Reformas y contra-reforma – Un estudio de 2Reyes 18-25
Lilia Ladeiras Veras
Resumen
Los libros de los Reyes, juntamente con los libros de Josué, de los Jueces y de Samuel componen la historia deuteronomista o la parte de la Biblia Hebrea llamada de los profetas anteriores. Originalmente formaban un solo libro con narraciones, más teológicas que históricas, que cubren un periodo de más de 400 años. El conjunto de los dos libros pueden ser divididos en tres partes, pero sólo la tercera parte es objeto de este artículo. Esta tercera contiene las historias de cada uno de los reyes de Judá que se sucedieron al inicio del reinado de Ezequías, seis años antes de la caída de Samaria, en el 722/21 a.C., hasta el sitiado de Jerusalén, la prisión del rey y de otras autoridades, las deportaciones de la población, la destrucción del templo, de las muralla, del palacio y de toda la ciudad, el exilio de Babilonia, en el 587 a.C. y, finalmente, la amnistía de Jeconías, en el 562 a.C., que puede ser interpretada como una esperanza de salvación.
Abstract
The Books of Kings together with the books of Joshua, Judges, and Samuel make up the Deuteronomistic history or that part of the Hebrew Bible which is called the Former Prophets. Originally they formed a single book with narratives that were more theological than historical, covering a period of over 400 years. The two books when put together can be divided in three parts, but only the last one is the object of this article. This thir4d part contains the histories of each of the succession of kings, from the beginning of the reign of Hezekiah six years before the fall of Samaria in 722/721 B.C. through the siege of Jerusalem; the capture of the king and other authorities; the deportations of the population; the destruction of the temple, the walls, the palace, and the whole city; the Babylonian exile in 587 B.C.; and, finally, the amnesty of Jehoiakim in 562 B.C., which can be interpreted as a hope of salvation.
¿“Historia deuteronomista” o “profetas anteriores”?
Los libros de los Reyes, juntamente con los libros de Josué, de los Jueces y de Samuel componen la historia deuteronomista o la parte de la Biblia Hebrea llamada de los profetas anteriores.
Son parte de la historia deuteronomista, pues la historia religiosa iniciada con el Deuteronomio se extiende hasta el fin de los libros de los Reyes. El Deuteronomio justifica la elección de Israel y establece normas para su régimen teocrático; el libro de Josué describe la instalación del pueblo en la tierra; el libro de los Jueces narra una sucesión de infidelidades y conversiones de ese pueblo; el libro de Samuel describe las crisis que llevaron a la institución de la monarquía, poniendo el riesgo el régimen teocrático y, finalmente, el libro de los Reyes muestra la decadencia iniciada con Salomón y que se incrementa con la monarquía, culminando con la caída de Samaria, la ruina de Jerusalén y el exilio, hasta la amnistía de Jeconías. Todos estos libros, principalmente el de Josué y el de los reyes, muestran acentuada influencia de la teología del Deuteronomio.
Pertenecen a la parte de la Biblia Hebrea llamada de los profetas anteriores, pues el relato ahí contenido está lleno de historias de profetas que vivían antes de aquellos que dejaron obra escrita, y que son llamados profetas posteriores. En ese sentido, el segundo libro de los Reyes ya señala la presencia de algunos de esos profetas posteriores.
Desde el inicio de la historia de Israel, se puede observar la presencia de profetas como Abraham (Gén 20,7), Moisés (Deut 18,18; 34,10; Os 12,14), su hermano Aarón (Ex 7,1) y su hermana Miriam (Ex 15,20) y más de setenta ancianos (Ex 11,16-30). En el libro de los Jueces hay relatos de la profetisa Débora (Jue 4,4) y de un profeta anónimo que libró a Israel de los madianitas (Jue 6,7-8) .
Pero, el recrudecimiento de la profecía coincide con la época de la monarquía, y en los libros de Samuel los relatos de profetas ya son más frecuentes. Además de Samuel (1Sam 3,20), también llamado el “vidente” o el “hombre de Dios” (1Sam 9,9-19), Saúl profetiza junto a otros profetas (1Sam 10,9-12), y sus mensajeros, que fueron enviados a aprehender a David y encontraron a Samuel en una comunidad de profetas, también profetizan (1Sam 19,20-21). Hay, todavía, relatos más largos sobre los profetas Gad (1Sam 22,5; 2Sam 24,11-25) y Natán (2Sam 7,2-17; 12,1-25), consejeros de David.
Y, en los libros de los Reyes, ocurre aún con mayor frecuencia la presencia de profetas. Continúan los relatos sobre Natán (1Re 1) que, a más de consejero de David, tuvo gran influencia en la elección de Salomón para sustituirlo y después lo ungió como rey. Surgen también otros profetas como Ajías, que profetizó la división del reino y las desgracias que se abatirían sobre la familia de Jeroboam (1Re 11,29-39; 14,1-18); Jehú, que profetizó el exterminio de la familia de Basaam, rey de Israel (1Re 16,1-12); Miqueas ben Jemla, que profetizó el fracaso de la guerra que Acab, rey de Israel, y Josafat, rey de Judá, emprenderían contra Ramot de Galaad (1Re 22,8-28), en tanto que otro profeta, Sedecías, hacia profecías falsas sobre el mismo evento (1Re 22,11); está, aún, Jonás ben Amati, que profetizó respecto de las fronteras de Israel que fueron restauradas por el rey de Israel, Jeroboam II (1Re 14,25), la profetisa Julda (2Re 22,14) que fue consultada respecto del libro encontrado en el templo, durante el reinado de Josías, en Judá, y muchos otros profetas anónimos que actúan individualmente o en grupo (1Re 13,1.11.18.20.23.25.26.29; 18,4-13.20-22; 19,10.14; 20,13-22.35-41; 2Re 2,3.5.7.15; 4,1; 9,1; 17,13.23; 21,10; 23,2). Sin embargo, los profetas que merecen relatos más extensos, con secciones enteras, de varios capítulos, en esos libros, fueron Elías (1Re 17-22; 2Re 1-2) y Eliseo (1Re 19,16-21; 2Re 2-9; 13,14-21). A partir de Eliseo, se puede observar que los profetas comienzan a distanciarse del rey y de la corte y a aproximarse más al pueblo y a los necesitados.
A partir de 2Reyes 19 comienzan las referencias a Isaías , que ya hace parte de los profetas posteriores, es decir de los que dejarán obra escrita. Isaías es citado varias veces como profeta consejero de Ezequías (2Re 19-20). Pese a que sólo Isaías será citado, los libros de los Reyes describen el ambiente en que otros profetas posteriores pre-exílicos ejercerán su ministerio, que fue registrado en obras escritas: Amós (Am 1,1), Oseas, (Os 1,1) Miqueas (Miq 1,1), Sofonías (Sof 1,1), Jeremías (Jer 1,2), Nahum y, quizá, Habacuc.
Así, todos estos libros bíblicos, de Josué a Reyes, son, muy apropiadamente intitulados de profetas anteriores, pues hace de nexo entre el último libro del Pentateuco y los profetas posteriores, que contienen el conjunto de libros de los profetas de dejarán obras escritas.
Los libros de los Reyes, una historia teológica
Los libros de los Reyes, originalmente, formaban un solo libro. Un argumento a favor de esta idea es la ruptura del flujo narrativo entre los dos libros, puesto que el relato sobre el reinado de Ocozías en Israel comienza en 1Re 22,52 y termina en 2Re 1,18. Pero, el argumento más fuerte es el contenido de la nota masorética final del 2Reyes . Esa nota, existente al final de cada libro del Antiguo Testamento de la Biblia Hebrea, informa del total de versículos del libro, el total de sus secciones de lectura y su versículo central. Y, el caso de los libros de los Reyes, esto existe apenas en el segundo de los libros y, los datos allí presentados, engloban los versículos y secciones de lectura de los dos libros .
Los libros de los Reyes narran acontecimientos que cubren un periodo de más 400 años de la historia de Israel. Pueden ser divididos en tres partes: la primera describe el reinado de Salomón (1Re 1-11), la segunda narra la división del reino y las historias de los dos reinos, hasta la caída de Samaria (1Re 12-2Re 17) y la tercera contiene la historia de Judá, a partir de la caída de Samaria (2Re 18-25). Apenas esta última parte es objeto de este artículo.
Las historias narradas en los libros de los Reyes siempre merecen referencias en los documentos extra-bíblicos, y cuando son mencionados, no siempre concuerdan con ellos en el contenido. Eso muestra que la finalidad del autor era más teológica que histórica .
Las historias de los reyes son redirigidas según un patrón fijo, con algunas variaciones. Hay una pequeña introducción que informa sobre la filiación del rey, la duración de su reinado y, en los cados de los reyes de Judá, su edad y el nombre de su madre. Sigue, luego, una valoración sobre su comportamiento religioso. En seguida son narrados los hechos más importantes ocurridos en su reinado, algunas de sus acciones y la indicación de las fuentes donde “el resto de la historia” del rey en cuestión “está escrita”. Esas fuentes son: las la primera parte, el libro de los Hechos de Salomón; para la segunda y tercera parte, los Anales de los reyes de Israel y los Anales de los reyes de Judá, conforme el caso. La mayor parte de las veces, la historia termina con la nota del fallecimiento del rey, el lugar de su sepultura, así como el nombre de quien lo sustituyó. Ese final falta en el caso de los reyes deportados.
La evaluación de cada rey, afirmando que “él practicó lo que es recto (o lo que agrada) a los ojos de Yahvé, imitando a David” o “él hizo el mal (o lo que desagrada) a los ojos de Yahvé, imitando los pecados de Jeroboam”, va a justificar las gracias (o desgracias) que ocurrirán durante su vida o en ocasión de su muerte. Esa retribución, en forma de recompensa o castigo es narrada en los libros de los Reyes para reafirmar la teología del Deuteronomio (Deut 7,12-15; 8,19-20). El principal criterio de juzgamiento era el hecho de que el rey hubiera o no combatido la idolatría y destruido los lugares del culto sincréticos. El monoteísmo ofrecido a Yahvé y la centralización del culto, también repiten la teología del Deuteronomio (Deut 6; 12). Casi todos los reyes merecerán una crítica negativa y algunos fueron aprobados con restricciones . Apenas Ezequías y Josias recibirán aprobación total y su comportamiento será comparado con el modelo de David (2Re 18,3-6; 22,2); ambas historias están en la tercera parte.
El relato sobre la actuación de los profetas durante esos reinados, también sigue una redacción esquematizada. El profeta aborda al rey o a su representante con una fórmula de mensaje del tipo: “Así dice Yahvé Dios de Israel”; y hace una amenaza que justifica diciendo que la desgracia que va a ocurrir “es por causa de los pecados que cometió”. También se narra el cumplimiento de la amenaza, que puede o no ser inmediata, pero que siempre sucede, lo que muestra la intervención de Dios en la historia, una de las tesis teológicas de los libros de los Reyes, y también del Deuteronomio .
La existencia de estos listones en la historia de los reyes y en la presentación de los profetas, así como las referencias a las fuentes, indican que los libros de los Reyes tuvieron una redacción final que reunió varias historias de reyes, ya existentes .
La supervivencia de Judá (2Re 18-25)
Esta tercera parte, que será analizada aquí, contiene una serie de historias de cada uno de los reyes de Judá que se sucederán desde el inicio del reinado de Ezequías, seis años antes de la caída de Samaria, en el 722/21 a.C., hasta el sitiado de Jerusalén, la prisión del rey y de otras autoridades, las deportaciones de la población, la destrucción del templo, de las muralla, del palacio y de toda la ciudad, el exilio de Babilonia, en el 587 a.C. y, finalmente, la amnistía de Jeconías, el 562 a.C.
Son descritos, en esta parte, los reinados de ocho reyes de Judá: Ezequias (716-687), Manasés (687-642), Amón (642-640), Josías (640-609), Yoajaz (609), Joaquim (609-598), Joaquín o Jeconías (598) y Matanías o Sedecías (598-587) . A continuación un resumen de cada uno de estos reinados:
Ezequías (2Re 18-20)
El texto bíblico informa que Ezequías era hijo de Ajaz y Abija, con la muerte de su padre se volvió rey de Judá cuando tenía veinticinco años, y reinó durante veintinueve años (18,1-2).
Según el deuteronomista, que le dedicó tres capítulos de 2Reyes, Ezequías fue el mejor de los reyes de Judá (18,2.5-6), pues “confió en Yahvé, Dios de Israel”; después de él no hubo, entre todos los reyes de Judá, quien se le pueda comparar; y antes de él, tampoco los hubo”. El narrador resalta que él fue fiel a Yahvé y observó todos sus mandamientos y, por eso, tuvo éxito en sus emprendimientos (18,7). Esta afirmación indica el interés del autor en transmitir la teología deuteronomista sobre la retribución. El deuteronomista afirma que “él hizo lo que agrada a los ojos de Yahvé, imitando todo lo que hiciera David, su antepasado” (18,3). Según el deuteronomista, David es el rey-ideal, a quien fue dirigida la profecía de Natán (2Sam 7,12-14). Salomón no fue castigado “en atención de David” (1Re 11,12.13.33-34). Ser comparado con David como quien lo imita, trae bendiciones de Yahvé; no seguirlo atrae la infelicidad .
Ezequías fue un gran reformador. Él restauró la pureza de la religión yahvista, suprimiendo el culto idolátrico y las prácticas sincretistas, y centralizó el culto en el templo de Jerusalén, destruyendo otros locales de culto. Dice el texto que él “abolió los lugares altos, quebró las estelas, cortó el poste sagrado y redujo a pedazos la serpiente de bronce que Moisés había hecho” y que se había vuelto objeto de culto idolátrico (18,4) . Como se puede observar, Ezequias siguió las normas establecidas en el Deuteronomio.
Ezequías no fue sólo un reformador religioso más, también realizó obras como la construcción de un reservorio y de un acueducto para traer agua desde la fuente de Gión, que quedaba fuera de la ciudad, hasta la piscina de Siloé, ya dentro de las murallas (20,20) .
Durante el cuarto año del reinado de Ezequías, Samaria fue atacada y sitiada por Salamanasar, rey de Asiria, que la conquistó después de tres años, aprehendió al rey Oseás y deportó a la población de Israel a Asiria (17,3-6; 18,9-11). El narrador, nuevamente preocupado por transmitir un mensaje sobre la retribución, refuerza su idea diciendo que “eso ocurrió” a los habitantes del Reino del Norte, “porque ellos no obedecieron la palabra de Yahvé y violaron su alianza” (18,12).
Durante el décimo cuarto año de su reinado, Senaquerib, que en esa época era rey de Asiria, se apoderó de las ciudades fortificadas de Judá, y Ezequías negoció con él, entregándole “toda la plata que había en el templo de Yahvé y en los tesoros del palacio real” (18,13-16). Pero el rey de Asiria, descontento con las alianzas que Ezequías hiciera con Egipto, mandó una delegación de autoridades que profirieron amenazas e insultaron al Dios de Israel. Exequias rasgó sus vestidos, recurrió al profeta Isaías y oró a Yahvé en el templo. Pero el rey de Asiria mandó nuevos mensajeros que insistieron en las amenazas al rey y en los insultos a Yahvé. Ezequías oró nuevamente e Isaías pronunció un oráculo contra Senaquerib. Muchos hombres del ejército de Asiria fueron exterminados en el campamento y el propio Senaquerib fue asesinado en el templo de su Dios (18,17-19,37).
Aquejado de una grave dolencia, y frente a la profecía de Isaías de que moriría, Exequias lloró y oró a Yahvé, alegando su fidelidad y su comportamiento irreprensible. Inspirado por Yahvé, Isaías profetizó la cura del rey en tres días, lo que realmente ocurrió (20,1-11). Aquí, más de una vez, se ve la argumentación de que fidelidad de Ezequías a Yahvé y su humilde oración fueron la causa de su cura.
Sabiendo de su dolencia, el hijo del rey de Babilonia mandó emisarios con una carta y presentes para Ezequías, quien les mostró todos los tesoros del palacio. Ese comportamiento del rey mereció seria advertencia del profeta Isaías, quien predijo el saqueo de Jerusalén y la deportación de la nobleza, después de la muerte de Ezequías . La buena acogida a la embajada de Babilonia muestra que Ezequías no confiaba solamente en Yahvé, sino también en las alianzas políticas y eso le acarreó la amenaza hecha por Isaías, de la ruina que ocurriría en el futuro, pero que ya había sido anunciada en su reinado (20,12-19).
Cuando Ezequías murió, su hijo Manasés lo reemplazó (20,21).
Manasés
El autor de 2Reyes afirma que Manasés “tenía doce años cuando comenzó a reinar, y reinó durante cincuenta y cinco años en Jerusalén (21,1) .
Manasés no mantuvo la reforma de su padre, pudiendo ser considerado un contra-reformador, pues “reconstruyó los lugares altos que su padre había destruido, erigió altares a Baal y fabricó un poste sagrado… construyó altares en el templo” y allí “colocó el ídolo de Aserá”. Favoreció toda suerte de idolatrías y magias (21,3-7), corrompió al pueblo (21,9),”derramó sangre inocente” e hizo pecar a Judá “procediendo mal a los ojos de Yahvé” (21,16).
La evaluación de Manasés, hecha por el deuteronomista, es la más negativa de todos los reyes de Judá. Él es considerado el principal responsable de la ruina del reino del Sur pues, afirma el autor, su pecado no fue perdonado por Yahvé (24,4). Manasés representa para Judá, lo que Jeroboam representó para Israel (17,19-23): la principal causa de ruina.
Ya durante su reinado, los profetas pronunciaron un oráculo previniendo la desgracia que caería sobre Jerusalén y sobre Judá, a ejemplo de lo que había ocurrido en Samaria, y atribuyeron a Manasés la responsabilidad de lo que ocurriría (21,10-15). Su comportamiento no fue olvidado ni después de terminado su gobierno. Durante el reinado de su hijo Josías, la profetisa Julia previó la ruina de Jerusalén (22,14-20) y Manasés fue recordado como responsable por dicha ruina (23,26-27). En la historia del rey Joaquim, nuevamente el autor del relato atribuye a Manasés la responsabilidad por el ataque de Nabucodonosor u los caldeos, arameos, moabitas y amonitas (24,1-4). Y, hasta en el mismo libro de Jeremías, se atribuye a Manasés la responsabilidad por las desgracias prevista (Jer 15,4).
Cuando Manasés murió, su sustituido por su hijo Amón (21,18).
Amón
Amón reinó apenas dos años (22,1) y “siguió en todo la conducta de su padre”, privilegiando las idolatrías y dando un paso atrás en los preceptos de Yahvé (21,20-22). Esa evaluación debe ser considerada muy negativa pues, siguiendo los pasos de su padre mantuvo su contra-reforma.
Fue muerto en su palacio, en una conspiración de sus siervos, pero fue vengado por el “pueblo de la tierra”, que mató a sus conspiradores y proclamó rey a su hijo Josías, para sucederlo (21,23-26).
Josías
Según el relato bíblico, Josías fue proclamado rey cuando tenía apenas ocho años, y gobernó Judá durante treinta y un años (22,1).
Su evaluación, como la de Ezequías, es extremadamente favorable: “él hizo lo que es agradable a los ojos de Yahvé e imitó en todo la conducta de su antepasado David, sin desviarse, ni para la derecha, ni para la izquierda” (22,2). Para el deuteronomista, él también, como Ezequias, es considerado el mejor rey de Judá pues, más adelante se dice de él que “no hubo antes de él rey alguno que estuviese dirigido a Yahvé, como él, con todo su corazón, con toda su alma y con toda su fuerza, en todo había fidelidad a la ley de Moisés, ni después de él, alguno que se le pudiera comparar” (23,25). Las palabras usadas para evaluarlo repiten las del Deuteronomio (5,32; 6,5), lo que hace de Josías el ideal deuteronomista, sobrepasando hasta al mismo Ezequias .
Josías, a ejemplo de Ezequías, también fue un reformador y sus reformas comenzaron con la restauración del templo de Yahvé. En el décimo octavo año de su reinado, durante esos trabajos de restauración, ocurrió el real o supuesto descubrimiento del libro de la ley, que pudo ser una antigua edición del Deuteronomio, que pudo haber sido escrito en aquella época para justificar la reforma pretendida por Josías .
Según el relato bíblico, el libro fue hallado por el sumo sacerdote Hequías, que lo entregó al secretario Safán, que lo leyó para sí mismo y para el rey (22,1-10). Profundamente impresionado con el contenido del libro, y observando que los preceptos allí contenidos no eran obedecidos, el rey rasgó sus vestidos en señal de humilde penitencia y mandó una comisión a consultar a Yahvé sobre este asunto. Informada al respecto de eso, la profetisa Julda predijo las desgracias que caerían sobre Jerusalén, aclarando que, como Josías se había humillado delante de Yahvé, sería exonerado de ver ese castigo, que sólo ocurriría después de su muerte (22,11-20).
Josías, entonces, reunió a las autoridades del reino, así como a todo el pueblo y leyó delante de ellos el libro de la ley, que contenía todas las cláusulas de la alianza de Yahvé con su pueblo. Y todos los presentes se adhirieron a la alianza (23,1-3).
El rey, entonces, pasó a poner en práctica su reforma. Hizo botar los ídolos del templo, así como sus objetos de culto, destituyó a los falsos sacerdotes, quebró las estelas, destruyó el poste sagrado y la casa de las prostitutas sagradas, profanó y demolió los lugares altos y el incinerador, donde se ofrecían sacrificios de niños (23,4-14) . La destrucción de templos, altares y lugares altos donde se adoraban otros dioses, se extendió también al antiguo reino del Norte (23,15-20). “Josías eliminó también los nigromantes, los dioses domésticos, los ídolos y las abominaciones que había en las tierras de Judá y en Jerusalén” (23,24). Como parte de la reforma, el rey hizo celebrar la Pascua, como no se hacía desde el tiempo de los jueces (23,21-23).
Pero, ni la misma piedad de Josías y todo su empeño en promover esa reforma, pudo “aplacar la ira de Yahvé contra Judá, por causa de las provocaciones de Manasés”. Y, el deuteronomista expone la “decisión” de Yahvé: “también a Judá expulsaré de mi presencia, como expulsé a Israel... rechazaré a Jerusalén y al templo...” (23,26-27). Y Josías parece que pagó el pecado de Manasés, pues murió prematuramente como un preanuncio de la desgracia que venía, pues cuando el faraón Necao, rey de Egipto, partió para una guerra en Asiria, Josías marchó contra él y fue muerto por Necao (23,28-30).
Es extraño observar que el deuteronomista haya considerado el pecado de Manasés como más fuerte que la piedad de Josías, en la decisión final de Yahvé. Es extraño también que Manasés, habiendo recibido la peor evaluación, haya vivido tan largamente, mientras que Josías, tan bien evaluado por él, haya muerto tan rápido. Las narraciones respecto a esos reinados fueron re-escritas por el cronista que justificó la aparente retribución invertida, atribuyendo la conversación a Manasés (2Cro 33,1-17) y un pecado a Josías (2Cro 35,20-25).
Yoajaz
Con la muerte de Josías, su hijo Joacaz reinó en su lugar, pero permaneció apenas tres meses en el poder, pues el faraón Necao impuso un tributo al país, apresó a Yoajaz y lo llevó a Egipto, poniendo en su lugar a su hermano Eliaquím, cuyo nombre se convirtió en Joaquim (23,31-34).
Respecto a Yoajaz, el profeta Jeremías, que lo llamó de Selum, profetizó que no volvería de Egipto y moriría allá (Jer 22,10-12), como de hecho ocurrió. Pese a que estuvo reinando tan poco tiempo, fue evaluado negativamente por el deuteronomista (23,32).
Joaquim
Joaquim reino once años y también “hizo el mal a los ojos de Yahvé”. Para pagar el tributo exigido por Necao, Joaquim creó impuestos que los habitantes de la tierra tenían que pagar en plata y oro, de acuerdo a sus posesiones (23,35-36).
Contra él, el profeta Jeremías pronunció un oráculo censurándolo por la falta de justicia que cometía no pagando el debido salario a los trabajadores (Jer 27,13-19).
Durante su gobierno, Nabucodonosor, rey de Babilonia marchó contra él. Al principio, Joaquim se sometió sin más, después se rebeló. Se vinieron contra él, también grupos de caldeos, arameos, moabitas y amonitas, invasores que el deuteronomista atribuye a Yahvé, por causa de los pecados de Manasés. En esa época, Nabucodonosor consiguió una victoria sobre los egipcios, habiendo “conquistado desde el torrente de Egipto, hasta el río Eufrates” (24,1-4.7), lo que incluía Siria y Palestina .
Después que Joaquim murió, su hijo Joaquín, también llamado Jeconías, de doce años, reinó en su lugar (24,6.8).
Jeconías
Jeconías reinó apenas tres meses, sin embargo también fue evaluado negativamente por el deuteronomista (24,8-9).
El profeta Jeremías profetizo su deportación y la de su madre a un país extranjero, donde moriría sin dejar el trono a un hijo suyo (Jer 22,14-30).
De hecho, durante su corto reinado, Nabucodonosor y sus soldados marcharon contra Jerusalén y la sitiaron. Todos los tesoros del templo y del palacio real fueron llevados a Babilonia. Jeconías, su madre, sus oficiales, sus eunucos, y sus dignatarios fueron apresados y deportados. Fueron al cautiverio todos los notables y solo quedo en la tierra la población pobre. Nabucodonosor instituyó como rey al tío de Jeconías, Matania, a quien llamó Sedecías (24,10-17).
Sedecías
Sedecias reinó once años y también “hizo el mal a los ojos de Yahvé” (24,18-20), se reveló contra Nabucodonosor y éste atacó Jerusalén y la sitió por dos años. Cuando la población comenzó a pasar hambre, abrió brechas en los muros de la ciudad, por donde el rey y los guerreros fugaron durante la noche y se dispersaron. El rey fue perseguido, agarrado y llevado a juicio. Sus hijos fueron degollados, a él le sacaron los ojos, lo esposaron y lo condujeron a Babilonia (25,1-7).
El templo de Jerusalén, el palacio y las casas fueron incendiadas, las murallas fueron destruidas y la población fue exiliada. Quedaron en la tierra, apenas una parte de los avicultores y otros agricultores pobres. Los caldeos llevaron a Babilonia todo el bronce del templo y la plata y el oro (25,8-17).
Sacerdotes, guardias y otros funcionarios y hombres del pueblo fueron apresados y muertos (25,18-21). Los que permanecieron en la tierra quedaron bajo el gobierno de Godolías que aconsejó a sus oficiales que se sometan sin miedo a los caldeos. Pero Godolías fue muerto, junto a todos los que estaban con él, y el pueblo restante fugó a Egipto, por miedo a los caldeos (25,22-26).
Treinta y seis años después de la deportación, el rey de Babilonia que sustituyó a Nabucodonosor dio amnistía a Jeconías, que salió de la prisión y vivió el resto de sus días junto al rey, en el palacio real.
Concluyendo
Como se puede observar por el análisis del texto, en el relato de los reinados de estos ocho reyes de Judá, así como del conjunto de los dos libros de los Reyes, la preocupación del autor es mucho mayor por los aspectos religiosos y teológicos, que de los aspectos social, político y económico de la historia. El historiador es mucho más teólogo que historiador. Su interés es predicar el monoteísmo yahvista, la centralización del culto en el templo de Jerusalén, la intervención de Dios en la historia, a través de recompensas y castigos, la permanencia del reinado de David, prometida por la profecía, que no puede fallar. Pero, lo que el retrató fue la idolatría, la proliferación de altares, cultos y dioses, el castigo que superó la recompensa, la degradación progresiva del reino y la trágica consecuencia a la que eso llevó
Así, toda la historia deuteronomista, que se abre con la conquista de la tierra por parte de Josué, termina con la pérdida de esa misma tierra en 2Reyes. Y los libros de los Reyes, que comienzan con Salomón, constructor del templo donde la gloria de Dios vino a habitar con su pueblo, terminan con la destrucción del templo y el aparente abandono del pueblo, por parte de Dios. Estos libros, que comienzan con el linaje de David en el trono y la esperanza de su permanencia, conforme prometía la profecía de Natán, terminan con el último rey davídico preso, deportado y muerto.
Quedaba apenas Jeconías en la prisión de Babilonia, y él fue amnistiado como si eso representaba un hilo de esperanza, una posibilidad remota de salvación. Pues, para que se mantenga el esquema de pecado-castigo-conversión-salvación que se repitió en toda la historia deuteronomista, era necesario que después de tan grande castigo hubiera otra oportunidad de conversión, para que se viese la salvación.
Así, el deuteronomista cuenta la historia para concienciar al pueblo de los errores del pasado, predicar la conversión en le presente e infundir una esperanza en la salvación futura .
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Lilia Ladeira Veras
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Sobre el inicio de la profecía bíblica y también sobre los profetas pre-exílicos, ver José Luis Sicre, Profetismo em Israel - O profeta, os profetas, a mensagem, Petrópolis: Vozes, 1996, p. 231-297.
Pese a que en 2Re es citado por primera vez en el reinado de Ezequias, de acuerdo con el libro de Isaías, el profeta ya ejercía sus actividades proféticas, y las ejerció en los reinados de Osias, Joatam y Ajaz, que reinarán antes de Ezequías (Is 1,1).
Ver más al respecto de la masora final en Edson de Faria Francisco, Manual da Bíblia hebraica - Introdução ao texto massorético, São Paulo: Vida Nova, 2003, p. 110-111.
La masora final del segundo libro de los Reyes puede ser traducida como: “total de versículos del libro: mil quinientos treinta y cuatro, y su mitad: ‘y el rey de Israel reunió…’, y secciones de lectura: 35” (el versículo central citado es 1Re 22,6). Ver Biblia Hebraica Stuttgartensia, Stuttgart: Deutsche Bibelgesellschaft, 1990, p. 674.
Sobre la estructura de los libros de los Reyes, ver Herbert Niehr, “Os livros dos Reis”, en Erich Zenger y otros, Introdução ao Antigo Testamento, São Paulo: Loyola, 2003, p. 201-210.
Sobre los contrastes históricos encontrados entre el libro de los Reyes y la literatura extra-bíblica, ver un resumen en Antonio González Lamadrid, “História deuteronomista”, en Antonio González Lamadrid y otros, História, narrativa, apocalíptica, São Paulo: Ave Maria, 2004, p. 157-161.
La evaluación negativa de los reyes es repetida 34 veces y fue aplicada a todos los reyes del Reino del Norte (1Re 11,6; 13,33-34; 14,22; 15,3; 15,26; 15,34; 16,12-13; 16,19; 16,25; 16,30; 21,20.25; 22,53; 2Re 3,2; 8,18; 8,27; 10,31; 13,2; 13,11; 14,24; 15,9; 15,18; 15,24; 15,28; 16,2-4; 17,2; 17,17; 21,2.6.15.16; 21,20; 23,32; 23,37; 24,9; 24,9; 24,19).
La evaluación positiva, pero con restricciones, fue aplicada a 6 reyes, todos del Sur (1Re 15,11-14; 22,43-44; 12,3-4; 14,3-4; 15,3-4; 15,34-35).
El esquema “profecía - cumplimiento” se repite cuarenta y cinco veces en los libros de los Reyes. Ver, por ejemplo 1Re 13, 1-9 y 2Re 23,16-18; 2Re 1,6 y 1,17; 22,18-20 y 23,30; 21,10-15 y 24,1-4; 20,17 y 24,13; 22,15-17 y 24,20.
Un resumen sobre las hipótesis al respecto del surgimiento de los libros de los reyes puede ser visto en Erich Zenger y otros, Introdução ao Antigo Testamento, en los capítulos “As teorias sobre a obra historiográfica deuteronomista”, de Georg Braulik, p. 163-169 y “Os livros dos Reis”, de Herbert Niehr, p. 205-207.
Las fechas no son exactas y hay divergências entre los autores. Aquí adoptamos las propuestas por la Biblia de Jerusalén. Comparar las fechas propuestas por John Bright, História de Israel, São Paulo: Paulinas, 4a edición, 1980, p. 647; Antonio González Lamadrid, As tradições históricas de Israel, Petrópolis: Vozes, 1999, p. 117; Giuseppe Concetti, 1-2 Samuel, 1-2 Reis, São Paulo: Paulus, 1994, p. 157-167; Herbert Donner, História de Israel e dos povos vizinhos, São Leopoldo/Petrópolis: Sinodal/Vozes, 1997, p. 530; Pedro Lima Vasconcellos y Valmor da Siva, Caminhos da Bíblia - Uma história do povo de Deus, São Paulo: Paulinas, 2003, p. 113, por ejemplo, con las de la Biblia de Jerusalén.
Entre los reyes del Sur, todos pertenecieron a la dinastía davídica; casi todos fueron comparados con David, pero algunos reyes del Norte también lo fueron, por ejemplo Jeroboam (1Re 14,8-10).
El cronista narra con mucho más detalle la reforma de Ezequías, afirmando que él restauró y purificó el templo, ya en el primer mes de su reinado, mandó que fuese ofrecido un sacrificio, estableció el culto en el templo, en el tiempo debido hizo celebrar la Pascua, lo que no ocurría desde el tiempo de Salomón, también promovió la restauración del clero (2Cro 29-31).
Entre las obras realizadas por Ezequias, el cronista destaca que él “arregló todas las hendiduras de las murallas, construyó torres sobre ella y erigió una segunda muralla en la parte externa”, a más de armar mejor el ejército (2Cro 32,5-6).
En el libro de Isaías, el profeta se manifiesta contra la alianza con Egipto, y pronuncia un oráculo contra Egipto que, probablemente, es una referencia a la alianza hecha por Ezequías (Is 30,1-5).
Casi toda la historia de Ezequias (18,13-20,19) se encuentra repetida, con pocas variaciones, en el libro de Isaías (Is 36,1-38,8), lo que hace suponer que los dos textos se basaban en la misma fuente.
Es probable que ese número haya sido aumentado aproximadamente diez años, lo que justifica muchas variaciones en las fechas informadas por los exegetas e historiadores que comentaban el periodo de la monarquía. Ver nota “a” de la Biblia de Jerusalén sobre 2Re 21,1, p. 538.
Respecto a la profetisa Julda, ver Sandro Gallazzi, “Porque consultaram Hulda”, RIBLA, Petrópolis: Vozes, vol. 16, 1993, p. 38-46.
