Alianza, pacto de vida y pacto de muerte (Apocalipsis 13 y 18)

Agustín Monroy P.

Resumen
El presente artículo propone algunas claves para comprender el papel de Dios y del pueblo en los pactos que se desarrollan a lo largo de la Biblia. Pactos de vida para unos, que se convierten en pactos de muerte para otros. Pactos desde el poder que destruye y elimina al contrario, o un nuevo pacto, desde el no-poder del Cordero, que anuncia y construye el Reino de Dios para todos. El Apocalipsis ofrece luces metodológicas para darle claridad y calidad a los pactos, proponiendo un proceso que incluye la reconstrucción de la conciencia, el análisis crítico de la realidad y la resistencia activa, en la tarea cristiana de combatir los pactos de muerte y abrirle espacio a verdaderos pactos de vida.

Abstract
This article gives some keys to comprehend the role of God and the people in the pacts that develop through the Bible. For ones pacts of life that became pacts of death for others. Pacts beginning with the power that destroys and eliminates the other, or a new pact, from the no power of the Sheep, that announces and builds the Kingdom of God for everyone. The Revelation offers methodological lights to give clarity and quality to the pacts, proposing a process that includes the reconstruction of the conscience, the critical analysis of the reality and the active resistance, in the Christian task of facing the pacts of death and opening space to the true pacts of life.

Las palabras expresan en el lenguaje cotidiano diversos matices y significados, de acuerdo a los intereses y al contexto de quienes las usan. Por ejemplo, la palabra pacto, coincidimos en que significa un acuerdo entre dos o más partes (personas, grupos, naciones, etc.) donde cada uno deja claro sus intereses, su compromiso de cumplirlo, los mecanismos de verificación y la punición por incumplimiento. Hay desde los pequeños pactos interpersonales o familiares hasta los grandes pactos políticos o bélicos entre naciones. Hay organismos supra-estatales (ONU, OEA, etc.) que entre sus objetivos prioritarios tienen el de procurar pactos de paz, de cooperación, etc.
Los pactos, sean sociales, económicos, políticos, militares o religiosos, surgen generalmente como pactos de vida, en cuanto buscan mejorar las condiciones de vida de todos sus beneficiarios, sin embargo, solo en la práctica concreta puede verificarse la verdadera calidad de los mismos. Dependiendo del tipo de conciencia que tengan las personas o los pueblos, así será su visión para determinar si un pacto es de vida o es de muerte.
El pacto internacional para invadir a Irak, convocado y liderado por George W. Bush, fue presentado como un pacto de vida para combatir el pacto de muerte establecido por los “terroristas del mundo” contra la vida y la libertad de occidente. En verdad, lo de Bush fue un pacto de muerte, porque detrás de una mentira, de una invasión y del asesinato de millares de personas, se escondía un interés económico por el control del petróleo y un interés político-militar por el control del mundo.
Los imperios faraónico, babilónico, griego, romano o español, se consolidaron como pactos, que por lo menos teóricamente, buscaban mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos. Sin embargo, para la mayoría de la población, especialmente para los sectores populares o para quienes no eran ciudadanos del imperio (migrantes), terminaron siendo pactos generadores de pobreza, exclusión y muerte. Igual ocurre en el mundo de hoy, con la diferencia que además de los ejércitos, nos invaden multinacionales con pactos económicos inequitativos.

1. En el Antiguo Testamento
En Israel, los deseos de una convivencia armónica y pacífica se garantizaba por lazos de consanguineidad (Jue 9,2; 2Sam 19,13) o en su defecto, mediante pactos o alianzas, como el establecido entre las tribus en Israel.
En el AT se registran pactos de diversa índole: entre personas (Gn 31,44ss; 1Sam 18,3; 20,8), entre tribus (Jos 9,19), entre soberanos o dirigentes (Jos 9,1; 2Sam 3,13.21; 1Re 5,26; 15,19; 20,34), entre soberanos y súbditos (1Sam 11,1; 2Sam 5,1.3; 2Re 11,4.17), entre conyugues (Ez 6,8; Prov 2,17), entre judíos para liberar a los esclavos judíos (Jr 34,8-10). Sin embargo, cuando los pactos se hacen con la divinidad, las cosas cambian sustancialmente. El berit (pacto o alianza) ya no se desarrolla como un acuerdo entre dos o más partes, en igualdad de condiciones, sino entre partes desiguales, donde la divinidad, como sujeto del pacto, lo asume unilateralmente. Yahvéh es, por tanto, el sujeto de los pactos, Él es quien toma la iniciativa, lo establece, lo define y lo realiza.
Los pactos se sellaban con un juramento o con algún tipo de rito: rito de sangre, de partición de un animal, de sacrificio (Ex 18,12), de banquete (Gn 26,28-30; 31,46-54; Jos 9,14; 2Sam 3,20-21) , de entrega de regalos (Gn 21, 27-30; 33,8.11; 1Sam 18,4), de saludo de manos (2Re 10,15), de lectura (Ex 24,7) , etc. Aunque la iniciativa parte de la divinidad y los compromisos no son igualmente proporcionales entre las partes, Dios exige que la otra parte asuma su compromiso libre y fielmente (Ex 24,7; Dt 26,17).
Los pactos del Antiguo Testamento, de manera especial la alianza sinaítica, se basaron en al menos tres modelos. El primero, los tratados de vasallaje, conocidos por Israel desde la época pre-monárquica. En estos tratados, quien tiene el poder impone al vasallo una sumisión absoluta a cambio, por ejemplo, de protección. Los pactos hititas y neoasirios (1370-627 a.C.) fueron los que más influencia literaria e ideológica tuvieron sobre los relatos bíblicos de la alianza sinaítica (Ex 19-24; Dt 1-29). En segundo lugar, los modelos de contrato matrimonial donde se exige a la mujer sumisión absoluta a su marido. Aquí pudo tener origen la idea de un Dios celoso (Ex 20,5; Dt 5,9) y el tema de la infidelidad de Israel (Lv 20,5). En tercer lugar, el modelo de realeza divina, imperante en todo el Antiguo Próximo Oriente, influye en la idea de un Yahvé rey y un pueblo súbdito.
En este contexto, se comprende que el Dios de los pactos veterotestamentarios tenga características muy similares a las de los “señores”, “esposos” o reyes del Antiguo Próximo Oriente, y que ejerza su divinidad desde el poder unilateral. Esto no debe extrañarnos, si recordamos que el pueblo y los escritores sagrados ponen en boca de Dios todo aquello que su conciencia va descubriendo como valor que hay que resaltar o como antivalor que hay que evitar. Así se explican las contradicciones de un Dios extremadamente misericordioso, tierno y solidario como el de la liberación de Egipto (Ex 2,23-24; 3,7-10 etc.), pero que en otras ocasiones aparece como un Dios violento, saqueador, excluyente, intransigente y vengativo (Ex 23,20-23; 34,10-16; Dt 7,1-6; Jos 6,20-21; 8,23-25 etc.).
En la conciencia del pueblo, la eficacia de los pactos establecidos por Yahvé está directamente relacionada con su poder. Adjetivos como todopoderoso, omnipotente, omnipresente, etc., son expresiones del poder de Dios. No es de extrañar por tanto, que el Dios que ejerce su poder para derrotar al faraón y liberar al pueblo de la esclavitud (Ex 2,23-3,12) es el mismo que ejerce su poder como un rey que combate y elimina a sus enemigos. Esta visión del poder de Dios sigue presente en gran parte del cristianismo, prueba de ello es que encuentran apenas lógico, que el mismo Dios que libera a Israel de la esclavitud en Egipto sea el mismo que hace un pacto con el pueblo liberado para hacer la guerra, expropiar y exterminar a los pueblos de Canaán, por el único delito de vivir en una tierra que en la conciencia del pueblo liberado, Dios se la ha concedido. Existen también hoy movimientos económicos, políticos o religiosos, que ven como enemigos a eliminar o “convertir”, a los “otros” que no viven, piensan y creen como ellos. Lo más grave es que lo siguen haciendo en el nombre de Dios. De esta manera, los pactos de vida se convierten en pactos de muerte, tal como se reflejan en los escalofriantes relatos de la conquista de la tierra prometida (Ex 23, 20-33; 34,10-16; Dt 7,1-6; Jos 6,17-21; 8,20-29, etc.), de América, de África, de Irak o de nuestros pueblos por multinacionales obsesionados por nuevos clientes para sus mercados.
Esta ambigüedad volvió a ser evidente en tiempos de la monarquía y el profetismo. De un pacto comunitario (tribal) entre Dios y el pueblo, se pasa a un pacto unipersonal entre el rey y Dios, aceptado por Dios a regañadientes (1Sam 8,7). El pacto con David contiene la promesa de que el trono permanecerá para siempre y que será ocupado eternamente por un descendiente suyo (2Sam 7,8-16; 23,5; Sal 89,4-5.27-38). No hay duda que detrás de este pacto estuvo la ideología real, que a manos de una minoría israelita, crea una teología de la corona con dos objetivos: justificar la monarquía como algo necesario, querido y bendecido por Dios (Sal 2; 132,7-14) y confirmar la centralización de la alianza de Yahvé en el rey y no en el pueblo. En este contexto, las conquistas materiales de los reyes son leídas por sus teólogos de cabecera como bendiciones espirituales de Dios. “El tiempo le demostró a Israel que con la monarquía, la sociedad ideal había sido traicionada” .
Hoy, muchos de quienes tienen el poder económico, político y militar, manipulan la voluntad de Dios y la fe del pueblo, con el único fin de perpetuarse en gobiernos que de democráticos solo tienen la fachada.

Los profetas, convertidos en la conciencia crítica de la monarquía, denuncian los pactos militares que firman los reyes de Israel y de Judá con los reyes de los imperios vecinos: Asiria, Egipto, Babilonia (Os 5,12-14; 7,8-12; 8,8-10; Is 31,1-5; 31,1-3; Jr 2,18.36-37; Ez 16,26-29; 23,1-27). “Estos pactos atribuyen a las armas lo que solo pertenece a Dios (la capacidad de sostener, pacificar y culminar la vida humana) y expresan la idolatría de la política centrada en la divinización de un imperio al que los pueblos deben fidelidad y sometimiento (cf. Dan 2-3)”. Los profetas deciden revisar y replantear los viejos pactos por otros nuevos, más acordes con el auténtico proyecto de Dios. Isaías por ejemplo, propone un nuevo pacto mesiánico, que conservando lo mejor de la tradición davídica, tenga otras características simbolizadas en un nuevo “retoño” (Is 11,1), sin armas, con apariencia de pastor más que de rey, con un cinturón de justicia y un cayado donde encuentren alivio los pobres y los débiles. De esta manera, Isaías le da otra dimensión a la profecía de Natán, que consagraba la alianza davídica (2Sam 7), convirtiéndola en una nueva alianza espiritual por la paz, la justicia y la solidaridad con los pobres. El profeta Jeremías también propone una nueva alianza, que no esté centrada en el rey, en las apariencias o en la manipulación, tampoco como imposición o adoctrinamiento ideológico, sino, sobre todo, en el corazón, esto es, en la conciencia individual y colectiva (Jr 31,31-34).
A manera de conclusión, los diferentes pactos de Dios con Israel, reflejan en la conciencia del pueblo un Dios poderoso al estilo de los reyes, faraones y generales del Antiguo Próximo Oriente. El pueblo sin embargo, irá aprendiendo, poco a poco, que el poder de Dios no está en la fortaleza de sus estructuras administrativas, político-militares o religiosas, sino en su misericordia.

2. Jesús, un pacto desde el no-poder
En línea profética, Jesús establece una Nueva Alianza con el sello de su sangre (Mt 26,28; Mc 14,24; Lc 22,20; 1Cor 11,25; Heb 7,22; 8,6.9; 9 15, cf. Jr 31,31-33). Ya no son necesarios los ritos de sangre (Gn 15,9ss; Ex 24,8), porque ahora es Jesús quien derrama su sangre como signo de amor y de entrega por la humanidad. Esta “nueva alianza” se consagra en la última cena (Lc 22,20; 1Cor 11,25), se ofrece en la cruz, se confirma en la resurrección, se manifiesta cada día en la construcción del Reino de Dios y se realiza, privilegiada y espiritualmente, en medio de los pobres y oprimidos (Lc 4,18-19; Mt 5,3; 11,5; 19,21; 31-46; Lc 14,12-24; 19,8). La nueva alianza nos libera de tener que ofrecer sacrificios de sangre para agradar a Dios, pero nos compromete a ofrecer la vida al servicio de quienes son sacrificados por pactos económicos, políticos y militares que generan exclusión, opresión y muerte.
Entender la Nueva Alianza desde la “debilidad” de la sangre y de la cruz, fue difícil de aceptar por una sociedad acostumbrada a ver a Dios desde el poder. Las autoridades le piden a Jesús que demuestre su poder bajándose de la cruz (Mt 27,39-43; Mc 29-32; Lc 23,35-38), porque no entienden que su opción desde el no-poder asume la cruz no como derrota sino como un pacto con el Padre, de profundo amor y solidaridad con la humanidad. En el pueblo, la propuesta de Jesús crea desconcierto, porque se aferra a la idea de un Mesías revestido de poder militar y religioso dispuesto a eliminar a los enemigos de Israel. Los discípulos tampoco entienden el camino de la cruz y de la muerte (Mt 16,21; 17,22) hasta el punto que Pedro reacciona al mejor estilo de “Satanás” (Mt 16,23) oponiéndose rotundamente a que el nuevo pacto de vida, llamado por Jesús Reino de Dios, sea inaugurado no desde el poder davídico-monárquico, sino desde la pequeñez de la semilla o de la levadura (Mt 13,31-32.33). Quien sí lo entiende perfectamente es Satanás, invitando a Jesús a ejercer su misión desde el poder económico, religioso y político (Mt 4,3-10; Lc 4,1-12). Jesús ratifica su pacto con el Padre de anunciar el Reino desde el no poder, esto es, desde el amor, el servicio y la solidaridad.
La novedad de la nueva alianza se nota en que el sujeto (Jesús) que establece la alianza ya no es un Dios a quien el pueblo identifica a través de signos de poder, como sucedió en la antigua alianza del Sinaí: fuego (Ex 19,18), altura de la montaña (Ex 19,3), truenos y relámpagos (Ex 19,16), demarcación de un territorio sagrado que considera lo demás impuro (Ex 19,10.14), asequible solo para Moisés y los sacerdotes pero inasequible para el pueblo, etc. Por el contrario, es un Dios que nace en la pobreza y vive en la periferia (Lc 2,1-7.39-40), que se rodea de pecadores, pobres y excluidos (Mt 9,10), que no tiene donde reclinar la cabeza (Mt 8,20), que quebranta la ley y se enfrenta a las autoridades cuando la vida está amenazada (Mc 3,1-6). Ya no es un Dios al que le ofrecemos sacrificios de sangre, sino un Dios que ofrece su sangre como sacrifico de amor por la humanidad.

3. Apocalipsis 13 y 18, pactos de muerte y de vida
Las primeras comunidades cristianas, al igual que los hebreos en Egipto, sienten el peso de un imperio que los esclaviza, los oprime, los persigue, los excluye y los mata. Ambos grupos humanos claman a Dios para que establezca con ellos un pacto de vida que incluya libertad, justicia y paz (Ex 2,23-24 y Ap 6,10). Ambas comunidades sienten en su conciencia y en la cotidianidad la respuesta afirmativa de Dios.
La diferencia está en la manera cómo actúa, en algunos casos, el Dios de la Alianza del Antiguo Testamento y el Dios de la Nueva Alianza que nos revela Jesús. Las comunidades cristianas del Apocalipsis se mueven en la ambigüedad de clamar la intervención de un Dios como el de la Antigua Alianza, poderoso para liberar pero también para eliminar a sus enemigos o, un Dios como el de Jesús, que es también poderoso pero en misericordia, justicia y solidaridad.
Un texto que refleja perfectamente esta ambigüedad lo encontramos en Ap 5,5-6. La angustia y el llanto se apoderan de Juan porque “no hay nadie digno de abrir el libro ni leerlo” (5,4). El llanto simboliza la dramática situación de la comunidad ante la imposibilidad de des-ocultar la verdad de la historia. También es una forma literaria para darle suspenso al relato y realzar la figura de Jesús. Uno de los ancianos consuela al llorón, anunciando que “ha triunfado el León de la tribu de Judá, el Retoño de David; él podrá abrir el libro y sus siete sellos” (Ap 5,5). El león representa a Jesús pero todavía con la marca de David, esto es, con la garra, la fuerza y hasta la violencia del león. Hay seguramente cristianos que alimentan en su conciencia el clamor por la venida de un Jesús que como un mesías-león aniquile vengativa y violentamente a todos los enemigos (Ap 6,10).
Notemos que en el versículo siguiente (Ap 5,6) y sin ninguna explicación, el Jesús que era identificado con un León, ahora es simbolizado por un Cordero . El cambio puede reflejar la opción de muchas comunidades de mantener firme su proyecto de resistencia, pero no desde el poder del León que aniquila y elimina, sino desde la debilidad, la sencillez y la ternura del Cordero, una debilidad con dignidad (de pie) y con la convicción de ofrecer hasta la propia vida por la causa de los pobres (degollado). El pacto de Jesús Cordero toma forma en la propuesta del Reino de Dios.
Para salirle al paso a esta ambigüedad y evitar que las comunidades caigan en la tentación de construir pactos de vida pero con instrumentos de muerte, el Apocalipsis desarrolla una metodología para orientar a las comunidades en el establecimiento de pactos en la línea del Reino de Dios. El eje transversal metodológico es la conciencia. Recordemos que en la apocalíptica cristiana “todos los planes del oprimido y marginado, para poder ser realizados en la historia, deben ser construidos primero en la conciencia. El gran propósito es siempre el de reconstruir la conciencia del oprimido y volver a crear utopías que alimenten la resistencia frente a las situaciones de marginación y persecución”. Para este proceso, el Apocalipsis propone tres pasos. El primero, reconstruir la conciencia, el segundo analizar la realidad con conciencia crítica y el tercero, resistir y construir utopías con una conciencia de Reino de Dios. Este proceso se desarrolla claramente en Ap 13 y 18.

3.1 - Primer paso: Reconstruir la conciencia
Las comunidades cristianas del Apocalipsis van aprendiendo que los pactos de vida propuestos por Jesús, deben comenzar por la reconstrucción de la conciencia, esto es, del optimismo, la esperanza y la convicción de que finalmente el proyecto de Dios triunfará. El mismo Jesús así lo experimentó. Los cuarenta días en el desierto son el tiempo de la conciencia donde Jesús vence las tentaciones y decide sin ambigüedades iniciar la misión del Reino. Las horas en el huerto de Getsemaní son el tiempo de conciencia donde Jesús confirma su confianza en el Padre y acepta el camino de la cruz. El acontecimiento de Pentecostés es el tiempo de conciencia que confirma y prepara a las comunidades cristianas para la misión.
Los poderosos procuran por todos los medios fomentar en la población sentimientos de conformismo, sumisión, desesperanza y pesimismo en la posibilidad de un mundo diferente. La primera tarea en la construcción de un pacto de vida busca alimentar en las comunidades una conciencia con semillas de esperanza, que las haga capaces de resistir los pactos de muerte que establecen en la historia los grupos de poder. Sin una conciencia convencida de que otro mundo es posible, porque Jesús ya lo ha hecho posible, los pueblos corren el riesgo de firmar pactos de vida, que muy pronto se convierten en proyectos de muerte.
Las perícopas que introducen los caps.13 y 18 son un buen ejemplo de como el Apocalipsis trabaja la reconstrucción de la conciencia en sus comunidades.
El cap.12 retoma la temática del Éxodo con el enfrentamiento de quienes se disputan la soberanía del mundo y de la humanidad. Esta vez se enfrenta el proyecto de Jesús (Reino de Dios) con el proyecto del imperio romano. El cielo es el nuevo escenario donde se describe la lucha y la derrota de Satanás y desde donde es arrojado a la tierra. Este triunfo contundente de Dios, permite a las comunidades almacenar en su conciencia la convicción de que Satanás fracasó en su intento de matar a Jesús y de destruir a las comunidades cristianas (12,4.6). Aunque en el tiempo que se escribe este texto, el poder del imperio romano es cada vez más fuerte y, por tanto, aparentemente indestructible, en la conciencia de las comunidades cristianas este imperio ya fue derrotado, no por el león sino por el Cordero (Ap 12,11). Por esto, los mártires cantan la victoria en el cielo (Ap 12,10-11). En la realidad histórica, como nos lo confirma Ap 13, el poder del imperio es inmenso, sin embargo, en la conciencia de los cristianos ha sido vencido. Con esta convicción la conciencia comienza a ser reconstruida.

Lo mismo ocurre en Ap 18,1-3. El grito del ángel “¡Cayó, cayó la Gran Babilonia!” , al confrontarlo con las crónicas históricas de la época es un dato irreal, pues en este período, el imperio romano era más fuerte que nunca. Pero si escuchamos el anuncio desde la conciencia reconstruida por el proyecto de Jesús, las comunidades cristianas creen profundamente que al igual que Satanás fue derrotado en el cielo (Ap 12), también lo será en la tierra. Anunciar como ocurrido, algo que no ha sucedido, pero que con seguridad ocurrirá en el futuro, es una forma literaria modelada en el género profético y bastante utilizado en la antigüedad.

3.2 - Segundo paso: Análisis crítico de la realidad e identificación de la calidad de los pactos
Apocalipsis significa des-ocultar o revelar la verdad de la historia, que los poderosos ocultan y falsean. Una conciencia reconstruida con ladrillos de esperanza, está habilitada para analizar críticamente la historia y desenmascarar la realidad de muerte que se esconde detrás del aparente pacto de vida imperial. Para el Apocalipsis, la realidad hay que analizarla tal como es, sin minimizarla ni subestimarla.

3.2.1 - Los protagonistas del pacto imperial
La bestia que sale del mar (13,1) representa el estado imperial, que, con sus estructuras económicas, políticas e ideológicas, ejerce el poder supremo dado por el dragón (13,2.4). Su poder se presenta como absoluto (diez cuernos: 13,1) y universal (sobre toda raza, pueblo, lengua y nación: 13,7). El imperio está convencido que es dios y por tanto la norma suprema (cf. Gn 3; 11,1-9). Es tal el poder del imperio, que el Apocalipsis le reconoce su capacidad de hacer la guerra a los santos y de vencerlos (13,7).
La bestia que sale de la tierra (13,11) simboliza al emperador, cabeza visible del imperio y responsable de su funcionamiento. Se le identifica como falso profeta (13,3; 16,13; 19,20; 20,10), falso cordero (13,11.12) y con la cifra del 666 (infinitamente imperfecto. 13,18).
El imperio cuenta con diversos aliados para consolidar su proyecto en el mundo. Los reyes de la tierra , responsables de ejecutar el proyecto imperial en las regiones (18,3.9, cf. 6,5; 16,13-14; 17,2.18; 19,19). Herodes fue uno de ellos. Los mercaderes de la tierra (18,3.11.15.23), principales beneficiarios del modelo económico imperial que les facilita tener el monopolio y el control del comercio. Los magnates de la tierra (18,23), cabezas visibles de los diferentes grupos de poder que funcionaban a lo largo y ancho del imperio. Los “habitantes de la tierra”, representan a todos los hombres y mujeres que se han dejado seducir por el falso profeta (13,14; 17,2), que divinizan al imperio y lo adoran (13,8.12), que son cómplices de la muerte de los cristianos (6,10), y que se alegran y se regocijan por la muerte de los verdaderos profetas (11,10). Todos los anteriores simbolizan a todas las fuerzas religiosas e ideológicas, de ayer y de hoy, que se ponen al servicio de los poderosos.

3.2.2 - Las estructuras de poder que sostienen el pacto imperial
Los pactos imperiales se sostienen a través de tres estructuras que dependen directamente de la bestia o el emperador.

  • La estructura económica. El Apocalipsis, desde una crítica profética, desenmascara el modelo económico esclavista-tributario del imperio, denunciando entre otras cosas:

  • Su objetivo de apoderarse y controlar los recursos que se producen o se extraen (13, 16-17; 18,15).

  • El cobro de numerosos tributos y los también numerosos intermediarios para cobrarlos, que agudizan la pobreza y la exclusión de la población.

  • El establecimiento de una red comercial, donde todo es objeto de mercado, incluyendo las riquezas de los pueblos conquistados, pero también, los hombres y las mujeres, que como “mercancía humana” (18,12-13) eran destinados a la esclavitud, la prostitución, las luchas de gladiadores y el circo.

  • Un modelo económico excluyente e inequitativo que beneficia sólo a quienes “lleven la marca con el nombre de la bestia, o con la cifra de su nombre” (13,16-17).
  • La estructura político militar. Con las imágenes de las bestias, el Apocalipsis denuncia el proyecto político-militar del imperio, ejercido desde un poder con las siguientes características:

  • Prepotente hasta creerse dios. Tanto Juan (13,2) como los “habitantes de la tierra” (13,4) reconocen el gran poder del imperio. Un poder que el imperio hace sentir (13,12-14), hasta llegar a afirmar “Estoy sentada como reina, y no soy viuda y no he de conocer el llanto” (18,7). El máximo de su prepotencia lo alcanza cuando diviniza su poder. A la segunda bestia se le encomienda la promoción del culto al imperio y a ella misma, siendo los habitantes de la tierra sus principales adoradores.

  • Violento. Aunque pregona la “pax romana” su práctica es como la del dragón que “despechado contra la mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús” (12,17), o como el jinete del caballo rojo, que con una espada grande se dispuso a “quitar de la tierra la paz para que se degollaran unos a otros” (6,4).

  • Represivo. Los que se oponen al proyecto imperial son encarcelados (13,10), amenazados (11,7) y asesinados (13,15; 18,24).

  • Perseguidor. Los cristianos sienten a cada momento los pasos amenazantes del imperio. En los relatos de 13,17-18; 18,3.4-8.13.20.23, se esconde una larga historia de persecución y sufrimiento.

  • La estructura ideológico-religiosa. Su objetivo es llegar a la conciencia del pueblo para que apruebe, defienda y considere necesario el modelo de sociedad imperial (13.4.12; 18,18). Sus estructuras administrativas y religiosas son responsables de diseñar y ejecutar modelos educativos, propagandísticos y litúrgicos que atraigan y convenzan la conciencia del pueblo. Por su capacidad de engañar son llamados “hechiceros” (18,23). El Apocalipsis denuncia algunas de estas prácticas.
  • El imperio es un lobo queriéndose vestir de cordero (Mt 7,15). Ante el pueblo pretende presentarse como cordero (13,11) y como profeta capaz de realizar grandes prodigios, incluyendo el de hacer bajar fuego a la tierra como el profeta Elías (13,13, cf. 1Re 18,38-39). El Apocalipsis lo identifica como profeta falso (13,11-18, cf. 16,13; 19,20; 20,10).

  • La divinización del imperio y su emperador era una práctica común en tiempos del Apocalipsis. Una inscripción de la Asamblea del Asia Menor, del año 9 a.C. dice sobre el culto al emperador “y puesto que el nacimiento del dios (Augusto) ha sido para todo el mundo el principio de las buenas nuevas (evangelio) debidas a él (por esto comienza una nueva era con su nacimiento)” . La propaganda del imperio seduce y engaña a un sector de la población que el Apocalipsis identifica como “habitantes de la tierra”, obligándolos a hacer una imagen en honor de la bestia (13,14) . Por esta razón son considerados idólatras. Los reyes también son denunciados por su fornicación con el imperio (18,3), que en la tradición bíblica equivale a rendir culto a dioses extranjeros.

  • La divinización del emperador era también una forma de intimidación a toda la población, que sentía siempre y en todo lugar que los ojos del dios emperador los vigilaba. Esto funcionó de manera especial con los esclavos, quienes eran alienados con la idea de que el dios emperador estaba pendiente de su vida y su trabajo, conteniendo así brotes de rebeldía y revolución.

  • La sociedad romana le rendía culto al lujo (lujolatría) como si fuera una religión (18,16). La larga lista de productos, 30 en total, que se enumeran en Ap 18,12-13 son muestra del lujo exuberante. Una de las críticas del Apocalipsis a los poderosos es precisamente “que se han enriquecido con su lujo desenfrenado” (18,3).

  • Todo este proyecto ideológico es considerado de “hechicero” por su capacidad de engañar (18,23) y de “inmoral” por la bajeza de sus acciones y de sus alianzas (18,1ss).

3.3 - Resistir y actuar para abrirle caminos al Reino
La comunidad cristiana tiene almacenado en su conciencia la convicción de que el poder de Satanás y de las bestias ha sido vencido y están bajo el control de Dios (13,5.7). Lo que está por definir es el papel del cristiano en este proyecto.
Equivocadamente, muchos consideran que en este tercer paso las comunidades permanecen inmóviles esperando pasivamente la intervención de Dios. A diferencia de la apocalíptica tradicional judía, que esperaba pasivamente la destrucción de este viejo eón (este mundo y esta historia) para disfrutar de un mundo nuevo, el Apocalipsis de Juan propone que los cambios se deben hacer aquí y ahora, dentro de este mundo y de esta historia. La utopía de la apocalíptica cristiana significa el sueño de lo que queremos para el futuro, pero que muy despiertos lo empezamos a construir desde ya, todos los días y hasta el final; es como la semilla que no se ve crecer pero cada día hace su trabajo hasta convertirse en un bello árbol. Las comunidades cristianas están llamadas a asumir responsablemente la tarea de enfrentar y vencer la maquinaria del imperio en la vida cotidiana. Dios lo ha vencido en el “cielo”, y las comunidades, con la ayuda de Dios, les corresponde vencerlo en esta otra orilla de la historia: la “tierra”.
En Ap 18 nos encontramos con el juicio que Dios había anunciado en 14,7 y en 17,1 y que ahora realiza o ejecuta en comunión con las comunidades cristianas. Ellas, después de reconstruir la conciencia y de analizar la realidad se preparan, con la ayuda de Dios, a combatir los pactos de muerte y abrir caminos a verdaderos pactos de vida.
En 18,4-8, comprobamos que combatir al estilo profético del Cordero no significa pasividad, conformismo o sumisión, por el contrario es actividad, dinamismo y libertad. A veces es tan fuerte el juicio y las acciones punitivas contra el imperio, que pueden confundirse con el estilo leonino, que como decíamos anteriormente, tiene en la venganza y la violencia sus principales argumentos para el combate. Recordemos que el pacto de muerte no se combate con las mismas armas del imperio, porque estaríamos construyendo falsos pactos de vida.
La utilización en Ap 18,4-7 de verbos en imperativo (salir, dar, doblar y preparar) deja claro que la acción corresponde a las comunidades y deben asumirla inmediata y contundentemente.
El verbo “salir” (18,4) hay que entenderlo como “resistir”, en cuanto es una invitación a no contaminarse ni hacerse cómplice del imperio, en otras palabras, no dejarse seducir como los “habitantes de la tierra”. Esta es la resistencia del “no hacer haciendo” o de la “solidaridad invisible”, aquella en la que, sin que el imperio se entere, las comunidades se apoyan, se ayudan, se reúnen, discuten, ríen, lloran, celebran, comparten la mesa, el café y los problemas, con el fin de mantenerse despiertos, firmes y preparados ante los desafíos del proyecto del mal.
Con los verbos siguientes (dar, doblar, preparar) pasamos a la resistencia “del hacer actuando”. Es el tiempo de la organización comunitaria y popular que se moviliza para hacer, entre otras cosas, lo que el imperio ha hecho, pero de otra manera (“dadle como ella ha dado, 18,6a), llegando incluso a duplicarlo (18,6b). Pongamos un ejemplo con el tema de la globalización. Mientras el imperio globaliza la economía capitalista, la cultura light, la política de la “pax norteamericana” más conocida como “pax anti-terrorista”, la destrucción del Medio Ambiente, los cristianos seguimos luchando por “dar” de lo mismo pero de manera alternativa, esto es, globalizar el amor, la solidaridad, la justicia social, el respeto y el diálogo intercultural y religioso, el cuidado de la naturaleza. El poder del imperio nos obliga incluso a doblar los esfuerzos, la creatividad y el compromiso. Es necesario movernos también en sus mismos espacios pero no con sus mismas estrategias. Las pequeñas comunidades deberían incluir en sus proyectos de vida, participar y actuar, con los criterios del Reino, en los espacios políticos, económicos y sociales en los que también se mueve el imperio. El hecho que no utilicemos su misma estrategia no significa que el llanto y el rechinar de dientes de los poderosos (18,9-19), nos desmovilicen e impidan luchar hasta el final contra quienes se resisten a democratizar el poder político, manejar equitativamente la economía y cuidar el Medio Ambiente.
Todo está dado, para que, de acuerdo a la realidad y a las necesidades de cada pueblo, se vayan construyendo verdaderos pactos de vida. Al decir del Apocalipsis, “la voz del novio y de la novia no se oirá más en ti” (18,23) porque los “cielos nuevos y la tierra nueva (21,1)… llegarán a la tierra como “una novia ataviada para su esposa” (21,2)… donde “ellos serán su pueblo y Dios con ellos será su Dios” (21,3). Y enjugará toda lágrima de sus ojos y no habrá ya muerte ni habrá llanto” (21,4)… y “en medio de la plaza habrán árboles de vida, que dan fruto doce veces, una vez cada mes; y sus hojas sirven de medicina” (22,2)… y lo más importante, una noticia que dejó Dios para el final, los hombres y las mujeres de todos los pueblos, se reconocerán en los pactos de vida porque podrán “reinar con Dios por los siglos de los siglos” (22,5). El Reino no es solo el Reino de Dios es también el Reino de los hombres y de las mujeres, es el Reino de todos.

Agustín Monroy P.
Carrera 47 no 53-18 piso 7
Medellín
Colombia
agustinmonroy@une.net.co


El tipo de conciencia depende del ambiente cultural propio de la persona.

Ambas partes aportaban un poco de su sangre, la mezclaban en un recipiente, luego la bebían o sumergían sus manos dentro del recipiente. En Israel, la sangre de los animales ofrecidos en sacrificio era rociada sobre el pueblo como “sangre de la alianza” (Ex 24,8 y Zac 9,11).

Un animal se sacrifica, se parte en pedazos y se colocan en dos hileras, de modo que quienes establecen el pacto puedan pasar en medio de ellas (Gn 15,9-21; Jr 34,18-22).

En algunos de estos banquetes de alianza, la sal tenía una importancia especial como símbolo de inviolabilidad, de ahí que se hable de “alianza de sal” (Lv 2,13; 2Cro 13,5)

Este rito consiste en la lectura al pueblo de las prescripciones contenidas en el pacto.

El concepto de un berit unilateral por parte de Yahvé fue evolucionando hasta el punto que el vocablo incluyó en su campo semántico el significado de testamento. Los LXX traducen el hebreo berit por el griego diatheke, que originalmente significa “disponer sobre hombres y cosas” o disponer por testamento. En el lenguaje coloquial se entiende como una “decisión irrevocable que nadie puede anular” (Diccionario teológico del Nuevo Testamento, Lothar Coenen, vol.1, Salamanca, Sígueme, 1980)

Ver Jacques Briend, Rene Lebrun y Emile Puech, Tratados y juramentos en el Antiguo Oriente Próximo, Estella, Verbo Divino, 1994.

La estructura literaria de estos pactos encajan perfectamente con la utilizada en el pacto sinaítico.

La misma expresión “me pasearé en medio de ustedes, y seré su Dios, y ustedes serán mi pueblo” (Lev 26,12; Jr 7,23) está atestiguada en muchos documentos orientales que guardan la memoria matrimonial.

Ver Gonzalo de la Torre, Génesis 1-11 - Módulo de estudio, Quibdó, Ediciones Camino, 2000, p. 61.

jerem = anátema. Es una acción enmarcada en la guerra religiosa que implica la muerte de los enemigos. (Cf. Biblia de Jerusalén, 1998, nota de Josué 6,17.)

Gonzalo de la Torre, Historia del Antiguo Testamento - Módulo de estudio, Quibdó, Ediciones Camino, 2000, p. 13.

Un ejemplo entre muchos. En Colombia, las investigaciones de la Corte Suprema de Justicia ponen en evidencia lo que algunos politólogos llaman “democracia narcoparamilitarizada”, en cuanto que muchos de quienes actualmente gobiernan y legislan lo hacen gracias a los votos obtenidos por el poder que ejercen estos grupos al margen de la ley. A pesar de estas evidencias, que en cualquier país con un mínimo de democracia real, tuviera al gobierno en jaque, el pueblo colombiano lo legitima con un porcentaje altísimo de aprobación (80% aproximado). Tendríamos que preguntarnos si en estos casos realmente “la voz del pueblo es la voz de Dios”. En el caso de Israel sabemos que la respuesta es negativa por las nefastas consecuencias del modelo monárquico.

Xabier Pikaza, Diccionario de la Biblia,Estella,Verbo Divino, 2007.

En Isaías entendemos lo espiritual no como lo opuesto a lo material sino como el Espíritu de Dios que orienta su proyecto al servicio de los pobres, de la libertad y de la vida en abundancia (Is 61,1-3)

Aquí entendemos debilidad no como pasividad, conformismo o sumisión, sino como lo pobre, lo excluido. La debilidad o la pobreza se convierten en una propuesta pedagógica, que para lograr los objetivos del Reino, no parten del poder tal como lo conciben los poderosos (económico, político, militar) sino desde la sencillez, la humildad, la solidaridad, la comunión, el diálogo de saberes, la construcción colectiva, la perseverancia, la mística, la rebeldía, la resistencia.

Explicado en la primera parte.

Un cordero “de pie pero degollado”, esto es, muerto pero resucitado.

Gonzalo de la Torre, Apocalipsis, ser cristianos en tiempos difíciles - Módulo de estudio, Quibdó, Centro Camino, 2004, p. 16.

Babilonia simboliza a Roma.

El dragón es la “serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás” (12,9; 20,2).

Según Tácito (agr. 14,1) era un “ancestral y duradero principio de la política romana emplear reyes como instrumentos de servidumbre” (citado por Richard A. Horsley, Jesús y el imperio, Estella, Verbo Divino, 2003, p. 46).

Solo en Ap 13, la palabra poder o poderío aparece seis (13,2.2.4.5.7.12).

En Ap 14,5 se dirá que en Jesús Cordero no se encontró mentira ni tacha.

Cita tomada de Richard A. Horsley, Jesús y el imperio, p. 37-38.

La ciudad de Éfeso, por ejemplo, destinó un espacio público exclusivamente para los templos y estatuas del emperador.

Es probable que Juan haya excluido a la tribu de Dan en Ap 7,4-8 por su fama de idólatras (Jue 18; 1Re 12,28-30; Jr 8,16-17).

Los cristianos en cambio fueron acusados de ateos por negarse a rendir adoración y culto al emperador.

Ver Armando Nóguez, Biblia, ética y apocalíptica, México D.F., Ediciones Dabar, 1999, p. 211.