin lugar a dudas, es grande el misterio de la piedad: ella se ha manifestado en la carne; fue justificada en el Espíritu, ha sido presentada por a los ángeles, proclamada a todas las naciones, creída en el mundo y recibida en la gloria” (1Tm 3,16)
La piedad es la certeza de la vida:
“La piedad es provechosa para todas las cosas, promesa de la vida, del presente y de lo que ha de venir” (1Tim 4,8b).
Parece que estamos oyendo uno de los axiomas de la cultura romana, que unía indisolublemente la piedad y la felicidad. Sólo el piadoso podía ser feliz .
La piedad en las cartas pastorales es un objetivo final de la enseñanza de la doctrina y de la razón de ser de un gobierno:
“Esto enseña y exhorta, pues alguien enseña otra doctrina que no concuerda con estas palabras de nuestro Señor Cristo Jesús y con la doctrina, aquella que es conforme a la piedad” (1Tim 6,2c-3).
Es importante comprender, entonces, las dimensiones de eusebeia en la oikumene griega.
El verbo griego sebomai que está en la raíz del sustantivo eusebeia indica reverencia, respeto, retirarse delante de alguien, “saber cuál es mi lugar”. Este concepto define la manera propia de la religiosidad de los griegos: es una mezcla de temor, maravilla, espanto sagrado provocado por una “majestad” presente en las cosas, en las divinidades. Por eso, la veneración religiosa puede ser dirigidas a diversos objetos: patria, territorio, sueños, país, difuntos, héroes y, sobre todo, a los ordenamientos por ellos establecidos .
En este contexto, es interesante recordar lo que el rey Antioco III decía, tres siglos antes, de la fidelidad de los judíos:
“Estoy persuadido de que los judíos serán buenos guardianes de nuestros intereses, por causa de su piedad con Dios, y sé que mis antepasados conocieron de su fidelidad y de su pronta obediencia a las órdenes recibidas… a ellos prometemos que podrán vivir de acuerdo a sus propias leyes” (AJ 12, 147-153).
Por causa de esta piedad y fidelidad, el judaísmo fue reconocido como religión lícita por los reyes griegos y por el emperador Augusto.
Podemos decir lo mismo de la pietas de los romanos:
“La pietas constituye uno de los valores más importantes de la cultura romana; resguarda esta noción, en principio, un sentimiento de lealtad y obligación con aquellos a los cuales se está ligado por vínculos de parentesco: país, hijos, parientes. Siendo así, se dice que la pietas está fundamentada en relaciones de naturaleza familiar, que sobrepasan las esferas de la vida terrena, para entenderla como culto a los antepasados. Se afirma, entonces, un sentimiento religioso entre los romanos que veneran los Manes, Lares y Penates, divinidades vinculadas a la religión doméstica. A partir de este vínculo afectivo, que une a los miembros de una familia, la pietas incluye el culto a las divinidades y se proyecta en las relaciones de la comunidad con el Estado” .
La lealtad es obligación. Estas son las características de la piedad del mundo greco-romano.
La piedad deriva de la obligación de aceptar, obedecer y respetar un vínculo que no puede ser quebrantado: es una relación necesaria e inmutable, por la cual yo estoy obligado a una lealtad indiscutible.
Por eso, la piedad comporta, necesariamente, la aceptación de la sumisión fiel y leal a alguien a quien todo le debo: los países, los dioses, al patrón, al Estado. Es el respeto y la veneración por aquellos valores de la tradición, por la religión, por los gobernantes y por los antepasados .
En este contexto podemos entender muy bien por qué la comunidad sólo puede alcanzar una vida tranquila en “toda piedad”, si reverencia y ora por los reyes y por todos los que tiene autoridad (1Tim 2,2).
La piedad es también una actitud de los esclavos, con relación a sus patrones:
“Todos los siervos que están bajo el yugo, consideren a sus señores dignos de toda honra, para que el nombre de Dios y la doctrina no sean blasfemadas. Y los que tienen señores creyentes, no los desprecien, por ser hermanos; antes bien, sírvanlos mejor, porque ellos, que participan del beneficio, son creyentes y amados. Esto es lo que enseñamos y exhortamos. Si alguien enseña alguna otra doctrina, que no están conforme con las palabras de nuestro Señor Jesucristo, y con la doctrina que es según la piedad, es soberbio y no sabe nada, sino que delira sobre cuestiones y contiendas de palabras, de las cuales nacen envidias, disputas, blasfemias y sospechas ruines (1Tim 6,1-4).
La piedad es la familia que se encarga de cuidar a sus viudas:
“Si alguna viuda tuviera hijos o nietos, que ellos aprendan primero a ejercer la piedad con su propia familia y a recompensar a su país; porque esto es bueno y agradable delante de Dios (1Tim 5,4).
Por eso, una viuda que tenía hijos no entraba en la lista de las que debían ser ayudadas por la comunidad.
“La comunidad no debe tomarlas a su cargo, a fin de poder dar asistencia a a aquellas que son verdaderamente viudas” (1Tim 5,16).
La exhortación hecha a Timoteo se vuelve, así, en un proyecto de vida para toda la comunidad:
“Ejercítate a sí mismo para la piedad (1Tim 4,7).
“La piedad es, de hecho, una gran fuente de lucro, pero en otro sentido: para quien sabe contentarse” (1Tim 6,6).
Para las cartas pastorales, la lealtad sumisa a la doctrina, a las instituciones y a las autoridades, es la virtud principal y la característica fundamental de la comunidad. Las otras virtudes –típicas también del ambiente estoico – sirven de corolario para que el hombre de piedad sea ejemplar, aceptado y estimado por todos, y que su fe pueda ser vivida en los parámetros de la religión lícita.
Las cartas pastorales son la expresión de una comunidad que decidió que nunca más iba a incomodar a nadie, adaptándose a la lógica de gobierno (arqhe), incluso aunque sea de tipo sacerdotal (hieros), la lógica de la jerarquía.
Llegamos al fin de este breve ensayo, respecto a la propuesta de comunidad que nace de las cartas pastorales y que luego será retomada también en la segunda carta de Pedro. Está propuesta será confirmada por la carta de Clemente Romano a los Corintios y, definitivamente, consagrada en las cartas de Ignacio de Antioquia .
A pesar de que los textos de Juan se resisten a este movimiento –retomando la propuesta evangélica inicial, en toda su radical laicidad, ministerialidad e igualdad – éste será el modelo de iglesia que conseguirá imponerse, sobre todo, en el ambiente romano.
En poco más de dos siglos, el cristianismo se volverá no solamente una religión lícita, sino que, el emperador Teodosio, en el 380 d.C., la proclamará la única religión oficial del imperio romano, e iniciará un proceso, muchas veces violento, de eliminación de cualquier otro culto o tipo de religión.
Fe será sinónimo de orden y sumisión. Las persecuciones acabarán y la gran preocupación eclesial será la “libertad religiosa” –manera más moderna de hablar de la religión lícita – y la búsqueda de concordancia entre los poderes sagrados y profanos.
Salvo muchas, lindas y tercas excepciones…
Sandro Gallazzi
caixa postal 12
Macapá/AP
68906-010
Brasil
sandro.gallazzi@oi.com.br
En lengua griega, tenemos dos palabras para indicar al pueblo: demos, que representa al pueblo que decide (los hombres libres de las ciudades) y laos, que indica todo el pueblo, nuestra “plebe”. De este segundo término sale la palabra “laico” = quien pertenece al pueblo.
La frecuencia de las palabras no siempre es señal de una teología, pero es un detalle interesante. En los textos joánicos, el verbo agapao/amar aparece 22 veces en el evangelio y 32 veces en las cartas, y la palabra ágape es usada 6 veces en el evangelio y 23 en la cartas. Sin embargo, agapao es usado 2 veces en 2Tim y ágape se encuentra 5 veces en 1Tim, 4 en 2Tim y una vez en Tito, y casi siempre de forma secundaria.
Didaskalia, en el NT, aparece, en total 21 veces; 15 veces sólo en las pastorales; proistemi es usado 8 veces en el NT, de las cuales, 6 6 en las pastorales; eusebeia, además de estar en Hch 3,12, se encuentra sólo en las pastorales (10 veces) y e en 2Pe (4 veces).
Otras afirmaciones como la prohibición de casamientos (1Tim 4,3) e que la resurrección ya aconteció (2Tim 2,18) pueden ser de origen gnóstico o pre-gnóstico.
Véase la introducción a las cartas pastorales en TEB/Tradução Ecumênica da Bíblia, São Paulo, Edições Loyola.
Será este tipo de relaciones las que harán que la iglesia, más tarde, sea definida como una “sociedad perfecta”: dividida en jerarquía y fieles; iglesia docente e iglesia discente; iglesia clero e iglesia laica. Tendremos que esperar hasta el Concilio Vaticano II para volver a oír que la iglesia es “pueblo laos de Dios”.
El texto de 1Tim 3,5 - que habla de los obispos – construye un paralelismo entre “gobernar” la casa y “cuidar” de la iglesia. Este versículo, sin embargo, no tiene la misma presencia en todos los manuscritos.
1Tim 2,1 habla de “eucaristías”. No podemos decir que se trata necesariamente de la celebración de la cena del Señor. De hecho, es interesante notar que las tareas de los supervisores, ancianos y diáconos parecen ser propias de la esfera organizativa y administrativa y no incluían explícitamente la presidencia de la celebración eucarística. La didaké también confirma esto. A finales del siglo primero, la cena continuaba realizándose en las casas.
La palabra griega epitaghe deriva de epitasso (estar sobre, mandar, obligar) que es lo contrario de upotasso (estar debajo, ser sumiso, obedecer)
Pius felix era un título de los emperadores de la família de los Severos. Es decir, también de Juan V.
Ver W. GUNTHER, Pietá, en Dizionario dei concetti biblici del nuovo testamento, Bologna, Edizioni Dehoniae, 1976. Se trata, de cierta forma, de lo que el deuteronomista entiende por “temor de Dios” y, también, aunque con las debidas diferencias, nos recuerda los hassidim, los piadosos de los cuales se originó el movimiento fariseo.
Alice da Silva CUNHA, “Pietas: fator de convergência na construção textual”, en Anais da IV semana de estudos clássicos, Rio de Janeiro, UFRJ, 2005. Este concepto sirve, de igual manera, para la eusebeia que define la manera propia de la religiosidad griega.
En la época imperial, la piedad fue venerada como la diosa representante del cumplimiento del deber con relación al Estado, las divinidades y la familia. Para los romanos, la piedad es el atributo del héroe civilizatorio, que supera las cualidades exclusivamente militares de los héroes míticos. El Pius Enéias es el héroe simbólico que une el mito a la historia romana. Héroe de la piedad en el respeto al padre y a los dioses, él fue considerado el tatarabuelo de Rómulo y Remo, los míticos fundadores de Roma.
