MI PADRE ERA UN ARAMEO MIGRANTE
Sandro Gallazzi
Resumen
La migración es cosa de pobres. El rico hace expediciones, expansiones, turismo. En La Amazonía, los grandes proyectos de interés de los poderosos, son los anzuelos de las masas de pobres desempleados, cuya migración garantiza el suceso y el enriquecimiento de los grandes. Este trabajo es organizado en tres partes: los aspectos de la realidad de la migración en la Amazonía y en el mundo; las memorias bíblicas de un pueblo de inmigrantes; el mito de la torre de Babel como clave de lectura de la migración.
Abstract
Migration is something that happens to poor people do. Rich people go on expeditions, expansions, tourism. In the Amazon region, the big projects, of interest of the powerful, are the enticements to crowds of unemployed poor people, whose migration guarantees the success and the enrichment of the big guys. This paper is organized in three parts: aspects of the reality of migration in the Amazon region and in the world; Biblical memories of a people of migrants; the myth of the tower of Babel as a reading key for migration.
- La migración que mis ojos vieron y mis oídos oyeron
La empresa minera Pedra Branca do Amapari, de la canadiense New Gold, acabó de despedir a 147 trabajadores y cerrar, provisionalmente, las actividades mineras, por causa de la crisis internacional que explotó en septiembre del 2008. La Jarí Celulose, de la brasileña Orsa, acabó de despedir a más de 1000 trabajadores por los mismos motivos.
Esta va a ser una migración en sentido opuesto, una emigración provocada por el fin de un gran proyecto hecho en esta Amazonía tan codiciada.
A la hora de la implantación se produjo una migración de pobres, atraídos por las promesas de empleo. No conozco ningún gran proyecto en el Amapá, que se haya constituido según la ley, sino sólo empresas que cubren sus irregularidades e ilegalidades usando la justificación social del empleo, del desarrollo y de la contribución social.
Es para eso que sirve el Estudio de Impacto Ambiental (EIA): “después de identificar los impactos sobre el ambiente y sugerir medidas para mitigarlos, el EIA los compara con los impactos económicos y sociales que la empresa puede producir. En este momento, “costos” intrínsecos a la realización de cualquier emprendimiento –como el rol de pagos y los impuestos que deben honrarse- son relacionados como impactos económicos positivos. Y las iniciativas sociales, casi siempre descontados de los debidos impuestos, son catalogadas como medidas compensatorias e impactos sociales positivos. En el cálculo final, los impactos positivos siempre acaban superando a los impactos negativos, y presentan a la empresa como algo aceptable. En ningún momento entra en discusión la participación de la población en los dividendos de las empresas, ni se deja claro el valor de las exenciones y de los incentivos fiscales que las empresas reciben de parte de los gobiernos interesados en su implantación” .
Es la lógica del gran proyecto: el lucro es de ellos, los costos son nuestros.
- Las migraciones en la Amazonía
Grandes proyectos: la realidad de la Amazonía en los dos últimos siglos está marcada por una señal. Comenzó con el interés internacional por el caucho que en el siglo XIX tenía una gran importancia económica. Empresas norteamericanas y europeas se instalaban, e interesadas por la mano de obra barata, forzaron un proceso migratorio que atrajo a decenas de miles de migrantes del noreste brasileño. En 1943, en plena guerra mundial, Brasil firmó un acuerdo para suministrar caucho a los Estados Unidos de Norteamérica. Una vez más, la producción de caucho atrajo y empujó a millares de personas del noreste hacia la Amazonía, causando un segundo ciclo de crecimiento económico en la región. Los estudios dan cuenta que, de los 60 mil habitantes del noreste, “soldados del caucho”, que migraron hacia la región, la mitad desapareció en la selva amazónica.
El enriquecimiento de unos pocos “patrones” correspondía a la esclavitud de muchas familias, siempre endeudadas con los patrones, que “preparaban” su trabajo, ofreciéndoles mercaderías para su subsistencia. A cambio de los productos recibían vales para comprar otras mercaderías en la barraca del patrón. La producción de los clientes nunca era capaz de pagar la deuda del grupo, lo que generaba un círculo vicioso de permanente endeudamiento, una verdadera esclavitud a causa de la deuda que, en algunas localidades, todavía subsiste.
El caucho natural dejó de tener valor comercial y fue sustituido por la madera, por la castaña, por el palmito, por la pesca predatoria. La esclavitud continuó marcando la vida de muchos ribereños de la Amazonía.
Después vinieron los gobiernos militares con sus grandes proyectos: “integrar para no entregar”, decían ellos. Millares de colonos vinieron en todos los puntos del país, llamados por las nuevas fronteras de expansión agrícola. Este proceso resultó en el surgimiento de grandes haciendas para la actividad agropecuaria, implantadas en áreas que eran incentivadas con recursos públicos. Los incentivos fiscales ofrecidos provocaron la estampida de grandes propietarios y, sobre todo, de grandes empresas que querían ocupar la Amazonía; con la consiguiente ocupación de tierras indígenas, la expulsión de los colonos y la esclavitud de los peones.
Se inició un proceso de migración en sentido opuesto: millones de colonos, indios y ribereños fueron forzados a abandonar su tierra y a refugiarse en las periferias de las grandes ciudades: éxodo rural también es migración.
Después vinieron los grandes proyectos, los mega-proyectos de apertura a nuevas entradas, de la construcción, de gigantescos diques, de minería, de siderurgia, de agro-negocio…
La migración fue marcada por el efecto “acordeón”. En la hora de las construcciones, millares de personas habían inmigrado para ofrecer su mano de obra a costos casi despreciativos. Terminadas las construcciones, millares de personas fueron despedidas, marginadas, muchas veces sin todos sus derechos y quedaban como una masa sobrante, que migraba de una periferia a otra, convirtiéndose en campesinos de granja, buscadores, vendedores callejeros o mendigos.
Estos grandes proyectos, también forzaron a una emigración: ¿cuántas familias tuvieron que abandonar las áreas que se habían inundado por el reservorio generado por un dique? Tucurui, Samuel, Balbina están allí y nos recuerdan el dolor y el sufrimiento de varios éxodos: son los damnificados por las construcciones de represas.
Centenares de otros colonos son afectados por la lógica perversa de un Estado que considera el subsuelo mineral más importante que el suelo y que toda la vida que está encima del suelo: bichos, plantas, gente. Todo debe ser aplastado, destruido, derrumbado. Son los “arrendatarios”, como los llama el código de minería, perturbados, aplastados expulsados a cambio de indemnizaciones insignificantes, para que nuestros mineros puedan remover montañas en los países ricos, y gigantescos agujeros en nuestras casas violadas, violentadas, contaminadas y, en enseguida, abandonadas.
La migración en la Amazonía, como probablemente en todas las esquinas del mundo, es sinónimo de dolor, de fatiga, de abandono, de inseguridad, de miedo y de mucha, mucha violencia.
- Migración en el mundo
Todo eso ocurrió cerca de mí, bien cerca. Más lejos, sin embargo, las cosas no son tan diferentes. Vengo acompañado por la prensa o, a veces solo y veo un fenómeno migratorio en curso en los países ricos de Europa, que ya dura más de una década. Millares de migrantes clandestinos, venidos del África, de Este europeo y asiático, están llegando todos los días, en busca de una vida mejor, haciendo trabajos que los nativos no quieren realizar. Estoy viendo, con horror, que se desarrolla en medio de la gente local un sentimiento racista, que nunca pensamos que se pudiera dar en la civilizada Europa: la inseguridad diaria ante todo lo que es diferente, frente a quien habla una lengua que no se comprende, frente a costumbres y hábitos considerados inaceptables para la cultura europea, provocan reacciones de defensa que, muchas veces, llegan a las agresiones gratuitas contra quien osa salir de su casa y entrar en la nuestra, que es más rica y más bella.
Como si se hubieran hecho un lavado cerebral histórico, los europeos borraron de su memoria las innumerables migraciones ocurridas entre los siglos XIX y XX, cuando incontables multitudes de pobres europeos migraron hacia las Américas o hacia Australia, en busca de un pedazo de tierra o de una vida mejor.
Los Estados Unidos, formados por colonos inmigrantes que expulsaron y diezmaron poblaciones indígenas enteras, ahora están levantando un muro vergonzoso, para impedir la migración clandestina de muchos latinoamericanos.
El mundo rico traza sus fronteras y erige cercas burocráticas tratando de contener una migración que no puede ser parada, toda vez que el pobre, incluso en las explotaciones de los ricos, encuentra una mejor calidad de vida de la que tiene en su país, explotado por siglos sin fin.
- Memorias antiguas de un pueblo que nació de la migración
Hoy como ayer:
Entonces tú dirás estas palabras ante Yahvé: “Mi padre era un arameo errante, que bajó a Egipto y fue a refugiarse allí, siendo pocos aún; pero en ese país se hizo una nación grande y poderosa. Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron dura servidumbre. Llamamos pues a Yahvé, Dios de nuestros padres, y Yahvé nos escuchó, vio nuestra humillación, nuestros duros trabajos y nuestra opresión. (Deut 26,5-7)
Comenzaba así una memoria guardada por la descendencia de Abraham, Memoria marcada por el grito de los oprimidos, maltratados, afligidos, esclavizados. Gente llamada hebrea, los que atraviesan, los que van de acá para allá, de allá para acá . Hebreo, igual que migrante, que pueblo peregrino.
La esclavitud en Egipto había provocado una migración del campo a la ciudad:
En cuanto al pueblo, (José) lo hizo pasar (`abar) por las ciudades, desde un extremo de la tierra de Egipto hasta el otro extremo (Gén 47,21 en la Biblia hebrea)
La Septuaginta se apresura a traducir: En cuanto al pueblo, José lo volvió esclavo.
Es la misma cosa. Las construcciones faraónicas exigían siempre una gran cantidad de esclavos. El texto bíblico guarda algo de esta situación:
Les pusieron entonces capataces a los israelitas, para sobrecargarlos con duros trabajos. Edificaron así para Faraón las ciudades de almacenamiento: Pitom y Ramsés (Éx 1,11).
En este contexto, la memoria popular recuerda una migración hacia la libertad, como hecho fundante de la historia y de la vida del pueblo, memorial permanente de un Dios que combatió por nosotros.
El SEÑOR nos sacó de Egipto con mano firme, demostrando su poder con señales y milagros que sembraron el terror. Y nos trajo aquí para darnos esta tierra que mana leche y miel (Deut 26,8-9).
Ahí nunca más habría migraciones. Cada familia recibiría su herencia, una tierra donde poder sembrar, cosechar y comer, sin más opresiones ni dominaciones.
Y ahora vengo a ofrecer los primeros productos de la tierra que tú, oh SEÑOR, me has dado. Los depositarás ante el SEÑOR, te postrarás y adorarás a SEÑOR, tu Dios. Después comerás y celebrarás una fiesta, tú y tu familia, con todos los bienes que el SEÑOR te ha dado. También comerán y estarán de fiesta contigo, tanto el levita como el extranjero que vive junto a ti (Deut 26,10-11).
El migrante extranjero tenía el derecho de comer del mismo plato reservado para la casa y para el levita.
Esta era un proyecto, pero no fue una realidad.
Al querer “ser como las otras naciones”, los israelitas escogieron la monarquía, y con la monarquía los grandes proyectos. Es de destacar los grandes proyectos de Salomón: sus construcciones. La migración de los pobres volvió a ser característica de las empresas de los poderosos.
La construcción del templo significó una fuerte migración de personas:
El rey Salomón reclutó entre los israelitas a treinta mil hombres para trabajos públicos, los mandó al Líbano por turno: diez mil por mes. Estaban un mes en el Líbano y dos meses en sus casas. Adoram era responsable de esos trabajos. Salomón disponía de setenta mil hombres para transportar la carga y de otros ochenta mil para tallar la piedra en las montañas, sin contar los tres mil trescientos jefes de obra puestos por Salomón para supervisar al pueblo que trabajaba en aquella obra (1Re 5,27-30).
Irónicamente, la edificación de templos y palacios reeditó en Israel la misma situación de opresión que sus antepasados habían vivido en Egipto. Sólo que, ahora, en nombre del SEÑOR que les había liberado de Egipto.
De la tierra buena, espaciosa, tierra de leche y miel, ahora el pueblo debía ofrecer tributos para la manutención del palacio del rey Salomón (cerca de quince toneladas de harina de trigo por año – 1Re 5,2), la deuda contraída con Hiram, rey de Tiro, que proveía de madera y piedras para las construcciones (cerca de nueve mil toneladas de harina de trigo al año – 1Re 5,25); y hasta costear a las víctimas sacrificadas en la inauguración del templo (veintidós mil vacas y ciento veinte mil ovejas -1Re 8,5.63).
¡Egipto estaba de vuelta!
Disponer de la vida del pueblo, hacerlo andar de un lugar a otro, conforme a su interés, era el “derecho” del rey, según lo había resumido Samuel:
(Samuel) les dijo: “Miren cómo mandará el rey que reinará sobre ustedes: tomará a los hijos de ustedes para que cuiden de sus carros y de sus caballos y corran delante de su carro. Los tomará como jefes de mil y jefes de cincuenta, los tomará para que trabajen sus campos, para que cosechen su trigo, para que fabriquen sus armas de guerra y los arneses de sus carros. Tomará a las hijas de ustedes para que sean sus perfumistas, sus cocineras o sus panaderas. Tomará lo mejor de los campos, de las viñas y de los olivares de ustedes y se lo dará a sus servidores. Cobrará el diezmo de sus cosechas y de su uva para dárselo a sus eunucos y a sus servidores. Tomará lo mejor de sus sirvientes, de sus sirvientas, de sus jóvenes, de sus burros, y los empleará en sus trabajos. (1Sam 8,11-16).
¡Cuánto dolor generado por esta situación: familias desintegradas, niños abandonados, violencias de todo tipo amenazando la vida de jóvenes y ancianos.
Y hay un tipo más de migración que llama la atención: ejércitos enteros que transitan de una tierra a otra, para imponer la soberanía de algún imperio. No son llamadas migraciones, sino expediciones militares. Sea como fuera, los ejércitos causaban enorme sufrimiento en esta tierra que, por su posición geográfica, era un corredor a través del cual pasaban todas las tropas, de todas las nacionalidades. Las memorias del pueblo nos hablan de mantos ensangrentados, botas ruidosas, espadas y arcos, casas destruidas, cosechas robadas, mujeres violadas, niños regalados y largas filas de esclavos, de deportados, de exiliados, migraciones que producen éxodos, invasiones que producen expulsiones, conquistas que producen destrucciones y fugas.
Se intentó pero no se consiguió relacionar, a partir de la Biblia, todas las guerras que se dieron dentro de esta pequeña tierra que hasta hoy no consigue apaciguar.
Las palabras de Miqueas resumen bien esta realidad:
Aquellos que pasan en seguridad, tú los convertiste en guerra (Miq 2,8b).
- El pueblo de la tierra y los hijos de la migración
Acabar con todas estas migraciones se había vuelto un sueño, un deseo cultivado a lo largo de los siglos por los pobres de Israel: poder sentirse seguros, bajo la vid o la higuera, comiendo en paz sus frutos y bebiendo el agua de su propia cisterna. Soñaban que las espadas sean transformadas en azadones, lanzas y puntas de hoz; las botas y mantos de guerra serían quemados.
Aquel día, dice Yahvé, ya no me llamarás más “Señor mío”, sino que me dirás “Marido mío” (Os 2,18).
Este sueño se terminó convirtiendo en una utopía escatológica, mesiánica, propia de la consumación de los tiempos, casi imposible de experimentar durante nuestra historia.
La destrucción de Jerusalén, el 587 a.C., y las migraciones que siguieron a ello, marcaron definitivamente la historia de esta tierra.
El exilio – ocurrido diez años antes – de las elites judías que nunca renunciaron a considerarse dueñas de las tierras que tuvieron que dejar (Ez 33,24-29) fue seguido por el retorno de los judíos más pobres que habían migrado hacia las vecinas tierras de Moab, Amón y Edom, huyendo de la guerra, buscando un lugar donde sobrevivir.
Todos ellos regresaron de los distintos lugares donde se habían refugiado y, luego de haber llegado a la tierra de Judá, junto a Godolías, en Mispá, hicieron una gran cosecha de vino y fruta. (Jer 43,12).
Volvieron y recibieron una tierra, como los pobres que Babilonia había dejado en Judá (Jer 39,10). Dos migraciones contrarias: la emigración de los que se habían ido antes, y la inmigración de los que volvieron y ocuparon el lugar dejado.
El derecho de estos pobres “re-inmigrantes” nunca fue reconocido y aceptado por los exiliados. La historiografía oficial, de todas las tendencias, consideró la tierra de Judá una tierra vacía, a la espera del retorno de los exilados.
Ni Joanán, ni sus oficiales, ni nadie del pueblo hizo caso de Yahvé, que les mandaba quedarse en el país de Judá. Antes bien, Joanán, hijo de Carea, y los jefes del ejército se llevaron al resto de la población de Judá, a los que habían estado desparramados por todas partes y que habían regresado a Judá para vivir allí. Entre ellos había hombres, mujeres y niños; estaban las princesas reales y todas las personas que Nebuzaradán, comandante de la guardia, había dejado con Godolías, hijo de Ajigam, y nieto de Safán, y, especialmente, al profeta Jeremías y a Baruc, hijo de Nerías. Partieron para Egipto, desobedeciendo la orden de Yahvé, y llegaron hasta Tafnes (Jer 43,4-7).
Añadirás: Esto dice Yahvé: “Tan cierto como que vivo que los que viven entre ruinas caerán a espada, los que viven en el campo serán devorados por las fieras salvajes y los que viven en guaridas y en cavernas morirán de peste. Convertiré a ese país en una ruina, echaré por tierra su fuerza y su orgullo, y las montañas quedarán abandonadas, sin habitantes (Ez 33,27-28).
Y a los que escaparon de la espada, los llevó prisioneros a Babilonia, donde fueron esclavos de él y de sus hijos hasta que se estableciera el reino de los persas. Así se cumplió la palabra del SEÑOR, por boca de Jeremías: “Hasta que el país haya pagado sus sábados, quedará desolado y descansará todos los días hasta que se cumplan los setenta años” (2Cro 36, 20-21).
Entonces todo el pueblo, desde el más chico hasta el más grande, huyeron a Egipto junto con los jefes del ejército por miedo a los caldeos (2Re 25,26)
No quedó nadie; los textos bíblicos harán un genocidio literario, eliminando de la memoria escrita a los pobres que se habían quedado en Judá, mientras que “Israel” se encontraba en el exilio. Sólo los exiliados fueron considerados verdaderos israelitas, con derecho a volver a la tierra .
A los que migraron –así como los que fueron llevados a la fuerza al exilio- le fueron reconocidos sus derechos de posesión de la tierra, fueron identificados como “hijos de Israel”.
Los pobres, los que no poseían nada, como los llamaba Jeremías (39,10), y que habían recibido viñas y campos, fueron llamados, con desprecio, “pueblos de la tierra”, e igualados a otras naciones que, según la ideología deuteronomista y sacerdotal, debían ser eliminados; con ellos no se podía tener ningún tipo de relación.
Los israelitas que habían vuelto del destierro comieron la Pascua, y junto con ellos, todos lo que habían renunciado a las prácticas impuras de los paganos del país para buscar al SEÑOR Dios de Israel (Esd 6,21).
Esta separación tenía que garantizar la posesión de la tierra a quienes habían vuelto del exilio, a los “hijos de la migración”:
No den pues sus hijas en matrimonio a los hijos de ellos ni tomen sus hijas para los hijos de ustedes. No hagan nada por su felicidad y prosperidad. Si actúan según mi Ley, ustedes serán poderosos, comerán los productos del país y lo dejarán como herencia a sus hijos para siempre. (Esd 9,12).
Extranjeros en su propia tierra, migrantes, gueriim. El conflicto entre los dos grupos fue fuerte y duró más de 90 años. Fue resuelto a favor de los “hijos del exilio” con el poder y la fuerza del imperio. Sin embargo, se necesito llegar a un acuerdo de convivencia:
Se repartirán esa tierra entre las tribus de Israel. Cada uno sacará por sorteo la propiedad que le corresponda y también la de los extranjeros que viven entre ustedes junto con sus hijos nacidos en el país. Los tratarán como a los israelitas del país, e igual que ustedes recibirán una propiedad en medio de las tribus de Israel. El extranjero tendrá su propiedad en la tribu donde viva, dice el Señor DIOS (Ez 47,21-23).
- La diáspora: una migración diferente
La migración, ayer como hoy, tiene una importante connotación de clase: quien migra –o es obligado a emigrar– es casi siempre el pobre, el débil.
El fin del exilio de Babilonia, sin embargo, fue el comienzo de un nuevo tipo de migración, a la que acostumbramos llamar “diáspora”, diseminación.
No todos volvieron a Judá: muchos de los descendientes de la élite que había sido exiliada prefirieron quedarse en las tierras de Babilonia. Era más fácil y más rentable quedarse allá. Las oportunidades eran mayores: allá eran funcionarios del rey, comerciantes, “banqueros”.
Fue gente que procuró quedarse en las “ciudades” y que, tiempo después, las encontraremos en Alejandría, Atenas, Corinto, Éfeso, Tesalónica, Tarso, Antioquía, Roma…
La posesión de la tierra dejó de ser importante para ellos. La bendición de Dios (que volvió a ser el Dios Altísimo) era el bienestar, la riqueza: la tierra perdió mucho de su significación simbólica.
Sin tener y sin buscar la posesión de la tierra, la migración pasó a ser algo “normal”. No estando en juego la posesión de la tierra, disminuyeron los conflictos con los poderosos. Era bien posible convivir con el imperio y con el mercado imperial, fuese este persa, griego o romano.
Esta fue una de las características que marcó la diáspora, sobre todo en la época greco-romana. Antioco III hizo una declaración llena de elogios, respecto a la confianza que los judíos inspiraban a las autoridades imperiales, a causa de su disponibilidad, obediencia y seriedad moral.
Estoy persuadido de que los judíos serán buenos guardianes de nuestros intereses, a causa de su piedad para con Dios; sé que mis antepasados conocieron de su fidelidad y de su pronta obediencia a las órdenes recibidas... a ellos les prometemos que pueden vivir de acuerdo con sus propias leyes (AJ 12,147-153)
Debían existir también muchos judíos pobres, una vez que se insiste tanto en la práctica de la limosna (Tob 1,16-17; 4,7-11.16). Podemos, sin embargo, afirmar que los que organizaban el pensamiento y la vida de los judíos en Babilonia, y en el resto de la diáspora, pertenecían a los círculos de las clases más altas.
Los romanos también reconocieron el judaísmo como una religión lícita, y autorizaron oficialmente el culto en el templo de Jerusalén y, al mismo tiempo, permitieron la organización religiosa y social de las comunidades de los judíos en las ciudades del templo.
Fue esta relación pacífica con el impero lo que permitió que, por ejemplo, las guerras macabeas, pese a que duraron mucho tiempo, no hayan provocado mayores reacciones entre los judíos de la diáspora. El segundo libro de los Macabeos fue escrito para que los judíos de Alejandría también celebren la fiesta de la dedicación del templo, en comunión con los de Jerusalén (2Mac 2, 16).
- En la tierra de Israel, sin embargo...
En la tierra de Israel, la realidad era más compleja. No hay dudas que Herodes el Grande fue un gran constructor: la edificación de las fortalezas de Herodión, de Masada y de Maqueronte y la reestructuración del templo de Jerusalén exigieron multitud de trabajadores de todo tipo y provocaron fuertes migraciones internas. Podemos decir lo mismo de la fundación de ciudades como Cesarea Marítima, Tiberiades, Cesarea de Filipo, Séforis. La migración de muchos trabajadores acompañó todo este proceso de modernización de Judea y de Galilea.
Si validamos la información de Lucas, Jesús era hijo de migrantes que, de Belén de Judá se habían desplazado hasta Nazaret, en la región de Galilea:
Todos, pues, empezaron a moverse para ser registrados cada uno en su ciudad natal. José también, que estaba en Galilea, en la ciudad de Nazaret, subió a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén (porque era de la casa y de la familia de David) (Lc 2,3-4).
El excedente de mano de obra era fácilmente absorbido cuando se terminaban estas construcciones: la presencia de muchos desempleados es testimoniada también por los textos evangélicos.
La cuestión de la posesión de la tierra era decisiva. Inconformes con los latifundios controlados por los herodianos y los saduceos al servicio del imperio romano, los que se habían quedado sin tierra, sobre todo en Galilea, habían creado un caldo de cultivo que favorecía las revueltas y los conflictos. Esta situación llevó a las guerras judías el 66 d.C. y, más tarde, el 132 d.C. En ambos casos las legiones romanas sofocaron con sangre las revueltas judías. Judea fue declarada tierra inhóspita y todos fueron expulsados de allí, y Adriano, el emperador, decretó que hasta el nombre de Judea fuese cancelado. De allí en adelante, el único nombre usado para hablar de aquellas tierras fue “Palestina”.
Fue la última y definitiva migración forzada. Sólo gozaron de paz los judíos de la dispersión, es decir de la diáspora. Por lo menos hasta que el cristianismo se volvió, en el siglo IV, religión oficial. A partir de allí, los judíos nunca más consiguieron vivir en paz .
- La torre de Babel: una lectura mítico/apocalíptica de las migraciones
Después de presentar, en grandes líneas, las diversas facetas del fenómeno migratorio presente en las páginas bíblicas, me parece interesante trabajar una página que, de alguna manera, resume y juzga simbólica y míticamente, esta realidad.
Es la página conocida como de la “torre de Babel”.
El marco del mito de la torre con la que se quería alcanzar los cielos está formada por las genealogías de los descendientes de Noé, que están en el origen de los tres grandes grupos raciales del mundo bíblico (Gén 10,32) y por la genealogía de Sem, que está en el origen del pueblo de Israel (Gén 11,10). Son las memorias de una migración primordial, originaria, que constituyó las naciones de la tierra.
Estas son las familias de los hijos de Noé según sus genealogías y naciones. A partir de éstos se esparcieron las naciones por la tierra después del diluvio (Gén 10,32).
El “gran proyecto” de la ciudad y de la torre es el epicentro del movimiento contrario, una contra-migración para que nunca más haya migración. La construcción de la torre cuya cumbre toque los cielos, tiene este objetivo:
Después dijeron: “Construyamos una ciudad con una torre que llegue hasta el cielo. Así nos haremos famosos, y no nos dispersaremos por todo el mundo” (Gén 11,4).
Hacer la ciudad y la torre es hacer el “nombre” alrededor del cual se puedan reunir todas las naciones de la tierra, que no deberán ser nunca más esparcidas. La ciudad es el anti-Dios cuyo nombre es el único alrededor del cual se pueden reunir las naciones. La torre que alcanza los cielos es la escalera por la cual los poderosos de la tierra pueden subir hasta la morada de Dios y sentarse en su trono.
Son dos proyectos que se confrontan: el proyecto de las familias de los pueblos de la tierra que se extienden para ocupar cada una un espacio de tierra donde vivir en paz y seguridad, y el proyecto de la ciudad que quiere que todas las familias de los pueblos de la tierra vivan reunidas en función de la ciudad grande. En este segundo proyecto dominan los intereses del palacio, del almacén, del cuartel y del templo; son las torres que se levantan sobre todas las familias de la tierra y a las cuales se dirigen los ojos de todas las naciones para que nunca más haya dispersión (el griego usa aquí la palabra diáspora).
Es el proyecto imperial, el mega-proyecto, padre de todos los grandes proyectos que nos quieren poner de rodillas para que proclamemos que la “ciudad” de los poderosos que se sientan en los cielos, es nuestra “señora”, por la cual y para la cual tenemos que vivir.
El rey Nabucodonosor hizo una estatua de oro de treinta metros de alto por tres metros de ancho y la colocó en la llanura de Dura, en la provincia de Babilonia. El rey Nabucodonosor llamó a los funcionarios, prefectos, gobernadores, consejeros, tesoreros, procuradores, jueces y a todos los jefes de provincia para que se reunieran y asistieran a la inauguración de la estatua. Así fue, pues, como los funcionarios, prefectos, gobernadores, consejeros, tesoreros, procuradores, jueces y todos los jefes de provincia se reunieron para la inauguración de la estatua que había hecho levantar el rey Nabucodonosor. Un mensajero anunció con toda su voz: “¡Escuchen hombres de todas las razas, naciones y lenguas! Cuando oigan el sonido de la trompeta, el cuerno, la cítara, la flauta, el trombón, la gaita y de cualquier otro instrumento, se postrarán en tierra y adorarán la estatua de oro que ordenó levantar el rey Nabucodonosor. Aquel que no se postre en tierra ni la adore, será echado inmediatamente a un horno ardiente”. Por eso, cuando todos los pueblos oyeron el sonido de la trompeta, el cuerno, la cítara, la flauta, el trombón, la gaita y de cualquier otro instrumento, los hombres de todos los pueblos, naciones y lenguas se postraron en tierra y adoraron la estatua de oro erigida por el rey Nabucodonosor (Dn 3,1-7).
- Solamente tres judíos no aceptaron arrodillarse, y fueron juzgados en el horno, pero lograron salir de él milagrosamente, liberados para cantar:
“¡Bendito seas Señor, Dios de nuestros padres, alabado y ensalzado eternamente! ¡Bendito sea tu nombre santo y glorioso, cantado y ensalzado eternamente! (Dn 3,52)
El mito de la torre de Babel tiene las connotaciones apocalípticas de confrontación final entre Dios y las naciones que deben ser destruidas, para que el Reino de Dios triunfe para siempre. Al final, el mito y la utopía tienen mucho en común.
Se trata de la tentación de competir con Dios, tentación siempre presente desde el comienzo, desde los días míticos del Edén, cuando el hombre y la mujer fueron seducidos por la palabra de la serpiente.
Es que Dios sabe muy bien que el día en que coman de él, se les abrirán a ustedes los ojos; entonces ustedes serán como dioses y conocerán lo que es bueno y lo que no lo es” (Gén 3,5).
No se trata de celos, a pesar de que los textos bíblicos hablan de un Dios celoso. Se trata de soberanía divina frente a la posibilidad de la humanidad “de hacer todo lo que quiere hacer”, como si Dios no existiera. Es lo mismo que “conocer el bien y el mal”.
y dijo el SEÑOR: “Veo que todos forman un solo pueblo y tienen una misma lengua. Si esto va adelante, nada les impedirá desde ahora que consigan todo lo que se propongan” (Gén 11,6).
En el Edén vimos el orgullo desobediente del hombre y de la mujer; en Babel está presente el orgullo arrogante de los poderosos y de las naciones. Es el pecado original de una sociedad que se pretende divina.
La confusión de las lenguas y la dispersión/diáspora de los pueblos significa la derrota de la ciudad.
Pues bien, bajemos y confundamos ahí mismo su lengua, de modo que no se entiendan los unos a los otros”. Así el SEÑOR los dispersó sobre la superficie de la tierra, y dejaron de construir la ciudad (Gén 11,7-8).
La migración sobre la tierra no es el castigo: es la solución. Castigada quedará la ciudad y su proyecto orgulloso de concentración de poder único y excluyente. Tenemos dos maneras de acabar con las migraciones: la primera, la más simple y humilde, la de Dios: que todos tengan una tierra donde descansar con seguridad, debajo de su higuera y de su parra; es decir, que todos los mansos posean la tierra.
La segunda, la de los poderosos, más seductora y cautivante: estar todos de rodillas delante del imperio dominador, señor de la tierra.
El lenguaje simbólico es amplio y abierto, permite muchas interpretaciones y aplicaciones.
Innumerables “torres, cuya cabeza está en los cielos” fueron erigidas y continuaron siendo construidas como falsos centros de reunificación de todas las naciones. Muchas veces serán construidas en nombre de Dios.
Tenemos ejemplos de eso en los textos bíblicos: son las torres del palacio davídico que se pretendía infinito y que fue arrasado por las tropas babilónicas. Son las torres del templo sedocita de Jerusalén, que se consideraba el eterno centro de convergencia de todas las naciones y del cual las legiones de Tito no dejaron piedra sobre piedra.
Torres de Babel pueden ser también la cúpula de la basílica romana de San Pedro o la cúpula dorada de la mezquita de Omar, cuando se erigen orgullosas en nombre de un Dios exclusivo y excluyente, incapaz de acoger, de dialogar, de comprender.
Torres de Babel pueden ser las torres del Kremlin que impusieron el poder de un Estado divinamente ateo y que hizo emigrar hacia los campos siberianos a incontables multitudes. Torres de Babel pueden ser las del World Trade Center, aquellas que fueron derrumbadas y que van a ser nuevamente construidas, como símbolo de un mercado divinamente consagrado, Moloc hambriento, devorador, insaciable de millones de pobres en el mundo entero.
La única alternativa –y que la sociedad humana, en tantos siglos de historia, no tuvo, sin embargo, el coraje de experimentar– es colocar en el centro al pobre, al pequeñito, al último: los que son siempre echados de sus tierras o que salen de sus tierras en busca de algo mejor, muchas veces encandilados por los espejos brillantes de un progreso que concentra las riquezas y devasta la naturaleza.
Es necesario continuar gritando que el reino verdadero, simiente de paz y de justicia, está escondido: el fermento, la sal, es la semilla, es la perla, es el tesoro enterrado. Este es el anuncio que nosotros, temerosos migrantes/enviados/apóstoles/misioneros, tenemos que llevar a hombres y mujeres, en un proceso migratorio, generador de vida, que sólo llegará a su fin en la consumación de los tiempos, hasta los confines de la tierra, hasta que lleguemos a la casa del Padre, a nuestra casa, donde estaremos en nuestras moradas definitivas y todas las migraciones se diluirán en una gran fraternidad de todos los que nos sentaremos en la misma mesa, para el banquete que no tiene fin.
“Vayan, pues, y consíganme discípulos de todas las naciones. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia” (Mt 28,19-20).
“Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo cuando venga sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los extremos de la tierra” (Hch 1,8).
“No se turben; crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. De no ser así, no les habría dicho que voy a prepararles un lugar” (Jn 14,1-2).
“Por eso les doy el reino como mi Padre me la dio a mí. Ustedes comerán y beberán a mi mesa en mi Reino, y se sentarán en tronos para gobernar a las doce tribus de Israel” (Lc 22,29-30).
Es más una migración, simbólica esta vez; es celebración de pobres que creen en la vida, en la tierra prometida, y por ella sufren y por ella luchan; es peregrinación y es romería. Es caminar siempre, caminar juntos, abriendo nuevos caminos para que todos y todas podamos, finalmente, descansar y gozar de la paz y del bien.
Bendita y alabada está santa romería,
Bendito el pueblo que marcha, teniendo a Cristo como guía.
Soy, soy tu Señor, soy pueblo nuevo, emigrante y luchador
Dios de los pequeñitos, de los peregrinos, Jesús Cristo Redentor.
Sandro Gallazzi
sandro.gallazzi@bol.com.br
El término hebreo tiene su raíz en el verbo `abar: pasar adelantar, atravesar, cruzar. Encontramos este verbo 660 veces en la Biblia hebrea.
Es algo parecido a lo que está pasando en estos tiempos cargados de violencia: escribo mientras Israel está lanzando toneladas de bombas sobre Gaza, ya mató más de mil palestinos, casi trescientos niños. Ellos pueden ser eliminados, sin que nadie tome verdaderas medidas pacificadoras, porque el genocidio teórico de ellos ya fue hecho cuando los israelitas exiliados volvieron, después de diecinueve siglos, pretendiendo ser los legítimos dueños de la tierra. Y el mundo occidental, de todas las tendencias, estuvo de acuerdo.
El inicio de las hostilidades tiene su fecha simbólica el 388 d. C., cuando la población cristiana, instigada por el obispo, incendió la sinagoga de Calínico, pequeña ciudad de Mesopotamia. Las autoridades civiles informaron al emperador Teodosio, quien instruyó al obispo para que reconstruya la sinagoga con sus propios recursos, y a castigar a los incendiarios. San Ambrosio, obispo de Milán, oyendo esto, escribió a Teodosio diciéndole que quemar sinagogas era agradable a Dios y que el príncipe cristiano no tenía derecho a intervenir. Teodosio capituló y la iglesia tuvo la última palabra. La separación entre el cristianismo y el judaísmo, llevada a cabo teológicamente el 325 en el Concilio de Nicea, era ahora ley sobre los emperadores romanos, sirvientes de la Iglesia. El incidente de Calínico es el inicio del anti-judaismo.
