La vida y la muerte de los pueblos frente a los pactos económicos, políticos y sociales

Juan Bosco Monroy Campero

Resumen

El artículo aborda el tema de los pactos políticos y sociales haciéndose la pregunta acerca de su capacidad o incapacidad para dar vida al pueblo. El criterio para responder a dicha pregunta se coloca en la capacidad para enfrentar la pobreza y la desigualdad extremas que históricamente han marcado a nuestros pueblos. Estas dos realidades, en realidad una sola, es vista como la realidad más urgente y más sentida de la vida del continente. No hay nada más importante que reafirmar el compromiso de persistir en la hasta hoy infructuosa, pero irrenunciable, batalla de Latinoamérica contra lo que ha sido parte de una indeseable esencia: la pobreza masiva.
Después de un recorrido histórico, se analiza la situación presente en la que la utopía es tan modesta que apenas si es utopía la política deseable sólo consiste en reducir - no en revertir - las tendencias actuales, esas que están haciendo que los ricos sean cada vez más ricos y que los pobres sean cada vez más pobres, lo mismo dentro de cada país como entre los países. Se detiene más de cerca en dos alternativas actuales: los TLC con su promesa de vida basada en la globalización de la exclusión y el FMS con su visión de globalizar la solidaridad.

Abstract
The article involves topics such as political and social agreements questioning their capacity or incapacity to give life to the people. The criteria to answer this question is in the capacity to face the extreme poverty and inequality that have marked historically the people. These two realities, merged into one, is seen as the most urgent and felt in the life of the continent. There is nothing more important than to reafirm the compromise of persisting in the, until now, fruitless, but unwaivable, fight of Latin America against what has been and undesirable essence: masive poverty.
After a historical way, is analized the present situation where the utopy is so modest that if it is desirable political utopy it only consists in reducing – not reverting - the actual tendencies, those that are making the rich more rich and the poor more poor, the same inside each country as between countries. It stops at two different alternatives: the TLC with the life promise based on the globalization of exclusion and the FMS with the vision of globalizing the solidarity.

 

1. Pactos que ofrecen vida

¡TLC, ATPDA, OTAN, NAFTA!...

Siglas que forman parte del lenguaje normal de nuestro tiempo; se han incorporado a la vida o a la muerte, cotidiana de millones de personas. Estas realidades forman parte de las noticias, de las promesas, de los proyectos que diariamente son ofrecidos, afirmados, prometidos o impuestos, nunca consultados, a nuestros pueblos.

Forman parte de ese conjunto de alianzas, pactos, tratados que siempre han existido y que se presentan como la solución a los problemas de la realidad y como el camino viable para que nuestros pueblos salgan de su condición de pobreza.

En este sentido, se presentan como una respuesta a la realidad más urgente y más sentida de la vida del continente. No hay nada más importante que reafirmar el compromiso de persistir en la hasta hoy infructuosa, pero irrenunciable, batalla de Latinoamérica contra lo que ha sido parte de una indeseable esencia: la pobreza masiva.

Históricamente, las sociedades latinoamericanas están muy marcadas por la forma en que sus clases dirigentes han generado, sostenido, justificado y finalmente enfrentado, sin éxito, a la pobreza y a la desigualdad extremas. Nuestros países no podrán considerarse una auténtica sociedad nacional, mientras no lo­gren vencer a ese viejo enemigo que los ha acompañado a lo lar­go de toda su historia.

 

2. ¿Los pactos generan vida?

Por siglos, en occidente y en otras civilizaciones, la po­breza extendida fue vista como parte del orden natural. Algo sobrevive de esa visión, pero hoy la explicación dominante ya es la opuesta: el infortunado binomio miseria y desigualdad no es algo inevitable; sus causas son sociales, por lo que se puede actuar para modificarlas.

Justamente al inicio de nuestro nuevo siglo, un conjunto de 188 países se propusieron alcanzar en el año 2015, dentro del marco de las Naciones Unidas, las llamadas “Metas de Desarrollo”. La primera y más importante es la erradicación de la pobreza y el hambre. Esta iniciativa está avalada, ni más ni menos, por el Banco Mundial, una institución que refleja bien las posiciones de Estados Unidos, la potencia mundial dominante. Se trataría, al parecer, de una decisión tomada al más alto nivel, de un pacto entre las naciones, para combinar la economía de mercado con “políticas públicas” encaminadas a limar las peores e inevitables asperezas sociales que la acción de ese mercado produce. Es una admisión implícita de algo que, fuera del Banco Mundial, se sabía desde hace tiempo: por sí sola, la famosa “mano invisible” del mercado no produce bienestar.

Cualquiera sabe quien es pobre con sólo verlo, pero no está de más una definición. Al hacer su estudio sobre Indonesia en el 2001, el Banco Mundial señaló: “La pobreza es una idea: una idea política y social que refleja las esperanzas y aspiraciones de una sociedad. La pobreza es lo que esperamos eliminar”. Estupenda definición, pero si se requiere una más formal, entonces se puede recurrir a la del informe del propio Banco Mundial sobre México: “la carencia de lo que una sociedad considera como el mínimo básico en términos de la gama de dimensiones que constituyen el bienestar” . Esta última tesis introduce un carácter relativo e histórico del término, pues se le hace depender de la socie­dad y de la época; no es la misma pobreza en Alemania que en Haití; no es la misma pobreza en Latinoamérica hace 20 años que ahora. En cualquier caso, la carencia relativa tiene efectos morales, pues la pobreza propicia una mengua de la autoestima, de la imagen que el individuo tiene de sí mismo; la pobreza para el pobre es cuestión de vida digna. Con frecuencia esto es su elemento más dañino y un motivo definitivo para combatirla.

Una manera de empezar a entender la naturaleza del problema es enfrentarse al mundo de las cifras. El ex-presidente de México, Vicente Fox, declaró en su momento que la pobreza extrema había disminuido de manera notable bajo su gobierno. Pero la otra cara de la medalla se tiene al examinar la distribución del ingreso; de acuerdo con cifras del Banco Mundial, en México el 10% de los más acomodados recibe el 43.1% del ingreso total disponible en tanto que el 20% de los más pobres sobrevive con apenas el 3.1% de ese ingreso.

Esta misma es la situación de Perú, donde recientemente el presidente Alan García hizo el mismo anuncio: en su gobierno la pobreza se ha reducido, pero al ver las cifras se descubre que este anuncio sólo encubre la realidad más profunda: la desigualdad y la inequidad. La disminución de la pobreza, en términos globales, oculta y enmascara la realidad de minorías enriqueciendo a grandes pasos y mayorías empobreciendo también a pasos acelerados.

En buena medida, la pobreza masiva es resultado directo o indirecto de decisiones políticas; toda estructura de autoridad pública, lo mismo que sus reglas y valores, es resultado del juego de poder. Por tanto, a ella está estrechamente ligada la pobreza.

En América Latina, la pobreza y la desigualdad son fenómenos históricos que se han reproducido de generación en genera­ción. Ya la estructura social prehispánica era notoriamente inequitativa, y la colonial fue tanto más brutal en su división entre poderosos y sin poder. Sin embargo, la catástrofe demográ­fica del siglo 17 y la disrupción en la distribución de la tierra en favor de los conquistadores y sus descendientes, la introducción de la economía de mercado y tipos inéditos de traba­jo, como las minas, los obrajes y las plantaciones, crearon la pobreza en el sentido moderno, occidental.

Los pobres coincidieron entonces con la masa indígena, pero no exclusivamente, lo compartieron con una buena parte de esos cuyo lugar social no estaba pensado: los mestizos y los negros. Viene a cuento la observación “objetiva” de un observador extranjero particularmente bien capacitado para ello: Alexander von Humboldt. En su ensayo político sobre el reino de la Nueva España señala, citando al obispo santanderino fray Antonio de San Miguel, que:
“La población de la Nueva España se compone de tres clases de hombres, a saber: de blancos o españoles; de indios y de castas. Yo considero que los españoles (peninsulares y criollos) componen la décima parte de la masa total. Casi todas las propiedades y riqueza del reino están en sus manos. Los indios y las castas cultivan la tierra; sirven a la gente acomodada y sólo viven del trabajo de sus brazos. De ello resulta entre los indios y blancos esta oposición de intereses, este odio recí­proco que tan fácilmente nace entre los que poseen todo y los que nada tienen, entre los dueños y los esclavos”.

El pacto social hecho durante la colonia, aunque ofreciera civilización, bienestar, desarrollo, produjo todo lo contrario: de 6 millones de habitantes de la Nueva Es­paña, 600 mil concentraban la riqueza y casi todo el resto, la pobreza.

El siglo 19 ni quiso, ni pudo, ni supo qué hacer con los pobres. En 1906, Andrés Molina Enríquez señaló que la carac­terística del cuerpo social mexicano era lo grotesco: extremidades enormes (los pobres), tórax de enano (la clase media) y cabeza minúscula (la oligarquía) .

La Revolución de Tupac Amaru en el Perú y la Revolución Mexicana fueron los primeros movimientos políticos que pusieron a la pobreza y a su combate, como su razón de ser y la justificación de su violencia contra el antiguo régimen. Un caudillo popular revolucionario como Francisco Villa presenta el tema en 1914 al iniciar su relato autobiográfico dictando lo siguiente a su colaborador Luís Aguirre Benavides:
“la de los infortunados niños que nacen en la gleba, que allí se desarrollan, que ahí en los surcos yentre los matorrales reciben las primeras impresiones de la existencia, no es una alborada risueña de la vida: es ya la lucha, la lucha que se presiente, la lucha que se avecina y que fatalmente ha de coger entre los infinitos engranajes de su complicado mecanismo esos organismos mal nutridos y esos intelectos atrofiados y esos instintos mal dirigidos, que nacen y viven v mueren dentro del infierno continuo de la servidumbre y de la abulia” .

En el siglo 19, el socialismo, un pacto social diferente, anunció que la superación del capitalismo a nivel mundial era tan justo como inevitable. Ello permitiría en un futuro impreciso, pero seguro, reordenar ra­cionalmente al conjunto social planetario de manera que de­saparecería no sólo el imperialismo sino la explotación misma del hombre por el hombre, y con ella la dominación y la oposición entre pobres y ricos. Se daría inicio a la verdadera historia humana, una donde el “reino de la necesidad” quedaría sustituido por otro donde la naturaleza sería dominada y cada ser humano dispondría de los recursos para desarrollar, en libertad, todas sus potencialidades.

El optimismo decimonónico se fue perdiendo como resultado de la brutal confrontación con la realidad, marcada por la imposición de otro modelo, de otro pacto; al punto que hoy, apenas, si quedan trazas de la utopía. Muy pocos se empeñan en sostener todavía que es posible acabar con la histórica división entre ganadores (pocos) y perdedores (muchos) y, menos, trascen­der el “reino de la necesidad”, Hoy, la utopía es tan modesta que apenas sí es utopía: disminuir la pobreza, auxiliar a las víctimas de las hambrunas, moderar el ritmo de destrucción del medio ambiente y alejar la relación entre las naciones de la lucha propia del “estado de naturaleza”.

A pesar de que la meta deseable del siglo 21 es muy modesta, parece casi imposible de alcanzar. De los documen­tos y declaraciones de las grandes organizaciones mundiales, tales como Naciones Unidas o el Banco Mundial (BM), se desprende que la política deseable sólo consiste en reducir - no en revertir - las tendencias actuales, esas que están haciendo que los ricos sean cada vez más ricos y que los pobres sean cada vez más pobres, lo mismo dentro de cada país como entre los países. En sí misma, la demanda se basa en el concepto universal de justicia, aunque en el fondo se encuentre la “necesidad”, por parte de los beneficiados, de evitar que la frus­tración de los perdedores de siempre se convierta en violencia contra los ricos. Sin embargo, pese a lo legítimo del objetivo, los mecanismos que hoy rigen a la economía global hacen casi imposible lograrlo.

Eso es lo que se desprende de las cifras y del análisis de Branko Milanovic, un economista y fun­cionario del Banco Mundial. Milanovic usa a fondo los bancos de datos del Banco Mundial sobre el ingreso de los hogares y de su distribución en el mundo, y termina por dar apoyo, aunque no lo quiera, a quienes sostie­nen una visión pesimista sobre la relación entre la justicia y la equidad, por un lado, y la naturaleza del desarrollo actual, por el otro.

Según las cifras del Banco Mundial, en el 2001, mil 100 millones de personas - 20% de la población mundial - tenían que arreglárselas con ingre­sos promedio equivalentes a lo que se podía adquirir en Es­tados Unidos con un dólar diario. En total 2 mil 700 millones de personas sobrevivían con el equivalente a dos dólares o me­nos al día. En 2004, según las agencias especializadas de las Naciones Unidas, 852 millones de personas sufrían de hambre crónica y casi la mitad de la población infantil mundial expe­rimentaba alguna carencia elemental que incidía negativamente en sus posibilidades de desarrollo.

De acuerdo con Milanovic, resulta que el 77% de la población mundial es pobre. El capitalismo global - la lógica del mercado que funciona a plenitud desde la desapa­rición de la URSS - apenas ha permitido que 16% de la humani­dad tenga niveles de vida superiores al promedio del ingreso per cápita que se tiene en Portugal; ésos son los ricos. Aquello que se puede llamar la clase media - esa que en la sociología clásica del desarrollo se considera la base fundamental de una sociedad ordenada y digna - apenas abarca a un magro 7% de la población mundial.

En términos relativos, el número de pobres aumenta y la clase media apenas si se nota, pero los ricos, con ser pocos, vaya que sí se notan. El año pasado había en el mundo 587 mil millonarios, la suma de cuyos capitales era la cantidad que se necesi­taría para contratar por un año a mil millones de trabajadores de las partes más pobres del mundo. Nunca en la historia de la humanidad, tan pocos habían dispuesto del trabajo de tantos. La teoría económica clásica, la de Adam Smith, sostiene que en un mercado global y con el correr del tiempo, el capital mi­gra de los países ricos, pero con tasas de interés bajas, a los países pobres; pero con tasas de interés altas y, en el largo plazo - y sin hacer caso de la afirmación de Keynes, de que en largo plazo todos estaremos muertos - la distancia entre sociedades ricas y po­bres se hará insignificante. Hasta hoy, la realidad pareciera no haber tomado en cuenta tan optimista teoría del capitalismo, y los que eran ganadores hace siglos siguen siendo ganadores hoy. Según Milanovic, de 1820 a la fecha, la distancia entre los países ricos y los pobres se ha más que duplicado.

La clase política pareciera estar hoy dedicada a consumir su energía en sus propios asuntos, sin responder a las demandas sociales de fondo; ¡esa es su alianza, el pacto entre ellos! La lucha entre los profesionales de la política, dentro de cada partido yentre los partidos -una disputa que ya es feroz, pero que amenaza con serlo aún más-, no ha dejado el espacio necesario para la discusión y reflexión en torno a los grandes problemas nacionales y mundiales. Sin embargo, es evidente que la mala conducción política, el mal desempeño de la economía en materia de crecimiento y la resistencia del actual modelo de mercado a la creación de empleos formales no permiten ser optimistas con respecto a las posibilidades de ganarle terreno de manera significativa a este enemigo his­tórico: la pobreza y la desigualdad.

Y sin embargo, hay que insistir e intentarlo, pues el futuro de nuestra democracia y del planeta entero, estará en la cuerda floja mientras persista la oposición entre la igualdad teórica en el terreno político y el cúmulo de carencias y la notable desigualdad prácticas en el terreno de lo social.

A estas alturas, y para sociedades como las nuestras, la gran cuestión es saber si es posible salir y cómo de la condición de marginalidad o subdesarrollo. La mayoría de los países que conforman el sistema internacional actual pueden ser clasificados como pobres. Prácticamente todos ellos han vivido en esa condición en el pasado y no hay signos que nos permitan suponer que la mayoría pueda dejar de serlo en el futuro previsible. En la perpetuación de esta condición de pobreza, pareciera funcionar una especie de maldición histórica: sólo a un puñado de aquellas sociedades nacionales que no tuvieron la oportunidad de convertirse a tiempo en centros dinámicos del capitalismo, le será dado superar su condición actual de marginalidad. Las fuerzas de la globalización económica operan en el sentido de mantener, sino es que de acentuar, la actual división entre pobres y ricos.

Examinando la dinámica del actual sistema económico mundial es viable suponer que China o la India podrán romper en algún momento del siglo 21 el círculo vicioso; ambos gigantes asiáticos tienen buenas posibilidades de volver a ingresar al grupo de los ganadores - alguna vez fueron sedes de prósperos imperios -, pero desde aquí la gran pregunta es si América Latina también podrá hacerlo.

 

3. Pacto de vida ¿para quién? De muerte ¿para quién?

Desde hace algún tiempo se nos viene ofreciendo un nuevo pacto como la solución a nuestra situación de pobreza: los TLC con Estados Unidos. Se maneja el mismo argumento que encontramos en las telenovelas mexicanas: la única posibilidad para la pobrecita mujer mexicana (siempre pobre, mestiza, inculta, maleducada, ignorante, etc., aunque muy bella) de salir de su situación es casarse con el patrón (siempre blanco, rico, educado, guapo, y “tan amable, bueno y noble”). Aunque hoy, la realidad nos dice que la promesa de acceder a un estadio superior de desarrollo económico, por la vía del libre comercio con América del Norte, suena a redoble de bacinica: falso y destemplado. La realidad cotidiana es la de países donde el mayor dinamismo está en el empleo informal y donde una de las más redituables exportaciones es la mano de obra documentada e indocumentada a Estados Unidos.

En los inicios del siglo 21 la guerra de Irak marca el fin de un “orden mundial” nacido después de la guerra mundial y plasmado en la ONU para ceder paso a uno nuevo. Esta guerra fue la primera aplicación y la confirmación en los hechos de una nueva doctrina. Hasta el 2002, la política internacional de Estados Unidos era guiada por la doctrina Truman, definida en 1947, y que era conocida como la guerra de contención. Su finalidad era la contención del comunismo; impedir la expansión del comunismo más allá de las fronteras establecidas. Esta doctrina legitimó la guerra de Corea y tantas otras intervenciones militares en todos los continentes.

Con la disolución de la Unión Soviética, el comunismo dejó de ser amenaza para los planes imperiales de Estados Unidos. Por eso, en Septiembre de 2002, Bush anunció la nueva doctrina: «guerras preventivas» contra cualquier amenaza posible al liderazgo mundial de Estados Unidos; proclamación oficial del imperialismo estadounidense para que nadie tuviera dudas. La guerra de Irak fue un mensaje al mundo. Es una advertencia dirigida a los pueblos árabes o musulmanes en general. Sus primeros destinatarios serían Siria, Irán, Pakistán. Hay docenas de bases militares en la región, para controlar todo Medio Oriente y Asia central. Se implantan gobiernos vasallos y se intimida a los demás. Es una advertencia, también, a los pueblos de América Latina llamados “el nuevo eje del mal”.

Estados Unidos promete garantizar la paz; como todos los imperios se legitima por la promesa de paz mundial, permanente y universal. Sin embargo, cambia los equilibrios económicos mundiales y crea un desequilibrio radical. Estados Unidos es dueño de casi todo el petróleo del mundo. Ya controlaba África, Angola, Gabón, Nigeria, Guinea; ahora Medio Oriente y Asia central. La gran vencida de la guerra de Irak es Europa; eliminada del petróleo y obligada a depender de Estados Unidos. Algunos gobiernos europeos estaban conscientes y lo trataron de evitar pero no lo consiguieron; Europa perdió el acceso al petróleo del Medio Oriente.

Podemos, entonces, preguntarnos: ¿cuál será el lugar de América Latina en la nueva configuración imperial? ¿Qué papel le reserva Estados Unidos? La respuesta es clara, Estados Unidos tiene un plan: el ALCA, los tratados de libre comercio.

Hay un punto histórico donde situar el arranque de estos recetarios que han unido a nuestros países en las mismas miserias, protestas y calamidades; este conjunto de recetas neoliberales se comenzó a aplicar hace unos 25 años con la crisis de la deuda externa latinoamericana que estalla a comienzos de los 80. Cuando México y Brasil, grandes deudores de América Latina, declararon la imposibilidad de pagar sus deudas externas, los bancos del Norte - que ya enfrentaban una recesión mundial - temblaron y sufrieron significativas crisis financieras. Toda esta realidad de la deuda, bastante compleja, catalizó tendencias que ya existían en el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y todos estos organismos rectores de la economía internacional. Se decidieron a implementar a fondo, en todo el Tercer Mundo, los planes de ajuste estructural, las recetas neoliberales.

Quince años después se ha hecho evidente que su resultado es el creciente empobrecimiento de nuestros pueblos. De seguir así, la tendencia seguirá. No hay luz al final de este túnel, ni a corto ni a mediano ni a largo plazo. Estamos mal y vamos mal.

Dentro de este modelo tienen lugar los TLC que obedecen a dos razones: los últimos años están marcados por la masiva migración de los pobres del Sur hacia los territorios del Norte; empobrecidos que buscan sobrevivir con las migajas del banquete consumista del Norte. En Europa, van también del ex-Este hacia el Oeste. Este fenómeno irá en aumento si se mantiene el esquema. Así, se hace necesario abrir algún espacio mayor a los pobres, en sus propios territorios del Sur, para que no caigan en la tentación de emigrar.

La segunda razón es que el Norte - y Estados Unidos en particular respecto a América Latina - necesita abrir mercados a sus productos y nuestras economías permanecían estancadas. La inestabilidad social y económica que los ajustes están creando impiden que el continente se convierta en el mercado que Estados Unidos necesita para salir de su crisis frente a la industria Europea y Japonesa. Aunque haya países más descartables que otros, necesita al continente en su totalidad como mercado. Así que cualquiera de las más recientes medidas del capitalismo neoliberal es totalmente interesada.

Vivimos sometidos por un “macroimperio” neoliberal que refuerza las desigualdades sociales y la dominación de las élites y oligarquías de siempre. Se trata, dice Casaldáliga, de una “macrodictadura total” que se ha impuesto como pensamiento único, con sus “teólogos del diablo” y su posmodernidad narcisista. Nunca hubo tanta humanidad privada de ser humana. Nunca como ahora el mundo fue tan pobre y desigual; millones de excluidos, hombres y mujeres sobrantes; cuatro quintas partes de la población mundial que asisten a la globalización pero no participan de ella; de no-sociedades basadas en la acumulación de lucro, un consumismo atolondrado y una exclusión homicida.

Vamos a echar una ojeada hacia el Norte de nuestro Continente. En 1994, se firmó un Tratado de Libre Comercio de América del Norte, entre Estados Unidos, Canadá y México y podemos preguntarles a los mexicanos qué ha pasado. El gobierno mexicano afirma que gracias a los nuevos empleos creados por el TLCAN el ingreso per cápita ha mejorado y los consumidores tienen que pagar menos porque el precio del grano ha bajado. Pero lo que el gobierno se calla es que el TLCAN, en su conjunto, no ha generado ni más ni mejor empleo, al contrario ha crecido la inseguridad y se ha hecho más ancha la brecha entre ricos y pobres. O sea que si le preguntas a un manufacturero (que concentra el 87% de las exportaciones del país) te dirá que el empleo ha bajado un 9% desde que México está en el TLCAN y también te contará que las pequeñas y medianas empresas están cerrando. Y un obrero te dirá que cada día le alcanza menos el salario, que ya no hay programas sociales a donde acudir y que la naturaleza está, la pobre, cada vez más estropeada. Por último, si te encuentras con un campesino se quejará de que no ha podido vender su maíz porque los mercados estaban llenos de un maíz mucho más barato que venía de los Estados Unidos, porque los agricultores de los Estados Unidos, reciben subsidios y así pueden bajar los precios.

El total del comercio entre México y Estados Unidos, que en 1994 era de 106 mil millones de dólares, para 2004 ascendía ya a 275 mil millones, es decir, 159% más. A raíz del TLCAN también aumentó de manera consistente ia inversión directa estadounidense en México y en el 2004 alcanzó la cifra acumulada de 90 mil millones de dólares, es decir, 18.4 veces el valor que había tenido diez años atrás. Sin embargo, el cre­cimiento del PIB mexicano en ese mismo periodo fue de 2.9% anual, en promedio, lo que en términos per cápita, se redujo a 1.6 %, en el mejor de los casos. En suma, este crecimiento no corresponde a la sorprendente intensidad de la relación eco­nómica con Estados Unidos.

Además recordemos que el TLC, que ni es tratado, ni es libre, ni es de comercio, viene acompañado de otros proyectos añadidos como son el IIRSA, el Plan Colombia, el Plan Puebla-Panamá, que en conjunto buscan que la industria nacional pase a manos de las transnacionales; controlar los recursos naturales y el conocimiento ancestral; y la renuncia a la soberanía nacional.

Todo esto nos haría preguntarnos si, entonces, no hay pactos de vida; si es que siempre en las relaciones sociales dentro de los países y entre los países terminan por ser una trampa que acaba con la vida del pueblo para beneficiar a los más poderosos y ricos.

 

4. Los pactos de vida para el pueblo

Dentro de nuestra experiencia histórica como pueblos, podemos encontrar también estos otros pactos que han nacido del pueblo y que buscan realmente dar vida al pueblo. Ya hemos mencionado algunos anteriormente, y podemos mencionar otros más. Encontramos el “Movimiento Sin Tierra” de Brasil, o el “Frente Zapatista” en México, la concertación nacional en torno a Lugo o la alianza desde los pueblo nativos en Bolivia que llevó al poder a Evo Morales, etc. A niveles más pequeños y quizá menos conocidos, pero no por eso menos importantes, podemos encontrar tantos esfuerzos de vida plasmados en comedores populares, cocinas comunitarias, mesas de concertación, vaso de leche, Comisiones de la Verdad y la Reconciliación; o las experiencias de género y las organizaciones de mujeres; todas ellas experiencias de pactos y alianzas que buscan recomponer el tejido social de una manera más justa y equitativa.

No podemos olvidar las alianzas domésticas, la solidaridad cotidiana entre vecinos que tantas veces resuelven los momentos urgentes de dolor y saca adelante la vida en el día a día. El préstamo, la “fiada”, la “pollada” o “frijolada”, la rifa, la “chanchita” o “coperacha”; mecanismos de solidaridad, de alianzas populares con los que el pueblo hace triunfar la vida.

Podemos presentar como ejemplos especiales el Foro Mundial Social con su alianza en torno a “Otro mundo es posible” y las experiencias de economía solidaria.

El Foro Social Mundial de Porto Alegre significó un cambio fundamental de orden cultural: de “no hay alternativas” a “existe otra manera de pensar la economía, la política, la cultura”. Eso es un salto cualitativo de gran importancia.

El Foro Mundial Social es un dinámico accionar de los movimientos anti-globalización para fortalecer la propuesta alternativa de “Otro Mundo Posible”. Intenta “mundializar de otra manera” un planeta que de continuar realizando linealmente el actual modelo, está condenado a la destrucción ecológica y humana.

Es el esfuerzo por “construir una gran alianza para crear una nueva sociedad, diferente de la lógica actual que coloca al mercado y al dinero como la única medida de valor”. Es una convergencia cada vez más amplia de los sectores golpeados por la globalización neoliberal. Una nueva dinámica internacional de construcción común, que presupone valores y “verdades” nacidas de una constatación básica: “a problemas globales (la globalización neoliberal), se deben contraponer respuestas/propuestas globales, mundialidad solidaria (la otra mundialización).

Mientras que la globalización de la economía y del mercado fueron impuestas a sangre y fuego en la aldea planetaria, el “otro mundo posible” propone su construcción, mancomunadamente, a partir de las experiencias locales, regionales y sectoriales.

Para esta nueva alternativa - a diferencia de la globalización neoliberal centrada en la economía como valor supremo, “el ser humano y la naturaleza son el centro de nuestras preocupaciones”.

En este pensamiento alternativo se busca el desarrollo de una nueva democracia realmente participativa e integral prácticamente desconocida en la actualidad; el ejercicio de una nueva ciudadanía planetaria con actores sociales protagonistas, Estados que respondan a sus reivindicaciones y una clase política - partidos y gobiernos - al servicio de los movimientos sociales en acción; la construcción de una nueva lógica redistributiva y democrática en lo económico-financiero-productivo, tierras, deuda externa, así como en la comunicación, información, cultura y educación, áreas donde la horizontalidad y el derecho a su acceso por parte de todos serian la premisa innegociable.

“La política como arte de lo posible” deberá reajustar sus propios márgenes y destruir “imposibilidades” impuestas por intereses económicos o ideológicos del poder. Si hoy el no pago de la deuda externa del sur, aparece como “imposible” en la lectura dominante; en esta otra perspectiva el no pago es la única opción “realista” para la sobrevivencia de la humanidad y la sobrevivencia ecológica del planeta.

La viabilidad del “otro mundo posible” comenzó a ser plasmada en la misma recuperación de la autoconfianza del movimiento social; en su capacidad de convergencia y de consenso .

Nuestro pueblo ha ido buscando, encontrando, construyendo, pactos de vida, también, a través de experiencias de economía solidaria.

Esta búsqueda está dada por la convergencia de múltiples experiencias que surgen del protagonismo de los pobres en el enfrentamiento de los más graves problemas, desequilibrios y conflictos que afectan a la sociedad contemporánea. En este sentido, la economía de solidaridad es un proceso multifacético en el que confluye una pluralidad de caminos por los que transitan experiencias e iniciativas sociales muy variadas, pero que comparten la racionalidad de la economía solidaria. Ellos son:

  1. El camino de los pobres y excluidos, que buscan subsistir mediante iniciativas de economía informal y popular, que se constituyen como organizaciones económicas solidarias y de ayuda mutua, configurando una economía popular solidaria.
  2. El camino de los trabajadores, que aspiran a mejorar sus condiciones sea a nivel del trabajo dependiente donde la solidaridad se manifiesta en sindicatos y gremios que incrementan su fuerza negociadora, sea a nivel del trabajo independiente donde la solidaridad valoriza la fuerza de trabajo a través de su organización autónoma y su gestión asociativa, configurando entre ambos niveles una economía del trabajo solidario
  3. El camino de la promoción social y de la solidaridad con los pobres, que se manifiesta en la creación de múltiples organizaciones, centros de servicios, grupos de apoyo sin fines de lucro y con objetivos sociales, que configuran una economía solidaria de donaciones y servicios.
  4. El camino de la participación social, a nivel barrial, comunal y de vecindad comunitaria, que se expresa en asociaciones, clubes, centros sociales, iniciativas de abastecimiento, de salud, de capacitación, de trabajo barrial, de madres, de jóvenes, etc., que participan en la gestión de recursos locales disponibles, en la planificación de presupuestos y en la ejecución de planes de desarrollo comunales, todo lo cual configura una economía local y comunal solidaria
  5. El camino de la acción transformadora y del desarrollo alternativo, en que la solidaridad se expresa en grupos y asociaciones que buscan aportar al cambio social mediante iniciativas concretas en las que se experimentan nuevas formas de vivir, de relacionarse y de hacer las cosas; configurando una cierta perspectiva de desarrollo alternativo solidario.
  6. El camino de las tecnologías apropiadas y del desarrollo local, que se propone rescatar formas tecnológicas antiguas y crear otras nuevas que puedan ser apropiadas por las comunidades locales, sea en el terreno de la construcción, de los cultivos y crianzas, de las energías limpias y renovables, de modo que contribuyen a configurar tecnologías de economía solidaria
  7. El camino del cooperativismo y la autogestión, que se constituyen como genuina economía de solidaridad en cuanto experimentan un proceso de renovación teórica y práctica que las lleva a recuperar su identidad original, superando las ineficiencias y distorsiones del burocratismo interno, del acomodarse a las lógicas del mercado capitalista. Con tal orientación, constituye una auténtica economía cooperativa y autogestionada solidaria.
  8. El camino de la ecología y del desarrollo sustentable, que tomando conciencia de que los deterioros del medio ambiente son consecuencia de modos de producir, distribuir, consumir y acumular individualistas, competitivos y conflictivos, buscan formas ecológicas en el intercambio del hombre con la naturaleza que no dañen sino que respeten, protejan y recuperen el medio ambiente. Así se configura una economía ecológica solidaria
  9. El camino de la mujer y el de la familia que, en cuanto dan lugar a la formación de microemprendimientos de base familiar o basados en asociaciones con identidad de género, expresan solidaridad en sus modos de ser, de organizarse y de hacer economía. Podemos hablar de una economía familiar y de una economía de género solidarias
  10. El camino de los pueblos originarios, que en luchan por la subsistencia de sus comunidades mediante la recuperación o reafirmación de su identidad étnica y cultural, que se expresan en formas de trabajo que han sido siempre comunitarias y solidarias, constituyendo verdaderas economías indígenas solidarias.

Estas búsquedas de formas económicas distintas introducen consistentemente la solidaridad en la producción, la distribución, el consumo y la acumulación, determinando con ello una común racionalidad económica solidaria.

Algunas prácticas y experiencias de este tipo las encontramos en cooperativas sin fines lucrativos que practican el comercio justo y solidario; importan de los países del sur productos alimenticios y artesanales pagándoles un justo precio, substituyendo todas las reglas del mercado por las de la solidaridad. Asegura, así, un rendimiento digno a millones de agricultores y artesanos y estimula el desarrollo de la comunidad local en el respeto del medio ambiente. es el caso de la Cooperazione Terzo Mundo, Commercio Alternativo, Equomercato y Roba dell'Altro Mondo, por ejemplo. Distintas organizaciones de comercio solidario participan, actualmente, de una federación europea con el mismo fin - la European Fair Trade Association que congrega centrales de importación instaladas en Austria, Bélgica, Francia, Gran Bretaña, Alemania, Italia, Noruega, Holanda y Suiza.

Otra práctica que debe ser considerada es el financiamiento de proyectos solidarios y ecológicos efectuados por algunos bancos fundados con esa finalidad. El Alternative Bank Schweiz, tiene por objetivo contribuir con proyectos alternativos de carácter económico, ecológico, socio-político y cultural a través de la concesión y gestión de fondos y capital. El Ökobank defiende un uso responsable del dinero, absteniéndose de financiar la industria armamentista y nuclear, privilegiando el financiamiento a la investigación y el desarrollo de productos y de procesos ecológicos. El Triodosbank promueve el financiamiento de proyectos en el campo social. El Banco Ético especializado en la concesión de crédito a cooperativas y asociaciones. La importancia de esta iniciativa está en dar la posibilidad para las organizaciones y entidades del sector sin fines lucrativos de tener acceso al capital.

Otra forma de organización colectiva son los Sistemas Locales de Empleo y Comercio que surgieron en los años 80. La idea inicial y básica es permitir que vecinos de una misma comunidad puedan intercambiar mercaderías y servicios sin valerse de monedas. Con esto se permite que los productos y los servicios locales tengan preferencia y que las personas que poseen poco dinero puedan guardarlo para gastos en productos y servicios que no sean ofrecidos por la propia comunidad.

La Economía de Comunión es otra práctica solidaria que surgió en 1991 en Brasil. La propuesta establece un nuevo destino para los lucros: 1) consolidación de la empresa con justos salarios; 2) ayuda a los necesitados y creación de puestos de trabajo; 3) sustento a las estructuras aptas para formar hombres capaces de vivir la cultura de la solidaridad.

Otra práctica actualmente renovada es la autogestión de empresas por trabajadores. Los sindicatos toman la iniciativa de la autogestión cuando la empresa tiene graves problemas financieros. Las empresas, asumidas por los trabajadores, se vuelven su propiedad y pasan a ser cimentadas en la fuerza de los trabajadores-propietarios, en la inteligencia colectiva y en los principios de cooperación y solidaridad. En Brasil fue creada la Asociación Nacional de los Trabajadores en Empresas de Autogestión y Participación Accionaria – ANTEAG - que desarrolló una metodología apropiada a la conversión de empresas al régimen de autogestión o co-gestión.

El consumo crítico es una modalidad de consumo responsable, tratándose de elegir los productos teniendo en cuenta no sólo el precio y las cualidades sino también su historia y el comportamiento de las empresas que los ofrecen. Se apoya en el examen de los productos y de las empresas permitiendo al consumidor que sus elecciones se guíen por criterios conscientes, considerando los impactos de su producción y consumo bajo una perspectiva económica, ética y ecológica.

Ciertas organizaciones de marca surgieron con la finalidad de identificar al consumidor los productos de comercio solidario. Ese signo comercial permite al consumidor considerar su actitud de consumo como la posibilidad de un posicionamiento ético y solidario. Se espera que los consumidores reconozcan productos cuyos interlocutores están atentos a la defensa de los derechos humanos y a un desarrollo más armónico.

Las semillas de esta nueva sociedad están lanzadas en muchas organizaciones y actividades solidarias que proliferan por todo el mundo. Falta al conjunto de esas organizaciones y actividades una estrategia orgánica que articule a todas para hacer brotar un nuevo orden mundial solidario.

 

Juan Bosco Monroy Campero
avenida Rafael Escardó 176
Maranga, San Miguel
Lima
Perú
jbosco@uarm.edu.pe

Citadas por: L. Meyer, El espejismo democrático - De la euforia del cambio a la continuidad, México, Océano, 2007, p.28.

El documento de Aparecida trabaja muy bien con estos conceptos históricos de pobreza (cf. nº 65-66).

A. von Humboldt, Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España, México, Porrua, 1966, p. 83.

A. Molina Enriquez, Los grandes problemas nacionales - Impresiones modernas, México, 1964.

R. H y G.Villa (editores), Pancho Vila - Retrato autobiográfico, 1894-1914. México, Taurus-Unam, 2003, p. 311.

B. Milanovic, Worlds apart - Measuring international and global inequality, Princeton, Princeton University Press, 2005. Algunas conclusions de esta investigación se encuentran en L. Meyer, El espejismo democrático - De la euforia del cambio a la continuidad, México, Océano, 2007.

En este sentido, el discurso de Bush del 20 enero de 2005, al iniciar su segundo período de gobierno, es una pieza monumental de sus pretensiones mesiánicas con las que legitima la imposición de su voluntad sobre el mundo y que dejan reducidos a tímidos proyectos de valor anecdótico los proyectos de Roosvelt en las dos guerras mundiales.

Para buna visión de este conjunto de planes se puede ver: “Un breviario sobre el plan Puebla Panamá - 17 preguntas y respuestas para comprender mejor el PPP”, Chiapas al Día, no. 312, México, CIEPAC Chiapas, 27 de septiembre del 2002. http://www.ciepac.org/bulletins/200-300/bolec312.htm

Para más información sobre el Foro Mundial Social se puede ver: http://www.forumsocialmundial.org.br o http://latinoamericana.org/2002/textos/portugues/FerrariPort.htm