
ES MEJOR MORIR EN BATALLA
QUE VER LA DESGRACIA DE NUESTRO PUEBLO El ejército popular en I Macabeos
Sandro Gallazzi
Un estudio sobre los ejércitos populares en la Biblia no puede dispensar la historia de la guerrilla macabea, en el segundo siglo antes de Cristo. Por ello, me propongo dar una contribución en ese sentido, profundizando las informaciones que nos son ofrecidas por el primer libro de los Macabeos.
En este artículo nos limitaremos a la primera parte de este libro, que narra las hazañas de Matatías y Judas (I Mc. 1-9, 22). Sus sucesores, Jonatán y Simón, sería mejor “liderarán” un ejército “pago” y “regular”; no ya más un ejército popular y espontáneo (1Mc. 10,8; 14,32).
Intentaremos responder a tres preguntas básicas:
¿Quién luchó en el ejército popular?
¿Cómo luchó el ejército popular?
¿ Por qué luchó el ejército popular?
Solo una observación más. Como todos los textos bíblicos, también los libros de los Macabeos nos transmiten las informaciones históricas no en una forma de crónica, sino filtradas por la preocupación teológica del grupo que escribe. Por eso, muy a menudo las informaciones contenidas en los dos libros de los Macabeos son diferentes, e incluso contradictorias. Asimismo, no siempre es posible que tengamos acceso a los hechos en su realidad objetiva, pero sí en su significación simbólico-mística. Esto también es por demás importante; tal vez lo más importante.
1. ¿Quién luchó en el ejército popular?
Ya aquí tenemos una divergencia interesante. II Mc., dice que las personas que Judas lideró en los combates eran “los judíos llamados Leales” (II Mc. 14, 6). I Mc., por su parte, nos dice que los Leales solamente entraron en la lucha en un segundo momento (I Mc. 2,42).
De acuerdo con I Mc., tres fuerzas se sumaron para enfrentar a los enemigos:
1.1. La “casa”
Las expresiones usadas por nuestro texto para indicar el primer núcleo de resistencia activa, el cual lideró por bastante tiempo la guerrilla, son: “Matías y sus hijos” (2, 16); “yo, mis hijos y mis parientes” (2, 20); “él y sus hijos” (2, 28).
Es la casa, el núcleo familiar del interior, del campo, el que se levanta contra el poderío dominador del ejército enemigo. Es el campesinado judaico, organizado alrededor de la casa, el que se arma contra el proyecto opresor de Antíoco y de sus aliados judíos de la ciudad.
La ciudad saqueada, el templo profanado, la ley prohibida, provocan lamentaciones, llantos, martirios y huídas. Pero cuando son alcanzados la casa y el campo, la reacción es la lucha armada. En Modín, en el interior, en las casas , son conservadas la memoria y la mística del pueblo de la tierra, que luchó por una sociedad igualitaria contra los reyes cananeos, que produjo un profetismo corajudo y sin temor, que resistió porfiadamente las diferentes formas de opresión venidas del palacio, del cuartel y del templo. La casa conserva las líneas maestras de una sociedad sin oprimidos, solidaria y unida alrededor de la “alianza de los padres” (2, 20).
Aunque más tarde alguien haya transformado a Matatías en un sacerdote de Jerusalén (2, 1), nadie consiguió suprimir la memoria de la simiente libertaria conservada en la casa campesina. ¡Allí estaba depositado el “celo” por la ley y por la Alianza (2, 27); allí estaba la firme decisión de no obedecer las órdenes del rey! (2,21).
Matatías y sus hijos irán a las montañas (antiguo lugar de lucha y de resistencia de las casas patriarcales y tribales); allí ellos se organizaron; allí comenzaron a luchar. Este será el primer núcleo del ejército popular guerrillero.
1.2. La sinagoga de los Leales
Son los israelitas “fuertes, corajudos y fieles a la ley” (2, 42). Ellos van a sumar fuerzas y van a ser un elemento importantísimo de este ejército. Son los que “realizarán las mayores hazañas en favor del judaísmo” (II Mc. 2. 21). Posiblemente sean las personas que se articulan alrededor de la “sinagoga”. Sin embargo, no lo sabemos con certeza, ni tenemos mayores informaciones.
Entraron en la lucha cuando el proyecto orgulloso de Antíoco quiso acabar con el culto a Yahvé, con la observancia de la ley, abolir la circuncisión y quemar los libros sagrados (I Mc. 1,41-61). Por esa causa ellos se rebelaron, al haber quebrantado el rey el antiguo acuerdo de convivencia entre el judaísmo oficial y el poder imperial. Entraron en la lucha por haberles sido impedido vivir conforme a sus leyes (6, 59).
Ellos se unieron entonces en el mismo frente con Matatías y su “casa”, en la lucha contra el enemigo griego.
1.3. Los que buscaban la justicia y el derecho
Son los que “huyen de los males” y que se unen y fortalecen el grupo (2, 29s.43). Posiblemente son gente de la ciudad, de Jerusalén. Ellos no comulgan con el proyecto helenizante de la aristocracia de Jerusalén (1, 11-15) y resisten valientemente las presiones. Dentro de ellos, muchos “preferirán morir a profanar la santa alianza” (1,63).
Ellos huyen de los “males”, palabra muy genérica usada en I Mc. para indicar los frutos producidos par el imperialismo griego (1,9) y por la aristocracia sacerdotal, corrupta y vendida (1, 15).
Para ellos, la primera opción es el “martirio”, o si no, la fuga al desierto para establecerse allá y, lejos del conflicto, vivir en la fidelidad a la justicia y al derecho. Pero, cuando el conflicto es inevitable, entonces la solución es el sacrificio, es la muerte: “muramos todos juntos en nuestra inocencia” (2, 37).
La teología de la casa es diferente. El morir no resuelve nada. Es preciso combatir (2, 40s). El martirio puede ser la opción decidida de los individuos; no de los grupos organizados.
Esta reflexión modifica el comportamiento de aquellos: de la huida a la lucha. Ellos entonces suman sus fuerzas. Se unen a Matatías, a la casa y a la sinagoga, y se convierten en un refuerzo importante y esencial para el ejército popular.
Podríamos resumir diciendo que el ejército popular es el resultado de un frente amplio, de una coalición de fuerzas diferentes que se unen en la misma lucha: la casa, la sinagoga y los que buscan la justicia . No es un solo grupo, ni un grupo homogéneo. Más tarde, después de alcanzado el objetivo común, eso generará problemas.
2. ¿Cómo luchó el ejército popular?
De la narración de I Mc. se sigue que la lucha popular adquirió diferentes formas en distintos momentos. Veamos:
2.1. La guerrilla
Es sobre todo el momento de Matatías y de las primeras acciones de Judas. Es la acción rápida, imprevista, de sorpresa. El grupo desciende de la montaña para “golpear” al enemigo. Es la acción contra los judíos que se entregaron al imperialismo griego y que traicionaron las causas populares.
Haciendo “incursiones”, ellos atacaban objetivos inmediatos y pequeños, como los altares idolátricos, evitando el conflicto mayor con el ejército enemigo. Inclusive la práctica del judaísmo es impuesta a la fuerza, aunque aisladamente (2, 44-46).
A pesar de que el texto usa ya la palabra “ejército”, la acción descrita aquí es la de grupos valerosos, poco armados y entrenados, si bien llenos de entusiasmo y valentía. La misma descripción la encontramos también en II Mc. 8, 1-7: entrar imprevistamente en las aldeas, aprovecharse de la oscuridad de la noche, incendiarlo todo, procurar las mejores posiciones... todo lo que los guerrilleros acostumbran hacer.
Se trata de acciones audaces y valientes, las cuales consiguen acrecentar la fama de los combatientes y atraen al grupo cada vez más gente dispuesta a luchar. Una remembranza interesante de estas acciones la encontramos en I Mc. 7,46, donde se dice que al toque de las trompetas de los combatientes de Judas, acude gente armada que sale de todas las aldeas de Judea, para luchar juntos.
2.2. Los despojos
El ejército popular está mal armado y poco alimentado (3, 17). El mismo Judas, repitiendo el gesto de David con Goliat, toma la espada de Apolonio (3, 12). Es así, a través del saqueo, que el ejército popular se sustenta y se fortalece (3, 12; 4, 23; 5, 28. 35. 51...). Todo esto provoca la rabia del rey, al saber que “los judíos se fortalecieron con las armas y los abundantes despojos tomados a los ejércitos derrotados” (6,6).
No obstante, es importante notar que el saqueo es únicamente un objetivo estratégico, no es el objetivo final del grupo. Ellos son guerrilleros, no asaltantes. La destrucción del enemigo debe ser lo primero. Al grupo que se podría entregar al saqueo luego de haber vencido solo parcialmente, Judas le recomienda controlar el afán de provecho y continuar el combate. Solamente después recogerán los despojos tranquilamente (4, 16-18). Esta es también una técnica de la guerrilla para “vengar las injusticias contra el pueblo” (2, 67).
2.3. Reunir siempre más gente
El grupo no se puede aislar, los combatientes no pueden renunciar al apoyo popular. Esta es la orden del viejo Matatías en su lecho de muerte: “reúnan a su alrededor a todos los que observan la ley”.
Es un grupo organizado. Tienen un jefe político, Simón, y un jefe militar, Judas (2,65s). Y es un grupo que crece cada vez más. II Mc. 8, 1 habla de que Judas llegó a reunir seis mil combatientes “fieles al judaísmo”, con los que pasó a la lucha.
En una narración más simbólica, I Mc. muestra un crecimiento siempre mayor del grupo. En la primera confrontación contra Apolonio, parecería incluso que Judas estaba solo (3,11). Contra Serón tenemos ya una “asamblea de fieles” (3,13), compuesta todavía de poca gente (3, 13. 16). Ya contra Gorgias, el número de combatientes llega a tres mil (4,6), Y finalmente, contra Lisias, están combatiendo diez mil soldados (4, 29).
Este crecimiento del grupo denota una clara y firme estrategia orientada a ganarse el apoyo y la simpatía populares. Los libertadores son del pueblo, son portavoces del pueblo, son apoyados por el pueblo.
2.4. La guerra santa
Es justamente este constante incremento del grupo lo que permite pasar de una acción inmediata y sorpresiva, típica de la guerrilla, a una confrontación abierta con el enemigo, propia de la guerra. Solo que aquí la guerra tiene todas las características de la antigua “guerra santa”. Un pasaje sobre todo, I Mc. 3, 44-60, nos permite visualizar mejor este aspecto.
Antes de empezar el gran combate, es organizada una “asamblea para prepararse para la guerra”. La asamblea no es solamente una reunión de carácter táctico, sino que es también un momento público de oración y de súplica. El lugar escogido es Mispá, un antiguo lugar cúltico del Israel tribal. La celebración tiene connotaciones penitenciales: ayuno, sayal, ceniza, vestiduras rasgadas... En cierta forma, esta asamblea sustituye al Templo, que todavía está en manos de los enemigos. Aquí son llevados los diezmos, las ropas sacerdotales y hasta los nazireos, para pagar su voto.
Ahora bien, todas las características de la guerra santa están ahí: el sonido de las trompetas; la división en grupos con sus respectivos jefes; la autorización de abandonar las filas a quien construye su casa, se casó, plantó una viña, o a los que tienen miedo... Todo conforme a las precisas instrucciones de Dt. 20, 1-9.
Los integrantes del ejército popular están ciertos de que Dios está a su lado, siempre y en todo lugar. Más aún: ellos tienen la certeza de que la guerra es entre el enemigo y el propio Yahvé. Los soldados son únicamente las manos ocasionales del Dios que combate por ellos.
Esta es la mística que anima a aquellos valientes. Ellos están combatiendo; sin embargo, quien combate a través de ellos es el propio Dios: “¡Derrótalos con la espada de los que te aman!” (4,33).
Dentro de la guerra santa, hay dos elementos que llaman la atención:
—el sonido de las trompetas . Siempre que se inicia el combate, el ruido de las armas se mezcla con el grito del pueblo y con el sonido de las trompetas (3, 54; 4, 13; 7. 45s...). El grito del pueblo y el sonido de las trompetas son la alarma que llama al propio Dios al combate junto al pueblo: “Cuando salgáis a combatir contra el enemigo que os oprime, tocaréis las trompetas. Así Yahvé se recordará y seréis salvos de vuestros enemigos” (Nm. 10, 9).
—la oración de memorial . En esta misma línea, para recordar que el gran combatiente es Dios, antes de la lucha siempre se tiene la exhortación, la oración, y en este momento se hace la memoria de las antiguas guerras en las que el pueblo experimentó salvaciones imposibles debidas a la directa intervención de Dios. Es la memoria de la victoria del Mar Rojo (4,9). La memoria de la victoria de David contra Goliat (4, 30). La memoria de Senaquerib derrotado par el Ángel del Señor (7, 41).
Todo esto nace de la experiencia de debilidad vivida par los guerrilleros: “¿cómo podremos resistir si tú no nos ayudas?” (3, 53), y de la respuesta que siglos de lucha permiten dar: “La victoria en la guerra no está en el número, pues del cielo viene la fuerza” (3, 19). Si la guerra es santa, entonces, ¡la victoria es cierta!
Todo esto, no obstante, no impide que el grupo tome todas las providencias militares necesarias. No serán dispensadas las fortificaciones (4, 60s), las máquinas de guerra (6, 52)...
3. ¿Por qué luchó el ejército popular?
Se suele decir que la guerra de los macabeos fue una guerra en defensa del judaísmo, contra el helenismo que Antíoco IV quería imponer. Esta es la versión de los hechos dada por II Mc. Por su parte, I Mc. tiene otra óptica. El grupo que inició y lideró la lucha, la casa del pueblo de la tierra, tenía objetivos mucho más amplios.
No podemos olvidar que por largos años el judaísmo y el helenismo convivieron pacíficamente, y que los dos juntos fueron una pesada carga sobre los hombros del campesinado judío, que con su trabajo debía sustentar los dos sistemas.
En la visión de II Mc. todo estaba bien, bastante bien, hasta la llegada de Antíoco IV con sus abusos (II Mc. 3, 1-3). Sin embargo, para nuestro texto los males se iniciaron con Alejandro el Grande y sus sucesores (I Mc. 1, 1-9).
Ahora bien, cuando el campesinado comenzó la guerra, varias razones confluyeron para justificar el levantamiento.
3.1. En defensa de la ley y de la alianza
El grito convocador de Matatías es todo un símbolo: “El que sienta celo por la ley y quiera guardar la alianza, ¡qué me siga!”. La ley y la alianza constituyen para este grupo un binomio indisoluble. La ley, sí, pero no tanto el conjunto legalista del esquema opresor montado por el Segundo Templo.
En efecto, se trata de la ley en cuanto ligada a la alianza de los padres (2, 20s. 50...): la ley al servicio de un proyecto mayor, un proyecto de tierra repartida, de pan para todos, de igualdad y fraternidad. No obstante, desde los tiempos de Esdras, el judaísmo pasó a ser un proyecto eminentemente urbano y legitimador de la explotación del campo. La ley detallista y minuciosa, fue igualmente un instrumento de opresión y de “pago” por los pecados cometidos.
Matatías y su casa entran en la lucha no en favor de esta ley, sino de un proyecto de vida más profundo y liberador. Por eso, su lucha no terminará después de conseguir la autorización legal de practicar sus usos y costumbres; continuará hasta conseguir la autonomía económica y política. (Los leales, en cambio, abandonaron el conflicto satisfechos con el permiso de practicar la ley...).
Pero, ¿cuál era el proyecto de la casa de Matatías?
3.2. En defensa de la tierra
La alianza de la aristocracia judía con el imperialismo griego estaba conduciendo al peligro del surgimiento del latifundio esclavista, principalmente en las planicies y en la sefelá de Judea.
En última instancia, este era el proyecto helenista. Aumentar los polos comerciales; transformar Jerusalén en una ciudad griega, para todos los efectos jurídicos y económicos; y transformar el campo, mediante el latifundio, en productor especializado de bienes comerciales. El esclavismo era el modo de producción que iba a ser implantado, también en Judea, para favorecer este esquema.
Es contra ésto que se levanta la guerrilla campesina. Importantísimo a este respecto es el estudio del testamento de Matatías, el cual resume toda la mística del ejército popular. Luego de exhortar a los hijos a “celar por la ley y a dar la vida por la alianza de los padres” (2, 50), Matatías rememora las grandes proezas de los antepasados.
En esta lista de nombres se nota inmediatamente la ausencia de Moisés y de Aarón. Por primera vez, una memoria olvida nombres de ese calibre. Y eso por parte de un grupo que quiere defender la ley y el santuario. ¡No deja de ser extraño!
Pero todavía más extraño es el hecho de que esta memoria sea literalmente construida en un bello cruce que tiene por centro, como héroe fundamental, a Caleb. Este es recordado porque recibió una tiara en heredad , por haber dado testimonio delante de la asamblea (2, 56).
El testimonio de Caleb, tal como nos dice el libro de los Números, fue el de incentivar al pueblo, que estaba lleno de miedo, a subir y conquistar la tierra: “¡nosotros podemos hacer eso!” (Nm. 13,30).
Esta es la memoria fundante, el objetivo central del grupo: la tierra libre del yugo griego y de la explotación de la ciudad y del Templo.
3.3. En defensa de la casa
De cierta forma, es lo mismo que hablar de la defensa de la tierra. La casa y la tierra son inseparables para el campesino que está en la lucha. La guerrilla busca luchar y resistir contra quienes “vienen contra nosotros, llenos de insolencia e injusticia, para aniquilamos a nosotros, a nuestras mujeres y a nuestros hijos y saquear todo lo que tenemos” (3, 20).
Es preciso luchar por nuestras vidas (3, 21); solo así también la ley será defendida. El imperialismo griego, imponiendo el latifundio, destruye la pequeña propiedad del agricultor, imponiendo el esclavismo, destruye sus vidas.
Es el mecanismo humillante de la opresión, que desde siempre maltrata al pobre. Como allá en Egipto, donde entregar la tierra es entregar la vida: “Nosotros y nuestras tierras seremos esclavos del faraón” (Gn. 47, 18s).
La asamblea de Mispá se realizó para preparar la guerra santa, luego de que quedó claro el proyecto imperialista de reducir Israel a la esclavitud: “los traficantes de la región... corrieron para el campamento... a fin de comprar a los israelitas como esclavos” (3, 41). Judas toma la iniciativa de la lucha cuando descubre que la orden del rey era la de “destruir y exterminar al pueblo” (3, 42).
La defensa de la casa no es solamente la defensa de la familia, sino también la defensa del pueblo oprimido como un todo. Es la defensa de un proyecto más amplio, en el que haya un lugar para todos, en el que todos sean considerados hermanos .
El capítulo 5 de I Mc. es altamente simbólico de este gran objetivo de la lucha popular. Es preciso defender a los “descendientes de Jacob” de la opresión de todas las naciones (5, 1s). El pueblo pertenece a una sola casa: la de Jacob. Por eso todos son “hermanos”. Esta palabra es usada exactamente 12 veces en este capítulo. Hermanos no son más únicamente los de la familia de Judas, Jonatán y Simón. Hermanos son todos, sean ellos amenazados por los edomitas o por los amonitas; estén ellos en Galilea o en Galaad. A su grito de socorro precisa acudir en su auxilio. La gran asamblea se debe reunir para “resolver qué hacer en favor de los hermanos que estaban en dificultad” (5, 16). En el momento del conflicto, en la hora del ataque, Judas no tienen más que estas palabras: luchen hoy por sus hermanos (5, 32).
El objetivo que, en la defensa de la tierra, parecía principalmente de carácter económico, pasa a ser un objetivo más político. Se trata ahora del pueblo y de su organización. Simbólicamente, Simón y Judas, que fueron hasta el exterior para defender la vida de los hermanos, terminan reconduciendo a Judá a todos los que fueron salvados, junto con sus mujeres, sus hijos y sus pertenencias (5, 23. 45).
Es un nuevo éxodo, rumbo a la tierra prometida; es una nueva vuelta del cautiverio... Sea como fuere, es importante rever en la figura de Judas la imagen política del pastor que “iba reuniendo a los que estaban rezagados y animando al pueblo durante la marcha, hasta que llegaron a la tierra de Judá” (5, 53).
De cierta forma, para el pueblo de la tierra sólo ahora termina el “cautiverio”, sólo ahora ellos pueden “subir felices y alegres al monte Sión y ofrecer holocaustos, pues habían conseguido volver en paz, sin que ninguno se perdiese” (5, 54).
Así pues, la lucha por la casa es la lucha por la reconstrucción política del pueblo. Solamente de este modo, y solamente ahora, Judas realiza la gran hazaña por la cual siempre será cantado y recordado: él reunió un pueblo que estaba muriendo (3, 9).
Cualquier otro objetivo que no sea este, llevará la lucha al fracaso; no será más la lucha ni del pueblo, ni de Dios. Por eso tuvieron que morir José y Azarías, que entraron en combate no por la vida de los hermanos, sino para hacerse famosos (5, 55-62).
3.4. En defensa del Santuario
Para llegar a este objetivo mayor, es preciso pasar también por la liberación del Santuario: “vamos a luchar por nuestro pueblo y por el santuario” (3, 43).
Es verdad que alrededor del Templo de Jerusalén, nació un esquema de opresión que pesaba fuertemente sobre los campesinos. No obstante, igualmente es verdad que el Templo era un elemento importantísimo dentro de la mística del pueblo de la tierra y de su proyecto (Ag. 1, 9s).
El Santuario, sí, pero un Santuario al servicio del campo, para que cada uno pudiese “sentarse de su propia parra y debajo de su propia higuera” (Zc. 4, 10). Debe ser un Templo del cual será expulsado todo ladrón y todo aquel que jura en falso (Zc. 5, 3). Únicamente de esta manera el proyecto de paz, de justicia, soñado por el pueblo de la tierra (Zc. 8), se realizará. Por eso lucha el ejército popular.
I Mc. 4, 36-59 narra de manera simbólica la retoma del Templo por parte del campesinado judío. También esta vez, la narración tiene algo de extraño. Se habla siempre del monte Sión, sin embargo, ni siquiera una vez se nombra a Jerusalén. Tampoco se dice absolutamente nada de lo que aconteció con el sumo sacerdote Menelao, que estaba en ejercicio.
Por el contrario, la descripción de cómo el pueblo encontró el Templo al entrar en él, nos hace pensar enseguida en un largo período de abandono: “vieron el santuario abandonado, el altar profanado, las puertas incendiadas, la maleza creciendo en el patio, como si fuese en el campo abierto o en las montañas, y los aposentos destruidos” (4, 37). La descripción no concuerda, pues el culto, aunque idolátrico, había continuado regularmente.
Esta descripción, que parece tomada al pie de la letra de Miqueas 3, 12, se halla mucho más próxima a la situación encontrada por quien volvió del cautiverio de Babilonia. En aquella ocasión, al pueblo de la tierra se le impidió participar en la reconstrucción del Templo (Esd. 4, 1-3). Eso provocó malentendidos y conflictos. Desde entonces, el Templo no sirvió al pueblo de la tierra, muy al contrario.
Ahora parece que nuestro texto se propone cancelar 350 años de historia del Segundo Templo. Recién ahora, el Templo que Nabucodonosor destruyó parece que viene a ser reconstruido. “ Restauraron el Templo y consagraron ...” (4, 48). Así como hizo Zorobabel... Al igual que entonces (Esd. 6, 16), también ahora es hecha la dedicación del Santuario con gran alegría y con ofrecimiento de holocaustos (4, 52-59).
Solo ahora, después que el pueblo retoma el control del Santuario, la historia parece continuar. Esta es la dimensión ideológica del proyecto guerrillero: el Templo debe estar al servicio de la alegría del pueblo, y no de los intereses y del provecho de la aristocracia sacerdotal y de la clase dominante aliada a ella.
No se trata solamente de derrotar el proyecto imperialista de los griegos, sino también de acabar con la opresión de un judaísmo manipulado por unos pocos inescrupulosos que no tienen miedo de usar el nombre de Dios para legitimar todos sus abusos. Retomar el control popular del Santuario, es parte inalienable del proyecto del ejercito popular.
4. Las contradicciones internas
Al concluir este estudio, vale la pena recordar que el libro primero de los Macabeos, lejos de ser una exaltación fanática de la guerrilla, es una serena y profunda autocrítica. A la par de la memoria de los momentos heroicos, él guarda el recuerdo de los errores y desaciertos. ¡Quien sabe para que otras luchas no caigan en el mismo fracaso! Veamos:
4.1. La presencia de los traidores
Ya hablamos de José y Azarías quienes, por un proyecto personal y orgulloso, llevaron a la derrota al ejército popular y a la muerte a dos mil combatientes. Esas personas, según el juicio de nuestro texto, “no eran de la misma raza de los hombres destinados a liberar a Israel” (5, 62).
No obstante, eso es lo de menos. El hecho más grave es el no haber conseguido controlar a la antigua aristocracia. En la primera ocasión, ésta va a exigir la intervención del rey con el fin de recuperar sus antiguos privilegios.
4.2. El abandono de la lucha
Nuestro texto nos muestra también cómo era de frágil la coalición que constituía el ejército popular.
Después de recuperada la autonomía cultual y religiosa, el grupo de los escribas y de los Leales no ve ya más motivos para el combate. La presencia de Alcimo, sumo sacerdote al servicio del imperialismo griego, hace que ellos se engañen seriamente en la valoración de los hechos y abandonen la lucha. La aparente “legitimidad” de Alcimo es motivo para llegar a pactos y acuerdos con los antiguos enemigos. ¡Nada más engañador! (7, 5-18).
La misma actitud de connivencia con el poder opresor de los griegos es denunciada en los sacerdotes y ancianos de la ciudad, quienes salen del Templo para acoger cordialmente a Nicanor y mostrarle “el holocausto que se ofrecía por la intención del rey” (7, 33).
Para este grupo, es suficiente con volver a la antigua situación de equilibrio que precedió a las locuras de Antioco. Para ellos, es siempre posible retomar la correlación de fuerzas entre el judaísmo y el imperialismo que fue iniciada por Esdras: la ley de Dios es la ley del rey (Esd. 7. 26; 9, 9).
4.3. En busca de un falso apoyo
Sin embargo, el capítulo 8 es el centro de la denuncia y de la autocrítica. El movimiento guerrillero va a fracasar no tanto por la presencia de estas contradicciones, sino por los errores de valoración del propio Judas.
En la búsqueda de un apoyo más consistente, él se alía militarmente a otro imperialismo que está emergiendo en el escenario internacional. Son los romanos.
Nuestro texto, al describir sus hazañas, usa los mismos verbos utilizados para denunciar la opresión de los griegos: dominaron, sometieron, esclavizaron, etc. Únicamente cambia el nombre, pero el proyecto romano es el mismo de los griegos.
Con ellos, Judas quiere hacer alianza. Repite el mismo error de los impíos que se aliaron a los griegos (1, 11s). Es, en definitiva, aquella ilusión que lleva a pensar que un imperialismo pueda “sacudir la dominación de otro”. Era una ilusión pensar que la esclavitud de los griegos sería suprimida por los romanos (8, 18).
¡La historia futura se encargaría de demostrarlo!
4.4. Una mística agotada
La consecuencia de esta última opción política es la derrota del ejército popular y la muerte de Judas (9, 1-22).
No obstante, esta narración nos muestra además otras fallas. La más grave es la ausencia del espíritu místico. ¿Dónde están las oraciones y las exhortaciones? ¿Dónde está la certeza de la victoria que siempre animó a los combatientes?
Imprevistamente, Dios queda muy lejos. El miedo se apodera de los corazones y muchos huyen (9,6). Judas pierde su poder de convocatoria, de reunión.
Sin embargo, lo que es más grave: ¡el corazón de Judas pierde el coraje! Para Judas, todo cambió: el “kairós”, el tiempo propicio para reunir al pueblo, ya pasó. Ahora, ¡el “kairós” es el tiempo propicio para morir ! (9, 7-10).
El heroísmo valeroso de los últimos remanentes del ejército popular no basta ya para evitar la derrota. ¡Va a ser una muerte tan heroica, como inútil!
Concluyendo
Con estas pocas páginas espero haber ayudado a conocer más de cerca los objetivos, la mística, los aciertos y desaciertos del ejército popular en el tiempo de los macabeos. Espero que ello sirva también para nuestra lucha latinoamericana. Que este estudio nos pueda ayudar a enfrentar cualquier tipo de imperialismo con coraje y firmeza. Permanezcamos en la certeza de la victoria. Por lo menos en cuanto luchamos “por nuestras vidas y por nuestros hermanos”.
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