Introducción metodológica a los escritos de Pablo


Leif E. Vaage

El caso Pablo sigue siendo un desafío para mucha gente, por no decir un obstáculo, todavía no superado. Sin lugar a dudas es un caso problemático. No obstante, actualmente en las iglesias tanto como en las sociedades fundadas sobre la herencia o imposición de la cristiandad occidental, el discurso paulino se mantiene como elemento básico del aparato de poder, ya sea por el concepto de estado y de ciudadanía, contra el cual se lucha y del cual se sufre, o sea por los códigos de género y sexualidad y del bien (virtud) y el mal (vicio), incluso el valor del sufrimiento, con los cuales solemos pensar y castigarnos, criticarnos y rechazar a los demás.


Darle relectura a la voz primordial de Pablo es replantearse este discurso, dominante y latente, que nos viene acompañando todavía en los pleitos eclesiásticos y otros foros políticos. El discurso paulino todavía se presenta, para mucha gente, más como problema que superar, o evitar, que como pozo de aliento y de pensamiento alternativo que ayuda a sentirse reanimado y encaminado por buen sendero.


Como ya se había indicado en otro ensayo sobre las llamadas cartas deutero-paulinas, el corpus paulino se refiere, en primer lugar, al conjunto textual que, en la tradición de los manuscritos bíblicos, habría contenido los catorce escritos que son las cartas a los Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, 1 y 2 Tesalonicenses, 1 y 2 Timoteo, Tito, Filemón, y Hebreos.


Trabajar este conjunto de textos, o cualquiera de ellos, es siempre una tarea doble. Por un lado, se trata de profundizar en el testimonio literario de un conjunto de textos particulares y, por otro lado, de reencontrarse con la persona histórica que estos textos representarían. Insisto en esta doble tarea. No trabajar la particularidad de cada uno de los catorce textos que integran el corpus paulino sino la particularidad del conjunto mismo, significaría no tomar en serio todo lo que es esta tradición cristiana primitiva. Como lectura bíblica no sería una interpretación muy exegética o científica. Asimismo no trabajar la cuestión, digamos, biográfica o socio-política de la(s) persona(s) que habla(n) aquí, o sea, quién es el sujeto histórico que se asoma en cada uno de estos textos, sería no tomar en serio el hecho de que todos estos textos son escritos muy personales (o en el caso de la llamada carta a los Hebreos, un texto personalizado), cuya autoridad depende casi exclusivamente de quien habla aquí. Aunque sean textos canónicos, no dejan de estar explícitamente ligados a la figura de una sola persona que se llama Pablo .


Insisto en esta doble tarea, porque la gran mayoría de los estudios sobre los escritos paulinos no se fijan ni en el conjunto canónico, del cual cada uno de los catorce textos del corpus paulino forma parte, ni en el sujeto histórico que sería el horizonte – o trasfondo – socio-político de estos discursos, sino que típicamente se hace una lectura demasiado parcial, en el peor sentido de la palabra. Es decir que no reconocen el interés ideológico subyacente ni explican el por qué metodológico de sus silencios y posturas preferidas.


Lo que con frecuencia es presentado como lectura crítica del corpus paulino no es sino una lectura limitada de todos los textos que integran el conjunto canónico, tomando los escritos escogidos como los más auténticos, para después unirlos todos en un solo paquete, haciendo de ellos un testimonio demasiado unificado, sin movimiento o indicio alguno de vulnerabilidad verdadera.


En nombre del Pablo verdadero, no se ha leído todo lo que es el canónico corpus paulino ni se ha investigado más concretamente el cuerpo paulino histórico, lo cual implicaría una lectura del texto bíblico desde la debilidad evidente de su autor de carne y hueso. No sorprende, pues, que en la lectura más típica o generalizada de los científicos del corpus paulino, el resultado ha sido ni chicha ni limonada sino un cóctel idealista. Así sigue levantándose una imagen del “menor de los apóstoles” (1Cor 15,8), cada vez más coherente, erudito, “limpio” de toda rareza e impertinencia.


Para una lectura más responsable y satisfactoria del corpus paulino es imprescindible, desde mi punto de vista, no confundir los testimonios que presentan los diferentes textos que integran este conjunto de escritos con lo que nos cuenta el libro de los Hechos sobre Pablo. Por lo menos, es muy importante para una relectura del corpus paulino no seguir tomando el libro de los Hechos como tipo “suplemento” al corpus paulinosino, más bien, como una especie de “complemento”, es decir algo agregado a esa colección. Pues en la tradición de los manuscritos bíblicos el libro de los Hechos nunca fue transmitido (hasta una época bastante tardía) junto con los catorce textos que integran el corpus paulino,sino que siempre está juntado con los llamados escritos católicos que son las cartas de Santiago, 1-2 Pedro, Judas, y 1-3 Juan. Lo cual quiere decir que a nivel de los manuscritos bíblicos, el libro de los Hechos no forma parte del testimonio paulino, sino que pertenece al conjunto relacionado con los otros “pilares” de la iglesia en Jerusalén (Gál 2,9), que fueron Santiago, Pedro, y Juan. El corpus paulino y el libro de los Hechos así no son del mismo “bloque” tradicional .


La consecuencia metodológica más importante de esta distinción sería ya no tomar más fuera del corpus paulino el marco de interpretación de sus varios escritos, al menos si se busca profundizar el sentido original de su discurso. La dificultad que se experimenta en mantener esta distinción a la hora de leer uno de estos textos se debe al deseo canónico – o, mejor dicho, al esfuerzo de la lectura dogmática de la Biblia cristiana – por juntar los dos conjuntos en un solo discurso, como si no fueran realmente posturas antagónicas. No obstante, desde mi punto de vista vale más entender el espacio canónico de la Biblia cristiana como lugar de encuentro y también a veces de desencuentro o discrepancia, en donde confluyen todas las sangres de los pueblos cristianos originarios. El corpus paulino sería uno de estos pueblos, dentro del cual tampoco todo lo dicho se alinea en un solo sentido.


De todos modos, hay que prescindir del modelo común y corriente de Pablo como tipo “hombre fuerte”, erudito y noble desde siempre, que es, repito, la imagen de Pablo que promueve el libro de los Hechos y que todavía predomina en la ciencia bíblica. Según Pablo, aunque sea sin querer reconocerlo, su cuerpo era obviamente una vergüenza a nivel socio-político, porque no cuadraba, como presencia apostólica, en los esquemas dominantes, o normales, de liderazgo (tanto en la antigüedad como actualmente). De la misma manera, los escritos de Pablo tampoco son tratados que brillan por su elocuencia y erudición. Han sido leídos con frecuencia, como si lo fueran. Pero esta interpretación se debe, otra vez, a la imagen de su autor tomada de otro lugar.


Puede que las cartas de Pablo hayan sido “duras y fuertes” (2Cor 10,10) para sus primeros lectores, y que su estilo literario no sea tan bajo como el de otros papiros antiguos, pero estas cartas fueron escritas, muy probablemente, no por Pablo mismo sino por otra persona, tipo secretario o escribano (véase Rom 16,22; también la “firma” del apóstol en 1Cor 16,21; Flm 19; Gál 6,11) . En 2Cor 11,6 Pablo admite no haber tenido nada de formación escolar (ei de kai idiôtês tô logô). Esta afirmación no nos debe sorprender, porque Pablo dice más de una vez haber trabajado como obrero artesanal, es decir como “mano de obra” (véase 1Cor 4,12; también 1Tes 2,9) . Además, había sido maltratado con frecuencia, según nos cuenta, en formas humillantes, lo cual simplemente no era posible para un “señor” del mundo mediterráneo antiguo .


Sin hablar de la cárcel, desde la cual fueron mandadas las cartas a los filipenses y a Filemón, Apia y Arquipo. En 2Cor 11,24 dentro de un largo alistado de dificultades y penas que había pasado, Pablo dice que “cinco veces los judíos me condenaron a los treinta y nueve azotes”. Quiere decir que no solamente había sufrido cinco veces un castigo reservado para los esclavos, sino que también llevaba en carne propia las cicatrices que ante los demás lo habrían hecho equivalente a cualquier otro esclavo desaprobado .


De ahí lo atrevido que es este mismo cuerpo paulino, porque a pesar de todo lo despreciable que podría haber sido Pablo en persona, seguía insistiendo en que, desde tal cuerpo y ubicación social, se diera a conocer algo imprescindible para la vida. Todo lo que dice Pablo en sus cartas sobre el poder divino manifestado a través de su debilidad, tiene que ver con esta convicción de que esta debilidad, o sea, su experiencia de marginalidad, maltrato y menosprecio, no haya sido simplemente eso.


El presente número de RIBLA trata de las voces originarias de Pablo. Textualmente quiere decir los históricamente auténticos escritos paulinos, por los cuales el apóstol mismo habría sido responsable. No obstante, el tema de la autenticidad histórica no deja de ser problemático, si es que literalmente Pablo no escribió sus propias cartas, sino siempre a través de un secretario o escribano. En este caso, no todo lo dicho en una carta particular se debe necesariamente a la voluntad apostólica. Siempre podría ser que una frase o concepto hubiera sido formulado por la persona que le ayudó a crear el documento como tal.


Tampoco debemos olvidarnos de las otras personas que también aparecen junto con Pablo en los saludos iniciales de cada carta (salvo por las cartas a los romanos y a los gálatas, cuyos motivos explican la excepción). Según la costumbre epistolográfica antigua, esto quiere decir que junto con Pablo también estas personas son los que han enviado la carta. El discurso paulino, pues, desde su primer momento es palabra comunitaria, levantada en base al diálogo y, se supone, un intercambio de diferentes perspectivas, el cual no siempre habría estado carente de discrepancia.


Sea lo que fuera el sentido más preciso del concepto de la autenticidad histórica, siete son los libros bíblicos que ahora todos los estudiosos suelen aceptar como escritos debidos a Pablo mismo. Estos son Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas, Filipenses, 1 Tesalonicenses, y Filemón, Apia y Arquipo. En este número de RIBLA nos limitamos a trabajar solamente estos siete textos, que representan precisamente la mitad del corpus paulino canónico. Históricamente hablando, es la única base segura, sobre la cual intentar conocer el testimonio que nos habría dejado el mismo Pablo.


Dicho esto, hay tres cartas más que algunos estudiosos siguen tomando como también auténticos escritos paulinos. De ellos el más aceptado es 2Tesalonicenses. En segundo lugar se da la carta a los colosenses. Y ahora unos cuantos han vuelto a abogar por la autenticidad de 2Timoteo. Obviamente, la aceptación de cualquiera de estos tres escritos y por supuesto de dos o tres como también parte del auténtico discurso paulino, tendría diversas implicancias en las conclusiones que saquemos sobre varios aspectos de los demás escritos propios de Pablo. No obstante, no dejan de ser escritos, cuya autenticidad histórica sigue siendo discutida. Por eso no los hemos incluido en este número de RIBLA, cuyo fin es trabajar las voces originarias del Pablo histórico.


El orden en que se presentan los escritos que integran el corpus paulino en los manuscritos bíblicos no se debe a su historia de composición original, es decir, un concepto cronológico, ni corresponde a uno u otro razonamiento teológico. Más bien, tiene todo que ver con la tecnología antigua relacionada con la producción de los manuscritos. Por razones técnicas lo más común a la hora de poner la pluma sobre el papiro o el cuero era empezar con el texto más largo que se tenía que copiar, el cual en el caso del corpus paulino es la carta a los Romanos, y de ahí se iba colocando a los demás textos, del segundo más largo al más breve, el cual en el corpus paulino es la carta a Filemón, Apia y Arquipo.


La “carta” a los Hebreos sería la excepción que consta la regla. Con una cierta frecuencia a este libro bíblico se lo ponía en segundo lugar después de la carta a los Romanos, pues es un texto más largo que el de 1Corintios. De lo contrario, a diferencia de todos los demás escritos que integran el corpus paulino, la carta a los Hebreos tiene un lugar andante en los manuscritos bíblicos dentro del corpus paulino. Puede ser porque desde al menos el siglo tercero d.C. su (in) autenticidad como escrito paulino ha sido sospechada, a la vez que siempre ha formado parte del conjunto de textos que se llama el corpus paulino.


Así es que el orden de presentación de los auténticos escritos paulinos – tanto en los manuscritos bíblicos como en las traducciones actuales – no representa la secuencia histórica de su composición original. Como la misma carta a los Romanos lo deja claro, el escrito que siempre aparece primero en los manuscritos del corpus paulino se compuso al final de todo el trabajo apostólico, ya realizado, por Pablo en el territorio donde se encontraron las comunidades y personas, a las cuales los demás escritos de Pablo fueron mandados, es decir, los libros bíblicos de 1 y 2Corintios, Gálatas, Filipenses, 1Tesalonicenses, y Filemón, Apia y Arquipo.


Por eso, si se quiere leer el testimonio paulino desde la vida del apóstol mismo, o sea, desde el proceso histórico que compartía Pablo con otros, no vale tomar la carta a los Romanos como pauta teórica o base exegética para entender los escritos auténticos, pues la carta a los Romanos no representa ni el punto de partida, es decir la vivencia originaria, ni la forma de hablar y pensar más típica de Pablo, sino que es el resultado de todo su andar apostólico, ya fracasado, y un esfuerzo casi desesperado de encontrar otra salida y sacar adelante el proceso a pesar de todo lo pasado.


¿En qué orden fueron escritas originalmente las cartas auténticas paulinas? Históricamente hablando, habría una sola respuesta correcta. Prácticamente, la pregunta nos pone ante un acertijo, casi imposible de resolver, por lo menos con certeza. Recuérdese que el libro de los Hechos no nos puede ni debe ayudar en esta tarea si es que queremos mantenernos firmes en el proyecto de trabajar el testimonio propio de Pablo a partir del corpus paulino, con el cual, vuelvo a repetir, el libro de los Hechos a nivel de los manuscritos bíblicos no tiene nada que ver.


Provisionalmente, las siguientes afirmaciones podrían tomarse como el sentir común de los estudiosos. De los siete escritos auténticos paulinos, cuatro se ponen en una secuencia más o menos acertada, la cual es: i) 1 Tesalonicenses, ii) 1 Corintios, iii) 2 Corintios, y iv) Romanos. Ya comentamos el caso de la carta a los Romanos como (una de las) última(s) carta(s) de Pablo. Si comparamos el consuelo que a los hermanos y hermanas tesalonicenses Pablo les da en 1Tes 4,13-18, sobre la resurrección de los muertos con la explicación que el mismo da en 1Corintios 15 y particularmente en 15,50-52 sobre este tema, resulta poco probable que el texto de 1Corintios se haya escrito antes de 1Tesalonicenses. Igualmente es poco probable que 2Corintios haya sido escrito antes de 1 Corintios; tanto por el avanzado deterioro en la relación de Pablo con (algunos de) los corintios, el cual se deja ver a flor de la piel en 2Corintios 10-13 (y 2Cor 2,14-7,4); como por el gran alivio, al cual Pablo da expresión en 2Cor 1,1-2,13 al resolverse este pleito, cada vez más fuerte, entre él y (algunos de) los corintios; y por la renovada confianza que a Pablo ahora le permite volver a animar a los corintios a seguir participando de su proyecto de una colecta para otros en Jerusalén. Así tenemos una especie de columna vertebral cronológica para cualquier otro cronograma más detallado de la historia de composición de las cartas auténticas paulinas.


Si juntamos – cronológicamente – la carta a los filipenses con la dirigida a Filemón, Apia y Arquipo por ser las dos únicas cartas explícitamente mandadas desde la cárcel, quedamos con sólo dos problemas por resolver. Es decir, ¿dónde ubicar la carta a los Gálatas? y ¿dónde ubicar a Filipenses junto con la carta a Filemón, Apia y Arquipo? en la ya definida columna vertebral cronológica.


No es novedad hacer notar la semejanza de la carta a los Gálatas, tanto en su problemática socio-política como en su lenguaje teológico, con la carta a los Romanos, de tal manera que la carta a los Gálatas es descrita con frecuencia como un primer borrador de la carta a los Romanos. Sin duda alguna, estas dos cartas se parecen mucho más, la una a la otra, que cualquiera de ellas a 1Tesalonicenses. Esta otra comparación sería necesaria, al menos la de la carta a los Gálatas con 1Tesalonicenses, si colocáramos la carta a los Gálatas al otro lado del cronograma, es decir al inicio del itinerario apostólico de Pablo, donde se lo pone con frecuencia. Pero esta última ubicación de la carta a los Gálatas se debe únicamente al intento, poco justificable, de tomar el libro de los Hechos como marco histórico, dentro de cuyo cronograma ordenar los textos auténticos del corpus paulino. Por eso me parece lo más probable que la carta a los Gálatas haya sido escrito no mucho tiempo antes que la carta a los Romanos.


Dónde ubicar a las dos cartas escritas desde la cárcel, es una cuestión más complicada, o menos capaz de ser aclarada con certeza. La idea de que estas cartas fueron escritas en Roma se debe, una vez más, al final del libro de los Hechos y por eso metodológicamente no vale mucho, al menos que no haya otra razón por la cual así pensar. El hecho de haberse dado un intercambio bastante fluido de personas y bienes entre Pablo y los filipenses, sin embargo, hace poco probable que este intercambio se haya realizado viajando desde Roma hacia Filipos y viceversa, un viaje demasiado largo en la antigüedad como para hacerse con tanta facilidad.


No obstante, tampoco era común en la antigüedad salir de la cárcel una vez metido adentro. La cárcel no tenía, como institución social, ninguna pretensión moderna (europea/norteamericana) de disciplinar o reformar a la persona encarcelada. Servía más bien como un tipo jaula para el matadero. Era básicamente una antesala de la muerte. Así que no es obvio, históricamente hablando, que Pablo haya podido estar encarcelado una vez a medio caminar en su vida apostólica, pues lo normal habría sido no salir de tal lugar hasta su última hora de existencia sobre la tierra. En este caso, las dos cartas: a los Filipenses y a Filemón, Apia y Arquipo tendrían que ser colocadas después de la carta a los Romanos.


Asimismo, no se puede decir que nunca nadie haya salido de la cárcel en la antigüedad. El párrafo anterior sólo busca subrayar el hecho de que no fuese muy común alcanzar esta salida. No obstante Pablo, en 2Cor 6,5 y 11,23, dice haber estado encarcelado más de una vez: en fulakais; lo cual, sin embargo, siempre puede ser tipo plural intensivo, es decir que estuvo sólo una vez estuvo encarcelado por mucho tiempo. De todos modos, en 2Cor 1,8-11 Pablo da a conocer una experiencia que había tenido cercana a la muerte, bastante desesperante, que felizmente duró poco tiempo, cuya descripción particularmente en 2Cor 1,8 hace recordar a la situación, tanto física como sicológica que Pablo resume en Flp 1,12-26, particularmente v. 23.


En este caso, me parece posible que Pablo haya estado encarcelado una vez a medio caminar en su itinerario apostólico, en un lugar no muy lejano a Filipos, tal vez en Éfeso. Lo escrito en 1Corintios ya había sido franqueado antes de que lo metieran preso, pues Pablo se refiere a su experiencia de encarcelamiento y su sorprendente liberación de la muerte, casi segura, que esta experiencia típicamente implicaba sólo en 2Corintios; aunque puede que ya se vislumbre este destino en la referencia a “pelearse con los animales salvajes en Éfeso” en 1Cor 15,32.


El resultado de este análisis, obviamente provisional y hecho a groso modo, es el siguiente cronograma de las cartas auténticas paulinas:

1. 1 Tesalonicenses
2. 1 Corintios
3. Filipenses + Filemón, Apia y Arquipo
4. 2 Corintios
5. Gálatas
6. Romanos

Ahora bien, surge otro tema metodológicamente importante, que es el de la unidad literaria de cada uno de estos libros bíblicos. Claro que al dividirse cualquiera de ellos en originalmente dos o más cartas, el cronograma de su historia de composición se hará cada vez más complicado. Pero esta posibilidad es un tema que cada artículo primero tendrá que proponérselo, y cuya respuesta cada lector y lectora después puede evaluar por su cuenta, para finalmente saber en qué quedamos. En este aspecto, el presente número de RIBLA no es sino un primer acercamiento al acertijo histórico que nos presenta el auténtico corpus paulino canónico.

Leif E. Vaage
Emmanuel College
75 Queen’s Park Crescent East
Toronto, ON M5S 1K7
CANADA

leif.vaage@utoronto.ca

Cf. N.A. Dahl, “The Particularity of the Pauline Epistles as a Problem in the Ancient Church,” en Neotestamentica et Patristica (FS O. Cullmann; Leiden: Brill, 1962), pgs. 261-271.

Véase: David Trobisch, Paul’s Letter Collection: Tracing the Origins (Minneapolis: Fortress, 1994), pg. 10.

Véase: R.N. Longenecker, “Ancient Amanuenses and the Pauline Epistles,” en New Dimensions in New Testament Studies (ed. R.N. Longenecker y M.C. Tenny; Grand Rapids: Zondervan, 1974), pgs. 281-297; E.R. Richards, The Secretary in the Letters of Paul (Tübingen: Mohr [Siebeck], 1991).

Sobre la “mala imagen” que habría tenido el trabajo manual en el mundo mediterraneo antiguo, véase: Ronald F. Hock, The Social Context of Paul’s Ministry: Tentmaking and Apostleship (Philadelphia: Fortress, 1980), pgs. 35-36.

Véase: J. Larson, “Paul’s Masculinity,” Journal of Biblical Literature 123/1 (2004), pgs. 85-97.

Véase: J. Glancey, “Boasting of Beatings: 2 Corinthians 11:23-25,” Journal of Biblical Literature 123/1 (2004), pgs. 99-135.