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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

Las persecuciones: El conflicto de algunos cristianos con el Imperio

Jorge Pixley

Nuestra experiencia latinoamericana nos indica que el martirio, el testimonio cristiano hasta padecer la muerte para sellar ese testimonio, es el resultado de una represión selectiva contra solamente algunos cristianos. Fray Antonio de Valdivieso, el primer obispo de Nicaragua, fue apuñalado en su catedral en León Viejo en 1550 por su defensa evangélica de los indios. Monseñor Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, fue asesinado de bala en 1980 en la capilla de un hospital por condenar la represión que ejercía el ejército de su país contra los campesinos y obreros. El fenómeno es conocido. La represión y muerte de testigos cristianos no es, aseguran los asesinos, por cristiano sino por “comunista”, “político”, “metiche”, etc.

La sospecha que mueve al presente ensayo es que, reconociendo diferencias, lo mismo pueda sido cierto en la gran persecución de la Iglesia que culminó con el emperador Diocleciano (285-305 dC) y terminó con la declaración de Constantino donde adhirieron sus tropas al emblema de la cruz y la batalla del puente, Milvia (312).

Durante el principio de Domiciano (81-96) Clemente obispo de Roma escribió su carta a los cristianos de Corinto con una gran preocupación típicamente romana por el orden y la tranquilidad. Todo indica que vive en paz en la capital del mundo, lo cual le hace alarmarce por la revuelta interna de algunos cristianos contra sus “legítimos” pastores. Es en esta misma época que Juan tuvo su visión mientras se encontraba exiliado en la isla de Patmos en la provincia de Asia. Juan llama a las iglesias de Asia a resistir las asechanzas de Satanás y ser fieles para lograr su premio (Ap 2 y 3). Se indigna por la suerte de los que fueron degollados por causa de la palabra (Ap 6,9-11). Y califica al imperio como una bestia con diez cuernos y siete cabezas que tiraniza a los santos, y también como la Gran Ramera que se sienta sobre siete colinas (Ap 13 y 17, respectivamente). Clemente convive tranquilamente con el Imperio; Juan y los suyos son exiliados y degollados. ¿Por qué?

Durante el principado de Marco Aurelio (161-180) se dio en Dacia (hoy Rumania) una maravillosa victoria de las legiones sobre los bárbaros de la zona. El obispo cristiano de Hierápolis en Frigia a la sazón, Apolinar, escribió una apología en la que atribuía la lluvia, que dio la victoria a los romanos, a los oraciones de los soldados cristianos de la legión Fulminata de Capadocia (Eusebio, Historia Eclesiástica, V.5.4 (en adelante se citará como H.E.). Apolinar escribió una apología (una defensa) de los cristianos para Marco Aurelio, a quien reconoce como un rey justo. Muy cerca de Hierápolis, en este mismo tiempo, floreció en la aldea de Pepuza un movimiento profético encabezado por laicos, Montano, Prisca, Maximila, y otras. Estas profetizas buscan fortalecer a los cristianos para enfrentar la muerte a mano de las autoridades. Pensaban que un cristiano fiel no moriría en esos tiempos de muerte natural. El movimiento, condenado por la iglesia “oficial” como montanismo, se extendió por el imperio, llegando a contar entre sus seguidores al famoso abogado y escritor Tertuliano de Cartago en África unos veinticinco años más tarde.

¿Cómo fue posible que en un mismo tiempo y un mismo lugar surgieran cristianos con vivencias tan contrarias de la paz imperial?

 

1. Persecuciones que no interesan a nuestro tema

Las persecuciones romanas contra los cristianos llevaron a miles de cristianos (los cálculos varían entre diez mil y doscientos mil) a las torturas y muerte durante trescientos años. Sin embargo, es preciso distinguir cambios importantes en la naturaleza de estas persecuciones. En tiempos de Tiberio (14-37) vivieron Jesús y sus seguidores en la provincia de Judea, no siendo ellos aún “cristianos” sino judíos. El imperio, apenas estaba conformándose como tal. Fue aparentemente solo durante el reinado de Trajano (98-117) que el imperio se dio por enterado de la existencia de cristianos como tales. Trajano y sus sucesores Adriano (117-138), Antonino Pío (138-161), Marco Aurelio (161-180) y Cómodo (177-192) gobernaron durante el período de mayor gloria cuando la paz romana fue una realidad alabada por casi todos. La burocracia administrativa en las provincias estaba bien consolidada y tenía instrucciones de poner especial cuidado para con los cristianos, aunque no debía conducir a una confrontación frontal. Ya en el siglo III de nuestra era los emperadores eran militares que no eran romanos ni escogidos por el Senado, las guerras fronterizas se multiplicaron y el imperio entró en crisis. Para esta época la Iglesia cristiana era una fuerza bien organizada y el imperio entró en un choque frontal, reflejo de su debilidad. Las persecuciones durante los reinados de Decio (249-251) y de Dioclecia no (285-305) fueron las más sangrientas de todas. Es pues preciso distinguir etapas.

Entre las tres etapas que hemos señalado, para nuestro propósito interesa especialmente la segunda. El imperio era fuerte y tenía capacidad administrativa y legal para hacer las distinciones necesarias. Los cristianos por su parte estaban enfrascados en pugnas internas y externas que permitieron convivir a muchas corrientes diferentes. Si es que las persecuciones fueron selectivas, como sospechamos, fueron un factor para suprimir entre los cristianos a los elementos más radicales y favorecer la victoria de las tendencias conservadoras de los obispos de las grandes ciudades, especialmente Roma, Corinto y Alejandría (Las sedes de las urbes más periféricas, Antioquía, Cesarea, Edesa, y Jerusalén, fueron más rebeldes, expresado esto en las tendencias que Roma y las iglesias dominantes calificaron de heréticas.).

En primer lugar y de gran importancia es dejar de lado las confrontaciones masivas entre Iglesia e Imperio que se dieron en el siglo III. Eusebio dedica largas extensiones del libro Octavo de su Historia Eclesiástica a la persecución de Diocleciano, asunto que él mismo vivió cuando fue joven. Nos informa que salió un rescripto imperial ordenando que todos los obispos en todo el imperio fueran arrojados en prisión (H.E. VIII.6.8). Luego vino la orden de liberar a quienes hicieran sacrificios y mutilar con torturas a quienes se negaran (VIII.6.10). La lista de obispos que murieron incluye, entre muchos más, algunos de Mauritania, Egipto, Arabia, Capadocia, Antioquía, Ponto, Emesa, muchos de ellos mencionados por el historiador y obispo de Cesarea (H.E. VIII.9-13).

Aquí Eusebio nos narra el choque de dos inmensas organizaciones, la imperial y la eclesial. Con la aceptación por Constantino de la bandera de la cruz para su ejército el imperio concede que solamente puede sobrevivir asumiendo como ideología la religión cristiana, y como un apoyo político la institución episcopal. Esta lucha ofrece el prisma con el cual Eusebio lee todas las persecuciones (el imperio contra “nosotros” hasta que el imperio se rinde bajo la conducción de Constantino). El “nosotros” que es el blanco de las persecuciones y que Eusebio proyecta sobre los siglos I y II es una vasta institución conducida por obispos que luchan con los herejes internamente y el imperio externamente hasta terminar venciendo a los dos. Este prisma diluye las realidades de épocas anteriores. (1)

También dejemos de lado para nuestros propósitos la persecución que hizo Nerón contra los cristianos en Roma en el año 64. Después de un incendio que destruyó gran parte de la ciudad, Nerón acusó a los cristianos, los clavó a cruces y les pegó fuego para iluminar la noche (el testigo es nada menos que el historiador pagano Tácito, en sus Anales XV. 44.2-8). Es probable que fuera ésta la ocasión de los martirios de Pedro (crucificado) y Pablo (decapitado) mencionados por Clemente (5.4) y Eusebio (H.E. III.1). No fue un acto de defensa del Estado sino que los cristianos fueron víctimas desafortunadas de la necesidad del emperador de buscar un chivo expiatorio.

Con todo, para que pudiera funcionar la maniobra del emperador loco ésta dependía de un clima popular de sospecha hacia estos nuevos emigrantes del oriente. Desde los tiempos de la república se había visto con sospecha las olas de religiones orientales que llegaban a Roma de Egipto, de Persia, de Palestina y de otros lugares. El Senado expresaba el sentir de la clase de los patricios al defender la religión cívica de Roma con sus doce dioses tradicionales, pero los plebeyos fueron siempre un campo abonado para la implantación de religiones orientales que el Senado despreciaba como “supersticiones”.(2)

El fondo, pues, para esta persecución de cristianos fue la sospecha romana contra supersticiones nuevas, más el hecho de que su misma novedad podía hacer que fuese creída la acusación aún entre plebeyos, por desconocimiento más que por otra causa. Aunque Tácito no creyó que fueran incendiarios los cristianos, aceptó su pena como válida por considerarlos culpables del crimen de “odio a la raza humana”. Crimen que merecía en su opinión un castigo severo y ejemplar. Por más que pueda servir este triste episodio para esclarecer el fondo que hizo posible al Estado perseguir sistemáticamente a los cristianos posteriormente, esta victimización cristiana resulta accidental y no útil para entender los motivos que llevaron a ulteriores persecuciones.

 

2. Algunos casos ejemplares

Aquí tomaremos de entre los muchísimos casos conocidos de cristianos que perdieron la vida a manos del gobierno imperial, algunos que parecen ejemplificar los motivos de Estado que llevaron a seleccionar algunas víctimas ejemplares.

El primer caso de Jesús de Nazaret que, aunque no fue cristiano, su lugar simbólico como redentor de ellos dio a su muerte una gran importancia, tanto para el Estado como para los mismos cristianos. Jesús fue condenado a la cruz por Poncio Pilato, procurador de Judea por el largo período entre 26 y 36. Era un hombre inflexible, obstinado y cruel, habiendo sido nombrado por Tiberio a instancias del asesor anti-judío Sejanus, y teniendo que ser removido en el 36 cuando se excedió matando en bloque a un profeta y sus seguidores en el monte Garizim (Grand, The Sword and the Cross , págs. 46-48). El título en el cruz que daba la causa de su condena decía “el Rey de los judíos”. Esto confirma la sospecha de la causa de su ejecución, y es que el procurador lo consideraba sedicioso. Generalmente los historiadores modernos consideran fidedigna la mención de esta causa, desconfiando de los relatos que hacen los cuatro evangelistas sobre los juicios del reo, tanto en el sanhedrín como ante el mismo procurador.

Es importante para el asunto que nos interesa que tan temprano en el imperio un procurador provincial viera como conveniente ejecutar a Jesús por sedicioso, y que luego sea considerado el redentor de los cristianos. El movimiento nace bajo la sombra de la sedición, aunque los alcances tanto de la presunta sedición como de la ejecución fueron puramente locales, de la provincia que Pilato administraba para el emperador.

También es importante tratar de establecer las bases para la acusación, ya que seguramente subsistieron entre quienes decían ser seguidores de Jesús. Marcos afirma, Mateo y Lucas repiten, que durante la fiesta de la Pascua (posiblemente del año 28) Jesús encabezó una demostración mesiánica y declaró con palabras y con hechos simbólicos la ilegitimidad del templo de Jerusalén a los ojos del Dios de Israel. Anunció proféticamente su destrucción como parte de la venida del reino de Dios. Aunque los testigos no informan de ataques a los romanos en Palestina (excepto solapadamente v. gr. la “legión” de demonios expulsada del endemoniado de Gerasa). Judea vivía bajo una dominación romana donde el Templo cumplía una función de control político y extracción de tributo. Un cuestionamiento de la legitimidad del Templo era también un cuestionamiento del orden romano en Palestina. Podemos entender perfectamente que Pilato haya reaccionado como lo hizo.

En vista de estos sucesos cobra bastante interés el informe de Lucas sobre la división entre “hebreos” y “helenistas” entre los seguidores de Jesús (Hch 6 y 7). Esteban, un representante de los helenistas pronunció una defensa en la que atacaba el Templo como “hecho con manos” sin el permiso de Dios. Fue asesinado a pedradas pro la multitud y en consecuencias los helenistas (judíos de Chipre, Cirenática y otros lugares que habían creído en Jesús como Mesías) tuvieron que salir de la ciudad, mientras los “apóstoles” (los Doce) se quedaron sin problemas (Hch 8,2). Es decir, muy temprano los seguidores de Jesús se dividieron entre aquellos que no temían seguir su línea sediciosa y otros que hicieron las paces con las autoridades.

No tenemos más informe que la visión del Apocalipsis acerca de Juan el teólogo y los choques entre las iglesias de Asia y las autoridades provinciales en el reinado de Domiciano. Este refleja una confrontación teológica de fondo. Estos cristianos asiáticos ven en Roma un bestia que mata despiadadamente sin ninguna concesión a la justicia. Lo único que resta a personas honestas es aguantar pacientemente hasta que la paciencia de Dios se haya agotado y lance a los impíos al lago de fuego preparado para ellos. La imagen del imperio como ramera sugiere que el fondo de la tiranía está en el lucro de su comercio con las naciones. Es un documento francamente subversivo de un grupo que vive como extraño en un lugar hostil a raíz de la presencia del imperio en Asia. No es revolucionario solamente porque no pide acciones de resistencia, sino porque busca una resistencia pasiva que no acepte “señal de la bestia” y se preserve puro para “las bodas del cordero”.

Eusebio (H.E. III.20.8 y 23.1-2) citando a Ireneo y a Policarpo, cree que se trata de Juan el discípulo amado que, según él, luego de su exilio en Patmos se retiró a Éfeso. Esto supone que Juan vivió una vida muy larga. El estilo de la visión no es el mismo que el del cuarto evangelio, siendo imposible que un mismo autor haya escrito ambos. Si damos crédito a Policarpo de que Juan de Éfeso fue el discípulo, que en ese caso habría vivido una muy larga vida, no sería posible asignar a Juan el cuarto evangelio. Es tentador pensar que un discípulo directo de Jesús haya sido el sedicioso de Asia. No lo sabemos, pero en todo casa hubo una corriente contestataria del imperio entre los cristianos de Asia a finales del primer siglo. Esta sufrió persecuciones cuando las autoridades imperiales apenas comenzaban a enterarse a la existencia de un movimiento mundial de iglesias cristianas.

Por el otro lado cabe preguntar si la acción contra estos cristianos fue local o si procedió del emperador. Dominicano fue considerado un tirano por Tácito y los otros historiadores vinculados al Senado. Llegó en su vanidad hasta el extremo de exigir los títulos de “señor y Dios”. Es pues posible que Juan haya sido exiliado de Roma a Patmos. Sin embargo, las cartas a las siete iglesias de Asia y Frigia (Ap 2 y 3) sugieren más bien que era un líder de las comunidades del área. Es posible que, como sucedió más tarde en el Ponto de Plinio en tiempos de Trajano, el administrador de la provincia haya exigido votos al emperador como Señor y Dios y que así un procurador celoso haya sido visto más o menos correctamente como representante de un emperador blasfemo. El número 666 parece ser una alusión a Domiciano. Pero es evidente que la hostilidad al imperio de parte de Juan es mucho más básico que un cuestionamiento de las prerrogativas que exigía el emperador. No veía en la bestia o la ramera a un emperador demente o ególatra sino a toda una institución imperial pecaminosa.

El siguiente caso que examinaremos es el de Simeón, obispo de Jerusalén y mártir durante el reinado de Trajano (98-117). Eusebio cita como su informante a Hegesipo (H.E. III.32).La acusación formulada por sus acusadores ante el cónsul Atico que Simeón era descendiente de David y además cristiano. En el ambiente caldeado de Judea, como entre las dos guerras, la acusación tenía suficiente importancia como para conducir a una ejecución muy similar en su causa a la de Jesús. No sabemos si, como sugiere Hegesipo, fue solamente la obra de un hereje malintencionado o si persistía entre los cristianos de Judea un cuestionamiento a la autoridad romana. Nada indica que el caso tuviera repercusiones más allá de la provincia, ni es evidente que la acusación de ser cristiano supusiese ya la existencia de un decreto anticristiano del Senado o un rescripto del emperador.

Para Eusebio los mártires ejemplares de este siglo fueron Ignacio de Antioquía (bajo Trajano, cerca de 117) y Policarpo de Esmirna (bajo Antonio Pío, cerca de 156); ambos eran obispos de sus respectivas iglesias, en buena comunión con Roma y sin ninguna sospecha de herejía. Ignacio era, según Eusebio, sucesor de Pedro en la sede de Antioquía y Policarpo discípulo de Juan el discípulo al Señor.

De Ignacio se conservan siete cartas genuinas procedentes todas de Asia Menor durante su trayecto cuando iba preso hacia Roma para ser lanzado allí a las bestias. No se conoce la acusación, pero el hecho de que se le mande a Roma para una ejecución ejemplar sugiere que es un asunto mayor del estado. Posiblemente el Senado ya había emitido el decreto que sería la base legal de las persecuciones durante este siglo y al cual se alude en la correspondencia entre Plinio al menor, procurador de Bitinia y Ponto, y el emperador Trajano su amigo. Ignacio en todo caso hace caso omiso a los motivos. Está rebosante de gozo de poder seguir a su Señor en el martirio. Esto añade aún más valor al que ya tiene para Eusebio, Ignacio como mártir ejemplar.

De Policarpo se posee un relato redactado por la iglesia de Esmirna para edificación de los cristianos de otras partes. Y las cartas de Ignacio se consideran parte de la literatura conocida como los “padres apostólicos”. Todo supone que la mera comprobación de ser el acusado cristiano fue suficiente para aplicarle la pena de muerte. Como vimos en el caso de Ignacio, esto no era nuevo, pero su implementación fue esporádica y no sistemática por los gobernadores de la provincia. Fue un joven quien delató bajo tortura al anciano obispo. La ciudad estaba agitada y el juicio se realizó en público en un estadio. Ya que nunca negó ser cristiano, el procurador le ofreció la vida si juraba por la fortuna del César y decía “abajo los ateos” (es decir, los cristianos, que no reconocían a los dioses cívicos). Al comprobarse que era un cristiano empedernido la muchedumbre exaltada juntó leña para quemarlo vivo. Es un mártir también ejemplar para Eusebio ya que no se le pudo comprobar ni se encontró ningún elemento subversivo más que ser un leal cristiano.

Pero el mayor número de mártires por estas regiones vino desde “el entusiasmo frigio” (H.E. V.16). (En el lugar citado de la historia de Eusebio se cuestiona si los frigios tienen verdaderamente mártires, pero es evidente que por razones polémicas la fuente anónima del historiador no quiere admitir que sus muertos por el testimonio, sean auténticos mártires por el mero hecho de ser “ortodoxos”). Aquí no fueron las pasiones de multitudes enardecidas o el celo de ambiciosos procuradores la causa de los martirios. Aquí las profetisas incitaban a los cristianos al martirio, primero el testimonio de sus vidas intachables y luego el testimonio de una muerte valiente. Nada indica que se ocuparan de ser vistos como buenos ciudadanos.

 

3. Oficialización de la persecución de los cristianos y las reacciones de los apologistas cristianos

Alrededor del año 112 Trajano mandó a Bitinia y Ponto a Plinio el menor. Allí Plinio se topó por vez primera con los cristianos y escribe a Trajano para saber cómo ha de tratarlos. Informa sobre su práctica y pide consejo (Plinio Epístolas X.96). Cuando se le presenta alguno acusado de ser cristiano, si niega la acusación y ofrece incienso y vino a la imagen del César la permite retirarse libremente. Si se obstina en su locura y rehusa hacer el sacrificio aún bajo amenaza lo manda a ejecutar, excepto que a los ciudadanos romanos los manda a Roma para juicio allí. Confiesa al emperador, sin embargo, que no ha descubierto nada criminal en la conducta de los cristianos, aunque mucho de superstición.

En su repuesta (Plinio Epístolas X.97) Trajano confirma que le procedimiento de su gobernador es el correcto. Ser cristiano es suficiente motivo para la pena de muerte. Pero no hay que buscarlos. Simplemente, si se le causa a una persona de ser cristiano y el examen demuestra que es verdad, se le ha de aplicar la pena. Esto resulta una evidencia muy importante de que al principio del segundo siglo el imperio había reconocido la existencia de los cristianos como un peligro potencial y había implementado la medida legal para afrontarlo. No sabemos si el instrumento legal fue un decreto senatorial o un rescripto imperial. En todo caso, ser cristiano era desde el tiempo de Trajano ilegal en todo el imperio. Sin embargo, el consejo de no buscar a los cristianos permite suponer que ya Roma sabía que el peligro no venía de todos ellos y que era mejor dejar que los que eran peligrosos se manifestaran solos o fueran delatados.

Hubo algunos cristianos que se sentían básicamente a gusto en el imperio y se resistían a creer que los emperadores y demás autoridades conocieran a los cristianos que condenaban. Algunos de ellos escribieron durante este siglo cumbre de la paz romana apologías dirigidas a los emperadores en defensa de los cristianos. Fue durante el principio de Marco Aurelio que Melitón obispo de Sardes le dirigió una petición elocuente pidiendo la derogación del edicto contra los cristianos (se preservan fragmentos en H.E. IV.26 y referencias en la Apología de Tertuliano). Dice, “porque informantes sin vergüenza y amantes de la propiedad ajena se aprovechan de estos decretos para despojarnos abiertamente, asediando día y noche a quienes ningún mal han hecho” (H.E. IV.26.5). Recuerda el bienestar que goza el imperio desde que existen cristianos que oran por su paz (equivocadamente piensa que esto fue desde Augusto). “Los únicos emperadores que jamás fueron persuadidos por hombres maliciosos a culminar nuestra enseñanza fueron Nerón y Domiciano, y por ellos surgió la mentira y la costumbre nefasta de acusar falsamente a los cristianos” (H.E. IV.26.9).Melitón confía en Marco Aurelio, el emperador filósofo, por ser su opinión “más filantrópica y filosófica” que la de quienes fueron antes de él.

Es decir, Melitón observa que el decreto de ilegalidad contra la fe cristiana abre la puerta a una corrupción social del delatores codiciosos que aprovechan la situación para crear el desorden social que les será de beneficio personal. Seguramente escribe con conocimientos de causa.

El más famoso de los apologistas cristianos de este período fue Justino, un renombrado profesor que ejercía la filosofía (cristiana) en Roma. Existen razones para situar su Apología entre 155 y 156 (ver Grant, Greek Apologists , págs. 53-53; las “dos” apologías de Justino son probablemente partes de una misma obra). Se dirige al emperador Antonio Pío y muy probablemente la ocasión que evocó este escrito dirigido a él sería la ejecución en Asia del obispo Policarpo, lo cual ocurrió en febrero de 156 (ver Johannes Quasten, Patrología , Madrid, BAC, 1961, tomo I, pág. 83). Busca Justino mostrar al emperador que la forma de vida de los cristianos está no solamente exenta de criminalidad, sino que es ejemplar. Aman a sus enemigos, creen en el juicio eterno para pecadores, se abstienen de inmoralidades sexuales y si se casan no es por lujuria sino para preservar la especie. En fin no hay justificación para denunciarlos, ni son justos los decretos en su contra.

Justino, quien creía en la justicia del sistema social romano, fue decapitado en el año 165 junto con seis compañeros cristianos en la misma ciudad de Roma siendo emperador Marco Aurelio y prefecto Junio Rústico (Quasten, o.c., 191). No fue víctima del celo de un oscuro burócrata en la periferia del imperio, sino de un aparato legal armado con pleno conocimiento para defender al imperio de un movimiento que se consideraba peligroso. El recurso al conocido carácter filosófico (estoico) de Marco Aurelio por Melitón y otros erraba en su blanco. Antes que filósofo Marco Aurelio era emperador y el caso contra el cristianismo era un asunto de seguridad de estado que no admitía una discusión basada en la mortal de las víctimas.

En el año 177, siendo todavía emperador Marco Aurelio, las iglesias cristianas de todo el orbe fueron conmovidas por la cruel persecución de los cristianos y de Viena, ciudades principales de Galia. La iglesia del lugar escribió un recuento del heroísmo de estos “atletas” de la fe que supieron someter sus cuerpos a la suprema disciplina bajo las torturas del procurador, escrito que se preserva en H.E. v.1.1-2.8. Murieron el anciano obispo Potino, jóvenes de ambos sexos y personas de toda condición social. El método que se siguió indica cómo el imperio percibía el problema. Primero, se buscó informantes que acusaran a personas que eran cristianas. Algunas veces se trataba de criadas que admitían que sus patrones eran cristianos bajo los efectos de la tortura. Luego se buscó a personas muy respetadas entre los cristianos para obligarlos a renegar y así desmoralizar y desintegrar al movimiento. Así se intentó inútilmente con Potino, que a la sazón tenía noventa años. El objeto de las torturas, que se aplicaban con especial interés a los más viejos y a los (y las) más jóvenes era llevar a las víctimas a renegar de su fe. En este caso se lograba el objetivo de debilitar al movimiento mucho más que cuando resistían valerosamente hasta la muerte.

Los esfuerzos de apologistas como Apolinar de Hierápolis, Justino de Samaria y de Roma, Melitón de Sardes y Atenágoras de Atenas durante la época de los emperadores antoninos se basaron en el falso supuesto de que la persecución de cristianos era una aberración de un sistema administrativo y judicial que reflejaba la justicia. Estos escritos, dirigidos a Antonino Pío, Marco Aurelio y Cómodo no surtieron ningún efecto. El imperio estaba fuerte pero veía con preocupación el crecimiento de este movimiento que el era en algunos aspectos incompatible. Era una política del estado desarticularlo, tomando dos blancos: aquellos que como los frigios que siguieron a Montano eran abiertamente hostiles al imperio y algunas cabezas visibles cuyas muertes (buscando mejor, renegaciones, si fuera posible) fueran ejemplares (casos de Policarpo, Justino y Potino).

Hubo otro tipo de apología cristiana muy distinta a la que hasta ahora hemos visto. Es la que reniega del imperio y sus valores a nombre de una vía más excelente. Aquí situamos a Taciano y especialmente a Tertuliano. Ellos hablan por el sector de los cristianos que eran hostil al imperio, sector cuya existencia Eusebio desconocía o consideraba presente solamente entre herejes.

Taciano decía con orgullo ser bárbaro de raza asiria, lo cual no es una nomenclatura muy precisa sino que servía para expresar su desprecio por lo romano y lo griego. Llegó como filósofo a Roma y allí se convirtió a la filosofía cristiana a los pies de Justino. Probablemente poco después del martirio de su maestro se despidió de Roma y de la cultura occidental con un bombazo literario, su Discurso contra los griegos. En él mostró todas las porquerías de la llamada cultura griega y fundamenta el estar contra los griegos, por ser bárbaro y cristiano. Fue condenado luego por hereje por una iglesia que se habrá sentido muy incómoda ante esta “defensa” anti-helénica del cristianismo. Pero su interés genuino por lo eclesial se demuestra por la amplia aceptación en las iglesias sirias de su Diatessarón, una armonía de los evangelios que por varios siglos desplazó a los cuatro evangelios. La gran aceptación de Taciano en el Oriente sugiere que allí el cristianismo era hostil al imperio, como lo era buena parte de la población de esas regiones. Desde el punto de vista de la iglesia de Roma y sus aliados éste era un cristianismo insignificante por periférico y además herético.

Pero sin duda el más grande de los apologistas anti-romano fue el laico africano Tertuliano. En su magnífica obra llena de toda la argucia de su profesión, su apología , Tertuliano desnuda la hipocresía de un sistema legal que no persigue a los cristianos pero que condena a quienes son delatados, que acepta sin cuestionarlo la confesión y somete a tortura para obligar a la mentira (que no se es cristiano), que reconoce la virtud de un hombre o una mujer pero le condena a morir por el mero nombre de ser cristiano. Sus muchos escritos reflejan una profunda insatisfacción con la sociedad romana, su ejército, sus espectáculos, su moral y sus hábitos familiares. Es perfectamente comprensible que este gran escritor haya abandonado la iglesia oficial por el montanismo “frigio” y seguramente los obispos vieron su partida con alivio.

 

4. ¿Qué se jugaba en las persecuciones del siglo segundo?

Hemos tratado de leer las persecuciones del siglo segundo desde la sospecha de que la lucha de la iglesia por establecer una ortodoxia bajo la conducción de los grandes obispados era, entre otras cosas, una definición ante el imperio. La iglesia ortodoxa quería ser una iglesia leal cuya manera de ser desvirtuaría como injusta su persecución. Pero las autoridades, que eran muy inteligentes y fuertes en esta época, veían la presencia en la tradición cristiana de elementos incompatibles, justamente algunas de las cosas que expresó con fuerza el escritor pagano Celso en su Discurso verídico contra los cristianos. La iglesia ortodoxa buscaba tomar distancia de estos elementos pero las autoridades bien sabían, como lo sabía Celso, que estaban en el corazón de la tradición cristiana. Fueron justamente los esfuerzos de los obispos ortodoxos los que fueron forzando a los defensores de estos elementos evangélicos a un rincón periférico y luego a la expulsión como herejes.

La salida de la iglesia oficial de un brillante moralista cristiano y defensor de los cristianos como lo fue Tertuliano es sintomática de una división interna en el movimiento desde el momento que salió de Palestina y penetró en la sociedad grecorromana. Había elementos centrales del camino de Jesús que no se podían incorporar a la sociedad sin obligarla a transformarse. Pero siempre hubo cristianos que preferían adaptar más bien su testimonio para que cupiera dentro de las normas reconocidas por la sociedad. Veamos tres áreas donde la memoria de Jesús resultaba subversiva para la sociedad romana: 1 la política, incluyendo lo militar, 2 la familia, y el área relacionada con la propiedad.

1. La política . Nada es más seguro para los investigadores del Nuevo testamento hoy que el hecho de ser el anuncio del reino de Dios el centro de la predicación de Jesús. Jesús aquí se conecta con una vieja doctrina político-religiosa israelita que en nombre del señorío de Yavé negaba cualquier lealtad a soberanos humanos. Fue esta doctrina política, claramente expresaba en la fábula de Jotam (Jue 9,7-15), la que sirvió de base teórica a Israel tribal. Judas el galileo lo había renovado en un movimiento político con ocasión del censo de Cireneo en el año 6 dC (Josefo Ant. XVIII.5). A diferencia de su paisano, Jesús, aunque compartía substancialmente la “filosofía” de Judas, no buscó confrontar a las autoridades del imperio sino establecer con algunos seguidores una práctica cotidiana acorde con una sociedad donde no hubiera gobernantes humanos.

Aún aquellos cristianos ortodoxos que llegaron a sentirse a gusto en la sociedad grecorromana preservaron su objeción a rendir el homenaje formal que los emperadores exigían de sus súbditos. De tal modo que el gobernador de Esmirna puede usar como regla para medir la lealtad del anciano Policarpo su falta de disposición a hacer un juramento por la fortuna del emperador. Y Policarpo era un cristiano conservador que pensaba ser buen ciudadano de Esmirna. Igual observación se puede hacer respecto a las pruebas que hacía Plinio en Bitinia con aquellos a quienes se acusaban de ser cristianos. Y con los juicios que se les hicieron a Potino y los demás cristianos de Lion durante su gran prueba.

Pero siempre hubo al lado de estos cristianos que quisieron ser ciudadanos leales y que lo eran hasta que se les pedía un juramento que violaba su conciencia, otros que veían en el imperio el principal obstáculo para que se realizara el ansiado reino de Dios. Juan de Éfeso, los entusiastas frigios, Ireneo, Taciano y Tertuliano representan a este cristianismo radical, y esta lista es evidencia suficiente de la seriedad de esta corriente cristiana. Estos se sienten peregrinos en una tierra extraña, y aguardan con ansiedad su liberación. Guardar la fe exigía no contaminarse con el mundo, mundo encargado en las estructuras del imperio.

La resistencia de los cristianos a jurar su lealtad debilitada el orden público. Ante ésto el imperio respondió con represión. Ante los radicales como Juan y los frigios el problema era obvio. Los ortodoxos buscaban desvincularse de ellos declarándolos herejes (=falsos o pretendidos cristianos). Pero aún los cristianos “eclesiales” de las urbes céntricas como Roma y Alejandría no podían conciliar su lealtad al “Señor” Jesucristo con juramentos por la fortuna del emperador. A pesar de la simpatía que habrán sentido los burócratas del imperio hacia los cristianos eclesiales tuvieron suficientes motivos para querer para el movimiento en su conjunto.

2. La familia . Los estudiosos de la vida de Jesús creen en su mayoría que son auténticos algunos de los dichos que se le atribuyen cuestionando el orden familiar. “El que ame a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí” (Mt 10,37). “Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3,35). “Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra” (Mt 10,35). La familia era una de las bases sagradas del imperio romano. El derecho romano daba una enorme autoridad al padre de familia, hasta el grado de permitirle matar sin sanciones a sus hijos. La tradición evangélica no pudo dejar de sonar anti-social en tal ambiente.

La práctica de las comunidades cristianas eran también subversiva para la cohesión familiar en algunos aspectos. En particular si era permitido que mujeres sin marido y sin padre jugaran un papel autónomo y con dignidad en las comunidades. Pablo escribe a los corintios recomendando que los jóvenes, varones y mujeres, no se casen si tienen suficiente continencia para ello (1 Co 7 passim ). Y si una mujer es expulsada de su hogar por su marido incrédulo la comunidad debe recibirla en un lugar digno (ibídem). Así se cumplía una consigna de las iglesias primitivas, “ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer, ya que todos sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3,28).

Esta libertad frente a las normas dominantes para las familias acarreó a los cristianos críticas y llevó a que algunos buscaran acomodarse a las normas convencionales. Así encontramos ya en el nuevo testamento, en los escritos pseudopaulinos, listas convencionales de obligaciones familiares (v.gr. Ef 5,25-6,9). Y en el nombre de Pablo se escribieron las cartas a Timoteo que se imaginan las iglesias como “familiares de Dios” con el mismo orden jerárquico de una buena familia aristocrática de Roma (1 Tm 3). El autor pone restricciones en torno al papel de las viudas en las iglesias (1 Tm 5) y advierte contra la práctica de hacer proselitismo introduciéndose en las casas para tratar con mujeres “cargadas de pecados y agitadas por toda clase de pasiones” (2 Tm 3,6).

El cristianismo “eclesiástico” buscó ordenar la vida de las iglesias para que no fueran blanco de acusaciones de que disolvían las familias. Ya Ignacio de Antioquía defiende el episcopado monárquico que permitirá depurar desde arriba aquellos elementos que dan “mala fama” a las comunidades. Las luchas contra el “entusiasmo frigio” tuvieron parte de su pasión en la hostilidad que provocó el papel determinante de las mujeres en ese movimiento cristiano. Pronto las iglesias “ortodoxas” liberadas por la de Roma se convirtieron en bastiones del conservantismo, pero la memoria de Jesús sirvió siempre como un factor desestabilizador, y los casos “heréticos” eran tan frecuentes las autoridades dudaban de los cristianos como desestabilizadores de la estructura familiar.

3. La propiedad. El estado romano existía para defender la propiedad.

La ciudad estaba compuesta durante la república de terratenientes que se agrupaban para la defensa de sus intereses. Las leyes velaban por la defensa de la propiedad. Nada era más sagrado para Roma.

Aquí también la memoria de Jesús era subversiva. La historia del rico que se fue triste cuando Jesús le pidió que vendiera sus bienes, los diera a los pobres y le siguiera (Mc 10.17-22) era inquietante para quienes aspiraban a ser tenidos por bueno ciudadanos. Y más el dicho anexo, “más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja que entrar un rico en el reino de Dios” (Mc 10,25). Parábolas como “el hacendado bueno” (Mt 20,15) y “el mayordomo infiel” (Lc 16,1-8) ponen en contradicción los valores de la vida con la defensa de la propiedad.

Un área donde entraron en conflicto los cristianos con los valore de propiedad fue su trato igualitario con los esclavos. No hubo, según parece, ningún movimiento cristiano encaminado a abolir la esclavitud, pero al interior de las iglesias se buscaba la plena igualdad (Ga 3,28; 1 Co 7,20-23). En el derecho romano los esclavos eran propiedad y esta práctica era sospechosa.

Así pues, los defensores del cristianismo como Justino y Atenágoras tenían razón al señalar que los cristianos no eran ladrones no codiciosos de la propiedad ajena. Sin embargo, desde el punto de vista del estado más peligroso es el que cuestiona el derecho de propiedad que quien se apropia de lo ajeno sabiendo que comete un delito.

Nuevamente en esta área, aunque la iglesia en su rama ortodoxa buscó asegurar su lealtad a las normas convencionales de la sociedad, había elementos constitutivos de las iglesias que solamente se expresaban abiertamente en sectores radicales (y heréticos) que insistentemente ponían en duda las pretensiones ortodoxas.

Con esta “relectura” de las persecuciones del siglo segundo hemos abierto por lo menos un cuestionamiento de la lectura tradicional desde Eusebio. Hubo con seguridad mártires, comenzando por el mismo Jesús, que lo fueron por sostener posiciones subversivas del orden social de Roma. Hubo otros que lo fueron por representar una institución naciente que no podía desembarazarse de los valores subversivos de la tradición evangélica. Antes que el imperio llegara a legislar las diferencias, entró en la crisis prolongada del siglo tercero que lo llevó a tomar medidas de desesperación que reflejaron confusión y debilidad. Esta confusión y esta debilidad no fueron parte de las persecuciones del siglo anterior. La falta de precisión en los blancos de la persecución durante esta época se debió a que aún la iglesia ortodoxa no pudo librarse de elementos incompatibles con el imperio, que eran constituidos de su tradición. Entonces las persecuciones atacaron a los cristianos realmente subversivos y también a otros que en el fondo no lo eran, como Policarpo y Justino, pero que no podían negar elementos de su fe que eran incompatibles con las exigencias de lealtad imperial.

 

Jorge Pixley , Apartado 2555 , Managua Nicaragua.

1 A pesar de nuestra dependencia enorme de la historia escrita por Eusedio, cuando queremos conocer el tema de las persecuciones es posible hacer una lectura crítica gracias al método del historiador de citar directamente las fuentes que consultó, obras escritas por cristianos que vivieron en la época patrística es Eduardo Hoornaert, en La Memoria del Pueblo Cristiano , Madrid, Ed. Paulinas, 1986 (en la colección Teología y Liberación ).

2 Esta dinámica religiosa se discute con citas de fuentes de la época en Robert M. Grant, The Sword and the Cross , New York, Macmillan, 1955. Grant es un gran conocedor de la política y la literatura romana, además de la cristiana, pero su conservantismo en cuestiones políticas y religiosas le dificulta entender el alcance de las tensiones entre los cristianos.

En este ensayo he usado también con provecho su obra Greek Apologists of the Second Century , London , SCM Press. 1988.

 

 

 
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