
SALOMÓN Y LOS TRABAJADORES
Carlos A. Dreher
I. La monarquía tributaria israelita
La monarquía israelita surgió, ya bajo Saúl, dentro de los moldes del Modo de Producción Tributario. Con el pretexto de la defensa eficaz contra los filisteos, se creó la necesidad de un pequeño ejército regular y permanente. Y el primer “Estado” no debe realmente haber pasado de esto: un rey y un pequeño grupo de mercenarios.
El excedente de producción necesario para garantizar la manutención de este estado emergente, fue alcanzado mediante la revolución tecnológica representada por la introducción del buey como animal de tracción del arado en la agricultura israelita. La nueva técnica suministraba el soporte económico al reinado. Las condiciones para una producción más allá de las necesidades de la comunidad estaban dadas, permitiendo el surgimiento de una elite no productiva que asumiera el servicio de la guerra. Un contrato entre el rey y el pueblo regulaba el “derecho del rey” (cf. I Sm. 8, 11- 17, a pesar de la discusión sobre su real contexto histórico), según el cual, a cambio de su servicio de defensa (cf. 1 Sm. 8,20), el monarca adquiría el derecho al tributo en la forma de productos o de leva.
Sin embargo, la tributación no parece haber incidido con mucha intensidad sobre la población israelita en los primeros tiempos. Los campesinos empobrecidos (cf. 1 Sm. 22,2; 25, 10) deben haber tenido su origen más bien en el desequilibrio económico interno causado por el enriquecimiento de los propietarios de bueyes, quienes consiguieron marginar crecientemente los endeudados. El todavía pequeño aparato estatal, consigue mantenerse con base en el saqueo aplicado los enemigos vencidos, pese a las restricciones que le son fijadas por las prescripciones cúlticas (cf. I Sm. 15).
Incluso bajo David, estas condiciones se mantienen. Su política expansionista le permite mantener la corte con el botín de guerra y con el tributo impuesto los pueblos subyugados (II Sm. 8. 1-14; 10, 19; 12,26-31). Tal situación matiza la tributación de los propios israelitas, al mismo tiempo que justifica la existencia de la monarquía. La necesidad de un rey aparentaba ser concreta en cuanto el ejército estuviera en actividad. El servicio a ser prestado por el monarca no era puesto en duda.
No obstante, sería ingenuo pensar que la tributación no incidiese ya en este tiempo sobre los israelitas. Después de todo, entre los funcionarios de la corte davídica se encontraba un administrador de los trabajos forzados (II Sm. 20, 24). Existía ya, pues, una practica de leva. Por otro lado, el censo levantado por David (II Sm. 24; 1 Cr. 21), tan duramente criticado, ciertamente debe haber tenido un objetivo tributario en relación a la población de su reino.
Con todo, nada de eso habrá sido tan duro y tan pesado como lo que se abatió, especialmente sobre las tribus norteñas, en el reinado salomónico. La protesta de estas tribus contra el pesado yugo y la dura servidumbre a ellas impuestos (IR. 12, 4 passim), y que las llevaran a la separación, nos da cuenta de eso. Y tal tributación excesiva, con toda certeza, tiene su origen en el endeudamiento externo generado por Salomón, en función de sus intensas actividades arquitectónicas, entre ellas la construcción del templo, y de la promoción del comercio internacional en su momento.
II. El reinado de Salomón
Salomón, como su propio nombre ya parece indicar, subió al trono en un período de paz. David, su padre, pondrá fin a cualquier amenaza que sus vecinos pudiesen representar para Israel y Judá. Los subyugará a todos, anexando los territorios de unos, sometiendo a otros al vasallaje, o incluso convirtiéndose en su rey, como en el caso específico de Amón. Asumirá la soberanía sobre toda Siria-Palestina, tomándose en el sucesor del imperio egipcio en aquella región.
La ausencia de guerra colocaba al sistema tributario en crisis. La necesidad que llevara al surgimiento de la monarquía, no existía más. No teniendo servicio a prestar a la población, el rey se veía en la contingencia de ver cuestionado su derecho al tributo: ¿qué hacer para mantener el poder?
Un nuevo servicio, distinto del anterior, restablecería la relación contractual entre el rey y el pueblo. A cambio del derecho al tributo, Salomón ofrecería obras públicas en torno a la religión. El templo de Jerusalén emergía como cobertura ideológica para el sistema tributario. El rey construiría la casa para Dios; el pueblo garantizaría la mano de obra y la subsistencia para la corte.
De esta forma, el trabajo de la construcción del templo sustentará a la monarquía salomónica. Y, mientras construye la casa de Dios, Salomón tendrá tiempo para fortalecer su propio ejército real, un mecanismo eficiente de represión que le garantizará la explotación de sus súbditos.
Es interesante notar que el propio deuteronomista, normalmente tan celoso en hacer ver los deslices reales, cae en la trampa. El templo le ofusca la crítica. Apenas después de la inauguración del santuario consigue señalar la idolatría de Salomón, consecuencia de sus múltiples casamientos con mujeres extranjeras. (cf. 1 R. 11, 1-8). Pero hasta ahí. El texto bíblico no escatima elogios a su sabiduría y a la grandeza de sus actividades arquitectónicas, con la excepción quizás de los dos capítulos iniciales de IR., en los cuales no se omiten la eliminación sumaria o el exilio de los opositores del nuevo rey.
Aparte de estas resistencias iniciales, así como de algunos problemas con pueblos otrora sometidos por David (I R. 11, 14-25), Salomón parece haber tenido éxito con su estratagema. No parece haber encontrado oposición popular durante su gobierno, a no ser la frustrada tentativa de revuelta emprendida por Jeroboam (I R. 11,26-28.40). Si bien el texto de IR. 12 nos permite vislumbrar que el tributo impuesto al pueblo, principalmente a las tribus del norte, fue visto como muy duro, la relación contractual fue respetada durante el reinado de Salomón. El templo y el ejército le garantizarán. el trono. Recién su muerte dio ocasión para que un nuevo contrato fuese propuesto por los israelitas a su sucesor. Normalmente, la muerte de un rey inestabiliza el sistema.
III. Salomón, el constructor
Las actividades arquitectónicas de Salomón no se restringirán al templo. El texto bíblico nos habla de la construcción de otras innumerables obras. Así, IR. 7, 2-7 se refiere a la Casa “Bosque del Líbano”, bastante más grande que el propio templo, dotada de un Pórtico de las Columnas (v. 6) y de la Sala del Trono (v. 7). Además de ésta, el mismo capítulo nos informa de la construcción de una morada real y de una casa para la hija de Faraón, una de las esposas de Salomón (y. 8).
Estas construcciones eran hechas de piedras, y su revestimiento interno de madera de cedro. Sobre las piedras somos informados de que eran trabajadas, talladas a la medida y emparejadas. Las enormes piedras utilizadas para el cimiento medían entre 10 y 8 codos, esto es, entre 4, 5 y 3, 6 metros de largo (v. 10).
Para la conclusión de las obras del templo fueron necesarios 7 años (1 R. 6, 38); para los palacios, 13 años (IR. 7, 1). El total de 20 años para estas construcciones es atestiguado también en 1 R. 9, 10.
Las actividades, sin embargo, no paran ahí. De acuerdo con 1 R. 9, 15 ss., Salomón realizó obras de terraplenaje —este debe ser el significado de la palabra Miló —; edificó los muros de Jerusalén; restauré' y fortificó diversas ciudades, modernizando sus muros y puertas. Organizó también ciudades de aprovisionamiento, con el fin de guardar allí los productos recibidos en tributo. Además de ello, al introducir carros de guerra en su ejército, precisé' proveer diferentes ciudades, distribuidas por todos sus territorios, con caballerizas y guarniciones para las tropas.
I R. 9, 26-28 nos informa asimismo acerca de la construcción de una ciudad portuaria en el Golfo de Acaba, además de una flota de navíos mercantes. No por último, I R. 11, 1-8 nos da cuenta de la construcción de santuarios paganos, destinados a los cultos practicados por las mujeres del harén. Con todo, aparte de que la noticia es controvertida, toda vez que remonta al deuteronomista, no nos es posible establecer si se trata de santuarios mayores, o apenas de altares menores cercados por un límite sagrado.
El número de obras, el tiempo de construcción y el tamaño de las piedras, nos permiten imaginar el inmenso trabajo humano necesario para edificar todo este esplendor. Las grandes obras sacrifican de cualquier manera al pueblo. En el sistema tributario ellas ponen en movimiento la leva: el trabajo forzado, impuesto a los súbditos o a sus hijos, al que el rey, por contrato, tiene derecho.
No nos proponemos detallar aquí la leva bajo el reinado de Salomón. En todo caso, una lectura de 1 R. 5, 27-32 (texto hebraico) puede satisfacer nuestra curiosidad. Eventuales dudas en relación a la veracidad de la leva impuesta a los israelitas mismos, que podrían ser sugeridas por la información de I R. 9, 20-23, según la cual solamente los extranjeros habrían sido sometidos a los trabajos forzados en tanto que los israelitas únicamente integrarían el ejército, caen por tierra frente a la rebelión descrita en IR. 12. El “pesado yugo” y la “dura servidumbre” allí referidos (vv. 4,9, 10, 11, 14), evidentemente confirman los hechos. Es la dureza de la leva la que lleva a la reivindicación de su ablandamiento, y a la posterior separación en dos reinos.
No obstante, mucho más importante es que fijemos nuestra atención en otro hecho. Las actividades arquitectónicas promovidas por Salomón, generaron una serie de necesidades que no podían ser suplidas sólo por el trabajo y por la producción del pueblo de la tierra. El templo y las otras construcciones exigían materiales y mano de obra calificada, provenientes del exterior. Y ahí comienza la historia de la deuda externa israelita.
IV. Importaciones, deudas y tributación
Un personaje de relieve en las construcciones salomónicas es, desde el inicio, Jiram de Tiro. Rey de la importante ciudad portuaria fenicia, Jiram detenta el monopolio de la madera de cedro. Además de eso, dispone de mano de obra especializada para los objetivos de Salomón (cf. I R. 5, 32; 7, 13 s; pero, también, ¡ya en II Sm. 5, 11!). No por último, es dado al comercio internacional, facilitado por su conocimiento de la navegación, el cual traspasará al rey de Israel (cf. 1 R. 9, 26-28; 10, 11.22).
Una vez que la construcción del templo es proyectada, Jiram entra en escena (IR. 5, l5ss). Es a él que Salomón envía mensajeros, comunicándole de primera mano su empresa. Al mismo tiempo, le solicita la materia prima necesaria: cedros del Líbano (v. 20). Más adelante somos informados deque Jiram le proveerá también madera de ciprés (vv. 22, 24). en la cantidad deseada por Salomón.
Es interesante que Salomón pida también que trabajadores sidonios, esto es, fenicios, siervos de Jiram, corten la madera, porque no dispone de operarios que sepan hacerlo. Siervos de Salomón acompañarán la tarea, sin embargo es claro que serán necesarios especialistas fenicios, cuyo salario será pago por el rey de Israel.
El contexto parece indicar que la madera se destina solamente a la construcción del templo. No obstante, textos subsecuentes nos informan que más madera de cedro se hizo necesaria para otras construcciones, entre ellas la Casa “Bosque del Líbano” (7, 2s) y la Sala del Trono (7, 7), ciertamente un anexo al edificio anterior. Aparte de éstas, seguramente otras obras referidas en ese capítulo habrán utilizado el mismo material.
Es difícil evaluar cuánta madera habrá importado Salomón del Líbano. Pero, ciertamente, pagó bien caro por ella y por el servicio fenicio especializado. IR. 5,23 nos indica que el contrato entre los monarcas previa que Salomón suministrase a cambio de la mercadería y de la técnica, provisiones para la casa de Jiram, conforme éste desease. Tales provisiones, productos del campo, eran la única riqueza israelita. No había otra manera de pagarlas importaciones. De la tierra del campesino saldría un tributo mayor, destinado a pagar la deuda externa.
El texto bíblico nos da cuenta de los montos de la deuda. De acuerdo con IR. 5, 25, Jiram recibía 20 mil cargas de trigo y 20 cargas de aceite de oliva molida, cada año. No hay información sobre por cuántos años se extendió la operación.
Se discute el valor de una carga. Las interpretaciones varían entre 350 y 450 litros . Si tomamos la media de 400 litros , obtenemos 8 millones (!) de litros de trigo y 8 mil litros de aceite proporcionados al rey de Tiro, anualmente. La pequeña cantidad de aceite, en comparación con los 8 millones de litros de trigo, llama la atención. Las traducciones griegas emprenderán dos tentativas de corrección del texto hebreo, modificando una vez el número para 20 mil cargas, y otra para la décima parte de la carga, lo que daría, entonces, apenas 800 litios. Pareciera que la explicación de la cuestión se encuentra en la calidad del aceite. Se trataba de aceite de “oliva molida”, esto es, no prensadas o aplastadas, y, por tanto, de primera calidad. ¡Imagínese, entonces, la cantidad de aceitunas necesarias para conseguir 800 litros de aceite de oliva molida! ¡Cuánto más si re trataba realmente de 8 mil litros!
Para tener una idea más clara del significado de tales cantidades y del peso de tal tributación sobre la población campesina, es importante prestar atención a otra situación: el abastecimiento de la corte salomónica. Noticias al respecto nos son dadas en 1 R. 5, 2-3.
Conforme a este texto, el abastecimiento diario de la corte constaba de 30 cargas de flor de harina y 60 cargas de harina común (v. 2). Tenemos ahí el equivalente a 12 mil litros de harina especial y 24 mil litros de harina común. Tomando como base una año lunar de 355 días, tendríamos las cuantías de 4 millones 260 mil litros de flor de harina, más 8 millones 520 mil litros de harina común, o sea, un total de 12 millones 780 mil litros de harina suministrados anualmente a la corte. Con base en este cálculo, el traspaso anual de cereal a Jiram correspondía a poco menos de dos tercios del aprovisionamiento anual de la corte.
Es claro que el palacio no vivía únicamente de harina. El texto nos informa también sobre el consumo diario de carne —de toda manera, un lujo en Israel—, compuesto de diez bueyes cebados, veinte bueyes de pasto, cien cameros, aparte de los venados, las gacelas, los ciervos y las aves cebadas, de los cuales no disponemos del número (v. 3). Según Ne. 5, 17s, 150 hombres eran alimentados por Nehemías diariamente con un buey y seis ovejas, más algunas aves. Con base en este dato, podríase suponer que la corte de Salomón, si realmente consumía todo eso, abarcaría de tres mil a cuatro mil quinientas personas, toda vez que los números que se refieren a los animales son entre veinte y treinta veces mayores que los apuntados por Nehemías. Si añadimos a este consumo la harina, la corte habrá sido mucho mayor.
Sea como fuere, el campesinado israelita se encontraba en la difícil situación de sustentar dos considerables aparatos estatales. Y, sin duda, en las condiciones dadas de la tierra cultivable, el sacrificio de pagar tales tributos, junto al suministro de mano de obra para la leva, ha de haber sido ingente: un verdadero pesado yugo y una durísima servidumbre (cf. I R. 12).
Para recaudar tal tributo, el aparato estatal salomónico contaba con una eficiente administración. Una lista bastante antigua, que, remonta con certeza a la época del propio Salomón, nos presenta el cuerno de funcionarios de la corte real. Se trata de 1 R. 4,1-9. En la primera parte (vv. 1-6) nos son presentados los principales jefes de Salomón, o sus ministros. Seguidamente, el texto nos proporciona una relación de doce intendentes o gobernadores colocados por el rey sobre todo Israel. Su función era proveer el mantenimiento para el monarca y su casa. Cada mes, uno de los intendentes era el responsable del abastecimiento de la corte. De esta forma, el número de doce garantizaba el suministro real a lo largo del año (y. 7). Tal suministro consistía de los productos referidos en 1 R. 5, 2-3, que comentamos antes, proporcionados diariamente.
Queda la duda sobre la cuestión de si tales gobernadores eran también los responsables de la recaudación de los productos entregados a Jiram. Hipotéticamente, la deuda externa podría haber sido pagada con parte de lo que se entregaba a la corte. Sin embargo, no parece probable que la casa real se desprendiese de casi dos tercios de sus beneficios. Por otro lado, 1 R. 5, 8 nos informa que los intendentes también proveían cebada y paja para los caballos y los animales de tracción del ejército, según los mismos moldes con que abastecían a la corte. Parece probable, entonces, que cuidasen de las demás necesidades de recaudación, como.en el caso del rey fenicio.
Cada uno de estos gobernadores estaba colocado sobre un distrito, cuyas jurisdicciones se indican en 1 R. 4, 8-19. Llama la atención el hecho de que estas referencias geográficas remitan únicamente al territorio de Israel, esto es, de las tribus del norte. No hay ninguna referencia a localidades de la tribu de Judá.
En cuanto a este aspecto, existe mucha discusión entre los exegetas. Algunos estiman que la referencia a la tribu de Judá debe haber existido, si bien la parte correspondiente de la lista se habría perdido (cf. asimismo la nota de la Biblia de Jerusalén sobre este pasaje). No obstante, el número doce pareciera indicar que la lista es, de hecho, completa (cf. v. 7). Y la secuencia del texto nos presenta realmente doce intendentes al frente de doce distritos. Aparentemente, pues, la tribu de Judá — ¡la tribu del rey!— estaba eximida del pago del tributo.
El relato sobre la separación de los dos reinos, confirma también ese hecho. I R. 12, 16 nos relata la decisión separatista de los israelitas. No hay ninguna alusión a insatisfacción por parte de los judaítas. Estos parecieran haber aceptado a Roboam como su nuevo rey, ya desde el principio.
Eran, por tanto, las tribus del norte las que cargaban con el mantenimiento de la corte salom6nica, además del pago de la deuda externa debido al proveedor de madera y mano de obra especializada, el fenicio Jiram de Tiro.
V. El comercio internacional por vía marítima
El contacto con Jiram de Tiro, abrió otras perspectivas al rey Salomón. Conocedor de los mares, dado a la navegación, el rey de Tiro mantenía amplios contactos comerciales con pueblos del Mediterráneo. Sus navíos llegaban al norte de África y hasta España. Bajo su gobierno, la expansión marítima de los fenicios llegó a su apogeo.
Aparentemente deslumbrado con la intensa actividad comercial emprendida por su proveedor de madera, Salomón dispuso imitarlo. De acuerdo con 1 R. 9, 26, construyó navíos en Esyón-Guéber, ciudad portuaria construida o, al menos, reformada por él para esta finalidad específica, situada en el Golfo de Acaba. El versículo siguiente hace mención directa de los servidores de Jiram, conocedores del mar, que habrían navegado con los servidores de Salomón. Con certeza, fueron también estos especialistas fenicios los responsables de la construcción de las naves. Por lo que sabemos, lo mismo en tiempos posteriores, Israel no dominó los conocimientos de la navegación y la construcción naval (cf., por ejemplo, 1 R. 22, 49).
Excavaciones arqueológicas confirman la existencia de la ciudad portuaria y concluyen que de. no haber sido fundada por el propio Salomón, cuando menos habría sido ampliada en su época para la finalidad propuesta. Se trató de un emporio comercial en el borde marítimo, equipado con depósitos para el almacenamiento de mercaderías. A partir de aquí, con los navíos allí armados con más madera importada y tripulados por servidores de Salomón y por marineros fenicios, se inició una intensa actividad mercantil por los mares del sur.
Pese al monopolio real salomónico, el comercio dependía totalmente de los especialistas fenicios, tanto en la armazón como en la navegación. Esto , por sí solo, ya habrá incrementado el monto de la deuda con Jiram. Además, ciertamente, habrá intensificado la tributación sobre el campesinado. Después de todo, Israel no disponía de otra mercadería para los intercambios comerciales, que no fuera los productos agrícolas. Aceite, vino y cereales, habrá sido el material de trueque utilizado por Salomón para conseguir los artículos que codiciaba.
El objetivo de los navíos era llegar a Ofir. No podemos localizar esta tierra con mayor precisión, a no ser que debió estar situada entre la India y la costa centro-occidental de África. Su existencia, sin embargo, es confirmada por una estela encontrada en Tel-Qasile, en el perímetro de la actual Tel Aviv , en la cual consta la inscripción “oro de Ofir para Bet-Horon”.
Es importante que allá se buscara oro, que no existía en Palestina. El oro de Ofir es alabado como un tipo especialmente precioso de este metal en otros pasajes del Antiguo Testamento (cf. Is. 13, 12; S1. 45, 10; Jo. 28, 16). Y la cantidad de este buen oro traído por la flota de Salomón, es realmente asombrosa. I R. 9,28 nos habla de 420 talentos. Tomando como base la equivalencia aproximada de 35 kilogramos por talento, llegamos a la cuantía de casi ¡15 mil kilogramos! Aunque tal volumen pueda representar una exageración, queda siempre la fuerte impresión deque mucho oro debe haber sido importado.
Esta impresión es confirmada por otros dos pasajes posteriores. I R. 10, 11 retorna el tema del oro traído de Ofir, añadiendo también la importación de madera de sándalo y de piedras preciosas. Más adelante, 1 R. 10, 22 nos informa que de Tarsis se traía, ¡oro y plata, marfil, monos y pavos reales! Si bien la mención de Tarsis (España) parece secundaria, toda vez que es improbable que Salomón también navegase por el Mediterráneo, controlado por los fenicios, el oro y los artículos de lujo son recordados como propios de la época salomónica. Además, no es imposible que el comercio mediterráneo haya ocurrido a través del propio Jiram de Tiro.
Por otro lado, la mención del oro, junto con el marfil y otros metales, es constante en los relatos sobre la época. De mucho oro se habla en la construcción y decoración del templo (I R. 6, 2Oss. 28. 35; 7, 48ss). Se habla de oro que le habría traído la reina de Sabá (10, 10), además de afirmar que el peso del oro que cada año “llegaba” a Salomón era de 666 talentos (10, 14), con los cuales se habrían fabricado diversas piezas artesanales (10, 16-2 1).
Evidentemente, no todo este oro es resultado de importaciones. Como veremos más adelante, una parte podría haber sido obtenida con la reventa de otros artículos a pueblos vecinos (cf. 10, 15. 29). Sin embargo, la mayor parte, cualquiera que sea el monto real, provenía de intercambios comerciales por vía marítima.
VI. Carros de guerra y caballos
Además del oro y de otros artículos de lujo mencionados arriba, otra mercadería merece ser destacada. Se trata del equipamiento militar, más precisamente de carros de guerra y de caballos. I R. 10, 28s nos da la noticia de que Salomón importaba caballos y carros de guerra. Los primeros procedían de Cilicia (Asia Menor); los segundos, de Egipto.
La propia noticia, que tiene todo para ser auténtica y remontar a la crónica real, nos habla de una transacción de importación y exportación. Los comerciantes del rey se encargaban de traspasar la mercadería bélica a hititas y sirios. Esto concuerda con el hecho de que Palestina representaba el emporio de los intercambios comerciales del Antiguo Oriente. Es muy posible que en tales transacciones se obtuviese buena parte del oro atribuido a Salomón.
Interesante, no obstante, es la observación de que esta mercadería era traspasada a sirios e hititas por el mismo precio de compra. El pasaje es, sin duda, textualmente difícil. Tomado tal como está, en todo caso no permite contar con lucro en la transacción.
En este caso, no existe manera de evitar la pregunta acerca de cómo Salomón y sus comerciantes conseguirían la plata necesaria para adquirir el equipamiento para el propio ejército real. Cada carro costaba al tesoro real 600 siclos de plata y cada caballo, 150 siclos. Al peso aproximado de 11,4 gramos por ciclo, cada carro costaba cerca de 6, 8 kilogramos de plata y cada caballo 1, 7 kilogramos .
La referencia al número de mil cuatrocientos carros y doce mil caballos contenida en 10, 26, es un tanto dudosa. Si bien, por un lado, los números parecen exagerados, por otro, no existe una clara correspondencia entre carros y caballos. En todo caso, no hay duda sobre el hecho deque Salomón hay/a equipado considerablemente al ejército israelita con tales armas modernas. Y, sin duda también, habrá tenido necesidad de conseguir, a través de la tributación de sus súbditos, productos en cantidad suficiente para trocarlos por plata, destinada a pagar el precio de la mercadería.
VII. Soberanía nacional amenazada
Madera de cedro, mano de obra especializada, caballos y carros de guerra, oro y artículos de lujo, incluso monos y pavos reales, ciertamente dan mucho brillo y esplendor a la corte y cargan de elogios al rey. El supera en riqueza y en sabiduría a todos los reyes de la tierra (IR. 10,23). No obstante, todo este brillo y esplendor exige también un enorme sacrificio de parte de los trabajadores. Todos ellos cargan con el fausto de la corte: son obreros en las construcciones de las obras públicas, en la armazón de los navíos, en el servicio militar y marítimo; son campesinos que mantienen la corte, el ejército, las levas de trabajadores, con los productos de sus campos; son campesinos que producen las mercaderías para el intenso comercio exterior. Ningún beneficio les alcanza. Hasta el mismo Dios, que antes deambulaba de tribu en tribu, ahora está fijo en Jerusalén, en una casa controlada por el rey. Lo que les queda es pagar las deudas interna y externa. Y sufren yugo pesado y dura servidumbre.
Al final de su gobierno, Salomón había elevado a Jerusalén a una situación envidiable. La rica ciudad resplandecía. Por otro lado, pocas veces antes de la dominación extranjera, Israel habla sufrido tanta pobreza como en su tiempo. La deuda externa llegaba a los límites de 1o extremo. La población entregaba mucho más del excedente para pagarla.
Ni así consiguió pagarla del todo. ¡Y de ahí que la deuda externa minó la soberanía nacional! 1 R. 9, 11 nos refiere que Salomón habría entregado a Jiram de Tiro nada menos que veinte ciudades de la región de Galilea. Probablemente se trató de ciudades localizadas a lo largo de la frontera, próximas a la bahía de Aco. Los motivos para esta cesión de territorio no están suficientemente claros en el texto. El v. 11 nos permite pensar que las ciudades fueron dadas a Jiram como pago por su suministro de madera y oro. De acuerdo con el v. 14, en cambio, más parece que las ciudades fueron vendidas o presentadas como garantía de un empréstito en oro —120 talentos— que no se consiguió restituir.
Sea cual sea la interpretación correcta, no hay por qué dudar que el territorio haya sido cedido a Jiram. Y esto, evidentemente, refleja la situación económica caótica en la cual se encontraba el reino. La dependencia económica en relación a los fenicios es incontestable. El deslumbramiento de Salomón por sus mercaderías y por su cultura, lo llevó a entregar a los fenicios aceite, trigo e incluso ciudades.
VIII. Pero la resistencia se articula
Toda esta opresión, la explotación y la expropiación causadas por la sustentación de la corte y por el endeudamiento externo, no habrán pasado desapercibidas para el pueblo israelita. Y, ciertamente, habrán despertado resistencia y anhelo deliberación. Tengo como cierto que una serie de textos bíblicos que pueden remontar al período salomónico, expresan la insatisfacción popular. No pretendo abordarlos aquí, sin embargo es justo que se les mencione.
Entre ellos deberán constar 1 Sm. 8, 11-17, el así llamado “derecho del rey”, según el cual toda la población se toma, finalmente, esclava del monarca. También los textos atribuidos al Jhavista en el bloque temático del Éxodo (Ex. 1-14), se incluyen ahí. La opresión descrita en Ex, 1,11; 2,11s; 5, habrá ciertamente identificado de manera velada la opresión salomónica con la esclavitud en Egipto. Finalmente, Dt. 17, 14-17, el texto que busca limitar los derechos del rey, evitando que multiplique caballos (ejército), mujeres (acuerdos e intercambios comerciales internacionales) y mucho oro y plata, parece brotar igualmente de aquella primera experiencia asustadora.
No obstante, la resistencia no consiguió lograr una articulación popular clara mientras Salomón gobernó. La única excepción es la frustrada tentativa de golpe emprendida por Jeroboam (1 R. 11,26-40). A la par de la cobertura ideológica dada por la construcción del templo a todos estos desmanes, aquel fuerte y bien aparejado ejército habrá funcionado como elemento de represión. Si no fuesen esos dos factores —templo y ejército—, ni el esplendor de la corte ni el endeudamiento externo habrían llegado a tal punto; tal vez ni habrían existido. Al final, en cuanto la corte nadaba en el lujo y la riqueza, sustentando incluso el mismo palacio fenicio, los campesinos empobrecían, viendo desaparecer su producto en la mesa del rey y en las transacciones comerciales con el exterior.
Consecuentemente, no fue casual el hecho de que las tribus del norte, las más seriamente explotadas en ese período, rompiesen con Jerusalén después de la muerte de Salomón (1 R. 12). El trabajo forzado y la recaudación exagerada de productos del campo, hablan trastornado la armonía. Dura fue la servidumbre, pesado fue el yugo (12, 4ss). O las cosas cambiaban, o no habría acuerdo entre Israel y la casa real de Judá.
Presuntuosamente, Roboam subestimó la reivindicación del norte. Pretendió ser todavía más voraz que su padre. Tiene que cuidar de sí mismo (12, 16). Israel no aceptaba más pagar la deuda contraída por la casa real para atender su buena vida. Y, sin la misma fuerza de conducción que el padre, Roboam vio su reino reducido a Judá.
IX. Bibliografía
A lo largo de este estudio me dejé acompañar por diversos autores, recurriendo a ellos para dirimir dudas y aclarar detalles. Evité las notas bibliográficas, pero apunto ahora la bibliografía. Base para el análisis de 1 R. 3-11 es todavía el comentario de Martín Notli, “Kónige 1, 1- 16” en: Biblischer Kommentar Altes Testament, v. 9/1, Neukirchen, 1968. Del mismo autor utilicé Historia de Israel, Barcelona, 1966, junto a John Bright, Historia de Israel, São Paulo, 1978, además de Jorge Pixley, Historia sagrada, historia popular, San José, Editorial DEI-CIEETS, 1989. La discusión sociológica se basó principalmente en François Houtart, Religião e modos deprodução pré-capitalistas. Por último, debo mencionar que ya abordé el tema, aunque desde otra perspectiva, en: Estudos Bíblicos, v. 11, Petrópolis, 1986, en un articulado titulado “O trabalhador e o trabalho sob o reino de Salomão”.
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