VIH/SIDA EN UN MUNDO INJUSTO

Dean Brackley, S.J.
Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”
San Salvador

1. Enfermedad de pobres. Como se ha dicho desde el lunes, el VIH/SIDA se ha convertido en enfermedad de pobres, de mujeres y de niños. La causa principal, no la única, de su propagación es la pobreza. A ésta se debe añadir el racismo, la discriminación contra la mujer y el sistema económico global que privilegia las ganancias por encima de la vida y la dignidad humanas. Así Lisa Sowle Cahill concluye que el SIDA es en primer lugar un problema de justicia social, no del sexo. 90% de personas que viven con el SIDA viven en países pobres. La pobreza explica gran parte de la falta de recursos para la prevención y curación. Me abstengo de repetir más datos relevantes que ya se escucharon aquí. la Organización Mundial de Salud estima que se puede implementar una campaña preventiva en estos países por menos de 3 mil millones de dólares cada año, sólo un 5% del costos de lo que se gastó en la Operación Tormenta del Desierto de la guerra del Golfo Pérsico. El costo de tratamiento actualmente asciende a $15,000 por persona por año. Sólo repito que, por ser una enfermedad de pobres, el VIH/SIDA constituye un peligro desproporcional para América Latina y el Caribe. Pobres equivalen a vulnerables, desnutridos que no resisten, gente arrinconada en barrios insalubres y en casas frágiles sobre terrenos inestables. Sufren más de las huracanes como el Mitch, de los terremotos, de las sequías como la actual, y sufren desproporcionalmente de las enfermedades, también.

2. Jesús y el Reino de Dios. ¿Por qué tantas curaciones en los evangelios? Tal vez será por muchas enfermedades. De ser así, ¿por qué tanta enfermedad? ¿Será tal vez por mucha pobreza? Gracias a los estudios de las últimas décadas, sabemos que, en efecto, así lo era en tiempos de Jesús. Hubo mucha pobreza, y no en primer lugar por la escasez de recursos, sino por la concentración de los medios productivos, sobre toda la tierra y el templo también, en pocas manos. En aquel tiempo ahora, las inequidades causaban la pobreza, y la pobreza mucha. Enfermedad. Jesús manifiesta la gran preocupación de Dios, una opción preferencial diríamos, por liberar a las personas de sus aflicciones. Era un signo principal de la llegada de un Dios que da vida, acabando con las fuerzas letales de la enfermedad, la exclusión, la injusticia - para dar lugar a un mundo sin llanto, sin llagas, sin desprecio, sin exclusión.

El Reino de Dios acaba con el pecado, la enfermedad y la muerte. Según el Génesis, el pecado ha traído la enfermedad y la muerte. Vincular enfermedad y pecado nos inquieta cuando se trata de VIH/SIDA. Jesús reconoce el dominio del mal en la enfermedad, pero rechaza rotundamente la idea popular de que las personas sufren por el pecado propio o familiar: ¿Quién pecó para que este naciera ciego, él o sus padres? Ninguno de los dos, responde Jesús. Ciertamente, nuestros pecados, por ejemplo el machismo, pueden enfermarnos (estamos en el primer nivel de las “raíces” en el esquema de Ann y Bob el martes por la mañana. Muchos se detienen ahí mismo al hablar del SIDA. El enfoque de Jesús es otro; es la llegada del Reino. El obstáculo mayor para este Reino no está en los pecados del primer nivel, pecados de los “pecadores y publicanos”. Éstos entrarán en el Reino antes que los fariseos. El obstáculo mayor para el Reino está en los otros dos niveles de raíces y vulnerabilidades. Para Jesús lo que frustra la llegada del Reino es el pecado de dividir el mundo en dos. Dividir el mundo en gente importante y gente que no cuenta. Es dividir el mundo en gente rica y gente pobre, por un lado, u en gente buena y pecadores por otro. Pero el centro del mensaje no es el pecado sino el Reino de este Dios que so pone de parte de víctimas, y de aquéllos a quienes se desprecian como pecadores y pobres. El mensaje de Jesús es esto: dios ofrece a la humanidad una nueva manera de vivir, donde todos y todas son importantes, donde se toma a todos en cuenta. De hecho, todos somos pecadores, pero dios ha decidido no pasarnos la cuenta. Es más, aunque Dios el único inocente, decidió cargar con los pecados del mundo, igual que nosotros los cargamos, para acabar con nuestra aflicción.

Dividir el mundo en personas importantes y gente que no cuenta sigue siendo el gran pecado de hoy. Continuamos dividiendo al mundo en “justos” y pecadores y también en ricos y pobres. Esta división del mundo en dos es la causa principal de las enfermedades de los pobres y de la propagación del VIH/SIDA.

Nos alienta el que Jesús y su Padre han puesto de parte de las víctimas: de pobres, enfermos y despreciados. El Reino es para ellos en primer lugar, no porque son buenos o malos, sino porque sufren. El reino es por estas personas, no porque éstas sean buenas, sino porque Dios es bueno y responde con misericordia a quienes sufren como ellos.

Es en este marco podemos desarrollar nuestra pastoral de acompañamiento. Pero conviene manejar un discurso algo diferente para iluminar el contexto de injusticia que rodea las enfermedades de los pobres, para concienciar dentro de la Iglesia y para cabildear en el foro público y secular. Si la propagación del SIDA es principalmente un problema de justicia social conviene volver a la idea de justicia y clarificarla si es necesario.

3. La justicia en tiempos del SIDA. En occidente, desde la antigüedad, se define la justicia cómo “dar a cada uno lo suyo”, donde siempre se ha presupuesto la desigualdad, porque se concibe la sociedad como un cuerpo con sus diferentes - y desiguales - órganos y funciones. En la sociedad tradicional, unos nacen para mandar, otros y otras para trabajar y obedecer. Bien sabemos que el moderno ehto se liberal enfatiza el mérito individual y los derechos inviolables del individuo a los frutos de su trabajo, o de sus ganancias en el mercado. En el mejor de los casos, la justicia es la aplicación del criterio “dar a cada uno lo suyo” de manera más imparcial, aunque el mercado asegura resultados muy desiguales.

La justicia en la tradición bíblica es algo distinto. Se trata de sedeq, mishpat, y sedaqah, tres de las palabras más comunes en el Antiguo Testamento. Comúnmente se las traducen por “justicia” y “derecho”. No se refieren a criterios abstractos o derechos de individuos o de grupos. Ya que la Biblia supone que el individuo vive inmerso en redes de relaciones sociales, la “justicia” significa hacer lo apropiado, lo indicado, lo necesario dentro de una red de relaciones sociales. Por ejemplo, al finquero le toca pagar al jornalero el sueldo adecuado antes del puesto del sol. Al indigente se debe dar limosna. Pero, sobre todo, cuando las relaciones no son como deben de ser, hay que arreglarlas. Por eso, más que cualquier otra cosa, la “justicia” significa defender la viuda y el huérfano, rescatar al pobre y al inmigrante indefenso, liberar al oprimido. Si bien la “justicia” no perdona al pobre sus propias injusticias, vigila por la gente indefensa y defiende a las víctimas. Es precisamente la justicia del Reino: buenas noticias a pobres y gente oprimida.

La teología cristiana aceptó muy temprano la versión griega de la justicia, según la cual hay que dar a cada uno lo suyo, suponiendo que “lo suyo” es algo muy distinto para varones y mujeres, siervos, reyes, o obispos. Pero también el pensamiento cristiano pronto distinguió tres criterios para aplicar el principio general: la justicia conmutativa, la justicia distributiva y la justicia “social”. Este último es un término técnico que hoy en día se interpreta como el deber de contribuir al bien común, mientras la justicia conmutativa es el deber de cumplir con los contratos y pagar las deudas, y la distributiva es la de asegurar una distribución relativamente igualitaria, o al menos, suficiente para necesidades básicas, a toda la población.

En los últimos 50 años, la doctrina social católica ha ido evolucionando en este asunto. Primero, poco a poco abandona la idea de las diferencias innatas de las personas, afirmando la igualdad en dignidad y derechos de todas las personas. Segundo, a partir de Juan XXIIII, el Vaticano II y Medellín, se presta más atención a las mayorías pobres y a brecha abismal entre países pobres y países ricos. Esto ha conducido a una tendencia de colocar la justicia distributiva por encima de la justicia “social” y la justicia conmutativa, lo cual significa dar prioridad a la necesidad humana por encima del mercado (léase, por ej., la deuda externa) y de cualquier proyecto supuestamente común, o nacional, que excluye a sectores de la población. En otras palabras, la doctrina social coloca en el centro de su cuadro una opción preferencial por pobres y excluidos.

Conviene decir una palabra más sobre “marginados” y “excluidos”. La teología latinoamericana de los 70s habló de la dependencia de las clases populares respecto a las élites y la dependencia económica de los países más pobres respecto a los países más ricos. Y con razón. Hoy, ante la exclusión neoliberal, se considera que el concepto de la exclusión económica y social nos ofrece un diagnóstico más preciso de la injusticia: es decir, se les niega a las personas una participación efectiva en la vida social y económica. Y esto es lo que presenciamos en las personas y las sociedades que viven con VIH/SIDA: se las excluyen de atención médica y de las mesas donde se toman las decisiones. Esta exclusión hace recordar que, en estos últimos años, la doctrina social católica ha comenzado a enfatizar el derecho a la participación como derecho prioritario y global. Se puede interpretar la justicia distributiva como se la interpretaba en la sociedad (orgánica) tradicional, es decir como derecho de recibir de las manos de los poderosos lo que le tocaba a cada uno. Pero el derecho a participar supone que los miembros de la sociedad son sujetos activos y no sólo recipientes pasivos. La DSI reconoce la mayoría de edad de pobres y mujeres en la sociedad actual. El criterio de la participación da prioridad precisamente a las personas excluidas de la mesa y de los beneficios. Sugiere, además, que la justicia distributiva no sólo significa distribución del producto social sino distribución de poder también. De esto, se ha hablado poco en las DSI hasta ahora.

El derecho a la participación, como derecho global y árbitro entre derechos en conflicto me sugiere a mí la necesidad de incluir en el concepto de justicia la capacidad de pedir cunetas y la necesidad de rendir cuentas. Me refiero al criterio tan propio del ethos anglosajón de accountablity. Aplicando el criterio al tema que nos interesa, la injusticia que sufren las personas con VIH/SIDA es aquélla de de soportar una situación de dependencia unilateral respecto a personas e instituciones que tienen poder sobre ellas, sin que tener la capacidad de pedirles cuentas. (Para entender la justicia, creo que ayuda a especificar la injusticia concreta que la gente vive.) La justicia, entonces, será realizar relaciones sociales (recuérdese la justicia bíblica) e instituciones donde las personas y sociedades que sufren con VIH/SIDA tengan una participación activa en las decisiones que les afectan y que tengan la capacidad de pedirles cuentas, efectivamente, a las personas e instituciones que pueden ayudar a prevenir, tratar o parar la pandemia: clínicas y médicos, farmacéuticas y gobiernos, ONGs y las instituciones de finanzas internacional.

Se trata de la justicia bíblica, sedeq, mishpat, sedaqah, la justicia del Reino de Dios para hoy. Ignacio Ellacuría nos exhortaría a “historizar” el concepto de justicia para nuestro tiempo. Desde una sociedad tradicional y patriarcal, le Biblia habla de la defensa de las víctimas y la liberación de oprimidos. Hoy exigimos la participación indirecta, en las decisiones que los afectan, y, por tanto, su real capacidad de exigir cuentas a los ostentadores de poder y los administradores de recursos.

Eso sería mucho, ciertamente. Pero tampoco bastan estas exigencias para enfrentar el VIH/SIDA o superar la multiforme injusticia globalizada de hoy. El Nuevo Testamento nos recuerda que Jesús es la misma justicia de Dios. Y Jesús nos incita a más que la justicia que hemos dibujado aquí. Jesús resume toda la tora , todo el sedeq de Dios en el amor , en amar como él nos amó. La justicia distributiva, la participación, la capacidad de exigir cuentas deben fundarse en el amor al prójimo, sobre todo a la victima (Lucas 10) y al necesitado (Mateo 25), e incluso el enemigo. En último término sólo este amor, entendido como solidaridad, puede fundar una justicia realmente humana y eficaz en tiempos de VIH/SIDA.

Lisa Sowle Cahill, “AIDS, Justice and the Common God,” in Catholic Ethicists on HIV/AIDS Prevention, James F. Keenan, S.J., ed. ( New York : Cintinuum, 2000), pp. 282-283.

 

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