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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

Dios, el proceso revolucionario y las elecciones del 25 de febrero de 1990

Uriel Molina

 

Introducción

El 19 de julio de 1979 triunfó el Frente Sandinista de Liberación Nacional, derrocando a la dictadura somocista que había mantenido sojuzgado al pueblo por 45 años. Ese triunfo se llevó a cabo con la participación masiva de todos los cristianos, quienes lo interpretaron como un nuevo éxodo que debía conducir a la liberación de nuestro pueblo.

En una reunión de cristianos llevaba a cabo en 1980, Jon Sobrino hacía una reflexión teológica tratando de explicitar a Dios para que iluminara ese proceso revolucionario y para ver lo que este proceso decía de Dios (Cf. Jon Sobrino, Apuntes para un teología nicaragüense , 1980, pp. 105ss).

El 25 de febrero de 1990 se llevaron a cabo elecciones en Nicaragua que dieron como resultado un triunfo sorpresivo e inesperado a la Unión Nacional Opositora , a pensar de lo pronosticado por las encuestas y pronósticos.

El momento histórico tan sorpresivo como desconcertante en que el FSLN que había ganado el poder por las armas, lo pierde por el voto de la mayoría del pueblo, y necesita ahora explicitar a Dios para iluminar este momento. En efecto, la derrota electoral del FSLN, además de tener un significado traumático no solo para los nicaragüenses, sino para cuantos habían cifrado sus esperanzas en la Revolución, asumiendo este proyecto como la alternativa viable para los pueblos pequeños aplastados por la explotación imperialista. He aquí el punto. ¿Cómo iluminar un proceso que todos hemos reconocido como mediación del Reino, en que el Imperialismo vence y amenaza con revertir los logros alcanzados en beneficio de los más pobres? ¿Es qué Dios se ha ausentado de nuestra historia hecha con lucha con sangre y el sudor de nuestro pueblo? Y, en todo caso ¿Por qué habría de ausentarse? ¿Se puede percibir un pecado del pueblo o de su vanguardia? ¿O se trata simplemente de un viraje en el camino para prepararse mejor a la entrada de la Tierra Prometida , una coyuntura donde hay una aparente victoria del enemigo pero que a la larga se resuelve en acumulación de fuerzas y en una definición más concreta de lo que es una revolución en beneficio de los empobrecidos? La derrota electoral del FSLN, si bien desconcertante, en cuenta su explicación en el asedio con que se vio extenuada esta pobre Nicaragua por el país más poderoso del mundo. La Revolución ofreció dignidad por muchos años, pero el pueblo quiso paz y pan. Hay en el así llamado “Apocalipsis de Isaías” un texto muy significativo contenido en el cap. 26,16-19. Frente a la constatación del fracaso histórico que la nación israelita había experimentado durante el exilio babilonio, el autor del cap. 26 nos ofrece la descripción de ese supremo esfuerzo surgido del fracaso total, para volver a abrirse hacia la perspectiva de la vida.

Así como Israel experimenta el paso de Dios en su historia, así también experimentaba su ausencia y su castigo. Así –me parece– una atenta reflexión sobre presencia/ausencia de Dios en la historia, nos ofrecerá una clave de lectura para entender desde la fe este importante momento histórico que estamos atravesando.

 

La revolución explicita a Dios

Diez años de revolución demostraron suficientemente que en Nicaragua se está dando una revolución y no simples reformas. Se ha tocado y cambiado el fondo de las cosas, el fondo de la realidad, el fondo de la historia. Y como para un cristiano la historia es mediación de Dios, si el cambio es radical (es decir, que va a la raíz), se debe escuchar la nueva palabra de Dios a través de una nueva palabra, volver a hacer la pregunta a Dios. Se trata de no creer rutinariamente sobre Dios, sino de rehacer nuestra fe en Dios. Y éste parece ser el gran desafío: rehacer nuestra fe en Dios, que parece ausentarse de nuestra historia. Tocar con mano el misterio del Deus Absconditus .

Porque Dios, aunque es un Dios presente y cercano en sus mediaciones históricas, no se identifica con ninguna, ni se devela del todo, pues ningún ojo puede verlo. Hay una distancia que no precisamente es vacío que separa, sino espacio lleno de apelación, dirigida al hombre para sacarlo de sí mismo.

Is 45,15 expresa el fracaso como un escondimiento de Dios en la historia: “Es verdad: tú eres el Dios escondido”. Probablemente se alude a la actitud de Dios durante el exilio, cuando parecía esconder su presencia salvífica. Pero se trata de una ausencia pasajera que cederá el paso misteriosamente a la futura maravillosa Redención.

No podemos, por tanto, dejar de hacernos la pregunta: ¿Qué está diciendo Dios en la actual situación nicaragüense? Porque Dios, en su designio eterno quiso ser conjuntamente compañero de la historia de los hombres, desde la creación y la alianza y sobre todo desde la encarnación y la asunción de la historia por su espíritu. Por eso Dios puede principar nuevas realidades históricas, para que la historia dé más de sí, allí precisamente donde aparece la tentación de estancamiento. Dios atrae a la historia hacia lo mejor de sus posibilidades, atrayéndola hacia sí mismo.

 

Dios, el defensor de la vida

En Nicaragua se dio una revolución en una sociedad viciada a todos los niveles infraestructurales. Un cambio estructural debía comenzar un tipo de sociedad donde la vida de los pobres no estuviera amenazada, porque amenazadas estaban las fuentes primarias de la vida. Una revolución en favor de los pobres, entiendo los pobres los campesinos sin tierra, los obreros sin trabajo, los niños sin salud, los habitantes de tugurios sin hogar.

Esa vida no es un hecho fatal, sino el subproducto de estructuras que producen esa pobreza. Pobreza es entonces la vida aniquilada lentamente por estructuras represivas. Ante esa realidad, Dios aparece como el defensor de la vida. Dios es parcial a favor de los pobres y esa parcialidad no es pura arbitrariedad de su voluntad, sino que esencial a la misma realidad de Dios. Al afirmar entonces la predilección de Dios por los pobres estamos afirmando en forma histórica que Dios es Dios de la vida. Dios es el que sale en defensa de los que menos tienen vida. En nombre de Dios no se puede pactar con la muerte del pobre, ni se puede dulcificar ésta en nombre de la plenitud de la vida cristiana o de la futura escatológica. No puede haber fe en Dios sin la profunda convicción de la supremacía de la vida de los pobres. Sin esa vida, vana es la creación de Dios.

Hace 58 años el general Augusto C. Sandino, desde su campamento “El Chipote”, había dirigido el siguiente mensaje al capitán G.D. Hattfield, comandante de los marines yanquis que desde el campamento interventor emplazado en Ocotal exigía la rendición del “General de hombres libres”. “Recibí su comunicación ayer y estoy entendido de ella. No me rendiré y aquí los espero. Yo quiero patria libre o morir. No les tengo miedo: cuento con el ardor del patriotismo de los que me acompañan”.

Según cálculos oficiales el embargo comercial impuesto en el 85 trajo al país pérdidas de 1.092 millones de dólares, cifras superiores a todo lo que Nicaragua puede ganar por la venta de sus productos en el exterior durante un trienio. Fríos e indicativos números de una política de destrucción, chantaje y hambre. La pérdidas en el embargo comercial y el boicot económico arbitrariamente impuesto hace un lustro, marcan cínicamente un pedazo de la historia contemporánea de este país centroamericano. Una especie de oscura noche en el marco de 7 años de vacas flacas.

Aparece en esta política claramente el pecado que es en su esencia ofender a Dios, no por quebranto de alguna ley arbitraria, sino por el aniquilamiento de la vida de los hombres, mediación de la realidad de Dios.

 

El Dios de la historia

Podemos preguntarnos: ¿Se perdió la presencia de Dios en nuestra historia? ¿No queda ya ninguna esperanza para los pueblos que ansían la liberación de los oprimidos? Debemos responder que esta historia aún no ha terminado y que no ha terminado por ello la historia considerada teológicamente, es decir, la historia como mediación de Dios. En la Biblia aprendemos cómo se revela Dios en la historia. Ni los varios cientos de años de historia del Antiguo Testamento, ni los tres años de vida pública de Jesús agotan las modalidades o posibilidades de la historia. Como bien lo pusiera en evidencia el Concilio Vaticano II, Dios continúa manifestándose en los signos de los tiempos.

La pregunta fundamental para la iglesia es si se cree en Dios como un Dios de la historia. Esto quiere decir que Dios sigue pronunciando su palabra nueva. Negar esto sería la negación formal del Dios de la Historia. No estar a la escucha de esta nueva palabra sería el pecado fundamental contra el Dios de la historia.

Pareciera que la Iglesia se contentara con la doctrina y no sintiera la necesidad de volverse a la historia actual para saber de Dios y para saber lo que Dios dice y quiere de la historia. Cuando existe esa actitud de fondo, entonces procesos nuevos y revolucionarios, no parece que tengan que aportar nada a la fe de Dios, y –a la inversa– esa fe no parece que tenga nada específico que decir sobre esos procesos nuevos. Poner límites a la palabra de Dios (ya se sabe todo lo que hay que saber) ha sido fatal para la Iglesia y para su eficiencia histórica sobre el mundo. Como cristianos creemos que Dios se dio a sí mismo totalmente y en principio en Jesús de Nazareth. Pero como bien dice el Documento de Puebla: “La Iglesia debería convertirse en el lugar donde aprenden a vivir la fe experimentándola encarnada en otros. De modo más urgente, debería ser la escuela donde se eduquen hombres capaces de hacer historia, para impulsar eficazmente con Cristo la historia de nuestros pueblos hacia el Reino” (Puebla, n.274).

La conclusión teórica y práctica de estas reflexiones es la necesidad de encarnación para aceptar a Dios como Dios de la historia. Encarnación significa que la historia concreta llega a ser el lugar de escucha de la palabra de Dios, y que fuera de ese lugar no se podrá escuchar la palabra del Dios de la historia.

Es un hecho real que Nicaragua ha pasado por diversas situaciones históricas: colonialismo, capitalismo dependiente, intervenciones norteamericanas, guerras intestinas, dictadura somocista, guerra de liberación de 1979. En estas situaciones la Iglesia no supo qué hacer con lo nuevo que acontecía. Es verdad que en su Carta Pastoral del 17 de noviembre de 1979 los Obispos llegaron a hablar de una sociedad de corte socialista. Pero no hubo consecuencias prácticas en el orden pastoral y poco a poco la Iglesia misma fue dejando la carta en el olvido.

Tampoco debemos idealizar ningún tipo de sociedad porque en toda sociedad el pecado es posible y real. Pero si la Iglesia no escucha la palabra de Dios en la Revolución, no tendrá capacidad para orientar, para potenciar lo nuevo que vaya surgiendo, de humanizar conflictos.

Desde la encarnación hay que decir más bien lo contrario. No le toca al hombre elegir el lugar desde el cual debe oír la palabra de Dios, sino dejar humildemente que Dios hable dondequiera que El quiera, también a través de los conflictos y de los logros de una revolución anticapitalista. Ahora bien, miles de cristianos nicaragüenses, centroamericanos y latinoamericanos, aprendieron a percibir la palabra de Dios en el proceso de liberación del 19 de julio de 1979. Miles de muertos, miles de lisiados y miles que colaboraron activamente en la insurrección popular aprendieron a leer la historia en clave pascual, sintiendo el paso del Dios que nos libraba de la dictadura somocista para llevarnos a la reconstrucción de una tierra nueva. La tarea de la reconstrucción de la nueva sociedad se convirtió así en la tarea común de todos. Por eso se entregaron a la alfabetización, a las jornadas de salud, a las organizaciones populares, a la defensa del proceso revolucionario con las armas en la mano, a la lucha diplomática.

El sueño de Sandino y de Carlos Fonseca se convertía así en motivo inspirador de la ardua tarea cotidiana. Y los cristianos empezaron a pensar en la confluencia de su fe con la ideología revolucionaria.

Pero la fiesta pascual duró algunos años. El camino del desierto se fue presentando cada vez más tenebroso y oscuro. Bloqueo económico y guerra de baja intensidad fueron suficientes para que la mayoría de nuestro pueblo votara con el estómago en contra de su propio corazón.

En el Éxodo y en el Libro de los Números se narra idénticamente la misma necesidad del pueblo hambriento y sediento, que sucumbe a la tentación de adorar al becerro de oro y que quiere decididamente regresar a las cebollas de Egipto. Pero Dios condujo a su pueblo con el milagro. Aquí en Nicaragua no hubo tal milagro, sino que el pueblo fue probado duramente hasta flaquear y votar por una alternativa que le ofrecía paz, la ausencia del Servicio Militar Patriótico y el mejoramiento de la situación económica.

 

El silencio de Dios

Muchos experimentan el fracaso de las elecciones como un gran silencio de Dios que no escucha el clamor de los oprimidos. El silencio de Dios es un rasgo de su trascendencia. Es un silencio purificador de su imagen y definidor del hombre, sin antenas suficientes para captar su misterio.

Sin embargo, el hombre interroga. Busca a Dios. Solo que su búsqueda se queda en un grito de confusa desesperanza, en una secuencia de preguntas sin respuestas. La muerte parece estar ganando la partida de la vida, y el hombre se debate con la infelicidad, en soledad. La razón tangible de esta angustia que estalla en oración son los males incontables que, en algunos o en muchos momentos y en mayor o menor medida, afligen a todos los hombres, ya sea individualmente ya en comunidad. Una expresión acuñada hace siglos tipifica esos males en la tríada “peste, hambre y guerra”. Pero ahí están representados los males naturales y los sociales, los que afligen el cuerpo y los que atormentan el espíritu, el hambre de pan y el anhelo de sentido, la injusticia que oprime y la duda que atormenta.

El mal vivido así se revela como pecado y denuncia al hombre de su culpabilidad en aportar más mal al que existe ya en el mundo. Y, por otro lado, se torna problema teológico. Cuando el hombre descubre cómo lo necesita, Dios se esconde detrás del mal, tal vez dejándolo triunfar, tal vez arrollado por él, tal vez cómplice de él, tal vez cómplice de él. En todo caso, el mal dominador confirma su ausencia, mientras de su presencia salvadora no se insinúan signos.

A raíz de la catástrofe que acabó con su independencia nacional, el año 586, el pueblo de la Biblia dejó constancia de que aunque Dios en el momento esté escondido tras los males que matan, no se ve a quién apelar sino a El.

Los profetas habían preparado con antelación a ese pueblo para leer la catástrofe que se veía ya venir, en clave honda. Y así, en ese momento, se siente verdaderamente acorralado por la muerte. Y se trata de la muerte en la más completa y grave de sus aceptaciones: la pérdida total.

 

La historia se detiene pero continúa

¿Qué nos está diciendo la palabra de Dios en este momento tan sorpresivo como inesperado de nuestra historia? Que fallaron los cálculos, que las encuestas no reflejaron la dura realidad de nuestro pueblo, que el pecado mismo estuvo presente en los dirigentes, en los cuales intermedios, en el pueblo. No tuvimos como cristianos la necesaria sensibilidad para captar que a un pueblo desgarrado por la muerte de sus hijos y por el hambre no podía exigírsele sacrificios heroicos. Y quién sabe si el mismo pecado no estuvo disfrazado de triunfalismo, prepotencia, propaganda sensacionalista, manifestaciones masivas.

Dios nos dice que cuando no hay total fidelidad a su palabra, la historia puede detenerse. Pero también Dios nos está diciendo que no hemos nacido para el fracaso y que la promesa sigue. Ha quedado un resto : 40% de sandinistas que deberán dar la batalla organizada en estos próximos años, identificándose más con las necesidades del pueblo, adquiriendo más conciencia y sensibilidad revolucionaria. Quién sabe si en estos años a Nicaragua no le corresponda la tarea de hacer la revolución de la “democracia “. Porque lo nuevo consiste precisamente en el hecho de que una revolución como la nicaragüense, contraria a todas las revoluciones del pasado, no cifró su porvenir en el Partido Único, sino que abrió el camino a las diferentes opciones pluralistas para saber perder con dignidad y entregar el gobierno en forma pacífica y democrática. Por primera vez los nicaragüenses estamos aprendiendo a comprender lo que es realmente una sociedad democrática.

 

El voto del pueblo por la Paz

Por cuanto duro e inaceptable nos parezca, esta pérdida de las elecciones son en el fondo un voto del pueblo por la paz. El pueblo sabía que se el Frente ganaba, continuaría una guerra sin fin y la situación económica llegaría al colapso final. Por eso no se puede ni se debe interpretar este momento como un abandono de Dios en su designio salvífico. Recordemos el Salmo 76: “¿Es que el Señor nos rechaza para siempre? ¿Se ha agotado su misericordia o se ha terminado su promesa?” Aunque debemos admitir que hay momentos en que el Señor esconde su rostro (Cf. Sal 43 y 59), que a veces “retrae su mano izquierda y tiene su derecha escondida en el pecho (Sal 73; Sal 88,39-35), ni pensar que Dios haya desechado a su pueblo (Cf. Rom 11,1), que hayan caído para no levantarse (Cf. Rom 11,11).

La iluminación bíblica más bien nos invita a ver en este momento histórico un gran juicio en el que Dios sentencia a sus culpables. De su pueblo se salva un resto disperso. A través de una purificación, se multiplica de nuevo y es reunido definitivamente en su tierra.

A lo largo de todo el período postexílico el esquema dominante es el día de Yahvéh, tema de capital importancia en toda la literatura profética posterior. De este tiempo procede el llamado “apocalipsis de Isaías” (caps. 24 al 27). Aquí el día de Yahvéh sobreviene con todo el poder destructor de un nuevo diluvio, destruyendo a los malvados; habiendo sido arrojados los enemigos de Yahvéh, celestiales y terrenos, sobreviene su exaltación y la fiesta de su coronación; la muerte es abolida, los muertos justos resucitan y el enemigo, el monstruo Leviatán, es aniquilado.

El esperado “esjaton” es concebido como un poderoso escarmiento de Yahvéh:

 

“Señor, en el peligro acudimos a ti,

cuando apretaba la fuerza con tu escarmiento.

Como la preñada cuando llega el parto

se retuerce y grita angustiadas,

así éramos en tu presencia, Señor:

concebimos, nos retorcimos,

dimos a luz...viento;

nos trajimos salvación al país,

no le nacieron habitantes al mundo”. (Is 26,16-18)

 

Ese esperado “esjaton”, aunque todavía considerado dentro de la historia, ya no es concebido como una continuación, ni siquiera como una mejora radical del orden existente, como se pensaba en el antiguo Israel, sino más bien como una intervención divina catastrófica que daría comienzo a un orden nuevo y diferente. Aunque se consideraba este nuevo orden como un retorno a todas las glorias del pasado, reales o imaginarias, no era, sin embargo, una mera recreación del pasado, sino más bien una edad nueva, que aparecía después del juicio, como la consumación del proyecto de Dios en la historia.

Así la escatología judía comenzó a expresarse a sí misma bajo una forma nueva, conocida como apocalipsis, y con ella entró en una nueva frase.

Esta apocalíptica representaba una legítima, aunque extraña expresión de su fe en Dios, soberano Señor de la historia. No puede negarse que desembocó en una especulación en una especulación extravagante e inútil, y que dio origen a toda suerte de vanas e imposibles esperanzas. Pero sostenía la esperanza cuando todo parecía perdido en el escenario actual, afirmando que Dios gobierna, y gobernará en el día del juicio final de la historia.

En forma dramática se expresa que todo el esfuerzo histórico se reduce nada más que a engendrar viento.

Pero solo por un momento. De Israel se espera la conversión y convertirse no es solamente “ir hacia” sino “retornar”, “rehacer el camino”.

Al final, la promesa del Señor sigue adelante, cifrándose en la esperanza de la Resurrección.

 

“!Vivirán tus muertos,

tus cadáveres se alzarán,

despertarán jubilosos

los que habitan en el polvo!

porque tu rocío es rocío de luz,

y la tierra de las sombras parirá”. (Is 26,19)

El momento histórico se comprende como un camino nuevo misterioso, de espera. Es el camino descrito en Is 26 como un gran momento de esfuerzo supremo y de fracaso total, pero que la final se abre brecha en el horizonte de la historia como u derrotero nuevo de esperanza.

Así desde la historia de la salvación, la derrota electoral se lee como un camino nuevo de esperanza. Es un camino difícil de aparente fracaso que servirá para entender el escarmiento de Dios. Purificado el pueblo por el amargo sabor de la derrota, podrá arremeter con nueva fuerza el despertar jubiloso de una nueva tierra que parirá de nuevo.

Uriel Molina, Apartado 3205 , Managua, Nicaragua

 

 
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