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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

MILITARISMO Y RELIGIÓN EN EL PUEBLO

Dagoberto Ramírez

El militarismo no es un tema nuevo en la historia de la humanidad. Sin embargo, ha aparecido con una nueva fuerza por la dimensión de su poderío, merced al avance de la ciencia y la tecnología modernas. La experiencia que los pueblos del Tercer Mundo, y Latinoamérica en particular, tienen del militarismo, no es muy grata. En este sector del mundo, el militarismo es conocido como la expresión del poder arbitrario para someter a los pueblos. La imposición de un sistema político-económico, acompañado por la fuerza militar, ha dejado a los pueblos sin la oportunidad de participar en decisiones fundamentales de su nación y de recibir los beneficios que tal proyecto pudiera significar.

Nos limitaremos a la situación en nuestros países latinoamericanos en las últimas décadas. Los pueblos latinoamericanos han asociado el militarismo con la fuerza de dominación para sojuzgar a los pueblos. El militarismo es sinónimo de muerte, engendra desconfianza, miedo y aun terror. Los acontecimientos se precipitaron en nuestro continente a partir del golpe militar en Brasil (1964), que derribó al régimen democrático del entonces presidente Joao Goulard. Se iniciaba, de manera dramática, la época de la llamada Doctrina de la Seguridad Nacional. Bajo el imperio de esta doctrina vendrían golpes militares sucesivos, después de Brasil, en Uruguay, en Chile, en Argentina. Todo esto sin considerar, todavía, la situación del norte del continente: Perú, Ecuador, y el virtual estado de guerra que todavía perdura en Centroamérica. Los regímenes democráticos fueron sucesivamente interrumpidos bajo la explicación de que el marxismo leninismo, ateo y militarmente revolucionario, amenazaba la estabilidad del continente. Por lo menos así se nos decía desde el Primer Mundo, en el contexto (su contexto) del conflicto de guerra fría Este-Oeste. Hoy la situación ha cambiado radicalmente. Pero, desde los años sesenta hasta fines de la década de los ochenta, los pueblos americanos sufrieron cruelmente el azote del militarismo en forma despiadada. No es que ahora el militarismo haya desaparecido, tal vez tiene otras formas de manifestarse. Pero eso nos parece necesario reflexionar sobre el lema del militarismo, en primer lugar sobre la base de la experiencia de lo que han vivido nuestros pueblos en la época a que nos referimos. En segundo termino, porque a la luz del testimonio bíblico y su contexto histórico, es posible confrontar esa experiencia con la nuestra. Tal vez saquemos algunas lecciones que nos ayuden a proyectarnos como pueblo y como iglesia en nuestro camino a la liberación.

1. El militarismo

Queda pendiente la discusión ­-tampoco corresponde hacerla aquí- si acaso el militarismo es o no una ideología. Para algunos autores el militarismo es expresión de una ideología. Podemos definir una ideología como una concepción particular del mundo a partir de un proyecto político-económico. Sobre la base de esta concepción del mundo, se crean las estructuras necesarias que sirven a este proyecto. Si esto es una ideología, para algunos autores el militarismo es expresión de una ideología. El aparato militar es la expresión del poderío bélico necesario para sustentar un proyecto político-económico. Para otros, sin desconocer que puede haber evolución en el proceso, el militarismo se ha transformado en una ideología en sí. Es decir, ya no sería la expresión ideológica de un proyecto determinado, sino más bien un proyecto en sí. Esto es, el militarismo se habría transformado en una ideología.

Se trata de una discusión muy interesante, pero que, repetimos, tal vez no es éste el lugar de hacerla. No obstante, nos parece importante tener presente estos aspectos para los efectos de nuestra discusión bíblico-teológica, especialmente si vamos a hacer esta reflexión desde la óptica de los pobres de este continente, y más aún cuando las comunidades cristianas son parte esencial de estos pobres que, a lo largo de los ya casi 500 años de la conquista lusitano-española, siguen sufriendo sin alcanzar todavía su liberación, ni encontraron camino adecuado para ello. La discusión del tema del militarismo no es solo un asunto que atañe a la política o a la economía, sino que ya en este momento ha llegado a preocupar a las iglesias y las ha obligado a decir su palabra en defensa de los pueblos amenazados por la fuerza del poder militar 1.

2. Militarismo y religión

Se puede decir que el militarismo ha estado vinculado al fenómeno religioso desde hace mucho tiempo y de diversas maneras. Tanto el militarismo como la religión pertenecen a la infraestructura ideológica de la sociedad. Por lo tanto, no es de extrañar que en muchos sentidos se encuentren, ya sea para complementarse o para conflictuarse mutuamente.

Ejemplos de esta situación de las relaciones militarismo-religión se pueden apreciar en el análisis del material bíblico que compone el Antiguo y el Nuevo Testamento. El poder político-económico suele revestirse con características divinas a fin de consolidar su poder y conseguir la adhesión de las masas populares. Esto se puede apreciar en el período que cubre gran parte de la época en que fue escrito el material bíblico, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. En lo que se refiere al tiempo que cubre el período de Jesús de Nazaret y el nacimiento de las comunidades cristianas (s. I a C al II d.C.), los emperadores romanos se consideraron a sí mismo como expresiones de la divinidad. El César era la imagen de la divinidad, por consiguiente debía ser venerado por todos los súbditos del imperio, incluyendo los pueblos sometidos, que a la sazón podían -y de hecho era así- tener otros dioses. Sin embargo, al Imperio no le preocupaba el sincretismo, o sea, que los pueblos sometidos tuviesen sus dioses locales. Lo que sí importaba era que estos pueblos reconocieran al César como divino. En el fondo, lo que les interesaba era mantener la cohesión interna del Imperio, y la religión, no importa en qué variadas formas, podía servir de sustento ideológico al sistema dominante.

Al igual que en los tiempos bíblicos, ocurre algo parecido en la actualidad. También en algunas dictaduras militares, y en el caso de América Latina en particular, el poder dominante ha pretendido instrumentalizar la religión para sus propósitos. A partir de una interpretación maniquea de la historia y de la sociedad, la irrupción del poder militar ha aparecido con características mesiánicas, para defender a los pueblos amenazados por el peligro de caer en manos del marxismo ateo. El dualismo es claro: conflicto bien y mal. El marxismo es interpretado como encamación del poder demoníaco que debe ser combatido y exterminado. Se trata de un conflicto, de una guerra entre el bien y el mal. El poder militar sería la única fuerza capaz de enfrentar este peligro.

En nuestra experiencia más cercana, como es el caso de la situación chilena bajo el régimen militar del general Augusto Pinochet, hay innumerables ejemplos de lo que estamos diciendo. El programa PRESOR (Programa Evangélico de Estudios Socio-Religiosos) de la Comunidad Teológica Evangélica de Chile, ofrece algunos trabajos sobre este tema 2. Los profesores Lagos y Chacón nos muestran en su trabajo de qué modo el militarismo entronizado en el poder total sobre la nación incorpora no solo el lenguaje, sino que también hace una ideologización de la religión en su discurso político con el fin de conseguir respaldo social a su gestión. Esta política es ilustrada, en el trabajo que mencionamos, con un estudio minucioso de cómo el poder militar penetró las iglesias, tanto la católica como las evangélico-protestantes, para ponerlas a su servicio: capellanías carcelarias; vicarías castrenses; la “Iglesia Uniformada ” (Ejército); “ la Iglesia Flotante ” (Marina); mientras la Fuerza Aérea y la Policía fueron casas de incorporación del mundo evangélico a la ideología del poder militar.

Experiencias de este tipo son abundantes en el continente. El proceso de investigar, analizar críticamente y dar a conocer estas investigaciones, todavía es una tarea pendiente. No obstante la estimamos de gran importancia, puesto que nos permitirá conocer, por un lado, hasta qué punto es real el proclamado apolicismo de algunas confesiones cristianas, y, por otro lado, cuál ha sido la suerte de aquellos cristianos que no han doblado su rodilla ante el poder dominante.

3. Religión y militarismo

Pero así como el militarismo hace uso del fenómeno religioso para conseguir sus fines, también la religión, en determinadas circunstancias, asume características militares. Para los efectos de lo que interesa en este tema, nos referimos mayormente a la época en que surgieron los materiales contenidos en las Sagradas Escrituras.

En los relatos bíblicos es muy evidente el empleo no solamente del lenguaje sino de las prácticas militares, tanto en el pueblo de Israel en el Antiguo Testamento, como en las comunidades cristianas en el periodo neotestamentario.

La salida desde Egipto de los israelitas, y su peregrinaje par el desierto, es descrita en términos de una confrontación entre el pueblo de Israel, bajo la conducción de “Yahvé de los ejércitos”, y los ejércitos del Faraón. Existe una discusión si acaso la expresión “Yahvé de los ejércitos” debe traducirse como “ejércitos” o “muchedumbre” (entonces sería “Yahvé de las multitudes” o algo así). Sin embargo, la mayoría traduce la expresión Yahvé Shebaot como “Señor de los ejércitos”. El sentido de la expresión, en su contexto, es claro. Por ejemplo, en Éxodo 7,4 dice:

...mas yo (dice Yahvé) pondré mi mano sobre Egipto y sacaré a mis ejércitos, mi pueblo, los hijos de Israel, de la tierra de Egipto, con grandes juicios.

Algo parecido puede decirse de los relatos de la entrada a Canaán. Josué es llamado “Príncipe del Ejército de Yahvé” (Josué 5,14). La entrada a Canaán es descrita claramente en términos de una gran campaña militar, una especie de cruzada religioso-política para entrar a tomar posesión de la tierra. Así podemos seguir con muchos ejemplos. La monarquía, en los tiempos de David y Salomón, asumió características religioso-militares para imponer un poder hegemónico sobre el pueblo. La decadencia y posterior caída de la monarquía mostró que este camino de divinizar un proyecto Político-económico, no da resultados. Finalmente, en cuanto al Antiguo Testamento se refiere, la época helenística también dio lugar a que, como contrapartida a la imposición de un poder-proyecto de dominación político-económico, se crearan las condiciones para la rebelión popular. El caso de los Macabeos esta claramente ilustrado en los libros I y II de Macabeos, en la Biblia griega.

Cuando llegamos al Nuevo Testamento, se pueden percibir dos variantes en este fenómeno religión y militarismo. Por un lado, un discurso profético de denuncia frente a los abusos del poder del Imperio Romano. Por otro lado, la autoconcepción que hacen de sí las mismas comunidades cristianas. En tiempos de persecución, y especialmente en la literatura apocalíptica, se definen como comunidades militantes en conflicto bélico frente al poder militar del Imperio Romano. Sobre esto hay mucho que decir.

En los evangelios existe un trasfondo de permanente denuncia frente al abuso de los ejércitos romanos de ocupación en Palestina. Cada uno de los evangelios sinópticos, y también Juan, pueden ser leídos sobre este trasfondo, y sin duda se puede encontrar en ellos muchos elementos que nos hablan de esta denuncia profética frente a los abusos que las tropas de ocupación cometían en perjuicio de las poblaciones palestinenses. En cuanto a Pablo, la situación reflejada en sus epístolas ha sido interpretada tradicionalmente, como una aparente aceptación del statu quo . Sin embargo, una lectura sobre la base del trasfondo escatológico de la teología paulina, no es del todo alienante como parece. Por el contrario, se postula un cambio radical en la situación histórica que no admite transar con el poder dominante (Romanos 12,2). El cristiano no debe sujetarse a ninguno de los poderes temporales. La lectura de Romanos 13,1, en cuanto a la sumisión a las autoridades, debe hacerse tomando en cuenta Romanos 12,2, y no aisladamente 3. Si bien es cierto hay una situación coyuntural que requiere tolerar el statu quo, el compromiso final de los cristianos y de las comunidades es apuntar a la transformación total del ser humano y de la sociedad.

En síntesis, hasta aquí el testimonio neotestamentario sobre el tema parece dominado por una fuerte crítica y protesta de los oprimidos frente al abuse del poder militar. Los textos reflejan la experiencia de los dominados y su reacción frente al poder de los sectores dominantes que utilizan la fuerza militar para someterlos. Existe, además, otra dimensión de este contacto religión y militarismo que también nos parece muy interesante. En situación de persecución, y como minoría social en un ambiente hostil, las comunidades religiosas tienden a adquirir características de cruzada santa en lucha contra el mundo, considerado como espacio en el cual reina el mal. Esta es una hipótesis en sociología de la religión que ha tenido múltiples constataciones. Con respecto a la situación histórica que subyace en el material neotestamentario, se ofrecen interesantes ejemplos de que así fue en los comienzos de las comunidades cristianas en situación de persecución. El léxico empleado -sobre todo en la literatura apocalíptica- da testimonio de ello. Uno de los ejemplos más claros es un texto de la tradición paulina. Es el caso de Efesios 6,10-20. Dice así este texto, y destacamos los términos militares:

v.10. Por lo demás hermanos míos,

fortaleceos en el Señor, y en

el poder de su fuerza.

11. Vestíos de toda la armadura de Dios,

para que podáis estar firmes contra

las asechanzas del diablo.

12. Porque no tenemos lucha contra sangre

y carne, sino contra principados, contra

potestades, contra los gobernadores

de las tinieblas de este siglo, contra

huestes espirituales de maldad en las

regiones celestes.

13. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios,

para que podáis resistir en el día malo,

y habiendo acabado todo, estar firmes.

14. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos

con la verdad, y vestidos con la coraza de

la justicia,

15. y calzados los pies con el apresto del

evangelio de la paz.

16. Sobre todo, tomad el escudo de la fe,

con que podáis apagar todos los dardos

de fuego del maligno.

17. y tomad el yelmo de la salvación, y la

espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios;

18. orando en todo tiempo con toda oración

y súplica en el Espíritu, y velando en

ello con toda perseverancia y súplica

por todos los santos;

19. y por mí, a fin de que al abrir mi boca

me sea dada palabra para dar a conocer

con denuedo el misterio del evangelio,

20. por el cual soy embajador en cadenas;

que con denuedo hable de él, como debo

hablar.

 

El discurso tiene tres partes: vs. 10-12; 13-17 y 18-20. El tema del lenguaje militar aplicado a la militancia de la comunidad cristiana, sobresale en la segunda parte. Hay una abundancia de términos tomados de la indumentaria de los soldados, pero, además, es la “mística” con la cual se enfrentaban las acciones bélicas. La concepción de la vida cristiana como una milicia, es frecuente en esta época de las comunidades cristianas en la diáspora. En el lenguaje paulino hay afirmaciones tales como: “...no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales...” (II Cor. 10,3-4). A Timoteo se le encarga que milite la buena milicia (I Tim. 1,18). La vida del cristiano se campara con la imagen de un soldado:

Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo. Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida... (II Tim. 1,3-4).

Esta antigua práctica de concebir la pertenencia a la comunidad cristiana en términos de una milicia fue trasplantada, a través de la historia, a la experiencia misionera de la Iglesia cristiana. Las misiones protestantes que llegaron a América del Sur, por ejemplo, trajeron, entre otras cosas, su teología expresada también en el lenguaje bélico que trasuntan ciertos himnos evangélicos. Tal es el caso de algunos himnos, muchos de los cuales se cantan en nuestras iglesias, en donde se dice: “Soy yo, soldado de Jesús” (Himno 318 del Himnario evangélico ). Se llega al extremo de hablar de Jesús como “capitán”, y a la juventud se le exhorta con cánticos tales como “Jóvenes luchemos todos contra el mal, en Jesús tenemos nuestro General” (Himno 321 del Himnario evangélico ).

En este trabajo se ha querido mostrar que la religión y el militarismo como fenómenos sociales, aparecen constantemente relacionados. El análisis que podemos hacer del tema en las Sagradas Escrituras nos puede mostrar aspectos muy interesantes que conviene profundizar.

1El CMI se ha ocupado del asunto hace un tiempo atrás, ofreciendo alguna orientación a las iglesias. La Comisión de las Iglesias para los Asuntos Internacionales publicó un interesante e instructivo trabajo: Militarism and the World Military Order , de Ernie Regehr.

2Lagos S., Humberto. Crisis de la esperanza. religión y autoritarismo en Chile . Ed. Literatura Americana Reunida, Santiago de Chile, 1988. Véase también de Lagos S., Humberto y Chacón H., Arturo. La religión en las fuerzas armadas y de orden. Ed. Rehue Ltd., Santiago de Chile, 1986.

3Cf. el artículo de Wegner, Uwe. “Romanos 13,1-7. Los cristianos y las autoridades. Una lectura sociológica”, en: RIBLA 4 , Págs. 61ss.

 

 
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