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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

DIOS O EL ORO EN LAS INDIAS. SIGLO XVI
CEP e Instituto Bartolomé de Las Casas. Lima-Perú, 1989, 178p.

Gustavo Gutiérrez

 

Nunca ha existido ayer, ni va a existir mañana, un cristianismo o una teología puros: tampoco en el siglo XVI español o hispanoamericano. Esto ya lo sabíamos; pero lo novedoso es que, con ocasión del V Centenario de la llegada de Colón a América, esto va a aparecer más claro en las investi­gaciones y las interpretaciones. La obrita de G. Gutiérrez forma parte de ello, si bien se trata solo de los primeros cuatro capítulos de una obra mayor que abarcará doce.

Un primer capítulo, titulado “la muerte antes de tiempo”, nos mete en esa tremenda realidad de despojo y muerte para los indios, que tuvo como pequeña contrapartida la lucha por la justicia de un nutrido grupo de misioneros dominicos y franciscanos, pero también de otros muchos cristia­nos, antes de que Las Casas hubiera iniciado su “primera conversión”, allá por el año 1514. Tras ese momento Las Casas se irá convirtiendo en campeón indiscutible de esa causa, ya que supo mostrar como nadie la magnitud y la gravedad de esa tremenda injusticia y hasta, diríamos hoy, su carácter estructural.

Los dos capítulos siguientes nos ubican en una etapa posterior ya a la muerte de Las Casas, ocurrida en 1566, y en un lugar que él no logró visitar, el Perú. Se trata de la campaña ideológica y política, emprendida por el Virrey Francisco de Toledo, para justificar el dominio español sobre el imperio incaico. Entre las tergiversaciones históricas, ideológicas y teoló­gicas que se llevaron acabo, se destaca el triste y vergonzante “Anónimo de Yuccay”: considera providencial la abundancia de oro en las Indias, porque gracias a ello vino el dominio español con la predicación del evangelio. Es una teología altamente ideológica, por no decir cínica, que pretende justifi­car el atropello y el despojo, olvidarlas muertes de los indios y casi bendecir la crueldad y la codicia de la conquista. Frente a ello estaba ya antes toda la lucha de Las Casas y tantos otros, hasta en el propio Perú, donde aquél captaba “el corazón de los más frailes”.

Con estos tres capítulos se nos da “ el marco en el que será posible ubicar posteriormente una profundización del pensamiento de fray Bartolo­mé”: pues, en realidad, apenas asoma; y, por otro lado, uno sabe que ese marco bien se podría ampliar. Pero en el capítulo cuarto ya entra en escena Las Casas, con este hermoso título, sacado de sus escritos y de lo más hondo de su experiencia cristiana con los indios. “Desde los Cristos azotados de las Indias”. Frente a esta visión de un Cristo de nuevo crucificado en los indios masacrados por la violencia conquistadora y la sed de oro, la voz de Las Casas se vuelve también denuncia profética de los ídolos de muerte que tergiversan de tal modo la práctica de un pueblo supuestamente cristiano. Y con Jesús y el Nuevo Testamento concentra ese ídolo en Mamón, en la “codicia que es una idolatría”.

“Esta controversia teológica, y sólo ella, constituye la materia de las páginas que ahora presentamos” nos dice el autor. Y ciertamente esa confrontación teológica no ha terminado. Muchas cosas nos separan de ese siglo XVI: pero lo que hizo a Las Casas tomar una postura teológica más acertada fue su capacidad de ver la situación desde el punto de vista del oprimido, desde las víctimas de la situación: o la solidaridad intelectual y afectiva con los “opresos indios”. No se puede estar a la vez con la opresión y con el Dios de la vida: y “esa alternativa sigue vigente -en formas más sutiles- en nuestro tiempo. También ahora es obligado optar” (p. 21). Con una generosidad de entrega admirable Las Casas hizo suya la causa de los indios, llegó a sentir como propios sus dolores y tristezas; por eso tal vez la denuncia suya Le también tan apasionada y hasta exagerada (¡si cabe hablar de exageración ante el tamaño de la destrucción y la dificultad de conseguir los remedios!). Esta compasión nació de su temperamento natural tal vez, pero más de unas entrañas de misericordia que tienen en Dios su Lente; y de un estar atento a la experiencia del dolor ajeno, sea personalmente sea por los testimonios de otros; pero él supo hacer la conjunción y el subrayado magnífico de todos ellos.

Creo que el P. Las Casas se merece, más que muchos otros, el honor de los altares; que su doctrina teológica y su práctica cristiana es de las más nobles a presentar, de las más cercanas a un ideal evangélico vivido consecuentemente. Pero no debemos por ello estar ciegos a sus límites y a sus errores, en gran parte compartidos por todo el horizonte histórico en que se movió. Ni cabe hablar de su experiencia evangelizadora directa como de la Lente de su teología, ya que Le más bien escasa, sobre todo en comparación con otros misioneros. Ni es bueno ponerlo como gran modelo etnológico o antropológico o político o pastoral, aunque en todos esos campos tuvo ideas bien importantes y aún vigentes. Hasta de sus límites y fallos podemos aprender: pues no faltan estos en nuestras teologías de hoy; ello no nos exime de las valoraciones que tenemos que hacer, y de las opciones que debemos tomar. Pero nos puede hacer más modestos en nuestros juicios sobre los otros; y más atentos a los vacíos, a los “no-dicho” de nuestros discursos, sobre todo teológicos; a las impurezas que también nosotros mezclamos con el Evangelio de Jesús. Y así, siguiendo a Las Casas y a tantos miles de hermanos, estaremos apostando por la causa de Jesús, que es la de los pequeños, y echar nuestra suerte “con los pobres de la tierra” como Él definitivamente la echó. Este librito de G. Gutiérrez quiere ser un impulso más en la misma dirección.

 

Eduardo Frades , Apartado 70.503 , Caracas 1071-A ,Venezuela

 

 
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