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Consejo Latinoamericano de Iglesias - Conselho Latino-americano de Igrejas

 

LAS PARÁBOLAS COMO EXPRESIÓN SIMBÓLICA DE LIBERACIÓN
(Primer Acercamiento al Tema)

Gonzalo M. de la Torre Guerrero

 

INTRODUCCIÓN

Aunque no sabemos con qué éxito, en estas páginas tratamos de responder a temas como estos: ¿tienen contenido liberador las parábolas? Aquí tratamos de ir más allá de una simple visión poética y literaria de las parábolas, como pieza de una gran destreza mental, para centramos en su contenido socio-religioso. Otras preguntas fundamentales que tratamos de responder son éstas: ¿dónde está la clave liberadora de las parábolas? ¿cómo ponen en acción dicha clave? Aquí nos detendremos en el choque de esque­mas simbólicos que provoca la parábola. Creemos que las parábolas, por pertenecer al campo del símbolo, superando el campo del signo y de la me­táfora, tienen mayor contenido liberador del que, a simple vista, nos podemos imaginar. Las parábolas revolucionan desde dentro, tanto al individuo como a la sociedad, sin que nos enredemos en probar qué debe ser primero: si la conversión personal o la conversión social. Persona y sociedad caminan juntos: ambas son causa y ambas son efecto.

De todas maneras, frente a las parábolas, estamos ante lo más genuino de Jesús. Si Jesús en su pensamiento y en su acción es liberador y revolucionario, las parábolas deben serlo también. En ellas están contenidos ambos casos: cómo pensar y cómo actuar en cercanía o en identificación con el Maestro. Cuando hablamos de revolución, no debemos confundirla con el choque de las armas. En el interior del ser humano y de la sociedad acaece otro choque que necesariamente es violento, pero de otro orden más profundo: la increíble revolución del esquema simbólico mental del hom­bre, sin la cual ninguna otra revolución es duradera.

El tiempo de trabajo que abordamos presupone un conocimiento propio o un acuerdo tácito en muchas cosas referentes a las parábolas: su cercanía al Jesús histórico, su fondo palestino, su autenticidad, su conserva­ción y transmisión, el papel que juega la comunidad cristiana primitiva en esto, su valor teológico y social, etc., etc. Esto se hará más patente en la última parte de este trabajo, en la que haremos un sencillo muestreo sobre un grupo de parábolas. Si el lector llega allí, no deje de abrir el texto sagrado, empaparse de la Palabra y complementada con nuestra propuesta, dejando que la revolución de Jesús comience por casa.

 

1. FRENTE AL MUNDO DEL SÍMBOLO

a) El papel de nuestro esquema mental y simbólico

Todos tenemos nuestra forma propia de ver las cosas, de pensar. Esto pertenece a nuestra individualidad. Por eso la apreciamos, la defendemos y hasta la peleamos. Consideramos que aquí hay un mundo propio, personal, que los demás nos deben respetar. A esta forma de pensar, a estas formas a través de las cuales vemos el mundo, a estos patrones mentales que tenemos para medir las cosas, a este marco subjetivo que nos lleva a reaccionar de determinada forma es a lo que llamamos esquema mental simbólico perso­nal. Como es natural, todo ser humano normal lo tiene; más aún, la posibilidad de tenerlo nos define como tales y la calidad del mismo mide nuestro grado de humanización.

Aplicar esto a Jesús no nos debería costar, pues esto mismo mide su grado de encarnación. En Jesús, su divinidad no opacó su humanidad (Fil. 2,6-7). Más bien, se “vació” de la gloria de la divinidad (Fil. 2,7) para que su humanidad pudiera seguir el proceso normal del resto de los mortales. Jesús, como hombre, como israelita, como galileo, como nazareno, tenía su esquema mental propio, pese al fondo cultural común. A medida que comprendemos a fondo la humanidad de Jesús y la vivamos honestamente, con todas sus consecuencias, muchos de nuestros principios cristológicos y teológicos irán siendo reformados.

Volviendo al proceso normal de nuestro esquema simbólico personal, todos nos damos cuenta, por propia experiencia, de que en su formación influyen, por lo menos, tres realidades: el ambiente familiar y social que heredamos; nuestra propia libertad y la presencia interior de una energía superior a la que, por la fe, llamamos Dios o gracia. Digamos una palabra de cada una.

En primer lugar, sabemos que nacemos ya con cierta forma de pensar, de ver las cosas y de reaccionar y que esto lo recibimos del grupo o de los grupos humanos cercanos a nosotros. En cierta forma, heredamos un modo de pensar y de reaccionar que, a su vez, realimenta a la sociedad reinante. Esta intenta, por todos los medios, transmitir, alimentar, reforzar e introyectar en todos sus miembros lo que ya hace parte de un esquema social más amplio. La sociedad tiene a su disposición, para este trabajo, a todas las mediaciones que hacen parte del sistema ideológico social: sus distintos sistemas educativos, medios de comunicación, todo tipo de propaganda, además del apoyo político y económico de quienes están en favor de determinadas ideas y posiciones.

No podemos negar que Jesús, en cuanto hombre, está sometido a la influencia de este esquema social que, como todo, tiene su parte positiva y negativa. Cuando la exégesis se toma el trabajo de ver este fondo social y a Jesús frente a él, con la posibilidad humana de asimilarlo o rechazarlo, nacen nuevas perspectivas teológicas. ¿Qué son, si no, las tentaciones por las que pasó Jesús, desde el comienzo hasta el final de su vida pública? Por eso, Jesús queda perfectamente bien definido desde la “fidelidad” (Hb. 3,2), porque fue confrontado en verdadera tentación, con las tendencias de poder de su pueblo, de su sociedad (Mt. 4,1-11). Por eso está tan cercano a todos los hombres: porque su esquema mental simbólico pasó por la prueba de hacer propias las tendencias poco limpias de su sociedad (Hb. 4,15).

En segundo lugar, también sabemos, por propia experiencia, que nuestra libertad tiene su propia palabra en la conformación de nuestro esquema mental simbólico. Frente a la herencia simbólica social heredada tomamos posición y, cuando así lo queremos y por las razones que tenga­mos, le decimos sí o no a ella. Y lo mismo la podemos afianzar en nuestro interior, que desterra de él y crear unos nuevos principios de valoración. Pero, ¿qué es lo que mueve nuestra libertad a crear nuevos símbolos y a darles determinada calidad a los mismos? Nuestra estructura mental simbó­lica sólo puede ser movida por otros símbolos o contra símbolos que generen o modifiquen la estructura mental a través de la cual vemos la creación y reaccionamos frente a ella. El secreto está en saber alimentar nuestra libertad y la de los otros con símbolos que humanicen y liberen. Desde el momento en que un símbolo no nace por generación espontánea, son muchas las cosas que influyen en cada uno de nosotros para que podamos ser creadores de símbolos humanizadores.

En cuanto a la libertad de Jesús, como fuente creadora de símbolos, nada lo revela mejor que su alejamiento de la estructura social vigente. Jesús se distanció de ella y abiertamente la rechazó. Esto era y sigue siendo la mejor manera de que la propia libertad genere o afiance sus propios símbolos transformadores, que necesariamente deben ser rebeldes frente a lo hereda­do, si se quiere algo distinto a lo existente. Jesús tomó posición frente a todas las estructuras que reproducían algún tipo de alienación: frente a la familia como generadora de dependencia (Lc. 2,49; Mt. 8,21; 10,37-39); frente los dirigentes de la sociedad y de la religión por su doble moral (Mt. 23,1-36); frente a la ley por su deshumanización (Mc. 3,4; Mt. 5,20-48); frente al templo, generador y alimentador de la falsa religión (Mt. 2 1,12-17; 24,2); frente a Jerusalén, centro de poder, sitial del tenebroso Sanedrín (Mt. 23,37-39); frente al poder real, siempre enfurecido y embrutecido por cualquier amenaza de cambio (Mt. 2,13-18; Lc. 13,31-33); frente a la dinastía davídica, alimentadora de las falsas y corruptoras esperanzas de la vieja monarquía (Mt. 22,42ss.); frente a la estructura nacional judía, con sus fronteras cerradas a los de afuera por causa de su nacionalismo egoísta (Mt. 28,19); frente a las mediaciones de piedad, alimentadoras de la hipocresía (Mt 6,1-18), etc.

En tercer lugar, la fe nos abre un camino más hacia el símbolo. Desde ella, sabemos que la gracia -la presencia de Dios en nuestro interior, con sus continuas ofertas- es una fuente permanente de creación de símbolos. Lo que nos cuesta decir con precisión es hasta dónde sea necesario y conveniente separarla de la libertad. Por lo menos, sabemos que ella actúa siempre en el ámbito de la libertad, desde ella y con ella. Aquí tratamos a Dios y a su gracia por aparte, porque no la podemos identificar con nuestra libertad, y porque también sabemos -por experiencia de fe- que cuando le abrimos campo al Dios que todos llevamos dentro, nace en nosotros una nueva visión de las cosas y una nueva forma de actuar .

Jesús no emplea el complicado concepto de gracia que manejamos nosotros. El nos habla de una presencia de Dios Padre en su interior, como fuente de luz y de verdad, como la palabra (Jn. 14,6; 14,24; 14,26); Jesús siente esta presencia del Padre que nunca lo deja solo (Jn. 8,29; 10,30; 16,32); reconoce que el Padre le ha ayudado a formar su esquema mental simbólico y que él, a su vez, está ayudando a formar el de sus discípulos (Jn. 17,2-3.6.7-8). Es decisivo preguntarse por qué este cambio de mentalidad que Jesús trata de comunicar provoca odio en el mundo, es decir, en el modelo reinante de sociedad injusta (Jn. 17,14-15). Jesús sabe, por propia experiencia, que una nueva mentalidad lo hace a uno extraño a esa sociedad que tiene otra forma de valorar y de actuar (Jn. 17,16). Estar unido al Padre o a él, significa para Jesús el mismo sentir que el Padre (Jn. 17,10; 17,21). Y esto se logra tanto en la forma de pensar y valorar que lleva a actuar (Jn. 1 7,26a = “dar a conocer tu nombre”) como en la forma correcta de actuar (Jn. b7,26b = actuar con amor “ágape” de entrega, con amor eficaz, con amor de liberación).

 

b) La parábola como expresión simbólica

Según todo lo anterior, el símbolo es una realidad profundamente humana, que está ahí en el interior del hombre, haciendo parte de su esquema mental, dándole la posibilidad de ver la realidad de un modo determinado y de reaccionar frente a ella también de una forma propia. Aquellas cosas que ordinariamente llamamos símbolos son más bien expresiones simbólicas: expresiones -acertadas o no- de aquello que tenemos dentro y que queremos dar a conocer, como testimonio de la profunda experiencia vivida. En ayuda nuestra vienen entonces las diversas formas artísticas que el ser humano suele emplear en estos casos: expresiones pictóricas, esculturales, arquitectónicas, musicales, literarias, etc. Lo cierto es que el símbolo propiamente dicho, que es experiencia profunda, se queda en nuestro interior, como luz y como fuerza. La expresión externa, que es capaz de captar y revelar esa fuerza, vive como memoria que encierra la posibilidad de ser activada y hacernos volver a la experiencia original de la cual ella hace parte.

Si le aplicamos todo esto a la parábola, tenemos que ella viene a ser la expresión externa de lo que Jesús -o la comunidad cristiana primitiva- vivió frente al Reino. Esta realidad, por ser el mismo Dios que va tomando posesión del ser humano, tiene tantos procesos, tantas facetas, tal riqueza de experiencias, que es casi imposible que una sola expresión simbólica la agote. Jesús sabe cómo paso a paso el Espíritu del Padre lo fue invadiendo. Y, a través de esta cotidiana y continua posesión -de este continuo creci­miento (Lc. 2,52)- Jesús fue descubriendo, como hombre, que la más profunda realidad de Dios es ser Padre, que es como Padre que él se relaciona -con los hombres y que un padre lo único que puede querer es que todos sus hijos sean solidarios, que se quieran y traten de compartir, ya que un padre quiere que todos sus hijos tengan iguales derechos y deberes. Esta experien­cia queda retratada en las parábolas que llamamos “Parábolas de la Gracia del Reino”, el más genuino y original y liberador tratado acerca de Dios, una teología simple, sencilla y elemental, liberadora.

Las experiencias profundas de Jesús se dan también en torno al ser humano. Una vez que éste le abre campo a la acción de Dios, ¿qué proceso se da en su interior? Hay una serie de parábolas que retratan al hombre nuevo que va creciendo en Jesús por la acción del Reino. En ellas Jesús no hace otra cosa que comunicarnos su propia experiencia acerca de lo que él ha venido sintiendo en su interior, las exigencias del Padre, las cualidades que hay que ejercitar cuando uno está convencido de que el mundo tiene que moverse de su injusticia hacia la fraternidad y la solidaridad, porque no nacemos en un mundo hecho, sino en un mundo que tenemos que ir construyendo, buscando siempre la mayor justicia. Es por esto que a estas parábolas podemos llamarlas “Parábolas de los Hombres del Reino”, expresiones simbólicas de la honda experiencia de Jesús acerca de lo que significa ser hombre de cambio. La moral simple y sencilla del Reino está aquí.

Jesús, además, era consciente de que la instauración del Reino es problema de este tiempo y no sólo del más allá. Es en este tiempo cuando el hombre puede decirle, en libertad, un sí o un no al Reino, que es apertura a los valores de justicia y renuncia al propio presente de injusticia. El Reino que acaece en el interior del ser humano es la presencia del Dios trino, hecha historia en la historia de cada hombre. Esta historia personal es concreta, puntual, intransferible, irrepetible. Por eso a Jesús lo aterra que sus coterrá­neos y coetáneos dejen pasar el único tiempo, el único momento posible de conversión. Por eso el gran problema del Reino es el tiempo que nos es concedido para instaurarlo, así su perfección o plenitud se da más allá de nuestro tiempo y nuestro espacio. Es notable que el mayor número de parábolas se refiera a las así llamadas “Parábolas del Tiempo del Reino”, la hora decisiva, el tiempo de la liberación que comienza.

Tanto Jesús como la comunidad primitiva debieron ir haciendo un balance de lo que la venida del Reino -la presencia de Dios en el interior- iba significando para ellos. Las parábolas se hacen eco de este acontecimiento, al que presentan como una verdadera novedad o revolución. El esquema mental de sus personajes es totalmente contrario al esquema mental simbó­lico de la sociedad judía reinante. Esto quiere decir que el esquema mental simbólico de Jesús está ya en total contradicción con el de su sociedad. Son ya dos campos irreconciliables. Por eso no es extraño que el bando que piensa distinto quiera eliminarlo (Mc. 3,6). Esta profunda diferencia entre quien sigue a Jesús y quien sigue sus propios intereses queda tan marcada como novedad, que bien podemos decir que aquí se establecen las mejores y más sencillas notas que deberían caracterizar una eclesiología evangélica, en cuanto la iglesia debe ser siempre la anunciadora del Reino, al cual debe reflejar en su estructura.

c) La experiencia anterior a símbolo y parábola

El objeto de estas líneas es hacer un primer acercamiento al contenido liberador de las parábolas. Todo lo estamos fundamentando en el valor de símbolo que tiene la parábola. Hemos recordado frecuentemente, cómo el símbolo es la resultante de una experiencia. Cuando vemos de cerca estas experiencias, comprobamos cómo su fuerza repetitiva o su viveza van generando símbolos que engendran en nosotros nuestro propio modo de ver y de actuar. Decimos todo esto para indicar que el valor de un símbolo está en la experiencia previa al mismo. Es la calidad de la experiencia la que engendra la calidad del símbolo. La expresión simbólica se relaciona con todo lo anterior, aunque añade, por su parte, las cualidades de expresión artística que tenga su creador.

De todas maneras, la expresión simbólica está necesariamente ligada a la experiencia o praxis que la fundamenta. Las parábolas no nacen de una teoría; no son teoría. Son aquello que nos liga a Jesús o su comunidad y nos da la posibilidad de volver a vivir lo que ellos vivieron en su proceso de asimilación del Reino. Las parábolas son, por eso mismo, el reflejo de una praxis. Sin esta experiencia previa, ellas no serían lo que son: la expresión más cercana al esquema mental simbólico de Jesús, que es dónde está la clave para saber cómo él veía al mundo, cómo reaccionaba y cómo a actuaba. En las parábolas nos encontramos con el Jesús no sólo rebelde por pensar distinto, sino revolucionario por actuar en búsqueda de un nuevo orden social, así sea sin la violencia de las armas.

En la historia del símbolo se nos recuerda que los antiguos llamaban símbolo al objeto que quedaba como recuerdo, después de una experiencia compartida con otro, objeto dividido en dos partes, cada una de las cuales
era guardada por los interesados que, al volverse a encontrar, juntaban las dos partes guardadas por cada uno, para así volver a revivir la experiencia antigua y renovar la solidaridad nacida de ella. Esta expresión simbólica no es sino la chispa que vuelve a poner en movimiento la energía de la experiencia vivida. Cuando pensamos en Jesús, no tenemos más remedio que verlo a El, detrás de cada parábola, entregándonos esa parte que pertenece sólo a El, porque es la memoria de su acción-experiencia, mientras nosotros le entregamos esa otra parte que es exclusiva nuestra: la actualiza­ción de la palabra. Experiencia de Jesús y actualización de la misma son las dos partes que definen la expresión simbólica llamada parábola.

La praxis liberadora de Jesús, según lo que decíamos hace poco, queda revelada en las parábolas de una manera global, ya que tocan los cuatro campos fundamentales que definen la acción de un cristiano: Dios como Padre (parábolas de la Gracia del Reino = teología; la comunidad o Ekklesía, como anunciadora del Reino, que es la gran novedad para los pobres (parábolas de la llegada del Reino = eclesiología); los hombres y lo que los define como miembros verdaderos del Reino (parábolas de los Hombres del Reino = moral); y el ser humano situado frente al único tiempo que tiene disponible para su realización (parábolas del tiempo del Reino = escatolo­gía). Hemos insistido en estos cuatro ámbitos de las parábolas para destacar cómo la acción liberadora de Jesús es integral, totalizante, y cómo las parábolas son algo clave para llegar a comprender el tipo de liberación que Jesús propone, que no es parcial, sino fundamental, globalizante. De aquí surge también la exigencia de comprender las parábolas en su totalidad, ya que parcializarlas o comprender sólo unas pocas deja incompleta la visión que Jesús tiene del ser humano.

 

2. FRENTE AL MUNDO DE LA LIBERACIÓN

a) Las parábolas, expresiones simbólicas de liberación

¿Que queremos decir cuando denominamos las parábolas como sím­bolo de liberación? Pretendemos expresar cosas como éstas: que detrás de una parábola hay una experiencia liberadora de Jesús. Si la parábola no nos la descubre, algo sucede: no la estamos interpretando como se debe. Esto mismo nos lleva a clarificar ya desde ahora, por qué en la parábola debemos buscar y saber encontrar un único punto de comparación. Ella siempre encierra una única experiencia y desde ella hay que entender todos los detalles de la parábola.

La parábola, en cuanto expresión simbólica de una experiencia fuerte de liberación, queda convertida en una especie de memoria de dicha experiencia. Si nosotros queremos vivir la experiencia que Jesús vivió, la parábola nos da la posibilidad de hacerlo. Esta memoria acumulada suelta su información cuando alguien decide ponerse en sintonía con Jesús para sentir como El sintió. La parábola será siempre una puerta abierta que introduce al que lo desee hasta el corazón del Reino.

Es por todo esto que debemos decir que la parábola es una celebración. Jesús, en cada una de ellas expresa y celebra la transformación -la libera­ción- que su ser va experimentando. Jesús encuentra que su sociedad está llena de egoísmo. El Imperio romano -invasor de turno- y los reyes que en su nombre gobiernan al pueblo, están llenos de intereses de poder (Lc. 22,25); los escribas y fariseos, jefes morales del pueblo, están llenos de robo e injusticia (Mt. 23,25); el mundo (la sociedad de Jesús en general) está dominada por el Maligno o Príncipe de este mundo (Jn. 12,31; 14,30; 16,11); la esencia de este Mundo y de su Príncipe es la mentira y el homicidio (Jn. 8,44), lo mismo que el odio (Jn. 15,18); su sistema es de muerte, que es el que le aplicaron a Jesús (Jn. 5,16-18); ya que no pudieron apedrearlo (Jn. 8,59; 10,31s.), resuelven darle muerte sin juicio alguno (Jn. 11,53); basta con decir que es un sistema de desprecio fundamental para con el pueblo (Jn. 7,49) y de condena del pueblo que trata de buscar la verdad (Jn. 9,22); 9,34). Es un sistema idólatra que inmolará a su dios falso o, en nombre de él, asesinará a los fieles seguidores de Jesús (Jn. 16,2).

Frente a este resumen de la sociedad estatal judía del primer siglo, es apenas explicable la reacción de Jesús. Una sociedad de esta clase -todas las sociedades de esta clase- sólo comienzan a cambiar si se desmonta su esquema simbólico, que es el que alimenta su forma de pensar y de actuar. Quien ataque a esta sociedad sin tocar o cuestionar su sistema simbólico, no produce ningún cambio verdadero. Quien trata de suplantar esta forma de poder abusivo sin destruir el esquema mental simbólico que la justifica, sólo cambia una opresión por otra. La calidad de un cambio, de una revolución, se mide por la calidad del esquema simbólico que la alimenta.

Cuando nos acercamos un poco más al mundo simbólico de Jesús, cuya expresión son las parábolas, veremos como éstas ponen toda su fuerza en crear una nueva forma de pensar y desde aquí atacar y destruir al enemigo. Este enemigo comienza a ser derrotado a medida que aparecen personas - entre ellas el mismo Jesús- que actúan distinto a la sociedad reinante, porque ya su esquema simbólico es distinto: de él ha sido expulsado el Maligno. Cuando Dios se posesiona de todos los rincones de nuestra mente y pensamos como El y actuamos como El quiere, entonces el Reino ha acontecido en nosotros. No hay que buscado fuera, está dentro de nosotros mismos; y lo está para que lo hagamos acaecer en la misma sociedad. Si no hacemos esto, es señal de que el acontecer del Reino en nosotros era pura ilusión. La razón de esto es clara: el esquema simbólico mental no consiste sólo en hacer pensar en determinada forma, sino en hacernos actuar en consonancia a nuestro modo de pensar. Estar convertido interiormente y no comprometerse con la transformación de la sociedad da, según todo lo que hemos visto, una esquizofrenia espiritual.

El egoísmo que Jesús denuncia en la sociedad, también lo denuncia en el interior del ser humano y lo coloca como causa central de las acciones pecaminosas de los hombres. Jesús llama “pecado del mundo” (Jn. 1,29) a esta realidad. Su misión es enseñarle al hombre cómo destruir este pecado en su propio interior y en la sociedad, así como él lo hace: “He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. No cuesta mucho probar que el “pecado del Mundo” es egoísmo. Bástenos ver la importancia que le da el Nuevo Testamento a su contrario -al amor y a la fidelidad-: el amor es el único mandamiento (Jn. 16,12.17); frente a él sobra toda la ley (Rom. 13,8-9); él es la razón de ser, la plenitud de la misma ley (Rom. 13,10); es superior a todas las otras virtudes, incluidas las más grandes, como la fe y la esperanza (1 Cor. 13,1-3); no se puede identificar con la limosna (1 Co. 1,13,3). Es decir, es aquello que nos da nuestra propia configuración interior. Cuando él se posesiona de nosotros, destruye nuestro egoísmo, que es lo que genera todas las acciones pecaminosas.

Jesús habla, a su modo, según su cultura, del esquema simbólico humano. Y señala una realidad interior que él llama “corazón” como el centro generador de todas las acciones pecaminosas del ser humano (Mc. 7,1-14). De una forma sorprendente nos resume el modo torcido de ver las cosas y de actuar, en la expresión “intenciones malas” y “perversidades” que salen de este centro. Esta es la dramática situación personal que él encuentra en su sociedad: personas que tienen totalmente equivocado el camino del cambio personal y social. En vez de purificar el centro generador de la maldad, están distraídos, alienados, en purificar lo exterior del cuerpo y de las cosas. Si no llegamos a comprender esta situación, tampoco entendere­mos la alternativa de Jesús que está escondida en las parábolas como clave de liberación.

b) Liberación y esquema simbólico

La lógica consecuencia de todo lo anterior es que el campo simbólico se revela como la mejor y casi única alternativa de cambio duradero. Jesús supo alimentar este campo. Por eso tuvo en sus manos la posibilidad de inaugurar la gran revolución que para el mundo significó entonces el cristianismo. Jesús partió de la realidad cultural de su pueblo. La cultura de cada pueblo toma su propio valor del esquema simbólico del grupo que la conforma y ella misma, a su vez, le da la configuración al esquema mental simbólico de su grupo. El gran acierto de Jesús es que trabaja a su pueblo desde su mismo esquema mental simbólico. Lo desnuda de tal manera en las parábolas que deja patentes sus contradicciones, su inconsistencia, su injusticia, su necesidad de cambio. A una sociedad no se le cambia con símbolos importados. Estos no hacen apelo a su conciencia profunda. Lo importado puede entretener a la gente y, por qué no, hasta la puede enriquecer. Pero si lo que se quiere es cambio profundo, hay que partir de lo propio del pueblo.

Los Evangelios Sinópticos recogen el núcleo de más de setenta parábolas. Una inmensa variedad que hace apelo a hombres y mujeres, a opresores y oprimidos, a personas e instituciones. Jesús sabe muy bien que el ser humano necesita alimentar su esquema simbólico, que es una realidad compuesta de infinitas facetas, ya que de cada cosa puede tener, a su vez, infinitos ángulos de vista. Esto es más cierto mientras más rica y compleja sea la realidad que considere a Dios y al mundo, al hombre y a la mujer, a la religión y a la verdad, al bien y al mal, al más allá y a tantas otras realidades que afectan hondamente al ser humano. El esquema mental simbólico necesita variedad que toque la inmensa gama de realidades que le piden a diario respuestas concretas. La liberación verdadera da respuesta a todos los campos que componen el esquema mental simbólico del ser humano.

Cuando nos atrevemos a indagar sobre la fe algo más de lo que en nuestras catequesis nos han enseñado, podemos llegar hasta preguntamos por el reducto donde ella tiene su asiento, por aquello que la conforma, por todo aquello que la hace crecer y la conserva. Poco a poco nos vamos dando cuenta del ligamen vital que existe entre los símbolos que dominan nuestra mente y nuestra fe. Si a ésta la definimos no tanto desde los contenidos doctrinales, como desde nuestra actitud frente a Dios, vemos que es nuestro esquema simbólico el que nos ofrece los valores o desvalores en que debemos apoyar nuestros criterios y acciones. Sin duda alguna que la fe cobra su significado original cuando la entendemos (como en su raíz hebrea: “aman”) como una adhesión total a Jesús y al Padre. ¿Quién o qué nos presenta esta o aquella realidad como digna de nuestra confianza para apoyarnos en ella, o digna de nuestro amor para adherirnos a la misma? Sólo nuestro esquema simbólico es capaz de hacerlo. Nuestro mejoramiento o empeoramiento cualitativo acaece en nuestro reducto simbólico. Aquí es donde más trabaja Dios cuando se lo permitimos.

Según todo esto, es a través del esquema simbólico personal y social como cultura y fe se relacionan. La cultura es la que le da a la fe la posibilidad de influir en el grupo, puesto que se le presenta siempre con un esquema simbólico concreto. Sin el puente del símbolo, cultura y fe no se encontra­rían. Esto significa, desde luego, que cultura y mundo simbólico se identi­fican. Pero también significa que la fe, si quiere ser viva, no puede prescindir jamás de la cultura. Quitarle a un pueblo su propia cultura cuando oficial­mente se acerca a Dios, es cometer un acto de verdadera injusticia. A lo que más derecho tiene un grupo humano es a su cultura, puesto que en ella está lo más sagrado e íntimo que tiene: su mundo simbólico interior, la clave de su misma personalidad. Así mismo, cerrarle al pueblo el camino espontáneo de su cultura (pido perdón por la repetición), cuando oficialmente se acerca a Dios, es cometer un gran error pastoral. Una institución religiosa, si quiere ser realmente liberadora, debe incorporar la cultura de cada grupo humano -su mundo simbólico- a todas las formas de acercamiento a Dios.

La presencia de Dios en nuestro interior no se da de una manera abstracta o teórica. Si Dios está dentro del ser humano, ¿en qué cosas concretas se manifiesta su presencia? De todo lo humano, lo que más expresa la humanización del hombre es su forma de pensar y actuar. El Dios liberador de las escrituras sólo se palpa en la acción transformadora del hombre, que únicamente la realiza cuando su mundo interior simbólico está transformado. La medida de su transformación da la calidad de su acción. Dios actúa en el hombre desde su estructura simbólica. Por eso la presencia de Dios en el hombre sólo es constatable desde la acción o praxis. Sería un error pensar que el ser humano dedica una parte de su tiempo o de su vida a pensar y la otra a actuar, o que piensa o actúa por partes. En la misma percepción de la vida que realiza el ser humano ya está actuando, porque mejora o empeora su capacidad de acción externa. Dedicarse a la conversión de los hombres sin un compromiso que toque lo social o creyendo que no se toca lo social, es simplemente no comprender como funciona el mundo simbólico humano.

Cuando una determinada cultura le abre las puertas al Evangelio, los dos sistemas simbólicos en cuestión se confrontan y aparecen necesaria­mente la conciliación o irreconciliación de ambos. Hay culturas que le ofrecen al evangelio expresiones simbólicas llenas de justicia. En este caso, la iglesia que nace debería reflejar, desde un principio, el contenido de justicia que revela el evangelio y que obviamente queda mejor manifestado con las expresiones simbólicas de la cultura del pueblo. El por qué no lo hayamos hecho, queda como cuestionamiento a nuestro sistema pastoral. En el caso que consideramos, una cultura queda evangelizada si se convierte en vehículo simbólico de los contenidos evangélicos. No tenemos derecho a hablar de la evangelización de las culturas si las expresiones simbólicas positivas de ésta no son tenidas en cuenta.

Puede ocurrir también que, en su encuentro con el Evangelio, una cultura descubra que tiene elementos de injusticia. En este caso la cultura queda evangelizada si el Evangelio es capaz de despertar en ella -en el grupo humano que la conforma- símbolos de justicia que puedan ser reflejados por las expresiones simbólicas de la cultura en cuestión. En este caso, la cultura tocada por el Evangelio no queda perjudicada, si éste le ha despertado símbolos de liberación.

 

c) Una hermenéutica liberadora para las parábolas

El camino del símbolo es siempre su expresión simbólica. De aquí el cuidado que hay que tener en la comprensión de esta última, para que nos revele todo el contenido liberador del símbolo original. Recorramos breve­mente el camino que deberá seguir una hermenéutica que quiera llegar al punto al que realmente apunta la parábola como expresión simbólica.

1. El difícil punto de partida: el texto. El paso de una tradición oral a tradición escrita es difícil y lleno de riesgos. Fue muchísima gente, fue toda una comunidad la que pudo haber influido en cada parábola, tocándola y retocándola a través de su continuo uso en la predicación, en la catequesis y en el compartir doméstico. Por eso hay que aclarar, entre otras cosas, por cuál versión o presentación de los sinópticos uno se decide, en qué forma el pensamiento original del Jesús histórico está presente. Ya sabemos que el orden que cada uno de los sinópticos le pone a las parábolas no es original de Jesús. También sabemos que ellos adaptan el material original a las tesis cristológicas o teológicas que quieren comunicar. Por eso añaden o quitan, con libertad lo que les parece. Por lo mismo, en nuestro caso hay que hacer el esfuerzo por soltar las parábolas de su contexto evangélico inmediato y tratar de reubicarlas -de repensarlas- en el contexto histórico de Jesús. Aquí ellas reciben otra ubicación, otro orden, otro fondo histórico y pueden ser tratadas con la libertad que pide una hermenéutica que trata de ir más atrás que la comunidad primitiva.

2. Identificación de los elementos simbólicos de la parábola. Toda parábola tiene un sólo elemento simbólico central, cuyo papel es llevarnos a la experiencia original liberadora que Jesús quiso revelar en la parábola. De aquí la necesidad de acertar en su identificación. El descubrimiento de los otros elementos simbólicos secundarios ayudará a comprender toda la riqueza del símbolo central. Darle a una parábola varios puntos de compa­ración, es destruirla como tal, o tratarla como una alegoría.

3. Niveles de interpretación simbólica. El primer nivel (el más hondo) es el que busca el significado de la expresión simbólica central. La búsqueda del significado de los elementos simbólicos secundarios daría a otros niveles de interpretación, de segundo orden desde luego, pero importantes para llegar a ver toda la experiencia liberadora del núcleo simbólico central. Los elementos simbólicos secundarios necesariamente tiene que reforzar el núcleo central; no pueden ser distintos del mismo. Por su parte, el núcleo central, si quiere ser expresión simbólica, debe ser tratado más allá de una simple comparación, por bella y profunda que sea. No olvidemos que el símbolo supera a la metáfora.

4. Fondo histórico-cultural subyacente a cada parábola, o grupo de parábolas. Este fondo considera la estructura socio-religiosa que hay que tener en cuenta para ver qué problema está enfrentando Jesús. Es necesario tener en cuenta este fondo que es el que alimenta la estructura mental simbólica que Jesús quiere cambiar o mejorar. El fondo cultural socio-religioso más grave del tiempo de Jesús es el legalismo, con todas sus consecuencias de alienación espiritual y social que trae consigo.

5. Propuesta liberadora de Jesús. La parábola siempre trae una alterna­tiva frente a lo que uno juzga como situaciones desesperadas o caminos sin salida. La propuesta de Jesús siempre es una buena noticia para los pobres a quienes Jesús ofrece una salida de liberación. El pobre u oprimido no sólo encuentra en la parábola una oferta de salida, sino un análisis hondo de las causas de su situación.

6. Choque simbólico. Es el culmen del proceso simbólico de la parábola. La mentalidad opresora que ya tenemos asimilada se enfrenta con la propuesta de Jesús. Es la confrontación de dos esquemas simbólicos. Es el punto en que nuestro esquema simbólico juntamente con el de la sociedad, quedan cuestionados. Es el momento en que queda abierto el camino de la liberación, el camino de la conversión. Es el momento del desnudamiento espiritual y social, el tiempo en que el aludido se decide por la conversión o por eliminar al que lo cuestiona (Lc. 20,19). Algo muy grave debe encerrar la parábola, cuando produce un efecto tan radical.

7. Qué es el Reino. Cada parábola nos revela una faceta reveladora del Reino. Por eso, cada una de ellas nos lo define sin agotarlo, dejando el campo abierto a nuevas experiencias, a mayor profundizamiento. Las cualidades o características liberadoras del Reino se nos clarifican y organizan pedagó­gicamente.

8. Y la iglesia, ¿qué? Un último paso puede aún ser dado. Vale la pena hacer el esfuerzo para llegar hasta el corazón de nuestra misma iglesia y confrontar la simbología en que nos movemos, en pleno siglo veinte, y ver qué cambios, qué mejoras, a nivel institucional, nos pide Jesús en cada una de sus propuestas liberadoras.

En el presente trabajo, sólo intentamos llegar a hacer una pequeña demostración con el paso sexto, al que hemos llamado el “choque simbóli­co”. Creemos que aquí es donde el contenido liberador de las parábolas queda más manifiesto, aunque todos los otros pasos lo toquen y lo expliciten también a su modo.

 

3. FRENTE AL MUNDO DE LAS PARÁBOLAS: LA LIBERACIÓN PROPUESTA A LOS HOMBRES DEL REINO

El espacio de que disponemos sólo nos permite decir muy pocas palabras sobre las parábolas de los Hombres del Reino, restringiendo nuestro comentario únicamente al choque simbólico que se realiza en ellas.

Para mayor claridad y buscando lo pedagógico, vamos a considerar tres niveles de estructura: la oficial- institucional, la personal y comunitaria. Es obvio que cada una de las parábolas tiene estos tres niveles y no sólo uno de ellos. La razón es porque ninguno de los tres existe aislado y, por lo mismo, tampoco deben ser tratados aisladamente. Lo único que tratamos de hacer es destacar un aspecto notable en cada una de ellas.

a) Liberación y estructura simbólica institucional

Mt. 13,52: Liberación del fanatismo cultural. Esta parábola plantea un problema frecuente en las instituciones que tienen poder. Mientras más poder, más dominio se quiere tener sobre los otros. Y una de las formas de ejercer este dominio es la cultura, cuando queremos imponerle a los demás la propia cultura, desvalorizando la ajena, lo cual es una forma de destruirla. En este caso, es el mismo Dios el que queda comprometido, como ser inhabitante y co-creador de toda cultura. Una cultura es un patrimonio de la creación. Frente al evangelio, sus valores no deben ser perdidos, sino incorporados. La mentalidad despreciadora de otras culturas generalmente está absolutizando los valores de la propia. El judío, con su absolutización de la ley, llegó a despreciar al que no la poseía. Mentalidades como éstas entran en confrontación con la propuesta de Jesús en la parábola que nos quiere liberar de la alienación de absolutizar lo propio y de la alienación de despreciar lo de otros: Es la fuerza del mismo Dios creador la que inhabita todas las culturas. -En resumen: nuestro esquema mental, racista por desvalorizar otras culturas, queda confrontado por el aprecio que el mismo Dios demuestra por la cultura heredada y por su incorporación en la nueva realidad del Reino.

Lc. 16,1-8: Liberación de la creatividad dormida. Esta es la parábola del administrador que, aunque injusto por el plan ventajoso y engañoso que ejecuta, es sagaz y recursivo para salir a flote. Es un ejemplo de astucia dentro de un sistema mental simbólico que hace que el protagonista de la parábola encuentre normal los principios inmorales en que basa la solución de su problema. El que quiera solucionar sus situaciones sin salida dentro de un sistema moral simbólico de justicia, le tocará tener mayor creatividad, ya que el sistema reinante no lo favorece. Esto es lo que pide Jesús a sus seguidores, cuando enfrenta los dos campos simbólicos opuestos: si causa repugnancia el actuar del mayordomo injusto, no hay más remedio que superarlo en creatividad, si no se quiere ser semejante a él o peor que él mismo. Activando la propia creatividad se puede liberar un cristiano de la tentación de seguir los principios del sistema. La praxis liberadora es la que genera o refuerza un esquema mental simbólico de justicia. -En resumen: nuestro esquema mental, adormecido, pasivo, falto de iniciativa, queda confrontado por la sagacidad y recursividad de los hijos del sistema, los cuales nos aventajan en creatividad.

Mt. 18,23-35: liberación de la insolidaridad que nos vuelve hipócritas. Esta es la parábola del hombre incapaz de ser solidario, a pesar de que él ha sido objeto de la máxima solidaridad. En el interior de nuestras instituciones se puede haber creado ese esquema simbólico hipócrita que, mientras exige de los demás plena solidaridad para con ellas, se la niegan a los que dependen de ellas. Como miembros de esas instituciones, esa mentalidad injusta e hipócrita pasa a ser parte de nosotros mismos. Esta insolidaridad es causa importante de los sufrimientos de la sociedad y de las dificultades de convivencia entre los hombres. A fin de agudizar la contradicción, Jesús pone una proporción de uno a un millón: quien fue objeto de perdón en un millón, ¡no es capaz de perdonar ni siquiera uno! Nuestra mentalidad insolidaria queda así al desnudo. Mientras sigamos así, seremos incapaces de crear convivencia humana. Sin que se nos hable de ello, nuestra insolidaridad y nuestra hipocresía quedan confrontadas por la mentalidad solidaria, constructora de comunidad y reveladora de la paternidad de Dios y de la fraternidad entre los hombres. Esta es la mejor forma de liberación profunda. -En resumen: nuestro esquema mental insolidario, que siempre quiere ganar y nunca perder, queda confrontado por la hipocresía que descubre la parábola en nuestro comportamiento.

Lc. 10,30-35: liberación de las leyes que deshumanizan. El relato parabólico del samaritano nos presenta al hombre que, sin ataduras legales, tiene mayor libertad para demostrar, de una manera concreta, qué cosa es la solidaridad. La ley, en general, es fruto de lo institucional. Y ella nos absorbe de tal manera que llegamos a absolutizarla, dándole un valor supremo, aun sobre las necesidades vitales del ser humano. Y lo malo de esta mentalidad es que aunque uno siga en el fondo queriendo al ser humano, termina inmolándolo al ídolo inmisericorde de la ley. Otro problema que está subyacente en la parábola es el de la pérdida de dinero que significa para el sacerdote y el levita de fuera de Jerusalén -estamento pobre en el tiempo de Jesús- el llegar a imposibilitarse legalmente para el servicio del templo y perder así la ocasión de conseguir un recurso económico que le era necesario. Todo esto nos hace ver la trascendencia que Jesús le da a la solidaridad: ésta está por encima de la ley del culto y aun por encima de nuestras propias conveniencias. El papel de la parábola es confrontar nuestro esquema simbólico insolidario y enredado en intereses legalistas y económicos, con otro esquema simbólico libre de ataduras legales y de intereses personales que habiliten para ser solidario. El resultado de este choque simbólico es liberador: tanto la institución como sus miembros, en las urgencias de solidaridad, no se detienen en leyes humanas ni en intereses personales. Y se llega también a esta conclusión liberadora: si uno es generador de leyes, debe aceptar y ponerla solidaridad como norma superior y estar dispuesto a sacrificar las propias ventajas frente a la praxis de la solidaridad. -En resumen: nuestro esquema mental, legalista e interesado, queda confrontado por la sana libertad que abre posibilidades de mayor compromiso.

b) Liberación y estructura simbólica personal

Mt. 13,44: liberación de la dependencia institucional. Este es el relato del hombre que, sin buscarlo o pretenderlo, encuentra un tesoro. Cuando Jesús sacaba de su interior esta parábola, bien sabía a quiénes estaba hablando: a personas que creían que lo bueno sólo era generado por la ley. Aquí Jesús confronta esta mentalidad tan absolutizadora de la ley, con esta otra mentalidad de la gracia, de la sorpresa, que descubre otro camino: el de la libertad de Dios en sus ofertas. El Padre Celestial les hace a los hombres la oferta del Reino por un camino distinto al esperado por la mentalidad legalista. La gracia de Dios-Padre, aunque mantiene una exigencia radical por parte del hombre -venderlo todo-, no está sometida a ninguna exigencia o condicionamiento institucional. El choque simbólico o camino de conver­sión se da cuando esa mentalidad que sólo cree en lo que genera o promueve su institución o estructura es cuestionada por ese otro esquema simbólico abierto a la trascendencia de Dios que reserva siempre sorpresas en la comunicación de su amor. Sin embargo, no podemos decir que la gratuidad o sorpresa de la gracia quita radicalidad en el compromiso. Al contrario: uno debe venderlo todo -sacrificarlo todo- para llegar a la posesión de lo que uno se encontró sin mérito propio. Esta pequeña parábola del tesoro encontrado nos llevará siempre a la relativización de lo institucional, que nunca debe ser absolutizado. Dios tiene también otros caminos -sus propios e independien­tes caminos- para generar valores del Reino. En resumen: nuestro esquema mental institucionalista queda confrontado por una real independencia evangélica que posibilita la solidaridad.

Mt. 13,45-46: liberación de la pasividad ante lo institucional. Cual­quiera que escuche la parábola anterior puede caer en la tentación de quedarse pasivo, esperando que venga la gracia de Dios a liberarlo. Esta sería una conclusión falsa. La libertad de Dios no destruye la obligación de búsqueda de parte del hombre. Esta es la lección de la presente parábola que es el relato simbólico del mercader que, buscando perlas finas, por fin encuentra una a su gusto. Jesús sabe lo que quiere decir: hay personas a quienes el Reino les llega como fruto de un proceso de búsqueda. Y por alcanzar dicho Reino están dispuestos a sacrificarlo todo. Otro de los peligros de lo institucional es hacer nacer o afianzar la pasividad en las personas que hacen parte de la institución. Muy fácilmente nos podemos quedar repitiendo el círculo vicioso del legalismo, sin buscar otra alternati­va. Este era el problema de muchos en el tiempo de Jesús: querer un mundo más justo sin hacer ningún esfuerzo por liberarse del mundo injusto que los rodea; antes, por el contrario, respaldando con su pasividad la estructura injusta que prolonga la misma situación. Frente a esta mentalidad pasiva, incapaz de crítica y sin ganas de afrontar los riesgos de la búsqueda, Jesús contrapone un esquema simbólico liberador, generador de búsqueda, de descontento frente a las estructuras legalistas heredadas. Sólo conseguire­mos calidad de Reino, poniéndonos en continua búsqueda. -En resumen: nuestro esquema mental pasivo frente a las estructuras injustas queda-confrontado por el dinamismo de un esquema mental inquieto, siempre en búsqueda -en camino- de algo que mejore la calidad del hombre; así es como mejora la calidad del mismo Reino.

Lc.14,28-30: liberación del viejo e inconsistente esquema mental. Jesús quiere convencer a sus seguidores que con el viejo esquema mental heredado, se van a quedar a mitad de camino. Se necesita un nuevo esquema mental simbólico para el Reino. Por eso esta parábola nos habla del hombre que, teniendo el proyecto de una gran construcción, se quedó a duras penas con las bases puestas. El proyecto del Reino es algo muy serio, es algo fuera de lo ordinario, y compromete todos los recursos del esquema simbólico que controla nuestra acción. Es por eso que muchos abandonan el verdadero proyecto de justicia del Reino. Se quedan a mitad de camino, sin bagaje. Hay que estar prevenidos frente a los entusiasmos pasajeros del comienzo, los cuales no dejan ver a fondo las exigencias fundamentales del Reino, que es enfrentar inseguridades e insatisfacciones permanentes, y que, llegado el momento, llevan a muchos al abandono de la causa. El Reino ofrecido por Jesús confronta nuestro esquema simbólico superficial, acrítico, expuesto a desánimos, con otro esquema mental autocrítico, que mira a fondo las propias reservas, que permite ajustar las propias posibilidades al proyecto de justicia del Reino. Quien no mejore continuamente su calidad primera, la calidad de sus viejos esquemas, quien no está dispuesto a crecer, no tiene puesto estable en el Reino. En resumen: nuestro viejo e inconsistente -esquema mental queda confrontado por la urgente necesidad de un esquema mental nuevo, consistente, coherente y resistente a las nuevas exigencias del Reino.

Lc. 14,31-32: liberación de la tentación de rendírsele a las fuerzas del mal. Lo más grave en el seguimiento del Reino no es sólo el abandono de la causa. Hay algo todavía más serio: la entrega a las fuerzas del mal. Jesús enfrenta este problema en la parábola que tocamos. Se trata de alguien que proyecta una gran batalla y termina pidiendo paz. Jesús, por propia experien­cia, sabe que el reino es enfrentamiento con las fuerzas del mal. Por eso hay que conocerlas muy bien para no rendírseles. La propuesta que aquí se impone es: ¿cómo logramos conocer las fuerzas del mal, que no son teóricas o invisibles, sino concretas y tangibles en las estructuras personales y sociales? Un análisis social ayuda a conocer el poder del mal y a saberlo enfrentar, para no pactar con él. Esto es lo que Jesús insinúa con estas expresiones verbales: siéntese... delibere.., vea el poder del otro... analice sus propias posibilidades... Una de las características del profetismo es tener sensibilidad social para conocer a fondo las fuerzas del mal y enfrentarlas. La gran consecuencia del judaísmo o legalismo fue matar este tipo de profetismo en el pueblo. Hay esquemas simbólicos mentales que rechazan el análisis social y por eso desconocen la realidad de las fuerzas del mal. Jesús, para poder cambiar esta mentalidad, presenta un esquema simbólico que se apoya en el análisis social, descubre las fuerzas del enemigo que debe enfrentar, para evitar toda derrota. Así no se repetiría una historia frecuente: por falta de calidad de análisis terminamos entregándonos a los poderes, dialogando con ellos y dejándonos condicionar por sus intereses. -En resumen: nuestro esquema mental, enemigo de un análisis social que lo cuestione, queda confrontado por la necesidad del análisis social que lo lleva a calibrar el alcance de las fuerzas del mal.

Mt. 7,24-27: liberación de la superficialidad y del oportunismo. Uno puede abrazar la causa de la justicia -de la solidaridad- por distintas razones: o por oportunismo o por moda. En este caso, las bases de nuestra justicia son superficiales, sin convicción, no obedecen a una verdadera conversión interior. Nuestro esquema simbólico sigue pegado a la herencia social recibida. Cuando llegan los momentos de prueba -que tarde o temprano vendrán- nuestras verdaderas motivaciones quedarán al desnudo. Como dice la gente, entonces mostraremos el cobre. O, como dice Jesús, entonces vendrá la catástrofe: no quedará nada en pie, como cuando una casa ha sido construida sobre terreno movedizo. Jesús confronta nuestra superficialidad con la firmeza de la roca que le garantiza un piso firme a una construcción. Jesús sostenía que la causa de la fraternidad -de la solidaridad- sólo se sostenía si se apoyaba en la roca de la Palabra. Para la mentalidad hebrea “Palabra” no es sólo la expresión verbal que expresa un pensamiento. Es la concreción de un proyecto (véase “daba” en hebreo). Por lo mismo, si se nos habla de fundamentamos en la palabra de Dios, en “la palabra de Jesús”, se nos está queriendo decir que necesitamos fundamentarnos, hundirnos, cimentamos en su proyecto que, a lo largo del Antiguo y Nuevo Testamento, no es otro que el de la justicia. A la hora de la verdad, Jesús nos está pidiendo identificar nuestro esquema mental simbólico con el suyo, que es el del mismo Dios-Padre. Mayor liberación no nos puede ofrecer. En resumen: nuestro esquema mental, de bases movibles, como lo es el interés personal, queda confrontado por un esquema mental firme que recibe su consistencia de la justicia.

c) Liberación y estructura simbólica comunitaria

Lc.17,7-10: liberación de la ambición de ser recompensado. Una sociedad engendrada y amamantada en el legalismo, es apenas natural que produzca gente interesada. Todo el que pone el ideal de su vida en el cumplimiento de la ley, termina exigiendo premio por ese cumplimiento que le ha costado tantos sacrificios. El legalista no piensa en el valor de la causa en sí, sino en el cumplimiento estricto de la ley. Su servicio es a la estructura, a la institución legal; y, en razón de este servicio, espera ventajas personales. La parábola del siervo infatigable combate esta mentalidad, confrontándola con el esquema mental de quien está convencido de ser simple “servidor” de una causa. Por eso Jesús concreta: “de igual modo ustedes, cuando hayan hecho todo lo que les fue mandado, digan: somos siervos inútiles, hemos hecho lo que debíamos hacer (Lc. 10,10). Y, según el mismo Jesús, lo que el Padre nos ha mandado hacer no es exactamente el cumplimento de la ley, sino la práctica de la solidaridad, la práctica del amor que supera la ley. Jesús quiere que cambiemos de causa: no es la de la ley, sino la de la solidaridad. Esta es una causa superior que incluye a la primera. “El que ama al prójimo ha cumplido la ley” (Rom. 13,8). Y, en la causa de la solidaridad, quien exige recompensa destruye la misma causa: no es solidario quien espera compensación por su servicio. -En resumen: nuestro esquema mental, que se mueve por recompensas, queda confrontado por un esquema mental que se mueve por el valor de la causa que sigue.

Mt. 7,9-11: liberación del Dios legalista, deshumanizado. Nunca será suficiente repetir y repetir los efectos desastrosos del legalismo. El hecho de que el judaísmo hubiera llegado a absolutizar la ley, repercute también en la imagen que él presenta de Dios. El Dios de la alianza quedó convertido en un Dios legislador a quien no le importa tanto el contenido de la ley, sino el formalismo de la misma. Esto significa que primero está el cumplimiento de la ley, que se debe dar a toda costa, antes que el objetivo de la misma, que debe ser la humanización del ser humano. El hombre queda así sacrificado, inmolado al legalismo. Dios se deshumaniza, se queda convertido en un ser de corazón endurecido. Este no es, por supuesto, el Dios de Jesús. De aquí su empeño por devolvernos el verdadero ser de Dios, en reconstruido como es él: un padre, mejor que todos los padres de la tierra. Este es el papel que trata de cumplir la parábola presente, la del padre bueno que quiere y sabe dar cosas buenas a su hijo. La explosión que esta parábola provoca en nuestra mente es liberadora: el esquema mental que concibe a Dios como el legalista endurecido, queda avergonzado: pensar que Dios sea así es convertido en el padre más dañado de la tierra, ya que ningún papá normal, por malo que sea, es capaz de darle cosas malas al hijito que tiene hambre. Cuando uno se deja absorber por la idea de que Dios es padre, con todas sus consecuencias, y traslada esta idea a la vida práctica, llega a experimentar lo que es una oración liberadora: va más allá de todo esquema prefabricado e impuesto, para confrontarse con un Padre ante quien no valen ruegos y actitudes legalistas de compra-venta, sino la única actitud honesta de un Padre que tiene muchos hijos masacrados por la falta de derechos: imitar al padre solidario con sus hijos, siendo uno solidario con los hermanos, cuya necesidad es un grito permanente hacia Dios. -En resumen: nuestro esquema mental, que está bajo la imagen de un Dios duro y legalista, queda confrontado por la imagen del Dios del Reino: un verdadero padre.

Lc. 11,5-8: liberación del Dios ritualista, fácilmente comprable. El esquema mental legalista fácilmente cae en el ritualismo. Cuando se desplaza el contenido de la ley -el bien del ser humano- a los formalismos de la ley -cumplimiento literal y externo- uno cree que el valor de la misma está en el exacto cumplimiento de sus prescripciones. Lo que vale ya no es su fuerza interna, sino los mil detalles externos que la envuelven. El Dios que recibe culto del hombre queda convertido en un alcahueta del ritualismo. Es decir, ya Dios no es el Dios de la justicia en beneficio del hombre, sino el Dios a quien las mediaciones humanas -la hora, el traje, las fórmulas, los mitos, los gestos, la insistencia, etc.- lo satisfacen, lo convencen, lo ablandan. Un Dios así no lo define la justicia, sino la conveniencia. El hombre, por su parte, se convierte en un manipulador de Dios. Y, buscando siempre su propio interés, quiere poner en su favor a Dios, a base de prácticas espirituales, sin ninguna referencia a la justicia. Jesús quiere destruir esta mentalidad. Y así como desea que consideremos a Dios como Padre, quiere que el hombre cuando se acerque a este Padre, vaya tan convencido de la paternidad de Dios, que en su interior haga nacer esa fuerza -su propia fe-que lo lleve a poner en Dios toda su confianza. Esta fe interior no manipula a Dios con mediaciones. Por el contrario, sabe relativizar lo exterior, para que se despierte esa fuerza vital que Jesús confirma como fe, cuando dice: “vete, tu fe te ha salvado” o un equivalente (Mt. 9,29; 15,28; Mc. 5,34; 10,52; Lc. 7,50; 8,48; 17,19; 18,42). En la parábola que tratamos, equivocadamente hemos creído que es la inoportunidad, la insistencia, la palabrería la que convence al amigo. Esto lo condena Jesús (Mt. 6,7). Es todo lo contrario: el amigo se atreve a molestar a su amigo porque está convencido de quien se trata. Es su fuerza interior, su fe, su confianza en el amigo lo que lo lleva a molestado. El esquema mental ritualista, amante de lo exterior, queda confrontado y liberado por el esquema mental de la fe, de la confianza, cuyo reducto es el interior del mismo ser humano. -En resumen: nuestro esquema mental, propenso a manipular a Dios por el ritualismo, queda confrontado con la imagen de un Dios que sabe responder al hombre que le demuestra confianza y convencimiento de su causa.

 

Lc.18,2-8a: liberación del Dios que se desentiende de la justicia. La justicia, en cualquiera de los campos que la pongamos, se constituye siempre en un problema. Tanto en el campo social como el teológico, se multiplican las listas de los eliminados por su causa. Por eso, la tendencia natural, es desentenderse de ella y suplicarla con fórmulas y prácticas que no toquen el orden social establecido. Quien lo toque amenaza o lastima los intereses de poder que alguien ya ha logrado. Por eso, el orden social establecido se constituye en el eje en torno al cual giran todas las otras estructuras de la sociedad, muchas de las cuales se corrompen, dejando de ser posibles mediaciones de cambio. Jesús conoce la verdad de todas estas cosas. Sin embargo, tiene la valentía de enfrentarlas. Su solución no es entregarse a la pena o a la rabia, sino poner en marcha el cambio, partiendo de su propia experiencia. Quiere que los demás repitan en sí mismos el proceso de liberación por el que él ha pasado. Cuando el esquema mental personal está poseído por la justicia, ésta se refleja en todo momento: las relaciones con el mismo Dios-Padre giran en torno a ella. En el caso de la parábola: la viuda está tan segura de la justicia de su causa, que la hace objeto de su petición ante un juez penal que se sorprende de encontrar a una mujer tan poseída de su causa. Si esto sucede con las estructuras pervertidas de la tierra, ¿qué no sucederá con Dios-Padre? Los campos quedan confrontados: nuestras relaciones con Dios también fallan cuando no llevan contenidos de justicia. -En resumen: nuestro esquema mental, desentendido de la justicia en sus relaciones con Dios, queda confrontado con un Dios a quien le duele la injusticia padecida por los pobres de la tierra.

Mt. 5,13; Mt. 5,14a.15; Mt 5,14b.16: liberación de la falta de identidad que nos hace insolidarios, acomplejados y acríticos. ¿Qué signi­fica ser discípulo de Jesús? En primer lugar, Mt 5,13 nos responde: significa ser lo que la sal es y que la Palabra de Dios, ya desde antiguo, tiene asimilada: Núm. 18,19, Lv. 2,13 y Ez. 164 nos hablan de la sal de la alianza, de la solidaridad. Frente al judaísmo, que ya ha perdido esta razón de ser, Jesús quiere que nazca otro grupo, una comunidad solidaria. Por eso confronta la mentalidad aún insolidaria de los discípulos con el símbolo de la sal dañada: el insolidario queda socialmente convertido en estiércol (Lc. 14,35). La falta de identidad -el no ser creador de solidaridad- lo conviene a uno en el peor de los desechos. Veamos la historia y digamos si esto no es cierto. -En resumen: nuestra mentalidad, sin identidad de Reino por su insolidaridad, queda confrontada por esa dura realidad a la que ha quedado reducida: ser un maloliente desecho social.

Mt 5,14a.15 sigue ahondando en el mismo tema. Si el gran problema social es la falta de solidaridad y así el cristiano asume la causa de la misma, esto quiere decir que su misión es social. No es una luz para sí mismo, sino una luz para los otros. No puede esconderse como un egoísta o un acomple­jado. Si el egoísmo destruye la identidad cristiana, el complejo también. Un discípulo de Jesús asume su identidad en la medida en que asume las implicaciones sociales de la misma. Nuestro esquema mental simbólico queda así liberado de todo complejo. -En resumen: nuestra mentalidad, sin identidad de Reino en razón de sus complejos, queda confrontada por la gran responsabilidad social de su misión.

Mt. 5,14b.16 toca otra consecuencia de la identidad del discipulado de Jesús. Quien asume como causa propia la solidaridad, que es igualdad entre los hombres, debe saber que está trabajando con fuego (Lc. 12,49-50) que transforma y purifica, no sólo a la sociedad, sino al mismo que la anuncia. Quien intenta cambiar la sociedad no puede pretender criticarla y permane­cer en el anonimato. La sociedad le pedirá que muestre lo que predica y exige. La ciudad edificada sobre el monte está patente a todos: quien acepte el papel de ser agente del cambio del esquema simbólico social vigente, debe estar expuesto a la crítica. Le queda, por lo tanto, una tarea diaria de liberación: ser cada vez más diáfano, sabiendo que su propio y diario pecado opaca más y más su misión. La confrontación simbólica se da cuando nuestro sentimiento de ser intocables acepta su posibilidad y realidad de pecado y se enfrenta críticamente a ella. -En resumen: nuestra mentalidad, sin identidad de Reino, por su rechazo a la crítica que le recuerda su posibilidad de pecado, queda confrontada por la posibilidad de que su crecimiento en justicia sea la mejor demostración ante el mundo de la gloria de Dios.

Gonzalo M. de la Torre Guerrero , Apartado Aéreo 300 Quibdó, , Chocó, Colombia.

 

 
El Consejo Latinoamericano de Iglesias es una organización de iglesias y movimientos cristianos fundada en Huampaní, Lima, en noviembre de 1982, creada para promover la unidad entre los cristianos y cristianas del continente. Son miembros del CLAI más de ciento cincuenta iglesias bautistas, congregacionales, episcopales, evangélicas unidas, luteranas, moravas, menonitas, metodistas, nazarenas, ortodoxas, pentecostales, presbiterianas, reformadas y valdenses, así como organismos cristianos especializados en áreas de pastoral juvenil, educación teológica, educación cristiana de veintiún países de América Latina y el Caribe.