Aguas que nunca faltan, escombros reconstruidos y jardines regados – El culto que Yahvé espera de su pueblo

Lília Dias Marianno

Resumen

Este artículo trabaja dos perspectivas proféticas sobre la ruptura de la alianza con Dios, a través de una religiosidad vacía. Con este propósito, examina la estructura de la denuncia de veneración exacerbada del templo hecha en Jeremías 7 y en el ayuno inútil de Isaías 58. El texto concluye con la esperanza de Yahvé: que la justicia corra como el agua, sin impedimentos, a través de la vida de su pueblo, sanando a todos los seres vivos, reconstruyendo las ruinas de las almas y regando los jardines, liberando la vida con esta agua que nunca faltan.  

 

Abstract

This article works two different prophetic views about broken covenants with God through an empty religiosity. With this purpose, examines the structure of veneration about the temple in Jeremiah 7 and the vain feaster in Isaiah 58. The essay concludes with Yahweh’s hope: may the justice runs like water, without obstacles, through his people’s lives, healing all the living beings, reconstructing the ruins of souls, sprinkling the gardens, delivering life with these waters that never fails.

 

Introducción

Una de las características más relevantes del presente siglo es que, pese a que la institución religiosa está en descrédito, la búsqueda de lo sagrado es constante, y se intensifica. Sin embargo, las personas se confunden un poco y, muchas veces se desconectan de la esencia de esta búsqueda, no perciben la distancia que aún debe ser recorrida hasta llegar a su objetivo; simplemente se acomodan por el camino, con un escenario de entrada: el rito y sus símbolos, como si ellos pudiesen sustituir el encuentro con el ser divino.   

En el antiguo Israel también hubo momentos así. El pueblo no captaba muy bien la esencia de las cosas. Ora por distracción, ora por persistencia, pero muy fácilmente se desprendía de la esencia y se conformaba con una religiosidad de apariencia, de formatos, de estereotipos, sin contenidos y vacía. La integridad del corazón de aquel que buscaba a Dios no era lo que más pesaba. Si el exterior era convincente, eso ya era suficiente. Es decir, quien cumplía los ritos siguiendo el itinerario litúrgico, se sentía seguro. Fuera del ambiente religioso se comportaba perversamente, pero en el templo se transformaba en un “santo”

Desde Amós y Oseas, en el siglo VIII a.e.c., los profetas del norte denunciaban el desagrado de Yahvé por esta pantomima. Son varias las denuncias en este sentido . A finales del siglo VII, en plena reforma josiánica, es decir apenas algunas décadas antes de las deportaciones de los judíos a Babilonia, el problema en Judá era también el mismo: la mística del templo ocupó todo el espacio de la práctica de la solidaridad, que debía ser el resultado del encuentro, de la alianza y de la presencia de Dios en el corazón del pueblo.

El último profeta en Judá antes de la deportación (Jeremías) y uno de los primeros profetas en Judá después del retorno de los exiliados (Tercer Isaías) continuarán apuntando a la misma cuestión: la religión se ha vuelto vacía y sin sentido, pues ocupa el lugar de la religión verdadera, del culto sincero y comprometido con el amor que Dios siente por sus criaturas. Esta religión se perdió en el camino de la alteridad, se vació del pensamiento y de la acción en bien del otro.

En los tópicos siguientes resumimos estas denuncias con una disposición gráfica un tanto diferente, pero que nos ayuda a visualizar las prácticas indebidas de aquellos que sostenían que el templo y el ayuno eran más importantes que las personas.

Jeremías 7 - No oren por esta gente porque no lo voy a oír

Mejoren sus caminos y sus obras,
y yo me quedaré a vivir con ustedes en este lugar.  
No confíen en palabras mentirosas diciendo:            ¡Este es el Templo de Yahvé!
¡Aquí está el Templo de Yahvé!
¡Este es el Templo de Yahvé!

Si realmente                Mejoran su proceder y sus obras
Practican el derecho con cada uno de sus prójimos,
dejan de oprimir al extranjero, al huérfano y a la viuda.
No derraman sangre inocente en este lugar y
no corren detrás de los dioses extranjeros,  para desgracia de ustedes.  

Yo, entonces, los haré habitar en este lugar,
en la tierra que les di a sus padres hace mucho tiempo y para siempre lugar” (Jeremías 7,3-7).

Esta es la apertura de un capítulo entero, en el cual Yahvé pronuncia palabras duras contra los judaítas. El profeta se coloca como portero del templo (7,29 y desde allí profiere las palabras del Señor. “Escuchen las palabras de Yahvé todos ustedes, judíos que entran por estas puertas para adorar a Yahvé”. El profeta transmite no sólo el desagrado de Yahvé con estas personas de comportamiento perverso que sostenían que la frecuencia en la liturgia y el número de sacrificios les garantizaba seguridad, sino que también trasmite el ultimátum de Yahvé de que cambien de comportamiento: “cambien sus obras” (v. 3 y 7). Si tal cambio no ocurre, ellos perderán aquello que tenían como lo más precioso: su presencia en la tierra de la promesa (v. 7).   

Pero la denuncia no se agota en este versículo, sino que se desdobla en todo el capítulo. El pueblo está robando, matando, cometiendo adulterio, jurando en falso, quemando incienso a Baal, corriendo detrás de dioses desconocidos (v. 8 y 9). Era como aquella gente que sólo era santa cuando va a la iglesia, pero que fuera de la misa es perversa. El templo no era garantía de seguridad y salvación. Sobre esto, Yahvé deja claro: “¿Este templo, donde mi nombre es invocado, será por desventura una cueva de ladrones” (v. 11)? Lo que sigue es muy interesante: Yahvé prefiere destruir el templo que continuar recibiendo este tipo de falso culto. De hecho, Yahvé ya había hecho algo parecido antes, en Silo (v. 12-15) y ahora convida a los judaítas a visitar ese lugar desolado, en la región de Efraín, para que lo compruebe.

Yahvé no cuestionaba el templo, los holocaustos, ni nada que no viniese del corazón sincero, que no se expresase en solidaridad, la práctica del derecho y de la justicia con el prójimo. La fuerza de las palabras de este capítulo de Jeremías nos muestra un Dios indignado, irritado con la ceguera de sus seguidores, que no consiguen observar lo obvio. Impaciente con aquel “teatro” de devoción religiosa y con aquellas interminables  peregrinaciones a Jerusalén. Él no quiere holocaustos. Él quiere un corazón sincero: “no les hablé ni les ordené nada referente a sacrificios y holocaustos.  Lo que les mandé, más bien, fue esto: “Escuchen mi voz, y yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo. Caminen por el camino que les indiqué para que siempre les vaya bien” (v. 23 y 24).

Yahvé, indignado con este culto vacío, prohíbe a Jeremías interceder por este pueblo (v. 16), abomina y rechaza incluso a los nazareos: “corta tus cabellos consagrados y lánzalos fuera” (v. 29). Yahvé se escandalizó al punto de llamar a esta gente “generación de su cólera”. Un Dios y su pueblo, ambos unidos por una alianza, comprometidos uno con otro, están a las puertas de un divorcio que ya venía siendo anunciado hace tiempo, desde el siglo VIII, a través de la profecía de Oseas. ¡No fue por falta de aviso!     

Isaías 58 – Yahvé te guiará continuamente, se…

Aproximadamente un siglo después del oráculo de Jeremías, un profeta cuyo nombre no conocemos y cuyos dichos quedarán insertos en el profeta Isaías, nos habla nuevamente sobre el mismo asunto: el ritual vacío, la religiosidad sin sentido, sin compromiso con la verdad, con la justicia, con la provisión de pan para el necesitado. El capítulo entero es una denuncia, aunque con una señal de esperanza. Hay un camino de restauración al final, siempre que, tal como apunta Jer 7, el pueblo cambie de comportamiento.

Dios comienza con una orden para el profeta: gritar a todo pulmón, levantar la voz como una trompeta (58,1). ¡Parece el desespero divino! Desesperación que clama en medio de la plaza, que grita por encima de la voz de la multitud. Yahvé se queja que la casa de Jacob lo busca diariamente como quien practica la justicia y pregunta con aire inocente: ¿Por qué no ves nuestro ayuno??

El ayuno normalmente era practicado en la fiesta de expiación o en otras ocasiones de luto o súplica de misericordia. Aparentemente, el comportamiento piadoso de este pueblo está haciendo que la cantidad de ayunos aumente. Ellos se quejan que Yahvé no presta atención a sus sacrificios de mortificación de almas (v. 3). Pero la respuesta es dura: “la razón está en que, en el mismo día de su ayuno, corren atrás de sus negocios y explotan a sus trabajadores […] ayunan para entregarse a contiendas y riñas, para herirse con mano perversa” (V. 4).

La respuesta de Yahvé va seguir. La distribución gráfica que utilizaremos en Jer 7 será usada aquí también: 

“No continúen con el ayuno como ahora
Si quieren que la voz de ustedes sea oída en las alturas
Acaso                         ¿es que el ayuno que escogí
un día es que el hombre mortifique su alma?
Acaso
Se trata nada más que de inclinar la cabeza como un junco.
Y de costarse sobre un saco y ceniza?
Acaso              ¿A eso llamas ayuno y día agradable a Yahvé?

Acaso              ¿No consiste en esto el ayuno que escogí:
En romper las cadenas de la iniquidad;
En soltar las ataduras del yugo;
En poner en libertad a los oprimidos;
En despedazar todo yugo?

                        ¿Compartirás tu pan con el hambriento,
los pobres sin techo entrarán a tu casa,
vestirás al que veas desnudo
y no volverás la espalda a tu hermano?” (Isaías 58,5-7)

El estilo poético más unido de Is 58 destaca aspectos muy interesantes del discurso de Yahvé. Sus palabras contraponen la práctica del ayuno realizada por los judaítas y el verdadero ayuno, aquel que a Él le agrada. Dos veces Yahvé interpela con un “acaso”, seguido por dos respuestas cortas sobre las actitudes formales, vaciadas de sentido que el pueblo viene practicando. En la tercera ocasión, el “acaso” es puesto para mostrar una lista más amplia y bien explicitada de las actitudes que Yahvé espera de su pueblo.

El texto es bien claro. En suma Yahvé espera que su pueblo deje de comportarse como un faraón, que pare de oprimir, que pare de poner peso sobre otras personas, que deje de imponer reglas en la vida de los demás, que deje de ser malo. Él espera que su pueblo vea el sufrimiento ajeno y se compadezca; que actúe en favor del necesitado, en lugar de esquivar y fingir que no percibe lo que está ocurriendo.    

El texto continúa con un lindo discurso de Yahvé sobre lo que ocurrirá si el comportamiento del pueblo cambia. ¡Hay esperanza! Yahvé está ansioso de poder liberar las consecuencias benéficas y sanadoras de un cambio de actitud de su pueblo.

Si haces esto   tu luz surgirá como la aurora.
Tus heridas sanarán rápidamente.
Tu justicia marchará delante de ti
y la gloria de Yahvé responderá.
Clamarás por socorro y Él te dirá:                 “Aquí estoy”.
Esto,               si apartas el yudo de en medio de ti
El gesto amenazador
Las palabras perversas;
Si tú das al hambriento lo que deseas para ti
Si sacias al hombre oprimido,            brillará tu luz en las tinieblas,
La oscuridad será para ti como la claridad del mediodía.
Yahvé será tu guía continuamente
te confortará en cada momento, en los lugares
Él te asegurará la llenura, aunque estés en tierra árida;
Él revigorizará tus huesos
Y tú serás como un jardín regado
como una fuente burbujeante cuyas aguas nunca faltan
Tus antiguos escombros serán reconstruidos
Reconstruirás los cimientos de tiempos pasados

Y serás llamado                      Reparador de brechas
Restaurador de estradas para que se pueda habitar”. (Is 58,8-12)

Después de haber oído la opinión de Yahvé sobre esta religiosidad de apariencias y de haber percibido la angustia del oráculo de un Dios que no se siente comprendido  por un pueblo que debería estar involucrado con Él, en cuerpo y en alma, vemos que, al tiempo que hace promesas de restauración en el caso de que el pueblo cambie su proceder, hay también un hilo conductor entre Jer 7 e Is 58. Jeremías enfatiza que el templo no da seguridad, Yahvé puede destruirlo y alejar al pueblo de la tierra prometida, dejándolo desterrado y sin casa.

Ya el texto de Is 58 termina prometiendo al pueblo que, si ellos cambian de proceder, ellos mismos serán quienes reconstruyan las veredas que conducen a los lugares seguros de habitación. En Jer 7, el pueblo de fía del templo y se mantiene sin tierra; en Is 58 es el cuidado del otro lo que construye un lugar seguro de habitación. ¿Qué lógica traspasa este hilo conductor? 

Construyendo un puente entre Jer 7 e Is 58

El texto de Jer 7 es más antiguo que el de Is 58, pero ambos tienen sus orígenes en Judá. Jer 7 es pre-exílico y profetizó en los días posteriores a la reforma religiosa promovida por Josías, sin embargo es anterior a la deportación de los judaítas a Babilonia. Hay una inclinación entre los investigadores de definir la actuación de Jeremías entre los años 609 y 597, y estas profecías son de los días de Joaquín, pues durante la reforma de Josías, Jeremías, aparentemente, estuvo en silencio. Julda fue la profetisa consultada respecto al contenido de los libros encontrados en el templo que se estaba reconstruyendo. Esto nos indica un Jeremías ausente, inactivo o menos evidente durante la época en que fue encontrado el libro de la ley o durante la reforma religiosa que siguió a ese acontecimiento.   

La actuación de Jeremías se da en una especie de apogeo literario en Judá, la propia mención constante de un “material de escritorio”, a lo largo del libro, como cartas, libros, rollos, tinta, estilete de hierro, punta de diamante, cortapluma de escriba (36,26; 51,60; 17,1; 36,18; 17,1 y 8,1) nos muestran una actividad literaria en plena expansión.
Tal hecho coincide con dos cosas, primero la actuación del deuteronomista. Estamos en el periodo en el cual la historiografía de los profetas anteriores comienza a ser escrita. El contenido del Deuteronomio, recién descubierto por Josías, provoca no sólo una “limpieza” en la idolatría de Israel, sino que también avala la redacción de los libros de Josué, Jueces, 1-2 Samuel y 1-2 Reyes, es decir la Obra Historiográfica Deuteronomista, que conlleva un eslogan constante: dado que los israelitas adoran otros dioses, Yahvé permitió la opresión extranjera con otros tipos de “faraones”. Y en los días de Josías, el temor de que el destino del norte, destruido el 722, se repita en el sur es aún una constante.

Este rey intenta hacer lo correcto. Hay quien sostiene que él quería promover algo político, y que los resultados de esta reforma no fueron tan eficientes. En cuanto a las verdaderas intenciones de Josías, no tenemos cómo juzgar, pero en cuanto a los resultados de la reforma, Jer 7 parece concordar, pues la inserción de denuncias sobre el culto a Ishtar (reina del cielo) y a los dioses extranjeros, en pleno periodo de pos-reforma, se interpone entre las prácticas religiosas condenadas por Yahvé en este capítulo, como se verifica en los versículos 16-20.

En segundo lugar, también coincide con el periodo de descrédito experimentado por el profetismo en Israel, un tiempo en que primero se tenía que escribir lo que fue dicho por el profeta, aguardar unos años y, sólo después del cumplimiento, se admitía que su palabra era expresión verdadera de Yahvé. Eso aconteció en los días de Jeremías: sus palabras fueron desacreditadas muchas veces, él fue apresado, el primer rollo de las profecías fue quemado, pues en esta época había profetas de todos las formas: profetas verdaderos de Yahvé, profetas falsos de Yahvé, profetas de Baal y de los dioses extranjeros y, por fin, profetas por su propia cuenta .

Esta abundancia de escritores y abundancia de profetas creó un escenario muy propio para la actuación de Jeremías, donde se confundían profeta y sus redactores en un lenguaje bastante fragmentado. El estilo literario y el tenor de su predicación tuvo una nítida influencia deuteronomista. Son muchos los redactores y profetas en esta época, y Jeremías representa esta polifonía de voces, de tal forma que no es posible distinguir entre lo que es auténticamente de “jereminiano” en Jeremías y aquello que proviene de sus redactores .

En cuanto al Isaías Junior, este profeta es el último, el que cierra el compendio isaiano. Es un profeta del pos-exilio. Entre Jeremías y el Tercer Isaías “mucho agua corrió bajo el puente”. La nobleza, la realeza, los militares, los sacerdotes, los levitas, los artesanos y los habitantes de Jerusalén testimoniarán, exactamente, lo que Yahvé habló sobre Silo en Jer 7: ¡el templo fue destruido! Yahvé se cansó de todo aquello, de aquel templo lleno de sacerdotes y levitas, de un pueblo que no se cansaba de peregrinar hasta el templo, pero cuyo corazón permanecía dividido, desinteresado, distante, apasionado por dioses que no oían su clamor, ni cuidaban de su pueblo. Un “casamiento” sólo en el papel. Un Dios que hace todo por su pueblo, pero un pueblo que no lo ama de corazón. Los judaítas también testimoniarán que la segunda amenaza de Yahvé se cumplió: estos deportados perderán la tierra de la promesa. ¡Qué cosa tan triste! ¡Pero no fue por falta de aviso! 

El Tercer Isaías está unos cien años adelante. Él experimentó un momento en el cual los judaítas deportados ya se sentían perdonados. El choque del exilio avaló la teología anteriormente practicada por los judaítas, avaló principalmente a los que fueron desterrados. En Babilonia, sin templo y sin patria, extraditados, sin un lugar para fomentar su culto, sin un sistema litúrgico que controlase la fe de los fieles, los judaítas pusieron otros énfasis en su devoción a Dios. Esta vez, realmente, empezaron a preocuparse por la alianza rota. Para que haya alianza era necesario que haya acuerdo entre las dos partes. Yahvé es nuestro Dios y nosotros somos su pueblo. No hay una alianza unilateral. Parece que sólo en el exilo los deportados comenzaron a tener noción de su responsabilidad en este pacto y se dedicaron a leer las Escrituras, a guardar el sábado, a practicar la circuncisión, a evitar el contacto y mezcla con extranjeros; los principios de la ley del Deuteronomio, que Josías apenas implementó en la estructura de la nación, pero no en el corazón de los judaítas, comenzaron a ser observados.    

Con la autorización de Ciro, para que retornen los exiliados y con las progresivas levas de deportados llegando a Palestina, el templo pudo ser restaurado y el pueblo volvió a frecuentarlo, pero el modelo religioso traído por los deportados a Judá, en este momento de restauración continuaba incomodando a Yahvé. ¡Con qué facilidad ellos demostraban humildad! Sin embargo, aún había mucho por aprender.

Conclusión

La denuncia muestra la indignación de Yahvé contra aquellos que se aferran al rito, pero que durante su peregrinación al templo se olvidaban de la naturaleza de Yahvé, un Dios de justicia y rectitud. Ya el verdadero ayuno muestra exactamente lo que Yahvé está dispuesto a hacer con aquellos que comprenden  lo que Él espera de su pueblo.

Una figura del lenguaje, muy bonita,en Is 58 es la idea conjunta de un jardín regado con una fuente de agua: “serás como un jardín regado, como una fuente burbujeante, cuyas aguas nunca faltan” (v. 11). Esta idea de fuentes de aguas sanadoras se hace presente también en otros profetas. En Amós el discurso profético ya hacía esta comparación: “¡que el derecho corra como el agua y la justicia como un río caudaloso!” (Am 5,24).

Durante el exilio, el propio Ezequiel, en su proyecto de una nueva vida para Israel, también nos ofrece la idea de que en este templo reinaugurado en los días del Tercer Isaías debe fluir aguas que produzcan vida: “por donde pase el río habrá todo tipo de animales y de peces. Porque esa agua fluye para allá y sanará el agua salada [de Arabia]; de modo que, donde el río fluya, todo vivirá (Ez 47,9)”. Y ahora en Is 58 aparece nuevamente la idea de la fuente burbujeante, con aguas que nunca cesan.

Yahvé espera que esta gente que firma con su sobrenombre, en vez de destruir a aquellos que sufren, permita que, por sí mismos, obtengan su sanación. Que en su pueblo corra la justicia y el derecho, con tanta naturalidad que sane las enfermedades humanas, por donde sea que su pueblo vaya pasando. Una fuente sin fin de aguas burbujeantes. Y que esta cura reconstruya la salud y la vida de las personas, reconstruya el camino seguro. Yahvé dice que los escombros serán reconstruidos. Aquí no se habla más de las ruinas del templo, pues éste ya se reinauguró, nuevo en su forma, por lo menos físicamente; aquí parece que se habla de las ruinas de las vidas destruidas y de las almas despedazadas, almas que experimentan terribles pérdidas, destierro, sufrimiento, hambre, angustia. Él quiere que el alma de su pueblo sea sanada, y que las brechas de sus moradas y murallas, de las estructuras que a ellos les proveen de seguridad física y emocional, sean reparadas. Él quiere que las entradas que conducen a su pueblo de vuelta a la posesión de la promesa, de vuelta al lugar de la abundancia, donde mana leche y miel, donde el hambriento se siente alimentado, el pobre se siente amparado, la viuda se siente casada y el huérfano encuentra padres y madres, sean, todas ellas, reconstruidas. Aquí no se trata de una mención apenas física, sino holística, que comprende todo el ser humano integrado con la creación.      

El día que el pueblo de Dios entienda que el rito y su simbolismo no pueden ser vaciados de la propuesta de vida que la alianza con Yahvé planeó para los suyos, esa agua fluirá, curará las heridas, restaurará a los individuos, regará jardines, construirá entradas a los lugares donde nuestro corazón, finalmente, podrá reposar, sintiendo los brazos seguros y acogedores de este Dios que siendo padre posee un corazón de madre. 

 

Lília Dias Marianno
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lilia.marianno@gmail.com

Diversos autores dialogarán conmigo en este ensayo. A ellos debo preciosas pistas: José Severino Croatto, Isaías vol.  I: 1-39 - O profeta da justiça e da fidelidade, Petrópolis: Vozes, 1989 (Serie Comentario Bíblico); José Severino Croatto, Isaías vol. III: 56-66 - A palavra profética e sua releitura hermenêutica: a utopia da nova criação, Petrópolis: Vozes, 2002 (Serie Comentario Bíblico); Norman K. Gottwald, Introdução socioliterária à Bíblia Hebraica, São Paulo: Paulus, 1988; Ivo Meyer, O livro de Jeremias e Hans-Winfried Jüngling, O livro de Isaías, en Erich Zenger y otros, Introdução ao Antigo Testamento, São Paulo: Loyola, 2003, p. 380-420; Jorge Pixley, “El libro del profeta Jeremías - Un elemento en la construcción del sujeto Judá”, en Los caminos inescrutables de la palabra, homenaje a José Severino Croatto, Buenos Aires: Lumen/Isedet, 2000, p. 297-326; Milton Schwantes, Sofrimento e esperança no exílio - História e teologia do povo de Deus no século VI a.C., São Paulo: Paulinas, 2007; Alicia Winters, Ouvi a palavra - Jeremias 7-10+34-38 y Jorge Torreblanca, “Jeremias - Uma leitura estrutural”, en Revista de Interpretação Bíblica Latino-Americana, vol. 35/36, 2000, p. 77-96; Shigeyuki Nakanose, Uma história para contar... A páscoa de Josias, São Paulo: Paulinas, 2000.

Varios trechos corroboran esto: Amós 5,4-6.21-23; Oseas 4,4-7.15-19; 6,4-9; 8,11-14. Una diferencia que se percibe es que estos profetas del siglo VIII denuncian a los sacerdotes y a los líderes religiosos porque inducen al pueblo al error. Ya en Jer 7 e Is 58, la denuncia es contra el propio pueblo, que aprendió una religión de apariencias y sin justicia.

Para un panorama efectivo de este momento, sugiero la lectura de Jose Luiz Sicre, O profetismo em Israel, p. 279-294.

Ver Milton Schwantes, Sofrimento e esperança no exílio, p. 55, también en Ivo  Meyer, O livro de Jeremias, p  410-411.